EN LA
MONTAÑA
“Año de nieves, año de bienes”. Eso es lo que dice el abuelo
cuando le da por la letanía de los refranes. Pues este año nos haremos ricos,
porque me da en la nariz que va a caer una buena.
El cielo, aquí arriba en la montaña, es como una losa gris
plomizo que amenaza con derrumbarse sobre mí. Las rachas de viento, cada vez más
heladas, agitan mi flequillo pelirrojo. Tengo las manos embutidas en los
bolsillos de mi pantalón de pana, pero la tela semeja un papel de fumar que deja
traspasar todo el frio y algo más. Hasta los huevos los llevo encogidos,
formando un gurruño con la polla aterida. Por si fuese poco, en estos meses que
estoy fuera de casa he dado otro estirón, y las perneras de los pantalones me
han quedado muy por encima de los tobillos. Todo esto es una mierda.
Las ovejas se huelen la tormenta. Todas están como
apelotonadas, formando algo parecido a un ovillo de lana que se mueve como un
mar inquieto. El perro se desgañita ladrando, pero hasta sus ojillos vivos
parecen detenerse de vez en cuando en este cielo cada vez más oscuro. Perro
viejo. Seguro que él sabe mucho de nevascos por estas cimas en el culo del
mundo.
Doy un silbido y todos nos ponemos en marcha. Hoy he cortado
antes de tiempo, porque si me descuido nos pillará la nieve en mitad del camino.
Una oveja se atraviesa ante mí, despistada y boba como solo pueden ser las
ovejas. La reconozco y casi juraría que ella también sabe lo que está cruzando
en ese momento por mi magín, porque su mirada se torna despavorida y sale
triscando para perderse entre el oleaje de sus hermanas.
Ahora estoy notando un calorcillo en la ingle. Junto a mi
bolsillo comienza a rebullir la carne adormecida. Quizá esta noche...
En el aprisco los animales parecen suspirar aliviados. Hoy no
han comido mucho, pero por lo menos se han librado de perderse bajo la tormenta.
Todo está en orden. Mi mirada se desplaza de una oveja a otra. Quiero
encontrarla “a ella”. La única que fue capaz de aguantar mi envergadura. El
único coño en el que he podido meter mi nabo hasta las pelotas. Da lo mismo que
sea una oveja. Estoy cansado de ser siempre el receptáculo, el agujero en el que
otros se desahogan. Creo que ya tengo edad de meterla en caliente.
La dama en cuestión está arrinconada. Si fuese una persona
diría que está escondiéndose de mí. Mejor dicho: de mi polla. ¿Tan mal lo
pasaría la única vez que me la follé? Creo que después estuvo sangrando unos
días, pero tampoco creo que fuese para tanto. Al fin y al cabo a mí me han
metido cosas más grandes por el culo, y aquí estoy. Todavía no me he muerto. Y
lo que es mejor: estoy tan acostumbrado que hasta me da gustito.
Avanzo apartando ovejas a diestro y siniestro. Tengo el pene
latiéndome, y si no me follo algo esta noche creo que reventaré. Ni las ovejas
parturientas tendrán tanta leche como tengo yo en los huevos en estos momentos.
Según me acerco voy desabotonándome la bragueta. Saco la
polla y la sopeso con la mano abierta. Desde luego que poseo una señora polla.
Un buen pollón. Incluso demasiado grande, según la opinión de Padre. Me auguró
que tendría problemas para meterla, y no se ha equivocado. A la única hembra que
me he tirado, ya me está huyendo como si la estuviese amenazando de muerte. Y no
hay derecho. Vuelvo a pensar que en mi culo Padre siempre hizo lo que quiso.
Hasta terminó metiéndome el brazo hasta el codo durante aquél largo invierno de
hace dos años. Pero, claro, él quería que yo siempre estuviese dilatado, porque
así ,en vez de pensar que era mi culo, se hacía ilusión que la estaba clavando
en el coño de Madre.
Unos tanto y otros tan poco. Ya la tengo sujeta. Tengo que
agarrarla con todas mis fuerzas, porque la mala puta se menea como una
descosida. Intento apoyar la punta de mi verga en la puerta de su vagina. La
oveja pega unos balidos que derretirían el corazón de cualquier persona; pero yo
no soy persona en estos instantes. Yo soy una pura verga, un trozo enorme de
