VEN,
HIJO, Y MIRA.
- Mira, papá, te presento a Tony – pausa – ya
sabes...mi amigo.
- ¡Hola, Tony – trago de saliva – bienvenido a mi
casa!
Los tres estamos un poco nerviosos. Mi hijo, con sus
dieciocho años recién cumplidos, su “amigo”, un chico andaluz de veintidós, y yo
mismo, un cincuentón que ya no espera nada de la vida.
Hace apenas dos meses, la noticia cayó como una bomba sobre
mí:
- “Papá...me gustan los chicos. Soy gay. Ahora ya lo
sabes. Además...tengo novio”. Lo dijo todo de carrerilla, como el que suelta una
parrafada después de haberla ensayado muchas veces.
Lo que tanto había temido, lo que siempre había formado parte
de mis pesadillas, acababa de ser confirmado, sin ningún género de dudas, por
el propio interesado.
El corazón se desbocaba en mi pecho. Durante unos instantes
quedé mudo, sobrecogido, sintiendo una cosa muy extraña recorriendo mi cuerpo.
Y, a la vez, una agradable excitación...seguida de una gran paz.
- Muy bien – la voz me salió gargajosa, como si mi
garganta quisiese arrastrar fuera de ella el miedo que me estuvo atenazando el
alma durante dieciocho años, y que, inexplicablemente, acababa de desaparecer
como por ensalmo.
- ¿Muy bien? - mi hijo quedó sorprendido, casi tan
sorprendido como yo mismo.
- Sí, muy bien – con la garganta aclarada, ahora, mi
voz, salía suave, nítida, tranquila- ¿Porqué me había de parecer mal...? - el
final de la frase quedó en el aire.
- Pues...yo que sé, papá ; pero me figuraba...
- Sí, te entiendo. Imagino lo que te figurabas; pero
es que quiero que sepas una cosa...
- ¿ ...?
- ...a mí también me gustan los hombres.
- ¡No jodas, papá!
- ¡Eso mismo es lo que quisiera yo, hijo, JODER!
Pero no. Joder, lo que se dice joder, solamente había podido
hacerlo con un muchacho de ojos verdes, con correprisas y rodeado de gatos. Pero
aquello era otra historia.
Por lo menos, aquellas confesiones recíprocas habían servido
para unirnos de una forma casi inexplicable. Mi hijo pequeño había pasado de ser
un tierno infante... a un adulto con ganas de sexo inacabables. Igual que su
padre, claro está. Ya se sabe que “De tal palo...” La diferencia estribaba en
que mi chico podía, y puede, elegir pareja entre un elenco inacabable de mozos y
mocitos de los de quitarse el sombrero, y un servidor, a pesar de haberse
admitido ante sí mismo (de una vez por todas) sus deseos sexuales, pues no
dejaba de seguir siendo un señor con muchas ganas de polla, pero con muy pocas
posiblidades de tenerla.
Pues en esas estamos cuando mi nene se ha dejado caer por
casa con su novio. Un novio al que ha conocido por Internet, venido directamente
desde Málaga para intercambiar románticos arrullos y fluidos corporales con mi
vástago.
Miro, con cargo de conciencia, el culo de Tony mientras suben
las escaleras. Es majete el muchacho. Morenito, veintidós años, cachas, ojos
levemente achinados. Un auténtico bombón. Quizá le falta un pelín de estatura,
sobre todo cuando está junto a mi nene, que debe rondar el 1,86. Por cierto que
mi hijo se ve esplendoroso. El pelo, de color castaño claro, se lo ha decolorado
con unas mechas rubias que le sientan estupendamente. Ahora que está más
cuajado, más...hombre, su boca grande y con labios sensualmente gordezuelos,
contrasta con la nariz levemente respingona y con unos ojos marrones (por los
que nunca me perdonará) idénticos a los míos. No me extraña que su amigo beba
los vientos por él.
- ¿Tenéis...de “todo”? - hago mi pregunta a la par
que les muestro una caja de preservativos que he comprado ex-profeso en el
Mercadona de la esquina.
