Capítulo VIII
Salimos del departamento de Carlitos, Elisa iba en silencio,
me veía de reojo con mirada torva, estaba furiosa conmigo. Yo me sentía extraña,
me ardía el sexo, Carlitos me dio muy duro con su tremenda verga, me ardían los
pezones también. Sin embargo, también me sentía muy bien pero de una forma
extraña. Ver a esa desgraciada tan molesta me llenaba de un gran satisfacción,
su cliente la dejó fuera del encuentro de una forma descarada y casi cruel. Y
cuando la rechazó me sentí mejor aun. Además, también me sentía segura, en
control, capaz de manejar a un hombre a mi antojo.
Nos subimos a su carro y ella arrancó bruscamente, me
volteaba a ver de vez en cuando pero no me decía nada. Hasta que, finalmente,
rompió el silencio…
Parece que le gustaste a Carlitos, ¿no perra?… ¡y lo
disfrutaste muchísimo!
Era difícil no hacerlo… además, de eso se trataba, ¿o no?
Si… pero después de tanto que alegaste…
¿Y me iba a servir de algo alegar y protestar?
No… de nada…
¿Entonces? Hice lo que me dijiste, ¿no? me voy a
convertir en una perra barriobajera como vos, ¿no eran esas tus órdenes? –
no me dijo nada, solo me volteó a ver con ojos encendidos de ira, yo esbocé
mi más punzante y mordaz sonrisa y le hablé en un guasón tono cantadito – No
te deberías molestar Elisa, después de todo, si lográs tu cometido, el Amo
te va a recompensar bien… ¿no?… porque una perra esclava y sumisa como vos
no tiene derecho a enojarse… se necesita autoestima para eso y no creo que
te quede mucho. – se quedó como una estatua, con los ojos clavados al frente
en el camino, la mandíbula muy apretada y los ojos inyectados de sangre,
pero totalmente en silencio, ni siquiera volteó a verme de nuevo en el resto
del camino.
Me dejó cerca de mi casa y se fue, yo me encaminé a mi
domicilio, y a cada paso que me acercaba más a mi amada casa, una bruma oscura
bajaba sobre mi alma, el aire me empezaba a pesar y el sol a abrazar mi piel,
aunque estaba nublado. Apenas logré llegar a la puerta antes de romper en un
llanto incontrolable, cada vez iba peor, de verdad me estaba convirtiendo en una
perra sucia, pervertida y viciosa… justo lo que el negro maldito quería.
Por la tarde llegó mi marido, comimos y platicamos un rato,
como si nada, por lo menos sentía algo de consuelo al saber que Fernando no
sospechaba nada de lo que me estaba pasando a mi. Al día siguiente me levante
temprano, y luego que Fer se fue me preparé adecuadamente para salir. Sabía que
Elisa trataría de desquitarse conmigo por lo del día anterior, así que no quería
darle motivos para molestarse. Aunque, sinceramente, poco me importaba si estaba
brava o no. No me llamó al celular… se presentó en la puerta de mi casa.
¿Lista perrita? – me preguntó cuando le abrí.
Si… vámonos… – le respondí sin verla a la cara.
No, todavía no es hora… mejor nos quedamos un rato aquí.
– dijo y entró, se sentó en la sala como si nada.
La verdad no me simpatizó nada, no quería, por ningún motivo,
que supiera algo de mi vida íntima, ella no debía saber nada de nada. Pero como
tampoco la quería provocar decidí tener paciencia y dejarla. Claro, esperaba
también algún comentario sarcástico o alguna amenaza velada, pero no los hubo,
es más, parecía más interesada en sintonizar la radio.
¿Te gusta el ballenato?
¿Qué?… si… si, me gusta…
¿Carlos Vives?
También… – dejó la "Tropicálida" al ritmo de "Fruta
Fresca".
¿Tenés sed? – me preguntó – Porque… podríamos ir a
tomarnos algo por allí… un café, la mañana está un poco fría… – me le quedé
viendo, tratando de dilucidar si había alguna segunda intención en su voz,
pero no pude ver nada.
Puedo preparar café… – súbitamente, ¡mierda!, exclamé en
mi mente, se suponía que no la quería aquí.