carne palpitante que se muere por atravesar el coño de una hembra. Y lo hago. Y
la oveja pasa de los balidos a los berridos, como si a la muy exagerada la
estuviesen matando. Saco la polla chorreante de flujos y la vuelvo a meter de un
empujón, sujetándome en la tupida lana de mi novia. El ruido que hace la muy
puñetera ha puesto las lanas de punta a sus compañeras, que se han ido
apartando, pegándose contra las lejanas paredes, y dejando un círculo en cuyo
centro estamos solos los dos. Noto las pulsaciones de su vagina, totalmente
dilatada, que circunda mi nabo como un anillo sangrante. Sigo con la follada,
pero algo me detiene. Es un silbido lejano que me conozco muy bien: ¡Es Padre!
Ha debido apretar el paso para estar conmigo esta noche. Seguramente mañana no
habría podido llegar, con la nieve cubriendo todos estos montes.
Abro la puerta y me planto delante de la casa moviendo el
farol. Los copos de nieve ya hace rato que caen. Algodón gélido que pronto
formará un colchón de cristales albos. Otro silbido. Tres figuras encogidas dan
la vuelta al recodo del camino. Tienen que esforzarse para luchar contra el
viento. Cuelgo el farol de un gancho y corro hacia dentro de la casa, tras dejar
bien cerrado el aprisco de los animales. La chimenea está preparada. Un
chasquido y el pedernal chisporrotea. Una alegre llamarada ilumina el interior
de la cabaña. Corro de aquí para allá intentando infructuosamente que todo está
ordenado. El caldero con el agua ya está puesto. Las voces se oyen cercanas.
Tres figuras. ¿Quién será el tercero? Padre, desde luego, es uno de ellos. El
otro, por las trazas, debe ser el abuelo. Pero...¿y el tercero? Es casi tan alto
como Padre, aunque mucho menos recio.
Sobre la mesa coloco un gran trozo de queso. Arrimo un
puchero junto a la lumbre, rebosante de vino con especias. El pan lo tendremos
que remojar con leche, porque ya está incomible.
- ¡Hijo! -la voz de Padre me sobresalta-¿Los animales
están bien encerrados?- Esa es la forma de saludar que tiene mi padre.
- Si Padre. Todo está bien guardado.
- ¡Nene! -el Abuelo se limpia la nieve de la boca y
me sonríe emocionado.
- ¡Abuelo! - en dos zancadas estoy junto a él. Lo
abrazo y me doy cuenta de que ha menguado. Ya no es el enorme tiarrón que me
desvirgó hace años.
- ¿No le dices nada a tu hermano? -otra vez suena la
voz de mi padre con tonos renegones. Me vuelvo hacia la última figura que acaba
de entrar. Es un muchacho alto y desgalichado. Apenas un adolescente de gaznate
protuberante y rostro pálido. Cuando se quita la gorra brilla el oro de su pelo
bajo la luz del farol.
- ¡Pero si es...! ¡Hermanito! - mi alegría es sincera
por varios motivos.
- ¡Tete! - la voz de niño ya está dando paso a un
medio vozarrón engallado.
Tres años son muchos. Sobre todo para dos hermanos que no se
ven. Ambos hemos crecido, nos hemos desarrollado por todas partes (yo sobre
todo) y casi no nos reconocemos uno al otro.
El que mi hermanito esté aquí, en las montañas, es signo de
que ya he cubierto una etapa de mi vida. Ahora ya no soy el último mono, ya no
soy el desagüe de esperma de los demás, ni el chico de los recados, ni el
receptor de todos los capones que se pierdan. Por fín tendré a alguien que
estará por debajo de mí. Y no solamente en sentido figurado...
La cena está siendo frugal. Los caminantes están cansados.
Además, el vino caliente con especias también está haciendo su efecto. Mi
hermano se lleva el primer capón de Padre por demorarse en preparar el baño de
pies. Me regocijo íntimamente, y finjo que me preocupo por él. Le ayudo con el
caldero y el barreño.
Antes de nada hay que cumplir con el ritual de sumisión.
Ahora la vara de mando de la cabaña está en manos de Padre, así que me arrodillo
ante él mientras saca su verga. El olor chotuno de semen y orín reconcentrado
llega hasta mi nariz. Es un olor que me excita, y que hace que mi culo se
dilate.

