Los tortolitos alemanes
Esta historia sucedió el verano pasado. Me presentaré: me
llamo Julio, tengo 18 años, y cuando pasó lo que voy a contar yo estaba de viaje
de fin de bachillerato con los chicos de mi instituto. Fuimos a Mallorca, a un
hotel del norte de la isla, y la verdad es que lo estábamos pasando muy bien.
Éramos un tropel de chavales adolescentes, con muchas ganas de juerga y, por qué
no decirlo, de sexo. Viajábamos chicos y chicas, y yo esperaba poder "mojar el
churro" por primera vez, porque hasta entonces lo más a lo que había llegado
había sido algunos besos de lengua con alguna chica y algún toqueteo de tetas
por encima de la ropa. Ni que decir tiene que me mataba a pajas pensando en el
momento en el que, por fin, pudiera metérsela a alguna de mis compañeras.
El caso es que aquel viaje cambió sustancialmente mi vida,
como ahora veréis. El segundo día de nuestra estancia en el hotel, al salir del
restaurante tras almorzar, me di de bruces con un chico algo mayor que yo, como
de 22 años o así, y el muchacho se disculpó en lo que me pareció era alemán. Me
fijé un momento en él: era alto, agradable de aspecto, atractivo, con pelo negro
ligeramente ensortijado y ojos claros. Pero lo que me llamó la atención es que
me pareció intuir eso que en España llamamos "pluma", un mínimo amaneramiento
que apenas era perceptible; el caso es que, inmediatamente detrás de él iba otro
muchacho, éste rubio, también alto y guapo, y el primero se volvió hacia él y le
dirigió una sonrisa encantadora, a la que el "blond" respondió con un casi
imperceptible guiño. En ese momento pensé: estos tíos parecen maricones.
No le di más importancia al tema, como os imaginaréis, porque
yo estaba a lo mío, la juerga y estar ojo avizor por si podía agenciarme un
chochito que visitar por primera vez. Pero aquella noche los volví a ver en el
restaurante: estaban efectivamente solos en una mesa, no había ni rastro de
novias o amigas, y la actitud de ambos, sin ser llamativa, sí se veía muy
afectuosa. A partir de ahí confieso que me entró cierta morbosidad no sólo por
confirmar lo que me parecía evidente (aunque los chicos eran muy discretos y
nadie podría recriminarles nada en su comportamiento), sino por saber qué es lo
que se suponía que hacían los maricones entre sí. Hombre, yo tenía alguna idea,
como es lógico: no nací ayer. Pero una cosa es saber más o menos lo que hacen y
otra verlo en directo, y aquellos dos, la verdad, me estaban empezando a mover
la curiosidad.
Empecé a fijarme más en ellos, a verlos en la piscina, donde,
aunque con recato, siempre procuraban tener algún tipo de contacto físico: que
si se ponían crema, que si se ponían a hacer como si se pelearan de broma, que
si no perdían ocasión para rozarse cuando estaban en el agua… En fin, que me
estaban confirmando, sin ellos saberlo, que los tíos formaban una pareja de
homosexuales.
La tarde del tercer día pensé que sería bueno tomar una sauna
en el hotel. Nunca había estado en una, y allí me lo ponían fácil, era
razonablemente barato y me apetecía probarlo. Fui solo, no solamente porque el
resto de mi "troupe" quería seguir haciendo gansadas en la piscina, sino porque
yo quería tener un rato de relax, después de tanto ajetreo. Además, no me
quitaba de la cabeza aquel par de maricones alemanes.
Llegué al recinto exterior de la sauna, me desvestí en el
vestuario, tomé mi toalla y la relié en torno a mi cuerpo. Me dirigí hacia la
sauna propiamente dicha; el exterior era de madera, y tenía un cristal
termorresistente que permitía ver la zona interior. Entré, no había nadie. Había
en la sauna otra puerta a la derecha, también con su ventanuco, y distraídamente
miré al interior: a pesar del calor que hacía, me quedé helado… Allí, en la
semipenumbra que había en la estancia, pude ver como el maricón alemán rubio
estaba chupándole la polla al otro, que estaba tumbado sobre uno de los bancos.
Me quedé de piedra…
Sin que lo pudiera remediar, el nabo se me puso tieso como
una estaca. El chico mamaba con maestría aquella considerable polla, y lo cierto
es que la excitación me estaba atrapando. Seguí mirando con la boca abierta y la
mano en mi polla aquella escena, contemplando cómo el rubito se tragaba entero
aquel cacharro enorme, cómo chupaba los huevos, cómo hurgaba por debajo de
éstos, donde empiezan las cachas del culo… Y yo cada vez estaba más excitado.
