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TODORELATOS » RELATOS » EL MEJOR CUERPO: ESTELLA WARREN VS LAETITIA CASTA
[ De grandes cenas, están las tumbas llenas. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 16 de Mayo, 2008.
Fecha: 03-Mar-08 « Anterior | Siguiente » en Fantasías Eróticas (1446 de 1469)

El mejor cuerpo: Estella Warren vs Laetitia Casta

Anubisx
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Las dos modelos se encaran en varios y sensuales duelos. Su objetivo: demostrar a la otra quién tiene el mejor cuerpo, de una vez por todas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

EL MEJOR CUERPO: ESTELLA WARREN VS LAETITIA CASTA

BY ANUBIS

Estella Warren llegaba tarde. Hoy empezaba una sesión fotográfica para una revista, en la que los lectores habían votado a las mujeres más sensuales del momento. Ella había ganado, y sería la portada. Era una buena publicidad para su irregular trayectoria.

Entrando por la puerta del estudio fotográfico, la canadiense pasó por el vestíbulo, atrayendo todas las miradas. Vestida con una camisa azul de botones –que llevaba remangada, y con unos jeans, Estella llegó al ascensor. Pulsó la séptima planta del gran edificio, y esperó, mientras a su lado un bajo hombre se removía nervioso por la belleza que había a su lado.

La puerta se abrió, y Estella salió, con su larga melena rubia ondeando. Al final del pasillo de la derecha, una puerta abierta la esperaba.

Hola, perdón por el retraso dijo Estella, que saludó con la mano al fotógrafo y a un par de directivos de la revista. También estaban allí varias chicas que habían quedado en el "Top 10" de la votación. Algunas habían acabado de hacer sus fotos y charlaban tranquilamente, y otras esperaban su turno. Pero Estella notó que faltaba la segunda clasificada: Laetitia Casta.

Estella se iba a cambiar en el probador, donde su bikini rojo y brillante la esperaba. Pero justo cuando agarró la cortina para abrirla, llegó Laetitia hecha una furia.

¿¡Qué demonios es esto!? gritó la francesa, que vestía una camisa roja muy fina y unos jeans. ¡Me extrañaba que esa furcia canadiense me ganara, pero ahora lo sé todo! ¡Está todo amañado! Laetitia miraba con tal odio a los hombres, que no vio que Estella estaba allí.

Laetitia, tranquila, no sé... empezó el fotógrafo.

¡Calla! ¡Esto va con ellos, no contigo! los directivos se miraron preocupados. Laetitia siguió. ¿¡Y los votos de la sección de Francia!? Sé que en mi país he sido la más votada... ¡pero esos votos no han contado!

Cierto, Laetitia, pero es que nos los mandaron tarde, y teníamos que sacar el especial ya -dijo uno.

Y además, a Estella también la han votado mucho en Francia, y quizá aún así sigas segunda.

¡Quiero que contéis todos los votos! gritó Laetitia.

¡Laetitia! se enojó Estella. La gala se giró hacia ella, y su largo cabello castaña se meció. Al ver a la rubia sus ojos se entrecerraron con odio. ¡Si tienes algún problema conmigo, aquí estoy furcia!

¡Estella! gruñó Laetitia. ¡Si lo que quieres es pelear, estoy dispuesta zorra!

Ambas dieron un par de pasos adelante, con ira en sus ojos y sus puños cerrados pero bajos aún. Rápidamente los directivos se interpusieron entre ellas.

¡No por favor chicas! ¡Calmaos! Haré unas llamadas e intentaré aplazar la salida del especial hasta que contemos todos los votos. Pero si os golpeáis, estropearéis las fotos. ¡Así que no lo hagáis! Ahora, cambiaros en los probadores.

Tras una mirada de reproche por lo que había conseguido, Estella fue hacia su vestuario. Cuando Laetitia pasó a su lado, Estella le hizo una seña con un dedo para que entrara con ella en el mismo vestuario. Aceptando el reto, Laetitia entró sin que nadie lo advirtiese. Estella cerró la cortina.