Bueno, gracias…
Preparé café y nos sentamos en la sala, ella se puso a mi
lado y empezó a tratar de sacarme plática. Poco a poco me fui desinhibiendo y
terminamos platicando de cualquier cosa como si fuéramos amigas. Yo me sentía
confundida, por un lado no confiaba en ella, por otro me sentía cómoda hablando
tan distendidamente con ella. En un momento dado decidí tomar al toro por los
cuernos.
Bueno… Elisa… ¿cuándo nos vamos?
¿Nos vamos?
Pues si… no sé qué tengás hoy preparado para mi. – con la
humeante taza en las manos me clavó la vista, un vejo de profunda tristeza
surcaba sus rostro, tenía los ojos llenos de lágrimas, sin saber porqué
sentí pena y compasión por ella.
Pamela, ¿vos creés que no soy más que una perra sumisa
sin estima – quedé en silencio, no sabía que decir ni qué pretendía con esa
pregunta – Yo también pasé por lo mismo que tu, no nací así, ¿verdad? –
seguía sin decirle nada – También lo perdí todo, se lo di al Amo y ahora el
maneja todos los hilos de mi vida… bueno, de lo que una vez fue mi vida…
porque ya no eso es mía. – me di cuenta que estaba hablando en serio, de
verdad me estaba contando sobre ella – Decime Pame, ¿qué fue lo que te llevó
a esto, qué cosa te pasó que terminaste entregándote a James Davidson? Te lo
pregunto porque se te nota que nunca fuiste una putía tonta y promiscua. –
dudé un momento, pero parecía ser sincera, así que al final se lo conté
todo.
Tuvimos un accidente con mi esposo y mis 2 hijos… el
pequeño salió mal herido y quedó cuadrapléjico. El Sr. Davidson ofreció
pagarle el tratamiento.
¡Tenés familia entonces! Y te lo ofreció a cambio de tu
vida, ¿verdad?
No, al principio era a cambio de mi vida y de la de mi
esposo… y solo por el tiempo que durase el tratamiento. Luego me hizo otra
propuesta, a mi sola, si me entregaba dejaba afuera a mi esposo y pagaba el
tratamiento. – nos quedamos en silencio, pensativas, con los ojos clavados
en el suelo.
A mi me pasó parecido a ti… – me dijo, la volteé a ver
sorprendida – yo también era una señora casada y respetable… je, je, fue
hace tanto que casi ni me acuerdo.
¿Y… qué pasó?
Mi esposo se accidentó y murió, me dejó casi en la calle
con mis hijos. Y pues… apareció el Amo… una propuesta… la seguridad
económica para mi familia a cambio de mi vida.
¿Y qué pasó con tus hijos?
Mi madre se los llevó… el Amo abrió un enorme fideicomiso
para ellos y desaparecí de sus vidas. – una lágrima largamente reprimida se
asomó en sus ojos – No sé qué ha sido de ellos, espero que estén bien… el
Amo no me permite saber nada de ellos. Y pues aquí estoy, convertida en una
perra sucia de mierda… – hizo una mueca que quiso parecerse a una sonrisa
pero no le salió, se volteó y enjugó sus lágrimas con una manga.
No sé qué impulso se apoderó de mi, pero llevé una mano a su
hombro tratando de darle un poco de consuelo, nunca me había sentido tan
identificada con alguien en mi vida. Elisa, me tomó de las manos, con los ojos
llorosos acercó su rostro sin dejar de mirarme, me rodeó con sus brazos y me
besó sin que pudiera reaccionar. Es más, hasta le correspondí sin saber bien
porqué, me sentí confusa, nunca me había fijado en una mujer, ni siquiera luego
de graduarme de puta. Pero con ella fue distinto, su beso me llegó hasta el
alma.
