El Abuelo, Tú…y Yo también.
Durante la primera clase de la universidad conocí a Mario. Él
estaba sentado varios puestos más atrás que yo, pero pese a que habían muchos
alumnos, desde el primer momento que lo vi quedó individualizado para mí. Me
gustó desde que lo divisé al entrar a la sala esa mañana. No me atrevía a
hablarle, tanta era mi timidez en aquel tiempo, pero no por ello paraba de
mirarlo a mi antojo y seguirlo con la vista a todas partes.
Lo que más me gustaba de Mario eran sus ojos que miraban con
una expresividad tal, que me enternecía. Eran ojos negros coronados por largas
pestañas y sobre ellos, en la frente, gruesas cejas que contrastaban con lo
delicado de sus ojos. "Es muy bonito"me dije apenas lo conocí. Sus mejillas
tenían ese rubor colorado que siempre he relacionado con los niños traviesos,
pero su profunda voz que irrumpía en la sala cuando hacía una pregunta o daba su
opinión a la clase, me derretía entero por lo viril de su tono. Poseía un cuerpo
delgado, pero marcado, con buena musculatura, la que hacía apreciar con su ropa
veraniega que dejaba harto a la contemplación. Era lampiño y blanco, todo lo
contrario a mí, salvo en que yo también tengo una complexión física atlética.
Las mujeres del curso cuchicheaban entre sí, hablando de él y
coqueteándole, pero Mario apenas las tomaba en cuenta, pues Mario era el típico
solitario que bien poco se involucraba con sus compañeros. Él iba sólo a
estudiar, no a hacer amigos, ni buscar pareja.
No fue en la universidad donde establecí real contacto con
él, si no que fue en el gimnasio al que empecé a ir, cinco meses después de
entrar a clases. Esa vez me encontraba realizando mi rutina para piernas,
rodeado de un montón de guapos hombres, cuando lo divisé a unos metros míos en
una máquina para pecho. "Esta es mi ocasión para acercarme a Mario" pensé, hasta
que me di cuenta que Mario no estaba entrenado solo. Tenía un compañero de
ejercicios, con quien charlaba animosamente y se sonreía. Para un hombre guapo y
joven como él, la persona que estaba a su lado no era quien hubiese creído
tendría de amigo para ir al gimnasio. Era un hombre mayor, bastante a verdad,
que mínimo andaba en los sesenta. Igual para su edad se veía en buena forma,
pero el rostro no evitaba que se le notara la edad. En todo caso, era un
caballero bastante atractivo, algo así como un Paul Newman en su madurez, por lo
que durante su juventud debería haber tenido gran suerte entre las mujeres, si
es que no también entre los hombres. Nunca antes había visto a Mario tan
amistoso con alguien. Era como si se conociesen de toda la vida. "A lo mejor son
parientes" me pareció. Acobardado por verlo con ese señor, preferí seguir con mi
rutina en la soledad de mi timidez. Vez que me lo encontraba allá, su
acompañante estaba con él.
Unas semanas después me encontraba en el camarín del gimnasio
cambiándome ropa para hacer mis ejercicios, cuando Mario llegó y nadie lo
acompañaba. Apenas entró me saludó dándome la mano y se sentó a mi lado. Yo
estaba emocionado de puro gusto, pues por fin había acaparado su atención y
además quizás podría verlo a torso desnudo, si es que no también en ropa
interior (tenerlo desnudo frente a mí, ya era mucha suerte).
- ¿Así que además de ser compañeros de curso en la
universidad, también los somos acá? ¡Qué pequeño es el mundo! Por cierto, soy
Mario Carvajal.
- Yo soy Julián Albarrán. Un gusto.
- ¿Qué te toca hoy entrenar?
- Piernas ¿Y a ti?
- Lo mismo ¿Te parece si trabajamos juntos?
- Por supuesto, me encantará.
Entonces me regaló una de sus preciosas sonrisas, con sus
blancos y parejos dientes. Sus ojos también sonreían cuando hacía esto y saber
que ese gesto iba dirigido a mí, me estremeció. Me dieron ganas de acariciarlo,
de sentirlo más cerca de mí. Pero me contentaba con estar a su lado y aprender a
conocerlo durante nuestros ejercicios juntos. Quizás de ahora en adelante podría
sentarme a su lado en la universidad, hacer las labores entre los dos, caminar
por los pastos de nuestra casa de estudios…ya me estaba pasando un montón de
películas sobre la amistad que podía llegar a tener con Mario. Seducirlo,
convertirme en su pareja. No, ya estaba exagerando y tampoco sabía si Mario era
gay. Todo a su debido momento.
Durante nuestro entrenamiento, Mario me pidió que le ayudara
mientras hacía las sentadillas en la barra. Así que me puse detrás de él y lo
tomé de la cintura, sujetándolo para que pudiera subir y bajar en las
repeticiones. Al sentir el tacto de su firme piel, transpirada y caliente por el
esfuerzo, fui incapaz de evitar la excitación. Además que estaba a sólo
centímetros de su bien formada espalda, por no hablar también de su trasero que
al usar Mario un short de futbolista, se le notaba tan paradito y gordito que me
encantó. Sus piernas al flexionarlas se notaban musculosas, gruesas en los
muslos. Tenía que calzar mi tiempo en el gimnasio con el suyo para irme a las
duchas con él y darme el gusto de contemplarlo tal como Dios lo trajo al mundo.
Luego en casa me masturbaría como tonto evocando esos momentos en el gimnasio.
- ¿Te pasa algo?
- …
- ¡Estás rojo, Julián!
- ¡Oh, disculpa!
- Si te sientes mal descansamos un rato. En mi mochila tengo
unos néctar y galletones de avena que puedo compartir contigo, para combatir la
fatiga.
- No te preocupes, es sólo que cuando entreno fuerte a veces
me pongo así, todo rojo.- Le mentí. La verdad es que entre medio de las piernas
una erección estaba por delatarme y cuando me excitaba me ponía así, rojo por la
sangre que me hacía ebullición dentro.
- Espérame un ratito que voy al camarín a buscar lo que te
ofrecí y vuelvo.- Me quedé sentado en un banco avergonzado por mi lujuria y
cuando Mario regresó, me daba lata mirarlo a sus azabaches ojos.
- Aquí tienes.- Mario se ubicó a mi lado y también probó de
su colación.
Era muy dulce lo que había hecho por mí. Esa atención suya me
hizo desear más su amistad, su persona.
Dos horas después nos fuimos juntos a ducharnos. Mientras nos
sacábamos la ropa, trataba en lo posible de parecer natural al hablarle, pues a
medida que Mario se iba desnudando, mis ojos se posaban en su bella anatomía.
