DOLMANCE
EL CABALLERO
AGUSTÍN
EUGENIA
MADAME DE SAINT-ANGE
Madame de Saint-Ange, (trayendo a Agustín) — He
aquí el hombre del que hablé. ¡Vamos, amigos, divirtámonos! ¿Qué sería la vida
sin placer? ¡Acércate, burro! ¡Oh, el tonto! ¿Creerán ustedes que hace seis
meses que trabajo para desasnar a este gran cerdo y no lo logro?
agustín — ¡Uh, señora! sin embargo usté dice al pasar, a
veces, que yo tan mal no ando, y cuando hay terreno sin cultivo es siempre a mí
al que se lo encaja.
Dolmancé, (riéndose) — ¡Encantador!... Tan fresco
como franco... ¡Encantador!... (Señalando a Eugenia). Agustín, he aquí un
cantero de flores sin cultivar; ¿quieres encargarte de él?
agustín — ¡Ay, la laila! Señó, bocados tan gentiles no
están hechos pa' nosotros.
Dolmancé — Vamos, señorita.
Eugenia, (enrojeciendo) — ¡Oh, cielos, tengo una
vergüenza!
Dolmancé — Aleje ese sentimiento pusilánime; ninguna
acción debe darnos vergüenza, pues todas están dictadas por la naturaleza,
especialmente las del libertinaje. Vamos, Eugenia, pórtese como puta con este
joven; piense que toda provocación hecha por una niña a un muchacho es una
ofrenda a la naturaleza, y que el mejor modo de servirla con su sexo es
prostituirse al nuestro; en pocas palabras, recuerde que es para ser bien
fornicada que usted nació. Baje usted misma el calzón de este joven más abajo de
sus bellos muslos, levante su camisa sobre su cintura, para que sus cosas... y
su trasero, que tiene, hagamos un paréntesis, muy bello, se hallen en
disposición... Que una de sus manos, Eugenia, tome ahora este gran trozo que
pronto la espantará con su tamaño, y la otra se pasee por las nalgas y
cosquillee así el orificio del culo... (Para que Eugenia vea, el mismo
Dolmancé socratiza a Agustín). Desnude bien esa cabezota rubicunda, no la
cubra nunca al calentarla; téngala descubierta y estire el frenillo casi basta
romperlo... Mire, ya empieza a notarse el resultado de mis lecciones... Y tu,
muchacho, no te quedes ahí con los brazos cruzados; acaricia esos hermosos
senos, esas bellas nalgas...
agustín — Señó, un decir, no podría... un decir, ¿pegarle
un beso a esta señoíta que me gusta tanto?
Madame de Saint-Ange — Bésala, imbécil, bésala tanto como
quieras; ¿o no me besas a mí cuando me voy a la cama contigo?
agustín — ¡Ay, tatigay! ¡Qué boquita linda! ¡Me parece
tener la nariz sobre las rosas del jardincito! (Mostrando su pija tiesa),
¡Así ve usté, señó, lo que se pasa!
Eugenia — ¡Oh! ¡Cielo, cómo crece!
Dolmancé — Que el movimiento de su manita, Eugenia, sea
ahora más regular y enérgico. Cédame el lugar un instante y mire bien
cómo hago. (Se apodera de Agustín y le hace la paja) ¿Ve usted,
querida, como mis movimientos son más firmes y al mismo tiempo más regulares?
Agárrela usted ahora, y sobre todo no la encapote... ¡Bien! ¡Hela ahí en toda su
energía y tamaño! Veamos ahora si es verdad que la tiene más gruesa que el
caballero.
Eugenia — No lo dudemos: usted ve que mi mano no alcanza
a cerrarse en su torno.
Dolmancé, (midiendo) — Verdad es. Nunca he visto
una más gruesa. Esto es lo que se llama una soberbia pija. ¿Y la usa usted,
señora?
Madame de Saint-Ange — Regularmente todas las noches
cuando estoy en este retiro.
Dolmancé — Pero en el culo, espero.
Madame de Saint-Ange — Un poco más a menudo que en la
concha.
Dolmancé — ¡Ah, Dios miserable, qué libertinaje! Yo no
estoy seguro de aguantarla.
Madame de Saint-Ange — ¿Usted, estrecho? Dolmancé,
entrará en el suyo como en el mío.
Dolmancé — Veremos; me halaga pensar que mi amigo Agustín
me hará el honor de lanzarme un poco de esperma caliente en el culo; se lo
devolveré; pero continuemos la lección... Vamos, Eugenia, la serpiente va a
vomitar su veneno; prepárese: fije los ojos en la cabeza de este sublime
miembro, y cuando lo vea hincharse anunciando la eyaculación, volverse más
púrpura, dele a sus movimientos la mayor energía; los dedos con que le acaricia
el ano, métaselos todo lo que pueda; dése entera al libertino que se ocupa de
usted; busque su boca, y que sus encantos, por decir, vayan hacia las manos de
él... Ya está por volcarse, Eugenia, he aquí el instante de su triunfo...
agustin — ¡Ay, ay, ay, ay, ay, señorita, usté me mata!
¡Ay, ay, ay!... ¡vaya más rápido! ¡Ah, Dios corajudo, ya ni veo claro!
Dolmancé — ¡Más rápido, más rápido! ¡Muy bien, Eugenia!
... ¡él ya está en la embriaguez! ¡Ah, qué abundancia de esperma, y con qué
vigor lo arroja! Vea el rastro de su primer chorro: ¡ha saltado más de diez
pies! ¡Ha inundado el cuarto! Nunca he visto acabar así. ¿Y dice usted, señora,
que él la cogió anoche?
Madame de Saint-Ange — Nueve o diez veces, creo; hace
tiempo que ya no contamos.
el caballero — Eugenia, está usted cubierta.
Eugenia — Querría estar inundada. (A Dolmancé). Y
bien, maestro, ¿está satisfecho?
Dolmancé — Muy bien, para una debutante. Pero descuidó
algunos detalles.
Madame de Saint-Ange — Esperemos, pues no pueden ser sino
el fruto de la experiencia; en cuanto a mí, estoy muy contenta con mi Eugenia;
anuncia las más felices disposiciones, y creo que hora debemos hacerla gozar con
otro espectáculo. Hagamos que vea el efecto de una pija en el culo. Dolmancé,
voy a ofrecerle el mío, mientras mi hermano me coge por delante; Eugenia
preparará su miembro, Dolmancé, lo pondrá en mi culo, mirará todos sus
movimientos, los estudiará para familiarizarse con esta operación que,
enseguida, le haremos soportar a ella misma con la enorme pija de este hércules.
Dolmancé — Celebro que este lindo y pequeño trasero sea
pronto desgarrado ante nuestra vista por las sacudidas violentas del bravo
Agustín. Entretanto apruebo su proposición, señora, pero si quiere que la trate
bien permítame añadir una cláusula: Agustín, al que se la haré parar en dos
segundos, me culeará mientras yo la sodomizo.
Madame de Saint-Ange — ¡Apruebo! Ganaré con ello y para
mi alumna serán dos lecciones en lugar de una.
Dolmancé, (apoderándose de Agustín} — Ven, robusto
muchacho, que te reanimo... ¡Qué bello es! Bésame, querido amigo... Estás aún
todo mojado de leche, y es leche lo que te pido.
¡Ah, mil Dios! Es preciso que le chupe el culo mientras lo
froto.
El Caballero — Aproxímate, hermanita; para responder a lo
planeado voy a extenderme en este lecho; te acostarás en mis brazos, enseñándole
tus bellas nalgas lo más abiertas posible... Así... Podríamos comenzar.
Dolmancé — No, espera; conviene primero que entre en el
culo de tu hermana, ya que Agustín me 1a introduce; de inmediato los casaré a
ustedes: mi mano los ligará. No faltemos a ningún principio; pensemos que una
escolar nos mira y que le debemos lecciones exactas. Eugenia, venga a
acariciarme mientras yo decido el enorme aparato de este mal sujeto; mantenga la
erección de mi verga sobándola ligeramente entre sus nalgas.
Eugenia — ¿Lo hago bien?
Dolmancé — Hay demasiada blandura en sus movimientos;
apriete más la pija que toquetea, Eugenia; la masturbación sólo es agradable
porque comprime el miembro más que cualquiera posesión, por eso la mano que
coopera en ella debe ser un recinto infinitamente más estrecho que el de
cualquier otra parte del cuerpo... ¡Ahora está mejor! Separe las nalgas un poco
más, a fin de que a cada sacudida la cabeza de mi pija toque el agujero de su
culo... ¡Eso es! Excita a tu hermana mientras esperas, caballero: estamos
contigo en un minuto... ¡Ah, bien! ¡He aquí que se le para a mi hombre! Vamos,
prepárese, señora, abra ese culo sublime a mi impuro ardor; guíe el dardo,
Eugenia; debe ser su mano la que abra la brecha, que lo haga entrar; cuando esté
adentro, se apoderará del de Agustín y llenará con él mis entrañas. Son deberes
de novicia; hay instrucción que extraer de todo esto y por lo tanto se lo hago
hacer.
Madame de Saint-Ange — ¿Están mis nalgas en la posición
que desea, Dolmancé? ¡Ah, mi ángel, si supiese cómo lo deseo, cuánto tiempo hace
que deseaba ser culeada por un bufarrón!
Dolmancé — Se cumplen sus votos, señora; pero sufra que
me detenga un instante a los pies del ídolo: quiero festejarlo antes de
introducirme hasta el fondo de su santuario... ¡Qué culo divino! ¡Lo beso mil
veces! ¡Lo lamo mil y mil veces! ¡Tome, he aquí la pija que desea! ¿La siente
usted, bribona? Diga, ¿la siente penetrar?
Madame de Saint-Ange — ¡Ah, métamela hasta el fondo de
las entrañas! ¡Oh, dulce voluptuosidad, qué inmenso es tu reino!
Dolmancé — He aquí un culo como en mi vida he cogido; es
digno del mismo Ganymedes. Vamos, Eugenia, ocúpate de que Agustín me la entierre
en el acto.
Eugenia, (a Agustín) — Mira, bello ángel, ¿ves el
agujero que debes perforar?
agustín — ¿Que si lo veo, dice? ¡Mierda! ¡Hay lugar ahí!
Más fácil, digo, entro ahí que, por lo menos, en usté señorita; y béseme un poco
para que entre mejor.
Eugenia, (besándolo) — ¡Oh, tanto como quieras,
eres tan fresco! ¡Empuja, pues! ¡Oh, la cabeza se zambulló en seguida! Creo que
el resto no tardará.
Dolmancé — ¡Empuja, empuja, amigo! Desgárrame si es
necesario. .. ¡Ah, qué socotroco! Jamás he recibido una igual... ¿Cuántas
pulgadas quedan afuera Eugenia?
Eugenia — Apenas una.
Dolmancé — ¡Entonces tengo cinco pulgadas y media en el
culo! ¡Qué delicias! ¡Me revienta, no puedo más! Vamos, caballero, ¿estás listo?
El Caballero — Toca y dime lo que piensas.
Dolmancé — Y ahora, mis niños, yo los casaré... Debo
cooperar con este divino incesto. (Introduce la pija del caballero en la
concha de madame de Saint Auge).
Madame de Saint-Ange — ¡Ah, mis amigos, heme aquí
ensartada de los dos lados...! ¡Qué placer divino! No tiene igual en el mundo...