- ¡Sí papá! -en su voz noto un ápice de disgusto,
como si realmente me quisiese decir:”¡No te metas donde no te importa!”.
- ¡Vale, vale! - y me doy la vuelta musitando por lo
bajo “Perdona”, pero él cambia de opinión y me toma del brazo para detenerme.
- De todas formas...dame. Igual éste (risa por lo
bajo) viene con ganas de mucha marcha.
Mi mujer está de viaje, así que en la casa estamos solos los
tres. Los estoy tratando a cuerpo de rey. Tengo una desazón en la boca del
estómago que me hace estar intranquilo, como un animal enjaulado.
Por un lado soy feliz, sabiendo que mi hijo está disfrutando,
o va a disfrutar dentro de unas horas, de lo que yo nunca pude ...¡y ,además
,bajo el mismo techo que su familia!. Por otro, lloro por mí mismo, por todo lo
que no he podido hacer, o no me he dejado hacer. Me siento viejo, me siento
triste, me siento...con ganas de morir.
Las horas transcurren como un calvario para mí. En medio de
la noche, totalmente a oscuras, me deslizo pasillo adelante hasta llegar a la
puerta de la alcoba de mi hijo. Pego el oido a la puerta. Oigo las risas
apagadas, el ruido de los muelles, los gemidos...
- ¡Animal, no me los cojas así, que me haces daño!
- ¡Calla, quejica! ¿Cómo quieres que te los
toque...así?
- ¡Sí, sí...así, así! ¡Con la boca, con la lengua!
¡Mmmmmmm!
Tengo la polla dura, muy dura. Casi sin darme cuenta me la
saco por la bragueta del pijama y comienzo a meneármela. A la mente me viene una
escena que vi en una película porno gay : “Hotel Italia” de Lukas Kazán, en la
que un padre espía a su hijo y a su amigo de la misma forma que estoy haciendo
yo ahora. ¡Cuantas pajas me había hecho mirando aquél trozo de película! Y
ahora, ahora...lo tengo aquí mismo, viviéndolo en vivo y en directo.
Los ruidos se hacen más significativos. Creo que es mi hijo
el que está ejerciendo de activo, aunque supongo (y espero) que sea versátil
para que pueda disfrutar con todo.
Marcho hacia mi dormitorio. En mi mente rebullen las imágenes
del morenito cabalgado por el rubio. De sus bocas hambrientas de sexo y semen.
De sus pieles tersas. De sus cuerpos bellos, jóvenes y lampiños...
Lloro sobre la almohada. Es tanto el deseo insatisfecho que
tengo en mi alma, que-en un arrebato-enciendo la luz y tomo el móvil que hay
sobre la mesilla de noche. Tecleo un mensaje y lo envío sin pensar siquiera lo
que estoy haciendo.
- “ Tony, me encantaría verte en pelotas.-¿Podría
ser?”. Y firmo : “Paterbond”.
Me arrepiento en el mismo instante de haberlo hecho. ¿Qué
ocurrirá ahora? ¿Cómo reaccionará el destinatatrio...y mi hijo? Porque se lo he
enviado, nada más ni nada menos, que a Tony. Este chico que me tiene obsesionado
desde que lo he visto. El saber que es gay, el saber que -supuestamente-estará
curado de espantos, el saber que es mayor de edad...todo hace que tenga yo un
cacao mental de mucho cuidado, y que me haga pensar (y creer) que todo el monte
es orégano. Tener a un jovencito al que le gustan los hombres, guapo, simpático,
casi de la familia...aquí, al alcance de la mano. Tantos años ocultándome,
tantos años sin poder decir, sin poder expresar lo que realmente siento...Este
mensaje ha sido como una explosión, como una liberación, y, a la vez, como una
segura condena.
Tengo toda la madrugada (insomne) por delante para pensar,
para ilusionarme, para temer. Igual al chico le da morbo la cosa, y no tiene
inconveniente en dejarme que le vea en porretas. Al fin y al cabo ¿qué
importancia tiene? Por otra...¿y si se lo dice a mi hijo? Entonces ya la tenemos
liada, y lo comprendo. ¡Mira que atreverme a pedirle una cosa así a mi propio
“yerno”!
