- ¡Salgan del agua! ¡Hay un banco de medusas!
El sol de julio se reflejaba en el megáfono que portaba uno
de los socorristas; una marabunta de bañistas que jugueteaban en la orilla o que
nadaban cerca de la costa empezó a salir, como si de pronto el agua del mar
hubiese sido envenenada. Gritos, chillidos, carreras…, el caos se apoderó de
aquel sector de la playa. Virginia chapoteaba torpemente, intentando impulsarse
con sus manguitos; un anciano desconsiderado, en su huida, le dio tal codazo en
un ojo que vio el firmamento entero y que la detuvo en su voluntariosa natación
hacia el lugar de donde venían los sonidos del megáfono. Cuando se recuperó,
prácticamente estaba sola en el agua…
- ¡Que alguien ayude a esa niña! – chilló de nuevo el
socorrista, antes de partir corriendo a ayudar a alguien que había perdido el
conocimiento. Un par de hombres se adentraron valientemente en el mar y, tras
coger de los brazos a la exhausta niña, consiguieron llevarla a la costa.
Virginia notaba un fuerte escozor en su nalguita derecha.
- Uuuy… - exclamó, medio llorosa - ¡Cómo me pica aquí! -,
añadió, señalándose el culo.
Uno de sus salvadores, sin miramientos, le arremangó el
bañador y se lo incrustó en la rajita del trasero.
- Vaya – dijo -. Esto es una picada de medusa. Más vale que
vayas a la caseta de la Cruz Roja, y allí te curarán, guapita – le dio un
cachete en el culito.
- ¿Dónde están tus papás, niña? – terció una mujer
cincuentona y rellena, cuyas carnes se desparramaban dentro de un bañador negro.
- He… snifff… he venido con unos amigos – apenas un hálito de
voz salió de la boca de Virginia. Estaba llorosa, porque el picor era
insoportable. Iba a rascarse…
- ¡No hagas eso! – gritó aquella mujer, cogiéndole el brazo
-. Sería mucho peor, monina. Ve con tus amiguitos y que te acompañen a la
caseta.
El anciano desconsiderado, que por ahí andaba, al ver a la
niña desamparada y lloriqueante, sintió algo en su entrepierna que hacía muchos
años que no notaba… Se fijó mejor en ella mientras empezaba a babear: una
ondulada medio melena castaña se movía a la par que los hipidos llorosos de la
chiquilla; cuando entreabría el párpado sano (el otro ojo ya estaba totalmente a
la funerala) observaba en el infantil rostro, que no desmerecía una afilada
naricilla, un hermoso ojo verde; todavía babeó más cuando su mirada se recreó en
aquel cuerpecillo que parecía moldeado por un bañador verde claro con volantitos
amarillentos, un cuerpecillo que ya apuntaba formas, como aquel culito respingón
que hizo que su pene reviviera aún más, como buscando juventudes perdidas…
- A ver, niña, - su voz salió ronca… muy ronca - ¿Cómo te
llamas?
- Vir…, sniff… Virginia…
- No se preocupen – dijo el anciano, dirigiéndose a los demás
bañistas -. Ya me ocupo yo de ella
Su principal inquietud era que aquéllos no observasen el
enorme bulto que se marcaba en su bañador y que a él mismo tenía maravillado.
Virginia lo miró, agradecida, entre inmensos picores:
- Mu… muchas gracias.
Entre murmullos, el pequeño gentío que se había agolpado
alrededor de la niña se fue deshaciendo, aceptando de buen grado no tener que
hacerse cargo de aquel problema.
- ¿Dónde están tus amiguitos? – le preguntó el viejo.
- Hacia allí – respondió Virginia, señalando en una dirección
inconcreta.
-Bien… Vamos… Pero, escucha – la cogió por los hombros,
obligándola a mirar, con el único ojo que ya se le abría, su rostro surcado de
arrugas -. Es importante que notes calor en la zona de la picada… Si no te
parece mal – su voz emitió un gallo – pondré la mano y así te escocerá menos.
- Sí, por favor – el hecho de sentirse acompañada por un
adulto aliviaba a Virginia -. ¡Me escuece muchooo!
Empezaron a andar, la mano del anciano en la nalguita de la
niña; el movimiento del trasero excitaba aún más al viejo, que se sentía a punto
de estallar.
