Mi culo se entrenó para convertirme en bisexual.
Son muchos los lectores de mis relatos eróticos que me han
escrito a mi cuenta de correo personal, lo que agradezco infinitamente. Una
buena cantidad de ellos me han preguntado las causas que me indujeron a
convertirme en bisexual y ante la imposibilidad de responderles a todos, he
decidido escribir el presente para platicarles las causas y mis razones de mi
preferencia sexual.
Todo inicia por mi gusto de penetrar por atrás a las mujeres,
pues es mi práctica favorita. Nunca he entendido y será que no tengo interés por
entender la atracción desmedida que siento por un hermoso trasero. Me vuelven
loco.
Casualmente conocí a una mujer con unos atributos físicos
sensacioANALES, en especial su culo que era sencillamente maravilloso. Sus
nalgas prominentes y firmes escondían en sus profundidades un exquisito agujero
que ella sabía usar sexualmente como toda una experta. Así lo comprobé desde la
primera vez que nos acostamos en la habitación de un motel de paso.
En nuestra primera cita y después de darnos un duchazo me
dijo que me acostara al borde de la cama y que levantara mis piernas. Fue
entonces que por primera vez experimenté uno de los más grandes placeres que el
sexo puro puede ofrecer, porque me dio un prolongado y ardiente beso negro,
mientras su mano me masturbaba haciéndome casi eyacular. Su lengua entraba y
salía con gran rapidez en mi culo, mientras que me daba unos suaves mordiscos
que me hicieron alcanzar el cielo y las estrellas. Su boca subía para chupar mis
huevos, para mamar y mordisquear mi verga y volvía a bajar para seguir dándome
aquel beso negro de ensueño.
De pronto sentí que uno de sus dedos me penetraba, lo que no
le había permitido nunca a nadie por la estúpida idea de que mi heterosexualidad
se ponía en riesgo, pero en esa ocasión yo estaba tan caliente que le permití
que lo hiciera porque además por primera vez estaba sintiendo lo ardiente que es
que le toquen a uno el Punto "G" y lo estaba gozando enormemente. También la
dejé porque recordé lo que había leído y escuchado de muchos sexólogos que
opinan que esos juegos sexuales no convierten a un hombre en homosexual, a lo
que le tenía temor.
Ella se dio cuenta del placer que me estaba provocando y
aprovechó para meterme un dedo más y cuando mi ano se dilató lo suficiente, me
metió tres dedos que entraban y salían con rapidez mientras me daba una
exquisita mamada, provocándome un gran placer que nunca había experimentado. Le
tuve que decir que se detuviera porque mi leche estaba a punto de brotar. Me
estaba apretando mi próstata que quería liberar mi esperma acumulado.
Le dije que quería meterle la verga por atrás. Se acostó boca
abajo en la cama colocando una almohada bajo su vientre para que su trasero
quedara totalmente disponible para ser penetrado, pero antes me pidió que sacara
un consolador vibratorio que ella traía en su bolso de mano, para que se lo
metiera en la vagina.
Tomé el consolador de color carne, con una cabeza algo
afilada pero que su grosor aumentaba hasta llegar a la parte que se unía con los
huevos que también eran de color carne. Lo accioné para que vibrara y se
lo metí hasta el tope. Gimió, en tanto yo estaba impactado ante la exuberante
hermosura de aquel trasero espectacular con que la naturaleza pródigamente la
había dotado.
Cuando estuve arriba de ella, la cabeza de mi verga entró en
su culo mientras mi pecho quedaba en su espalda y mis manos sigilosas entraban
por debajo de ella para apoderarse de sus tetas. Sentí en la cabeza de mi verga
la vibración del consolador que tenía en la vagina y más me encendí.
Se la metí toda en su tibio y apretado agujerito, sintiendo
fenomenalmente las vibraciones del consolador. Mi verga entraba y salía en
repetidas ocasiones y mi pelvis y mis huevos se arremolinaban en aquellas
maravillosas nalgas en tanto mis manos aprisionaban con fuerza sus tetas y no
aguante más y estallé con un gran gemido que salía de los más profundo de mi
ser.
Mi leche salió a borbotones depositándose en el condón que
protegía mi verga introducida hasta el tope en las entrañas de aquella
espectacular mujer. Esperé a que me saliera toda la leche para sacársela y
tirarme boca arriba a su lado. Se sacó el consolador y juntos nos metimos a
bañar.
Mientras nos bañábamos me dijo que me preparara porque en un
rato más me iba a dar la sorpresa de mi vida. Lavaba perfectamente su consolador
vibratorio y con mirada pícara atravesaba mis ojos. Yo no entendí a qué se
refería, pero en unos minutos más lo comprendería a la perfección.
Como minutos antes lo había hecho, me pidió que me acostara
en la orilla de la cama para darme otra experta mamada que ella sabía dar como
pocas, así como el extraordinario beso negro como el que nadie jamás me lo había
dado, y por supuesto para meterme de nuevo los dedos en mi virginal culo, lo
cual hizo después de ponerme un lubricante que permitía sin dificultad que sus
tres dedos entraran y salieran mientras me mamaba la verga en forma desesperada.
Ya tienes el culo bien dilatado, me dijo, preguntándome
si me gustaba lo que me estaba haciendo. Con voz entrecortada por la lujuria
desbordada que sentía en esos momentos, le respondí que no solamente me gustaba
sino que me estaba volviendo loco de placer. Pues para que te vuelvas más
loco, ahora vas a sentir el verdadero placer del sexo, me respondió tomando
con su mano izquierda el consolador y me metió la cabeza vibratoria de aquella
verga artificial. Sentí un enorme placer con algo de dolor.
