Mi amado esposo acabó dándome la razón, aun sin estar del
todo convencido y yo cada vez me sentía peor, hubiera preferido que me gritara y
que me insultara, era lo que me merecía. Salimos de la cocina y nos sentamos en
la sala junto a los demás y para la sobremesa. De nuevo toda mi atención estuvo
enfocada en el negro, por más que lo intentaba no lograba desviarla de él.
Pronto estuvo rodeado por mi hermana y por mi mientras nos contaba una divertida
anécdota, a Fer lo molestó mucho. Por otro lado Marvin sacó unas botellas de
wisky y las puso en el centro, sabía que así sería como drogarían a mi esposo.
Oportunamente Lucía se despidió poco después, lo que nos
alivió a Fer y a mi, pero también nos inquietó pues ahora no habría nada que
pudiera reprimir al amo. Aparte, a mi me rompió el corazón pues a ella tampoco
la volvería a ver, y por la premura de los preparativos no pude despedirme ni
nada. Así continuó la noche, Fer se veía molesto pues miraba a su esposa riendo
a carcajadas al lado de Davidson, entretenida y alegre. Eso hizo que se
descuidara y tomara unos pocos tragos del licor que le ofreció Marvin, pronto la
droga comenzó a hacerle efecto hasta dejarlo en un estado de profundo letargo,
ya no se movió del sofá, al contrario, se hundió en él y empezó a dormitar.
No pude evitar verlo allí, totalmente indefenso y ajeno a lo
que estaba pasando a su alrededor, ignorante del calibre de perra en que se
había convertido su castísima esposa. Entre los chistes y las risas que
provocaba las bromas de Davidson sentí ganas de llorar, el fin estaba cerca y lo
mejor es que él no lo viera llegar.
Sin ser notada me puse de pié y subí a mi habitación, saqué
un papel y un lápiz y me legué a escribir mi carta de despedida. No pude
evitarlo, comencé a llorar…
"Amor… aquella primera noche que fui suya le ofrecí
algo. Le pedí que ayudara a mi hijo, que le devolviera su cuerpo, que
pudiera caminar y correr otra vez. Y lo hizo… cada día se encuentra
mejor, cada día nos sorprende con algo nuevo, y ahora sé que se va a
recuperar por completo. Y mientras tanto él me estuvo poseyendo todos
los días sin excepción, por las mañanas, cogiéndome como se coge a una
puta, usándome como se usa a una perra viciosa y adicta, humillándome
como solo se puede humillar a una esclava. Su verga descomunal y sus
huevos enormes me enviciaron de sexo y me pervirtieron… me convirtió en
lo que soy ahora… y aunque me carcomen los remordimientos yo sé que no
podré volver atrás nunca, he cruzado una puerta por la que jamás debí
cruzar.
Me ha llegado el momento de pagar así que hoy voy a
terminar de entregarme a él. Este día, y por todo el tiempo que él lo
deseé, voy a ser suya para lo que quiera, seré su esclava, su perra, su
cerda… su mujer, lo que él quiera. Seré una noble bestia, un animal
salvaje y hermoso para que disponga de mi, como mi amo, como mejor le
plazca. Por favor mi amor, no me busqués que yo ya no volveré más, te lo
ruego. Cuidá de nuestros hijos, velá porque lleguen lejos y sean hombres
de bien. y recordá por favor, que esto lo hice por el amor que una madre
le tiene a su hijo… y recordá que siempre te amaré…".
Rompí en un llanto incontrolable, un dolor en el alma como
jamás había sentido antes. Era el fin, ahora lo podía sentir sobre mi piel,
podía ver las noches de soledad, de tortura y de lujuria que me esperaban, pero
también podía ver a mi hijo corriendo, a mi hija convirtiéndose en una mujer de
bien, casándose… y a mi esposo feliz en brazos de otra mujer, eso era lo único
que me daba fuerzas y me hacía seguir adelante.
Me obligué a ponerme de pié y a calmarme, dejé la carta
debajo de la almohada, tomé una frazada y bajé, cubrí a Fernando con ella, le
acaricié el pelo y la cara y lo besé con ternura y amor, probablemente sería el
último beso que le daría al amor de mi vida. Luego volteé hacia donde estaban
los demás, estaban en silencio, viéndome con atención, el negro sonreía con
arrogancia y suficiencia.
¿Está hecho perra?
Si… creo… ya está dormido…
Muy bien…
¿Debo preparar maletas amo?
No veo para qué… bueno, talvez la ropa que Marvin y la
señorita Godínez le dieron.