¡Ah, mierda, pobre la. mujer que no lo ha conocido! Sacúdame, Dolmancé,
sacúdame... fuérceme por la violencia de sus movimiento a precipitarme sobre el
espadón de mi hermano, y tú, Eugenia, contémplame, ven a mirarme en el vicio;
aprende, según mi ejemplo, a gustarlo transportada, a saborearlo con delicias.
.. Mira, mi amor, todo lo que hago a la vez: ¡escándalo, seducción, mal ejemplo,
incesto, adulterio y sodomía!... ¡Oh, Lucifer, único dios de mi alma, inspírame
algo más, ofrece a mi corazón nuevos extravíos y verás cómo me hundo en ellos!
Dolmancé — Voluptuosa criatura, me haces volcar,
apresuras la descarga con tus frases; y el extremado calor de tu culo... Acabaré
ahora mismo... Eugenia, caliente el coraje de mi cogedor, apriete sus flancos,
entreabra sus nalgas; ya conoce usted el arte de reanimar sus deseos... Su sola
aproximación da energía a la pija que me culea... Lo siento, sus sacudidas son
más vivas... Pícara, tendré que cederle lo que hubiera querido sólo para mi
culo... ¡Caballero, estás por irte, lo siento!¡Espérame! ¡Esperémonos! ¡Oh, mis
amigos, acabemos juntos: es la única dicha de la vida!
Madame de Saint-Ange — ¡Ah, mierda, mierda! ¡Vuelquen
cuando quieran, que yo no aguanto más! ¡Nombre de Dios, en el que me cago!
¡Dios, sagrado bufarrón! ¡Acabo, acabo! ¡Inúndenme, mis amigos! Inunden a su
puta... ¡Lancen olas de esperma espumoso hasta el fondo de mi alma abrasada,
sólo existe para recibirlas! ¡Aeh! ¡Aeh! ¡coger, culear! ¡Qué increíble exceso
de voluptuosidad!... ¡Eugenia, deja que te bese, que te coma, que beba tu flujo
mientras pierdo el mío! (Agustín, Dolmancé y El Caballero, hacen coro;
el temor de ser monótonos nos impide anotar sus expresiones. En tales instantes,
siempre se parecen.)
Dolmancé — Este ha sido uno de los placeres más intensos
que he tenido en mi vida. (Señalando a Agustín) ¡Este bufarrón me ha
llenado de esperma! ¡Pero yo hice otro tanto con usted, señora!
Madame de Saint-Ange — ¡No me hable! ¡Estoy
inundada!
Eugenia — ¡Pero yo no puedo decir lo mismo! Dices que has
cometido muchos pecados; pero, para mi, ni uno solo. Si sigo mucho tiempo así,
con este régimen de pan y agua, es seguro que no moriré de indigestión.
Madame de Saint-Ange, (riendo) — ¡La extraña y
picara criatura!
Dolmancé — ¡Es encantadora! Venga, pequeñita, que la
flagelaré. (Le da palmadas en el culo). ¡Bésame, pronto será tu turno!
Madame de Saint-Ange — De ahora en adelante nos
ocuparemos sólo de ella, hermano; considérala tu presa; examina esa doncellez
encantadora: pronto va a pertenecerte.
Eugenia — ¡Oh, no! {No por delante! Eso me hará mucho
daño; por detrás tanto como guste, así como Dolmancé me hizo hace unos
instantes.
Madame de Saint-Ange — ¡La ingenua y encantadora niña!
¡Ella pide precisamente lo que a otras les cuesta tanto otorgar!
Eugenia — ¡Oh!, no sin un poco de remordimiento; pues
ustedes no me han tranquilizado acerca del crimen enorme que he oído decir que
hay en ello, sobre todo entre hombres, como acaba de pasar entre Dolmancé y
Agustín. ¿Veamos, señor, cómo explica su filosofía esta clase de delito? ¿Es
espantoso, verdad?
Dolmancé — Parta de la base, Eugenia, de que nada es
espantoso en libertinaje, porque todo lo que el libertinaje inspira, lo inspira
también la naturaleza; las acciones más extraordinarias, las más extrañas, las
que. más evidentemente parecen chocar las leyes, todas las instituciones
humanas (pues yo del cielo no hablo), nada tienen de espantosas, ya que
cualquiera de ellas puede señalarse en la naturaleza; la acción de que usted me
habla, es la misma sobre la que se halla una fábula singular en las Santas
Escrituras, esa chata novela, fastidiosa compilación de un judío ignorante,
durante su cautividad de Babilonia; pero está fuera de toda veracidad que sea
como castigo por esos extravíos que dos ciudades hayan perecido bajo el fuego;
colocadas cerca de los cráteres de antiguos volcanes, Sodoma y Gomorra murieron
como esas ciudades de Italia por las lavas del Vesubio; he ahí todo el milagro,
y fue sin embargo de un acontecimiento tan simple que se partió para inventar
bárbaramente el suplicio del fuego contra los desdichados humanos que se
entregaban en una parte de Europa a esta natural fantasía.
Eugenia — ¡Oh, natural!
Dolmancé — Sí, natural, lo sostengo; la naturaleza no
tiene dos voces —para que una condene todos los días lo que la otra inspira; y
es indiscutible que los hombres que gustan de esta clase de goce reciben de sus
propios órganos la inclinación que las distingue. Los que quieren proscribir o
condenar este gusto pretenden que obstaculiza la natalidad. ¡Qué chatos, estos
imbéciles que no tienen otra idea en la cabeza que la de la propagación. y que
ven un crimen en todo lo que se aleja de ella! ¿Está acaso demostrado que la
naturaleza tenga necesidad de esa propagación como quieren hacernos creer? ¿Es
verdad que se la ultraja cada vez que nos apartamos de la estúpida propagación?
Escrutemos un instante su marcha y sus leyes, para convencernos. Si la
naturaleza solo crease y nunca destruyese, podría yo creer con esos fastidiosos
sofistas que el más sublime de los actos es trabajar en lo que produce, y
admitiría, como consecuencia, que el rechazo a producir es un crimen. Pero el
más ligero vistazo a las operaciones de la naturaleza prueba que es tan
necesaria para sus planes la destrucción como la creación; ambas se encadenan
tan íntimamente que es imposible que una actúe sin la otra, nada nacería, nada
se regeneraría sin destrucciones. La destrucción es pues una de las leyes de la
naturaleza, tanto como lo es la creación.
Admitido este principio, ¿cómo puedo ofender a la naturaleza
rehusando crear? No crear —suponiendo que eso fuese un mal –– seria un mal
infinitamente menor que el de destruir, que se halla por lo demás entre sus
leyes. Si, por una parte, admito la inclinación natural a esta pérdida y, por la
otra, examino y concluyo que le es necesaria y que librándome a ella me conformo
a sus propias miras, ¿dónde puede estar el crimen? Pero, objetan los tontos y
los partidarios de la propagación (que son la misma cosa), el esperma productivo
no puede tener otro uso que la procreación: desviarlo de ese fin es una ofensa.
Primero, acabo de probar que no, puesto que tal perdida ni siquiera es una
destrucción, y la destrucción — mucho más importante quo la pérdida— no es un
crimen; segundo, es falso que la naturaleza quiera que el licor espermático esté
íntegramente destinado a producir; si fuese así, no permitiría que la
eyaculación tuviese lugar en otros casos, ya que eyaculamos donde y cuando
queremos, y se opondría a que ocurra sin coito, como pasa sin embargo en los
sueños. Avara de un licor tan precioso, la naturaleza sólo le permitiría
derramarse en el vaso de la propagación; no admitiría que la voluptuosidad con
que nos corona entonces pudiese ser sentida en otros casos; pues no es razonable
suponer que la naturaleza nos diese placer en el mismo momento en que la
abrumamos de ultrajes. Vayamos más lejos: si las mujeres hubiesen nacido sólo
para producir, como sería si la producción fuese tan cara a la naturaleza,
¿podría suceder que en la vida más larga sólo durante siete años, deducidos los
momentos infecundos, pueda la mujer dar vida a sus semejantes? ¡Cómo! ¡La
naturaleza está ávida de propagación; todo lo que no tiende a ese fin la ofende.
.. y en cien años de vida el sexo destinado a producir sólo podrá hacerlo
durante siete ¡La naturaleza quiere únicamente propagaciones, y la simiente que
presta al hombre para ello se pierde tanto como el hombre quiere! ¡Y encuentra
en esta pérdida el mismo placer que en el empleo útil, y jamás el menor
inconveniente!
Mis amigos: dejemos de creer en tales absurdos; hacen
estremecer al buen sentido. ¡Ah! lejos de ultrajar a la naturaleza, la sodomía,
persuadámonos, la sirve al rehusar obstinadamente la progenitura fastidiosa. Ya
lo he dicho: la propagación no es una ley sino una tolerancia de la naturaleza.
¡Qué puede importarle que la raza humana se extinga sobre la tierra! ¡Se ríe de
nuestro orgullo, que quiere persuadirnos de que todo acabaría con nosotros! En
verdad, ni siquiera advertiría nuestra desaparición. ¿Acaso no hay razas
extinguidas? Buffon cuenta varias, y la naturaleza, muda ante una pérdida tan
preciosa, no parece advertirla. La especie humana íntegra puede aniquilarse sin
que el aire sea menos puro, los astros menos brillantes, la marcha del universo
menos exacta. ¡Cuánta imbecilidad haría falta para creer que nuestra especie es
tan útil al mundo que los que no trabajaran en su producción, o la
obstaculizaran, serían necesariamente criminales! Dejemos de ser ciegos sobre
esto, y que el ejemplo de pueblos más razonables nos sirva para convencernos de
nuestros errores. No hay un solo rincón en la tierra en que el pretendido crimen
sodomítico no haya tenido sus templos y fieles. Los griegos, que por así decir
hacían de la sodomía una virtud, le erigieron una estatua bajo el nombre de
Venus Calípiga; Roma fue a buscar leyes a Atenas y adquirió este gusto divino.
¿Qué progresos no la vemos hacer bajo los Emperadores? Al
abrigo de las águilas romanas se extiende de uno a otro extremo de la tierra,
con la destrucción del Imperio, la sodomía se refugia cerca de la tiara, sigue a
las artes en Italia y nos llega cuando nos civilizamos. Descubramos un
hemisferio: encontraremos sodomía. Cook llega a un nuevo mundo: ahí la ve
reinar. Si nuestros globos hubiesen llegado a la luna, también en ella la
hubiésemos encontrado. ¡Gusto delicioso, hijo de la naturaleza y del placer,
debes estar donde quiera haya hombres, y en cada sitio que se conozca te
erigirán altares! ¡Oh, amigos, no hay mayor extravagancia que imaginar que un
hombre es un monstruo digno de perder la vida porque prefiere el agujero de
un culo al de una concha, porque un efebo en el que halla dos placeres —el
de ser amante y querida—, le parece preferible a una niña que le promete uno
solo! ¿Será un canalla, un monstruo, por haber querido representar el papel de
un sexo que no es el suyo? Pero entonces, ¿por qué la naturaleza lo hizo
sensible a ese placer?