Finalmente me duermo.
Despierto y oigo ruidos en el baño. Seguro que se están
duchando juntos. Pero no, juntos, no, porque alguien trastea abajo en la cocina,
puesto que he oido la puerta del frigorífico. Corro hacia la alcoba desierta.
Todo está revuelto, como si hubiesen librado una batalla campal. Sobre la
mesilla, varios klinex usados. Los tomo, los miro, los huelo...No hay duda.
Deben haberse corrido varias veces. Ya tengo el nabo a reventar. En un rebujo, a
los pies de la cama, veo unos calzoncillos calvin klein que no conozco. Seguro
que son de Tony. Los tomo con manos temblorosas. Todavía están tibios. Me los
acerco a la nariz, inspiro hondo...
Cierro los ojos y comienzo a masturbarme. Me quito los
pantalones del pijama y me pongo los slips usados de Tony. Vuelvo a acariciarme.
Mmmmmm. No quiero abrir los ojos. Pienso en que mis pelotas están cobijadas por
la misma tela que ha cubierto los gordos testículos de mi “yerno”. Porque estoy
seguro -el paquete del jean era muy revelador -de que el muchacho gasta una
talla abundante de genitales.Quiero sumirme en una fantasía en la que un chico
joven me desea, en la que pueda darle a alguien todo lo que llevo dentro. La
verga me hace daño. No oigo siquiera la puerta del baño que se abre. Froto mi
polla utilizando la tela del calzón de mi yerno. Pienso en su cuerpo musculado,
en su sonrisa de duendecillo travieso, en su pelo moreno y en sus ojos algo
tristes. Me derrito. Saco mi cipote por un lado del slip para terminar la paja a
mano plena. Sale la leche en un largo surtidor, justo en el momento que la voz
de mi hijo resuena como un escopetazo:
- ¡¡Papá!! -y luego, dirigiéndose a su novio que me
mira alucinado, añade: No le hagas caso...ya te he dicho que está loco! - y con
un gesto despectivo bebe un trago de la cocacola que lleva en la mano.
Y sí. En eso lleva razón mi nene. Yo también creo que estoy
loco. Pero no quiero volverme cuerdo, porque en esta locura he encontrado la
parte de mi vida que siempre eché en falta.
Dudo en quitarme el calzoncillo de Tony, pero no puedo
aguantar la mirada acusadora de mi hijo y salgo zumbando hacia mi cuarto. Me
encierro. A los pocos minutos oigo un portazo. Se van. La calentura ya pasó.
Queda el arrepentimiento, la vergüenza. Las lágrimas.
Paso el día como un zombi. Finalmente oigo pasos en la calle,
el ruido del cerrojo, risas apagadas.
Me encojo bajo las sábanas.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno...
- ¡Papá, quiero hablar contigo!
- Lo entiendo, hijo. Ya sé que no tengo perdón, pero
es que yo...
- ¿Lo dices por lo de antes?. La verdad es que eres
un cabroncete.
- Bueno, por lo de antes...y por lo del mensaje de
teléfono...
- Ya. La verdad es que estás como una cabra, papá.
- Perdona, hijo, perdona. Yo...nunca más. Lo siento,
lo siento. No sabes cuanto lo siento.
- ¡Vale, vale, no te pongas melodramático!.
Precisamente lo que quiero hablar contigo está relacionado con esas ganas que,
según parece, tienes de ver o estar con Tony.
- ¿Me va a dejar verle en pelotas?- lo digo casi en
un susurro, sin atreverme a ilusionarme demasiado. Seguro que los ojos me
brillan de felicidad.
- ¿En pelotas? ¡Lo que queremos es que le enseñes a
follar!
- ¿Qqqqqqqqué me dices? -la saliva no quiere bajarme
por el papel de lija que es mi garganta.
- Pues éso, papá: que hace falta que le des a mi
amigo un cursillo acelerado de folleteo entre tíos. Mejor dicho: hace falta que
nos lo des a los dos.
- Explícate, hijo, porque no entiendo nada.
Mi hijo hace un gesto de resignación y se sienta a los pies
de mi cama. Luego, como si se dirigiese a alguien medio tontito, me cuenta de
una parrafada lo que han pensado.