- Mi… mira – dijo, jadeante -. Cógete con tu manita aquí…
A Virginia no le desagradó el tacto de aquella cosa medio
dura en sus deditos. Siguieron andando. Esteban, que así se llamaba el viejo,
babeaba sin cesar y se sentía en una ya olvidada gloria al notar los ligeros
apretujones que la mano de la niña le daba en su falo a casi cada paso sobre la
arena, pero no así disfrutaba Virginia, a la que el calor que le transmitía el
anciano en la nalga o el singular tronquito que parecía tener vida propia entre
sus dedos no la aliviaban del inmenso escozor, fruto de la picada, o del dolor
que embargaba su ojo dañado.
De pronto, entre ligeros espasmos del viejo, una inesperada
humedad invadió la mano que tenía en tan curioso lugar, a la vez que se crispó
la de Esteban, apretándole intensamente el culo…
- ¡Aaaay! – chilló Virginia - ¡Me hace dañoooo!
- Ooooh… Hostiaaas… - jadeó Esteban – Lo…, lo sientooo…
Ella, en un movimiento inconsciente, sacó la mano de aquello
ya fláccido y sin vida; el viejo hizo lo mismo, sacando la suya de su nalga.
- ¿Le ocurre algo? – preguntó la niña, preocupada y
dirigiendo, curiosa, su ojo sano al lugar donde había notado la humedad.
- No…, no… - seguía jadeando, como muy cansado, Esteban –
Aaaay…, niñita…, aaay…, qué bien…, bueno…, qué mal… - se llevó una mano al
corazón.
- ¿De veras se encuentra bien? – Virginia, olvidada de sus
dolores, se estaba empezando a asustar.
- No te preocupes, Natalia, yo…
- Virginia, me llamo Virginia.
- Bueno, pues eso – el anciano ya sonreía -. Tengo muchos
años, sesenta y ocho, mi pequeña. Y me canso con facilidad… ¿Están muy lejos tus
amigos?
- No… están allí – las direcciones que marcaba el bracito de
la niña seguían siendo un misterio.
- Bueno… Creo que ya podrás llegar sola, si no te importa.
- Creo que sí, no se preocupe. Y muchas gracias.
- De nada, chiquilla… de nada – y empezó a alejarse.
Virginia siguió adelante, preguntándose, mientras se lo
permitían los diversos dolores a los que debía sumar la quemazón que una arena
supercaliente transmitía a sus pies, por qué aquel anciano había tapado, con una
toalla que llevaba encima, la mano con la que ella se había aguantado en aquel
tronquito tan curioso…
Llegó junto a sus amiguitos: Ángel, un chico musculado y
moreno de catorce años, a quien las diferentes madres habían hecho responsable
del grupo; Cristina, una niña regordeta de trece años, cuyos incipientes pechos
pugnaban por saltar de un, a todas luces, bañador que correspondía a tallas muy
inferiores, y Nacho, que compartía con Virginia la edad de once años, pelirrojo
y con cara picarona. Se asustaron al ver tan lloriqueante a su amiga.
- ¿Qué te pasa? – chilló Cristina.
- Buaaaaa… ¡Me pica mucho aquí! – sollozó Virginia,
mostrándole el trasero.
- ¡Hostias! – gritó Nacho - ¡Tienes el culo muy rojo!
- Buaaaa… - al saberse con sus amigos, la niña dio rienda
suelta a sus lloriqueos.
- ¡También son cojones! – se enfadó Ángel - ¡Un día que nos
dejan salir y tú…, a joderme la marrana!
- Buaaaa… Yo no tengo la culpa…, buaaaa – los reproches del
chico aumentaron el volumen de sus lloros.
- Y, mira – siguió terciando Nacho -. Tiene un ojo morado.
- Pero…,¿qué te han hecho? – los chillidos de Cristina eran
desagradables.
- Bueno…, bueno… ¡Vale ya! – gritó Ángel - ¡Tranquilizaos! A
ver… - acercó su cara a la nalga de Virginia – Ufff… Esto tiene mal aspecto…
¿Qué coño has hecho?
- ¡Yo no he hecho nada! Buaaaa… - seguía llorando la niña.
Una mujer que estaba por allí se les acercó:
- Mirad, niños. Lo del ojo es un golpe, pero eso que tiene
ahí es una picada de medusa. Lo que debéis hacer es ir a la caseta de la Cruz
Roja.
