SOY PUTA. LAS FOTOS.
(Relato escrito el 08-03-2008)
Hola, antes de nada voy a presentarme para quien no me haya
leído aún. Me llamo Irati, tengo 27 años (soy del 80) y vivo en una gran ciudad
de España, aunque soy de un pueblo del norte del país. Para ser sincera no soy
una chica especialmente guapa, más bien del montón, y no tengo los pechos
grandes, tengo más desarrollada la cadera con un culo carnoso y respingón que
normalmente resulta atrayente a los hombres (de hecho es mi arma más recurrida
cuando quiero cazar a un macho).
Esta es la continuación de mi saga de relatos SOY PUTA, que
aún no sé cuándo decidiré ponerle fin. Recomiendo que antes de leer éste, leáis
los anteriores. También quiero agradecer la cantidad de lecturas que han tenido
mis dos primeros relatos, y cómo no los comentarios, tanto los halagadores como
los críticos. A los segundos, acepto las críticas si éstas son constructivas,
como ha venido siendo hasta ahora. Este es mi estilo, cuento vivencias a mi
manera y supongo que evolucionaré como autora de relatos, al igual que ha
evolucionado mi vida, quizá para bien, o quizá para mal. De todas formas nunca
llueve a gusto de todos.
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Como he contado en los últimos relatos, el tal Pedro se fue
de la lengua desvelando lo que ocurría en el escondrijo, y el rumor fue pasando
de boca en boca. Tanto los chicos como yo lo negábamos, con lo cual y como en
todo rumor, en el pueblo había división de opiniones: unos se lo creían y otros
no. Esa división de opiniones no dejaba en muy buen lugar a Pedro, pues los que
no se lo creían daban por supuesto que se estaba intentando vengar porque yo lo
había rechazado. Pasaban los meses, y yo hasta me divertía con el rumor. La
gente especulaba a mi paso y tenía ganada ya una fama de guarrilla cuya
veracidad seguía siendo un misterio para todo el pueblo, además me contentaba
más el hecho de que Pedro saliera tan "mal parado" como yo a causa de su propia
vileza. Con mis 14 años ya cumplidos, me llega a casa por correo un sobre. En un
lado ponía mi nombre y dirección y en lado del remitente ponía PEDRO. Cuando lo
abrí y vi lo que había dentro, el corazón se me puso a mil pulsaciones. Saqué
del sobre como una docena de fotos sacadas desde fuera de la cabaña de Luis, en
las que a través de una ventana se veía una de las orgías que los chicos se
montaban conmigo. También había un papel en el que ponía un escrito: "¿Te gustan
las fotos? Si no quieres que las vea todo el pueblo llámame al *********". Me
dio muchísima rabia ver esas fotos y la amenaza, pues convertirme en rehén de un
tío tan desagradable era lo último que me apetecía, y además ya me imaginaba lo
que quería de mi. Le llamé y me citó para el día siguiente a las 5 de la tarde
en la entrada del cementerio.
Pues allí estaba yo a las 5 de la tarde, recién llegada al
cementerio, un poco cansada pues éste queda monte arriba y apartado del pueblo.
Tuve que esperar media hora más hasta que apareció Pedro en su moto. Sacó un
casco, me dijo que subiera y nos fuimos más hacia arriba del monte para
desviarnos por un camino estrecho y sin asfaltar. Llegamos al final del camino,
ya metidos de lleno en el bosque, y ahí paró la moto. Nos quitamos el casco y me
hizo bajar. Yo le pedí que por favor no enseñara esas fotos a nadie, y él
contestó que si tanto me importaba mantener esas fotos en secreto, tendría que
mostrarme dispuesta a hacer lo que fuera. Así acepté, cosa que me llevó a una
espiral de la que no tendría posibilidad de salir bien parada.
