Ojos que no ven, Corazón que no siente.
1
- Espero que vayan hartos amigos a la reunión. Quiero que los
conozcas, Edgardo.
- Ya era hora que me presentaras a tus amigos.
- Bueno, ahora es el momento indicado.
- ¿Me dijiste que iban a estar presentes dos parejas gays?
- Claro, son algunos de los pocos amigos gays que tengo.
- ¿Y cómo están los minos?
- Más o menos no más, no son de mi gusto. Pero el anfitrión,
el esposo de Marta, una de mis mejores amigas, está como quiere.
- ¿Ah, si? ¿Qué tan rico es?
- Bueno, es uno de mis pocos amigos héteros que practica
deporte: Aparte de ir al gym, hace artes marciales, kung-fu, judo o algo así. Es
tremendo, mucho más que yo, pelo castaño claro y con un cuerazo que ya le he
dedicado hartas pajitas.
- Debe ser el medio mino entonces.
- Ummmm, claro…
- ¿Qué pasa, por qué esa cara?
- ¿Te puedo contar algo, pero tú te guardas el secreto?
- Pero pues claro… ¿No me digas que te comiste a tu amigo?
- Eso yo quisiera. Lo que pasa es que con los chiquillos,
esos amigos gays de los que te acabo de hablar, creemos que a Gonzalo, el
anfitrión, le gusta el hueveo.
- ¿En qué sentido?
- Que se hace el tonto y es bisexual.
- ¿Por qué dices eso?
- Bueno, por varias razones. En primer lugar, para ser
heterosexual se preocupa mucho de su facha. Siempre anda muy arreglado y es
super vanidoso.
- Bueno, si el tipo es tan lindo como dices, es obvio que se
cuide y produzca harto.
- Claro, es que no es sólo eso. Mira, resulta que a Gonzalo
le encanta tener amigos gays, porque le gusta que lo miren harto, ser el centro
de todo y como es tan guapo, saben que los colitas andan calientes con él.
- Ya ¿Y?
- Que además a veces hasta ha salido con nosotros a discos
gays, claro que con Marta incluida.
- Aún no le veo nada de raro. ¿No me digas que es afeminado?
- Para nada, si Gonzalo es muy masculino y eso es lo que le
encanta a la gente. Es como bien machote y cuando lo conozcas, te darás cuenta
que tiene un no se qué, como un aire de macho cachero que te da la idea de que
en la cama es todo un semental. En otras palabras, Gonzalo es alguien muy
sensual y sexual.
- Ummm, qué rico. Me encantará que me lo presentes.
- Yo siempre me he pasado la película de que en una de esas
Marta se aburre de él o se separan y yo me lo encuentro todo deprimido y lo
consuelo. Le daría como caja, le haría todo. Si tiene el tremendo culo y medio
paquete.
- ¿Y cómo sabes tú eso?
- Antes entrenaba en el mismo gimnasio que yo y varias veces
nos fuimos al camarín juntos y luego a las duchas. Tienes unas bolas tremendas,
rosaditas, justo como me gustan. Yo tenía que controlarme para que los ojos no
se me fueran a ciertas partes de su cuerpo y se me parara.
- ¡Qué caliente eres!
- Bueno y por eso te gusto tanto.
- Es cierto, por eso y muchas cosas más. Pero volviendo a lo
de Gonzalo, me da la impresión que tú y tus amigos sólo fantasean con Gonzalo,
pues nada de lo que me has contado dice en verdad que a Gonzalo se le quema el
arroz.
- Puede ser, sin embargo hay algo más que todavía no te he
dicho.
- Bueno, cuéntame.
- Resulta que Gonzalo es un gran pornófilo. Él mismo me
prestó varias pelis antes que yo decidiera salir del closet, por lo tanto antes
de tener mi gran colección de porno duro gay tuve varios filmes hétero y me la
corría viendo a los minos.
- Bueno ¿Y?
- Que la primera película porno gay que vi en mi vida fue
gracias a él. Supuestamente era una película bisexual y yo haciéndome el leso se
la pedí de su montón con el supuesto objetivo de satisfacer mi curiosidad.
Cuando llegué aquel día a casa, me di cuenta de que era una cinta de puros
machos culiando. Estaba más contento que la cresta.
- Ok. Que tenga una peli gay no lo hace gay.
- Es cierto, pero lo que ignoras tú es que a mi amiguito le
encanta pajearse viendo pelis pornos.
- Como hacemos casi todos los hombres…
- Cierto, pero una cosa es masturbarse en la soledad de tu
cuarto o con tu pareja y otra con un amigo tuyo, siendo que tu amigo es gay y tú
supuestamente heterosexual.
- ¿No me digas que te la corriste con Gonzalo?
- Eso yo quisiera. Pero uno de mis amigos, Hernán, sí. Hernán
es uno de los chiquillos que estará en la reunión y que vive con su pareja hace
años, así que se supone que su "marido" no tiene idea de que él y Gonzalo se
pajearon juntos.
- ¿Y cómo fue eso?
- Resulta que un día, cuando Gonzalo y Marta vivían
arrendando una pieza en el edificio de Manolo, otro de los amigos gays del
grupo, allá también vivían Hernán y Alonso, su pareja. Así que se veían seguido.
En esa ocasión Gonzalo estaba cesante y se pasaba todo el día echado en la cama,
en pijama, viendo cable o pajeándose viendo pornos…
2
Era una calurosa tarde de octubre. 33º C a la sombra y la
atmósfera en el edificio, una hermosa y antigua construcción que el dueño había
decidido sacarle partido en arriendo por piezas, en medio de barrio
universitario de creciente desarrollo, era más que agobiante. Como era un
edificio viejo, no poseía aire acondicionado, ni calefacción para los meses de
frío, por lo que los inquilinos debían usar de sus propios medios para
sobrevivir a los rigores climáticos. El reloj marcaba las una de la tarde y de
seguro todavía quedaba rato para que la temperatura subiera.
El musculoso y peludo cuerpo de Gonzalo daba grandes señales
de sufrir por el calor, pese a que mantenía las ventanas abiertas que daban con
la calle y tener prendido el ventilador. Por su piel la transpiración le
mantenía el cuerpo pegajoso y las gotitas se condensaban más aún en el abundante
vello de su tremendo pecho y el que le salía por el cuello, hasta llegarla a la
tupida barba de marinero que poseía. Gonzalo se había quitado la camisa del
pijama y quedándose en puro pantalón sobre su cama, sin calcetas, se dedicaba a
pasar el rato viendo la última porno que se había comprado. Pese a llevar años
viviendo con Marta, con quien se casaría recién tres años después, luego de
saber que iban a ser padres, aún le gustaba mirar filmes pornográficos a solas y
masturbarse como en sus locos años de soltería. Como no tenía nada que hacer y a
Marta aún le quedaban horas en el trabajo, Gonzalo se puso a mirar el filme
clásico de la Cicciolina, la actriz que había reinado en sus sueños húmedos por
años desde la adolescencia, que por fin poseía para completar su colección. El
calor lo ponía más cachondo, con el sudor saliéndosele por todos los poros. No
pocos minutos previos a comenzar la película se había estado mirando al espejo
de cuerpo entero, quedándose en puros calzoncillos, para contemplar mejor su
bien formado cuerpo, el que había conseguido tras años de controlado ejercicio y
dieta. Le gustaba mirarse ese trasero que sabía que sus amigos gays tanto
deseaban y contemplarse el bulto entre las piernas que se notaba potente, en
especial cuando con el pene duro se le asomaba la roja cabeza que la ropa
interior era incapaz de ocultar en su erección de potro. Así que estuvo
mirándose al espejo, sacando músculos y posando previamente a su sesión
pornófila. Una vez comenzado el filme y cuando su heroína favorita se estaba
comiendo un pene tan grande como el suyo, Gonzalo se llevo una mano al paquete
que ya estaba en su plenitud y se sacó el miembro para iniciar la masturbación.
