MI QUINTO CIELO
Sola en casa. cosa que me
apasiona, me dispongo a tomar una sopita caliente que me acabo de preparar. Con
el bol delante de mí, el vaho, que subía de él, transportó mi mente a lo que
había pasado la noche anterior.
Martín vino a buscarme a casa.
Habíamos quedado con dos amigos suyos para ir a cenar y salir de marcha.
Sentados los cuatro en un restaurante italiano con una decoración, para mi
gusto, extremadamente recargada, se acercaron a nuestra mesa un par de conocidos
de Martín a los cuales invitamos, encantados, a que nos hicieran compañía. Ahí
estaba yo, rodeada de hombres guapetones. A mi derecha estaba Martín, a su lado
Manu, a mi izquierda tenía a Juanjo, al lado de éste estaba Lore y enfrente de
mí se sentó Santi. La cena resultó más divertida de lo que se podía esperar,
porque el menú no acompañaba en lo absoluto. Pedimos la cuenta y salimos de allí
pitando.
Decidimos ir a una disco que
quedaba cerca para poder tomar algo y pegarnos unos bailecitos, pero, al llegar,
había una cola enorme y decidimos pasar de entrar. Discutimos por un rato adónde
ir.
-¿Pasamos de todo y
vamos a mi casa? Yo tengo bebida. Os invito, va.
La propuesta de Juanjo nos
agradó a todos. Para esas horas, prácticamente todas las discotecas de la zona
se estaban empezando a llenar de gente. Martín fue a buscar su coche que estaba
aparcado dos manzanas más arriba. Lore cogió su moto y me invitó a subirme con
él. No pude resistirme a la oferta... ¡me pirran las motos!. Juanjo dijo a Lore
como llegar a su casa y se montó en el coche de Martín junto con el resto de
chicos.
En el portal de casa de Juanjo,
Lore y yo esperamos unos minutos a que llegaran los demás. Su potente moto nos
había llevado hasta allí en un santiamén. Los chicos se bajaron del coche muy
sonrientes y animados. Subimos al piso de Juanjo. Mientras traspasaba la puerta,
alguien me cogió de la cintura y me pegó a él.
-Hace un momento eras
tú la que iba bien pegada. Ahora me toca a mí.
Lore me apretó contra su cuerpo
y pude notar en mi espalda el grosor que estaba adquiriendo cierta parte de su
anatomía. Martín, que estaba detrás, nos apresuró a entrar y cerró la puerta.
Manu se acercó a mí y comenzó a besarme. El ambiente se estaba caldeando sin
remedio. En un segundo, me vi rodeada de aquellos cinco chicos, besándome por
todas partes, despojándome de la ropa al tiempo que ellos se quitaban la suya.
Me tumbaron en el sofá y
empezaron a ofrecerme sus vergas. Las chupé, una a una, sin poder decantarme por
ninguna en concreto; todas eran deliciosas, de buen grosor y bien duras, tal
como me gustan. Santi me separó las piernas y hundió su cabeza en mi mojadísimo
sexo. Lo lamió con gran destreza, metiendo su lengua en mi agujero, bebiendo
todo lo que salía de él. Tras conseguir que me corriera dos veces, me metió de
golpe su verga sin darme opción a reaccionar mientras los otros cuatro chicos me
metían su rabo en la boca, uno tras otro.
Martín pidió a Santi que
cambiáramos de postura. Santi se sentó en el sofá y yo me puse encima metiéndome
su verga dentro. Ahí, mi amigo empezó a comerme el ano que se dilataba con cada
movimiento de su lengua y esperaba lo que no tardó en entrar; la verga de Martín
entró con la facilidad con que lo hacía siempre. Mis gemidos eran cada vez
mayores y me costaba mantener los miembros de Manu, Lore y Juanjo en la boca.
En uno de mis orgasmos, al abrir
los ojos, me di cuenta que éste último, Juanjo, también estaba detrás de mí;
detrás de Martín, para se exactos. Se agachó, untó
crema en el ano de mi amigo, le
metió dos dedos, se enfundó un preservativo, se escupió en la verga y se la
clavó hasta el fondo. El fuerte gemido de Martín me puso a mil. Ahora éramos
cuatro los que estábamos enganchados, moviéndonos
para darnos placer.
Lore se agachó, me apartó el
pelo de la cara y me besó. Manu aprovechó el momento para ofrecernos su rabo
para que ambos se lo comiéramos. Así lo hicimos; nuestras lenguas se paseaban
juntas a lo largo de ese fantástico instrumento que poseía Manu.
Noté que Santi se ponía tenso:
su corrida era inminente. Salió como puedo de debajo del mogollón, se quitó el
preservativo y me puso su verga en la boca. Se la mamé con la ayuda inestimable
de Manu y Lore. Los tres esperamos ansiosos la leche que empezaba a brotar del
sexo de Santi.
