15. La charla
Viernes al atardecer. Alba miraba por la ventana de la
cocina, descuidando el caldo. Miraba hacia los campos y el camino que los
atravesaba, esperaba ver de un momento a otro el coche de Toni, aunque Toni no
acostumbraba a llegar los viernes hasta después de la cena. Seguramente a estas
horas, cayendo el sol tras los edificios, Toni ordenaría los documentos de su
escritorio, cerraría su despacho con llave y supervisaría rápidamente las
oficinas, la sala de telares, el almacén, los pasillos de aquel edificio
modernista que era la sede del gran negocio familiar. Santiago, el conserje, que
tenía una pequeña habitación en las dependencias de la fábrica, la acompañaría
hasta su coche y le diría: "Que tenga un buen viaje, señorita". Ella le
respondería como siempre: "Gracias, Santiago, cuida bien de la casa". Y Santiago
sonreiría, porque le gustaba considerarse un feroz perro guardián, aunque sólo
midiera metro sesenta y su delgadez no ofreciera temor alguno.
Alba se sentía feliz. Un día antes había recibido un paquete
a su nombre acompañado de una bonita postal de la Torre Eiffel. Toni había hecho
un encargo muy especial a una conocida tienda de lencería en París y había
solicitado que lo enviasen a la casa de Gerona. Alba, con impaciencia
adolescente, abrió el paquete en la cocina, delante de todas, sin esperarse a
subir a su cuarto. Envuelto en un pañuelo de seda, un precioso culotte blanco de
muselina con encaje. Aquello sí era una sorpresa. Alba seguía sin llevar ropa
interior, a pesar de que había conseguido ahorrar algo de dinero de su paga, que
prácticamente enviaba íntegra a su madre. No lo encontraba útil, más ropa a
ensuciarse, más ropa a lavar. Sin embargo, ardía en deseos de estrenar su nuevo
regalo pero esperaría a estar con Toni, se vestiría con aquel culotte sólo para
ella.
Aquella noche del viernes, tocaba a Erica quedarse con la
señora. Después de la cena, Alba subió emocionada a su cuarto y se vistió para
la ocasión, pronto llegaría Toni. La esperaría en su habitación, sí eso haría.
Tomó su libro de redacción y bajó hasta la primera planta. Se oyó el motor del
coche y Martina que abría la puerta de entrada y saludaba a la señorita.
- ¿Deseas cenar algo, Toni? – Martina siempre la
tuteaba.
- No, gracias, he comido algo en el camino. Me iré
directamente a descansar –dijo Toni mientras la besaba en la mejilla.
Alba, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho, corrió
hacia la habitación de Toni al mismo tiempo que ella subía las escaleras a
zancadas también con evidente prisa. Se encontraron en el pasillo y el vértigo
las paralizó. Toni tenía la esperanza de que la sensación de aquel día hace tres
meses en la sala del piano, pasaría con el tiempo, que fue debida sólo a la
novedad, una cara nueva, un cuerpo nuevo... Pero no pasaba, cada semana en
Barcelona sin Alba, se le hacía más insoportable. Y cuando la veía, era incluso
peor, porque el deseo insatisfecho la enloquecía. Déjame tenerte esta noche,
pensaba Toni, déjame probar cada rincón de tu piel, saborear tu lengua sin
descanso, hacerme dueña de tu interior... Sé mía para queda dar fin a este
sufrimiento.
Alba se mordía los labios para no gritarle que necesitaba ser
abrazada, besada y poseída. Y permanecía de pie, temblando, intentando sonreír
aunque su excitación era tan evidente que hasta las inertes figuritas, que
descansaban sobre la consola, parecían conmoverse.
Vino a romper la magia Erica.
- Toni, la señora te llama, quiere hablarte.
- ¿Mi madre? Em... claro... Qué descuido por mi parte
no ir a saludarla pero creía que estaría ocupada contigo.
- Esta noche no me quiere – dijo Erica con un cierto
dejo de aflicción, ni la madre ni la hija parecían desearla ya-. También
te ha llamado a ti, Alba.
Alba bajo las escaleras de mala gana, no era justo, aquella
noche no le tocaba estar con la señora, hubiera deseado pasar todas las horas
con Toni.
Toni entró primero en la gran sala. Dio dos besos a su madre
y se dispuso a salir cuando ésta la detuvo y ordenó a Alba, que esperaba al lado
de la puerta, que entrara.
- Quédate conmigo, Antonia, tenemos que hablar. Alba,
querida, sí que te has dado prisa en vestirte. Sé buena chica y quítate
la ropa.
Toni sintió un desagradable escalofrío de la cabeza a los
pies. Alba obedeció sin dudar, evitando encontrarse con la mirada inquieta de
Toni.
- ¡Oh! ¿Qué es esto? – exclamó divertida la señora
ante el culotte nuevo-. No, no te lo quites, déjame verlo más de cerca.
Alba accedió incómoda. No quería que nadie estropeara la
fantasía que con tanto cariño e ilusión había preparado, pero no podía negarse.