Estarán ocupados con las fotos de esa chica unos diez minutos más por lo menos susurró Estella, mientras ambas se encaraban en el estrecho probador. Sus pechos casi se tocaban. La espalda de Laetitia estaba a unos diez centímetros de la pared, y la de Estella a la misma distancia de la cortina. Apenas había espacio, pero a pesar de ello, ambas empezaron a circundarse, muy cercanas, mirándose a los ojos primero, para luego bajar la vista a sus tetas. Estella enarcó una ceja e hizo una mueca despectiva, que Laetitia percibió. Estella miro de nuevo a los ojos a la modelo gala, retándola a decir algo sobre ese gesto desdeñoso. Laetitia sólo bajo la vista de nuevo a las tetas de la canadiense, mientras seguían circundándose, e hizo una mueca de desagrado con sus labios. Entonces volvió a mirar a los ojos a Estella, que tampoco respondió con palabras al reto de la francesa.

Siguieron girando hasta que se detuvieron a la vez, ahora en paralelo a la cortina. Sus ojos no se movían, no apartaban la vista de los otros ojos.

¿Diez minutos has dicho? habló Laetitia con una sonrisa prepotente. Podemos estar mirándonos durante cinco minutos más, y todavía me sobraría tiempo para barrer el suelo con tu cuerpecillo.

¿Estás segura? ahora fue Estella la que sonrió con superioridad. Más bien yo podría dejarte disfrutar viendo mi cuerpo superior mientras vomito con cada mirada a tu gordo y apestoso cuerpo. Y en el último minuto, te pondría en tu sitio.

¿Encima tuya?

Debajo de mi coño.

Ambas volvieron a callar y a mirarse. Ahora sonreían, muy seguras de ellas mismas y de la inminente derrota de su rival. Pero sus ojos destilaban odio.

Volvieron a circundarse, ahora en la otra dirección, mirándose de arriba a abajo. Ambas estaban dejando pasar el tiempo a conciencia, ya que querían demostrar a la otra que realmente confiaban en derrotarla en un mínimo tiempo.

Se te acaba el tiempo, tetas caídas dijo Estella sin dejar de sonreír.

A ti también, tetas planas sonrió Laetitia.

Siguieron dando vueltas, una y otra vez, hasta que volvieron a detenerse en la misma posición de antes. Colocando sus manos en sus caderas, Estella y Laetitia dejaron de nuevo que sus cuerpos hablaran. Sacudiendo sus bellas cabelleras de vez en cuando, ambas cambiaron el peso de sus caderas de un lado a otro. Infinitamente seguras de la superioridad de sus respectivos cuerpos sobre el de la rival, la canadiense y la francesa intentaban intimidarse e impresionarse con sus cuerpos. Estella se lamió los labios en un par de ocasiones, y Laetitia se mordió el labio inferior en otra ocasión, de una manera muy sensual. Sus corazones latían a toda velocidad, y ambas estaban ansiosas.

Ahora las dos, al unísono, alzaron sus narices para mirarse despreciativamente hacia abajo. Laetitia abrió los labios, pero al final no habló. Estella hizo lo mismo segundos después, y tampoco habló. La tensión era terrible.

Queda poco tiempo Estella se inclinó levemente adelante, y Laetitia hizo lo mismo. Sus narices se aplastaron juntas y sus grandes pechos se juntaron suavemente. Ambas miraban los ojos rivales con ira.

Para ti, porque yo tengo tiempo de sobra Laetitia estrujó más sus tetas, aplastándolas en iguales condiciones contra los orbes de Estella.

Ambas comenzaron a rotar juntas, sin separarse ni un ápice. Narices y tetas juntas. Notando la respiración caliente de la rival, las dos bellezas apretaron más sus narices, y también sus tetas.

No eres tan dura como crees, canadiense gruñó Laetitia, dando un suave empujón con sus tetas a los pechos de Estella.

Mucho más de lo que tú serás jamás, francesa replicó Estella con otro suave empujón de tetas.

Bien, puta, estamos solas murmuró Laetitia.

Perfecto susurró Estella. Pero no chilles cuando te destroce, o nos separarán antes de que acabe contigo zorra.

Tú serás la que chille furcia.

Vamos a verlo guarra.

