EN
EL DESVAN -2ª PARTE
- ¡Ohhhhhhhhhh, síiiiiii, siiiiiiiiii! -la voz de mi
hijo me sorprende. Resuena ahogada por su propia carne, por el propio vergajo
que se automama, enroscado sobre sí mismo hasta límites circenses.
- ¿Quieres más, putita? -me noto desatado,
embrutecido, fuera de toda lógica, mientras hago restallar la palma de mi mano
sobre sus nalgas ofrecidas. Con el golpe, sus testículos rebotan, y la boca del
ano parece gritarme, llamarme con cantos de sirena.
- ¡¡Síii, síii, fóllameeee papá, por favor, por lo
que más quieras!!
El comprobar que me ha conocido, que sabe que mi rabo es el
que está apunto de culearlo, todavía me ofusca más. Escupo un salivazo que
rebosa el agujero, y sin ningún otro preámbulo, comienzo a meterle la verga por
el culo. Noto la presión de su intestino estrangulando mi pene. Noto la succión
de su esfínter, a la par que llega hasta mis oidos el ruido de las chupadas que
se autoinfringe en un frenesí imparable.
Mi verga ya se desliza sin ningún obstáculo. Mi hijo ya está
totalmente dilatado. Seguramente ya lo estaba antes de que subiese yo. Tanto
rato a merced de los gemelos viciosos...Sus hermanitos pequeños, adolescentes
tan salidos como gatos de callejón.
Viene a mi mente una idea escandalosa, impensable,
deliciosamente caduca, caliente, terrible...Sujeto el balancín con mis manos, lo
atraigo hacia mí...y mi polla entra hasta la empuñadura, hasta mis propios
huevos. Luego empujo hacia fuera...y el balancín se aleja, y la polla sale
sigilosa hasta quedar al aire libre, vibrante, tensa, en espera del siguiente
movimiento en el que el agujero llega otra vez, y mi vergajo taladra de nuevo el
agujero enrojecido, la caverna filial, el pote de la miel.
El columpio viene y va, va y viene. Una y otra vez. Como si
estuviésemos en el parque. Como si el hijo estuviese disfrutando con el padre, y
el padre con el hijo. Justamente lo que está pasando.
Y entonces, antes de explotar, antes de inundar, antes de
correrme en lo más hondo de aquella carne tan querida, oigo las voces de Daniel
y David que dicen a coro:
- ¿Lo ves, Arturo, como teníamos razón?- y el susurro
ahogado por la propia lefa de mi hijo mayor que contesta entrecortado:
- ¡Sí! ¡Pequeños cabrones! ¡Sí! ¡Muchísima razón!
***
- Tete. ¡Tete!. ¡¡Tete!!
- ¿Mmmmmmm?
- ¿Qué hora es?
La voz de mi hermano me ha sacado del profundo pozo en el que
estaba metido. Ni siquiera me he dado cuenta de que tengo la verga -durísima-
aplastada, justo, entre la raja que forman sus nalgas. Solamente sé que el
corazón me late fuertemente...justamente en la punta de la polla. Esta verga que
hace unos segundos estaba empotrada en el interior del culo de mi hijo mayor.
Abro un ojo. No. No estoy en el desván. Y la carne caliente
contra la que me estoy restregando no es la de mi hijo Arturo, sino contra la de
mi hermano mayor Pedro.
- ¡¡Tete!! ¡¡Coño, contéstame!!
- ¿Qué pollas quieres, Pedro?- la cabeza parece que
me quiere estallar. Demasiado alcohol.
- ¡¡¡Que me digas la hora, cojones!!!
Una típica conversación entre mi hermano y yo. Así nos
relacionábamos contínuamente mientras estábamos juntos: riñéndonos como perro y
gato...o follándonos uno al otro como descosidos. Nunca hemos tenido término
medio.
Asumo que no estoy en el desván. Asumo que lo de violar a mi
hijo mientras estaba encadenado, colgando como un fardo de aquella “cosa”
montada por sus hermanos , no ha ocurrido hace un rato (aunque en mis sueños lo
he rememorado, paso a paso, exactamente igual que aquella tarde de tormenta),
sino que la “bromita” que nos gastaron mis hijos gemelos, a su hermano y a mí,
fue ya hace algún tiempo: exactamente tres meses.