Examinemos su conformación; observarán diferencias marcadas
con los hombres que no comparten este gusto: sus nalgas serán más blandas, más
rollizas; ningún pelo sombreará el altar del placer, cuyo interior, tapizado de
una membrana más delicada, más sensual, más acariciadora, será del mismo género
que el del interior de una vagina de mujer; el carácter de este hombre tendrá
más blandura, más flexibilidad, posee casi todos los vicios y virtudes de las
mujeres, hasta su debilidad; todos ellos, tienen las manías de la mujer y
algunos incluso, sus rasgos. ¿Es posible que la naturaleza, después de
asemejarlos tanto a las mujeres, se irrite porque tengan sus gustos? ¿No está
claro que se trata de una clase diferente de hombre, distinta de la otra, y que
la naturaleza la creó para disminuir la procreación excesiva, la cual,
infaliblemente, la dañaría? ¡Ah, querida Eugenia, si supiese usted cómo se goza
deliciosamente cuando una gruesa verga nos llena el trasero, cuando hundida
hasta las bolas se mueve con ardor y viveza; cuando, retirada hasta la punta,
con un énfasis sin igual se vuelve a entrar hasta los pelos! ¡No, en el mundo no
hay goce equivalente: es el de los filósofos y héroes, y sería el de los dioses
si no fueran los propios órganos de este gozo divino los únicos dioses que
debemos adorar en la tierra! [1]
Eugenia, (muy animada) — ¡Oh, mis amigos!
¡Culéenme!... Tomen mis nalgas... ¡Se las ofrezco! ¡Cójanme, que acabo!
(Cuando dice esto cae en brazos de madame de Saint-Ange, que la besa y ciñéndola
ofrece su grupa levantada a Dolmancé).
Madame de Saint-Ange — ¿Divino maestro, resistirá esta
propuesta? ¿No lo tienta este sublime trasero? ¡Mire cómo se mueve, cómo se
entreabre!
Dolmancé — Perdón, bella Eugenia; no seré yo, si usted lo
admite, quien apague los fuegos que he encendido. Querida niña, a mis ojos usted
tiene la desgracia de ser mujer. Olvidé toda prevención para obtener sus
primicias: permítame que no pase de allí. El Caballero se encargará. Su
hermana, armada de este consolador, dará en su culo los más temibles golpes,
mientras presenta su bello trasero a Agustín, que la culeará y a quien yo se la
daré entre tanto; porque, y no lo oculto, el culo de este muchacho hermoso me
tienta desde hace una hora y quiero devolverle lo que me hizo.
Eugenia — Acepto el cambio; pero a decir verdad,
Dolmancé, la franqueza de su confesión no disimula la descortesía.
Dolmancé — Mil perdones, señorita; pero los bufarrones
sólo nos preocupamos de la franqueza y exactitud de nuestros principios.
Madame de Saint-Ange — No es sin embargo la reputación de
francos la que se da a quienes, como usted, están acostumbrados a tomar a la
gente por el trasero.
Dolmancé — Un poco traidor, sí; un poco falso, creedlo. Y
bien, señora, yo le he demostrado que este carácter era indispensable en la
sociedad. Condenados a vivir entre gente que tiene el mayor interés en ocultarse
de nuestros ojos, en disfrazar los vicios que tienen para ofrecernos sólo
virtudes fingidas, seria para nosotros peligroso ser francos: pues está claro
que entonces les daríamos las ventajas que nos rehúsan y caeríamos en la trampa.
La hipocresía y el disimulo son necesidades que nos impone la sociedad: cedamos
a ellas. Permita, señora, que me tome por ejemplo: es seguro que no hay en el
mundo ser más corrompido; pero mis contemporáneos se engañan; pregúnteles lo que
piensan de mí y le dirán que soy un hombre de bien, ¡y no hay crimen con el que
no haya hecho mis delicias!
Madame de Saint-Ange — Oh, usted no me persuadirá de
haberlos cometido tan atroces...
Dolmancé — Atroces... en verdad, señora, he hecho
horrores.
Madame de Saint-Ange — Usted es como aquél que decía a su
confesor: "El detalle es inútil, padre; exceptuados el crimen y el robo, hice de
todo".
Dolmancé — Sí, diría lo mismo, con algún retoque...
Madame de Saint-Ange — ¡Ah! libertino, se ha permitido
usted...
Dolmancé — Todo, señora, todo; ¡a nada se rehúsa uno con
mi temperamento y mis principios!
Madame de Saint-Ange — ¡Ah, cojamos, cojamos!... No puedo
aguantar más después de esas palabras... Pero volveremos a esto, Dolmancé; sólo
que, para tener más fe en sus confesiones, quiero oírlas con la cabeza fresca.
Usted, cuando la tiene parada, gusta decir horrores, y quizá da aquí por
verdades los libertinos prestigios de su imaginación inflamada. (Se calla.)
Dolmancé — Espera, caballero, espera; yo te la guiaré en
la introducción; pero antes es necesario que le pida perdón a la bella Eugenia,
es preciso que me permita flagelarla para ponerla a punto. (La flagela.)
Eugenia — Esta ceremonia es inútil... Diga, Dolmancé, que
ella satisface su propia lujuria y no ponga cara, mientras me castiga, de hacer
algo por mí.
Dolmancé, (siempre azotándola) — ¡Ah, enseguida
dirá usted otra cosa! No conoce el imperio de estos preliminares... ¡Vamos,
vamos pequeña bribona, será fustigada!
Eugenia — ¡Oh, cielos! Mis nalgas parecen de fuego... ¡Me
hace mal de verdad!
Madame de Saint-Ange — Voy a vengarte, querida; lo
azotaré a mi vez. (Azota a Dolmancé),
Dolmancé — ¡Encantado! Sólo pido a Eugenia dejar
que la flagele tan fuerte como deseo serlo a mi tumo; heme aquí de acuerdo con
la ley de la naturaleza. Pero aguarden; arreglemos esto: que Eugenia monte sobre
sus riñones, señora; se colgará de su cuello, como esas madres que llevan a sus
hijos en la espalda: de ese modo tendré dos culos bajo mi mano; El Caballero y
Agustín golpearán los dos a la vez sobre mis nalgas... Sí, eso es... ¡Ah, qué
delicias!
Madame de Saint-Ange — No perdone a la pequeña
sinvergüenza; y como yo no pido piedad, no quiero que tenga con ella ninguna
Eugenia — ¡Ahé, ahé! ¡Creo que corre mi sangre!
Madame de Saint-Ange — Embellecerá nuestras nalgas al
colorearlas. .. Coraje, ángel mío, recuerda que es por las penas que se llega a
los placeres.
Eugenia. — En verdad, no puedo más.
Dolmancé, (suspende para contemplar su obra; luego,
continúa) — Sesenta mas, Eugenia; ¡sí, sí, sesenta todavía sobre cada culo!
¡Oh, bribonas, ya verán qué placer van a sentir ahora al culear! (La postura
se deshace.)
Madame de Saint-Ange — ¡Oh, pobre chiquita, su trasero
está ensangrentado!... ¡Perverso, cómo te gusta besar los vestigios de tu
crueldad!
Dolmancé, (ensuciándose) — No lo oculto, y mis
besos serían más ardientes si esos vestigios fueran más crueles.
Eugenia — ¡Usted es un monstruo!
Dolmancé — ¡Convengo en ello!
El Caballero — ¡Tiene buena fe, por lo menos!
Dolmancé — Vamos, caballero, sodomízala.
El Caballero — Si tiene quietos sus riñones, en tres
empujones lo lograré..
Eugenia — ¡Oh, cielos, usted la tiene más gruesa que
Dolmancé! ¡Caballero, me desgarra! ¡Ah, tenga cuidado, lo conjuro!
El Caballero — Es imposible, ángel mío. Debo alcanzar el
fin... Piense que estoy bajo los ojos de mi maestro: es preciso que aparezca
digno de sus lecciones.
Dolmancé — ¡Ya está!... Ah, me encanta ver el pelo de una
pija frotar las paredes de un ano... Veamos señora, culee a su hermano con este
consolador.. . He ahí la verga de Agustín lista ya para introducirse en usted, y
por mi parte le aseguro que no perdonaré a su amador... Ya estamos... ¡Ahora
sólo pensemos en acabar!
Madame de Saint-Ange — Mire a esa mocosa, cómo se
estremece.
Eugenia — ¿Es culpa mía? ¡Muero de placer! Esa
flagelación, este miembro inmenso... y este amable caballero que al mismo tiempo
me masturba... ¡Ah, querida, no puedo más!
Madame de Saint-Ange — ¡En el nombre de Dios, déjate ir
si quieres, que yo acabo!
Dolmancé — Un poco más de sentido del conjunto, amigos;
denme dos minutos y partiremos juntos.
El Caballero — Ya no hay tiempo... Mi esperma corre en el
culo de la bella Eugenia. . . ¡Ah, corazón podrido de Dios, cuánto placer!
Dolmancé — Los sigo, amigos. .. El orgasmo me
ciega.. .
agustín — ¡Y a mí!
Madame de Saint-Ange — ¡Qué escena! ¡Este Agustín
me ha llenado el culo!
El Caballero — ¡AI bidet, señoras, al bidet!
Madame de Saint-Ange — No, por cierto; me encanta sentir
esperma en mi culo; me encanta.
Eugenia — No doy más, lo juro... Y díganme ahora,
amigos míos, si una mujer debe aceptar siempre la proposición de ser
culeada de este modo.
Madame de Saint-Ange — Siempre, querida, siempre; y mas
aún: como esta manera de gozar es deliciosa, debe exigirla de aquellos que la
sirven; pero, si es que ella depende del hombre con quien se entretiene, si
desea obtener algo de él, entontes debe hacerse valer. No hay hombre con ese
gusto que en tal caso no se arruine por una mujer bastante hábil como pura
rehusarse con el designio de inflamarlo más; obtendrá lo que quiera si domina el
arte de no acordar sino trabajosamente lo que se le pide.
Dolmancé — Y bien, angelito, ¿está convertida? ¿Deja de
cree que la sodomía sea un crimen?
Eugenia — Y si lo fuese, ¿qué me importa? Usted me ha
demostrado la nada de los crímenes. Ahora hay pocas acciones que a mis
ojos sean criminales.
Dolmancé — No hay crimen en nada querida, sea lo que
fuese: ¿la más monstruosa de las acciones no tiene acaso un costado por el que
nos es propicia?
Eugenia — ¿Quién lo duda?
Dolmancé — ¡Y bien! desde ese momento deja de ser un
crimen, pues para que sea crimen lo que daña a uno sirviendo a otro,
habría que probar que el lastimado es más precioso para la naturaleza que el
beneficiado; pero todos los individuos son iguales para la naturaleza y por
consiguiente la predilección por uno u otro es imposible; luego la acción que
sirve a uno dañando a otro es de una indiferencia perfecta para la naturaleza.
Eugenia — ¿Pero si la acción dañase a una gran mayoría y
no nos reportase sino una dosis de placer muy ligera, no sería espantoso
cometerla?
Dolmancé — No, porque no existe comparación alguna entre
lo que experimentan los otros y lo que sentimos nosotros; la más fuerte dosis de
dolor en los demás es nula para nosotros, y la más leve caricia del placer,
experimentada por nosotros, nos toca. A cualquier precio entonces debemos
preferir el suave cosquilleo deleitoso, nuestro, a la inmensa suma de las
desdichas de otro, que no nos alcanza. Si en cambio ocurre que la singularidad
de nuestros órganos, una construcción extraña, nos vuelven agradables los
dolores del prójimo, ¿quién duda entonces que debemos preferir este dolor ajeno
que nos divierte, a su ausencia, que sería una privación para nosotros? La
fuente de todos nuestros errores en moral es la ridícula admisión de ese hilo de
fraternidad que inventaron los cristianos en su siglo de infortunios y
angustias. Constreñidos a mendigar la piedad de los demás, no era inútil
establecer que todos eran hermanos. ¿Cómo rehusar socorros después de tal
hipótesis? Pero esta doctrina es inadmisible. ¿Acaso no nacemos todos aislados?