- Tony y yo estamos verdes en esto del contacto
cuerpo a cuerpo. Él creía que yo tenía experiencia, y viceversa. El caso es que
ninguno de los dos sabemos más allá de las consabidas pajas y alguna esporádica
mamada. Pero follar, lo que se dice follar, nada de nada. Esta noche pasada lo
hemos pasado pipa, porque era la primera vez que estábamos juntos en una cama;
pero no ha habido forma de pasar a mayores. Además, tenemos dos pequeños
inconvenientes: uno, que Tony tiene una especie de neura que le impide mostrar
su cuerpo a plena luz si está practicando sexo. Y el otro problema lo tengo yo
mismo. Simple y llanamente...no puedo correrme.
- ¿Que no...?
- Ni más, ni menos, papá. Nunca he podido eyacular.
Me pajeo, me la maman, me manosean y todo lo que tú quieras...pero no llego a
tirar ni una gota de lefa.
- Vaya. Pues éso puede ser una enfermedad que se
llama, se llama...
- ...anorgasmia. Ya lo he mirado por Internet. Y eso
son los dos motivos por los que queremos que nos eches una mano.
- Pero...es que yo...
- ¿Acaso no te gusta Tony? -la pregunta va con
recochineo.
- ¡Hombre, no es éso, pero es que...!- la cabeza del
amigo asoma por la puerta. Seguramente quiere oir mejor mi respuesta. Lo miro de
arriba abajo. Trago saliva. La sonrisa tímida de Tony me enciende, me pone a
mil. Me entran unas ganas locas de morder esos labios gordezuelos, de besar esos
párpados levemente achinados.
- ¿No le gusto...señor Pater? - y en su acento
andaluz chispean las ganas de calentarme todavía más. Una mano, como al
desgaire, se agarra el paquete.
- ¡Vale, vale! ¡ No se hable más! -quiero hacerme la
víctima, pero se nota a la legua que no van por ahí los tiros- ¿Qué habéis
pensado? ¿Cómo lo hacemos?
Y pronto acordamos las líneas maestras de la velada erótica.
Lo primero y principal es que ninguno de los tres hemos tenido contactos de
riesgo para padecer una enfermedad de transmisión sexual. No hacen falta, por
esta vez, los preservativos. El paso siguiente es acordar las distintas fases
del encuentro.
La idea es que Tony venga a mi cama. Una vez desnudo, con la
luz apagada, quedará bajo mi mandato. Luego ya veremos la forma de que se
acostumbre a que le vean en pelotas.
Por otro lado, mi hijo esperará fuera. Cuando la temperatura
en la alcoba esté lo suficiente alta, justo antes de que empiece con mi clase
magistral, entrará de observador, manteniéndose a la distancia que yo le ordene.
Me despojo del pijama lentamente. Oigo el sonido apagado de
la ropa de Tony al caer al suelo. Se acerca a tientas y suelta una interjección
al pegar con el pie desnudo contra la pata de la cama. Me rio por lo bajo. Abro
los brazos hasta que siento contra mi pecho el latido de su pecho. Deslizo
suavemente las manos por su piel. Piel casi adolescente. Piel de machito deseoso
de ser montado.
Me acomodo sentado en la cama, la espalda contra el respaldo,
los muslos abiertos para acoger entre ellos al muchacho andaluz. Pronto estamos
unidos en un abrazo. Su columna vertebral apenas roza mi esternón, su rabadilla
casi incrustada contra mis huevos. Está tenso, muy tenso. Hago que se apoye, que
se relaje contra mí. Le susurro palabras tranquilizadoras, como si fuese un
caballo purasangre aterrado. Beso su cuello, acaricio su torso fibrado. Me
demoro en las tetillas erectas. La mano se me pierde vientre abajo. Llego a la
ingle y noto el calor de los testículos gordezuelos. Espero unos segundos. Con
la otra mano masajeo sus hombros. Lamo su oreja. Los musculos se destensan
lentamente. Tomo la verga que late indecisa. Ahora se desparrama sobre mí, como
si yo fuese la Pietá y él un Cristo recién bajado de la cruz. Rompo el silencio.
