Esta vez cuento una de mis propias experiencias. Me llamo
Marcos, soy estudiante de Psicología en la universidad complutense de Madrid,
ahora tengo 20 años y dentro de tres semanas cumpliré los 21. Siempre me he
dedicado a escribir las experiencias de los demás, y hoy escribiré mi historia.
El mundo en el que me muevo es bastante cambiante y se debe
aprender a distanciarse de las cosas para que no te afecten, sin embargo es
difícil muchas veces hacer eso. La gente cuenta cosas tan desgarradoras y son
testigos de tantas injusticias que jamás pensaría que son verdad. Ser amigo y
confidente de otros me anima para hacer frente a mis propios fantasmas y gracias
a ello estoy creciendo mucho como persona. Pero antes de eso… hubo momentos muy
difíciles en mi vida.
Mi vida no es fácil ni acomodada en el sentido anímico,
aunque si en el económico. Tengo una familia muy desagradable y que no acaba de
admitir lo que soy, no solo en cuanto a mi sexualidad si no a mi forma de ser y
ver la vida. Muchos encuentran su mayor apoyo en su familia, en su madre y en su
padre, sin embargo para mí solo era fuente de desgracias.
Mi padre se desentendió de mi hermano y de mi cuando se
separo de mi madre y por su parte mi madre me odiaba, ahora estoy 100% seguro de
ello y los actos que se desarrollaron tras mi entrada al instituto cada vez
hicieron que nos distanciáramos más, pero realmente, era eso o nos acabaríamos
matando el uno al otro.
Todo comenzó el día en el que al cumplir los 14 años, en esa
época solo somos un conjunto de hormonas cambiantes que hacen que se endurezca
nuestro carácter, agrave nuestra voz y comiencen esos cambios que nos harán
hombres.
Y para los hombres ese despertar puede ser mucho más
intranquilo que para las mujeres, sobre todo si no sigues las reglas que imponen
los demás.
Cuando hablo de las reglas que imponen los demás me
refiero a ser homosexual o bisexual. Sufrí eso en mis propias carnes, todo
comenzó aquella mañana, para variar mi madre se había ido a trabajar sin decirme
nada, tan solo presta atención a mi hermano, que es su niño pequeño y su único
consuelo.
Estaba pensando en mis cosas, más o menos a media mañana
cuando me quede mirando a un compañero de clase, en los vestuarios del instituto
tras la clase de educación física. Se llamaba Francisco y era muy guapo y
popular entre las chicas, el típico prototipo de futuro bakala pastillero.
Ahora odio ese tipo de personas, quizá por lo que Francisco
me hizo, y ni siquiera en ese momento me gustaba especialmente… pero estaba
cerca de mi y semidesnudo, no pude evitarlo, descubrí en ese lapso de 5 segundos
que yo era gay. La verdad me golpeo como un mazazo al tiempo que una tremenda
erección se levantaba de mis bóxer.
Mire con todo el disimulo que fui capaz sus tetillas y su
pecho ligeramente velludo, en un alarde de futuro hombre y después me marche al
lavabo para hacerme una paja como nunca, me corrí en abundancia y espere en
silencio, mordiéndome los labios, que Francisco no se hubiera dado cuenta de lo
que había hecho.
Cuando salí me di cuenta de mi error…
Francisco se había dado cuenta. Estaba enfadado y excitado a
partes iguales, y daba igual cuanto suplicara yo por clemencia que él se
abalanzo sobre mi como una bestia en celo, me agarro del brazo, fuertemente pero
sin tocarme, para que los demás no sospecharan y me llevo al baño de los
vestuarios cuando los demás chicos salieron.
Me bajo los pantalones y los calzoncillos de un tirón poco
amable, su verga también estaba enhiesta y todo ocurrió muy rápido. Me dolió
tremendamente, lloraba mientras que el me poseía y notaba su verga destrozándome
el interior.
Me dijo que no dijera nada, y yo no me atrevía tampoco a
decírselo a nadie, después de todo nadie iba a creerme. Desde aquel día en
adelante diariamente Francisco se encargaba de pegarme y humillarme, para dejar
bien claro cuál de los dos era un hombre. El y sus amigos se reían de mí, me
dejaban semidesnudo en el suelo y cosas así… Nadie hacia nada por ayudarme,
nadie movía un dedo, simplemente apartaban la mirada y continuaban con sus risas
en el patio del instituto.
Las peores vejaciones ocurrían cuando yo estaba en los
servicios y llegue a no querer irme de clase sin un profesor. Algunos
sospechaban algo, pero la mayoría no me prestaba atención.
Los profesores no me creían, mi familia tampoco, ese año
además se separaron mis padres y nos dejaron a mi hermano y a mi muy
abandonados, metidos en sus propios problemas. Mis notas comenzaron a bajar y
todo fue de mal en peor.
Al año siguiente me cambie de instituto. Después de soportar
durante todo un año las vejaciones de Francisco me prometí a mi mismo que no
sería gay, que dejaría ese sentimiento de lado.