Y digo más: todos enemigos los unos de los otros, en un estado de guerra
perpetuo y reciproco. Ahora bien, pregunto si eso ocurriría en el supuesto de
que las virtudes exigidas por el hilo de fraternidad existiesen verdaderamente
en la naturaleza. Si así fuese, conocerían las virtudes desde el nacimiento. Por
tanto la piedad, la beneficencia, el humanitarismo serían virtudes naturales de
las que no podría uno defenderse, lo cual hubiera hecho al estado primitivo del
hombre salvaje completamente distinto de lo que sabemos.
Eugenia — La naturaleza hará nacer aislados a los
hombres, independientes unos de otros, pero me acordará usted que las
necesidades, al aproximarlos, han establecido necesariamente vínculos entre
ellos: los de la sangre —nacida de la alianza recíproca––, los del amor, de la
amistad, de la gratitud; ¿respetará usted, al menos, estos vínculos?
Dolmancé — No más que los otros, por cierto; echemos una
rápida ojeada sobre cada uno. ¿Dirá usted, por ejemplo, que la necesidad de
casarme —para prolongar mi raza o mejorar mi fortuna—, debe establecer lazos
indisolubles o sagrados con el ser al que me uno? ¿No es un absurdo sostenerlo?
Mientras dura el coito, sin duda tengo necesidad del otro; pero apenas
satisfecho, ¿qué queda entre el otro y yo? ¿Y qué obligación real encadenará al
otro o a mí, al resultado del coito? Estos últimos lazos fueron frutos del
terror que tuvieron los padres de ser abandonados en la vejez, y los cuidados
—llenos de interés— que prodigan a la infancia buscan merecer las mismas
atenciones en sus últimos años. Dejemos de engañarnos sobre esto, nada debemos a
nuestros padres... ni la menor cosa, Eugenia, y como han trabajado más por ellos
que por nosotros, nos está permitido detestarlos e incluso deshacernos de ellos
si sus conductas nos irritan; debemos amarlos sólo si obran bien con nosotros, y
esta ternura no debe tener un grado más que la que tendríamos por otros amigos,
ya que los lazos del nacimiento no establecen nada, no fundan nada, y
escrutándolos con prudencia y reflexión, sólo encontraremos en ellos motivos de
odio para aquellos que, sin pensar más que en sus placeres, no nos han dado más
que una existencia desdichada o malsana.
Me habla usted de los lazos del amor: ¡ojalá nunca pueda
conocerlos! ¡Ah, que semejante sentimiento —en nombre de la dicha que le deseo—,
jamás se aproxime a su corazón! ¿Qué es el amor? Me parece que no se lo puede
considerar sino como efecto, en nosotros, resultante de las cualidades de un
bello ser; esos efectos nos transportan, nos inflaman; si poseemos el objeto,
henos ya contentos; si nos es imposible tenerlo, nos desesperamos. Pero, ¿cuál
es la base de ese sentimiento? ... El deseo. ¿Cuáles son las consecuencias de
ése sentimiento?... La locura. Tenemos él motivo, estemos seguros de sus
efectos. El motivo es poseer al objeto: tratemos de lograrlo, pero con
prudencia; gocemos de él si le tenemos y consolémonos en caso contrarío: otros
mil seres semejantes, y mucho mejores a menudo; nos compensarán de la perdida.
Todos los hombres, todas las mujeres sé parecen: no hay amor que resista los
efectos de una reflexión sana. ¡Oh, qué engaño esa embriaguez que absorbiendo el
resultare de los sentidos nos pone en tal estado que no existimos más que para
el objeto adorado! ¿Es eso vivir? No es, más bien, privarse voluntariamente de
todas las dulzuras de la vida? ¿No es querer permanecer en una fiebre ardiente
que nos absorbe y devora, sin dejarnos otra dicha que los goces metafísicos, tan
semejantes a los efectos de la locura? Si debiésemos amar siempre al objeto de
nuestra adoración, si fuese cierto que no debiésemos abandonarlo nunca,
continuaría tratándose de una extravagancia, pero al menos excusable. ¿Ocurre
tal cosa? ¿Hay muchos ejemplos de relación eternas, nunca desmentidas? Algunos
meses de goce, colocando el objeto en su verdadero lugar, nos hacen ruborizar
por el incienso que quemamos en sus altares, y a menudo no llegamos a
concebir que pudiera seducirnos hasta tal punto.
¡Oh, niñas voluptuosas, entreguen pues sus cuerpos tanto como
puedan! Forniquen, gocen, he ahí lo esencial; pero huyan con cautela del amor.
No tiene de bueno sino el físico, decía el naturalista Buffon, y no era sólo
sobre eso que razonaba como buen filósofo. Lo repito: diviértanse, pero no amen;
no se preocupen tampoco por ser amadas: lo necesario es no extenuarse en
lamentos, suplicios, miradas, cartitas dulces; lo necesario es coger,
multiplicar los fornicadores y cambiarlos a menudo y sobre todo, oponerse a que
uno solo quiera cautivarlas, porque el objetivo de ese amor constante sería, al
darlas a él, impedir que se entreguen a otro, cruel egoísmo que resultará fatal
para sus placeres. Las mujeres no están hechas para un hombre: la naturaleza las
ha creado para todos. No respondiendo a otro llamado, que se entreguen
indiferentemente a todos los que las desean. ¡Siempre putas, nunca amantes,
huyendo del amor, adorando el placer, encontrarán sólo rosas en la carrera de la
vida, nos prodigarán sólo flores! Pregunte, Eugenia, pregunte a la encantadora
mujer que se ocupa de su educación cuánto caso hay que hacer de un hombre
después de haberlo gozado. (Bajando la voz. para que Agustín no
escuche.) Pregúntele si daría un paso para conservar a esté Agustín que hoy
hace sus delicias. En la hipótesis de que quisieran quitárselo, ella tomaría
otro, sin pensar más en éste y pronto, cansada del nuevo, lo inmolaría ella
misma en dos meses si tal sacrificio prometiese nuevos goces.
Madame de Saint-Ange — Que mi querida Eugenia esté bien
segura de que Dolmancé le está explicando mi corazón, así como el de todas las
mujeres.
Dolmancé — La última parte de mi análisis versa sobre los
lazos de la amistad y la gratitud. Respetemos los primeros, consiento, puesto
que son útiles; conservemos nuestros amigos en la .medida en que nos sirven;
olvidémoslos cuando no obtengamos ya nada de ellos; es sólo por uno mismo que
hay que amar a los demás: amarlos por ellos mismos no es más que engaño; nunca
la naturaleza inspira a los hombres más impulsos, más sentimientos que aquellos
que son buenos para algo: nada es tan egoísta como la naturaleza; seámoslo
también si queremos cumplir sus leyes... En cuanto a la gratitud, Eugenia, es
sin dude el más débil de todos los lazos. ¿Los demás nos hacen favores por
nosotros? No lo creamos, querida: es por ostentación, por orgullo. ¿No es
humillante convertirse así en el juguete del amor propio ajeno? ¿No lo es aún
más estar en deuda? Nada pesa más qué un beneficio recibido: hay que devolverlo
o uno queda envilecido por él. Las alnas orgullosas sufren bajo el peso de un
favor: pesa sobre ellas con tanta violencia que el único sentimiento que exhalan
es el odio hacia el benefactor. Y ahora, ¿cuáles son en su opinión los lazos que
suplen el aislamiento en que nos ha creado la naturaleza? ¿Cuáles los que deben
establecer relaciones entre los hombres? ¿A título de qué los amaremos, los
preferiremos a nosotros mismos? ¿Con qué derechos aliviaremos su infortunio?
¿Dónde estará entonces en nuestras almas la cuna de bellas e inútiles virtudes
de beneficencia, de humanitarismo, de caridad, indicadas por el código absurdo
de algunas religiones imbéciles, que predicadas por impostores o mendigos deben
por fuerza, aconsejar lo que puede sostenerlos o tolerarlos? ¿Y bien, Eugenia,
aún admite usted algo sagrado entre los hombres? ¿Concibe alguna razón para no
preferirnos siempre a nosotros mismos?'
Eugenia — Estas lecciones, de antemano conocidas por mi
corazón, me agradan demasiado para que mi espíritu las rechace.
Madame de Saint-Ange — Están en la naturaleza, Eugenia; y
la sola aprobación que les das así lo prueba. Apenas salida del seno de la
naturaleza, ¿cómo podría ser lo que sientes el fruto de la corrupción?
Eugenia — Pero si todos los errores que ustedes
preconizan están en la naturaleza, ¿por qué se les oponen las leyes?
Dolmancé — Porque las leyes no están hechas para el
particular, sino para la generalidad, lo que las pone en una perpetua
contradicción con el interés personal, dado que este interés choca siempre con
el interés general. Así las leyes, buenas para la sociedad, son muy malas para
los individuos que la componen, pues por una vez que lo protegen o garantizan,
lo molestan y aprisionan las tres cuartas partes de su vida; por esto el hombre
prudente y lleno de desprecio por esas leyes las tolera, como hace con
serpientes y víboras, que aunque hieran o envenenen, sirven en ocasiones a la
medicina. Tal hombre se cuidará de las leyes como de esas bestias ponzoñosas; se
protegerá mediante precauciones, misterios, cosas fáciles para la sabiduría y la
prudencia. Si la fantasía de algunos crímenes llega a inflamar su alma, Eugenia,
esté segura de poder cometerlos en paz, con su amiga y conmigo.
Eugenia — ¡Ah, tal fantasía ya está en mi corazón!
Madame de Saint-Ange — ¿Qué capricho te agita, Eugenia?
Dínoslo con confianza.
Eugenia, (extraviada) — Quisiera una víctima.
Madame de Saint-Ange — ¿Y de qué sexo la deseas?
Eugenia — ¡Del mío!
Dolmancé — ¡Bravo! ¿Está contenta, señora, de su alumna?
¿Sus progresos son bastantes rápidos?
Eugenia, (siempre con extravío) — ¡Una víctima,
querida, una víctima!... ¡Oh, dios!... ¡eso haría la felicidad de mi
vida!
Madame de Saint-Ange — ¿Y qué le harías?
Eugenia — ¡Todo, todo! ¡Todo lo que pudiese
convertirla en la más desdichada de las criaturas! ¡Oh, querida, ten
piedad de mí, no puedo más!
Dolmancé — ¡Qué imaginación! Venga, Eugenia, usted es
deliciosa... ¡Venga a que la bese una y mil veces! (La toma, en sus
brazos.) Mire, señora, mire cómo esta libertina acaba mentalmente antes de
que se la toque... ¡Es en absoluto necesario que yo la fornique una vez más!
Eugenia — ¿Tendré luego lo que pido?
Dolmancé — ¡Sí, loca! ¡Yo respondo de ello!
Eugenia — ¡Oh, mi amigo, he aquí mi culo! ¡Haga con él lo
que quiera!
Dolmancé — Aguarde, dispondré este placer de una manera
un tanto lujuriosa (Todo lo ejecuta a medida que lo indica Dolmancé.)
Agustín, extiéndete en el borde de este lecho; que Eugenia se acueste encima
tuyo: mientras la sodomizo, sobaré su clítoris con la soberbia cabeza de la pija
de Agustín. Este, para ahorrar su esperma, se cuidará de acabar; el querido
caballero —que sin decir una palabra se toquetea suavemente al escucharnos— se
colocará sobre los hombros de Eugenia, ofreciendo sus bellas nalgas a mis
besos. Lo masturbaré por debajo, o sea que mientras introduzco mi pija en su
culo, tendré una en cada mano; en cuanto a usted, señora, después de haber sido
su marido quisiera que usted fuera el mío: colóqueme el más enorme de sus
consoladores. (Madame de Saint-Ange abre una caja y nuestro héroe elige entre
todos los que la llenan el más temible.) ¡Bien! Este, según el número, tiene
siete pulgadas de largo por cinco de circunferencia; póngaselo, señora, y métalo
con violencia.