No se bañaba desde la noche anterior, por lo que el aroma de su sexo era muy
fuerte, algo que lo ponía más caliente, ya sea durante sus actos onanistas o
cuando le hacía el amor como desaforado a Marta. Gonzalo se la frotaba fuerte y
ya sus dedos se impregnaban de abundante líquido transparente, que luego se
llevaba a las endurecidas tetillas para apretárselas o a los labios para
lamérselos. Su gran mano no alcanzaba a abarcar las gloriosas dimensiones del
falo, grueso a tal punto que todas sus parejas gemían con gran placer y dolor
cuando eran poseídas por ese monstruo. "Debería ser actor porno, no me iría mal,
como me dijo Hernán", pensaba Gonzalo a la par que se autocomplacía.
Se encontraba tan excitado, más ahora que a Cicciolina se la
montaba un negro que le llegaba a romper el culo, que lo único ya que quería era
ver a su mujer para sacarle la ropa con frenesí y hacerla suya una y otra vez.
Pero también se acordaba de aquella ocasión en la universidad cuando luego de
unos tragos, se quedó dormido junto a su mejor amigo de aquellos tiempos, en el
cuarto que arrendaba y al despertar lo vio en pelotas al lado suyo. Carlos
seguía durmiendo la mona y una gran erección se destacaba entre las piernas.
Curioso y luego todo ardiendo, Gonzalo le corrió mano a su amigo y le hizo todo
lo que quiso menos penetrarlo. Fue la única vez en que estuvo con un hombre. Si
bien nunca despertó supuestamente su amigo, en un momento cuando se la mamaba,
lo escuchó gemir de placer y le dio la impresión de que Carlos llevaba rato
despierto, pero que no daba señales de ello, sólo para gozar sin problemas de
ese inesperado contacto entre los dos compañeros. Le había lamido las tetillas
de su bronceado torso y verle la marca de la zunga que usaba para sus clases de
natación, había sido muy erótico para él. También le pasó la lengua por el
cuello, apenas rozando con su boca los gruesos labios de Carlos. Y el firme
trasero que había punteado al hacer cucharitas con él, era otro fantasma que se
le venía a la cabeza entonces. Cuando Gonzalo se acordaba de esto y veía cómo lo
miraban otros hombres, sentía dentro de si el oculto anhelo de volver a estar
con un hombre y ahora hacer muchas otras cosas que en aquella fecha se quitó el
privilegio de experimentar. Carlos se casó con una compañera de curso y sacó la
panza de los matrimoniados, quitándole todo el deseo que secretamente Gonzalo
mantenía por su amigo.
Estaba a punto de venirse cortado, cuando tocaron a la
puerta. Gonzalo dio un salto en la cama del puro susto y si ya antes de que
tocaran a la puerta su corazón, producto de la excitación, latía con rapidez,
ahora casi le explotó dentro del pecho. Con su voz ronca de locutor radial
preguntó.
- ¿Quién chucha es?
- Soy yo, Gonzalo, el Hernán. Disculpa si te desperté.
- No hay problema, cumpa. ¿En qué te puedo ayudar?
- Sólo quería pasar a verte, pero si estás ocupado a la noche
te paso a visitar a ti y a Martita.
- No seay gil. Espera que ya te abro la puerta.- "Y también
te abriría otra cosa" pensó libidinoso Gonzalo, tras subirse la ropa y parar la
película. Aún con el torso desnudo y teniendo el pene todavía duro, hecho que
Hernán algo podía vislumbrar desde su posición, pero que prefirió quedarse para
callado, Gonzalo le abrió la puerta a Hernán.
Hernán era bastante apuesto a su manera. Alto y fibroso, con
los músculos bien marcados en los brazos y el pecho, los que se le notaban mejor
con la ajustada polera azul que llevaba, sin mangas. Acinturado y con una
espalda ancha que le daba el aspecto propio de un bailarín, actividad a la que
se dedicaba profesionalmente. Si bien era lampiño en el cuerpo, unos cuantos
pelitos negros en la barbilla lo hacían verse más interesante. Lo blanco y
lampiño de su cuerpo, le recordó a Gonzalo la conocida carne de Marta. Hasta ese
momento, cuando Gonzalo se sentía atraído por otro hombre, era por lo general
hacia hombres delgados, blancos y lampiños como su amigo Hernán.
- ¿Y que estabas haciendo?- Le preguntó Hernán haciendo lo
posible porque sus ojos no se fueran hacia ese torso tan varonil que poseía
Gonzalo, esos pectorales gruesos y duros que se imaginaba lamiendo para sentir
en su boca y su lengua las endurecidas tetillas rodeadas de castaños vellos. Al
pensar en esto, Hernán sintió un inevitable cosquilleo en su sexo.
- Estaba viendo una película que me compré.
- ¿Y de qué se trata?
- Es una sorpresa. Mírala conmigo. Acuéstate conmigo aquí en
la camita. Siéntete en tu casa- Le dijo, golpeando el cubrecama con una mano y
acostándose en su cama.
- ¡Uf, qué calor! ¿Verdad?- De puro imaginar de estar echado
al lado de Gonzalo, con muy poca ropa, Hernán se puso nervioso.- ¿Tienes algo
para pasar el calor?
- Hay una cerveza en el refrigerador. Sácala no más.
- Genial,
Ya con la botella de cerveza en la mano, Hernán se sintió más
seguro y se tiró cuan largo era en la cama, con su cuerpo a pocos centímetros de
Gonzalo. El dueño de casa volvió a poner play y el filme continuó su curso.
Cicciolina seguía ensartada por el semental negro, quien ahora la tenía abierta
en dos patas y mientras se lo metía por la vagina, le apretaba ambos pechos con
sus manos. La mujer gritaba de puro éxtasis.
- ¿Así que estás tratando de corromperme con estas sucias
películas héteros?- Una sonrisa iluminaba el picarón rostro de Hernán.
- Bueno, tú sabes que me gusta la Cicciolina. Me faltaba sólo
esta para tener todos sus filmes.
- Igual está harto rico el negro.
- ¿Te gustaría que te pisara ese negro? Tiene el tremendo
fierro.
- ¡Qué eres pesado, Gonza!
- Dime la verdad ¿Te comeríai a ese negro?
- Bueno, ehhh, yo….
- ¡Uy que te pusiste niñita!
- Bueno, sí, me encantaría que ese negro me lo metiera hasta
por las orejas.
- ¡Ese es mi amigo!- Y entonces Gonzalo le palmeó el vientre
a Hernán, quien ante esta inesperada muestra de afecto masculino se sobrecogió.-
¿Te pasa algo?
- Nada, es que nunca antes me habías tocado así.
- ¡Qué cuático eres! Oye ¿Te queda cerveza?
- Sí, un poco.
- Convídame.- Hernán se iba a parar para echarle en un vaso
el resto del líquido que quedaba.- No le pongay tanto, dame así no más de la
propia botella, como los hombrecitos.