¡Tres meses! Tres meses en los que ha ocurrido de todo. Mi
hijo mayor, incapaz de mirarnos a la cara a los demás, se marchó a vivir con su
novia. Desde allí también huyó con rumbo desconocido. Mis hijos gemelos
soportaron mi enfado, mis castigos...y algún que otro sopapo que les caía a la
más mínima. Y yo...Yo al borde de la depresión.
¿De dónde sacaron David y Daniel aquella película de vídeo
porno gay de la que se “informaron” de un montón de cosas totalmente
inapropiadas para su edad? Sus adolescentes mentes calenturientas elucubraron un
plan que les pareció cachondísimo...pero que, a la postre, hizo trizas la
convivencia de nuestra pequeña familia.
Montaron en el desván una cámara de los horrores sadomaso,
utilizando un montón de elementos tomados de aquí y de allá. Luego drogaron a su
hermano mayor con una mezcla de somníferos y viagra, convirtiéndolo en un bulto
de carne que clamaba por ser usado.Y, a mí, estoy seguro, también me dieron
algo. Porque no puedo entender mi reacción, mi desespero, mi lujuria desatada
hasta límites inconcebibles, que hizo que atacase como una fiera, como un
violador de la peor especie, el cuerpo de mi hijo totalmente impotente para
defenderse de mis ataques, sin estar bajo el influjo de algún potente
afrodisíaco.
Me encanta el olor de mi hermano. Me pone...a tono. El tacto
de su piel curtida, el sabor salobre con reminiscencias a pescado. Olor a mar, a
marino, a hombre...
- Las ocho-contesto finalmente a su pregunta. Pero lo
sujeto entre mis brazos para que no se levante de un brinco y me deje solitario
en la inmensa cama de matrimonio.
- ¿Qué haces...Tete?-sin mirarlo estoy viendo la
sonrisa que insinúan sus labios.
- Nada...¿porqué lo dices?- y mis hechos desmienten
mis palabras, porque ciño más mi cuerpo contra el suyo, busco el cobijo de mi
nariz en su cogote, aplasto mi vientre contra su trasero y acaricio sus pezones
bajo la sábana que nos cobija a ambos.
- Noto una cierta presión contra mi popa. ¿Acaso
quieres meterme tu palo mayor, marinero? - mi hermano no puede evitar hacer
chistes relacionados con su profesión.
- ¡Vaaaaaaaaaaaaa! -mi voz adquiere tintes
infantiles-¡No seas malo! ¡Déjame que te la meta un poquito: la puntita nada
más...!-y mi mano baja por su entrepierna caliente hasta que le agarra la gruesa
polla, morcillona y ligeramente babosa.
- ¡Sí, sí! ¡Como si no te conociese!. Y luego dirás:
“¡Nada, nada, toda ella, y los huevos además...!”.
- ¡Que no, Tete, te lo prometo!- y digo ésto mientras
presiono su pene, mientras tiro de la piel arriba y abajo, buscando con el
pulgar el agujerito de la punta.
- ¡Anda ya! : “Prometer hasta el meter”- y aquí mi
hermano se retuerce, aparta mi polla (ya medio metida en su ano), y comenzamos
una lucha que termina en tablas.
Ninguno de los dos queremos ceder. Finalmente tomamos una
decisión salomónica, y mientras mi hermano queda despatarrado sobre la cama, me
levanto y salgo al pasillo camino a la cocina. Nunca llevo ropa interior, así
que estoy totalmente en pelotas.
Tener a mi hermano bajo el techo de mi casa, tras tanto
tiempo de alejamiento, hace que tenga una alegría interior inesperada. Esta
visita -que sospecho ha sido propiciada por los gemelos- ha traido, por lo menos
de momento, un espíritu familiar que buena falta nos hacía.
Mi hermano Pedro no se ha presentado de vacío. Junto con él
ha venido su único hijo Eusebio (Sebi para la familia), un semental de las
trazas de su padre y que tiene, al igual que yo, el fetiche de los pantalones
vaqueros. Además, al muy cabroncete le entusiasma ir marcando pollón, con lo que
parece uno de los machos super-eróticos que salen en los comics de Tom de
Fintlandia.