- Dime, Tony – mi voz es ronca con brillos de miel-
¿Desde cuando tienes fobia a tener sexo con la luz encendida?.
- Ummmmmm-se toma su tiempo para contestar-creo que
desde siempre.
- ¿Cómo es posible? ¿Con quién tuviste tu primera
relación sexual?
- Pues...-duda un tanto avergonzado-con...mi padre.
- Bien. No seré yo el que le ponga peros a una cosa
que solo os afecta a vosotros.-me aclaro la garganta - Y...¿en qué consistían
esas relaciones?
- Yo le hacía felaciones...con la luz apagada.
Mientras ,yo me masturbaba. Papá jamás consintió en que lo mirase, en que lo
viese mientras le hacía las mamadas, así que me acostumbré a desahogarme a
oscuras...y luego ya no pude adaptarme a tener ninguna relación placentera como
no fuese a ciegas.
- Y...¿jamás, con nadie, intentaste solucionar esta
fobia?
- La verdad es que no he tenido muchas oportunidades.
Lo intenté un par de veces, pero no funcionó. Al final me encerré en mí mismo.
Me pajeaba por las noches, en la cama...o cuando a papá le entraba el apretón y
volvía bebido a casa. Me daba, y me sigue dando, un placer morboso el mamársela,
aunque es como si se lo hiciese a un fantasma. Luego conocí a tu hijo en el
chat, nos gustamos...y el resto ya lo sabes.
- Sí, ya lo sé. Bien, pues ha llegado la hora de que
intentemos solucionar la primera parte del problema, o sea: tu fobia a la luz.
Haremos lo siguiente: yo voy a ponerme sentado en la cama,con los pies en el
suelo. Tú te pondrás de rodillas ante mí, sobre la alfombrilla, y quiero que me
hagas exactamente lo mismo que le haces a tu padre.
- Vale.
Los siguientes segundos representan para mí un gozo
innombrable. Tengo doblegado ante mí, como un penitente, a un veinteañero de
carnes prietas y boca sabia que va a interpretar, exclusivamente para mi placer,
un solo de flauta. Con el morbo añadido de que estará imaginando que la mamada
se la hace a su padre. Yo y mi verga tomamos posiciones. Tony se coloca entre
mis muslos y atrapa mi polla a tientas. Tiene una boca divina este muchacho.
Divina, divina, divina. No sé quién cojones les dará lecciones a los
adolescentes de ahora, pero la verdad es que parece que nacen enseñados para
practicar mamadas sensacionales.
- Ggggñññññffffffff! -me dice sin que le entienda lo
más mínimo.
- ¿Cómo diceeeeeessssss? -el gustirrinín ya está
trepando columna arriba.
- ¡Gggggñññññffffff...padre! -
- Nada. Ni flores. Que no te entiennnnddoooooo.
Deja mi nabo al aire para decir:
- ¡Qué tienes la polla más gorda que mi padre! - y se
lanza en picado contra el rabo abandonado.
La lengua ágil se introduce bajo la piel del prepucio. Se
demora rodeando el glande, haciendo titilar la punta alrededor de la bellota.
Luego succiona la carne sensible. Es un gozo incomparable. Va comiéndose la
polla lentamente. Cada vez más dentro de su boca. Noto como trastea por la raja
de mis nalgas. Un dedo húmedo pugna por penetrar mi agujero. Automáticamene
cierro las compuertas, pero la yema sigue rotando, frotando, casi como un gato
que restriega el lomo contra una puerta, maullando mientras espera que le abran.
Finalmente me relajo. La cueva ya está abierta. El dedo se desliza en mi
interior, mientras mi verga toca a rebato contra la campanilla de Tony.
Noto como se excita más y más. Avanzo sigilosamente la mano
hacia la lamparilla de la mesita de noche. Doy con la ruedecita. La giro
mínimamente. Un pelín de luz, apenas un destello, ilumina tenuemente la alcoba.
Noto como una crispación en los labios de Tony. Pero luego sigue con la comida
de mi polla como si en eso le fuese la vida.