Es una simple lamida, una pequeña caricia con mi boca. Luego
es el abuelo el que me presenta armas. Repito la mamada y ya está cumplido el
trámite.
Luego es mi hermano el que tiene que tomarme la polla con su
mano. Lo hace con rapidez, y yo la tengo totalmente dormida, por lo que apenas
se da cuenta de lo que acaba de tocar con su mano.

Padre y Abuelo se quitan los pantalones. Las vergas penden
entre los muslos velludos. La de Abuelo es muy larga, pero fina, extremadamente
fina. La de Padre, sin embargo, tiene un grosor más que mediano, pero peca de
corta...
Dudo sobre si desnudarme yo también, pero Padre se adelanta a
mis pensamientos gruñéndome: ¿A qué esperas, muchacho? ¡Tú ya eres uno más de
los adultos!
¡Uahuuuuuuu! - la cara debe habérseme iluminado. Seguro que
el blanco de mi rostro tiene ahora el color de la amapola, haciendo juego con
mis cabellos espesos. Voy a mi rincón y dejo caer la ropa. Ahora si que estoy
excitado. Noto como la sierpe se endereza entre mis piernas. La sangre bombea
desde mi corazón hasta mis testículos.Los tres quedan en silencio, mirándome con
extrañeza. Tanto es así que quedo aturdido y repaso mi cuerpo por si hubiese en
él algo extraño. Sin embargo, la mirada más rara es la de mi hermanito. Me está
mirando con...horror. Veo mi imagen reflejada en el agua del barreño. Dos
columnas musculosas entre las que pende un enorme garrote bamboleante. En su
base, una gran mata de vello pelirrojo.
El pequeño nos lava por orden. Primero el Abuelo, luego Padre
y el último yo. Al enjabonarme los testículos, mi polla parece la de un burro.
Brilla el miedo en la mirada de mi hermano. En la punta del nabo todavía tengo
costras dejadas por los flujos de la oveja.
Soy feliz. Estoy caliente bajo la frazada de mantas. La
cabaña apenas iluminada por los rescoldos de la chimenea. El vino corriendo por
mis venas y el esperma por mis pelotas. Hoy mojaré. ¡Claro que mojaré!. Esa es
la costumbre, y la haré cumplir a rajatabla.
Miro a mi hermano mientras se abre los cachetes de las
nalgas. Lo hace delante del abuelo, mostrándole el orificio de su culito
virginal. El abuelo, desnudo, no está nada mal. Es una versión madura de mi
padre. Su verga se prepara para enfilar el ano de su nieto pequeño.