Entonces oí ruido tras de mí, como si alguien fuera a entrar
en la estancia en la que yo espiaba sin pudor alguno a aquella parejita. No se
me ocurrió otra cosa que abrir la puerta de la estancia donde estaban los
alemanes y entrar. Fueron muy rápidos, porque en el tiempo en el que yo abría la
puerta y aparecía en el dintel, fueron capaces de recomponerse totalmente y
aparentar estar sentados uno junto al otro, como si nada… Parece que no se
habían dado cuenta de que los había estado espiando y que sabía su pequeño
secreto… bueno, en el caso del moreno, su "gran" secreto (por el tamaño del
rabo, de exposición…). Yo entré, nervioso pero intentando aparentar normalidad;
hice un gesto con la cabeza, como de salutación rutinaria, y me senté en uno de
los bancos que estaba enfrente. Aparenté que no me interesaban los dos chicos,
aunque con el rabillo del ojo no les perdía de vista.
Los muchachos, en principio algo inquietos porque habían
estado a punto de ser pillados "in fraganti", parece que decidieron relajarse, a
la vista de que, conmigo allí, se les había acabado la diversión; qué lejos
estaban de la realidad…
Lo cierto es que yo seguía muy excitado. Había conseguido
ocultar mi nabo empalmado no sé como, porque la toalla no cubría gran cosa.
Ahora, sentado, me resultaba más fácil, pero lo cierto es que sentía que mis
inhibiciones sobre el sexo entre hombres iban desapareciendo a marchas forzadas:
me sorprendí imaginando cómo sería que aquel rubito me la chupara, y, lo que es
peor, imaginando cómo sería mamar yo mismo el vergajo del moreno. Pero, claro,
aún quedaban muchos tapujos en mi mente de machito adolescente, aunque sentía
que las murallas se iban derrumbando; recordé la imagen indeleble del rubito
agachado entre las piernas de su novio, con aquel gran pedazo de carne que hacía
desaparecer en su boca, y el nabo me rebullía en la entrepierna. Estaba cada vez
más salido, y aquella situación, con dos maricones a tiro de piedra y en pleno
estado de celo, me tenía al borde de la excitación. Pero, ¿cómo abordar el tema?
A lo mejor los chicos no eran promiscuos, y si me insinuaba, podría llevarme un
chasco monumental…
No sabía como acometer aquel asunto, cómo hacer que se
fijaran en mí y me dieran el placer que, ahora sí, quería disfrutar. Pero la
solución me vino de repente, como una inspiración. Empecé a hacer gestos de
sueño: bostezos, caída de ojos, cabezazos… como si me estuviera venciendo el
sueño; comprobé con el rabillo del ojo que los alemanes habían reparado en
aquella nueva actitud, y, cuando pensé que era el momento adecuado, me tumbé
sobre el banco, como si fuera a echar un sueñecito. Tuve buen cuidado (la verdad
es que me salió bien, con naturalidad) en, al tumbarme de costado, hacer que la
toalla, descuidadamente, se abriera lo suficiente para que mi nabo, ahora en
semierección, tras aquel rato fingiendo sueño, apareciera en todo su esplendor;
y no es que mi polla fuera tan grande como la del alemán moreno, pero la verdad
es que, aunque me esté feo reconocerlo, es bastante bonita y bien proporcionada.
Me quedé tumbado allí, como si estuviera descabezando un
sueñecito, aunque situado de tal forma que, con los ojos entrecerrados, podía
estudiar la reacción de los tortolitos alemanes. Pronto repararon en mi polla
semierecta, aparecida como al desgaire entre los pliegues de la toalla, y pude
observar con gozo como, en especial el rubito, miraba mi entrepierna con ansia,
incluso pasándose la lengua por los labios. Vi como hablaba algo en su lengua
bárbara con su novio, y parece que el moreno se negaba a lo que el rubito le
proponía; imaginé entonces que el rubio quería chupármela, aprovechando que me
había quedado dormido, pero el moreno, más sensato, le había hecho ver los
problemas que podría acarrearles que me despertara y me lo encontrara
mamándomela.