Han llegado esta misma madrugada. Por poco ni me entero,
puesto que han sido los gemelos los encargados de abrir la puerta, ya que yo, un
pelín indispuesto debido a cuestiones etílicas, estaba k.o. Tumbado en el sofá,
a penas he podido abrazar a mi hermano mientras me cargaban entre él y Sebi para
arrastrarme hasta la cama. Antes de volver a caer en coma, Pedro me ha informado
que , junto con Sebi , venía alguien más. He dado por supuesto que su novia.
Me asomo por incercia a la alcoba de mis gemelos. Digo por
incercia porque sé perfectamente como los voy a encontrar. Ya de bebés se
intercambiaban los chupetes, se arrullaban el uno al otro y se pasaban el tiempo
abrazados. Exactamente igual que ahora, en plena adolescencia. Simplemente lo
que han cambiado son los objetos a chupar.
Enroscados en medio de la cama parecen la viva estampa del
signo zodiacal “Géminis”. La cabeza de David apoyada sobre la entrepierna de
Daniel, la boca de Daniel albergando el pene de su hermano. Nadie es capaz de
encarnar un sesenta y nueve más perfecto. Antes se chupaban los pulgares, ahora
se chupan mutuamente las pollas.
Parecen dos angelitos rubios. Dos hermosos efebos de miembros
zanquilargos, de vellos insinuantes, de testículos en contínua ebullición. Dos
pequeños monstruos capaces de drogar a su hermano mayor para llevar a cabo un
“experimento” que terminó en una orgía incestuosa.
Me acerco a la cama. Daniel habla entre sueños. Ahora se
desprenden uno del otro y quedan boca abajo, con las nalgas ligeramente
elevadas, como si estuviesen esperando “algo”. El somier chirría al sentarme
junto a ellos. Un rayo de sol entra por la rendija de la persiana e ilumina como
un foco el trasero de David. Observo un ligero enrojecimiento en la zona anal.
Me inclino, entreabro con mis dedos las filiales nalgas...y ¡lo sabía!. Ese
agujero dilatado es signo inequívoco de reciente actividad sexual. Pero...¿tanta
dilatación? El tamaño del agujero es verdaderamente importante. No puede haber
sido debido a la introducción de un dedo, ni siquiera (aquí me fijo en el grosor
de la verga de su gemelo) de la polla de Daniel. Tanteo el orificio y compruebo
“in situ” que allí pueden caber hasta tres de mis dedos. Algo pegajoso me
confirma que la introducción ha sido acompañada de abundante derramamiento
seminal. Una polla de adulto ha dejado su carga en el culo de mi hijo. Mejor
dicho: de mis hijos, porque Daniel presenta exactamente las mismas señales
externas, y , supongo, también internas.
- ¡Más fuerte, primo! - la voz gangosa de David me da
una pista clara de quién ha hecho el trabajito. Mi sobrino no ha perdido el
tiempo, por lo que parece, en las pocas horas que lleva bajo nuestro techo.
No sé si bufar o reirme. Por lo visto mis niñitos ya están al
cabo de la calle en cuestiones de sexo, así que, por lo menos, espero que sus
experiencias al respecto no salgan del entorno familiar.
Entro en el baño del pasillo. Abierto de piernas dirijo mi
polla semierecta para que el orín caiga dentro de la taza. El chorro es
abundante, caliente, de un amarillo dorado que chispea como lluvia al dar contra
el borde.
Noto un cuerpo pegado contra mi espalda. Una manaza sopesa
mis testículos, los acuna y los aprisiona. Contra mis nalgas desnudas noto un
abundantísimo paquete. Y una voz ronca y juvenil que me susurra a la oreja:
- ¡Hola Tito! ¡Menudo par de pelotas te gastas!
Me giro con la sonrisa en la boca. No me doy cuenta que el
orín sigue saliendo, con lo que meo a mi sobrino a la altura del vientre. Los
calzoncillos Calvin Klein le quedan empapados, transparentes, marcando el nabo
semiempalmado que acaba de restregarme por la raja del culo.
Nos reimos ambos. Luego me pongo serio para espetarle:
- Oye, cabroncete...¿qué les has hecho a tus primos
esta noche?
- ¿Yooooooo? - finge muy bien este sobrino mío- ¡A mí
que me registren!
- Te digo que sí. La dilatación que llevan de culo
solamente has podido hacérsela tú.