Me había quedado con un agujero
libre y deseoso de adaptarse a una nueva forma. Le pedí a Manu que fuera él; lo
quería tener dentro, sentirlo, que su enorme verga me llenara por completo.
Martín salió de mí también. El juego había cambiado de participantes.
Ahora era Lore el que estaba
sentado en el sofá, le lamí la verga y me la metí en el ano, sentándome encima
de él. Con mi trasero lleno, me abrí bien de piernas y esperé ansiosa el gran
rabo de Manu. Éste se agachó, me lamió bien el sexo mientras se colocaba un
condón. Se volvió a poner derecho, dobló levemente las rodillas, se pasó la
mano un par de veces por el rabo y me lo metió, muy despacito. Cuando tuve todo
aquel manubrio dentro de mí, creí morir de gusto.
Entre la multitud de orgasmos
que me provocaban las vergas de Lore y, sobretodo, Manu, me percaté de la
deliciosa escena que tenía delante de mí: Juanjo estaba a cuatro patas y ahora
era Martín el que le estaba dilatando bien el ano con su verga. Como pudo, Santi
se deslizó por debajo de Juanjo. quedando en una buena postura de 69. y
comenzaron a mamarse los rabos. El de Santi no tardó mucho en volver a estar en
marcha.
-Nenes, vamos a
cambiar la posturita, Tengo una sorpresa...
Manu y Lore se quedaron algo
confundidos con mis palabras. Me sacaron sus ricas vergas y me levanté. Fui a
buscar mi bolso. Martín me siguió con la mirada. Cuando encontré lo que buscaba,
saqué lo que quería: mi arnés. Miré a Martín y ambos sonreímos, cómplices.
-¡Tía, eso era para
mí! - gritó Martín riendo
Me coloqué mi juguetito y me
dirigí con cara de vicio hacia Lore y Manu. Los otros tres me miraban. Parecía
que no quisieran perder detalle de lo que iba a hacer. Cogí el tarro de crema y
un preservativo que coloqué en "mi verga". La unté bien untada. Le pedí a Manu
que se sentara en el sofá, que quería su miembro en mi trasero. Me senté
despacio sobre él, dejando que me entrara poco a poco su gran verga, gozando con
cada centímetro suyo que tenía dentro. Cuando lo tuve dentro por completo, pedí
a Lore que se sentara en "mi rabo", algo a lo que accedió rápidamente. Él mismo
se puso crema en el ano y se lo abrió con los dedos, mostrándome como lo hacía,
con el trasero en pompa delante de mí. Le ayudé a dilatarlo más rápido con mis
dedos, que ya entraban con facilidad a pares. Mientras, Manu no dejaba de mover
su verga de arriba a abajo dentro de mí.
Con su agujero bien abierto ya,
Lore se sentó encima de mí, consiguiendo meterse todo el consolador en un
parpadeo. El aparato era bien grande: 27 centímetros de largo por 6 de grosor
(diámetro). Era sólo un par o tres de centímetros mayor que lo que Manu tenía
entre las piernas y que yo tenía ahora metido dentro de mi trasero.
Al observar todo eso, los otros
tres chicos se acercaron. Martín ya había probado mi juguete y se relamía de
gusto con la idea de volverlo a tener dentro. Juanjo se acercó a mí y me puso su
verga en la boca. Mientras Santi y Martín le mamaban el rabo a Lore, que no
podía parar de jadear, así como no podía hacerlo yo. Nuestros gemidos se
entrelazaban en el aire.
Por "mi rabo" quiso pasar Santi
y, como no, también Martín. Gozaron como locos con las embestidas que les iba
dando con el rebote de las que Manu me daba a mí, que ya movía su verga con
facilidad de arriba a abajo, de un agujero a otro, haciéndome temblar cada vez
que su rabo me arrancaba un orgasmo.
Manu me pidió salir. Quería
correrse en mi boca. Todos se pusieron de pie, a mi alrededor. Yo sentada en el
sofá con mi arnés puesto. Empezaron a meneársela. Manu, que estaba a tope, fue
el primero en meterme la verga en la boca y regalarme su leche. Lore no tardó en
repartirme la suya por el pecho. Martín apartó mi pelo de la nuca y me regó su
corrida por allí. Se notaba que me conoce bien; eligió el sitio correcto.
Juanjo y Santi se agarraron la verga el uno al otro y se corrieron, casi a la
vez, en mi juguete.
Llena como estaba de espeso
semen, mis cinco chicos me lamieron y besaron hasta lograr beber todo lo que
ellos mismos me habían lanzado. Estábamos exhaustos. La velada había derivado en
algo alucinante; había sido un éxito.
De vuelta a mi sopa, huelo mis
manos, mis brazos, mi pecho por dentro de la camiseta. Todavía se siente el olor
a sexo, a hombre, a mis cinco hombres de aquella noche loca en la que todos nos
dimos placer. La sopa ya está fría, pero no me importa; yo estoy flotando en el
cielo de la lujuria.
MISSHIVA