Estella empujó con sus tetas a Laetitia, suavemente, aplastando levemente los pechos de su rival. Laetitia respondió al pequeño reto empujando sus orbes contra los de Estella, aplanándolos sutilmente durante un segundo. La canadiense sonrió, y empujó ahora con más fuerza con sus pechos. La gala permaneció inmutable, y empujó a su vez con sus tetas aún más duramente, sonriendo con malicia. Este juego siguió durante un poco más; Estella empujó a Laetitia teta a teta cinco veces más, y Laetitia respondió el mismo número de veces, tras cada empujón de la rival. Los golpes eran dados un poco más fuerte cada vez, pero sin llegar a doler lo más mínimo. Sólo se estaban poniendo a prueba, constatando la dureza y calidad de las otras tetas. Y ambas estaban seguras de su clara superioridad.

Esto va a ser mucho más fácil de lo que pensaba dijo Laetitia, sonriendo, mientras ambas juntaban sus tetas con mucha suavidad, aplastándolas juntas levemente bajo sus ropas.

Desde luego que va a ser muy fácil... para mí sonrió Estella.

Con sus pechos muy juntos, cada una sentía que sus orbes eran más grandes, más firmes, más sensuales y, ciertamente, los mejores. Sus pezones habían crecido, y ahora, puntiagudos, intentaban salir de sus camisas. Ambas estaban muy excitadas, y calientes, ansiosas por humillar a su rival.

Entonces Estella se movió muy levemente hacia la derecha, y Laetitia contraatacó moviéndose un poco a la izquierda. El leve y suave movimiento hizo que las finas telas de sus camisas sonaran al frotarse juntas. Las dos bellas mujeres continuaron arrastrándose una a través de la otra, pecho rozando pecho. Si una de ellas se iba a un lado levemente, la otra se movía al contrario.

Este manso duelo, en el que ambas seguían queriendo demostrar su feminidad a la rival, continuó algo más de un minuto. Tanto Laetitia como Estella habían estado centradas totalmente en las otras tetas durante esta lucha de roces, pero ahora ambas se miraron a los ojos repentinamente, con gran confianza en si mismas. Ambas comenzaron de nuevo a bombearse los pechos mutuamente, con súbitas embestidas, pero sin que en ningún momento sus tetas perdieran el contacto. De nuevo mirando los orbes rivales, las dos modelos notaron como iban calentándose más y más. Sus respiraciones se aceleraron al mismo tiempo que sus encontronazos.

De repente Laetitia decidió traer su plano vientre a la lucha, y así lo hizo, sorprendiendo a Estella. La canadiense soltó un quedo gemido, perdiendo aire por el seco golpe. Laetitia sonrió, sabiendo que por primera vez una de ellas llevaba ventaja... y era ella la que la llevaba.

Con una máscara de odio y desprecio en su rostro, Estella replicó trayendo también su liso estómago al duelo, pero Laetitia la esperaba, por lo que la pugna volvió a estancarse en la absoluta igualdad. Pero en la mente de ambas aún seguía la momentánea ventaja que Laetitia había logrado. Para Estella, era como si la gala ganará por puntos.

Medio minuto después, aún estancadas, la canadiense tuvo una idea. Sorprendiendo a Laetitia, Estella trajo al combate una parte más de su cuerpo: su entrepierna. El repentino encontronazo de la ingle y de los suculentos muslos de Estella contra los de la francesa hicieron que ésta gimiera levemente. Ahora fue Estella quien sonrió, pues había igualado la ventaja anterior de Laetitia.

Enojada por ello, Laetitia atacó ahora también con su entrepierna y con sus bellos muslos, y la pugna volvió a estar igualada. Parecía como si ninguno de sus cuerpazos pudiera derrotar al otro en un encuentro directo y limpio, y sólo a través de tácticas inesperadas alguna de las modelos pudiera obtener una mínima ventaja, que además era perdida rápidamente por la reacción rival, que imitaba enseguida la estratagema de la contrincante.

Sin poder aguantar la tensión más, Estella y Laetitia entrelazaron sus manos, a la altura de sus muslos. Ambas clavaron sus uñas en los dorsos de las manos rivales, descargando toda la presión y desahogándose levemente.

Finalmente las dos enojadas bellezas chocaron por última vez, duramente, gimiendo suavemente. Jadeando y empezando a sudar, Estella y Laetitia empezaron a frotar sus cuerpos juntos de nuevo, esforzándose en dominar a las tetas de la contrincante con sus propios orbes. Estella enlazó su brazo derecho alrededor de la cintura de Laetitia, y la gala enlazó su brazo derecho por detrás del cuello de la canadiense. Ambas alzaron sus piernas izquierdas para envolverlas alrededor del muslo derecho de la oponente, y usaron sus manos libres para agarrar el largo y sedoso cabello de la otra mujer. Y justo entonces, cuando la lucha iba a subir a otro nivel, cuando ambas iban a introducirse sin dudarlo en una salvaje pelea, una voz sonó desde el otro lado de la cortina del probador.