- ¿Quién te lo ha regalado, pequeña? ¿Algún novio?
Porque con un sueldo de criada no se compra lencería tan fina.
- He sido yo – se adelantó a responder Toni, tal vez
intuyendo ya qué camino tomaría la charla maternal y evitar mayores
torturas psicológicas a Alba.
- ¿Preferencias?
- Un capricho de última hora.
Y mientras madre e hija discutían de forma tan sutil, la
señora había indicado con un gesto a Alba que se agachara, en la manera en que
acostumbraba en su presencia: a cuatro patas.
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Alba, así arrodillada, sintiendo la gravedad empujarle los
senos hacia abajo, inundarle la nariz con su propio olor, cálido y especiado, no
se atrevía a alzar la vista hacia las dos mujeres. Intuía la tensión y optó más
prudente semejar un objeto inanimado, como solía hacer ante la señora. Una
muñeca sumisa que ocultaba su alma por temor a que también la desnudara,
observara y pellizcara como hacia con el resto de su cuerpo. Pero no podía
olvidar que Toni estaba presente en esta ocasión y, aunque no hablara
directamente con ella, su profunda voz parecía acariciarla para que no temiera.
Toni pensaba rápido mientras conversaba con su madre, pensaba
en la mejor manera de rescatar a Alba de lo que se avecinaba. Su madre la
escrutaba con cada mirada, medía el tono de su voz para hallar cualquier
alteración que delatara los sentimientos románticos que sospechaba sentía por la
doncella, pero Toni hablaba con prudencia y se mostraba fría e impasible al
juego de la señora.
- ¿Ahora te dedicas a hacer regalos a las criadas?
–preguntó astuta Nuria.
- Consideré divertido ver la reacción de la muchacha.
Reconoce, madre, que tu también tienes una peculiar manera de
divertirte.
- Si has de gastar el dinero, mejor que lo hagas con
Martina o Erica, que hace más tiempo que forman parte de la casa y son
harto agradecidas.
- Pero ellas son amigas, además de sirvientas, y se
me hace extraño que una amiga regale a otra regalos de esa índole.
Creerían tal vez que yo podría guardar alguna pasión inapropiada hacia
ellas, como la de un hombre a una mujer, nada más alejado de la verdad.
- ¿Acaso no es lo mismo con esta pequeña? –y señaló a
Alba.
- No, es diferente. Mírala, es tan inculta y
desconocedora del mundo y sus placeres. Es tan fácil confundirla,
engañarla... Se me antojó placentero regalarle lencería y exaltarla,
tenerla dando saltos a mi alrededor como un cachorro.
- Perverso capricho el tuyo que te hace feliz la
imbecilidad de los demás.
- Imbecilidad no, madre, inocencia.
- La inocencia es un estado fácil de perder ¿No te
parece?
Toni palideció por un instante y trató de sonreír con ironía.
Nuria tenía la prueba que necesitaba y dejó de hablar para pasar a la acción. De
pié, con la puntera del zapato rozando la rodilla desnuda de Alba, acarició con
su mano la tersa superficie del culotte, que marcaba las redondeadas y juveniles
nalgas. Disfrutaba con el nerviosismo de la doncella y se satisfacía del castigo
que estaba imponiendo a su hija, porque esta comedia era sólo por y para Toni,
para que reaccionara ante la manía que la estaba dominando, para que volviera en
sí y se dejara de tonterías que la acabarían alejando del buen camino, el camino
que se supone apropiado para una señorita de buena familia, aunque esa señorita
fuera la propietaria de una empresa importante y dirigiera a más de cien
empleados.
La esbelta mano de uñas de porcelana se adentró en el culotte
y permaneció oculta a la mirada ansiosa de Toni, que ardía en deseos de arrancar
a su madre del lado de Alba y escapar con la doncella, como si de un caballero
medieval y su princesa se tratara. La llevaría a Barcelona y la tendría sólo
para ella. Sólo para ella. Pero aquello era una fantasía, Alba pertenecía a la
casa y pertenecía también a Nuria. Era un juguete entre sus manos, entre la mano
que la acariciaba y humedecía los dedos en el néctar que Alba siempre ofrecía.
Alba dejó escapar un quejido. Toni apretó los dientes para no
perder la compostura. ¿Qué estaba pasando tras el culotte? ¿Qué le estaba
haciendo la señora a Alba? La doncella volvió a quejarse con timidez y, en toda
respuesta, la señora le ordenó que abriera más las piernas.
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- Madre, estoy cansada. Si no te importa, subiré a mi
cuarto.
- No, Antonia, quédate y juega tu también.
- Por favor, madre, déjalo ya.
- Alba, desnúdate del todo –ordenó esta vez la señora
a la sufrida jovencita.
Alba se quitó el culotte y entristeció cuando vio la pequeña
mancha de sangre sobre el blanco tejido. No conseguiría nunca eliminar del todo
esa mancha porque si frotaba en exceso la prenda, desgarraría la muselina o
endurecería las puntillas. Su bonito regalo había quedado señalado para siempre.