Otra rosca más. Más luz. Nueva crispación. Ahora mi nabo ya
llega hasta su garganta y más allá. Este chico es una joya mamando. Le acaricio
el pelo. Le doy golpecitos en la cabeza. Levanto las caderas de vez en cuando,
follando su boca de chuponcete.
Un último giro y la lámpara se enciende con todo su
esplendor. Tony abre mucho los ojos, como cogido en falta. Me mira deslumbrado,
como un angel caido ante su creador; pero yo me inclino, le tomo la barbilla con
toda la suavidad del mundo, y deposito un cálido beso en sus labios embadurnados
con mi precum.
Ha sido su toma de contacto con la realidad. Puede verme ante
él, mirándole con amor, con la verga cabeceando dichosa por sus caricias. El
sexo no es malo. No hay nada pecaminoso en disfrutar de él, sea como sea.
Lo atraigo hacia mí. Caemos sobre la cama, enlazados. Boca
sobre boca, verga sobre verga, corazón en corazón. Su erección late contra mí.
Esto es el triunfo de la luz sobre la oscuridad. Le doy un beso más profundo y
luego digo en voz alta:
- ¡Nene! ¡Ya puedes entrar!
Entra mi hijo en la alcoba. Sonríe al ver a su amigo desnudo
a plena luz. Y lo que es mejor: erecto.
- Papá, eres un genio. ¿Cómo has podido...?
- Eso no importa. Ahora debemos pasar a la segunda
fase. Ven, hijo, y mira.
Tony está expuesto ante nosotros. Un Majo desnudo de carnes
blancas y vellos negrísimos. Tiene una verga enorme. Descomunal. Casi me da
miedo. Le hago levantar los muslos para que su ano quede en primer plano. La
mejilla de mi hijo roza mi mejilla. Ambos atentos al espectáculo de un esfínter
que comienza a boquear. Adelanto el cuello, saco la lengua, lamo...Tony gime.
- Ahora tú, hijo.- y me aparto lo imprescindible para
que su lengua cálida de un largo repaso al agujero de su amigo.
El nabo del muchacho redobla como el palo de un tambor contra
su vientre liso. Mientras mi hijo se aplica con el beso negro, aprovecho para
devolverle a su amigo la mamada con la que acaba de gratificarme. El pollón
apenas me cabe en la boca. Relajo los músculos de la garganta, abro la boca
hasta el máximo y comienzo a tragarme el colosal falo.
Algo debe de tener de práctica mi hijo, porque ,sin
advertencia por mi parte, le está introduciendo un dedo a Tony. Mete y saca el
digital pene, soltando a la par un hilillo de saliva para lubricar la
introducción de la broca. Saboreo la polla juvenil. Manjar de dioses. Paladeo el
precum, noto el sabor de la orina, husmeo el aroma a esperma que sube del pubis
de vello recortado. Mi hijo añade un segundo dedo. El muchacho gime, pero
aguanta el tirón. Su rostro pálido está tomando color. Un tono rosado con muy
buen aspecto.
Hago que mi nene se siente sobre el rostro de su amigo. Doy
las instrucciones pertinentes para que su ano quede a la altura justa de la boca
gordezuela. Luego le indico que se incline hacia adelante, hasta tomar contacto
con la verga que masturbo. La toma entre sus manos. Allá atrás, Tony besuquea el
esfinter de mi nene. Su lengua recorre con rapidez el trayecto escroto-ano,
ano-escroto, hasta conseguir velocidades vertiginosas. Mi hijo ya ha tomado con
su boca sensual el pollón sureño, y siguiendo las instrucciones que le doy en
voz baja, ya lo tiene albergado hasta el esófago. El sesenta y nueve está en
marcha. Tomo posiciones entre los muslos del muchacho. Mi polla necesita
actividad. Doy unas últimas caricias al ano juvenil. Apoyo el glande sobre el
agujero, a la par que mi hijo también ha decidido lamerlo un poco,con lo que la
lengua de mi hijo toma contacto electrizante con mi bellota. Apenas unos
segundos, pero que me han hecho experimentar una sensación...distinta. Noto que
Tony necesita carne en su agujero, y lo complazco mediante una penetración
pausada, morosa, cálida, morbosa...