Señorita Casta, es su turno. Su sesión fotográfica va a empezar era la voz de un directivo, que hablaba al vestuario de al lado, donde se suponía que la francesa estaba.

Ambas oyeron como los pasos se alejaban. Entonces se miraron, aún con sus cuerpos entrelazados. Sus rostros estaban casi juntos, y sus labios casi se tocaban. Jadeantes, ambas notaban el cálido aliento de su rival sobre su cara, y también notaban como sus mutuamente aplastados pechos subían y bajaban al ritmo de sus jadeos.

Has tenido mucha suerte zorra jadeó Estella, mirando directamente a los ojos de Laetitia. Ya eras mía.

Ni en tus sueños furcia jadeó Laetitia, devolviéndole la firme mirada. Te he dominado todo el tiempo, y era cuestión de segundos que fueras mía.

¿No ibas a vencerme en poco tiempo guarra?

¿No ibas a hacerlo tú también puta?

Lentamente ambas se separaron, desenredando sus miembros del cuerpo rival. Entonces se observaron con prepotencia.

No creas que esto ha acabado foca siseó Laetitia.

Eso espero vaca gruñó Estella. Espero que haya mucho más.

Laetitia, tras una última mirada de odio a la canadiense, se asomó por la cortina y, tras ver que nadie miraba, se escabulló a su vestuario.

Vestida con un impresionante y seductor bikini azul, Laetitia Casta posaba sensualmente ante la cámara, que no paraba de fotografiar cada curva de su impresionante cuerpo. Desde detrás del fotógrafo, Estella Warren esperaba, tapada con un albornoz. En sus ojos se notaba la tensión y la envidia, y su mirada destilaba veneno. Laetitia constantemente echaba miradas rápidas a la rubia, despidiendo tanto veneno y envidia como su rival.

Laetitia siguió unos minutos más con la sesión, y parecía que posaba para Estella, pues sus posturas apuntaban hacia ella. La gala mostró a la canadiense sus mejores armas: su pronunciado escote, sus húmedos labios, su firme trasero... Estella aguanté a duras penas las ganas de tirarse sobre ella y golpearla.

¡Perfecto Laetitia! dijo el fotógrafo, mirando a Estella ahora. ¡Es tu turno!

Estella, mirando fijamente a Laetitia, dejó caer hacia atrás su albornoz, mostrando su curvilíneo cuerpo cubierto por un exiguo y rojizo bikini. Las miradas de ambas bellezas se cruzaron, saltando chispas. Entonces la gala bajó su mirada, recorriendo de arriba a bajo el cuerpo de la canadiense con celos y prepotencia al mismo tiempo. Estella sonrió levemente y caminó hacia su posición, comenzando la sesión fotográfica. Laetitia cruzó los brazos bajo su formidable pecho, y observó las sensuales posturas de su rival.

La escena anterior se repitió, con los roles cambiados. La modelo francesa miraba el cuerpo de su rival: su espectacular busto, sus sensuales labios, sus largas piernas... Las miradas que ambas se intercambiaron fueron claras: "quiero luchar contigo, cuerpo a cuerpo", se dijeron.

La sesión había acabado, y todos estaban recogiendo el material. Laetitia y Estella ya se habían vestido de nuevo: ambas llevaban de nuevo sus ajustados jeans; Laetitia vestía su camisa roja y Estella una azul. Ambas habían dejado adrede los tres botones superiores de sus camisas abiertos, para mostrar levemente sus bellos y grandes pechos, contenidos bajo unos sostenes negros.

Adiós –dijo Estella a los hombres, mientras salía fuera, seguida de cerca por la gala, que se despidió también del resto con una breve despedida. Las dos llegaron al ascensor, y Laetitia tocó el botón para que éste acudiera al piso.

Esperando mientras el ascensor subía, Laetitia y Estella, francesa y canadiense, europea y americana, castaña y rubia, modelos internacionales ambas, quedaron frente a frente. Se miraron a los ojos, con odio, rabia, envidia y prepotencia. Un "ding" les indicó que el ascensor había llegado; las puertas se abrieron, y ambas entraron presurosas. Sin dejar de mirarse una a otra, Estella pulsó el botón para bajar a la planta baja. Ellas estaban en el piso decimoprimero.