Mientras Gonzalo se bebía el resto de la cerveza, Hernán se
quedó callado, tratando de ver el filme, pero sus ojos se desviaban hacia su
lado, pues el brazo de Gonzalo que tenía la botella, se doblaba mostrando en
todo su esplendor la musculatura de su amigo. La peluda axila de Gonzalo lo
excitó más y así sin quererlo, en medio del aroma a macho que se desprendía del
cuerpazo de Gonzalo, a Hernán se le empezó a poner como piedra entre las
piernas.
- ¿Tú veís películas pornos?
- ¿Cómo? ¡Ah, pues claro!
- ¿Y te la corris viéndotelas?
- Por supuesto.
- A mí me calienta caleta la Cicciolina. ¿Te molesta si me la
corro aquí contigo?
- ¿Me estás haciendo una broma o qué?
- No en serio. Es que ando más caliente que la cresta y en
todo caso estamos entre amigos ¿Tenemos confianza o no?
- Pero pues claro, es que no me esperaba esto.
- Bueno, así tendremos algo más que nos una.- Y sin decir
nada más, ni esperar a que Hernán dijera cualquier cosa, Gonzalo se llevó una
mano a su abultado paquete y se lo masajeó, con una cara de sátiro que al propio
Hernán más cachondo lo puso. Durante un par de minutos Hernán hizo que veía la
película, pues le daba vergüenza mirar a su amigo, quien ya se había sacado de
entre el marrueco su glorioso miembro, del que salía un espeso líquido
transparente. Gonzalo se la pelaba despacito, pero llevándose todo el cuero
hacia abajo, para exponer su tremenda cabeza roja. De entre el agujero del
pijama, tras sacarse el miembro, unos cuantos pendejos gruesos y castaño claro,
como el del resto del peludo cuerpo de Gonzalo, daban la imagen de que su pubis
era tan peludo como la mayor parte de esa carne del macho que se masturbaba al
lado de su amigo. Gonzalo se pasaba la lengua por los labios, mirando con deseo
a la musa de sus calentonas películas italianas.- Si quieres te la corres
también, Hernancito.
- Me da plancha.
- No seai hueón. ¿Acaso no estay caliente?
- La verdad es que desde hace rato que la tengo pará.
- Sí, si me di cuenta.
- Bueno, no está demás.
Hernán se bajó el jeans y su pequeño calzoncillo hasta los
muslos y sacó un miembro que para nada tenía que envidiarle al de Gonzalo.
- Buen pico, amigo.
- ¿Tú crees, Gonza?
- Claro.
Ahora ambos se masturbaban al unísono. Una vez perdido el
miedo, Hernán se llevó un dedo al lampiño culito y jugó con él alrededor de su
ano. Al ver esto, Gonzalo posó una mano sobre el falo de Hernán, mirándolo a los
ojos, y se puso a corrérsela, teniendo su otra mano en su propia verga. Hernán
seguía hurgándose el trasero, ahora metiéndose de lleno los dedos en el culo que
ya clamaba por una buena embestida.
- ¡Tenis un pico muy rico, Gonzalito!
- Bueno, aquí lo tienes para lo que tú quieras.
Hernán se volteó un poco más hacia el dueño de casa, para
disfrutar mejor la exhibición de ese varonil cuerpo, que por fin tenía para
gozarlo y se puso a pajearlo. Le aferraba el miembro con fuerza, para sentir ese
músculo hirviendo entre sus dedos. Luego hundió los dedos en el agujero de su
ropa interior y se puso a juguetear con sus hirsutas bolas, lejos mucho más
grandes que las suyas.
- ¡Quedémonos piluchitos!- Fue el propio Hernán, ya
envalentonado, quien hizo la propuesta.
- Mejor.
Y con rapidez se desnudaron. Era la oportunidad de Gonzalo de
dar rienda a sus fantasías homoeróticas más reprimidas, desde aquella vez en que
no fue capaz de hacerle todo lo que quiso a su compadre universitario. Con la
experiencia que había adquirido en sus años como heterosexual bueno para la
cama, abrió de piernas a Hernán, que goloso se dejó dominar, y levantándole el
blanco culo, le lamió el orto sacándole suspiros de placer. Hernán veía la
rapada cabeza de Gonzalo, que se movía con profesionalismo con cada lengüeteada,
y se masturbaba ávido. Gonzalo mismo , arrodillado entre las piernas de Hernán,
tenía en una mano ese falo que en cualquier momento invadiría las entrañas de
Hernán; abriéndose paso para inundarlo en el clímax, de toda la leche acumulada
desde que solito se puso a corrérsela.
- Quiero hacer el 69- Confesó Gonzalo- Pero quiero que tú me
des el beso negro, mientras yo te la mamo.
- Por supuesto, Gonzalito, me encantará pasarte la lengua por
ese culo peludo que tienes.
- Méteme los dedos también. Siempre le pido eso a Marta.
Gonzalo se acostó sobre Hernán, ambas pieles, ambas carnes
sudando en medio del cuarto donde secretamente daban rienda suelta a su deseo
guardado desde que se conocieron. El sabor del miembro y los huevos afeitados de
Hernán, le parecían a Gonzalo un caviar y Gonzalo hacía lo posible por meterse
la mayor parte de ese imponente pene que lo tenía hipnotizado. Pensar que tantos
años estuvo guardándose el deseo de volver a hacer un buen fellatio.
Con brutalidad, poseído por su naturaleza sexual, Gonzalo al
salirse de donde estaba, dio vuelta a Hernán para dejarlo con el culo paradito,
y se puso a pasarle el enrojecido glande entre las nalgas. Hernán contento se la
frotaba y estuvo a punto de acabar.
- ¡Ay, Gonza, qué eres caliente!
- Sí, soy muy caliente y más porque me gustay caleta.
- Y tú a mí. Soy todo tuyo.
- Así será.
Ahora Gonzalo le pegaba en los cachetes, ya sea palmadas, y
luego con el miembro de fierro, cada vez que giraba el cuerpo para golpearlo con
el glande. Luego lo tomó de la cintura y lo hizo levantarse para abrazarlo y
recorrerle todo el flexible cuerpo con sus manos y unidos besarse en la boca por
primera vez. Mientras lo tenía así, sin condón, fue enterrándole el pene poco a
poco, carne que el culo de Hernán recibió húmedo, feliz y dispuesto. Las
sacudidas de Gonzalo eran violentas, tal como le gustaban a Hernan, quien tenía
su propio pene completamente tieso. Gonzalo le besaba el cuello, la espalda, de
nuevo la boca sensual, mordiéndole con delicadeza los finos labios, una orejita.
Como pudieron siguieron fusionados, ahora acostados en la cama, que ya arrugado
el cubrecama recibía la transpiración de estos nuevos amantes. Continuaban
unidos, con las lenguas jugando entre sí, cuando en un torrente de leche,
Gonzalo se vino en el interior de Hernán. Al mismo tiempo, con un gritito,
Hernán eyaculó abundante semen que cayó sobre su plano vientre, hasta caer a al
deshecho lecho. Todavía goteándole el pene, Gonzalo se salió de dentro de Hernán
y se acostó sobre él, cara contra cara, para besarse mejor y con sus abdómenes
unidos, dispersar entre sus cuerpos la leche conjunta de su entrega.
Luego se fueron a duchar juntos y bajo el agua, ya cansados y
más tiernos, continuaron deseándose, pero ahora convertidos en puras caricias y
besos.
3
- Oye, Edgardo, acompáñame a comprar unos tragos y
cigarrillos que se están acabando.
- Ya po´, vamos no más.
- ¿Y cómo la estay pasando?
