Soy profesora, y aunque mis alumnos son adultos, son todos
más jóvenes que yo. Ya no soy una jovencita, pero me cuido y reconozco que mi
cuerpo todavía atrae a los hombres. Tengo el pelo rubio y una buena figura,
piernas largas, y mis pechos son bastante grandes, quizá no tan firmes como los
de una adolescente, pero siguen siendo muy deseables. Me gusta vestir elegante y
con una pizca de provocación: no me importa llevar escotes o faldas cortas. Me
gusta que los hombres me miren. En clase siento a veces las miradas de mis
alumnos en mi escote o mi culo o mis piernas, y me gusta, pero no pasa de ahí.
Hasta un día.
Tras terminar mis clases una tarde entré en un bar cerca de
la universidad a tomar un vaso de vino blanco y fumar un cigarrillo. Entonces me
fijé que también estaba allí uno de mis alumnos, un joven alto muy atractivo. Ya
me había fijado en cómo me miraba en clase, con lujuria, desnudándome con la
mirada. Me vio, desde el otro lado de la barra, me sonrió y se acercó. Me saludó
muy educadamente y empezamos a hablar. Resultó ser un chico muy agradable. Una
copa llevó a otra y acabamos sentados en una mesa en un rincón. La conversación
se fue volviendo poco a poco más picante, pero no vulgar. Ese chico me atraía.
Yo estoy divorciada, y llevaba varios meses en que mi vida sexual era muy
escasa. Entonces me puso una mano en mi muslo y me dijo que era muy atractiva.
–Soy mucho mayor que tú, le dije. –Eso es lo que más me gusta, me respondió
metiendo la mano por debajo de la falda y acercando su boca a la mía. Yo debía
haberle parado allí mismo, pero el alcohol y las ganas que tenía de sexo me lo
impidieron y le dejé hacer. Me besó con fuerza y me tocó las bragas bajo la
falda. Me dijo que quería que fuera al servicio y me quitara las bragas. Yo
estaba como hipnotizada, nunca había conocido a nadie tan persuasivo. Sin pensar
lo que hacía me fui al servicio, me las quité y las guardé en el bolso. Me metió
mano un rato y después me llevó su casa, donde follamos toda la noche.
Empecé una relación con él, quedábamos en su casa o en la mía
y follábamos como animales. Poco a poco empezó a comportarse de una manera más
dominante conmigo, y eso cada vez me gustaba más. Un día me dijo quería que
fuera al día siguiente a clase sin ropa interior. La idea me excitó. Ese día
comenzó mi sumisión. Di todo el día clase sin bragas ni sujetador; era la
primera vez en mi vida que salía a la calle sin bragas, lo había hecho antes sin
sujetador, pero no llevar bragas era diferente. Me sentía muy excitada y
nerviosa, notaba cómo mis muslos se rozaban y mi raja se humedecía por la
excitación, y sentía las miradas de mis alumnos en mis pezones marcándose bajo
la blusa, y en mi culo, al intuir que no llevaba nada debajo; y vi la sonrisa de
superioridad en mi dominador. Y me gustó.
Ese día decidí aceptar todo lo que mi alumno me ordenara; me
había dado cuenta de que me excitaba convertirme en una fiel y sumisa esclava, y
estaba deseando que me pervirtieran. A partir de entonces se convirtió en mi
amo: me decía cómo vestir, le gustaba exhibirme en público cuando salíamos por
la noche, muy provocativa y maquillada, como un putón, sin ropa interior; se
dirigía a mí con insultos, yo era su puta, su zorra, su perra; y nunca podía
hacer nada si él antes no me daba su permiso. A clase me permitía ir con más
moderación, pero por supuesto siempre sin ropa interior. Le gustaba entrar en mi
despacho, apoyarme contra la mesa, levantarme la falda y follarme, sin cerrar la
puerta, para que la situación me diera más miedo y morbo; o me obligaba a
arrodillarme a sus pies y me follaba la boca con violencia hasta que me la
llenaba de su delicioso semen. La mayoría de las veces no me permitía limpiarme
y más de una vez fui a dar alguna clase con hilos de semen resbalándome por las
piernas. Cuando follábamos en su casa o la mía lo hacía con fuerza y violencia,
disfrutaba haciéndome sufrir y provocándome dolor: me abofeteaba cuando no
accedía a lo que él quería o no le llamaba amo, me azotaba el culo, me ataba las
manos o las piernas, y yo me corría y corría de placer. Había descubierto lo
muchísimo que me gustaba que me dominaran.