Bajo las mantas del Abuelo, mi hermano está recibiendo la
primera enculada de su vida. Su virginidad, por ley, debe ser disfrutada por el
más viejo de la familia. Luego, por orden de categoría y de edad, pasará por
todos los demás varones. Suerte tiene mi hermanito de que nuestra familia sea
reducida. En mi caso no fue así. En mi “noche montañesa” pase por las vergas de
más de siete rijosos varones. Entre Abuelo, Padre, Tios, Cuñado, Primos... Eso
fue antes de que el alud se nos llevase por delante a casi todos.
Mi hermanito gime. La verga del abuelo, larga y fina, debe
estar ya en su interior. Apenas será una molestia en su culito virgen. Seguro
que Abuelo le ha preparado convenientemene, mojando su trasero con su lengua
sabia, y embadurnándoselo con la manteca especial que sirve para dilatar.
Recuerdo la manteca y me extremezco. En aquel otro invierno Padre gastó media
jarra en mi culo. No tenía bastante con su polla, no tenía suficiente con
meterme dos, tres, y hasta cuatro dedos, sino que siguió y siguió hasta meterme
la mano entera, a pesar de mis aullidos. Y luego me dejó reposar unos cuantos
días. Hasta que volvió con más ímpetu, y mis ruegos ya no eran tan sinceros,
porque algo se había quebrando dentro de mí, y el rechazo inicial se iba
convirtiendo en un deseo insano de querer más y más. Y la manteca me chorreaba
entre los muslos. Y yo aguardaba en cuclillas sobre la mesa, con las nalgas
ardiendo por la lumbre de la chimenea mientras fuera ululaba el viento, y Padre
, con la mano cerrada formando punta, seguía untando sus dedos con manteca antes
de acercarlos a mi agujero. Creí morir de dolor, y luego creí morir de morbo y
placer. Notar su gruesa mano dentro de mí, con mi esfínter apretando su muñeca
como una pulsera de carne, y el brazo reptando por mi intestino, mientras la
boca de padre albergaba mi verga y su puño me follaba como una inmensa y velluda
verga.
Me muero de ganas. Tengo un ansia enorme de meter la polla en
algún sitio. Pero todavía queda un rato para que me llegue el turno. Oigo los
jadeos de Abuelo. Creo que se está corriendo dentro de mi hermanito. Padre
rebulle muy cerca de mí. Sé que también está esperando su turno. Aparta la
frazada de ropa y queda despatarrado, totalmente desnudo. La gruesa y corta
verga apuntando hacia el techo. Los cojones colgando como boniatos. Mi hermanito
se hace el remolón, pero Padre lo sujeta de un tobillo y tira hacia él. La verga
del Abuelo sale con un lánguido ¡flooooop! Del culo recién desvirgado, y mi
hermano adolescente no tiene más remedio que trepar sobre el vientre de Padre.

Padre es casi siempre poco comunicativo. En circunstancias
normales jamás nos da un beso; pero cuando está en celo cambia totalmente.
Entonces se transforma en una ventosa que pega sus labios a todo lo que tiene
por delante. Sujeta del pelo a mi hermano y lo atrae hacia sí. Veo los labios de
Padre, veo sus dientes, pegados contra la boca del pequeño. Lo está mordiendo.
Las lenguas se entrecruzan, las salivas se encharcan pasando de una cavidad a
otra como si fuesen vasos comunicantes. Las manazas de Padre están golpeando las
nalgas desnudas de mi hermanito. Veo el tarro de la manteca. Unos segundos
después, el culo de mi hermano ya está embadurnado, y la polla de Padre parece
un muñeco de nieve. Aún así, el nene se resiste a sentarse sobre esa estaca,
pequeña en longitud pero temible en cuanto grosor. El nene no quiere. Se queja
antes de tener motivo. Padre le cruza la cara de un guantazo. La cabeza de mi
hermano parece un pim-pam-pum. Hostia va, hostia viene. Finalmente se relaja
entre sollozos. Papá le hace inclinarse hacia él, mientras con manos sabias le
abre las nalgas. Luego empuja firmemente...y el alarido se oye hasta en el
valle. Padre sella la boca de mi hermano con sus labios gruesos. Lo peor ya ha
pasado. La dilatación ya está hecha. Remiten los lloros y comienza la cabalgada.
El ojete está dado de sí, pero realmente no es para tanto, porque la verga no
tiene dimensiones colosales. Padre goza enculando al nene mientras le muerde los
labios, mientras le hurga con la lengua hasta las amígdalas. Mi hermanito brinca
cada vez con más gusto. Se restaña las lágrimas, porque ya no proceden, y
comienza a masturbarse. Incluso cierra los ojitos, como si el placer ya superase
al dolor.
Con sus brazos musculosos, Padre toma a mi hermano de las
caderas y le da una vuelta completa, para que quede ensartado dándole la
espalda. Las gordas pelotas de Padre asoman bajo las nalgas del nene, mientras
la verga adolescente es manipulada por el adulto.