Unos poquitos pelos negros y finos le bajaban del ombligo al pubis, donde un
sexo que se me apeteció me dio la impresión de que erecto era bastante grande
Sus nalgas, blancas y lampiñas como gran parte de su cuerpo, se me antojaban
suaves como para querer besárselas y acariciárselas. Era obvio que también me
habría gustado lamerle entre medio y hacerlo mío. Ignoro cómo fui capaz de
controlar una nueva erección. Tal vez toda la gente a nuestro alrededor hacía de
contención para mí deseo desaforado, mejor pora mí en todo caso. No obstante
pese a que estábamos rodeados de otros hombres, Mario no se inmutó para hablar.
- ¡Qué peludo eres, Julián!
Por un momento pensé que en mi afán de serle agradable y
ojalá interesante a Mario, me había imaginado ese comentario. Pero de inmediato
dijo otra cosa.
- Tienes muy buen cuerpo, Julián, te envidio ¿Cómo saco unos
músculos como los tuyos?
- ¡Qué exagerado eres!- Pude contestarle, tratando de parecer
natural.
- De seguro con ese cuerpo que tienes no te faltan novias.
- Estoy soltero.- Le dije casi culpable de confesárselo.
- Bueno, ya te tocará.
Y sin ponerse una toalla a la cintura, sólo llevándola en una
mano, se fue en pelotas a una ducha. Atrás me quedé impactado por sus palabras.
Desde ese día, Mario se fue acercando más a mí en la
universidad, justo tal como yo había fantaseado desde la primera vez en que
hablamos en el gimnasio. Habíamos logrado hacer buena dupla en los estudios y en
el entrenamiento, si bien estábamos haciendo un grupo de amigos en la
universidad, por lo que no siempre estábamos solos, pero en el gimnasio sí.
Varias veces estuve a punto de preguntarle por el tipo con el cual lo veía antes
hacer sus ejercicios, pues nunca más se apareció por allí. Mas algo me decía que
mejor dejara de lado mi curiosidad, que si Mario no sacaba a colación lo de su
anterior compañero de rutina, era por una razón especial, o tal vez nunca fueron
tan cercanos como a mí me había parecido.
A medida que pasaba el tiempo y más se estrechaba nuestra
relación, más me encandilaba de su personalidad. A diferencia del tipo serio y
de pocos amigos que creía era en una primera instancia, Mario era alguien muy
noble, que siempre tenía algún tipo de detalle con uno. Era sumamente
desinteresado y tierno. A veces cuando estábamos solos, tenía gestos físicos
conmigo que me desarmaban, como cuando me tocaba el vientre o el hombro,
haciéndome una pequeña caricia que yo aunque hubiese querido hacérsela, sólo me
atrevía a ello en mis más secretos sueños.
En una ocasión, tras ir juntos a la fiesta de una amiga de la
universidad, nos tocó compartir el cuarto del hermano menor de la cumpleañera,
quien no estaba y por ello se nos había otorgado ese cuarto. Como era invierno,
hacía un frío de los mil demonios. Yo me iba a acostar con la ropa que llevaba
dentro de la cama, pero Mario se sacó todo y se quedó sólo en calzoncillos y
calcetines. "No puedo dormir con ropa puesta" me explicó. Me sentí ridículo a su
lado vestido como una vieja timorata. La verdad es que me daba cosa estar
semidesnudo en la misma cama que Mario, pese a que en el fondo me habría gustado
tocarlo y besarlo, hacerle el amor en esa pieza que era sólo para nosotros dos
durante esas horas. La cama era de sólo una plaza, así que estábamos estrechos,
pegados los grandes cuerpos contra sí. Mario me daba la espalda, y contra mi
costado, podía sentir el contacto de su trasero que tantas fantasías me
producían.
Mi amigo roncaba y yo me encontraba rígido en mi lado de la
cama, con mi pene hecho un fuego que me quemaba. Me llevé las manos al
endurecido bulto para apretármelo. No aguanté las ganas y me fui al baño. En la
casa todo el mundo dormía, así que en silencio llegué a mi destino para
masturbarme hasta sacarme la calentura que ya estaba por volverme loco. Al
quedar con la ropa en las rodillas, el glande enrojecido y reluciente de su jugo
me apuntó, pidiéndome que lo ordeñara. Sentí un gran placer al comenzar a
bajarme la sensible piel, apretándome una velluda tetilla y mirándome al espejo
del botiquín mientras hacía esto. "¡Marito!" exclamaba deseoso al corrérmela.
Estaba a punto del orgasmo, cuando tocaron a la puerta y oí la voz de un hombre.
- ¿Julián, eres tú quien está dentro?- Quise creer que era
Mario el que había interrumpido mi onanista acto, quien se había dado cuenta de
mi pasión oculta por él y había acudido a "socorrerme". Bien estúpida mi
imaginación. Era otra persona.
- Sí, soy yo. Ya salgo.- Tiré la cadena para simular que
estaba en otra cosa y no pajeándome.
Estaba seguro que al entrar al baño había cerrado con aldaba
la puerta, pero no era así. Una gran figura irrumpió en el baño, asustándome
ante el inesperado suceso. El intruso se aseguró de cerrar bien la puerta para
que nadie más entrara.
- Hola, Julián.- Me dijo Manuel, el primo de Eloisa, la
cumpleañera y que nunca antes había visto hasta ese día. Manuel el sexy y buen
mozo primo que venía de Isla de Pascua a visitar a su prima regalona y que
durante toda la fiesta estuvo echándome el ojo, pero al que yo preferí ignorar
para no quedar mal frente a Mario. Yo seguía con los pantalones abajo y mi pene
en su máxima expresión.
- Estamos calientes parece.- Habló de nuevo y me cortó más
aún. Antes que yo dijera algo, de seguro mi cara de sorpresa era más que
evidente, Manuel fue hasta mí y se arrodilló frente a mi verga, la que en un dos
por tres se metió en la boca para comenzar a exprimirla. Un gemido se me escapó.
- ¿Es tu pareja el minito ése?- Preguntó tras un largo rato
en el cual me tenía a su merced con su espectacular mamada.
- Eso yo quisiera.
- Pues está bien bueno, pero tú me gustas más.
Y lo hice pararse para traerlo hacia mí y besarlo en la boca
con la pasión que tenía guardada para Mario. Manuel, que algo de sangre
pascuense tenía, pues su abuelo había sido nativo de la isla, se pegó a mí,
jugando con sus dedos con mis testículos. Mientras nuestras lenguas se juntaban,
mis manos apretaban su culo que se sentí exquisito. Desesperado le bajé el
pantalón y su bóxer, llevando su también parado pene al mío, de modo de
masturbarlos ambos contra sí. Manuel estaba muy bien dotado y era lampiño como
Mario, eso me encantó. Su culito tenía unos cuantos pelitos largos entre medio
de los cachetes, pero eso en vez de molestarme, me ponía más duro.