- Super bien. Muy simpáticos tus amigos. Por cierto, ese tipo
de Hernán es harto hueón; tiene el medio mino de pareja y me cuentas que anda
acostándose con otros gallos. Igual comprendo que haya seducido a Gonzalo.
- Si no fue para tanto, sólo una pajita que se hicieron
juntos los muy calentones.
- ¿Y tú crees que no se aguantaron las ganas y puro se la
corrieron? Yo creo que mínimo se la chupó al Gonzalo.
- Bueno, si es así, espero que Gonzalo no ande gorreando a su
esposa, más ahora que están a punto de ser padres.
- Sí, igual fuerte la cosa.
- ¿Y qué te pareció el propio Gonzalo?
- Bueno, está bien rico. Y efectivamente tiene una cara de
bueno para la cama que nadie se lo quita. Buen cuerpo.
- ¿Sabes que estoy intrigado? ¿Por qué será que cuando los
presenté te preguntó si se conocían de alguna parte? ¿De dónde tendría que ser?
- Se confundió el Gonzalo.
- Podría ser, pero tú te pusiste nervioso, como que te
evadiste y al rato te fuiste a conversar con los que ya te había presentado.
- Te lo estás imaginando.
- Pero es que ahora que me acuerdo bien, era como que
estuvieras evadiendo a Gonzalo. Igual feo de tu parte, pues él es el anfitrión y
se puso con casi todo lo que hay para comer y beber.
- No le pongay tanto, si sólo es que me cayeron muy bien los
demás y estaba entretenido hablando con las parejas gays que conocí.
- Dime la verdad ¿Pasó algo entre tú y Gonzalo?
- ¡Las huevadas que se te ocurren! ¿De dónde tendría que
conocerlo?
- No sé po, como de seguro mi amigo tiene su vida secreta.
Además, apenas te conozco hace un año, quién sabe con quiénes te metiste antes
de que anduviéramos saliendo.
- Oye, a ti no te importa lo que yo haya hecho antes de ti.
- Es cierto, pero yo sé que algo me estás ocultando. Además
no me puedes negar que entre todos los minos del carrete, Gonzalo es lejos el
que está más güeno y que él es más de tu tipo que el resto.
- Ummm, eso es cierto.
- ¿Viste que te conozco?
- ¿En serio quieres saber la verdad?
- Claro que sí, si no te lo pregunto por celoso, sabes que no
lo soy. Sólo quiero saber la verdad de puro morboso que soy.
- Ok. Aunque no es tal como tú te lo imaginas. Resulta que es
cierto que conozco a tu amiguito de hace un tiempo atrás, aunque él no me
reconoció, pues yo antes tenía otra apariencia.
- ¿No me digas que eras gordito? ¿No te decía yo que tenías
el culito gordito?
- ¡Hueón pesao! No, hace un par de años yo usaba el pelo
largo, con colita y también llevaba barba.
- Ummm, con barbita bien rico debes haberte visto, pero sabes
que lo del pelo largo no es de mi gusto.
- Eso es lo de menos. Volviendo a mi historia, un día me
encontré a tu amigo en el 282.
- ¿En el sauna?
- Claro, pero él no me dijo que se llamaba Gonzalo, si no que
se presentó como Rodrigo.
- ¿Y follaron juntos? ¡La suerte la tuya!
- No, para nada. Sólo estuvimos hablando un buen rato, pues
yo había ido con otro tipo, con el que estaba saliendo en aquel tiempo.
4
Edgardo estaba de vacaciones y antes de irse a la playa,
quería ir al famoso sauna gay 282 del que tanto le habían hablado. A ver qué
hombres guapos conocería, con cuantos tendría sexo y si en una de esas salía de
allí con una nueva pareja o amigo con ventajas. Con el corazón latiéndole a gran
velocidad, entró con paso inseguro al sauna. La emoción de estar entrando por
primera vez en su vida a un lugar donde vería todo tipo de hombres desnudos
deambulando por todos lados, todos gays o bisexuales y a los que sin problemas
podría abordar en busca de sexo, era demasiado grande.
Llevando una minúscula toallita alrededor de su cintura,
deambuló por el sitio para conocerlo. A su alrededor todo tipo de hombres había,
muchachos que recién venían saliendo de la adolescencia, jóvenes, viejos,
flacos, gordos, atléticos, osos, montañas de músculos, había de todo. A veces
captaba un par de ojos deteniéndose en su figura con lascivia, otras veces era
él quién con timidez miraba a alguien que le gustaba, pero no sabía cómo
abordarlo.
En el primer piso, casi al frente de la recepción, había una
pequeña piscina, en la que se encontraba sólo una persona, un tipo muy apuesto.
Tenía lo que llamaba una belleza masculina, con barba y rapado. Dentro de la
piscina, no se podía saber bien de qué porte era, pero al ver su magnífica
musculatura, con mucho pelo, de seguro que el tipo era grandote. Además tenía un
rostro amistoso y un aire calentón, por lo que venciendo su timidez, Edgardo se
le unió en la piscina poniéndose frente a frente al galán.
Gonzalo, que había decidido hacerse llamar por su segundo
nombre, Rodrigo, para guardar cierto anonimato, había llegado tan sólo media
hora antes que Edgardo. Dentro de una semana se iba a casar por fin con su novia
de años, pues Marta había quedado embarazada y por su trabajo no era lo ideal
que la vieran preñada y soltera. Esta salida secreta era su propia despedida de
soltero. Quería culiarse rico y bien a otro macho nuevamente antes de quedar
comprometido en el matrimonio, pues desde su aventura con su amigo Hernán no
había vuelto a probar a otro hombre. El recuerdo del sabor de un buen pene,
tener entre sus brazos un cuerpo duro y oír gemir de placer a alguien que no
fuera una mujer, eran obsesiones latentes que formaban parte de sus constantes
sueños. Para evitarse problemas, puesto que ambos estaban comprometidos y tenían
amigos en común, Gonzalo y Hernán decidieron dejar la idea de ser amantes. Así
que tras probar por primera vez un buen culo de macho, Gonzalo se encontraba
ardiendo por otro.
Desde su posición en la piscina, Edgardo miró con descaro a
Gonzalo, para ver de inmediato si había atracción mutua. Una sonrisa encantadora
hizo más atractivo el apuesto rostro de Gonzalo. Edgardo fue incapaz de
controlar en el agua el comienzo de una erección.
- ¿Cómo estay?- Preguntó Gonzalo.
- Muy bien ¿Y tú?
- Acá refrescándome y esperando conocer a alguien
interesante.
- Con lo lindo que estás de seguro no te costará, acá los
tipos van a hacer fila para estar contigo.
- Gracias, qué simpático erís. Soy Rodrigo- Y se fue hacia el
otro extremo de la piscina para darle la mano. Este acto inesperado, demasiado
amistoso para Edgardo, lo puso algo nervioso; después de todo iba hacia él el
único tipo con el que se había atrevido a hacer contacto en el sauna. Se dieron
la mano y Gonzalo se ubicó a su lado.
- Yo soy Edgardo.
- Erís bien guapo, Edgardo.
- Gracias, tú también lo eres, aunque yo para nada soy tan
regio como tú.
- Yo te encuentro bien lindo y varonil, justo lo que ando
buscando acá.- El pene se le puso mucho más duro a Edgardo, pues ahora Gonzalo
se había acercado más a él. Una peluda pierna tocó una de las suyas. – Me gusta
ese tatuaje que tienes aquí- Y le tocó su tatuaje en el brazo derecho con forma
de alambre de púa.