Las puertas se cerraron, demasiado lentas para ambas, y entonces todo ocurrió muy rápido. Ambas se lanzaron adelante, contra la rival. Sus cuerpos, con sus tetas por delante, chocaron juntos. Mientras sus fantásticos orbes se aplanaban juntos en igual proporción, mientras las dos gruñían por el golpe, sus manos derechas agarraron con fuerza el sedoso cabello de la rival, mientras sus zurdas agarraban el hombro derecho de la otra mujer.

Las dos bellezas forcejearon durante muy poco tiempo, pues ambas notaron como el ascensor empezaba a detenerse. Empujándose la una a la otra con frustración por la interrupción, Estella y Laetitia se peinaron rápidamente con sus manos, y se arreglaron lo mejor posible las camisas.

Las puertas se abrieron, y un señor que rondaba los cincuenta años entró en el ascensor. Sonriendo a las dos bellas muchachas con las que iba a compartir el ascensor, el hombre pulsó el botón del octavo piso. Estaban en el décimo.

Laetitia y Estella se miraron de reojo, sabiendo que pronto el hombre se iría, y podrían seguir con la pelea. Ambas sonrieron, seguras de sí mismas. Con sus miradas se decían claramente que antes de llegar a la planta baja, todo estaría zanjado; tal era la confianza en sí mismas.

El ascensor se paró, y el hombre, tras desearles un buen día, se marchó. Las puertas se cerraron, y ambas se lanzaron rápidamente sobre su odiada rival. Estella alzó ambas manos, ansiosa por agarrar el castaño y largo cabello de la gala, pero esta vez Laetitia tenía algo pensado. Cuando la canadiense estaba sobre ella, la francesa alzó su rodilla derecha, estampándola duramente contra el liso estómago de Estella, que con un grito de dolor, y llevándose ambas manos al dolorido vientre, retrocedió hasta la pared del ascensor.

En ese momento el ascensor volvió a frenarse, y Laetitia, sonriendo con superioridad a su rival, se acarició el pelo, volviendo a su posición inicial. Estella, mirándola con autentico odio, se irguió para aparentar normalidad ante la persona que fuera a entrar en el ascensor. Las puertas se abrieron y una mujer joven entró, saludando con un gesto a las dos modelos.

¿Qué te ha pasado? preguntó la chica al ver que Estella se agarraba suavemente el estómago con su mano derecha-. ¿Te duele?

Se ha dado un golpe sonrió Laetitia, y Estella le echó una mirada de las que matan. La canadiense ardía de rabia en su interior, deseaba que la chica se fuese rápidamente para devolverle el favor a la gala, para apartar de ella la sensación de desventaja ante Laetitia.

No es nada que no vaya a solucionar en breve contestó Estella, con otra mirada de rencor a su rival. Entonces, la muchacha recién llegada presionó el botón de la sexta planta. Estella sonrió... Tendría su venganza.

El ascensor se detuvo poco después, y la chica se marchó; las puertas se cerraron otra vez, y de nuevo ambas se lanzaron contra su rival con ansia destructiva. Laetitia quiso repetir la táctica anterior, y alzó su rodilla contra el dañado estómago de Estella, pero la canadiense esperaba ese movimiento. Alzando su mano izquierda, Estella detuvo el rodillazo, agarrando de paso la pierna de su oponente. Entonces, sin dudarlo, clavó su puño derecho en el firme vientre de la francesa. Laetitia gritó angustiada por el duro golpe, justo en el momento en el que el ascensor volvía a detenerse. Maldiciendo por no poder continuar su ataque, Estella derribó a Laetitia al suelo, levantando la pierna de la modelo gala. Laetitia gruñó por el golpe contra el suelo y la pared, mientras Estella sonreía con maldad y volvía a su sitio.

Laetitia se levantó con rapidez, agarrándose el estómago con su mano derecha, ya que no quería que nadie la viese en esa posición de inferioridad. Tras una última mirada de odio entre ambas bellezas, el ascensor terminó de pararse, y tras abrirse sus puertas una pareja de ancianos entró. Uno de ellos miró a Laetitia con lastima.