Madame de Saint-Ange — En verdad, Dolmancé, usted está
loco: con esto voy a estropearlo.
Dolmancé — No tema; empuje, penetre, ángel mío; no
culearé a la querida Eugenia sino cuando su enorme miembro, señora, esté bien
dentro de mi culo... ¡Ya está! ¡Ah, perro dios, me pone usted en las nubes! Y
para usted, Eugenia, nada de piedad... Voy, se lo declaro, a metérsela sin
precaución... ¡Ah, el bello trasero!
Eugenia — ¡Oh, amigo, me desgarra! ¡Prepáreme al menos el
camino!
Dolmancé — Me cuidaré de hacerlo: se pierde la mitad del
placer con esas idiotas atenciones. Piense en nuestros principios, Eugenia; yo
trabajo para mí; ahora, mi bello ángel, es víctima por un momento, y enseguida
perseguidora... ¡Ah, está entrando!
Eugenia — ¡Me mata!
Dolmancé — ¡Ah, dios culeado! ¡Ya entró toda!
Eugenia — Haga ahora lo que quiera... ¡ya no siento sino
placer!
Dolmancé — ¡Me encanta sacudir esta gruesa pija sobre el
clítoris de una virgen! Y tú, caballero, ¿te masturbo bien, libertino? Señora,
vamos, coja a su puta... sí, lo soy y quiero serlo... ¡Eugenia, ángel mío,
acabe, sí, acabe!... Agustín, a su pesar, me llena de esperma... Recibo el del
caballero, el mío se suma, no resisto más... Eugenia, mueva sus nalgas, haga que
su ano apriete mi pija: voy a lanzar esperma ardiente al fondo de sus
entrañas... ¡Ah, cogido bufarrón de dios! ¡Muero! (Se retira, la actitud se
rompe.) Mire señora, he ahí a su pequeña libertina inundada de semen; la
entrada de su concha está llena: mastúrbela, sacuda vigorosamente su clítoris
mojado de esperma, es una de las cosas más deliciosas que pueden hacerse.
Eugenia, (palpitante) — ¡Oh, querida, qué placer
me das! ¡Ardo de lubricidad! (Esta postura se arregla.)
Dolmancé — Caballero, como eres tú quien desvirgará a
esta bella niña, presta auxilio a tu hermana, hazla desmayarse en tus brazos, y
por tu posición muéstrame las nalgas: te cogeré mientras Agustín me hace lo
propio. (Se acomodan.)
El Caballero — ¿Me encuentras bien de este modo?
Dolmancé — El culo un poquito más alto, amor mío... así.
¿Sin preparación, caballero?
El Caballero — ¡Como quieras! ¡No puedo sentir otra cosa
que placer entre los brazos de esta deliciosa joven! (La besa y hace gozar,
hundiéndole ligeramente un dedo en la concha, mientras múdame de Saint-Ange
acaricia el clítoris de Eugenia.)
Dolmancé — Pues yo, caballero, obtengo más placer contigo
que con Eugenia; puedes estar seguro: ¡hay tanta diferencia entre el culo de una
niña y el de un muchacho! ¡Métela Agustín, métela en mi trasero, cuánto te
cuesta decidirte!
agustín — ¡Eh, señó, es que acabo de volcarme cerca de
la cosita de esa gentil tortolita y ahora usté quiere que se me pare ya mismito
para su culo, que no es verdaderamente bonito, vamos!
Dolmancé — ¡El imbécil! ¿Pero a qué quejarse? He aquí la
naturaleza: cada uno reza a su santo. Vamos, vamos, penetra de todos modos,
simple Agustín; y cuando tengas un poco más de experiencia, me dirás si los
culos no valen más que las conchas... Eugenia, devuelva al caballero las
caricias que le hace: se ocupa, piensa sólo en usted, libertina, y tiene razón;
pero por el propio interés de sus placeres acarícielo, excítelo, porque él va a
recoger sus primicias.
Eugenia — ¡Y qué, lo beso, le agarro el miembro, pierdo
la cabeza!... ¡Ahé, ahé, ahé! ¡Amigos, no puedo más! tengan piedad de mi
estado... muero... acabo... ¡Ah, estoy fuera de mí!
Dolmancé — En cuanto a mí, seré prudente. Sólo quería
reponerme en este bello culo; guardo para Madame de Saint-Ange el licor que he
encendido: nada me agrada más que comenzar en un culo la operación que quiero
terminar en otro... Y bien, caballero, te veo en el estado apropiado...
¿Desvirgamos?
Eugenia — Oh, cielos, no; no quiero que él me desvirgue,
me moriría; la suya es más chica, Dolmancé; ¡quiero deberle esta operación, se
lo suplico!
Dolmancé — No es posible, mi ángel; no he cogido una
concha en toda mi vida! Me permitirá usted no comenzar a mi edad. Sus primicias
pertenecen al caballero; sólo él es digno de cosecharlas: no lo despojemos de
sus derechos.
Madame de Saint-Ange — Rechazar una virgen... tan fresca,
tan linda como ésta... pues desafío a que se pueda decir que mi Eugenia no es la
niña más hermosa de París... ¡Oh, señor, en verdad es esto lo que se llama
aferrarse en demasía a los principios!
Dolmancé — No tanto, señora, como debiera... Muchos de
mis cofrades no la tomarían a usted ni siquiera por detrás.... Yo lo he hecho y
volveré a hacerlo: esto no es llevar mi culto al fanatismo.
Madame de Saint-Ange — Vamos, pues, caballero. Pero
prepárala: mira la pequeñez del estrecho que debes abrir, ¿hay alguna proporción
entre continente y contenido?
Eugenia — Oh, moriré, es inevitable... Pero el ardiente
deseo que tengo de ser fornicada me hace arriesgarlo todo sin temor... Penetra,
querido, me abandono a ti...
El Caballero, (teniendo en la mano su miembro erecto)
— ¡Sí, coger! ¡Que penetre! Hermana, Dolmancé, téngale cada uno una
pierna... ¡Ah, qué empresa! ¡Sí, sí, aunque ella deba ser partida, desgarrada,
es necesario que entre!
Eugenia — ¡Suave... suavemente... no puedo aguantar!
(Grita; las lágrimas corren por sus mejillas.) ¡Socorro, amiga!... (Se
debate.) ¡No, no quiero que entre! ¡Gritaré que me asesinan, si insisten!
El Caballero — ¡Grita cuanto quieras, pequeña bribona, te
digo que tiene que entrar aunque debas reventar mil veces!
Eugenia — ¡Qué barbarie!
Dolmancé — ¡Ah, no se es delicado cuando está parada!
El Caballero — ¡Ya está! ¡Ya está, demonios! ¡Ah, mierda,
el virgo se fue al diablo! ¡Miren correr su sangre!
Eugenia — ¡Anda, tigre!... ¡Anda, desgárrame si quieres;
ahora me río de eso!... ¡bésame, verdugo, bésame que te adoro! Ah, no es nada
cuando está adentro: todos los dolores quedan olvidados. .. ¡Desdichadas las
vírgenes que se espantan de tal ataque! ¡Cuántos placeres rechazan por no sufrir
una pequeña pena!... ¡Empuja, empuja, caballero, que yo acabo!... Riega con tu
esperma las llagas con que me has cubierto... empújalo hasta el fondo de mi
matriz... ¡Ah, el dolor cede al placer! ¡Me desmayo! (El Caballero acaba.
Mientras cogía, Dolmancé le acariciaba el culo y las pelotas, y Madame de
Saint-Ange hacía otro tanto con el clítoris dé Eugenia.)
Dolmancé — Mi opinión es que mientras la vía está
abierta, la pequeña picara sea cogida sin tardanza por Agustín.
Eugenia — ¡Por Agustín! ¡Una pija de semejante
tamaño! Y ahora mismo, cuando todavía sangro... ¿Tienen, pues, deseos de
matarme?
Madame de Saint-Ange — Querido amor, bésame… yo lo
deploro, pero la sentencia ha sido pronunciada y sin apelación... Debes
soportarla.
agustín — ¡Oh, la, la, estoy listo! Tratándose de
ensartar a esta pequeña no me asusta ir a pié a Roma.
El Caballero, (tomando la enorme verga de Agustín) —
Mira, Eugenia, cómo se le para... Es digno de remplazarme.
Eugenia — ¡Ah, justo cielo, qué sentencia! ¡Ustedes
quieren matarme, está claro!
agustín, (apoderándose de Eugenia) — Oh, no mi
señorita; esto nunca mató a nadie.
Dolmancé — Un momento, hermoso, un momento: quiero que
ella me preste el culo mientras la coges así...; aproxímese, señora: le prometí
fornicarla y mantendré mi palabra; pero colóquese de manera que yo pueda, al
mismo tiempo, flagelar a Eugenia. Que El Caballero, mientras tanto, me flagele a
su vez.
Eugenia — ¡Ah, mierda! ¡Me va a reventar! ¡Entra
dulcemente, gran bruto,.torpe! ¡Ah, me la hunde!... ¡Helo aquí, el mamarracho!.
.. ¡Ha llegado al fondo!... ¡Me muero!... ¡Ah, Dolmancé, cómo golpea usted!...
¡Esto es incendiarme de los dos lados; me deja las nalgas como fuego!
Dolmancé, (golpeando sin parar) — ¡Recibirá,
recibirá... pequeña sinvergüenza! Y acabará así más deliciosamente. ¡Y cómo la
masturba, señora! ¡De qué modo ese dedo tan leve debe endulzar los males que
Agustín y yo le hacemos! Pero su ano, señora, se aprieta... Ya lo veo,
acabaremos juntos... ¡Ah, es divino estar así entre la hermana y el hermano!
Madame de Saint-Ange, (a Dolmancé) — ¡Coge, astro
mío, coge! ¡Nunca, creo, he sentido tanto placer!...
El Caballero — Dolmancé, practiquemos un cambio; pase
usted rápidamente del culo de mi hermana al de Eugenia, a fin de hacerle conocer
el placer de ser cogida por dos; por mi parte, culearé a mi hermana. Esta,
entretanto, le devolverá sobre las nalgas los golpes de vara que con usted ha
ensangrentado a Eugenia.
Dolmancé — Acepto... mira, amigo mío, ¿puede hacerse un
cambio más pronto que éste?
Eugenia — ¡Qué! ¡Los dos dentro mío, santo cielo! ¡Y yo
ya tenía bastante con ese gran bruto de Agustín! ¡Ah, cuánto flujo va a costarme
este doble gozo!... Ya corre. Sin este sensual alivio estaría muerta ya, creo...
¡Eh, mi bella, tu me imitas!... ¡Cómo blasfema la bribona!... Acabe, Dolmancé
amor mío, vuelque... Este robusto campesino lo hace ya y llega al fondo de mis
entrañas. .. ¡Ah, mis cogedores, los dos a la vez, dios mío! Amigos, reciban mi
flujo: se une al de ustedes... Me siento aniquilada... (La posición se
deshace.) Y bien, amiga, ¿estás contenta de tu alumna? ¿Soy suficientemente
puta, ahora? Pero ustedes me han puesto en un estado, en una agitación... ¡Oh,
sí, juro que en la embriaguez en que me veo, iría a hacerme culear en medio de
las calles si fuera necesario!
Dolmancé — ¡Así, qué bella está!