- Ppppero...¿porqué yo? -voz indignada-¿Es que estoy
yo solo en la casa?
- Pues casi. Porque tu padre ha estado conmigo toda
la noche, y yo, desde luego, no he sido (aunque no por falta de ganas, pienso al
recordar los culitos ofrecidos)-luego añado-¡Menuda cara dura, teniendo a tu
novia bajo el mismo techo!
- ¿Novia? -se extraña-¿Qué novia?
- Pues...la tuya. ¿Acaso no tienes novia allá en tu
pueblo?
- ¡Claro que tengo! ¡ Y bien buena que está! Pero,
como tu bien dices: “allá en mi pueblo”.
- Entonces...¿quién a venido contigo?
- ¡Pues ...papá!
- ¡Ya lo sé! - me exaspero-¡Pero también vino con
vosotros alguien más! ¿O no?
Sebi abre la boca para contestarme, pero un alarido que viene
de mi dormitorio lo interrumpe.
- ¡Socorro, Tete, que me violaaaaaaaánnnn! -la voz de
mi hermano llega ahogada entre carcajadas.
- ¿Qué coño pasa ahora? -me dirijo hacia mi alcoba
mientras Sebi se despoja del slip mojado de orín para meterse en la ducha.
Sobre mi cama hay un maremagnum de piernas y brazos. Un
revoltijo de carne desnuda, de penes erectos, de rizosos vellos, de sonrisas, de
lenguas, de manos que palpan...
A mi hermano Pedro apenas se le ve. Uno de los gemelos está
montado sobre su pecho, sujetándole los brazos mientras pugna por meter en la
boca de su tío su más que discreta verga. Espalda contra espalda, el otro gemelo
cabalga sobre la barriga de Pedro, inclinándose sobre el vergajo de su tío,
luchando por tomarlo entre sus labios mientras sujeta los gruesos muslos que se
agitan sin cesar.
- ¡Ayuda, Tete! -las mismas carcajadas hacen que mi
hermano pierda las fuerzas. Finalmente, mi hijo David introduce su polla hasta
la garganta de su tío, mientras Daniel succiona entre ruidosos sorbetones la
pija del adulto.
Doy media vuelta y me desentiendo del asunto. No ha querido
saber nada de mí, pues que se las entienda con mis hijos.
Vuelvo al cuarto de baño. Mi sobrino Sebi, recién duchado,
está ahora sentado en la taza del water. Por lo que se ve está haciendo dos
trabajos a la vez. Su rostro se congestiona al apretar, mientras su mano derecha
acaricia su gran vergajo. Noto un ramalazo morboso que recorre todo mi cuerpo.
Tengo ganas de cerdear.
Toco mi polla delante de mi sobrino. Despatarrado, apenas
alejado unos centímetros de su cara enrojecida por el esfuerzo. Paso mi glande
por su labios. Un hilo de precum queda prendido de la punta de su nariz y brilla
al darle la luz que entra por el ventanuco.
Agarro su polla dura. Tengo ganas. Sí, tengo muchas ganas -de
repente- de sentir ese pollón en mi interior.
- ¿Puedo, sobrinete? -pregunto por preguntar.
- ¡Claro, tío, sírvete tú mismo!- y al decir esto
Sebi prepara su polla para recibirme.
- Gracias.
- De nada.
Le doy la espalda, flexiono las piernas y acerco mis nalgas
hasta él. Sebi toma mis caderas, dá un rápido lengüetazo al agujero de mi culo y
coloca la punta de su glande en el centro del orificio. Comienzo a sentarme muy
lentamente.
- ¡Tiooooo! ¡Que me estoy cagandooooooo! -gime el
muchacho mientras su polla entra más y más en mi interior.
- Pues hazlo, nene. Por mí no te reprimas.
Sus manos están engarfiadas sobre mi cuerpo. Una de ellas
pajea mi polla, mientras la otra retuerce uno de mis pezones. Allá abajo
comienza ha salir un grueso zurullo bien perfumado, mientras mi esfínter ya está
en contacto con el vello púbico del cagón.
- ¡¡Ahhhhhh, qué gustoooooooo!! - gime mi sobrino. Y
no sé si lo dice por el mojón que ha caido entre chapoteos al agua del water, o
porque su inmensa polla me está talandrado hasta el estómago.