Bueno…
Pero espere Pamela, todavía no me apetece que nos
retiremos…
¿Cómo dice?
Quiero divertirme un poco más… la velada estaba siendo
magnífica, ¿no le parece?
La canción terminó y Marvin se acercó al equipo para cambiar
el disco, vino entonces un breve momento de quietud, suficiente para que de
nueva cuenta bajara sobre mi toda la amargura de ese momento. Me di la vuelta y
me quedé viendo las flores de mi jardín interior.
Usted tiene el mejor culo del mundo. – me dijo el negro,
me puse roja – De hecho señora, es un culazo que está para comérselo. –
logró sacarme una tímida risa de azoramiento.
Se me acercó por detrás, yo bajé la cara y los ojos y sentí
cuando me pegaba su entrepierna al culo y me abrazaba por la cintura. Empezó a
acariciarme la base de las tetas, despacio y con firmeza para hacerme sentir sus
dedos sobre mis carnes. Decidí encararlo y me di la vuelta…
¡Pare Amo, mi esposo está aquí!
¿Y?… eso lo hace más emocionante para mi… – me respondió.
Me soltó y me di la vuelta de nuevo, pero él me pegó una
brusca y durísima nalgada, me dio la vuelta y me pegó a su cuerpo. Era inútil
forcejear, mi metro y medio era una menudencia frente a su metro 90, además,
nunca lo hubiera hecho ni aunque hubiese podido. Me agarró del culo y me levantó
en vilo, mis hermosas tetas le quedaron a la altura de la boca y él me las
empezó a lamer y morder por encima de la blusa. Me soltó y me dejó de pié frente
a él, estaba agitada, mi pecho se inflaba y desinflaba al compás de su
respiración acelerada. Mientras tanto, el negro maldito se había sentado en el
sofá grande.
Siéntese en mis piernas perrita, – me dijo palmeándose
las rodillas y mirándome fijamente – se le nota que está caliente y que
quiere verga… es una perra picarona Pame.
Cerré los ojos y suspiré, terminé por aceptar mi destino, de
todas maneras ese hijo de puta me tomaría en donde quisiera, por las buenas o
por las malas. Me le acerqué mimosa y me senté en una de sus rodillas, Davidson
esbozó una sonrisa de triunfo y se la dirigió a mi marido, que aun se hallaba
inerte y drogado en su sofá.
¿Ya ve?, sé distinguir perritas calientes y viciosas de
lejos. Dígame, ¿qué quiere que le haga? – no le respondí, pero no pude
ocultar una sonrisa que aparecía de pronto en mis labios.
Davidson, con facilidad y soltura me agarró de las nalgas y
me giró sobre su rodilla, poniéndome de frente a él con las piernas abiertas y a
ambos lados de su poderosa humanidad. Dejé que me manipulara sumisamente
aferrándome a su cuello, estaba rendida y totalmente entregada, ardía de ganas
por ser cogida.
Me abrió la blusa y me quitó el brasier, mis pequeñas y
hermosas tetas no tardaron en ser atrapadas por sus gruesos labios, me las chupó
como un niño de pecho. Los ojos se me cerraban sintiendo su boca recorriendo mis
pezones, jaloneándomelos y hasta mordiéndomelos. Yo le agarraba la cabeza y le
acariciaba la nuca, empujándolo más hacia mi cuerpo para sentirlo más y mejor.
De pronto me soltó las chiches y subió la cabeza, nos besamos despacio y con
ternura, acariciándonos con labios y lengua… como solo besaba a mi marido. Y
cuando recordé que él estaba detrás de mi, me sentí enloquecer, jamás pensé que
tenerlo detrás, con la posibilidad de verme rendida en brazos de ese hijo de
puta me pudiera dar tanto morbo, ¡qué sucia perra era ya, gracias a Dios
Fernando estaba drogado!
¿Dígame qué soy perrita, dígame quién soy?
Es… es… es un gran macho…
SU macho…
Si… mi macho…
Muy bien, ya entendió… ahora va a bajar de mis rodillas y
me la va a mamar… si lo hace bien talvez la recompense.
Bajé lentamente de su regazo y me puse en cuclillas,
quedándome así esperando. El negro se abrió la bragueta y sacó su monstruosa
verga negra como el carbón, surcada de venas y tan larga y gruesa como un
pepino. La agarré, le bajé el prepucio y la llevé a mi boca, empecé a mamarla
impetuosamente con un gran placer de mi parte. Bajando hasta sus enormes huevos
y luego subía hasta el glande, tragándomela hasta la garganta. Davidson me
agarró del pelo y elevó las caderas, me ordenó que le chupara el culo y yo
obedecí. Empecé a pasarle la lengua en su oscuro orificio, ensalivándolo
abundantemente y haciendo un sucio, pero excitante, chapoteo. Me detuve cuando
me levantó rudamente del pelo.