Aún así, en ningún momento sintió ira hacia la señora, estaba en su derecho de
disponer de su cuerpo, incluso de ese lugar que tan celosamente había protegido
de la ambición de los muchachos de su pueblo. Volvió a colocarse en la misma
posición, con las piernas abiertas, tratando de ocultar su decepción.
La señora se agachó ligeramente y, con ambas manos colocadas
en las nalgas de Alba, la fue abriendo como quien abre un capullo de rosa para
mostrar su interior. Toni se sintió flaquear. Por un lado, deseaba llevar la
boca, la lengua, hacia esa flor rosada, tan joven, tan tierna, apenas
mancillada. Por otro, quería protegerla de aquella grotesca circunstancia que,
en cualquier otro lugar fuera de la casa, se habría llamado tranquilamente una
violación. Pero Alba se mostraba tan sumisa, tan resignada, que en vez de gritar
y patalear para defenderse, permanecía quieta a la espera de ser humillada. Esa
actitud enfurecía a Toni, tanto que hasta llegó a pensar que su Alba, su belleza
salvaje, se merecía todas las torturas a las que Nuria quisiera someterla. La
deseaba, la amaba, pero también la odiaba. No conseguía conciliar sentimientos
tan contradictorios.
La señora, esta vez a la vista de su preciada hija, introdujo
de nuevo el dedo índice en la estrecha y húmeda abertura para acabar lo que
había comenzado. Perversa pero delicada, la señora se tomó su tiempo para que el
interior de Alba la aceptara y no causarle más daños que el de la ya irreparable
rotura del himen. Aunque bien sabía que con la acción de un solo dedo, la
doncella seguramente seguiría permaneciendo virgen.
Cómo sentía Alba aquel dedo largo y de afilado extremo. Lo
notaba serpentear por dentro, presionar la carne, darle un placer extraño y
diferente a los que había sentido hasta ahora. Y cuanto más se movía, más
presionaba, más frotaba, más quemaba. Hasta que Nuria descubrió que su joven
criada, no sólo estaba ya preparada para un segundo dedo, sino para un
movimiento más agresivo. Podía percibir su anhelo y eso era justo lo que estaba
esperando. Demostrarle a Toni que aquella jovencita a la que adoraba, carecía de
moral y gozaba con cualquiera y en cualquier situación. Pero... ¿Acaso no era
eso lo que apreciaba Toni de Alba? Tal vez pero no esperaba que reaccionara tan
bien hacia la despreciable acción de su madre y más sabiéndola allí de pie, con
el corazón en un puño, sufriendo por ella. No, no se merecía su abatimiento.
Nuria introdujo el segundo dedo en la resbaladiza cavidad.
Entró sin problemas, deslizándose casi con elegancia.
- Dime, Alba, dime qué quieres –le preguntó la
señora.
Alba dudó, creyó que sus gemidos eran suficiente respuesta
pero la señora le dio un cachete en la nalga para que se apresurara a responder.
- Qui... quiero que me queme...
- ¿Qué te queme así? – y la señora se puso a mover
los dedos hacia delante y atrás con rapidez. Como Alba no respondía, la
advirtió con otro cachete.
- Sí... sí... así... Señora, quema mucho...
Aquello era demasiado para Toni. ¿No había intentado ella
todas las noches que Alba le expresara sus deseos? ¿Y no había Alba callado?
Pero Nuria sólo había tenido que pronunciarlo una vez y había sido rápidamente
respondida. Tal vez el creciente enfado de Toni le impidió razonar y darse
cuenta que la respuesta de la joven era debida al miedo y a la humildad de su
condición de criada. Esa misma humildad que Toni quería erradicar en su relación
para tenerla a su lado de igual a igual, para ser algo más que el ama y su
juguete, para ser amigas, amantes, enamoradas... Pero la razón de Toni se
hallaba nublada con los gemidos de Alba, que crecían en intensidad a la par que
el odio de la señorita.
La señora golpeaba impunemente el interior de Alba con sus
dos dedos. Podía jurar que lo que tenía esa jovencita dentro era puro fuego, un
volcán a punto de erosionar. Apretó más, con más fuerza, con más velocidad, a
pesar de que temía acabar sufriendo quemaduras. De vez en cuando abofeteaba la
nalga para que Alba le pidiera más.
- ¿Más, pequeña zorra?
- Más...
Hasta que el vigor de los jadeos indicaron que el fin era
inminente. Alba apretó los puños, dejó caer la cabeza y la escondió en el regazo
con timidez, para permitir que el orgasmo la invadiera, que todo aquel fuego
acumulado en un solo punto se extendiera por todo su cuerpo, del vientre a la
cabeza, a la punta de los dedos, y de nuevo al vientre.
Toni dio un portazo al salir. Nuria sonrió feliz y se tumbó
en el sofá, después de haberse limpiado los dedos en la espalda de la chica.
Alba, simplemente no se había enterado de qué iba la película.