Padre no aguanta mucho, esa es una ventaja para quien es
follado por él. Pronto le da una orden para que descabalgue, y que se ponga
entre sus muslos, terminando de masturbarlo con la mano, mientras acerca el
rostro hasta el nabo paterno. Así lo hace en chico. Y pronto sale un chorro de
lefa que pega en sus labios, mientras Padre le gruñe:
- ¡No se te ocurra apartarte! ¡Todo a la boca!

Obedece el infante adolescente. Apenas le cabe en la boca
toda la leche que Padre ha derramado. Trepa sobre el cuerpo paterno y junta los
labios con los que le esperan. El esperma es traspasado a la boca del que lo
emitió. Lo tragan lentamente a duo. Los cuerpos suben y bajan cansados por el
polvo que acaban de pegar. Desde mi cama tengo la visión del ano de mi
hermanito, dilatado y enrojecido. Mi erección es poderosa. No creo poder
aguantar mucho más.
Por suerte Padre quiere dormir. Aparta de malas maneras a mi
hermano, y le dice que venga conmigo.
- ¡Hurra, mi turno!
- Tete...¿no me harás nada ahora , verdad? -la voz
del angelito me da pena. Casi me convence...pero no.
- No te preocupes, nene. Verás como ni te enteras.
- ¿Qué no me entero? Pero...¿Tú sabes lo que tienes
aquí? -y al decir ésto me señala la vergota que ya no puede aguantar más.
- Tranquilo. Verás como el tete se las arregla para
que lo pases bien. Solamente un poquito de daño al principio...y ya está. ¿No
ves que la tengo igual de gorda que Padre?
- Si, sí. Igual de gorda, sí. Pero larga....¡menudo
monstruo que tienes entre las piernas!
Tengo una idea genial. Me levanto y le acerco a mi hermano lo
que queda del vino. El no ha bebido nunca, así que imagino que algún efecto le
hará. Además yo no pienso entrar a saco en su culito. Tengo algunas ideas para
poner en práctica.
Lo primero que hago es darle un morreo de órdago. La verdad
es que siempre nos gustó besarnos, desde pequeños.
Recuerdo con cariño la miniatura de pene que tenía entonces,
y que desaparecía totalmente en mi boca cuando se lo chupaba. Ahora quiero
repetir la operación y lo atraigo hacia mí. Consigo embutirme todo su salchichón
en la boca, pero no me ha resultado tan facil como antaño.

También sé, por experiencia, que a mi hermanito le gusta
sobremanera chupar vergas. Tendré que calentar los motores de alguna forma,
porque a palo seco estoy viendo que no querrá ceder.
Tras el tercer trago de vino, sus ojos chispean brillantes.
Sus besos se hacen más profundos. Incluso se entretiene mordisqueando mis
tetillas. Sigue hacia abajo en busca de mi monstruo; pero lo detengo porque no
quiero que se ponga solo ante el peligro. Hago que se suba sobre mí, hasta que
alcanzamos la postura del sesenta y nueve. Sus pelotas y su verga cuelgan sobre
mi cara. Les pego unos lametones, mientras noto que , por abajo, el monstruo ya
le da menos miedo a mi hermanito. Su boca ha entrado en contacto con mi polla.
Tiene que desencajar las mandíbulas para poder albergar la bellota en su boca.
La lengua recorre el glande, los labios lo sorben. Su mano sube y baja apartando
la piel .
No hay nada igual a tener en la boca el nabo de un hombre.
Creo que nuestro cerebro tiene, desde tiempos ancestrales, una parte que le
exige disfrutar de un buen cipote en sus papilas gustativas. Lamerlo, sorberlo,
incluso mordisquearlo, es algo que nos llama, que nos apetece, que nos sube la
líbido y nos hace experimentar un morbo más allá de toda lógica. Y esta
necesidad de transformarnos en chupópteros, no es exclusiva de los hombres que
desean a los hombres, sino de muchos hombres que desean a las mujeres.

