 |
| 1,140,245
Miembros | 12,797 Autores | 53,771 Relatos | 2,511 Usuarios Online |
Bienvenido a TodoRelatos.com! |
   
|
TODORELATOS » RELATOS » PURO OBJETO DE OBSERVACIóN |
 |
 |
|
[ Amor sin celos no lo dan los cielos. ] |
|
TODORELATOS.COM |
Fecha: 11 de Octubre, 2008.
|
 |
| Fecha: 06-Mar-08 |
« Anterior |
Siguiente » en Voyerismo (793 de 829) |
![]() |
| Vino a poner los puntos sobre las ies y enseñar las artes de la pasión. |
  |
 |
Puro objeto de observación.
- Señorito Allaud ¿qué horas son estas de llegar?. ¡No
esperará encontrar su almuerzo sobre la cama!, ¿verdad?.
No sabría por qué, pero se le presentaron de manera lánguida
y extenuante los genios dormidos que amenazaban con despertar su inconsciente,
ofuscándole. Para llevarle, al abismo de aquella época que le tocó vivir, de
modo tan cortante y profundo que incluso entonces, aún los sentía con profuso
candor.
Sobre todo cuando el destino y sus extraños resortes le
llevaron a un caserón abandonado, en el solitario páramo de una isla perdida en
el horizonte. Su padre, una antigua víctima de la inoperancia servil de los
nuevos tiempos, se había abandonado a la soledad de la isla como maestrito
local, pero obligándose a recurrir, de nuevo, a los designios de la gran urbe,
vio en la Señora Coligny el único modo de perpetuar al menos a uno de sus hijos.
Le serviría de mozo, y a cambio recibiría junto a sus sobrinas la educación
necesaria para formarse adecuadamente. Como fuente de moralidad severa e
irreprochable, que contratase a una institutriz, para encargarse de poner -como
solía dictar el sentido común- los puntos sobre las íes.
- Espero de ella todo lo que de mí habíais obtenido hasta
entonces, incluido usted, Señorito Allaud, que mientras permanezca en nuestra
compañía, recibirá el mismo trato que mis dos sobrinas, tal y como se lo prometí
a su padre.
Una tarde de abril, había invitado a cenar al futuro
preceptor, una joven de provincias llamada Jodelle, para que los fuese
conociendo y así familiarizarse tanto con ellos como a los gustos de la señora.
Se trataba de una jovencísima muchacha, que a pesar de su juventud, ya había
servido a otra familia con el mismo encargo. De goloso encanto y exuberante
busto, debían guiar sus almendrados ojillos tiernos aquellos tres frágiles
juncos, como solía referirse a sus sobrinas y al chico que las servía, siendo
suyo el deber y la necesidad de apartarlos de las tentaciones y de los
desórdenes de los nuevos tiempos. Para que la joven tutora le respondiese con
unos conseguidos tactos de amabilidad y ciertas muecas, mientras que la mujer
iba dictando lo que esperaba para cada de uno de ellos.
- Therese, la mayor, deberá apreciar los rudimentos del
dibujo y saber reproducir, al papel, los contornos y perfiles de las figuras más
delicadas, a la vez que la enseñe a adorar el piano.
Se sentaba a su lado, en un butacón y ponía sus manos sobre
las suyas, acompasándolo con el ritmo que iban surgiendo del suave desliz de las
yemas de sus dedos sobre las claves del instrumento. Levantaba, entonces, sus
manos y las dejaba caer, exoneradas, sobre el muslo de la joven, para sentir la
suave acaricia de la tersa piel y deslizarla hasta su entrepierna, excitándola,
moviéndose y vibrando todo entera.
- A Marie tendrá que refrescarle las reglas de la lengua
francesa, para que no pierda ni el acento ni el estilo.
- Je ne parlé pas, tu ne parlés pas...
Pero, mientras, ella recitaba los rudimentos, en voz alta,
echada sobre un libro abierto, Jodelle permanecía de pie, moviéndose a su
alrededor hasta que se pusiese detrás suya. Alargaba su mano por la blusa de la
muchacha, para desabotonarle uno de sus dorados botones, y así deslizar sus
dedos por el pecho hasta alcanzar el pezón con la punta y pellizcarlo.
- Elle ne parlé pas... ¡Oh!.
Para por fin desvestirla, con tanta elegancia, con tanta
lentitud, que llegaba a sentir las fibras de la prenda en sus yemas, y liberar a
sus senos erectos del corsé que los aprisionaba, mientras su cabello moreno caía
tenuemente sobre los hombros.
- Nous... ne parlons... ¡Ohh!... pas... Plus.
- Y a Allaud, le enseñará a adorar los libros, para que
conozca todo los secretos que encierran cada uno de ellos.
Se encerraba con él en la biblioteca y, sentándose enfrente,
le hacía leer uno de los libros que ella misma habría escogido de todos los que
aparecía tras los velos transparentes de estantes y anaqueles. El delicioso
gesto que despedía su lomo encuadernado, el candoroso gusto por las formas
bellas y esbeltas voces, tronando en las sienes de la joven junto a las líneas
sucintas del ya mítico Baudelaire.
- Ah, nunca sabrás estas bellezas decoradas, productos ya
ajados del siglo lujurioso, estos pies hechos por borceguíes, y estos dedos de
nácar...
Para seguir la muchacha con las mismas artes que habían
acompañado a las anteriores, el mismo gesto que expresaba su delicioso pathos,
que ahora dirigía al joven, cuando su pie desnudo, sencillamente vestido con las
sedas de unas medias, llegaban al extremo del otro para acariciar con su punta
la ingle del muchacho. Sus dedos, entonces, se arremolinaban ante el brillo de
sus ojos y el profuso acto que le atrapaba en sus tentáculos, moviéndose con
dulzura y pasión sobre aquella parte del joven que parecía mármol firme,
cubierto de piel.
- ... Ah, Gavarni, poeta del desmayo, abandono la muchedumbre
sibilante de tus bellezas de hospital, que no puedo entre estas pálidas rosas
encontrar una flor semejante a mi rojo ideal...
Para que cuando aflorase su propio gusto, el mismo dilema que se creaba tanto
en él como en ella, la muchacha acabase desnudándole, asomando los senos
esbeltos de su rostro angelical y el fruto de sus tenazas, que alcanzaría al
joven en algún lugar de la sala, junto a los briosos sueños de Esquilo y los
ventosos aires de Marte.
- Montmartre la Circe, la Esfinge de tantos venenos,
-entonaba con dulce voz, Jodelle, mientras la sentía toda entera en su interior-
Montmartre, de almas perdidas, devorador de deseos.
Sin embargo, no permanecían en secreto. Unos ojos curiosos
los iba observando desde un rincón, bajo el baño iluminado de una tenue
lamparilla, y con la presencia de quien compusiese largas odas silenciosas. El
aroma que perfilaba una mirada traidora, que supiese los secretos del tálamo
nupcial forjados bajo la promesa ya consciente - desde su momento- de quien los
haya atraído hacia ellos, hasta transformarlos en la fuente que aplacase su sed
de placer. Si se pudiese emplear al uso dicho término, como un ingenuo eufemismo
sentimental, pues tan sólo en ella cabía el espíritu de observación, al no
aparecer en su rostro ni al más mínimo síntoma de un personal compromiso
sentimental, fuese el que fuese.
|
 |
CONTACTOS
Contacta con gente de tu misma ciudad! |
|
Valore y Comente los relatos que lee, los autores lo agradeceran y
supondrá una mejora en la calidad general de la web.
Gracias! |
|
|
|
|
| |
|
|
| |
|
| |
 |