El caso es que allí había que poner más carne (literalmente…)
en el asador; hasta entonces había reprimido como buenamente había podido la
erección, pero ahora la potencié, recordando la impagable escena del rubito
mamándola al moreno, y mi polla pronto se extendió en toda su longitud; el
rubito señaló al otro, como advirtiendo que en sueños me había puesto "a tono" y
que no podían desperdiciar semejante ocasión. Tras una negativa más débil del
moreno, el chico rubio se levantó de su asiento y, con sumo cuidado, se acercó a
mí. Pude ver entonces cómo apreciaba de cerca mi polla, que estaba a reventar y
que notaba ya con el líquido preseminal bañando el glande; la visión debía ser
de lo más excitante, porque el chico estaba con la boca entreabierta, la lengua
que aparecía levemente entre los labios, todo el aspecto de la excitación. Yo
estaba cada vez más nervioso, sintiendo como si el corazón quisiera escaparse
del pecho. El chico no tardó en hacer lo que tanto estaba deseando (él y yo…):
se acercó un poco más, y me dio un lametoncito en el glande, que respondió con
un respingo. Acto seguido se metió la punta de mi nabo en la boca, y comenzó a
chuparlo con suavidad.
Yo creí morir de gozo: nunca imaginé que una boca pudiera dar
tanto placer. Cerré los ojos para disfrutar a tope de aquel momento, y así
estuve un buen rato; cuando los entreabrí de nuevo, para seguir gozando de
aquella vista, me encontré con una sorpresa: el moreno se había colocado a mi
lado, junto a mi cabeza, y su rabo enhiesto estaba a apenas diez centímetros de
mi boca: estaba claro que el chico había entendido la jugada, y sabía que yo
estaba despierto, disimulando, y había decidido ofrecerme aquel manjar exquisito
que guardaba entre las piernas. Decidí dejar a un lado definitivamente las
inhibiciones, abrí los ojos y sonreí: el moreno me devolvió la sonrisa y me
acercó aquel monumento aún más a los labios: era algo digno de ver desde tan
cerca: grande, bien proporcionada, con la cabeza justa para resultar imponente
sin atemorizar, con grandes venas que surcaban el mástil a todo lo largo, un
prodigio de virilidad que ahora se ofrecía a apenas unos centímetros de mi boca;
mandó entonces mi carajo sobre mi cerebro, y abrí la boca. Entró en ella
entonces el glande, sonrosado y tierno, con un punto de dureza interior, y fue
como el restallar de un látigo: se me abrieron los ojos de la mente y supe en
aquel momento que aquello es lo que yo quería en sexo; ya no me interesaron los
coñitos de mis compañeras, ni las tetas de las actrices porno que veía a
hurtadillas en el ordenador de casa. Sólo quería tener en mi boca una polla como
aquella; empecé a lamerla, sin saber cómo hacerlo, pero aplicando la experiencia
de haber visto decenas de películas porno en las que putones chupaban nabos
enormes de tíos, y al alemán le debió gustar como lo hacía, porque en su cara se
dibujó un rictus de placer.
Tanto gusto me estaba dando al chupar aquel nabo de
exposición, que noté que me corría en la boca del rubito. Le golpeé con los
dedos para advertírselo, pero el tío redobló sus mamazos y me recibió en la
boca, un trallazo tras otro, exprimiendo los huevos de un adolescente perito en
pajas pero al que nadie le había mamado nunca la polla. Tampoco el moreno debía
estar pasándolo mal, porque noté que su polla se contraía, como previendo la
descarga del semen, y el chico me miró, inquiriendo con esa mirada qué hacer;
como respuesta, redoblé mis chupetones y me apresté a tener una nueva
experiencia. El primer churretazo me pareció riquísimo de sabor, así que el
resto los recibí regodeándome de placer, uno tras otro, y otro, y otro, hasta
engullir aquel requesón de indescriptible sabor.
Nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué decir;
curiosamente fui yo el que reaccioné; les dije en inglés, idioma que suponía
conocían, que me gustaría visitarlos en su habitación aquella noche (yo
compartía la mía con otro chico, y no era plan de recibirlos allí, lógicamente).
Los dos chicos se miraron entre sí, sonriendo, y aceptaron con un yes con claro
acento teutónico, añadiendo en la lengua de Byron el número de su habitación.
Después, uno tras otro, se agacharon sobre mí y me dieron un beso en los labios,
rozándonos las lenguas y los restos de leche que el rubio y yo aún conservábamos
en la boca. Salieron de la sauna, y yo me quedé aún un rato allí, refocilándome
en lo que me acababa de pasar y pensando en lo que aún podría disfrutar aquella
noche…