Hace tiempo que no tenía sexo, pues tenía toda mi atención en
Mario, así que cuando Manuel vino a mí aquella vez, saqué a flote mi parte más
animal. Mis dedos presionaban con fuerza sus nalgas, como también mi boca. Me
frotaba contra él imaginando que era Mario al que estrujaba entre mis brazos,
aplastando nuestros penes que húmedos y endurecidos compartían sus jugos.
Me agaché y tomando con una mano sus bolas que colgaban como
un fruto al que cosechar, tiré hacia abajo para exprimirlo. La faz de Manuel
mostraba su éxtasis, quien se mordía los labios de puro caliente. Primero me
eché a la boca sus testículos, dejándoselos todos húmedos y ya cuando me harté
de esa rugosa carne, probé el sabor de su pene. Manuel se agarró de mi pelo,
tirándomelo al pasarle la lengua por todo el falo, hasta llegar a la
circuncidada cabeza hinchada. Apenas me cabía dentro su virilidad, pero me
defendí como pude.
- Quiero metértelo.- Le dije.
- Pues a qué esperas. No te seguí hasta acá para conversar.
Y Manuel se dio vuelta, restregándome el culo en la ingle,
suspirando ante la penetración que estaba por consumirse. Me agarré a sus
piernas y empecé a forcejear, entrando de a poco en Manuel, que se había tapado
con una mano la boca para no gritar con la violencia de mi entrada. El culo de
Manuel se dilataba muy bien a mi paso, hasta que mis bolas ya le golpeaban los
glúteos con cada embestida. Desde atrás lo abracé y le pasé la lengua en el
cuello, diciéndole lo más cochino que se me podía ocurrir. Manuel se dejaba ser
mi consuelo y mientras yo me lo cogía, él se masturbaba dichoso.
Estábamos parados, Manuel apoyado a una muralla, cuando
caminando fusionados aún, nos fuimos hasta el lavatorio para mirarnos de frente
al espejo. No estábamos completamente desnudos, si bien cada uno de la cintura
para arriba se había quedado en camisa, la que habíamos desabrochado para estar
más cómodos. Yo se la había subido por detrás a Manuel, de modo de sentir mejor
su piel pegada a mi plano y velludo vientre. Estábamos sudando como condenados.
Manuel se reclinó más hacia el lavamanos, dejándome ver mejor su espalda, ahora
que le había sacado la camisa, cosa que también hice en mi caso. Tenía una
preciosa espalda, lisa y musculosa, la que le brillaba producto de la
transpiración y la luz del tubo fluorescente. Se había agarrado a la loza del
lavamanos, abriéndose más. Quise sentir de nuevo la rigidez de ese miembro
insular, así que me puse a masturbarlo goloso. Con esto Manuel se agitó más y al
rato dijo "¡No aguanto más, me corro!". La leche brotaba de él desperdigándose
por el piso y el lavamanos, pues Manuel se había levantado algo para eyacular
ahí adentro; también algunos grumos de su semen corrían para mi deleite entre
mis dedos. Yo seguía dentro de Manuel cuando éste se vino. Me despegué de
Manuel, pues quería acabar sobre su preciosa espalda, la que bañé gloriosamente,
dejándosela más caliente con ese líquido que ya chamuscaba.
Nos limpiamos y tras besarnos otra vez, cada uno se fue para
su lado. De nuevo en la cama con Mario, me quedé dormido al instante. Bien
pasado el mediodía desperté, casi al mismo tiempo que Mario. Mientras
desayunábamos/almorzábamos en la casa de la festejada los últimos sobrevivientes
de la fiesta, Eloisa me dijo:
- Supe que estuviste hablando con mi primo.
- Sí…
- Me dijo que le caíste muy bien.- Y sí que le caí y
caí muy bien en él.
- Sólo lamentaba no poder despedirse de ti, pues tenía
temprano un compromiso donde otros familiares.
- No hay problema. Le das mis saludos de mi parte.
Un día nos vimos obligados a realizar un arduo y extenso
trabajo de análisis interpretativo de varias obras literarias románticas
europeas. Nos dieron la labor para exponerla de un día para otro, así que luego
de las clases, en vez de irnos al gimnasio como siempre, Mario me invitó a su
departamento para trabajar juntos en la tarea. Esa noche me iba a quedar en su
casa.
- ¿Y no se molestan en tu casa de que se quede alguien allá?-
Le pregunté preocupado.
- Para nada. El departamento es grande y hay dos habitaciones
de sobra, cada una dispuesta para alojar visitas.
- ¿Vives con tus papás?
- No.- Su breve respuesta me dejó helado. ¿Con quién vivía
Mario? Bueno, desde que éramos amigos, nunca me había hablado de su familia y en
casi un año conociéndonos, era la primera vez en que me invitaba. En cambio ya
varias veces Mario había estado en la mía, haciéndose muy querido por mis padres
y hermanitas.
En la micro llegamos a un condominio bien lujoso, ubicado en
uno de los sectores más caros de la ciudad. Dentro había todo un parque con sus
plazas, bancos, juegos infantiles y tres piscinas. Me llamó la atención tanta
opulencia para alguien que nunca había ostentado tan buena situación económica.
No obstante Mario siempre había vestido con ropa de marcas lujosas, todo en
excelente estado.
- Disculpa lo largo del viaje a casa, es que el auto me lo
están reparando.
- ¿Te lo prestan para hacer tus diligencias y salir a
divertirte?
- No, es mío. Me lo regalaron al cumplir los 18 años.- O sea,
se lo habían obsequiado el año pasado no más. Mario tenía ahora 19 años,
mientras que yo 20.
- Quién como tú. Lo que es yo, me movilizo en puras micros.
- Bueno, la semana que viene me lo entregan y entonces te
llevaré a pasear al cajón del Maipo.
- Gracias, esperaré con ansias ese día.
El departamento quedaba en el primer piso, justo frente a una
de las piscinas. Al entrar quedé maravillado de la colección de máscaras étnicas
que figuraban en las paredes. Todo era tan bonito, que me pareció estar en un
museo. Una gran biblioteca, con muchos títulos interesantes destacaba en el
living, donde unos muebles exclusivos de cuero negro invitaban a descansar en
ellos.
- ¡Ya llegué!- Gritó Mario al rato de entrar, mientras yo
hojeaba un antiguo volumen empastado que databa de comienzos del siglo XIX. Una
puerta bien al fondo se abrió y unos pasos se escucharon viniendo hacia
nosotros. Supongo mi sexto sentido me estaba advirtiendo ante la sorpresa que se
me presentaba.