Mi hermano se relaja. El tener mi ciruelo en su boca le ha
proporcionado recuerdos de su infancia, cuando yo comenzaba a experimentar
erecciones y él era un mocoso de mirada despierta y boca grande. Noches y noches
de compartir cama, antes de que a mí me enviasen a la montaña, hicieron que
conociésemos cada centímetro de nuestra piel, cada pliegue, cada orificio. Por
entonces nuestros culos eran vírgenes, y nos gustaba juguetear a perforarlos con
nuestras lenguas convertidas en punzones, o incluso a aventurar algún dedo
curiosón por las portañuelas angostas y jamás traspasadas.
Aplico mis caricias al ano dolorido de mi hermano pequeño. Mi
saliva es un bálsamo que aplico con ayuda de mi lengua cálida. Se extremece. Las
yemas de mis dedos palpan los bordes del esfinter violado, e incluso me atrevo a
insinuar una caricia en su interior.
Como contrapartida, el nene replica en mí las caricias que
recibe, con la particularidad que mi puerta trasera ya no es portañuela, sino
portalón de posada. Padre ya se encargó de dejarme flexible para los restos. En
la parte exterior de mis analidades, una especie de arandela de carne forma como
unos morritos burlones que incitan a traspasarlos.Y el chico atiende la llamada
y se siente Alí Babá ante la cueva del tesoro. No le hace falta gritar “¡Abrete,
sésamo!” porque con el mínimo roce de sus dedos la gruta se abre de par en par,
dejando entrar, no solamente un dedo solitario, sino la mano entera y algo más.
Sus manipulaciones me arrastran hasta el borde del abismo.
Detengo su avance cuando ya el codo roza mis testículos, cuando todo el
antebrazo está aprisionado dentro de mis tripas. Mi vergón late peligrosamente,
amenazando con arrojar antes de tiempo el fuego líquido de las pelotas. Pido un
compás de espera y lo obtengo. Incluso mi chiquitín queda aletargado mientras yo
recupero mi respiración y consigo llevar mi esfínter a sus marcas.

El cuerpo de mi hermano yace ante mí sumido en el letargo. Me
inclino sobre él y someto su raja a unas sabias manipulaciones que terminan con
el consabido aleteo de mi lengua en la entrada de su culito. Suspira el bello
durmiente, y parece que no se resiste a que siga con mis juegos. Lo hago
girarse. Admiro su hermosura adolescente. Le hago reclinarse para poder palpar a
mano llena su sexo endurecido. El se deja hacer, como el corderito que es
consciente que su destino es quedar prendido entre las zarzas del deseo.
Levanta el muslo para que mi mano tenga acceso a todas sus
maravillas. Una mano lánguida colocada sobre mi hombro me indica que la plaza
está tomada, que la resistencia será nula, y que las puertas de la ciudad caerán
al mínimo empuje de mi gran ariete.

Y el momento álgido llega. Mi hermano aprieta los dientes
viendo llegar hasta la entrada de su olla el grueso nabo que tendrá que cocinar
en breves instantes. Pero confía en que el recipiente tiene el calor adecuado, y
que a poco que se esfuerce cabrá dentro todo el vegetal. Hasta detecto en su
mirada como un ansia de ser penetrado, de ser atravesado, de ser ensartado como
un gorrinillo por el espetón de asar.

Por el rabillo del ojo observo que Padre y Abuelo ya no duermen. Han estado
observando nuestras idas y venidas, y ahora son ellos lo que quieren recordar
viejos tiempos de rezofilamientos incestuosos. Están encabritados, y parece que
no les molestan los achaques de la edad. Se comen mutuamente las pollas
endurecidas, y parecen prepararse para algo que me huele a orgía.