- Tengo otro, pero más abajo.
- ¡Qué interesante! ¿Y se puede saber dónde?
- Arriba del ombligo.
- Me encantaría verlo. Además por lo que veo de ti, debís
tener una guatita bien rica, durita.
- Sí, me cuido harto. Pero tú lejos posees un lomo mejor que
yo, además tan pelúo, me encanta eso.
- Ummm, veo que nos gustamos mutuamente. Qué bueno.- Y
Gonzalo se puso ahora frente a él para mirarlo mejor. Entonces con una mano le
agarró el endurecido miembro a Edgardo, los dedos afirmados con fuerza a él-
Está harto rico este pico, todo durito. Siente el mío, está igual de grande,
grueso y tieso.- Con el ardor que lo caracterizaba, Gonzalo le tomó con la otra
mano una a Edgardo y se la llevó a sus genitales para que comprobara sus
palabras.
- Muy buena herramienta, compadre.
- Oye y qué te gusta en la cama.
- De todo. Disfruto con todo en la cama.
- Genial. Yo soy activo.
- Exquisito, me encantaría sentir un macho como tú dentro de
mí.
Edgardo se abalanzó sobre Gonzalo y se apretó contra su
carnoso cuerpo, llevando sus manos a su culo y su lengua hacia la boca
hambrienta de Gonzalo. Éste era unos pocos centímetros más bajos que él, pero lo
que lo faltaba lo compensaba con sus grandes músculos y bien formado trasero. Y
en cuanto a su falo, pues era maravilloso sentirlo todo rígido contra el suyo.
Ambos se frotaron contra sí para disfrutar al sentir los penes unidos, como sus
bocas que se comían mutuamente.
Gonzalo estaba tan caliente, que quería sentir entre sus
nalgas lo que era una lengua masculina, así como un órgano tan sabroso como el
que poseía Edgardo. Apoyándose en el borde de la piscina le dio la espalda a su
compañero, levantando lo mejor posible el culo para comunicarle sin palabras lo
que quería de él. Edgardo ante la vista de esa espalda perfecta y ese trasero
solícito, no vaciló en pegarse a él, con el pene convertido en piedra al rojo
vivo. Jugó un rato con los pelitos que estaban entre la espalda y la parte
inferior del cuello de Gonzalo, tirándoselos suavemente mientras lo punzaba por
detrás. Ante cada estocada Gonzalo decía "Rico, rico" y se la corría con esmero.
El cabezón pene de Edgardo le sensibilizaba su aún casto culo, punteándole el
ano, sacándole gemidos como no se lo esperaba. Cuando sintió las manos de
Edgardo presionándole las tetillas, estuvo a punto de irse cortado, pero se
contuvo.
- ¡Chucha que me calentaste! No te aceleres tanto, que me vai
a hacer acabar, mejor siéntate arriba para mamártela. Así, abre bien las piernas
y disfruta de mi boca chupona.
Edgardo se dejaba querer por Gonzalo, quien con su ex amante
Hernán, había aprendido a meterse dentro todo un dotado pene. Se metía y se
sacaba a cada rato los veinte centímetros de carne hirviendo, dejándola pegajosa
con su saliva. A su vez con los dedos le hacía presión en los testículos de toro
a Edgardo, casi tan grandes como los suyos, pero menos peludos, para ordeñarlo
mejor. Edgardo quería sentir ya esa experta lengua en su trasero y se dio vuelta
para entregarse. Extasiado, Gonzalo le chupó el culo hasta que fue inevitable
que no pudiera aguantarse las ganas de penetrarlo.
- Quiero metértelo- Le dijo.
- Ya po´, Roro. Acompáñame a buscar unos condones y
lubricante, mira que necesitaré ayuda para tener dentro mío un pico tan inmenso
como el tuyo.
- No te preocupes, te meteré primero la pura puntita y luego
entraré con suavidad y ya cuando te acostumbres a mí, te lo haré con fuerza,
estrujándote entre mis brazos.
- Uf, el hueón rico.
- ¿Vamos a culiar acá en la piscina?
- No, acá hay unos cuartos que arriendan. Pidamos uno y allí
follamos como locos.
- Demás po´.
Ya en el cuarto, con el fuego quemándoles el cuerpo, se
besaron con frenesí y Gonzalo se permitió recorrer a besos la geografía de
Edgardo, para conocer mejor su cuello, sus hombros, su pechito peludo, sus
brazos, el tatuaje que tenía sobre su ombligo, sus piernas de futbolista…Aferró
su pene contra el de Edgardo, pajeándolos a la vez que le mordía una oreja. Su
miembro estaba en ebullición. Se impregnó dos dedos de lubricante e hizo
acostarse hacia abajo a Edgardo para abrirle el culo. Sus dedos entraron sin
mayores problemas, pero como su falo era mucho más grueso, lo dilató más
metiéndole ahora tres dedos que escarbaban el interior de Edgardo, dejándolo más
duro. Contra la colchoneta en la que se entregaría por fin Edgardo, su pene
botaba el fluido preseminal en abundancia.
Cuando ya estaba lo suficientemente preparado el trasero de
Edgardo para metérselo, Gonzalo con todo el peso de su cuerpo, se echó sobre él,
procurando ponérselo de una vez. Comenzó a forzar las suaves nalgas de Edgardo,
presionándole con la entrepierna para recibirlo a gusto, hasta que el pene de
Gonzalo se fue hundiendo poco a poco y ahora sus testículos cargados de leche
golpeaban esos ricos glúteos.
- ¡Sigue así, hueón, que me estay culiando tan rico!
- Así que te gusta cómo te la meto, bueno, a mí me encantas.
- ¡Uy, Rodrigo, qué macho eres!
Gonzalo pasó sus manos por debajo de las axilas de Edgardo,
para abrazarlo en esa pose. Le pasó la lengua por la transpirada espalda, con
sabor a hombre cachero, que tanto le había llegado a gustar. Gonzalo no se podía
imaginar mejor despedida de soltero. Edgardo se puso a mover el trasero de tal
forma que Gonzalo puso los ojos en blanco, pues la presión alrededor de su
miembro era tal, que casi se vino encima.
Se salió de dentro de Edgardo para cambiar de posición, la
favorita de Gonzalo, patita al hombro. Además de esa forma podía apreciar con
mayor intensidad el rictus de placer en el bello rostro de Edgardo y pasarle la
lengua por la cara para seguir alimentándose de su sudor. A su vez saladas gotas
caían sobre Edgardo desde la frente de Gonzalo, bañándolo. Ambos compartían sus
fluidos gratamente.
- ¡Uf, estás transpirando!
- Sí, tú también ¿Te gusta?
- Me fascina. Te paso las manos por este cuerpo tan bien
hecho que tienes y me caliento más. Eres suavecito para ser tan musculoso, Roro
y tus pelitos también son suavecitos. Qué huevada más rica, hueón.
- Ummm, precioso. Méteme un dedo en el culo.- Esa era la
única forma en la que Gonzalo se atrevía a ser penetrado, la que igual
disfrutaba bastante, por el momento.
- Me gusta tu potito tan peludito. Me encantaría metértelo.
- Ummm, gracias, pero sólo me puedes meter los dedos. Así,
rico, sigue haciéndolo así.
- ¿En serio no serías pasivo para mí?
- Quizás en otro momento. Oye, déjame metértelo paradito.