- Julián, te presento a mi abuelo.- Y Mario le dio un beso
muy dulce en la mejilla, al mismo señor de edad con el cual lo veía antiguamente
entrenar en el gimnasio.- Abuelo, este es mi mejor amigo, Julián, de quien tanto
te he hablado.
Para no parecer roto, lo más rápido que pude le di un fuerte
apretón de manos al caballero, temiendo se me notara el nerviosismo.
- Mucho gusto, joven. Emiliano Segismundo de Jesús Ladrón de
Guevara para servirle.- Realmente era todo un caballero y entonces…- ¡Pero si es
mucho más guapo este muchacho de lo que me dijiste, Mario!- La bella sonrisa que
tanto me encantaba en su rostro de ángel, se posesionó de las expresiones de
Mario.
- Sabía que te iba a agradar.
- Un gusto conocerlo, señor.- Vine a decir recién. ¿Por qué
Mario nunca me había hablado de él, que vivía con su abuelo y dónde había estado
todo este tiempo en el que dejó de asistir al gimnasio? Me intrigaba el misterio
de este asunto.
- Creo que lo vi unas cuantas veces en el gimnasio, joven,
pues me parece cara conocida.
- Mi abuelo iba al gimnasio conmigo antes, pero como le salió
un viaje a África, me dejó solito durante estos meses y sólo ayer llegó de su
larga travesía.
- ¿Y a qué se dedica usted?
- Soy empresario. Tengo varios tipos de negocios. Pero no
seas desatento, mijito, sírvele alguna cosa mientras termino de preparar la
cena, Mario. Con su permiso, Julián, me voy a la cocina. Dentro de un rato los
llamaré a la mesa.
Me quedé solo con Mario, reflexionando sobre esta revelación
acerca del amigo que en secreto amaba y deseaba. Traté de buscar parecidos entre
nieto y abuelo, pero salvo en que ambos eran de apariencia caucásica, aunque los
azules ojos del pulcro abuelo de Mario contrastaban con los negros ojos suyos,
eran bien distintos. Don Emiliano se notaba que era bien peludo y mucho más bajo
que mi amigo, apenas debía medir 1.70. Su nariz era aguileña, delicada, mientras
que la de Mario tenía un aspecto más bien itálico. El rostro de su abuelo era
ovalado, en cambio el de Mario era cuadrado. Las cejas en don Emiliano eran
delgadísimas. Y así un largo etcétera.
- ¿Desde cuándo vives con tu abuelo, Mario?- Me atreví a
indagar, mientras nos bebíamos un vaso de whisky.
- Poco después de fallecer mis padres en un accidente, a los
15 años. Mi abuelo es toda la familia que tengo.
- Lo lamento, amigo.- Me dieron ganas de estrecharlo entre
mis brazos.- Pero me alegro de que tengas a alguien que te quiera tanto.
- Así es, Julián.
La cena estuvo deliciosa. Don Emiliano preparó una comida
africana que había aprendido recientemente, y el postre era de origen holandés.
Tras cenar y charlar a gusto, Mario y yo nos fuimos a preparar de una vez
nuestra exposición para el día siguiente. Llevábamos un par de horas en la
inmensa sala de estudio que poseía Mario, cuando mi amigo interrumpió nuestro
trabajo.
- Hay algo que debo confesarte, Julián.
- ¿Sí? Dime.
- Me gustas mucho, Julián, y quiero hacerte el amor.
Mario en todo momento era muy directo, pero aún así no estaba
preparado para estas palabras, por mucho que en mi interior quisiera ver
cumplidos mis anhelos. No supe qué decir. Me tiritó la mano que sujetaba un
lápiz y se me cayó. Mario en un dos por tres, antes de que el lápiz llegara al
suelo lo agarró en el aire.
- Sé que te gusto, no debes ponerte así.
- ¿Qué te voy a decir, Mario? En realidad me dejas perplejo.
- No hay nada que decir por el momento, entreguémonos a
nuestros impulsos.- Y tomándome de una mano me hizo pararme para mirarme con
dulzura a los ojos, haciéndome caricias en una mejilla y luego depositando un
largo y suave beso en mi boca. Yo tenía las manos paralizadas a ambos costados,
pero Mario, como si fuera mucho mayor que yo, me tomó de los antebrazos para que
lo abrazara. – Así, así. Quiero sentirte cerca de mí.
Durante un buen rato sólo nos estuvimos besando, él
acariciándome la espalda y yo con mis manos entrelazadas a su cuello. De que
tenía erecto el pene, eso era inevitable, pero esto era más que la fogosidad
bestial que se apoderó de mí aquella madrugada con Manuel. Esta vez, por fin, me
estaba entregando al único hombre al que había llegado a amar.
Lentamente Mario me fue desprendiendo de mi ropa, cosa que yo
también hice con él. Nos quedamos en pura ropa interior y pude notar que la
erección que había detrás de su calzoncillo era más que notable. Me habría
gustado agarrarme a esa presa, para hacerle el mejor fellatio que le hubiesen
dado en su vida, pero no quería parecer un caliente de más en medio de tanta
ternura de parte de él. Despacio, Mario se puso a besarme el pecho, luego los
abdominales por último debajo del ombligo.
- Tienes un cuerpo divino.- Me dijo.
- Tú igual.
Justo cuando yo creía me bajaría la minúscula prenda
interior, para besarme o mamarme el pene que ya clamaba por actuar, Mario se
levantó y volvió besarme en la boca. Con una mano me levantó una pierna de modo
de que esta quedara contra su costado y me llevó las manos a su cuello. No me di
cuenta cuando me levantó con gran fuerza y me acostó sobre un sofá de modo de
quedar yo bajo su peso. A medida que me iba besando, bajando con su boca desde
mi frente hasta estar por sobre mi ombligo, Mario me fue sacando el calzoncillo,
que producto de mi excitación se encontraba todo humectado. Sin decir ni una
palabra, Mario me besó la parte interior de entre los muslos y por fin el sexo.
Cuando me tomó con una mano la verga y se le metió toda a la boca, creí
desmayarme de puro placer. Con movimientos intensos se puso a succionar,
masajeándome los testículos.
- ¡Qué delicioso está!- Exclamé.- A veces, todavía con mi
falo en su boca, levantaba Mario la mirada que me penetraba con tan expresivos
ojos.
Controlando las vibraciones de mi cuerpo sometido por su
lengua, le toqué ambos hombros para pedirle en silencio que dejara de hacer lo
que hacía, indicándole que se sentara sobre mi pecho, con su pene hacia mi boca.