- Mira, hijo, mira. Así debes hacerlo.
- Sí papá.
Y mi hijo observa, a escasos centímetros de su rostro, como
mi paternal verga se folla a su amigo. Noto como está excitado. Las caricias
linguales de Tony, la visión de mi verga entrando y saliendo del ano del
chico...
- ¿Puedo...papá? -su ruego me pilla de improviso. Ya
tiene la mano a escasos milímetros de mi nabo. Adivino lo que quiere hacer, y
...consiento.
- Bien. Tómala.
Su mano de dedos largos abarca mi verga. Otra vez noto el
escalofrío que recorre mi columna. La dureza de mi carne se multiplica por mil.
La mano se demora apartando el prepucio, pasando un dedo por la amoratada cabeza
de ojo lacrimoso.
- ¡Mmmmmm! -no puedo evitar el gemido que sale de lo
más hondo de mi garganta.
Tony le está comiendo el culo a mi hijo a base de bien. A la
vez, su ano se dilata y se contrae, esperando la ración de rabo que le está
siendo esquilmada. Mi hijo tiene piedad y arrima mi verga con su propia mano
hasta el amigable agujero. Empujo y la carne se incrusta dentro de la carne. He
sido algo brusco. Tony se queja, pero culea pidiendo un poquito más de dolor y
un mucho más de placer.
- Papá...
- Dime hijo.
- Creo que...tengo ganas de correrme.
No me extraña. En la alcoba se respira un ambiente que va más
allá del sexo “normal”. Hay un algo de prohibido, de morboso, que nos está
poniendo a los tres a punto de caramelo.
- ¡Date la vuelta y siéntate sobre el pecho de Tony!
- mi voz es suave pero enérgica.
Mi hijo cabalga adelantando las caderas para que su amigo
pueda atraparle el falo, para que pueda prodigarle una de sus mamadas
antológicas. Yo sigo enculando a Tony, a la par que le pajeo el vergajo con mano
firme. Con la otra mano sujeto el hombro de mi nene. Bajo la palma por su
columna. La polla de mi hijo está inmersa en la garganta del chaval, y la mía
recorre los intestinos en busca de la famosa próstata. Ahora estamos en
silencio. Las respiraciones son entrecortadas. Mi mano ha llegado hasta las
filiales nalgas.
Un calor extremo nos hace sudar la gota gorda. Mi hijo toma
de las orejas a su amante para poder imponerle el ritmo de la mamada. Tony menea
sus caderas y espolea sus talones contra mis nalgas, intentando atraerme más
hacia sí, pidiendo más y más del jarabe de falo que le estoy dando.
En lontananza se adivinan los orgasmos. ¿Cuántos son? De
momento dos. La lefa me hierve en los cojones. Huevos redondos y deseables,
según me han dicho los que los han visto. El esfinter de Tony aprieta como un
anillo de oro mi verga de hierro. Su ano es puro fuego. Mi hijo se está
quejando. En el último minuto meto mi dedo por su culo, con suavidad y presteza
calculadas, buscando el botón del placer supremo. Un gemido, un grito, un
alarido. Tres chorros de esperma que salen hirviendo. El mío queda albergado en
las profundidades anales del muchacho malagueño. Hasta mi rostro llega el
surtidor ardiente del pollón de Tony. Y, por fín, como leche condensada, dulce,
tibia y primeriza, la lefa de mi hijo choca contra la garganta de su amigo,
llenándola, rebosándola, atragantándola.
Rebozados en semen, sudorosos, felices, medio muertos de
gusto. Derrengados.
Ante mis ojos, el ojete de Tony va expeliendo gotitas de mi
esperma. Los muchachos se besan intercambiando fluidos. Las respiraciones se
tranquilizan. Incluso llegamos a dormitar un poco.