Eugenia — ¡Lo detesto, usted me rechazó!
Dolmancé — ¿Podría yo contrariar mis dogmas?
Eugenia — Vamos, lo perdono, y debo respetar los
principios que conducen a extravíos. ¿Cómo no los adoptaría yo, que no quiero
vivir sino en el crimen? Sentémonos y charlemos un instante; no puedo
más. Continué mi instrucción, Dolmancé, y dígame algo que me consuele de los
excesos a que me han librado; apague mis remordimientos, deme valor.
Madame de Saint-Ange — Es justo; conviene que un poco de
teoría siga a la práctica: es el medio de volverla una discípula
perfecta.
Dolmancé — Muy bien. ¿Sobre qué tema, Eugenia, quiere
usted que conversemos?
Eugenia — Quisiera conocer si las costumbres son
verdaderamente necesarias en un gobierno, si su influencia tiene algún peso
sobre el genio de una nación.
Dolmancé — ¡Caramba! Al salir esta mañana, compré en el
palacio de la Igualdad un folleto que si creemos en el título, debe
necesariamente responder a su pregunta.
Madame de Saint-Ange — Veamos (Lee: Franceses, un
esfuerzo más si queréis ser republicanos.) Palabra que es un título
singular: promete. Caballero, tú que tienes una hermosa voz, léenos esto.
Dolmancé — Si no me engaño, debe responder perfectamente
a la pregunta de Eugenia.
Eugenia — ¡Con seguridad!
Madame de Saint-Ange — Vete, Agustín; esto no está hecho
para ti; te llamaremos cuando convenga que reaparezcas.
El Caballero — Comienzo.
FRANCESES UN ESFUERZO MAS SI QUERÉIS SER REPUBLICANOS
LA RELIGIÓN
Vengo a ofreceros grandes ideas: escuchadlas y meditad sobre
ellas; aunque no todas agraden, por lo menos se aceptarán algunas. Con esto
habré contribuido en algo al progreso de las luces y así quedaré conforme. No lo
oculto en absoluto: observo con pena la lentitud con que tratamos de llegar a la
meta; presiento con inquietud que estamos a punto de fracasar una vez más. ¿Se
piensa que esa meta habrá sido alcanzada cuando nos hayan dado leyes? Que no se
imagine tal cosa. ¿Qué haríamos con las leyes, sin religión? Nos hace falta un
culto, y un culto hecho para el carácter de un republicano, quien está muy lejos
de poder reanudar jamás el de Roma. En un siglo en que estamos tan convencidos
de que la religión debe apoyarse sobre la moral, y no la moral sobre la
religión, hace falta una religión que convenga a las costumbres, que sea como el
desarrollo de éstas, como su consecuencia necesaria, y que pueda, elevando el
alma, mantenerla perpetuamente a la altura de esta preciosa libertad en la que
hoy tiene su único ídolo. Ahora bien, os pregunto si se puede suponer que la de
un esclavo de Tito, la de un vil histrión de Judea, puede convenir a una nación
libre y guerrera que acaba de regenerarse. No, compatriotas míos, no, vosotros
no lo creéis. Si, para su desgracia, el francés se sumiera de nuevo en las
tinieblas del cristianismo, por un lado el orgullo, la tiranía, el despotismo de
los sacerdotes, vicios siempre renacientes en esa horda impura, y por el otro la
bajeza, la estrechez de miras, las mezquindades de los dogmas y los misterios de
esa religión indigna y fabulosa, debilitando el orgullo del alma republicana, a
poco la volverían a someter al yugo que su energía acaba de romper.
No perdamos de vista que esa pueril religión era una de las
mejores armas en manos de nuestros tiranos; uno de sus primeros dogmas era
Dar al César lo que es del Cesar; pero, nosotros hemos destronado a César y
no queremos darle nada. Franceses: en vano podéis jactaros de que el espíritu de
un clero juramentado no puede ser ya el de un clero refractario; hay vicios de
naturaleza que es imposible corregir. Antes de diez años, por medio de la
religión cristiana, de su superstición, de sus prejuicios, vuestros sacerdotes,
pese a su juramento, pese a su pobreza, recuperarían sobre las almas el dominio
que tuvieron, os encadenarían nuevamente a los reyes, pues el poderío de éstos
apuntaló siempre el de aquellos, y entonces vuestro edificio republicano,
privado de bases, se derrumbaría.
A vosotros los que tenéis el hacha en la
mano, os digo: dad el último golpe al árbol de la superstición,
no os contentéis con podar las ramas: extirpad por completo una
planta cuyos efectos son tan contagiosos; podéis tener la convicción más
absoluta de que vuestro sistema de libertad e igualdad contraría demasiado
abiertamente a los ministros de los altares de Cristo para que llegue a haber
uno solo que lo adopte de buena fe, o que no trate de sacudirlo si llega a
recuperar algún dominio sobre las conciencias. ¿Qué sacerdote, comparando el
estado a que se lo acaba de reducir con el que gozaba en el pasado, no hará
cuanto esté a su alcance para recuperar la confianza y la autoridad que se le
han hecho perder? ¡Y cuántos seres débiles y pusilánimes volverán entonces
a ser los esclavos de este ambicioso tonsurado! ¿Por qué no se imagina que los
inconvenientes que existieron pueden resurgir todavía?
En la infancia de la Iglesia cristiana, ¿no eran los sacerdotes lo que son en la
actualidad? Sabéis adonde habían llegado; pero, ¿quién los había llevado
hasta allí? ¿No fueron, acaso, los medios que les
proporcionaba la religión? Ahora bien, si no se la prohíbe completamente, esa
religión y los que la predican, como siempre disponen de los mismos recursos,
llegarán siempre a la misma meta.
Aniquilad, pues, para siempre todo aquello que algún día
puede destruir vuestra obra. Pensad que como el fruto de vuestras labores está
reservado para vuestros descendientes, es deber vuestro y corresponde a vuestra
probidad no dejarles ninguno de estos gérmenes nocivos que podrían volver a
hundirnos en el caos del que tanto nos cuesta salir. Ya los prejuicios se
disipan, ya el pueblo abjura de los absurdos del catolicismo; ya ha suprimido
los templos, derribado los ídolos y se ha resuelto que el matrimonio sólo es un
acto civil; los confesionarios, rotos, sirven para las calderas públicas; los
pretensos fieles, desertando del banquete apostólico, dejan los dioses de harina
a los ratones. Franceses: no os detengáis. Europa entera, con una mano lista
sobre la venda que tapa sus ojos, espera de vosotros el esfuerzo que debe
arrancársela de la frente. Daos prisa: no le dejéis a la Santa Roma, que
se agita en todo sentido para reprimir vuestra energía, tiempo para conservar
tal vez algunos prosélitos todavía. Golpead sin reservas su cabeza altanera y
temblorosa y que, antes de dos meses, el árbol de la libertad, haciendo sombra a
los restos de la silla de San Pedro, cubra con el peso de sus ramas victoriosas
todos esos despreciables ídolos del cristianismo, levantados con descaro sobre
las cenizas de los Catones y los Brutos.
Franceses, os repito que Europa espera de vosotros que la
libréis a la vez del cetro y del incensario. Pensad en que os
resultará imposible libertarla de la tiranía real sin hacerle romper al mismo
tiempo los frenos de la superstición religiosa: los vínculos entre una y otra
son demasiado estrechos como para que os sea posible dejar subsistir una de las
dos sin recaer, pronto, bajo el dominio de la que no os ocupáis de aniquilar. Un
republicano no debe prosternarse ante las rodillas de un ser imaginario ni ante
las de un impostor; ahora sus únicos dioses deben ser el coraje y la
libertad. Roma desapareció en cuanto se predicó el cristianismo y Francia
estará perdida si reaparece.
Examínense con atención los dogmas absurdos, los misterios
espantosos, las ceremonias monstruosas, la moral imposible de esta repugnante
religión y se verá si puede adecuarse a las necesidades de una república.
¿Creéis vosotros de buena fe que me dejaría dominar por la opinión de un hombre
a quien acabara de ver a los pies del imbécil sacerdote de Jesús? ¡Por cierto
que no! Ese hombre, siempre vil, participará sin cesar, por la mezquindad de sus
ideas, de las atrocidades del antiguo régimen; desde el momento en que pudo
someterse a las estupideces de una religión tan baja como la que tenemos la
locura de admitir, no puede dictarme leyes ni transmitirme luces; sólo puedo
verlo como un esclavo de los prejuicios y la superstición.
Echemos un vistazo, para convencernos de esta verdad, hacia
esos contados individuos que siguen fieles al culto insensato de nuestros
padres; veamos si no son todos ellos enemigos irreconciliables del actual
sistema; veamos si en su número no está comprendida enteramente esa casta, tan
con justicia despreciada, de los realistas y los aristócratas.
¡Que el esclavo de un tunante coronado se arrodille, si así lo desea, a los pies
de un ídolo de pasta, ya que semejante objeto está hecho para su alma de lodo:
quien puede servir a los reyes, debe adorar a los dioses! Pero, nosotros,
franceses, pero nosotros, compatriotas míos, ¿vamos a seguir arrastrándonos
humildemente bajo un yugo tan despreciable? ¡Más vale morir mil veces que volver
a someternos! Puesto que creemos en la necesidad de un culto, imitemos el de los
romanos: las acciones, las pasiones y los héroes: esos eran sus respetables
objetos. Semejantes ídolos elevaban el alma, la electrizaban; y aún nacían más:
le comunicaban las virtudes del ser respetado. El
adorador de Minerva quería ser prudente. El coraje latía en el
corazón de aquél a quien se veía a los pies de Marte. Ni uno solo de los dioses
de esos grandes hombres estaba privado de energía;
todos hacían pasar el fuego que los abrasaba al alma de quien los
veneraba. Y, como existía la esperanza de ser uno mismo venerado un día, se
aspiraba a llegar a ser por lo menos tan grande como aquél a quien se tomaba
como modelo. Pero, ¿qué encontramos en cambio en los dioses vanos del
cristianismo? ¿Qué nos ofrece, pregunto, esta imbécil religión
[2] ? ¿El vacuo impostor de Nazaret os infunde algunas grandes ideas?
¿Su sucia y repugnante madre, la impúdica María, os inspira algunas
virtudes? ¿Y encontráis en los santos que adornan su
Elíseo algún modelo de grandeza, heroísmo o
virtudes? Es tan cierto que esta estúpida religión no ofrece nada a las grandes
ideas que ningún artista puede emplear sus atributos en los
monumentos que crea; incluso en
Roma, la mayor parte de las bellezas o los ornamentos del
palacio de los papas tienen su modelo en el paganismo y mientras exista el mundo
sólo él animará la palabra de los grandes hombres.
¿Acaso encontraremos en el teísmo puro más motivos de
grandeza y elevación? ¿Acaso la adopción de una quimera, al dar a nuestra alma
ese grado de energía que es esencial para las virtudes republicanas, llevará al
hombre a venerarlas o practicarlas? No lo imaginemos; se está de vuelta de ese
espectro y en la actualidad el ateísmo es el único sistema de todas las
personas que saben razonar. A medida que el hombre se ha ilustrado, se ha
percatado de que, como el movimiento es inherente a la materia, el agente
necesario para imprimir ese movimiento se convertía en un ser ilusorio y que,
como todo cuanto existe debe estar en movimiento por su esencia misma, el motor
resultaba inútil; se ha visto que ese dios quimérico, prudentemente inventado
por los primeros legisladores, sólo era entre sus manos un medio más para
encadenarse y que, al reservarse el derecho de hacer hablar únicamente a ese
fantasma, se cuidarían mucho de hacerle decir tan sólo lo que fuera en apoyo de
las ridículas leyes por las que pretendían someternos. Licurgo, Numa, Moisés,
Jesucristo y Mahoma, todos esos grandes bribones, todos esos grandes déspotas de
nuestras ideas, supieron asociar las divinidades que fabricaban a su ambición
desmesurada y, seguros de cautivar los pueblos con la sanción de estos dioses,
se cuidaron siempre, según se sabe, de interrogarlas solamente cuando les
resultaba oportuno o de no hacerles responder sino lo que creían que podía
serles útil.