Me lo pasé entre los labios, dirigiéndolo hacia un lado y otro para disfrutar
ese miembro tan rígido y grueso, que supuraba abundante lubricante. Le besé la
cabeza, luego los testículos e inicié mi fellatio, que Mario recibió con el
rostro en un rictus de deleite. Tras darme el sabor de su miembro, Mario se
sentó sobre mi ingle, pasándome el culo por el pene. Mi miembro todo duro se
restregaba entre sus nalgas, sensible y sacándome gemidos. Mario se movía sobre
mí con soltura y con sus manos me apretaba los pectorales, tirándome los vellos.
- Quiero ser tuyo, Mario- Le rogué y le di la espalda,
ofreciéndole mi culo al que a tan pocos les había entregado.
Mario me pasó las manos entre las nalgas, acariciándomelas y
luego fue su lengua la que me hizo cosquillas entre medio. Cuando lo sentí de
nuevo sobre mí, con su pene surcando mis nalgas antes de la penetración, casi me
vine. Mario me besaba la espalda y el cuello, y yo me metía los dedos de su mano
derecha en la boca, besándoselos, lamiéndoselos. Todo un semental Mario se abrió
paso dentro de mí, metiéndome su masculinidad hasta el fondo y dándome un goce
como nunca había tenido. Mario se manejaba en el acto de poseer a otro hombre
como todo un maestro, sensibilizándome a tal extremo mis zonas erógenas, que una
electricidad sacudía mi cuerpo entero.
Quería verlo de frente y poder besarlo bien en la boca
mientras me hacía suyo. Cuando me lo sacó, me dolió el vacío que dejó dentro de
mí su poderoso órgano, pero ahora cambiada la posición y con las piernas bien
abiertas, volví a recibirlo dentro de mí. Me tenía abrazado contra su firme
cuerpo y en un espasmo de deleite tiré hacia atrás mi cabeza. Entonces en ese
extraño ángulo de visión me di cuenta que la puerta del cuarto en el que
estábamos, se encontraba abierta y en el umbral se estaba Don Emiliano, con los
pantalones bajados y la mano alrededor de su inmenso y semierecto pene. Esta vez
el grito que me salió no fue de gozo, si no del susto que me dio la escena que
había acabado de ver.
- ¡Qué mierda pasa acá!- Pregunté a gritos con Mario todavía
dentro de mí.
- Discúlpame, Julián.- Y se salió de entre mis brazos, con el
pene aún rígido, en dirección hacia su abuelo, quien había dejado su lugar donde
quizás cuánto rato estuvo apreciando el espectáculo que dábamos. Me quedé en la
sala de estudio, desnudo unos minutos y ya recuperado en parte del shock,
comencé a vestirme. Desde donde me encontraba no oía nada. El corazón me latía
con fuerza, más por la impresión, que por lo que habíamos estado haciendo hasta
antes que viera al anciano voyerista.
Ignoro cuánto tiempo transcurrió, pero estaba por irme,
cuando volvió Mario vestido con otro calzoncillo.
- Te pido perdón por lo que pasó. No era el momento adecuado.
- ¿Cómo puedes decir que no era el momento adecuado? ¡Esto no
es normal!
- Cálmate y te lo explico. Ya entenderás todo.
- No, no, quiero irme.
- ¿Te parece mejor si te tomas alguna agüita?
- ¡Qué agüita, ni nada! No puedo seguir acá.
Mario me tomó con fuerza de un brazo y yo totalmente
trastornado lo empujé, tirándolo al suelo. Se golpeó la cabeza con una de las
sillas del escritorio, pero al parecer no fue algo de gravedad, pues de
inmediato se levantó.
Salí corriendo y en dirección hacia la puerta, en el camino
había tomado mis cosas, me encontré con el abuelo de mi amigo.
- Julián, perdóname, no lo pude evitar. Desde donde me
encontraba los oía al tener sexo y entonces me volvió el deseo. No sabes cuánto
significa para mí ver un hermoso cuerpo varonil como el tuyo.
- ¿Usted cree que soy puto, que soy un degenerado como usted?
Quizás qué tipo de perversiones tiene con su nieto, pero sepa que esas cosas no
van conmigo.- Estaba gritándole todo histérico.
- No me malinterpretes.
- ¡Dudo que lo que usted hacía mientras Mario y yo hacíamos
el amor se pudiera confundir con cualquier otra cosa!- Me puse a reír de puro
nervioso.
- Tú no sabes la verdad.- Una lágrima le corrió del ojo
derecho por una mejilla. En realidad daba lástima su rostro compungido, no
obstante, yo no estaba para dialogar. Metros atrás de su abuelo estaba Mario,
que se había quedado paralizado durante mi discusión con don Emiliano. Ignoro
cómo, pero ahora estaba completamente vestido.
- Me voy de acá y no quiero nada contigo, Mario. Eres tan
sucio como tu abuelo. Cógetelo a él ahora. No quiero que te me acerques, me das
asco.
Fui lo más duro que pude con ambos, quizás por eso Mario, el
único hombre al que había llegado a amar y que en un dos por tres había roto mi
corazón, nada replicó a mis palabras.
Al otro día no me presenté a la universidad ¿Qué sacaba con
ello si además apenas había hecho mi tarea en casa de Mario? Igual llegué tan
trastornado esa noche a mi casa, que apenas me podía el cuerpo y la fiebre que
me tuvo en cama, no fue sólo una excusa para no ver a Mario. Dos días después me
visitó un médico y en parte exagerando mis síntomas, como también para salvarme
de la nota roja en la universidad, me conseguí licencia médica por dos semanas.
Le pedí a mi familia que a cualquier persona que me visitara, le dijera que no
podía atenderla, pues podía contagiarse. Ellos sabían que no era así, pero
respetaron mi decisión. Cuando llamaba al celular Mario, no le contestaba y la
vez que marcó desde otro número, le colgué de inmediato. Menos mal que nunca
llamó al teléfono de la casa. Me pasé gran parte de esas dos semanas en la cama,
llorando y sin ganas de nada.
De vuelta a la universidad evitaba estar cerca de Mario, lo
mismo en el gimnasio, por lo que fui bien tarde en la noche, en horario distinto
al suyo. Los compañeros y amigos de la universidad me preguntaban sobre qué
había pasado entre nosotros, que ya no nos hablábamos. "Disculpen, pero no es
asunto suyo" les contestaba. Respetuosos no siguieron jodiendo con su
preocupación y curiosidad. Mario, a diferencia mía, apenas se acercaba al grupo
íntimo que teníamos los dos, mejor para mí.