Sus manazas siguen sobando mi cuerpo. Me está partiendo por
la mitad, pero el dolor es apenas un rumor lejano, porque el placer morboso que
estoy sintiendo lo diluye hasta hacerlo casi desaparecer. Subo y bajo por la
mojada cucaña. Mi sobrino comienza un segundo apretón, y yo casi desfallezco de
gusto, hasta el punto de que dejo caer mi cabeza hacia atrás, apoyándome en el
hombro del muchacho. Busca mi boca con su boca. Nuestras salivas se encuentran y
se mezclan. Un intenso aroma flota en el ambiente. Busco entre mis muslos y más
allá, hasta encontrar el agujero del culo de mi sobrino. Mis dedos entran
fácilmente, muy fácilmente, debido a lo que ustedes imaginan. Sebi dá brincos
sin cesar, intentando conseguir lo imposible: que su polla se meta un milímetro
más en mi interior. Un último apretón. La verga cabecea en mi intestino. El
esperma quema mi interior, y, detrás, el chorro de orín que lo limpia todo.
En mi alcoba las cosas han cambiado. Mi hermano es mucho
hombre para dejarse controlar demasiado rato por dos imberbes adolescentes.
Ahora los tiene arracimados sobre sus muslos, azotando las nalgas semilampiñas
con su enorme manaza de marino. Culos enrojecidos, lágrimas que brotan de ojos
azulísimos. De vez en cuando rebusca bajo los vientres, y estira: ora una polla,
ora otra polla. Y sigue con los palmoteos hasta dejarlos en carne viva. Lo miro
y me sonríe. Me hace un gesto lascivo dirigido hacia los culos de mis nenes.
Pienso que tiene razón: estos monstruitos se merecen un castigo.
Se levanta de improviso y los deja tirados encima de la cama,
despatarrados y sollozantes. Elige uno al azar y lo obliga a ponerse a cuatro
patas. La cabeza contra la almohada, las nalgas hacia arriba...Un escupitajo se
rebalsa en el ano de David. Mi hermano se coloca en posición, abriendo sin
grandes remilgos los muslos de su sobrino para quedar falcado entre ellos.
- ¡No, tío, no! -suplica mi hijo al notar la enorme
bellota frotándose en su ano.
- No te preocupes, sobrinete. No te haré nada. Solo
metértela hasta los higadillos.
- ¡¡Noooooooooooooooooooo!! -chilla mi hijo;pero ha
sido sí. De un solo estoque la verga está metida hasta la empuñadura.
- ¡Papaaaaá! ¡Haz algo! -me recrimina el enculado al
darse cuenta que estoy mirando.
- ¡Si, hijo, sí! Ahora mismo.
Y, mientras guiño un ojo a mi hermano, ocupo su puesto
entrando de un envión en el culito más que dilatado del cabroncete de mi hijo.
Al quedar libre y con la polla en ristre, mi hermano Pedro
toma de un pie a Daniel, que está todavía enroscado sobre la colcha, rogando
para que no se acuerden de él. Se repite la escena, y pronto estamos los dos
adultos follando acompasadamente los cálidos culos de mis gemelos.
Sonrisas y lágrimas. Gemidos y suspiros de dolor. Gustazo a
tope. ¿Mis hijos querían jugar al sexo?¡Pues tomad sexo, y del bueno!
Noto una sombra tras de mí. Por el rabillo del ojo observo a
mi sobrino Sebi que se acerca con el vergajo en ristre. Parece que quiere más
guerra. Noto como si el culo me diese un bocado. Desde luego que entre unos y
otros me están haciendo un vicioso de cojones. Relajo el esfínter, preparado
para que mi sobrinete repita en mi interior la hazaña de hace un rato. Pero no.
No es a mí a quien quiere. Se sube a la cama, se coloca tras su padre (que niega
con la cabeza... pero que no se puede dejar de hacer lo que está haciendo), y
finalmente le endiña una clavada que me deja boquiabierto. Acompasan las metidas
y sacadas: para dentro del culo de mi hijo, para dentro del culo de mi hermano;
para fuera, para fuera...
Tengo envidia. Cochina envidia. Estoy casi decidido a pedirle
a mi sobrino que cambie de agujero; pero no hace falta...