Cubramos pues hoy el mismo desprecio el dios vano que han
predicado los impostores y todas las sutilezas religiosas que resultan de su
ridícula adopción; ese sonajero ya no puede entretener a los hombres libres. Que
la extinción total de los cultos se incorpore, pues, a los principios que
propagamos por toda Europa. No nos limitemos a romper los cetros; pulvericemos
para siempre los ídolos; nunca hubo sino un paso de la superstición al realismo
[3] . Y era necesario que así fuera, sin duda, puesto que uno de los
primeros artículos de la coronación de los reyes era siempre el mantenimiento de
la religión dominante como una de las bases políticas que más debían contribuir
a sostener sus tronos. Pero, desde que el trono no existe más y desde que por
fortuna no existirá nunca más, no temamos extirpar igualmente lo que constituía
su base.
Sí, ciudadanos, la religión es incompatible con el sistema de
la libertad; lo habéis sentido. Nunca el hombre libre se doblará ante los dioses
del cristianismo; jamás sus dogmas, jamás sus ritos, sus misterios o su moral
convendrán a un republicano. Puesto que os esforzáis por destruir todos los
prejuicios, un esfuerzo más: no dejéis subsistir ninguno, si es que basta con
uno para rehacerlos a todos. ¡Cuánto más seguros debemos estar de su retorno si
el que dejáis subsistir es positivamente la cuna de todos los demás! Dejemos de
pensar que la religión pueda ser útil para el hombre. Contemos con buenas leyes
y entonces no sufriremos la necesidad de religión. Pero, se dice, el pueblo
necesita de una, la religión lo divierte, lo frena. ¡Enhorabuena! Dadnos, pues,
en este caso, la que conviene a hombres libres. Dadnos los dioses del paganismo.
De buena gana adoraremos a Júpiter, Hércules o Palas; pero ya nada queremos
saber del fabuloso autor de un universo que se mueve por sí solo; ya nada
queremos saber de un dios sin extensión y que empero todo lo llena con su
inmensidad, de un dios omnipotente y que no lleva a cabo nunca lo que desea, de
un ser soberanamente bueno y que solo deja descontentos, de un ser amigo del
orden y en cuyos dominios todo está en desorden. No, ya nada queremos saber de
un dios que desorganiza la naturaleza, que es el padre de la confusión, que
mueve al hombre en el momento en que éste se entrega a hacer horrores; semejante
dios nos hace estremecer de indignación y lo relegamos por siempre jamás al
olvido, del que el infame Robespierre ha tratado de sacarlo
[4] .
Franceses: remplacemos a ese indigno espectro con los
imponentes simulacros que hacían a Roma señora del universo, tratemos todos los
ídolos cristianos como ya hemos tratado los de nuestros reyes. Hemos repuesto
los emblemas de la libertad sobre las bases qué sostenían en otro tiempo a los
tiranos; reedifiquemos igualmente las efigies de los grandes hombres sobre
los pedestales de esos depravados que el cristianismo adora
[5] . Dejemos de temer, para nuestras campañas, el efecto del ateísmo;
¿acaso los campesinos no han sentido la necesidad de la asimilación del culto
católico, tan contrarío a los verdaderos principios de la libertad? ¿No han
visto sin espanto al igual que sin dolor, tumbar sus altares y sus
presbiterios? ¡Y bien!, creed que renunciarán del mismo modo a su ridículo dios.
Las estatuas de Marte, Minerva y la Libertad serán instaladas en los sitios más
destacados de sus moradas; para ellos se celebrará una fiesta anual; la corona
cívica será discernida al ciudadano a quien más deba la patria. A la entrada de
un bosque solitario, Venus, el Himeneo y el Amor,
erigidos en un templo agreste, recibirán el homenaje de los
enamorados; allí, por mano de las gracias, la belleza coronará a la constancia.
No sólo se tratará de amar para ser digno de esa corona, también será necesario
haber merecido serlo; el heroísmo, el talento, la humanidad, la grandeza de
espíritu, el civismo probado: he ahí los títulos que a los pies de su amada
estará obligado a exhibir el amante; y ellos remplazarán con creces los
del nacimiento y la riqueza, que un necio orgullo exigía en el
pasado. De este culto florecerán por lo menos algunas virtudes, en tanto que
sólo nacen crímenes del que hemos tenido la debilidad de profesar. Este culto se
aliará con la libertad que servimos; la animará, la mantendrá, la abrazará, en
tanto que el teísmo es por su esencia y por su naturaleza el más mortal enemigo
de la libertad que servimos.
¿Costó una gota de sangre la destrucción de los ídolos
paganos durante el Bajo Imperio? La revolución, preparada por la estupidez de un
pueblo que había retornado a la esclavitud, se. operó sin él menor obstáculo.
¿Cómo podemos temer que la obra de la filosofía sea más penosa que la del
despotismo? Sólo los sacerdotes mantienen cautivo aún a los pies de su dios
quimérico al pueblo que tanto teméis ilustrar; alejadlos de él y el velo caerá
naturalmente. Creed que este pueblo, mucho más prudente de lo que os imagináis,
liberado de las cadenas de la tiranía pronto lo estará de la superstición. Le
teméis si no tiene este freno; ¡qué extravagancia! ¡Oh! Creedme, ciudadanos,
aquél a quien la espada material de las leyes no detiene, tampoco lo será por el
temor moral a los suplicios del infierno, del cual se burla desde su infancia;
en una palabra, vuestro teísmo ha hecho cometer muchos delitos, pero jamás
impidió uno solo. Si es verdad que las pasiones ciegan, que su efecto es elevar
sobre nuestros ojos una nube que oculta los peligros que los rodean, ¿cómo
podemos suponer que los que están lejos de nosotros, como lo son los castigos
anunciados por vuestro dios, puedan conseguir disipar esa nube que no puede
disolver la espada misma de las leyes que siempre está suspendida sobre las
pasiones? Si se demuestra, pues, que estos frenos complementarios impuestos por
la idea de un dios se vuelven inútiles, si queda demostrado que son peligrosos
por sus otros efectos, pregunto qué utilidad pueden tener, entonces, y en qué
motivos podríamos apoyamos para prolongar su existencia. ¿Se me dirá que aún no
estamos bastante maduros como para consolidar todavía nuestra revolución en una
forma tan manifiesta? ¡Vamos! Conciudadanos míos: el camino que hemos recorrido
desde él 89 era tanto más difícil que el que nos queda por hacer, y tenemos que
modelar mucho menos la opinión para lo que os propongo que lo que la hemos
atormentado en todo sentido desde la época de la toma de la Bastilla. Creemos
que un pueblo tan sabio y valeroso como para llevar a un monarca impúdico desde
la cúspide de las grandezas hasta el pie del cadalso, que en estos pocos años
supo vencer tantos prejuicios y frenos ridículos, lo será tanto como para
inmolar al bien de la cosa, a la prosperidad de la república, un fantasma mucho
más ilusorio aún que el de un rey.
Franceses: vosotros daréis los primeros golpes, vuestra
educación nacional hará el resto. Pero, poneos rápidamente a esta faena; que se
convierta en una de vuestras preocupaciones más importantes, que
tenga sobre todo como base esa moral esencial, tan descuidada en la educación
religiosa. Remplazad las necedades deíficas con que fatigáis los oídos de
vuestros hijos por excelentes principios
sociales; que en vez de aprender a recitar fútiles plegarias que se jactarán de
olvidar en cuanto cumplan dieciséis años, se los instruya sobre sus deberes en
la sociedad; enseñadles a venerar virtudes de las que apenas les hablabais en
otros tiempos y que, sin vuestras fábulas religiosas, bastan para su felicidad
individual; hacedles ver que esa felicidad consiste en hacer tan afortunados a
los otros como deseamos serlo nosotros mismos. Si fundáis esas verdades en las
quimeras cristianas, como locamente se lo hacía antaño, no bien vuestros
alumnos reconozcan la futileza de las bases tumbarán el edificio y se
convertirán en delincuentes, porque creerán que sólo la religión que han
derribado se los impedía ser. En cambio, haciéndoles sentir la necesidad de la
virtud únicamente porque su propia felicidad depende de ello, serán personas
honradas por egoísmo, y esta ley que rige a todos los nombres será la más segura
de todas; que se evite, pues, con el mayor cuidado, mezclar alguna fábula
religiosa a esta educación nacional. No perdamos nunca de vista que queremos
formar hombres libres y no viles adoradores de un dios. Que un filósofo sencillo
instruya a estos nuevos alumnos en los sublimes secretos de la naturaleza; que
les demuestre que el conocimiento de un dios, a menudo muy peligroso para los
hombres, no favoreció nunca su felicidad y que no serán más dichosos al admitir
como causa de lo que no comprenden una cosa que comprenderán todavía menos; que
es mucho menos importante entender la naturaleza que gozar de ella y respetar
sus leyes; que esas leyes son tan sabias como sencillas; que están escritas en
los corazones de todos los hombres y que basta interrogar el corazón para
discernir el impulso. Si insisten en que les habléis de un creador respondedles
que como las cosas siempre han sido lo que son, que como nunca tuvieron
comienzo ni nunca tendrán fin, al hombre le resulta tan inútil cuanto
imposible tratar de remontarse a un origen imaginario que no explicaría nada ni
llevaría a nada. Decidles que a los hombres les es imposible tener ideas veraces
sobre un ser que no actúa sobre ninguno de nuestros sentidos. Todas nuestras
ideas son representaciones de los objetos que nos impresionan; ¿qué puede
representarnos la idea de dios, que es evidentemente una idea sin objeto? Tal
idea, les diréis también, ¿no es tan imposible como un efecto sin causa? ¿Una
idea sin prototipo es algo más que una quimera? Algunos doctores, proseguiréis
diciéndoles, aseguran que la idea de dios es innata y que los hombres ya la
tienen en el vientre materno. Pero eso es falso, les agregaréis; todo principio
es un juicio, todo juicio es efecto de la experiencia y la experiencia sólo se
adquiere por el ejercicio de los sentidos; de lo que se sigue que los principios
religiosos no responden a nada y no son en absoluto innatos. ¿Cómo, les diréis
luego, ha podido persuadirse a seres racionales de que la cosa más difícil de
comprender era la más esencial para ellos? Es que se les ha causado un gran
terror; y, cuando se tiene miedo, se deja de razonar; es que sobre todo se les
recomendó que desconfiaran de su razón y, cuando el cerebro está turbado, se
cree todo y no se examina nada. La ignorancia y el miedo, diréis también, he ahí
las dos bases de todas las religiones. La incertidumbre en que se halla el
hombre con respecto de su dios es precisamente el motivo que lo ata a su
religión. El hombre tiene miedo de las tinieblas, tanto en lo físico como en lo
moral el miedo se vuelve habitual en él y se convierte en necesidad;
creería que le falta algo si ya nada tuviera que esperar o temer. Volved
enseguida sobre la utilidad de la moral: dadles sobre este gran tema más
ejemplos que lecciones, más pruebas que libros y haréis así buenos ciudadanos;
haréis de ellos buenos guerreros, buenos padres, buenos esposos; haréis
hombres tanto más fieles de la libertad de su país cuanto ninguna idea de
servidumbre podrá presentarse a su espíritu ni ningún terror religioso vendrá a
perturbar sus inteligencias, Entonces el verdadero patriotismo brillará en todas
las almas; reinará con toda su fuerza y con toda su pureza porque se convertirá
en el único sentimiento dominante y ninguna idea extraña aminorará su energía;
entonces, vuestra segunda generación quedará asegurada y vuestra obra, por ella
consolidada, se convertirá en la ley del universo. Pero, si por temor o
pusilanimidad no son seguidos estos consejos, si se dejan subsistir las bases
del edificio que se había pensado destruir, ¿qué es lo que ocurrirá? Sobre sus
bases se reconstruirán y repondrán los mismos colosos, con la cruel diferencia
que esta vez estarán cimentados con tal fuerza que ni vuestra generación ni la
que la seguirá lograrán tumbarlos.