Era un día en que el cielo estaba encapotado y se desataba el
diluvio sobre Santiago, cuando apenas llegamos unos cinco alumnos a la primera
clase de la mañana. Varias calles estaban anegadas y apenas se podía pasar, pero
como yo vivía a sólo cuadras de la universidad, me fui con mi paraguas y mi
mochila sorteando como pude los grandes charcos. Mario era otro de los cinco
alumnos que estaban presenten, pues de seguro ya le habían de vuelto su
automóvil y no tenía mayores problemas para movilizarse. Ninguno del grupo de
amigos nuestro había llegado, así que los pocos valientes comenzamos a
dispersarnos, cuando nos dimos cuenta que el profesor ya no llegaría.
Yo me iba en dirección al casino para tomarme un café y
entonces desde atrás, me tocaron el hombro. Era Mario.
- ¿Qué quieres?- Le dije odioso.
- Hablar contigo. Creo te mereces una explicación sobre lo
que pasó la otra vez.
- No tengo nada que hablar contigo y tampoco quiero una
explicación. Lo nuestro ya terminó, lo que haya sido. Lo que teníamos murió en
la flor.
- Por favor, no me hagas más difícil esto.
- ¿Y acaso crees que para mí ha sido fácil todo este tiempo,
desde que me fui de tu casa?
- Por supuesto que no.
- Ha sido terrible para mí saber que el hombre al que amaba
tenía una relación incestuosa con su abuelo.
- No es así.
- Si estoy equivocado entonces, qué cresta pasó aquella vez.
Durante este diálogo, seguía lloviendo con gran intensidad y
a diferencia mía, Mario no llevaba paraguas, por lo que estaba por completo
mojado. Alrededor apenas se veía gente.
- Me duele mucho que me ignores.- Mario se acercó más a mí y
me abrazó.- Yo también te amo, Julián.
Cuando me abrazó y me dijo esto, toda la pena producto de lo
que había pasado regresó a mí, y bajé mis defensas. Mario seguía ceñido a mí y
estaba llorando. Es doloroso ver a otro hombre llorar. Estamos preparados para
consolar a los niños y a las mujeres, pero cuando es un hombre adulto el que
está sufriendo de esa forma, resulta incómodo. Hice lo que pude y le acaricié el
mojado cabello.
- Se está muriendo.
- ¿Quién?- Le pregunté.
- Emiliano.- No supe qué decirle, pero ya más sereno le
hablé:
- Acá hace frío y nos estamos mojando. Mejor vayamos adentro
del casino y allá podremos conversar tranquilos.
Como apenas había gente en el interior, fue sencillo
encontrar una mesa alejada para poder charlar sin tapujos. Con sendos cafés, nos
sentamos frente a frente.
- Emiliano se está muriendo, tiene cáncer y le quedan sólo
meses de vida, a lo máximo ocho.- Su voz ya era más serena, pero aún así la cara
de pena en él era tan grande, que sentí dentro de mí gran pesar.
- ¡Qué fuerte lo que me dices!- Me llamaba la atención que
ahora hablara sobre él por su nombre y no le llamara abuelo.
- Quiero contarte una historia, mi historia.
- Adelante, soy todo oídos.
- Tal como te relaté hace tiempo, soy huérfano de ambos
padres. Mis papás fallecieron en un accidente en auto, cuando yo tenía sólo
quince años. Ello venían de un casamiento en el campo y yo no quise ir, porque
preferí irme a la playa con un compañero de curso y su familia. Mis padres eran
toda la familia que tenía.
- ¿Y tu abuelo?
- Bueno, la verdad es que Emiliano no es mi abuelo. Él vivía
al lado de la casa de nosotros, era un vecino amigo que me conocía desde bebé,
pues era muy cercano a mi papá. Cuando se enteró de mi desgracia, me buscó en el
funeral y me ofreció todo su apoyo. En aquel entonces yo lo llamaba "Tío
Emiliano". La opción era irme a un hogar adoptivo o a una casa de acogida para
jóvenes, pero Emiliano me ofreció irme a vivir con él y usó todas sus
influencias para conseguir mi custodia hasta que cumpliera la mayoría de edad.
Mis padres me habían dejado una buena herencia y la casa que teníamos quedó en
arriendo, otorgándome mayores dividendos. Por otro lado, como ya sabes, Emiliano
tiene un muy buen pasar producto de sus negocios, así que para mí en cuanto a
asuntos económicos la vida siempre me sonrió.
"Durante un tiempo mi relación con Emiliano fue normal, lo
que se esperaba entre un muchacho en plena adolescencia que está aprendiendo a
vivir el luto junto a su tío adoptivo. Pero el sentimiento de soledad era muy
grande para mí, así que me fui acercando cada vez más a Emiliano, a quien tanto
admiraba como sentía una tremenda gratitud. Su buen corazón, no sólo conmigo,
sino que su inteligencia me cautivaban, hasta que un día me di cuenta de que lo
amaba. Por otro lado, él también, pese a su espíritu amistoso, era un individuo
muy solitario y entre medio de este sentimiento mutuo, nos reencontramos como
compañeros.
"Sé que te parecerá una relación enfermiza, que un hombre
soltero de 50 años, como fue en el principio y un muchacho que ya entonces tenía
16 años, iniciaran una relación amorosa y tuvieran sexo entre sí. Si se ve
mayor, es producto de su enfermedad. Yo cuando me di cuenta que amaba a Emiliano
y me entregué a él, ya había dejado de ser el niño que fui poco antes de morir
mis padres. Dejé de ir a fiestas y me dediqué casi por completo a mis estudios,
alejándome de mis amigos de mi edad, pues ya me parecían muy infantiles y
egoístas. Ya había tenido sexo con chicas y al menos unas dos parejas estables
con las que tenía sexo seguido. Por eso cuando Emiliano y yo nos tuvimos por
primera vez, yo ya sabía muy bien a lo que iba. No fue él quien se aprovechó de
mi inocencia y me sedujo, fui yo el que se acercó primero y le enseñó que el
amor también podía existir entre dos personas supuestamente tan distintas.
"No me arrepiento de nada.
"Hace un año atrás le diagnosticaron cáncer intestinal y pese
a que buscamos todo tipo de tratamiento, pese a todo el dinero gastado en los
mejores médicos y medicinas, el cáncer le ganó la batalla.
"Emiliano sabía que ahora sí me quedaría solo, por lo que me
alentó a buscar una nueva pareja, pero alguien noble de corazón, con quien
iniciar una nueva vida. Entonces llegaste tú. En la universidad apenas eras otro
más en la sala, hasta que un día en el gimnasio mientras entrenaba con Emiliano,
nos pusimos a hablar acerca de qué tipos del gimnasio nos atraían y entonces
Emiliano te indicó; sólo recién vine a darme cuenta que eras mi compañero de
curso y al verte todo sudado, sacando músculo y mostrando tu cuerpo tan
masculino, sentí deseos de conocerte mejor. La oportunidad no se dio hasta que
Emiliano viajó a África y ahí aproveché de tener una buena excusa para hablarte.