- Eso…, snifff…, eso dijo el hombre… ¡Cómo escueceee! –
sollozó Virginia.
- Vale, vale… Gracias, señora. Venga, acompañémosla – ordenó
Ángel.
Mientras recogían las cosas, Virginia notaba que el picor iba
en aumento…, la nalga le escocía muchísimo y las lágrimas se agolpaban en un
ojo…, pues el otro ya había tomado un color azulado de horrible apariencia.
- Aaaaayy… ¡Cómo picaaaa! – sollozaba a cada momento.
- ¡Mira! – se le volvió Ángel, enrojecido de furia - ¡Cállate
ya! ¿Vale? Bastante has hecho con jodernos el día… ¡Aguanta ahora y cierra el
puto pico!
Asustada por la actitud del chico, Virginia, a pesar de los
insufribles escozores, no volvió a abrir boca.
Una vez recogido todo, se pusieron en camino; Nacho iba a su
lado. La miró, sonriente:
- Ya verás cómo te curan – le dijo. Virginia lo miró
agradecida, pero no se atrevió a decirle nada.
Finalmente, llegaron a la caseta de la Cruz Roja; sentado en
una silla de plástico delante de ella había un hombretón panzudo, de cara
sonrojada, con barba desaliñada y cínica mirada vidriosa.
- ¡Oiga! – llamó Ángel - ¿Es usted socorrista?
- Puede… - su sonrisa beoda dejó entrever que le faltaban
unos cuantos dientes.
- Es que a esta niña – siguió Ángel – le ha picado una
medusa… Mire…
Virginia se giró, mostrándole su coloreada nalga.
- Uuummmm – el hombre ni se inmutó -. Eso habrá que curarse.
- Y usted, ¿no puede hacer nada? – chilló Cristina.
- Tranquilos – se puso en pie inseguro -. Yo me encargo de
esto. Niña, ven conmigo – ordenó.
Virginia le siguió mientras ascendía una escalera metálica;
los demás iban a hacer lo mismo, cuando el socorrista los miró:
- Sólo ella… Vosotros esperad aquí – dijo con una voz
alcohólica que los niños no captaron.
El socorrista cerró la puerta después de que entrara
Virginia. A su ojo se mostró una sala fría, compuesta de diversos armarios de
plástico con medicamentos, una silla y una camilla metálica. Las paredes estaban
desnudas, excepto un calendario que mostraba el mes en curso.
- Bueno, bueno, bueno… A ver, pequeña…, ¿qué ha ocurrido? –
inquirió el hombretón, a la vez que cogía una lata de cerveza.
- Me ha picado una medusa – lloriqueó la niña.
- Me refiero al ojo, chiquilla…, que eso ya lo sé – abrió la
lata.
- No sé…, me han dado un golpe… ¡Pero aquí me pica muchooo! –
sollozó Virginia.
- Tranquila – sorbo de cerveza -. Yo te diré lo que vamos a
hacer… - otra sonrisa desdentada - ¿Serás valiente?
- Sí – musitó la niña, llorosa.
- Mira – siguió el socorrista -. Te tumbas en la camilla,
pero de cara a la pared, apoyada con los pies en el suelo y mostrándome tu
culito… - otro sorbo – Yo te daré un masaje que te aliviará mucho, pero…, luego,
si quieres curarte, has de portarte muy bien…, ¿me lo juras?
- Sí.
- Ok. Ponte como te he dicho.
Virginia se acercó a la camilla y se puso en la posición que
le habían dicho; sin embargo, sólo podía tocar de puntillas en el suelo…
- No llego – el escozor en la nalga era cada vez más
horrible.
- Lo siento – oyó a sus espaldas -. Pero la camilla no puede
bajar más – un hedor a alcohol barato inundó su oído derecho -. Ahora te pondré
la crema… Ya verás qué bien.
Virginia notó como le untaba la nalga con una especie de gel
muy fresco; pronto sintió que el escozor remitía.
- Oh, qué bien… - sonrió, alegre, mostrando a la desnuda
pared unos dientecillos muy blancos - ¡Qué chuli, ya no pica!
- Me alegro – oyó la voz del socorrista -. Bueno… Ahora ha
llegado la hora de ser valiente, niña.
Ella hizo ademán de volver la cabeza.