Exacto, ábrete bien de patas y pon las manos sobre la muralla. Imagina que soy
un paco que te está registrando en un callejón. Tú eres el maleante y tengo que
revisar si andas con un arma.- Gonzalo pasó sus manos por el cálido cuerpo de
Edgardo, deleitándose en esa carne mojada. Se puso en cuclillas y le dio el beso
negro antes de volver adentro. Edgardo se la pelaba retardando en lo posible el
orgasmo.
- Quiero tenerte dentro de nuevo, quiero acabar con tu pico
dentro.
Gonzalo le dio en el gusto y entró de un golpe en sus
entrañas, rodeándole el robusto torso con sus brazos, conjugados en besos y
caricias. Tras un rato así, Gonzalo se apoderó del miembro de Edgardo y se hizo
cargo de llevarlo al clímax masturbándolo como si no hubiera un mañana. Edgardo
suspiraba de puro gusto y tras un gritito, expulsó toda la leche retenida, la
que luego corría por la mano de Gonzalo y le llegaba hasta el antebrazo.
- Quiero que te corras sobre mi espalda.
Edgardo se tendió sobre la colchoneta y Gonzalo se sentó
encima del culo de Edgardo. Aprovechó de apretarse una tetilla mientras esperaba
que la leche manara de él. El semen no tardó en salir, disgregándose, el cual
luego esparció con una mano entre medio de las nalgas y toda la espalda de
Edgardo. Agotados, se quedaron quietos en esa posición, Gonzalo sobre Edgardo y
todavía botando las últimas gotitas de su preciado jugo.
Al comprobar Gonzalo que Edgardo se había dormido, con paso
silencioso salió del cuarto y se duchó. Tras vestirse y feliz de ese buen
revolcón, salió del 282 preparado para enfrentar su nueva vida como casado.
5
- César, en la mañana llamó Gonzalo y dijo que después de la
pega iba a pasar a hacernos una visita.
- Pucha, Edgar, tengo una reunión extraordinaria en la
oficina, así que llegaré más tarde ¿Le puedes atender tú mientras llego?
- Claro que sí. También es mi amigo.
- Y pensar que creí te caía mal, porque no me podís negar que
cuando te lo presenté en ese carrete, fuiste bien raro con él.
- Bueno, tenís que ponerte en mi caso. No todos los días te
encuentras con la sorpresa de que el mino con el que andas, tiene como mejor
amigo al tipo que estuviste a punto de tirarte y que además éste se encuentra
casado y a punto de tener guagua.
- En ese sentido te entiendo, mi amor. Pero igual encuentro
extraño tu comportamiento con Gonzalo y eso que ha pasado medio año desde que te
lo volviste a encontrar aquel día.
- Bueno, recién lo estoy conociendo.
- Dime la verdad ¿Te trató de seducir esa noche durante la
reunión?
- No, para nada, sino te lo habría contado al tiro.
- Mira que conozco muy bien a mi amigo y el hueón es tan
caliente que el año pasado en un cumpleaños, borracho y estando la Marta, se le
insinuó a la prima casada del cumpleañero.
- Ummm, qué lástima. ¿Y a ti te ha tirado los corridos?
- No, para nada. Gonzalo tiene bien claro que somos bien
amigos.
- Pero tú me dijiste que igual te atraía el mino.
- Es que es tan rico po´, habría que ser tonto como para no
darte cuenta de lo güeno que está tu amigo.
- ¿Y si te propusiera tener sexo con él?
- Difícil la cosa, pues primero soy amigo de Marta y luego de
Gonzalito.
- ¿O sea tu lealtad es mayor con Marta y no la traicionarías?
- Exacto.
- No te creo mucho la verdad, César, pues harto caliente que
eres y aunque ahora estamos viviendo juntos, sé muy bien que igual te calentai
con otros gallos.
- Hueón, el día en que me acueste con otro gallo, serás el
primero en saberlo.
- Sí, estoy seguro que sí, pero de que eres más caliente que
la cresta, eso es la pura verdad.
- Bueno, esa es una de las cosas que más te gusta de mí ¿O
no?
- Pues claro, si a mí también me gusta el leseo.
5
Eran las siete de la tarde, cuando Gonzalo tocó el timbre del
departamento en que vivían Edgardo y César. César ya llevaba una hora de retraso
respecto a su horario normal de llegada a casa. A medida que iba pasando el
tiempo, Edgardo se iba poniendo cada vez más tenso, pues desde que se había
reencontrado con Gonzalo, nunca habían estado a solas y saber que tendría que
hacer de anfitrión para Gonzalo le daba temor. Pero también sentía algo de
morbo, pues tener sólo para él al mejor compañero de cama que había tenido
jamás, y quien desde que se lo reencontró se convirtió en la mayor fuente de sus
masturbaciones solitarias, era demasiado adrenalínico para Edgardo. Igual
Edgardo, y más por respeto a su nueva pareja, había hecho todo lo posible por
evitar a Gonzalo. Tenía la leve sospecha de que si lo veía a torso desnudo,
reconocería sus dos tatuajes y entonces eso sería demasiado para ambos. Además
le había mentido a César sobre lo que ocurrió realmente esa vez en el 282.
Con una sonrisa radiante y con toda su espontaneidad natural,
Gonzalo le dio un abrazo de oso a Edgardo, quien controló sus confusas emociones
al respecto. Habían pasado casi tres años desde esa fornicación de película
entre ambos y Edgardo había cambiado harto desde entonces. Aparte de que ahora
llevaba el pelo corto y usaba patillas, se había puesto lentes ópticos, dejado
de lado la barba y sacado más cuerpo con el gimnasio, en especial en el torso y
los brazos. En cambio Gonzalo no había cambiado nada: seguía rapándose al cero
la cabellera y usaba esa barbita de unos cuantos días que tan varonil le hacían
verse; su cuerpo seguía siendo la montaña de músculos que tan deseable lo hacía.
- ¿Y el Cesarito?
- Le tocó una reunión en el trabajo, pero debe estar por
llegar ya. Me dijo que pasaría a comprar unas pizzas y unas chelas para
atenderte como si fuera Cristo el que llegara.
- Tan gentil él como siempre. ¿Y cómo hay estado tú?
- Yo bien con mis proyectos en la universidad.
- Han durado harto ustedes dos. Nunca le había conocido una
pareja de más de tres meses al César y más encima un gallo con el que se
decidiera irse a vivir juntos.
- Bueno, como dicen en una película de Miyasaki "Nadie sabe
qué camino tomará su corazón".
- ¿"Nadie" o "Nadien"?
- "Nadie".
Edgardo invitó a tomarse un café con galletitas a Gonzalo
mientras esperaban que llegara César. Se encontraban sentados en un sofá,
escuchando música y charlando de lo lindo de cosas banales, cuando Gonzalo se
puso serio y miró con detención a los ojos a Edgardo, quien estuvo a punto de
dar vuelta la taza de café que en ese momento sujetaba con una mano.
- Ahora que estamos en confianza, Edgar, y los dos solitos,
quiero hacerte una pregunta. ¿Acaso creís que soy hueón que no me acuerdo de ti?
- ¿Qué? No te comprendo.
- Bueno, te lo voy a hacer más fácil.- Y Gonzalo le agarró la
entrepierna a Edgardo, quien ahora sí que botó la taza de café- Tú y yo hace
unos años atrás en un sauna culiamos.
- Me estás confundiendo.- La cara de Edgardo se contraía de
sorpresa, miedo y admiración juntos tras lo que le estaba pasando.