Supongo que a alguno os ha pasado, eso de odiaros a vosotros
mismos por algo que no podéis controlar… Pues a mi me paso… fue cuando con 15
años comencé a ser "mas macho" (lo pongo entre comillas porque yo me considero
hombre, nada que ver con el prototipo de gay afeminado que tiene la sociedad de
nosotros), intentando alejarme de mis sentimientos. Me eche novia y cosas así,
avergonzado de lo ocurrido aquel año con Francisco y por no darle un disgusto a
mi madre.
Todo iba más o menos bien, en mi casa las cosas seguían mal y
llegue a la conclusión de que jamás seria lo suficientemente bueno como para que
mi madre me tuviera en estima, pero en mi plano sentimental, me encontraba más o
menos bien conmigo mismo, eso me dio seguridad. Comencé a ser mas rebelde,
seguro de mi carácter, y por ese entonces ya tenía un buen cuerpo (con algo de
carne de donde agarrar), pelo castaño oscuro hasta mas allá de los hombros y mis
ojos cambiaron en la pubertad de azules a color miel.
Iba como una abeja, libando de flor en flor, probando de una
chica a otra, comencé a acostarme con ellas a los 16 años y justo cuando parecía
que lo tenía todo olvidado… apareció Diego.
Diego era un chico de Galicia que se había cambiado a Madrid
porque sus padres tenían que estar aquí, por motivos de trabajo. El era gay,
como me confesó mas tarde y fue quien en verdad me hizo ver la realidad. Era
guapo, sin duda y estaba formándose para ser tenista, llevaba el pelo corto y
pelirrojo con ojos de color verde puro, como esmeraldas.
El me hizo volver a ser como era antes, es decir…
-Tú eres gay, te pongas como te pongas, no lo ocultes como si
fuera una enfermedad- Me reprochó un día.
Entonces me deje llevar, nuestra primera vez fue en el
instituto, a mi me seguían dando fobia los baños de mi centro de estudios,
aunque fueran otros distintos… no podía dejar de asociarlos con los peores
momentos de mi vida. Ni que decir tiene que ese día cambio por completo mi
percepción de ese sitio.
Después de ello solíamos hacer el amor en su casa, sus padres
apenas pasaban por allí salvo por la noche y eso nos dejaba el día entero para
juguetear a nuestro antojo. Fue gratificante y sobretodo un alivio para mi, que
podía escapar de mi madre y sus nauras cuando quisiera.
Un día me decidí por confesarle a mi madre lo que había
pasado en mi vida, desde las violaciones de Francisco hasta mi amor por Diego.
Ella recibió la noticia como un mazazo, me agarro de los hombros, zarandeándome
mientras que yo la miraba aterrado, me golpeo y me tiro al suelo mientras que,
gravemente disgustada, me tiraba platos y vasos encima. Me asuste muchísimo,
estaba lleno de sangre por los cortes de la porcelana rota y del vidrio que mi
madre me tiraba encima.
Corrí, siendo perseguido por ella y me encerré en mi cuarto,
uno puede tener la edad que quiera, pero os aseguro que una situación así
acojona de verdad.
Eche el pestillo, sollozando y con las manos temblorosas y
llenas de sangre llamé con mi móvil a Diego mientras oía los platos y jarrones
estamparse contra la puerta de mi cuarto, mi hermano salió del suyo y se echo a
llorar, pobre criatura, por ese entonces solo tenía 13 años y le había tocado
convivir con una madre psicópata.
Diego se presento en cuestión de veinte minutos en mi casa,
aterrado, le seguía su padre que siempre le vi como una especie de Diego futuro.
Mi madre se había echado a llorar en el salón y yo, al haber notado un poco de
paz había recogido en unas cuantas cajas todas mis cosas, preparado para cuando
llegara Diego. Me daba pena dejar a mi hermano allí… pero no podía hacer más.
Con una camisa me limpie la sangre que me chorreaba por algún
corte y sobre todo por las manos y cabeza mientras que abría a Diego, quien tras
verme como estaba me abrazo fuertemente y no me dejo escapar.
El padre de Diego hablo con mi madre, diciéndola que
podríamos denunciarla y más cosas y que ella no estaba preparada para cuidar de
mi hermano pequeño. Llamamos a la policía y a una ambulancia para mi y para mi
hermano, que lloraba sin remedio, sin consuelo. Fue duro ver como se llevaban a
mi madre a hacerle un análisis psiquiátrico, aunque yo sabía que lo necesitaba.
Por suerte la declararon mentalmente competente pero debería acudir a terapia.
Aquel día fue mi renacimiento, me fui a vivir con Diego, iba
a ver a mi madre a menudo, después de todo me sentía culpable por lo ocurrido
con ella y para mi sorpresa, según fueron pasando los meses mi madre volvió a
ser la persona alegre y tranquila que según mi abuela era antes de casarse con
mi padre. Aquello me animo, por fin estaba haciendo algo bueno por ella.
Cuando mi madre estuvo recuperada Diego insistió en denunciar
a Francisco, su padre era abogado y llevaría mi caso como llevo el de mi madre.
Sin embargo eso fue en vano, Francisco fue declarado inocente por falta de
pruebas y por más que lo intentamos no le hicieron nada.
Así pasaron cuatro años, hasta que cumplí los veinte, como
Diego.
Y este es el final de mi historia, creo que ahora por fin soy
feliz, aunque no se cuanto me durara, no merece la pena pensar que se va a
acabar.