No se detuvo, temerosa de que en algún momento de lucidez
detuviera ese mágico instante, siguió besándome y yo dejándome, luchando con mi
conciencia para poderme perder en esa lengua húmeda. Me empujó suavemente hasta
hacerme caer sobre el sofá sin que nuestros labios se separaran, mirándonos a
los ojos y acariciándonos como verdaderas amantes. Yo vestía una ajustada blusa
de tirantes, sin sostén, que me marcaba mis oscuros pezones y un pronunciado
escote; y un ceñido pantalón de algodón que marcada cada curva y recoveco de mi
turgente trasero, enfundado en una diminuta tanga. Ella llevaba una blusa blanca
de botones, muy ceñida por lo que sus poderosas mamas amenazaban con romperla en
cualquier momento, y un pantalón de vestir ceñido a su figura y de cintura baja.
Elisa me bajó los tirantes de la blusa y luego la parte
superior de la misma, descubriendo mis pequeños senos, con los pezones erectos y
listos para la batalla. Se separó de mis labios y lentamente fue bajando,
besándome el cuello hasta llegar a ellos, los que besó y lamió con delicadeza.
Instintivamente me recosté relajada, entregándome por completo. Subió de nuevo y
seguimos besándonos y acariciándonos por un rato hasta que decidió bajar por mis
tetas otra vez. Las chupó, me lamió la punta de los pezones y suavemente los
mordió, arrancándome deliciosas sensaciones.
Entretanto ya no teníamos la mayor parte de nuestra ropa, me
había bajado el pantalón y yo le quité el suyo y la blusa. Volvimos a besarnos,
ahora fui yo quien se separó para acercar mi boca a sus enormes senos morenos y
chuparlos con pasión. Ella hizo otro poco conmigo quedándonos ambas solo en
tangas.
No había nada que decir o hacer más que entregarme a la
pasión que ella me ofrecía. Me abrí de piernas y ella me quitó la tanga, y
viéndome con ojos llenos de lujuria, terminó de separarme las piernas y encajar
su sexo sobre el mío, restregándolo mientras me acariciaba entera. Jamás me
había pasado por la mente que aquello se pudiera hacer, era totalmente nuevo
para mi y me encantó, tener esa húmeda y caliente parte de su cuerpo pegada a la
mía me volvía loca. Nos mojamos muy rápidamente. Y más cuando me sujetó con
fuerza de los muslos y se comenzó a parar, arrastrándome con ella hasta dejarme
tumbada en el suelo, en donde mantuve mis piernas abiertas, lo que ella
aprovechó para ir trazando con la lengua la ruta desde mis muslos hasta mi sexo,
haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera.
¡Ooooooh, Elisa! ¡Si, así! – gemía loca de deseo, en voz
baja para no despertar a mis hijos, sintiendo como mis jugos me inundaban
toda mientras ella los lamía con maestría.
Estaba extasiada, el placer se extendía desde mi sexo
envolviéndome toda, mientras mi candente amiga introducía su lengua en mi
agujero y chupeteaba mi clítoris. Era mejor que cualquier hombre, jamás había
sentido algo así.
¡¡AH!!, ¡¡AH!!, ¡¡¡SEGUÍ ASÍIIII!!!, ¡¡¡SIIIII, SEGUÍ! –
sentía que mi orgasmo estaba cerca – ¡¡¡¡AAAAAGGGGGHHHHH!!!! – y estallé al
fin, con ella sin dejar de chupar hasta que mi cuerpo dejó de convulsionar y
yo casi pierdo el sentido.
Me contempló por un rato antes de seguir, acariciándome y
besándome. Tomó asiento muy en la orilla, sosteniéndose de los brazos, con las
piernas abiertas y la vulva al rojo vivo. Entendí de lo que deseaba, así que me
coloqué entre sus piernas pegando mi boca a sus sexo y empecé a lamer lo mejor
que podía. Primero fueron lamidas largas e intensas, lentas, hasta que, poco a
poco, se fueron convirtiendo en chupadas y succiones fuertes y rápidas.
¡Así, sí, chupa! – me animaba – ¡¡¡OH!!!, ¡¡¡OH!!!,
¡¡¡AH!!!, ¡¡¡AH!!!, ¡¡¡AH!!! – empezó a gemir cada vez más fuerte, señal
inequívoca de un inminente orgasmo.