- No te hagas le hueón. Yo nunca olvido una cara, aún cuando
la persona haya cambiado tanto su fisonomía como tú y menos me olvido de
aquellas personas con las que me he acostado. ¿O dime que acaso no te gustó la
cachita de aquella ocasión?
Edgardo estuvo a punto de pararse y despedir a su visita,
pero optó por quedarse callado, además, todavía la mano de Gonzalo seguía en su
ingle, la que se había puesto más que dura.
- Se te paró, o sea que te sigo gustando.
- ¡Putas, hueón, las cagaste para ser care palo!
- Es que teníamos algo pendiente entre nosotros dos. Pero
ahora contéstame ¿Te gusto todavía?
- Por supuesto que sí, más que la chucha.
Ahora que sabía Edgardo que todo este tiempo Gonzalo tenía
clara su identidad, llegó a la conclusión de que no valía la pena hacerse el
tonto con él. Eran dos hombres adultos, calientes y que se gustaban, no había
porqué quitarse el gusto de volver a tener sexo entre ellos. Gonzalo ya había
hablado con César lo de acostarse con otros individuos, ya sea aparte o en un
trío, y por primera vez desde que convirtieron lo suyo en algo más serio, era la
primera ocasión en la que se daba la oportunidad de gozar con otro macho que no
fuera César; un hombre además que le gustaba demasiado y con quien ya había
visto las estrellas follando.
Edgardo se tiró a los brazos de Gonzalo para besarlo en la
boca, pegándose a él y pasándole la mano por el paquete, masajeándolo para
volver a sentir ese órgano tantas veces recordado con lujuria. Estaba por
bajarle el cierre del pantalón para mamarlo, cuando se escuchó la llave afuera
que abría la puerta: era César que había llegado.
- ¡Cresta!- dijeron al mismo tiempo los amantes
reencontrados. Cuando entró César, se hicieron los inocentes, como que estaban
hablando de cualquier cosa que no fuera de joder entre ellos.
- ¡Hola, Gonza, disculpa la tardanza!
- Qué tal, César.
- Hola, mi amor, espero que hayas atendido bien a nuestra
visita.
- En eso estaba, César.
- Así veo, se nota que le estabas dando la especialidad de la
casa.
- Si las galletas que preparo no son gran cosa, mi vida.
- No me refería a tus famosas galletas de avena, Edgar. Me
refiero al sexo.
- ¿Qué?- Edgardo se puso frío y la gran erección que llevaba
se le bajó por completo.
- Te estay pasando películas, César.- Intervino Gonzalo con
la voz más tranquila que pudo sacar
- Es que ustedes dos no saben qué cara pusieron apenas entré
yo. Además, Gonza tienes el marrueco abierto y unos cuantos pendejos se te salen
de entre medio y tú, cariño, tenías las mejillas rojas tal y cómo se te ponen
cuando te baja la calentura.
- Putas, para qué te voy a mentir más, César- Dijo Edgardo.
- No se preocupen, cabros, si no me urjo.
- Por favor, no le cuentes nada a Marta, mira que si sabe lo
de mi doble vida me mata.
- No hay problema. ¿Puedo sentarme con ustedes?- Sin esperar
respuesta, César se sentó entre medio de los dos y le puso una mano en sendos
muslos a Edgardo y a Gonzalo.- ¿Saben qué? Quiero un trío con ustedes dos.
Tanto Edgardo como Gonzalo se quedaron callados, con la boca
abierta en un rictus de sorpresa. El primero en reaccionar fue Gonzalo.
- Nunca he hecho un trío…con hombres, pero me encantaría.
- Yo he hecho unos cuantos antes de conocerte, César.
- ¿Y qué tal son, mi amor?
- Ricos po´.
- Bueno, Gonzalo, es evidente que te gusta mucho mi pareja,
lo que no sé es si yo soy de tu gusto y si es así, si te tinca gozar entre los
tres.
- La verdad, César, es que siempre me has gustado, pero pensé
que contigo no tenía oportunidad, como eres tan amigo de mi señora.
- Es que hasta hace poco pensaba que mi lealtad era mayor,
pero ahora que se me da la ocasión de por fin culiar contigo, no quiero dejarla
pasar. Tú siempre me has calentado, Gonza.
-Y a mí me encantas, con esas cejitas gruesas tuyas y ese
pelito entrecano. Además debo confesarte que me ponen cachondo los minos como
tú, de la cintura para abajo bien peludos, como en los brazos, pero pechito
lampiño. Y cuando entrenábamos juntos, me encanta verte en pelotas, tenís buen
lomo.
- Ummm, gracias, Gonzalito. ¿Te animas entonces, Edgar, al
trío?
- Pero demás po´.
César pasó una mano por el duro abdomen de Gonzalo, para
sentir esos abultados abdominales y luego lo besó en la boca, metiéndole toda la
lengua, tal como durante años quiso hacérselo. A su vez Edgardo se fue hacia la
entrepierna de su pareja y le abrió el cierre del pantalón para sacarle su
grueso y ya húmedo miembro y paladearle la rosada cabeza. Gonzalo había metido
su mano por debajo del pantalón de César, para conocer bien ese rico culo
velludo que también quería conquistar. Los tres hombres gemían con furor. César
despacio y muy eróticamente, mirando a los ojos a su amigo de años, fue
desabrochándole la camisa a Gonzalo, para tocar esa peluda y tibia piel,
apretarle con los dedos una tetillas y luego mordérsela; Gonzalo aquí dio un
gritito de puro caliente. Mientras tanto, Edgardo se había echado a la boca los
grandes testículos de César, mordiéndole el escroto. Gonzalo se deleitaba
metiéndole los dedos en el trasero a César, quien lo recibía muy bien allí
adentro.
- Vayamos a la pieza matrimonial mejor- Dijo César ya
demasiado ardiente.
Entre César y Edgardo fueron sacándole la ropa al invitado, a
quien realmente pretendían recibirlo como nunca lo habían atendido, para que no
se viera ingratitud de parte de ellos. César estaba frente a Gonzalo besándolo y
frotando su miembro contra el suyo, y Edgardo por detrás, punteándolo, a la vez
que le besaba la fornida espalda. Gonzalo ahora que César también estaba
desnudo, no podía dejar de gozarse en su trasero, tirándole los pelitos de las
nalgas y con una mano pellizcándole una tetilla. Luego de dejarle mojado el culo
a Gonzalo, que suponía más tarde podría por fin penetrar, Edgardo se puso en
cuclillas para chupárselo a gusto, abriéndole bien las apretadas nalgas. César
también se reclinó y se encontró frente a su rostro, con el monstruoso pene de
Gonzalo, que lo invitaba a adorarlo; primero le masajeó las bolas, hinchadas y
peludas como las suyas, y después poco a poco fue metiéndoselo en la boca.
Gonzalo se había agarrado al rubio pelo de César, pues la intensidad del placer
que sentía al ser mamado por delante y por detrás, era tal que las piernas le
temblaban.
- Acuéstate de espaldas en la cama, Cesarito.- Ordenó
Gonzalo, quien era la estrella del momento.
César obedeció y se abrió de piernas. Gonzalo se puso en
cuatro patas delante de su miembro y empezó a ordeñarlo, pues el espectáculo de
ese pene que desde los tiempos en que iban al gimnasio juntos ya deseaba, era
algo que no quería dejar pasar. Sus manos se acostumbraban a las divinas
proporciones de esa carne que quemaba entre sus dedos y cuando ya le pareció que
más duro no podía estar, se dedicó a pasarle la lengua entre los muslos antes de
probar el sabor de la verga de César. Detrás de Gonzalo, Edgardo le pasaba el
pene entre las nalgas, aferrado con sus manos a su cintura; ese grueso cuerpo de
semental que ahora recibía la preparación de su pene para ser suyo, era lo mejor
que había tenido.