"Admito que al principio era pura calentura lo que me hacía
buscarte, pues además desde que a Emiliano le diagnosticaron cáncer, ya no
quería hacer el amor conmigo. Producto de sus temores, ahora sufría de
impotencia y se negó a consumir viagra. Entró en depresión. Ni siquiera quería
que yo lo penetrara. Yo quería llevarte a la cama de inmediato, pero me fui
dando cuenta que eras más que puro filete y preferí darme tiempo para conocerte
mejor.
"Durante mis llamadas telefónicas con Emiliano le hablaba de
ti y Emiliano comenzó a entusiasmarse ante la idea de que tú y yo nos
convirtiéramos en pareja, de ese modo Emiliano podría quedar tranquilo. Cuando
volvía por un tiempo de África, no parábamos de hablar de ti. No sé cómo fue,
pero una noche la idea de que estabas con nosotros desnudo, nos excitó a ambos y
por fin luego de meses con las sábanas frías, volvíamos a hacer el amor gracias
a la fantasía de que te nos unías. El sexo fue intenso como antes. Luego volvió
a irse a África para dejar cerrado y acordado por última vez sus negocios. Al
volver, se dio el momento propicio para presentarlos. En realidad no tenía claro
qué hacer con ustedes, pero algo sí era cierto: quería declararme a ti y
prepararte para contarte todo. En el mejor de los casos preguntarte si durante
el tiempo que le quedaba en este mundo a Emiliano, me ayudabas a cumplir sus
fantasías. Ya lo había conversado con Emiliano. Pero no todo resultó como
esperábamos, pues esa noche él creyó que ya te había confesado todo y como vio
la puerta abierta del cuarto donde estábamos, entró sin mayores tapujos.
"Los amo a ambos y no los quiero perder a ninguno de ustedes.
Cuando se vaya Emiliano, quiero saber que tendré alguien a cuyos brazos llegar,
que me consuele, que me quiera. Pero también pretendo que la nueva persona a
quien le entregue mi corazón, sepa respetar mi relación con Emiliano".
Cuando terminó su discurso Mario, mi café ya se había
enfriado y apenas me lo había tomado. Mario me miraba esperando mi respuesta.
Los deseos de irme de su lado fueron bien grandes, pero me contuve.
- ¿No me vas a decir nada después de todo lo que te he
contado?
- Es que no sé cómo reaccionar.
- Dime la verdad ¿Aún me amas?
- Sí.
- ¿Lo pensarás? ¿O acaso esta es la despedida absoluta?
- Voy a meditar bien sobre lo que me has dicho.- Y como
apenas podía permanecer en presencia de Mario, logré pararme y me fui sin
despedirme. Mario no se levantó para ir tras de mí, pues se quedó en su puesto
como un estoico.
El día en que ocurrió esto fue un viernes y ya el domingo
después de almorzar lo llamé por teléfono.
- Ya reflexioné bien lo que hablamos la otra vez.
- ¿Y?- Era evidente en su tono de voz la expectación ante lo
que le iba a decir.
- Que sí.
- ¿Qué sí qué?
- Que quiero compartir mi vida contigo y estoy dispuesto a
hacer más dichosos los últimos días de Emiliano.
Horas después estaba por segunda vez en el precioso
departamento de Mario. Emiliano muy solemne estaba sentado en un sofá cuando me
hizo entrar mi futuro novio. Apenas vi al primer gran amor de Mario, le di un
estrecho abrazo y le pedí perdón por todas las cosas horribles que le dije.
Tenía seca la garganta y me controlé para no llorar, pero al rato ya estábamos
riendo los tres como si nada malo hubiera pasado entre nosotros.
Ya más en sintonía, cuando las miradas cómplices se pasaban
del uno al otro, nos fuimos a la pieza que Emiliano y Mario compartían. Una gran
cama de agua destacaba en medio de todo. Cada uno se fue sacando la ropa, hasta
quedar completamente desnudo. En cueros, Emiliano no era tan desagradable como
me lo había imaginado, pero aún así no me atrevía a mirarlo directamente en su
desnudez. Era bien peludo eso sí y todavía conservaba varios vellos sin
encanecer, especialmente en el vientre, que no era tan flácido como creía, y en
el pubis. Era delgado, pero no al punto que delatara su enfermedad. Los estragos
del cáncer se percibían en sus grandes ojeras y en el aspecto cetrino de su
cara, pero igual seguía siendo el galán maduro que conocí en el gimnasio tiempo
atrás. En cambio ver de nuevo a Mario sin ropa, era para mí todo un espectáculo.
Saber que volvería a tenerlo, piel contra piel, en mis brazos, recibir sus
caricias y besos, amarlo con mi cuerpo, me alentaba a hacer lo que nunca antes
había hecho: un trío.
Mario se quedó entre medio de Emiliano y yo, quienes
comenzamos a besarlo por todas partes. Emiliano atendía su boca, yo pasaba la
mía a través de su espalda, inundándome de la fragancia de su carne masculina,
perfumada por Carolina Herrera y su propia excitación. Me deleité en verle bien
por primera vez su blanco trasero, totalmente lampiño como el de un bebé, al que
le pasé la lengua varias veces. Emiliano seguía besando a su "nietecito", a
quien le había agarrado el miembro para masturbarlo. No quería ver a Emiliano,
tampoco deseaba mucho tocarlo, ni que me tocara, sin embargo con el rabillo del
ojo vislumbré una erección bastante considerable que tenía entre las piernas y
por momentos pensé qué tan satisfactorio podía sentirse esa herramienta dentro
de mí. Quizás producto del deseo del momento, podía permitirme sentirlo en mi
interior, más ahora que quería poseer a Mario. Qué más daba, le daría mi cuerpo,
si él quería, mientras yo le hacía el amor a Mario. Podría llegar a disfrutar la
sensación de penetrar y ser penetrado a la vez.
Emiliano se puso a mamar de Mario, quien se quejaba feliz al
sentir esa lengua que sorbía de él, así que yo aproveché de besarme en la boca
con mi amor. Besaba tan bien Mario, que se me puso más duro y las ganas de
poseerlo aumentaron. Mientras uníamos nuestras bocas, labios y lenguas jugosas,
Mario me presionaba una tetilla, dándome más placer; luego era su lengua la que
cubría esa tetilla, haciéndome gemir y para mi sorpresa más abajo, Emiliano me
la mamaba que era un primor (si lo chupaba tan bien, entonces cómo debía
manejarse en otras artes de la seducción masculina). Ahora era yo el centro de
atención.