Bien perrita, muy bien…
¡Cójame por favor! – le dije casi suplicándole – ¡Por
favor, Amo!
¿Querés que te coja? ¿Qué tanto lo deseás perra?
¡Mucho, lo necesito… quiero que me haga su mujer por
siempre, quiero ser su hembra, su puta, su perra, su esclava! ¡¡HARÉ LO QUE
QUIERA, LO QUE ME PIDA!! – y empecé a lamerle la verga de nuevo como una
poseída.
Se puso de pié rápidamente y me levantó, me bajó el pantalón
y me arrancó el calzón, dejando expuesto mi sexo y mi culo perfecto. Me tomó de
las axilas y me elevó como si no pesara nada (para alguien como él debía ser
así), dejándome caer sobre su monstruoso órgano, invadiéndome de una sola y
dolorosa estocada.
¡¡¡¡AAAAAAAAGGGGGHHHHHHH!!!! – grité, obligándome a
callar para no hacer escándalo.
Inicio a cogerme como un toro desbocado, sentía que me iba a
partir pero igual me limitaba a gemir lo más calladamente que podía y a gozar.
Respiraba entrecortadamente y le pedía más, que no se detuviera, que me diera
con furia, que me hiciera de su propiedad por siempre. Me dio así por unos 10
minutos, haciéndome saltar en el aire para calvarme al dejarme caer, a veces ni
siquiera llegaba a bajar, sus golpes de cadera eran tan fuertes y veloces que me
mantenían en el aire. Alcancé el orgasmo casi al inicio, apenas logré controlar
mis gritos entrecortados, y no paré durante todo el lance, era un placer tan
extremo como nunca había experimentado. Incluso la humedad de mi sexo era
también exagerada, mis jugos se salín de mi vagina en largas líneas.
Sonriendo y riendo con autosuficiencia e infinita soberbia,
el negro me soltó y me dejó caer, pero yo ya estaba perdida de caliente, así
que, sin que me lo pidiera me arrodillé, le agarré la talega y empecé a
lamérsela por todo lo largo, limpiándosela amorosamente de mis propios jugos.
¿Quiere seguir perrita? – me preguntó sabiendo de
antemano la respuesta.
Si… ¡me muero por seguir!
¿Y su marido? – me preguntó de nuevo con una torva
sonrisa en los labios, a mi se me fue la sonrisa de excitación.
Fernando no puede ver lo que estamos haciendo… ¿verdad?…
– volteó a ver a Marvin.
Le dimos una droga hipnótica fuerte en su bebida… aunque
tenga los ojos abiertos no está viendo nada porque su mente vuela por otros
mundos. Mañana no se acordará ni de lo que soñó, no se preocupe señora… –
contestó este.
Entonces – proseguí – siga partiéndome con su vergota
Amo, que me he hecho adicta a ella.
Su marido ni se imagina todo lo que has estando haciendo
a sus espaldas estos 2 meses, ¿verdad Pamela?
No… no tiene ni idea… ¡¡PERO VAMOS QUE YA NO AGUANTO LA
PUSA!! – ni mi dolor ni mi humillación tenían límites, Pamela se había
estado viendo con ese hombre todos los días durante los últimos 2 meses y yo
ni me lo imaginaba.
Pero vamos a su habitación perrita… me apetece cogerla en
la cama que comparte con su marido. No sé… lo siento estimulante.
Para él talvez era estimulante, pero yo no quería que me
cogiera en el lecho en donde había hecho el amor tantas veces con mi marido, en
donde había concebido a mi hijo. Pero no le podía decir que no a nada, era mi
amo, además estaba ardiendo y necesitaba que me siguiera cogiendo cuánto antes…
y deseaba, por último, que todo esto llegara a su fina lo más rápidamente que
pudiera.
Me puse de pié y comencé a caminar hacia arriba, a mi
habitación, el amo se quedó atrás, me veía con atención, avanzando desnuda y
contoneando las caderas obscenamente. Entré y me quedé frente a mi cama… mi
cama, en donde tantas noches de pasión pasé al lado de mi esposo. Pero esa noche
ese lecho sagrado sufriría la deshonra de verme convertida en una cosa, una
perra sucia y asquerosa.