A pesar de su preparación mental, mi hermano gime en tonos no
muy placenteros. Soy consciente de que la punta de mi verga excede de los
tamaños normales. Teniendo en cuenta que el resto de la polla es muy gruesa, la
“sombrilla” amoratada que forma el glande, todavía sobresale más, con lo que el
trabajo de meter ese cabezón se presenta bastante complicado. Aprovechando que
estamos frente a frente, me inclino todo lo que puedo sobre mi hermanito y con
una mano pellizco sus pezones, mientras con la otra junto nuestras cabezas para
morder sus labios apasionadamene. Aprieto los dientes contra la carne mórbida,
hasta que la sangre salta y embadurna nuestras barbillas. A la par, embisto con
mi ariete el agujero anal, penetrando salvajemente (ya que no hay otra forma de
hacerlo) en el interior del intestino de mi hermanito.
El nene suelta un berrido por partida doble. No sabe si
quejarse más por mi dentellada en sus morros adolescentes, o por la gran pija
que está alojada, y ensangrentada, en lo más profundo de su culo. Sigo la
follada impertérrito. Las lágrimas caen a raudales del rostro semi-infantil, y
tengo que utilizar toda mi fuerza para impedir que se aparte y salga corriendo.
Aprovechando un momento de calma le hago ponerse en cuatro
patas. Con un gesto de mi cabeza hago ver a Padre que necesito de su ayuda. Algo
debe distraer a mi hermanito mientras sigo con la misión de dejarle el culo
preparado para el futuro. Mi padre, aunque algo lento, termina comprendiendo lo
que quiero, y acariciando su verga se pone delante de la cara de su hijo pequeño
ofreciéndole el caramelo con el que debe entretenerse.
Chupetea unos instantes el mamoncete, pero la verga paterna
es demasiado corta para todo lo que necesita hoy el adolescente, por lo que
Abuelo toma el lugar ante la boca del nene y embute su largo falo hasta el
esófago de su nieto.

Noto un terremoto en mis testículos. La lefa sale a chorros
de mi verga y sirve de pomada suavizante para el culo dolorido de mi hermano.
Rebosa el intestino y sale a oleadas enrojecidas al apartar mi polla con un
ruido de succión. El nene se busca la herida palpando su ano, pero solamente
consigue embadurnarse de esperma la palma de la mano. Ya más tranquilo, me gasta
la broma de restregar mi propia leche por mi cara, pero corro tras él y le
obligo a que me la limpie a base de lametones. Terminamos morreando entre risas,
bajo la complaciente mirada de Padre y Abuelo.
Tras una frugal colación, vuelven los ímpetus rijosos a
revolotear por nuestra entrepierna. Ahora, una vez terminados todos los ritos,
llega el tiempo en el que es el menor el que dirije la fiesta. Como no podía ser
de otra manera, yo, que soy el culpable del mayor dolor que ha experimentado,
tengo que ser el primero en caer en sus garras.
Colocado a estilo perro, espero para ver hasta donde llega la
imaginación de mi hermano. No tarda mucho en decidirse. Rebusca en las alforjas
hasta que encuentra un chorizo enorme, de los que se preparan en nuestra casa
del valle cuando la matanza. El embutido viene a tener el grosor de mi polla, y
una longitud que no es menor a 35 cms. Tiene los abultamientos típicos de grasa,
por lo que la superficie es rugosa, brillante y lúbrica.
Relajo mi esfínter y pronto desaparece una gran porción del
comestible dentro de mi cuerpo. Es una sensación...extraña, placentera, un
poquitín dolorosa y muy, muy morbosa.