Un día en su casa me dijo que tenía una sorpresa para mí. Yo
estaba completamente desnuda a su lado en el suelo, junto al sofá. Me dijo que
había invitado a dos amigos suyos para que vinieran a follarme. Era la primera
vez que me ofrecía a otros hombres. Vinieron dos chicos jóvenes como él y les
dijo que tenían una puta a su disposición, que hicieran conmigo todo lo que
quisieran. Admiraron mi cuerpo, se desnudaron y me follaron de forma salvaje. Mi
dominador observaba fumando cómo les chupaba las pollas y los huevos, cómo les
introducía la lengua en sus culos, cómo escupían en mi boca para que me lo
tragara, cómo me follaban el coño y el culo, y cómo al final se corrían por todo
mi cuerpo. Cuando se fueron me quedé tirada en el suelo jadeando y recuperándome
de cómo habían abusado de mí. –¿Te ha gustado? me dijo. –Sí, mi amo. –Pues
acostúmbrate, a partir de ahora follarás con quien yo quiera y cuando yo quiera.
Y se acercó a mí para que se la comiera.
Desde ese día empezó a ofrecerme a todo tipo de desconocidos.
Me llevaba a bares y discotecas, siempre muy provocativa, faldas cortas,
tacones, grandes escotes, y si alguien mostraba mucho interés por mí, mi amo me
decía que me fuera con él a chupársela o a follar a los servicios o a algún
reservado. A veces él miraba o participaba, otras me dejaba sola. Y tuve que
follar con desconocidos, con todo tipo de hombres, jóvenes y mayores, y dejarme
violar mi coño y mi culo por ellos, y tragar su semen, para hacer feliz a mi
amo. Lo hacía con ellos en oscuros y malolientes servicios, en portales, en
coches. Si alguno de esos hombres era un pervertido yo no podía quejarme, o si
me resultaba desagradable, daba igual.
Le gustaba adorar mi cuerpo, y muchas veces de manera sucia.
Me lamía, besaba y chupaba todas las partes de mi cuerpo. Adoraba con especial
deleite mis pies. Siempre debía ir con zapatos sexis, cerrados o sandalias, con
mucho tacón, con o sin medias. A veces me obligaba a andar descalza, incluso por
la calle. Los hombres me miraban los pies descalzos, se me ensuciaban las
plantas, y luego él me las lamía. Era muy fetichista, y no solo con mis zapatos,
sino con toda mi ropa en general; toda la ropa que llevara con él por las noches
debía ser muy provocativa, casi como las putas que están en la calle a la caza
de un cliente. Debía llevar camisetas muy escotadas, tops o camisas muy
desabrochadas, mis grandes pechos siempre debían asomar mucho, faldas muy cortas
o vestidos muy cortitos, medias, especialmente de rejilla, eran sus preferidas.
Le encantaba exhibirme y ofrecerme.
Me daba un placer inmenso todo lo que me hacía, su violencia,
sus perversiones, y cómo me follaba. Yo era su puta y él mi amo. Y le adoraba.
Cada día ideaba una nueva perversión, siempre me sorprendía con algo nuevo
Un día en mi casa, no me dijo que íbamos a hacer algo nuevo,
simplemente, después de haber estado follando, me levanté y fui al servicio para
orinar; sólo llevaba unos zapatos de mucho tacón. Me preguntó que a dónde iba,
que una puta como yo mearía dónde y cuando él dijera. Y me obligó a beber mucha
agua durante un par de horas y esperar. Yo creí que me moría, tenía unas ganas
horribles de mear, ya no podía aguantarme más, hasta que mi amo se apiadó de mi
sufrimiento y me dio permiso para mear. Pero me dijo que me pusiera de cuclillas
en medio del salón y que meara allí. Yo no podía más, sólo quería orinar donde
fuera, así que hice lo que me ordenó y empecé a mear. Me salió un chorro enorme
que empezó a esparcirse por todo el suelo del salón. Él estaba de pie delante de
mí disfrutando de la escena, sonriendo y llamándome puta, gozando en extremo al
ver a su profesora, veinte años mayor que él totalmente humillada a sus pies. Yo
sentía tanto alivio de poder mear tras tanto tiempo que estaba disfrutando el
momento. Me dijo que pusiera las manos bajo mi chorro y me las mojara, y luego
me las chupara. Era asqueroso, pero lo hice. Entonces, él, que estaba desnudo,
se agarró la polla con una mano y empezó a mear sobre mí. No me lo esperaba, y
me pilló de sorpresa, le grité que por favor no lo hiciera, se lo supliqué, pero
eso sólo consiguió excitarle más. Me ordenó que abriera la boca y me echó un
chorro enorme de meada en todo mi cuerpo. Su pis caliente y repugnante me empapó
por completo, apuntaba sobre todo a mis tetas y a mi cara, y a mi boca. Lo
intenté, pero fue imposible y acabé tragando una buena cantidad. Yo ya había
dejado de mear y ahora el suelo estaba empapado de nuestras meadas. Cuando
terminó me la hizo limpiar con mi lengua y tragarme las últimas gotas. Se fue a
ducharse y yo me quedé en la misma postura, desnuda y completamente empapada de
meada, goteándome de todo mi cuerpo, sintiendo arcadas y ganas de vomitar.
Cuando volvió, ya vestido, me dijo que se iba, que nos veríamos el día siguiente
en clase, y me preguntó si me había gustado. Le respondí con sinceridad que sí.