Que nadie dude de que las religiones son la cuna del
despotismo; el primero de todos los déspotas fue un sacerdote; el primer rey y
el primer emperador de Roma, Numa y Augusto, se asocian uno y otro al
sacerdocio; Constantino y Clodoveo más fueron abates que soberanos; Heliogábalo
fue sacerdote del sol. En todos los tiempos y en todos los siglos ha habido
entra el despotismo y la religión tal vínculo que está más que demostrado que al
destruir el uno se socava el otro, por la muy poderosa razón de que el primero
siempre servirá de ley al segundo. No propongo, sin embargo, matanzas ni
deportaciones; todos esos horrores están demasiados lejos de mi alma para que
tan sólo ose concebirlos un instante. No, no asesinéis, no expulséis del país:
esas atrocidades corresponden a los reyes o a los canallas que los imitaron; no
es imitándolos como inspiraréis terror hacia quienes las practicaban. Sólo
recurramos a la fuerza contra los ídolos; basta el ridículo para
quienes los sirven: los sarcasmos de Juliano dañaron más la religión cristiana
que todos los suplicios de Nerón. Sí, destruyamos para siempre toda idea de dios
y de sus sacerdotes hagamos soldados; algunos ya lo son; que se entreguen a ese
oficio tan noble para un republicano pero que no nos hablen más ni de su ser
quimérico ni de su religión fabulosa, único objetivo de nuestros desprecios.
Condenemos a ser mofado, ridiculizado, cubierto de lodo en los cruces de las
principales ciudades de Francia al primero de esos charlatanes benditos que
venga a hablarnos todavía de dios o de religión; una prisión eterna será la pena
para quien caiga dos veces en las mismas faltas. Que las blasfemias más
insultantes y las obras más ateas sean enseguida autorizadas plenamente a fin de
terminar de extirpar del corazón y la memoria de los hombres esos espantables
juguetes de nuestra infancia; que se organice un concurso para elegir la obra
más capaz de esclarecer por fin a los europeos sobre una materia tan importante
y que un premio considerable, discernido por la nación, sea la recompensa para
aquél que, diciéndolo todo, demostrándolo todo en esta
materia, ya sólo deje a sus compatriotas un hacha para tumbar todos esos
espectros y un corazón recto para odiarlos. En seis meses, todo estará
terminado; vuestro infame dios estará en la nada y sin que por eso el hombre
deje de ser justo, celoso de la estima de los otros, sin que cese de temer la
espada de la ley y de ser honrado, pues el hombre ya sabrá que el auténtico
amigo de la patria no debe, como el esclavo de los reyes, ser arrastrado por
quimeras; en pocas palabras, que ni la frívola esperanza en un mundo mejor ni el
temor de males mayores que los causados por la naturaleza deben orientar la
conducta de un republicano, cuya sola guía es la virtud así como su único freno
el remordimiento.
LAS COSTUMBRES
Después de haber demostrado que el teísmo no conviene en
absoluto a un gobierno republicano, me parece necesario probar que las
costumbres francesas tampoco le convienen. Este articulo es de suma importancia
ya que las costumbres servirán de motivos a las leyes que se promulgarán.
Franceses: sois demasiado ilustrados
para no sentir que un nuevo gobierno necesitará nuevas costumbres; es imposible
que el ciudadano de un Estado libre se conduzca como el esclavo de un rey
déspota, pues las diferencias de intereses, de deberes, de relaciones entre
ellos determinan esencialmente una manera por completo diferente de conducirse
en el mundo: quedarán aquí anulados una multitud de pequeños errores y de
pequeños delitos sociales considerados muy esenciales
bajo el gobierno de los reyes, quienes debían ser tanto más exigentes
cuanta más necesidad tenían de imponer frenos para hacerse
respetables o inabordables por sus súbditos. Igualmente, en un Estado
republicano, bajo un gobierno que ya no reconoce leyes ni religión,
desaparecerán otros delitos, conocidos con los nombres de regicidio
y sacrilegio. Al otorgar la libertad de conciencia y la de prensa,
pensad, ciudadanos, que con muy pocas excepciones se debe otorgar también la de
actuar y que, aparte de lo que ofende directamente las bases mismas del
gobierno, os queda poquísimo que castigar, ya que, en los hechos,
hay muy pocas acciones criminales en una sociedad cuyas bases son la libertad y
la igualdad y que, si se piensan y se pesan bien las cosas, lo único
verdaderamente delictivo es lo que reprueba la ley, pues la naturaleza,
dictándonos por igual vicios y virtudes, en razón de nuestra organización o, más
filosóficamente todavía, en razón de la necesidad que tiene de los unos y de las
otras, lo que la naturaleza nos inspira se convertiría en una medida muy
insegura para restablecer con precisión lo que está bien o lo que
está mal. Pero, para desarrollar más eficazmente mis ideas sobre un punto tan
importante, vamos a clasificar las diferentes acciones de la vida del hombre que
hasta el presente se había convenido en llamar delictivas y las
mediremos enseguida en relación con los verdaderos deberes de un
republicano.
En todas las épocas, los deberes del hombre han sido
considerados en las tres diferentes relaciones siguientes:
1. Los que su conciencia y su
credulidad le imponen hacia un ser supremo.
2. Los que está obligado a cumplir con sus hermanos.
3. Por último, los que sólo se relacionan consigo
mismo.
La certeza que debe dominarnos es que ningún dios ha tenido
nada que ver con nosotros y. que, criaturas necesarias de la naturaleza, como
las plantas y los animales, estamos aquí porque era imposible que no lo
estuviéramos. Como se ve, esta certeza aniquila de golpe la primera parte de
esos deberes, quiero decir, aquellos de que nos creíamos falsamente responsables
hacia la divinidad; con ellos desaparecen todos los delitos religiosos, todos
los que son conocidos con los vagos e indefinidos nombres de impiedad,
sacrilegio, blasfemia, ateísmo, etcétera, en pocas palabras, todos los que
Atenas castigó con tanta injusticia en Alcibíades y Francia en el infortunado La
Barre. Si hay algo extravagante en el mundo es ver hombres que no conocen su
dios ni lo que ese dios puede exigir, excepto a través de sus ideas limitadas, y
que empero quieren decidir sobre la naturaleza de lo que agrada o de lo que
desagrada a ese ridículo fantasma de su imaginación. No querría, pues, una
legislación que se limitara a permitir indiferentemente todos los cultos,
desearía que hubiera libertad para reírse o mofarse de todos; que a los hombres
reunidos en cualquier templo, para invocar al eterno a su modo, se los viese
como comediantes en el teatro, de cuyas representaciones todo el mundo tiene
derecho a ir a reírse. Si no veis las religiones de este modo, recuperarán la
seriedad que las hace importantes, a poco cubrirán las opiniones, y no bien se
haya disputado por cuestiones religiosas, se volverá a luchar por las religiones
[6] . La igualdad, destruida por la preferencia o la protección acordada
a una de ellas, pronto desaparecerá del gobierno, y de la teocracia
reconstruida renacerá enseguida la aristocracia. No me cansaré, pues, de
repetirlo: basta de dioses, franceses, basta de dioses, si no queréis que su
funesta autoridad os vuelva a hundir muy pronto en todos los horrores del
despotismo; pero, sólo burlándoos los destruiréis; todos los peligros que llevan
como séquito renacerán enseguida si procedéis con seriedad o dándoles
importancia. No tumbéis sus ídolos con cólera; pulverizadlos jugando y la
opinión caerá por sí sola.
Basta con esto, espero, para demostrar que no debe
promulgarse ninguna ley contra los delitos religiosos porque quien ofende una
quimera nada ofende y porque sería una inconsecuencia muy grande castigar a los
que ultrajan o desprecian un culto cuya prioridad con respecto de los demás nada
os demuestra en forma evidente; esto significaría, necesariamente, tomar un
partido e influir así sobre la balanza de la igualdad, primera ley de nuestro
gobierno.
Pasemos a considerar los segundos deberes del hombre,
aquellos que lo ligan con sus semejantes; esta categoría es la más extensa, sin
duda.
La moral cristiana, muy vaga en cuanto a las relaciones del
hombre con sus semejantes, establece bases tan llenas de sofismas que nos
resulta imposible admitirlas porque, cuando se quiere edificar principios, hay
que guardarse mucho de darles sofismas como base. Nos dice, esa absurda moral,
que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Ciertamente nuda sería más sublime
si fuera posible que lo falso pudiera llevar los caracteres de la belleza. No se
trata de amar a sus semejantes como a sí mismo, ya que eso se opone a todas las
leyes de la naturaleza, cuya voz debe orientar, únicamente, todas las acciones
de nuestras vidas; sólo se trata de amar a nuestros semejantes como a amigos que
la naturaleza nos da y con los que debemos vivir tanto mejor en un Estado
republicano por cuanto la desaparición de las distancias debe necesariamente
estrechar los vínculos.
Que la humanidad, la fraternidad y la beneficencia nos
prescriban, conforme a ello, nuestros deberes recíprocos. Cumplámoslos
individualmente con el simple grado de energía que nos ha dado a ese respecto la
naturaleza, sin culpar y sobre todo sin castigar a quienes, más fríos o más
atrabiliarios, no experimentan en estos vínculos, tan conmovedores empero, todas
las dulzuras que otros encuentran en ellos; pues, ¿quién podría dudar de que
sería aquí un absurdo evidente tratar de prescribir leyes universales?; dicho
procedimiento sería tan ridículo como el de un general que quisiera que todos
sus soldados llevasen uniformes para la misma talla; es una espantosa injusticia
exigir que hombres de caracteres desiguales se sometan a leyes iguales: lo que a
uno conviene puede no convenir al otro.
Acepto que no es posible hacer tantas leyes como hombres
existen; pero las leyes pueden ser tan benignas, tan escasas, que todos los
hombres, cualquiera sea su carácter, puedan obedecerlas fácilmente. También
exigiría yo que ese pequeño número de leyes fuera de tal naturaleza que se
adaptara con facilidad a todos los diferentes caracteres; el espíritu de quien
las dirigiera sería el de golpear, más o menos, en razón del individuo que
hubiera que alcanzar. Está demostrado que una determinada virtud es
impracticable para ciertos hombres, lo mismo que determinado remedio no
convendría a determinado temperamento. Ahora bien, ¡será el colmo de la
injusticia que deis con la fuerza de la ley a quien le es imposible plegarse a
esa ley! La iniquidad que cometeríais así ¿no sería igual a la que os
haríais culpables si quisierais obligar a un ciego a discern