- ¡No debes volverte ni girarte! – casi gritó el hombre,
obligándola a fijar la vista de nuevo en la pared.
- Uy…, perdón.
- Escúchame bien, si quieres curarte del todo, – oyó como
encendía un cigarrillo. El aroma a tabaco envolvió todo el recinto – he de
ponerte por el culito una medicina.
Virginia tosió un poco; le molestaba el humo:
- ¿Dolerá mucho?
- Si te he de ser sincero, un poco… Será como, como…
- ¿Un supositorio, como los que me pone mi mamá?
- ¡Exacto! Más o menos…
- Si es necesario, aguantaré – acabó el picor, Virginia se
había envalentonado. Notó que le apartaba la tira del bañador, mientras decía:
- Te pondré un líquido lubrificante para que te duela menos.
- Gracias – contestó dicharachera la niña, contenta de que
parte de su tormento hubiese finalizado, pues el ojo le seguía doliendo. Unos
dedos con una sustancia muy fresquita acariciaron los alrededores y el ojete de
su ano, lo cual le provocó una risilla, pero con el humo se atragantó y tosió.
Eso hizo que el dedo se introdujera de golpe, provocándole un leve dolor.
- ¡Ay!
- ¡Niña! – oyó la voz beoda del hombre - ¡Estate quieta,
leches!
El dedo, o los dedos, eso no sabía distinguirlo, siguieron
hurgándole el agujero del culo y refrescándoselo.
- Vale…, ¡ya está! – siguió hablando el socorrista – Ahora,
Virginia, recuerda que has de ser valiente y soportar tanto como puedas el
dolorcito que sentirás… No olvides que es por tu bien. Compórtate como una
mujercita, ¿vale?
- Vale – Virginia se cogió con fuerza a la camilla y apretó
sus labios, dispuesta a complacer a aquel hombre que la estaba curando… "Sé
valiente: esto pasará y te curarás – se decía -. No des ni un chillido."
Pero fue lo primero que hizo cuando notó como un objeto duro
y grueso pugnaba por introducirse en su ojete, produciéndole un terrible dolor.
- ¡Aaaaay!
- ¡Coño! ¡Aguanta un poco! – jadeó el hombre, que le había
puesto una mano sobre su hombro - ¡Me has jurado que serías valiente!
De nuevo, aquel instrumento empezaba a entrar dilatándole de
forma brutal el ano; borbotones de lágrimas se agolparon en su ojo sano a medida
que aquello, cada vez más grueso, iba penetrando. Sus nudillos estaban blancos
de apretar la camilla y no chillaba más porque mordía con desesperación la
sábana. Instintivamente, como para ayudar a pasar el dolor, empezó a menear el
trasero, pero, por desgracia, resbaló y la camilla se incrustó contra la pared
machacándole los deditos y propinándole un potente golpe en la cabeza. A la vez,
el socorrista cayó encima de ella y aquel terrible instrumento se asentó, de
golpe, en su ojete, que multiplicó su diámetro haciéndole parecer que sería
partida en dos.
- Mmmmm…. Mmmmmm… - chillaba mordiendo bestialmente la
sábana, humedecida por sus lágrimas…, y venga a menear el culo.
El socorrista separó el cuerpo de su castigada espalda, y eso
la alivió un tanto, aunque el objeto de su curación, con crueldad, seguía
entrando y saliendo, entrando y saliendo de su ya ensangrentado ojete…
- ¡Coño! ¡Mira qué has hecho! – jadeaba el hombre – Eres una
niña muy mala…
- Mmmmm… mmmmmm – y venga y dale, y venga y dale, seguía la
tortura dilatando su, hasta ese momento, virginal esfínter.
Las mejillas de la niña estaban rojas, el pelo se le pegaba
de lo sudorosa que estaba y el dolor…, aquel dolor en el culo era terrible…
- Ahoraaaaaaa… - gimió a sus espaldas el socorrista; al mismo
tiempo, sintió que un líquido inundaba sus entrañas y descendía con el anterior,
que ignoraba que era sangre, hasta morir en su pequeño sexo. Le resultó curioso,
dentro de su tormento, que aquel objeto que duplicaba en grosor a un
supositorio, se fuese empequeñeciendo y permitiendo que su lacerado ojete
recuperase, poco a poco, su diámetro normal… Pronto el hombre lo sacó de su ano,
del cual espontáneamente salieron unos peditos que añadieron el rubor de la
vergüenza al colorido infernal de su carita.