Confieso que en esos momentos que mi mente estaba muy
confundida, porque no sabía si mi verga quería volver a penetrarle el culo, o si
el consolador vibratorio penetrara el mío. Yo deseaba las dos cosas con toda mi
alma, pero no alcanzaba a comprender la razón por la cual, los hermosos
estímulos sexuales en mi ano que estaba a punto de perder su virginidad, me
estuvieran volviendo loco de placer en medio de la más grande de las lujurias.
Yo era heterosexual y no comprendía la razón de tanto placer en mi culo.
¿Qué vas a hacer?, le pregunté. Ya te dije que ahora
si vas a saber lo que es el verdadero placer sexual. Te va a doler pero te va a
gustar, me respondió y empezó a mamarme la verga como desesperada mientras
poco a poco empezaba e empujar el consolador con rumbo a mis intestinos. Yo
temblaba de pies a cabeza por la extraordinaria excitación que me provocaba la
introducción de aquel enorme consolador vibratorio, por lo que me parecía
imposible que lo pudiera aguantar, sobre todo porque era la primera vez que mi
culo se tragaría una verga aunque fuera de juguete. Sentí que estaba perdiendo
mi virginidad anal, pero no me importó. Valía la pena la pérdida para obtener a
cambio tan grande placer sexual.
Ya te metí la mitad, me dijo, al mismo tiempo que me
preguntaba si me dolía. Me duele un poco, pero está sensacional, le
respondí, así que tu síguele hasta terminar. Dejó de mamarme para
concentrarse en la principal tarea que consistía en meterme el consolador.
Me sacaba el consolador y lo volvía meter. En cada ocasión
que lo hacía, lo metía un poco más y más. Ya te la metí toda, me dijo.
No puede ser, le respondí, al mismo tiempo que extendía mi mano para tocar
el consolador y comprobar que efectivamente lo tenía totalmente ensartado.
Esto está riquísimo, le dije a la mujer, quien metía y sacaba con lentitud y
suavidad de mis intestinos aquella enorme verga vibratoria y ya no pude más. De
mi verga empezó a salir mi esperma a borbotones, mientras ella tomaba mi semen
entre sus manos y me lo untaba en el estómago y pecho, riendo divertida.
Se lavó las manos y sonriente se sentó a mi lado
preguntándome si me había gustado lo que me había hecho, a lo que le respondí
que no sólo me había gustado, sino que me había fascinado, y que no entendía por
qué había tardado tanto tiempo en dejarme hacer cosas en el culo, y ella me
dijo: Lo que pasa es que a todos los hombres les gusta que les hagan cosas
por atrás porque el culo de ustedes es más sensible que el de nosotras las
mujeres, pero entre ustedes hay mucha hipocresía y nunca confiesan que les
gusta, pero la verdad es que casi a todos los hombres les llega el momento en
que piden que les metan la verga para saber qué se siente. Cuando eso te suceda,
entonces si sabrás lo que es bueno.
Eso nunca me sucederá a mí, le respondí, porque toda
mi vida he sido heterosexual y si bien es cierto que me gusta cogerme a las
mujeres por atrás, nunca he buscado a un hombre para metérsela o que me la meta.
Yo lo que quiero es seguir acostándome contigo. Yo me seguiré acostando contigo
pero nunca digas "NUNCA". Es más, me dijo, el día que tú quieras
te presento a un travestis amigo mío, para que de una vez termines de
experimentar todos los placeres que el sexo te ofrece. Tú le meterías la verga y
él te la metería a ti. Es una belleza y es muy buena onda como persona, además
es muy bueno para coger. Es mi amigo y por eso te lo recomiendo.
¿Entonces tú quieres que me convierta en bisexual?, le
pregunté. Yo no quiero nada, me dijo, tú estás escogiendo tu propio
camino sexual. Lo que tu decidas hacer con tu vida y con tu cuerpo, es cosa tuya
y de nadie más, me respondió con justa razón.
En todos y cada uno de los posteriores encuentros que tuve
con esa adorable mujer, que por cierto fueron muchos, yo le perforaba su culo,
pero ella me perforaba el mío con el consolador que siempre la acompañaba. Luego
me comentaría que yo no tenía idea de la gran cantidad de hombres a los que les
había metido ese consolador en el culo. "Si este consolador hablara", me
dijo, todo mundo se enteraría de que en esta ciudad hay gran cantidad de
hombres llamados heterosexuales a los que les encanta ser penetrados.
Dentro de esa gran cantidad de hombres me encontraba yo. La
penetración de ese consolador que me activaba mi PUNTO G de manera sensacional,
se convirtió en una obsesión sexual. Llegó el momento en que no sabía con
exactitud si me gustaba más penetrar a la dama, o que la dama me penetrara a mí,
porque ambas experiencias eran apasionantes y llenas de lujuria indescriptible,
difícil de escoger entre ellas. Mi verga gozaba al máximo, pero también mi culo.
Comprendí que no es malo gozar del sexo, sino lo malo es vivir reprimido y
pensado con frecuencia e indecisión en el deseo por hacer realidad las fantasías
sexuales.
Después de dos años de gozar mi pene y mi PUNTO G en compañía
de aquel demonio disfrazado de mujer, me pedía que me acostara con su amigo
travestis, afirmando que esa sería la única manera de que yo conociera todas las
variantes del verdadero placer sexual que un hombre es capaz de experimentar. Yo
dudaba y a la vez deseaba cambiar el consolador artificial por una verga
natural, pero no me decidía a hacerlo. Confieso que después de tantas veces que
me insistió, terminó por convencerme y mi primera cita con el homosexual vestido
de mujer me convirtió en bisexual. La carne es débil. Mi culo ya estaba
entrenado y deseoso para que lo penetrara una verga verdadera en lugar de un
consolador de goma.
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