Me dijo que desde ese momento comenzaba un juego en el que yo
tendría que superar pruebas, por supuesto sexuales, y que en cada una de ellas
él me sacaría nuevas fotos. Irónicamente me preguntó si estaba conforme, y yo ni
me molesté en responder. Quizá esperaba temor por mi parte, o que le rogara
piedad, teniendo en cuenta que estaba sola, indefensa, que él podría hacer lo
que quisiera y yo no podía negarme porque me tenía chantajeada. Pero no podía
permitir que fuera así: donde debería haber temor sólo había resignación,
inexpresividad. No podía darle la satisfacción de que me viera contrariada y
humillada.
Yo asimilaba todo aquello como una nueva aventura, e incluso
una parte de mi se moría por saber cuál sería la primera de esas pruebas. Me
dijo que me desnudara y así lo hice. A medida que me iba librando de la ropa, él
me iba sacando fotos con una cámara que sacó del maletero de la moto, y una vez
desnuda me hizo chupársela. En mi fuero interno me dije que esta vez no iba a
ocurrir lo de la primera vez en el escondrijo, y así fue. Sus primeros gruñidos
de placer iban acompañados con comentarios como "joder esto sí que es una
mamada", "han hecho de ti una buena puta en la cabaña", "así me gusta, zorra",
etc, que daban a entender que le estaba gustando mi manera de pajearle con los
labios, de frotar la lengua en la punta, de hacer acometidas para tragármela
toda por un instante… todo lo que viene a ser una buena ‘limpieza’. Durante esa
mamada me hizo unas cuantas fotos hasta que posó la cámara de nuevo encima de la
moto, se sacó la polla y se la pajeó con una mano mientras con la otra me
agarraba el pelo para inmovilizarme la cabeza. Se corrió salpicándome en las
mejillas y dentro de la boca. Volvió a coger la cámara, y me dijo que le
limpiara los restos de semen mirando al objetivo. Me sacó un par de fotos más
dándole lengüetazos a las gotas de semen que se le quedaron en la puntita y con
la cara pringada. Después me dio unos pañuelos de papel y me dijo "Para que veas
que no soy tan malo ja, ja, ja!". Me limpié la cara y me llevó de vuelta al
cementerio. Cuando llegamos al cementerio me dijo que ya me había convertido en
su putita particular, y que a parte follarme él cuando le viniera en gana, me
iba a hacer follar con lo peorcito del pueblo: viejos borrachos, un vagabundo,
un retrasado, gitanos,… me preguntó si tomaba píldora y le dije que sí (era
cierto, empecé a tomarla desde aquel susto con Luis y aún la sigo tomando).
Contestó que más me valía por todo el semen que mi coñito iba a albergar.
Seguimos viéndonos cada vez que la relación con su novia se
lo permitía, y nunca le faltaba su cámara de fotos para sacármelas en
situaciones eróticas, pornográficas, incluso algunas que muchas mujeres
considerarían denigrantes. Desde la segunda vez la cosa no quedaba en una
mamada, le encantaba follarme, azotarme las nalgas y los muslos con finas ramas
que encontraba, solía llevar pepinos y plátanos para masturbarme con ellos (los
plátanos los pelaba porque le gustaba cómo se deshacían apretándomelos en el
coño), cuerdas para atarme a los árboles... y no me daba por el culo porque
decía que no le gustaba -y es que antes no se llevaba tanto como ahora, que sois
insaciables- Disfrutaba conmigo de maneras muy diversas, y siempre sacaba fotos
para el recuerdo. Al menos (o eso me decía) tenía el detalle de no llevarlas a
revelar a la tienda de fotos del pueblo -que aunque es un pueblo grande se
conoce casi todo el mundo-, sino que se acercaba a la capital de la provincia a
hacerlo.
Tras unos meses en los que él me compaginaba con su novia y
yo a la vez le compaginaba a él con los chicos del escondrijo (que no sabían
nada de lo de Pedro), me llegó la primera prueba de esta caliente gymkhana:
tenía que follar con Venancio, un viejo borracho del pueblo tan asqueroso que
con 70 años que tenía nunca se había casado. La siguiente historia tratará sobre
esta aventura.