Impulsada por una fuerza extraña abrí mi armario y revolví
hasta encontrar una vieja maleta en donde mantenía oculta la ropa que Marvin y
Elisa me habían dado. Sin pensar en lo que hacia, actuando como una especie de
zombi, me puse una escueta tanga blanca que se me metía por todos lados y un
collar de perra, rosa, con una plaquita de plata. Así lo esperé, con la cabeza
clavada en el suelo y sentada en mi cama. Él llegó poco después, se me quedó
viendo satisfecho y se desvistió, tomando luego asiento en una silla. Entró
también el otro hombre, el tal Orlando, y al igual que el amo se desnudó, me
imaginé lo que planeaban hacer conmigo, me poseerían entre los 2.
Pero no tuve deseos ni fuerza mental para preocuparme, mi
sexo empezó a latir con fuerza y a arder. Aparte, me hallaba perdida en el
impresionante físico del negro, un Dios de ébano, digno de un mister olimpia.
Marcaba cada uno de sus desarrolladísimos músculos y no mostraba ni asomo de
grasa. Era una máquina de sexo que exhalaba una abundante sensualidad masculina.
No tuvo que decirme nada, ya sabía perfectamente lo que tenía
que hacer. Me levanté y me puse de rodillas frente a Orlando, un hombre alto y
de cuerpo delgado pero marcadísimo, blanco y rubio, con una verga impresionante
pero no tanto como la del amo. Se me acercó y me puso su pene parado y belicoso
enfrente, inmediatamente lo devoré como una perra caliente y golosa. Rodeé su
glande con los labios, lo acariciaba con mi lengua y lo succionaba
vigorosamente. Me lo metía hasta donde podía, ensalivándolo y saboreándolo con
intensidad. Al mismo tiempo me asía del pelo como si fueran riendas y movía las
caderas para meterle la verga más profundo.
Por mi parte tampoco perdía el tiempo, con una mano me
frotaba con fuerza el sexo y con la otra hacía lo mismo con el culo del hombre,
colando adentro mis deditos para acariciarle el ano. Eso le encantó a Orlando,
lo oía resoplando y respirando agitadamente, de pronto me agarró con más fuerza
del pelo y me obligó a meter la cara por debajo de él para lamerle y besarle el
culo. Yo lo hice, y tanto le gustó que se dio la vuelta y se inclinó sobre la
cama, parándome y ofreciéndome el culo. Yo le separé las nalgas y metí la cara
entre ellas, le di un beso negro que lo hizo alucinar. Le lamí de arriba abajo,
ensalivándoselo todo, metiéndole la lengua tanto como podía como si me lo
estuviera cogiendo y él cerraba los ojos entregado a un goce increíble.
Necesito que me cojas ya… rómpame en mil pedazos, hágame
suya… vióleme como quiera… – le dije, deteniéndome y poniéndome de pié e
inclinándome sobre la cama de espaldas a él con las nalgas abiertas.
El tipo se me colocó detrás y me dejó ir su gran falo de una
sola estocada, entró con facilidad por lo mojada que estaba. Pegué un largo
gemido y un profundo suspiro y me tendí por completo en el colchón. Sus
poderosas embestidas no se hicieron esperar.
¡¡¡¡AAAAGGGGHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAGGGGHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAGGGGHHHH!!!!
¡¡¡ORLANDO, ORLANDO, CÓJAME, CÓJAME DUROO!!! ¡¡¡¡DUROOOOOOOGGGGGGHHHHH!!!!
Ese hombre me puso a gemir roncamente con la cara metida en
el colchón, entre largos le pedía más, que me diera más duro. Y cuando mi cuerpo
fue invadido por fuertes estertores que tensaron al máximo todos mis músculos
grité, chillé, aullé y mugí a todo pulmón mi clímax, con los ojos abiertos y
desorbitados. Luego me dejé caer sobre la cama rendida mientras Orlando me
seguía clavando desde atrás.
Estaba rendida, agotada y extasiada, entregada al siervo del
Amo como una verdadera esclava. De repente sentí que Orlando me metía dedos
entre el culo tras haberlos lubricado con los jugos de mi sexo mientras
continuaba penetrándome. Mi excitación creció de nuevo, yo paré la cola y me
preparé, si quería encularme que lo hiciera, total, para eso estábamos allí.
Rápidamente mi muy usado ano ya daba bastante de si, así que me sacó la verga de
la vagina y la colocó sobre la otra entrada, comenzó a empujar, yo me aferré con
fuerza a las sábanas y cerré los ojos, poco a poco ese ariete me fue atravesando
el recto, haciéndome sentir cada una de sus venas, cada cm. de su dura barra de
carne. Y aunque dolió, no me opuse ni protesté, estaba a su disposición.