Pero ahí no acaba la cosa. Envalentonado porque sabe que
durante unos minutos sus deseos serán órdenes para nosotros, mi hermano hace que
Padre (que ya se temía algo) se coloque de la misma guisa que yo, aunque dándome
la espalda. Con una generosa cantidad de la manteca “especial” que tenemos para
estos menesteres, el pequeñajo embadurna el ano paterno, así como el otro
extremo del embutido. Hacer recular a Padre hasta que la punta del chorizo roza
con su esfínter, y, como si de un borrico se tratase, lo azuza para que siga
hacia atrás, mientras con la mano libre sujeta la polla artificial hasta que
toma contacto, y se introduce, dentro de la carne de nuestro padre.
Suda el autor de nuestros días. Yo me sonrío, porque no es lo
mismo joder que que te jodan, y empujo hacia atrás para que la verga comestible
entre un poco más dentro del ano paterno.
Centímetro a centímetro, todo el chorizo ha desaparecido en
nuestro interior. Bien es verdad que la mayor parte la albego yo en mis tripas,
pero Padre también se ha llevado un buen trozo. El nene hace que juntemos
nuestras nalgas, que nos restreguemos uno contra el otro, y que comencemos un
vaivén de metisaca en ambos sentidos. Para suavizar la cosa, Abuelo nos masturba
por turnos. La piel del chorizo brilla jugosa. Nuestras pollas derraman grandes
cantidades de precum, y mi hermanito, como si fuese el mandamás de los esclavos
de las galeras de Ben-Hur, golpea una cacerola para que nos empalemos al ritmo
que nos marca.
Durante un tiempo solamente se oye el ruido afanoso de
nuestras respiraciones. Fuera las ovejas balan en el aprisco. A lo lejos, el
lobo trota levantando nubes de nieve polvorienta. Nuestro perro dormita junto a
la lumbre, abriendo un ojo para no perderse los extraños juegos de sus amos.
Finalmente la tortura placentera acaba. Mi hermanito, quién
sabe por qué, tiene una querencia especial contra Padre, y le hace tumbarse
patas arriba, con el culo chorreando aceite de chorizo y manteca suavizante,
para poder comérselo con hambruna adolescente.

Por aprovechar el momento, me coloco en cuclillas sobre el rostro paterno, y
ofrezco a su boca el sabor de mi retaguardia. Padre acepta, porque seguramente
quiere paladear los mismos sabores que su hijo pequeño está catando entre sus
nalgas. Su lengua repasa mi regata boñiguera, y con toda seguridad detecta en
ella un riquísimo sabor a charcutería selecta. Mi mano retuerce un pezón en su
pecho velludo, y mis pelotas cuelgan rozando sus cejas.
Llega el momento crucial de la corrida multitudinaria. Ahora
es una guerra sin cuartel. Padre sigue acostado, ofrecido por una vez en su vida
al capricho de sus hijos. Abuelo revolotea de uno a otro, tocando, sobando,
chupando y sorbiendo todo lo que le apetece. Las vergas ya están a punto. El
esperma se está batiendo en nuestros cojones como la nata montada.
Es mi polla la primera que quiere penetrar por un orificio de
Padre, así que me esparranco sobre su pecho y le endilgo la verga en su
garganta. Tose. Se ahoga, pero le obligo a aguantar. Pronto se acostumbra y me
follo se boca con un deleite sin igual. Le estoy dando una ración de su propia
medicina. Mi hermano, allá atrás, lo tiene bien agarrado por la pija, le
restriega la polla por la rabadilla mientras le mete dos, tres, y hasta cuatro
dedos por su culo choricero. No tardamos en soltar los surtidores. Unos, como
yo, en el interior de la garganta paterna. Otros, como Padre, elevando en el
aire bonitos surtidores de lefa hirviente. Mi tete pequeño, que ha cambiado los
dedos por su propia polla, prefiere dar una última enculada y correrse bien
corrido en el intestino del macho violentado.

Y Abuelo, de pie junto a nosotros, eyacula aspergiando sus níveas gotas de
semen, llenándonos de arriba abajo con su lefa fecunda, mientras recita en un
postrer gemido señalando nuestros rostros chorreantes de su esperma:
- “ Año de nieves, año de bienes”.
Y todos caemos rendidos sobre nuestros lechos, dentro de la
cálida cabaña, aquí, en la montaña.