- Bueno… Esto ya está – dijo el socorrista -. Has resultado
ser muy valiente – redondeó dándole un sonoro cachete en la nalguita sana.
- Uy… - lloriqueó Virginia – Pero…, ¡me sigue doliendo!
- No te preocupes – terció el hombre -. Ahora mismo te
alivio.
Sintió, en efecto, que le pasaba por la zona torturada algo
así como una toallita húmeda, pero Virginia, muy obediente, aún no se atrevía a
volverse.
- Mira, escúchame bien – siguió aquél -. Te pondré una
compresa que te aguantará el bañador. Sobre todo no te la quites hasta esta
noche, ¿de acuerdo?
- Sí – musitó la niña, cuyo culo seguía muy dolorido.
- Bien, ya puedes levantarte.
Así lo hizo Virginia: su aspecto era desolador…; el pelo
totalmente sudado y pegado a su carita, el ojo a la funerala, los dedos
enrojecidos por el violento golpe… Andaba, sí, pero como si midiese los pasos,
debido al terrible dolor que seguía dueño de su trasero.
- No sé… snifff… si podré llegar a casa. Esto duele mucho –
protestó lloriqueante.
- ¡Va! No te preocupes… Tú ve andando, que ya verás cómo se
te pasa – el socorrista la acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, le dejó
otra toallita para que se limpiara los churretones que las lágrimas vertidas le
habían dejado en las enrojecidas mejillas y le dijo – Esta tarde ve con tu mamá
a la farmacia, para que te acaben de curar la picada, ¿vale?
Virginia asintió; salieron fuera, donde eran esperados por
los demás niños.
- ¡Chicos! Vuestra compañera ha sido muy valiente – dijo el
socorrista.
- ¡Un hurra por Virginia! – gritó Nacho.
- ¡Hurra!
La niña se sintió halagada y, por primera vez desde la cura,
sonrió agradecida.
- Es que hemos oído algunos ruidos y chillidos…, y estábamos
preocupados – terció Ángel.
- Nada…, nada… De veras os digo que lo ha hecho muy bien –
sonrió irónicamente el hombre -. Quien algo quiere… - pasó su brazo por encima
de los hombros de la niña - … algo le cuesta – y la apretó contra sí -. Venga,
ahora largaos ya, que vuestra amiguita necesita descanso.
Virginia lo miró, muy seria:
- Se lo agradezco muchísimo.
- No hay de qué, guapita. Hala, hala…, marchaos ya.
Era penoso ver cómo Virginia bajaba los escalones, y aún más
verla andar, a trancas y barrancas, junto a sus compañeros.
Llegaron dos jóvenes a la caseta; uno de ellos dijo:
- ¡Qué, Pepe! ¿Has guardado bien el puesto mientras estábamos
de servicio?
- Como siempre – sonrió el beodo.
- Joder, tío – intervino el otro joven -. Ya vas borracho…,
si es que no se te puede dejar solo.
- ¡Anda! ¡Y ha fumado dentro, el muy…! – desde la puerta
entreabierta le miraba uno de los dos socorristas -. ¿No te hemos dicho mil
veces, cacho cabrón, que no fumes aquí?... ¡Hala! Y mira ahí…, cinco latas de
cerveza, la camilla a tomar por culo… Pero, tío, ¿has hecho una fiesta o algo
semejante?
- Dejadme en paz, gilipollas. Ha sido una urgencia, ¿vale?
- Pero…, ¡será hijoputa! ¡Si ha usado la crema de las
quemaduras! – visiblemente enfadado, el socorrista que estaba dentro de la
caseta se encaró con él - ¿No habrás usado esto para una picada de medusa,
verdad, imbécil borracho?
- ¡Que no! ¡Dejadme en paz! – con dos saltos bajó la
escalerilla y empezó a alejarse - ¡Otra vez que os guarde vuestra puta madre el
sitio!
- ¡Será capullo! Bueno…, espero que no haya hecho ninguna
desgracia…
Debido al tratamiento aplicado, Virginia tuvo que pasarse
tres meses en el hospital y, milagrosamente, conservó la piel en su nalguita.
Sin pruebas, su madre no pudo poner denuncia alguna.