- ¡Hola papá! ¿Puedo...?
Mi verga queda en el aire. El ano de mi hijo pequeño tan
abierto como mi boca, queda latiendo enrojecido. Porque el que está tras de mí,
el que está restregando contra mi culo su pollón (que no tiene nada que
envidiar al de su primo Sebi) es, ni más ni menos, que...
- ¡Arturo, hijo, que alegría más grande!
- ¡La alegría te la voy a dar ahora, so mamonazo!- y
en su tono alegre intuyo que me ha perdonado lo que ocurrió hace tres meses, en
el desván.
Sus manos cálidas se apoyan en mis hombros. Noto su cuerpo
ceñirse contra el mío, como si estuviese esperando algo. Su gruesa polla se
apoya sobre mis riñones. Me da la sensación de que es como un soldado que espera
el momento propicio para ponerse al paso, igual que sus compañeros de desfile.
Sigo enculando a su hermano. Arturo se decide y aprovecha cuando lanzo mis
nalgas hacia atrás para empitonarme con su nabo. Ya estamos el trío La-la-la, al
completo. El gemelo bajo de mí, con el culo dilatado albergando mi verga. Simula
que se queja, pero ya hace rato que el dolor dejó paso a un más que subido
gustirrinín. Lo noto porque al retirar mi polla, su culito parece que la sigue,
como no queriendo perder el contacto. Y yo, pues lo mismo. Por primera vez en mi
vida estoy sintiendo la barra de carne de mi hijo mayor enclaustrada en mi
interior, como un monje rojo visitando un oscuro monasterio. Pronto dejamos de
bromear, porque en la alcoba se puede cortar el aire denso y sexual. Efluvios de
esperma, de sudores, de lágrimas, de orín y de humores que destilan una morbosa
sensualidad.
Somos una máquina perfecta resollando sobre la cama. Un
monstruo de seis cabezas que jadea al unísono. Pieles contra pieles. Los gemelos
se miran uno al otro. Sus sonrisas no dan a entender que lo estén pasando mal.
Más bien todo lo contrario. Testículos golpeando contra testículos. Pollas que
salpican humedades al rozar en los orificios anales. Las rubias cabezas de mis
gemelos terminan unidas, dándose un cálido beso. Uno más de los miles que se han
dado en esta vida. Y mi hermano Pedro y yo tenemos envidia de ellos. Y acercamos
nuestras jetas rasposas y sin afeitar, hasta quedar morro contra morro, alma
contra alma. Gotean las salivas por las comisuras. Arreciamos los embates contra
los culos lacerados de mis hijos gemelos. Pollas venosas, durísimas, mojadas,
entrando a saco en las juveniles fundas. Y tras nosotros, dándonos nuestro
merecido, su hijo y el mío, besándose a su vez, morreando como descosidos,como
posesos. Seguramente siguen la racha besucona comenzada por la noche, mientras
compartían cama, mientras se follaban por primera vez a los putitos gemelos de
culos en flor.
Ya se han marchado. Pedro y Sebi. Tan ojerosos como nosotros.
Tan felices como nosotros.
Quedamos los cuatro. Los gemelos trastean por el desván. No
quiero saber lo que estarán tramando esta vez.
Friego los platos. La moto de Arturo petardea en el patio. Ya
llega. Noto el olor de su loción de afeitar. No dice nada, pero pronto siento su
presencia tras de mí. Le estoy esperando.
La cremallera baja con suavidad. Abro el grifo y el jabón
resbala por mis manos, desapareciendo por el desagüe. Las manos de mi hijo
desabrochan mis pantalones jeans. Su carne ardiendo se frota contra mí. Muerde
mi cuello. Resuella.
- ¡Papá, papá...cuánto te deseo!
No le contesto. Simplemente abro mis muslos, elevo mis
nalgas, relajo mi esfinter. De todo lo demás se ocupa él. Su gran vergajo
comienza a subir por mi interior, siguiendo la ruta que ya conoce muy bien.
Y una lágrima de felicidad baja por mi mejilla. Y una gota de
precum brota de mi polla. Y su verga comienza la tarea de buscar su placer y el
mío. Ajenos a lo que opine la sociedad.
Y arriba, en el desván, los gemelos intercambian sus
chupetes.