- Quiero metértelo, Gonza- Le confesó Edgardo.
- Chúpame el pico primero, luego me lo metes todo, pues es
con ustedes que quiero entregar mi virginal potito, pero hagámoslo sin condón.
- Nos culiaremos entre todos.- Dijo César con la voz
entrecortada, porque apenas podía controlarse gracias al tratamiento que le
hacía la Gonzalo.
- Me encantaría.- Exclamó la visita.
Edgardo metió su mano por debajo de las piernas de Gonzalo
para agarrarse de su verga y tiró hacia atrás y agachándose, se puso a mamarlo
con esmero. Qué delicia era sentir de nuevo en su boca ese manjar. Estuvieron
así un buen rato hasta que Edgardo no aguantó más y tras ir a buscar lubricante
para acondicionar mejor el todavía estrecho hoyito de Gonzalo, comenzó a pujar
hacia adentro. Fue introduciéndose despacio en Gonzalo que soportaba con
estoicismo el dolor, a la espera de descubrir el gozo de recibir un buen pico en
él. En cuanto a César, se había sentado sobre sus rodillas frente a Gonzalo y
para que se sintiera mejor, le lamía el cuello, pasándole la lengua luego en el
torso y pajeándolo también.
- Hagamos un trencito, chiquillos.- Propuso César.
Le ofreció su hermoso culo a Gonzalo, quien feliz aceptó el
regalo y lo tomó de la cintura. Sin necesidad de lubricante, sólo con la saliva
que el propio César se echó con sus dedos en el culo, el ahora penetrado Gonzalo
se lo metió a César. Pegados los tres contra sí, se agitaban suspirando. Gonzalo
besaba en la boca a César, que había dado vuelta la cara para recibir su lengua,
mientras un vagón más atrás Edgardo besaba en el cuello a Gonzalo, dándole
chupones.
- Háganme un favor, quiero una penetración doble.- Pidió
César.
- ¿Te podrás estas dos tremendas pollas?- Preguntó Gonzalo.
- De puro caliente me voy a partir el culo hoy.
Y Gonzalo se acostó sobre sus espaldas de modo que César
pudiera sentarse en su herramienta, que hendía el aire con su erección de
fierro. César tomó el pene de su ya muy queridísimo amigo y se lo fue tragando
hasta que tuvo todo adentro. Por detrás vino Edgardo y tiró hacia delante la
espalda de César, abrazándose a él. El nervudo pene de Edgardo se abrió paso
entre medio muy despacio, pues ya era un experto en esto de la doble
penetración. El culo de César estaba dilatado como nunca. Ya los dos grandes
falos presionando en sus entrañas, las embestidas fueron de lento a más fuerte.
Las lenguas de Gonzalo y César se juntaban, hasta que Edgardo como pudo, con la
punta de su lengua unió la suya a la de los dos. Era el Paraíso follarse a
César.
- Ahora quiero probar tu culito, Gonza.- Logró decir César, a
quien ya le ardía el culo.
- Ya po´, hazme tuyo ahora.
Cuando se salieron de César, el recién penetrado llegó a
aullar. Tenía el trasero completamente abierto.
- Qué rico tener tu miembro pegado al mío.- Dijo Edgardo.
- Sí, estaba todo tan apretadito ahí adentro.- Luego de decir
esto, Gonzalo se acostó en la cama y abrió sus piernas para recibir a César, que
se masturbaba para estar lo más duro posible. Edgardo se preocupaba de lubricar
el trasero de Gonzalo, quien se quejaba al sentir sus humedecidos dedos dentro.
Para Gonzalo ver el rostro de cachero de su amigo, tan guapo y varonil, al
dirigir su enhiesto pene a su culo, fue lo máximo. Hirviendo acogió su pene que
entró todo en un santiamén. Edgardo mientras tanto se ubicó cerca de la cabeza
de Gonzalo para que se lo chupara. Realmente el sexo entre hombres era una
maravilla, era imposible que luego de esta experiencia Gonzalo no se hiciera
adicto al pico. César se echó un poco atrás para que su pareja se diera vuelta
de modo de hacer el 69 con Gonzalo, aún penetrado. Edgardo se devoraba el
miembro de Gonzalo, que si bien los tres eran bastante dotados, era demasiado
grueso y cabezón. A veces le daban arcadas de puro goloso que era al querer
meterse todo en la boca. Gonzalo le lamía el culo a Edgardo, de vez en cuando
metiéndole los dedos.
Quería meterlo Edgardo de nuevo, así que se paró y se puso
detrás de César que seguía jodiéndose a su amigo. Le acarició las bien formadas
y velludas nalgas y le levantó un poco el culito que ya estaba acondicionado
para volver a recibirlo. Ahora era César el que gozaba por partida doble. Las
manos de Edgardo se movían raudas a través de su pecho transpirado. César volteó
el rostro para besarse en la boca con su amado. Más abajo Gonzalo disfrutaba de
este espectáculo y se la corría sin parar. Parecía que los tres estuvieran
drogados, porque ninguno aún había acabado. Como el culo de César estaba tan
abierto, Edgardo podía darse el lujo de sacar todo y luego volver a meterlo de
un tirón; así estuvo hasta que César le pidió prestado el culo.
- Sabes muy bien que mi poto te pertenece, Cesita.
Despacio, para que no le doliera mucho a Gonzalo que tan bien
se había portado, César se despegó de éste y se levantó de la cama. Apoyado
contra un muro y el culo levantado lo estaba esperando Edgardo, quien se
masturbaba a más no poder. César fue hasta él y lo penetró, afirmadas sus manos
en las piernas de Edgardo. En la cama Gonzalo hacía de voyerista, masturbándose
y metiéndose un dedo en el ano.
- Venga para acá, Gonzalito. No se quede allá solito.
Métamelo de nuevo.
Prácticamente dio un salto de la cama Gonzalo ante tamaña
oferta y de inmediato ya estaba fornicándose a César otra vez. Le pasó las manos
por debajo de las axilas a César para fusionarse más a él. César se había hecho
cargo de masturbar a Edgardo, quien ya no podía más de lo excitado que estaba y
estaba llegando al punto en el que no podía aguantar la eyaculación.
- ¡Hueones, estoy que me corro!
- Denme la leche en la cara.- Suplicó Gonzalo y se arrodilló
para recibir la descarga de leche que sus dos amigos le iban a otorgar. César
pasó un brazo sobre el hombro de Edgardo cuando ambos al mismo tiempo
descargaron el contenido de sus bolas sobre la cara de César, que con la boca
abierta esperaba ansioso probar todo el semen que pudiera. No dudó Gonzalo en
tragarse esa leche que también le corría por la barbilla, hasta recorrer su
tronco. Luego Gonzalo se pasó los dedos en el pecho impregnado de semen para
saboreárselos.
Como Gonzalo todavía no se iba cortado, César y Edgardo le
pidieron que le diera a ambos la leche que aún guardaba. Acostados en la cama y
con un brazo apoyado en la cabeza del otro, les tocó ahora ser depositarios de
la lluvia de semen que salía de Gonzalo en abundancia. Gonzalo se acostó al lado
de sus amigos y se abrazaron felices, uniendo las tres lenguas con un beso para
sellar el pacto de esta nueva etapa en sus vidas.