¡¡¡¡AAAAAAAOOOOOOOGGGGHHHHH!!!! – gemí.
Orlando me sodomizó por más de media hora, sin cuidados ni
delicadezas, frotándome el sexo y sin detenerse. Yo gocé como loca, sus dedos me
arrancaron más de 3 orgasmos que celebré a gritos, al final quedé casi desmayada
Tome su mano perra, límpiesela con la boca… – ordenó
Davidson y Orlando llevó su mano a mi cara, se la limpié con la lengua y me
tragué mis propios jugos.
Aun dentro de ese estado de éxtasis descontrolado, Orlando me
puso boca arriba con mis piernas sobre sus hombros y me penetró, mi conducto
anegado se tragó entera su estaca. Inició una nueva y ruda cogida, buscaba
hacerme sentir su falo caliente dentro de mis entrañas y lo logró. Me decía al
oído que era una perra maravillosa, la puta más caliente que conocía, y otras
cosas que lejos de insultarme me enardecían más, pues en segundos volví a acabar
a gritos…
¡¡¡OOOHHHH!!! ¡¡¡AAAAHHHHHH!!!
¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAGGGGGGGGMMMMMMM!!!! – estallé con furia y esta vez si quedé
medio muerta, por un rato no supe más de mi.
Acabe de una vez Orlando, o nos me va a dejar nada… –
escuché todavía que le dijo el amo.
Orlando se salió de mi y se empezó a pajear con fuerza hasta
que acabó a chorros sobre mi cuerpo moreno y empapado, me llenó de su blanca
esperma de pies a cabeza. Entonces el Sr. Davidson tomó su lugar…
La verdad no sabría decir a ciencia cierta qué fue lo que me
hizo ni durante cuánto tiempo, pues aparte de que ya estaba totalmente agotada
físicamente, estaba tan caliente y excitada que ya ni podía pensar con claridad.
Dije una vez que esos desgraciados me mantenían tan caliente que no podía
concentrarme mucho en mis diarios quehaceres. Cada día me era más difícil
razonar las cosas, cada día me era más duro tratar de poner fría la mente, pues
vivía en una calentura que parecía ser eterna y que me trastornaba. Je, ojalá
pudieran ver como estaba meses después de irme con el negro, estaba
irreconocible, hasta parecía retrasada mental.
Solo me recuerdo pegando de alaridos de placer puro y frío,
el amo me llevó hasta el paroxismo. Me recuerdo suplicándole por más, rugiendo
roncamente, llamándome puta y perra a mi misma, totalmente fuera de control.
Acabó quién sabe cuánto tiempo después de haber empezado, me dejó tirada en el
piso frío, cubierta de sudor y de semen, con cada orificio de mi cuerpo abierto
e inflamado, casi en carne viva, con numerosas y muy visibles marcas surcándole
toda la piel.
Él bajó antes que todos, esbozando una maligna y cáustica
sonrisa. Ruth y Orlando se quedaron conmigo preparándome para irme con ellos,
tomaron la maleta con mi ropa de puta y él me tomó de la cadena y así bajamos,
yo a 4 patas, mi esposo aun se hallaba en el mismo sillón en que lo dejamos. Por
un momento me vi a mi misma como una auténtica perra de raza, llevaba la mirada
perdida y mi boca babeaba .
Bueno perrita, velo por última vez… ahora vámonos… – me
dijo el Amo, devolviéndome a la realidad… esa era la última vez que ver a mi
esposo.
¿Puedo… puedo despedirme Amo? – pregunté como una
súplica.
Mmmm… bueno, supongo que es justo, aunque de todas
maneras no te va a escuchar.
Mi vida – le dije a punto de llorar – esto lo hago por
amor a ti y a nuestros hijos… te amo Fernando, te amo como nunca volveré a
amar jamás… – Davidson no me dejó decir nada más, me tomó de la correa y me
llevó de allí para siempre, me fui con él con total mansedumbre, pero sumida
en la desesperación y la impotencia.
Hay mucho más que contar amigos, pero mi historia llega a su
fin en este momento, aun trato de olvidar muchos de los recuerdos que tengo de
mi cautiverio, que fue largo y muy duro. Quiero darles las gracias por haberme
acompañado en este recorrido… quien sabe, talvez nos volvamos a ver más
adelante…
FIN.
Garganta de Cuero.
Pueden mandarme sus comentarios y sugerencias a mi correo
electrónico, con gusto los leeré y contestaré.