Se deslizó por el asiento hasta quedar sostenida únicamente
por su espalda, sus manos y mis hombros, sobre los que estaban sus piernas, con
las caderas en el aire. Mi cara estaba metida entre sus jugosos pliegues íntimos
que chorreaban y chorreaban. Yo seguía acariciando todo su sexo con la lengua,
deteniéndome solo ante su pequeño botón, perforado por un coqueto aro de oro,
dándole golpecitos de lengua.
¡¡¡¡OOOOOHHHHHH PAMEEEELAAAAAAAAAHHHHHGGGGG!!!! – Elisa
tuvo su orgasmo entre mis labios y yo me lo bebí todo.
Acabamos entrelazadas y besándonos sobre el sofá, besos y
caricias que se repitieron en mi alcoba. Fue una mañana de amar sin descanso,
nos lamimos mutuamente hasta enloquecer, luego terminamos con el mismo
movimiento de pinzas que usamos, vulva con vulva, una posición que me
enloquecía. Caímos agotadas, nos dormimos abrazadas como 2 amorosas amantes y no
despertamos sino hasta el medio día
Aquella fue la primera vez en mucho tiempo que me sentía
tranquila, feliz, segura. Y aunque sabía que luego me atraparía nuevamente la
terrible resaca moral que me había estado torturando desde hacía tiempo, no me
importaba, necesitaba estar con ese cuerpo tibio y suave, sentir esas caricias
tiernas y cariñosas. Abrimos los ojos al mismo tiempo, quedamos contemplándonos
en silencio por unos minutos:
Buenos días… – me dijo.
Buenos días, – le respondí – ¿dormiste bien?
Muy bien, como hacía mucho no dormía… – dijo, besándome
tiernamente en los labios, yo le correspondí y luego nos fundimos en un beso
profundo, apasionado, fogoso.
No hubo necesidad de palabras, nuestras manos comenzaron a
recorrer la piel de la otra, a explorar nuestros rincones, en esos sitios
reservados solo para el amante o la pareja… en nuestro caso para quienes el Amo
desee. Pronto la excitación nos comenzó a cubrir y leves jadeos y gemiditos
escapaban de nuestros pechos. Entonces, algo nos interrumpió…
Mami… ¿me puedo acostar contigo? – era mi hija mayor, que
con su frazada de Snoopy y su osito de peluche favorito, quería meterse
entre mis sábanas como hacía a menudo.
Pegamos un salto y nos cubrimos, aquella súbita irrupción nos
devolvió a la realidad, yo aun era madre antes que perra y puta y no podía
olvidarme de ello, Elisa tampoco. Y antes que le pudiera decir que esperara un
ratito afuera, mi nena se metió entre nosotras como si no hubiese nada extraño
en que su mami estuviera desnuda en la cama con otra mujer desnuda… bendita sea
la inocencia.
Ya no hicimos nada, Elisa, cubriéndose con las frazadas, se
levantó de la cama y se metió al baño y se arregló, luego la despedí en la
puerta de la casa, nos dijimos hasta luego con rubor en nuestras mejías y con la
timidez de un par de colegialas.
No sabés desde cuándo no sentía algo como lo de hoy, – me
dijo – pero te quiero dejar claras 2 cosas.
¿Cuáles?
Esto no fue parte del adiestramiento… pasó… solo pasó y
me encantó… te lo juro. Y… yo pues… me gustaría que volviera a pasar. – no
le respondí, aun tenía marido y si eso no era parte de mi doma no debía
pasar… pero mis ojos brillantes decía todo lo contrario.
Y segundo… Pame… seguimos siendo perras esclavas de James
Davidson, ¿lo entendés? – asentí – Por lo tanto todavía tengo que obedecerlo
y… pues…
Si, si, ya entendí… ya entendí… – me acarició la mano y,
con los ojos mojados, se dio la vuelta y se alejó, dejándome a mi a punto de
llorar, por muy especial que esto hubiese sido, el negro me quería
convertida en una perra viciosa e insaciable y ella lo tenía que conseguir,
así de simple…
CONTINUARÁ…
Garganta de Cuero.
Pueden mandarme sus comentarios y sugerencias a mi correo
electrónico, con gusto los leeré y contestaré.