Nos fuimos los tres a la cama. Yo entre medio. Delante de mí
se encontraba Mario, quien me pasaba la lengua por el cuello, abrazándome y
rozando mi sexo contra el suyo, calentándome cada vez más. Por detrás se
encontraba Emiliano, que me punteaba lúbrico el trasero, a la par que me lamía
la espalda. Ser el objeto del deseo de dos hombres a la vez, era magnífico.
Cuatro manos cubrían mi cuerpo por completo, descubriendo cada una de mis zonas
erógenas. Mi propio pene se había convertido en piedra al entrar en contacto con
la roca al rojo vivo que poseía entre sus piernas Mario. Ambos falos se
cocinaban en sus caldos con cada frotación violenta. Detrás el miembro de
Emiliano no se quedaba atrás y me presionaba las nalgas dejándome más extasiado.
Pese a mis ganas, no fui el primero en poseer aquella vez a
Mario, fue Emiliano quien muy experto se echó sobre él y abriéndole las piernas
con una bestialidad impresionante. Emiliano se hundió con agilidad, hasta que
una vez que lo tuvo todo dentro, Mario arqueó hacia atrás la cabeza en un
arranque de desenfrenado gozo. Yo me puse de rodillas a la altura de Mario para
darle mi pene, que me pedía goloso. Mario se agarró a él y no había como
sacárselo de encima. Tuve que suplicarle que no fuera tan rápido o si no
acabaría inundándole la boca de todo mi semen contenido hasta aquel momento. Me
encontraba tan acalorado, que no supe cómo, cuando todavía siendo mamado por
Mario, me puse a besar con furor a Emiliano, pasándole a la vez una mano por el
culo y metiéndole un dedo en él.
- Ahora te toca a ti poseerlo.- Me dijo Emiliano con una cara
de sátiro que me puso más ardiente.
Mario seguía en la misma posición, con las piernas extendidas
hacia arriba y ofreciéndome su exquisito culo. Me tiré hacia sus brazos y
comencé a pujar para probar por fin esa delicia que era su trasero. Mientras
entraba en Mario, nos besábamos con locura. Tras mío, Emiliano me besuqueaba los
cachetes, así como me pasaba la lengua entre medio. En realidad quería que me lo
metiera y al parecer me leyó la mente, pues al rato estaba sobre mí Emiliano,
que con su carajo me hacía suyo. Ahora estábamos unidos en una mezcla de carnes
y fluidos que ya nada nos separaría, hasta la muerte.
El tiempo no existía con nosotros en la cama, así que ignoro
cuándo había pasado para que nos pusiéramos de lado, follando en trencito,
continuando nuestro disfrute. Yo fui el de la idea de que nos diéramos vuelta,
así que todavía de lado, penetré a Emiliano, mientras que recién Mario me daba
otra vez su divina virilidad, que me horadaba las entrañas que era un primor.
Con mi mano yo masturbaba a Emiliano, que se agitaba entre mis brazos, que por
un momento me asusté, pero luego me di cuenta que era producto puro del placer
del sexo.
Hace rato ya que veía con otros ojos a Emiliano, su cuerpo ya
no me espantaba y hasta me costaba creer que ese macho con el que estaba
cogiendo tan rico, tuviera más de cincuenta y que más encima estuviera
muriéndose. Como decían los del Renacimiento, Carpe Diem. Pedí a
Emiliano que se pusiera en cuatro, para metérselo de esa forma. Mario se paró
sobre la cama y me puso en la boca todo su miembro, que lo sacó de mi culo
echando chispas. Para controlar mi orgasmo, se lo hice despacito a Emiliano,
sacándolo todo y luego entrando de nuevo en una coreografía erótica que Mario
también me acompañó al hacer lo mismo con su verga dentro de mi boca. Ahora veía
mejor la herramienta de Mario, blanca, de poderosos testículos rosados que
colgaban entre sus piernas como un racimo de la más pura cepa; con una mano se
los estrujaba para que se deleitara mejor.
Antes de acabar, quería que Mario me volviera a poseer. Me
eché sobre mi vientre, con mi cabeza entre las piernas de Emiliano, de modo de
saborear con la lengua ese falo que mi culo ya había probado y aprobado. Cuando
sentí todo el peso de Mario sobre mí y cómo se retorcía su ingle en medio de mi
culo para follarme otra vez, casi le mordí el glande a Emiliano. Es que ya no
podía soportar tanto placer sobre mis diversas terminaciones nerviosas. Mario
entraba y salía con un dominio tal, que mis entrañas se sobrecogían ante tanta
presión. El cuerpo me sudaba copiosamente y ya las manos se me agarrotaban ante
el clímax que de a poco se hacía venir.
- ¡Quiero que acaben los dos en mi boca!- Grité convertido en
el esclavo sexual de mis compañeros de cama.
Me senté otra vez sobre mis rodillas, corriéndomela a gusto y
con la otra mano llevando las vergas a mi boca, chocando los glandes al tratar
de entrar los dos a la vez. Abrí al máximo la boca y pude tragar ambos falos. El
semen de los dos machos salió en torrente, explotando dentro de toda mi cavidad
bucal. No sacaron sus penes hasta que sus huevos se vaciaron dentro de mí.
Cuando ya no podía más, eyaculé mi propia leche que cayó sobre la cama como si
un geiser hiciera ebullición.
Nos quedamos dormidos, abrazados en posición cucharita hasta
entrada la noche.
Emiliano era un buen amigo y un excelente amante. No lo
amaba, pues ese sentimiento era para Mario. De lunes a viernes dedicaba mis
horas a la familia y los estudios, los fines de semana eran para mis dos amigos.
En los feriados, si no tenía compromisos con mis padres y hermanas, me iba donde
Mario y Emiliano para disfrutar lo que nos quedaba de tiempo juntos. Así fue
hasta que diez meses después, un poco más de lo que habían previsto los
doctores, a Emiliano comenzó a apagársele la vida. De que fue triste, lo fue,
pues en mi corta existencia nunca había sufrido la muerte de un ser querido; en
cuanto a Mario, estaba mucho mejor preparado que yo. El último día en su cama
del hospital, estábamos los tres reunidos en su habitación y Emiliano nos pidió
a los dos que le diéramos nuestras manos, para apoyarla sobre su pecho.
- Gracias, Julián por devolverme este último año la juventud.
Gracias por llegar a la vida de mi amado Mario.
Mario lo besó en la boca con los ojos empañados y yo me quedé
parado, con la vista nublada y un amargo sabor en la garganta. Entonces Emiliano
expiró.
Luego del funeral, regresamos contentos al departamento,
sabiendo que Emiliano se había ido feliz y que nosotros habíamos contribuido a
ello. Desde aquel día, ese era mi nuevo hogar.