Me despierto con un bostezo. Dejo a la pareja enlazada sobre
la cama y bajo a la cocina para preparar un tentempié. El gazpacho está
riquísimo, así que pongo una jarra con unas tazas. También preparo tomate
restregado sobre pan, con un toque de ajo, chorreón de aceite y unas lonchas de
jamón serrano. Antes de entrar ya oigo el movimiento. Mi nene está aprovechando
mi lefa para darle una buena enculada a su amiguito. Lo tiene a cuatro patas,
con los cojones colgando como cabezas de ajo y la verga gruesa y dura como un
pepino. Tony tiene los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la respiración
entrecortada. Mi chico ha aprendido la lección y le está dando un buen repasón a
su amigo.
Dejo la bandeja sobre la otra cama, y aprovechando la boquita
semiabierta del malagueño le restriego mi pija sobre sus labios. Mi nene arrecia
en la enculada, con lo que la cabeza de Tony viene y va, con lo que me la mama
sin apenas esforzarse.
Descansamos unos momentos. Tony se pone panza arriba y con
los muslos flexionados. Les entrego una rebanada de pan con tomate a cada uno, y
me siento sobre el vientre del chaval, metiéndome su espetón hasta los hígados.
Hago un gesto de dolor. Hace demasiado tiempo que mi conducto está cerrado. Pero
las manos de mi hijo entreabren mis nalgas, y sus yemas húmedas ayudan para
suavizar la fricción. Paro unos instantes. Tony mordisquea un trozo de jamón, se
limpia una migaja de la comisura de la boca y me mira con ojos chispeantes. Me
inclino hacia él impelido por un deseo que me inunda de repente. Juntamos
nuestras bocas con sabor vegetal y perfume a ajo. Chupo su lengua de niño apenas
destetado. Noto los labios de mi hijo besando mi rabadilla. Su lengua se atreve
a algo más. Siento una violenta erección y no resisto el impulso de pajearme
compulsivamente. Brinco sobre la polla superlativa del malagueño saleroso. Mi
hijo lo está enculando con aires de profesional. Otra vez la máquina de vapores
ardientes se pone en marcha. Chucu-chucu-chucu-chuuuuú. Tony recibe el nabo de
mi nene en su túnel dilatado. Mi hijo lo encula sin quitarme las manos de
encima, sobando mi pecho, retorciendo mis tetillas, jugando con mis pelotas
saltarinas. Yo arrecio en mi paja, apretando el rabo que ya late con espasmos de
corrida, mientras brinco en sentadillas deliciosas, metiendo hasta lo más
profundo de mi ser la verga divina que, solamente hace unas horas, me hubiese
conformado con mirar.
Y las leches salen a borbotones. Rebuznamos a la par,
corriéndonos como sementales en celo, como perros salidos, como primates
desquiciados. Mi semen es expelido en un arco triunfal que cae de pleno sobre la
cara de Tony. Me aparto en el último segundo, y la lefa de Tony cae sobre mi
espalda, sobre mi culo y mis riñones. Mi hijo la desparrama con las manos,
masajeando mi carne y embadurnándola con el líquido tibio y pegajoso. También él
saca la polla y termina corriéndose sobre los huevos de Tony, sobre la polla
gigante, sobre el pubis de vello recortado. Aroma dulce, aroma acre, aroma de
macho satisfecho.
Apenas tenemos tiempo de sorber un poco de gazpacho y ya
estamos roncando. Me rebujo entre unos brazos jóvenes, de músculos tensos, de
piel con apenas vello. Junto a mi nariz, una verga destila el último hilillo de
semen viscoso. Mi mejilla descansa sobre unas nalgas espléndidas, pringosas de
esperma. Una de mis manos repta hacia la regata prometedora, buscando el
horificio del que mana el lefazo. En mi entrepierna, una boca se entretiene
chupeteando mi verga con aire cansino. El sueño me puede, pero todavía llego a
percibir la cálida sensación de que mis pelotas están siendo cobijadas en el
interior de una boca grande y de labios sensualmente gordezuelos.
Morfeo me acuna, pero yo me resisto a perderme estas
sensaciones únicas. Quiero seguir enseñando, quiero seguir viviendo esta
fantástica aventura, quiero seguir impartiendo esta lección magistral. Y con un
suspiro inaudible, musito:
- Ven, hijo, y mira.