¿Te duele la barriga jovencita? ¿Estás bien?

Es que es un poco torpe, y se ha dado un buen golpe sonrió Estella, recibiendo una mirada enojada de su contrincante.

No es nada, apenas he notado el golpe replicó Laetitia, y esto molestó a la canadiense.

Pues ten cuidado, pues la próxima vez el golpe puede ser mucho más duro amenazó veladamente Estella.

–O quizá la próxima vez el golpe se lo lleve otra –escupió Laetitia.

La pareja de ancianos observaba sorprendidos la conversación, pero sin saber qué pasaba. Entrañados pulsaron el botón de su piso de destino, pero ninguna de las dos modelos vieron cual era, ya que estaban ocupadas intercambiando miradas de resentimiento y prepotencia.

Ambas, al notar que el ascensor bajaba, comenzaron a prestar atención al contador de pisos. Mentalmente, ambas desearon que se parase cuanto antes. Sus perfectos vientres latían con cierto dolor, recordándoles que por ahora estaban igualadas, aunque Laetitia sentía que su rival llevaba cierta ventaja por derribarla al suelo.

Al fin el ascensor se detuvo en la segunda planta, y la pareja se despidió con una última mirada de extrañeza. Antes de que las puertas terminases de cerrarse, Laetitia y Estella embistieron hacia su rival, pues tenían poco tiempo. Al unísono ambas alzaron sus rodillas derechas, destinadas a clavarse en el estómago rival, pero ambas lograron agarrar las piernas de la oponente. Así, con sus piernas derechas alzadas por el agarre de la otra mujer, ambas usaron sus manos libre para tortearse mutuamente en la mejilla izquierda. La doble bofetada resonó en el cerrado espacio del ascensor, mientras ambas perdían el equilibrio.

Laetitia logró usar su peso para caer sobre Estella, que se golpeó contra la pared y el suelo. Alegre por devolverle el favor anterior, la gala deseó continuar con el castigo, agarrando con ambas manos el cabello rubio de Estella por ambos lados de su cabeza. Pero antes de que pudiese tirar de su pelo, Laetitia fue derribada a un lado por un empujón de Estella.

En ese momento las dos bellezas se agarraron con rabia los cabellos, tirando con fuerza de ellos hacia arriba, obligándose mutuamente a alzarse sobre sus rodillas primero, y finalmente a ponerse de pie, en un muy doloroso proceso que hizo gemir de angustia a las dos bellezas.

Ya de pie, Laetitia empujó adelante para estampar la espalda de Estella contra la pared del ascensor, provocando una resonancia metálica acompaña de un gemido de dolor de la rubia. Rabiosa, Estella empujó a Laetitia hasta la pared contraria, provocando el mismo sonido simultáneo: metal y dolor.

Muy calientes ahora, Estella y Laetitia empezaron a intercambiarse golpes contra las paredes metálicas del estrecho ascensor, gimiendo con cada duro golpe. Justo cuando el ascensor empezó a detenerse en la planta baja, ambas estaban estancadas en el centro del ascensor, teta a teta, gruñendo por el esfuerzo de intentar estampar una vez más la espalda de su rival contra el ascensor. Al notar como sus generosos pechos se estrujaban juntos, ambas recordaron el duelo de cuerpos que habían tenido en la sala de fotografía.

¡Deberías saber que mis tetas son mejores que las tuyas! susurraron con resentimiento a la vez, antes de darse un último empujón con sus pechos y separarse. Rápidamente te arreglaron el pelo y la ropa, y cuando las puertas se abrieron salieron con premura, ante el asombro de un grupo de jóvenes que esperaba para subir en el ascensor.

¡Dios, mirad! ¡Es Laetitia Casta! ¡Qué buena está! dijo uno de ellos, y varios de sus compañeros murmuraron su aprobación.

¡Mejor está la rubia! ¡Amo a Estella Warren! dijo otro, y también se oyeron comentarios apoyando esta declaración.

¡Sí, la canadiense tiene un cuerpazo!

¡Pero la francesa está mejor aún!

Ambas mujeres oyeron esto mientras salían al exterior, y ello no hizo más que aumentar la enorme rivalidad de las modelos.

Hay gente con mal gusto susurró Estella, dirigiéndose a la salida.

Sin duda que la hay murmuró Laetitia, al lado de la canadiense.

Ambas miraban a todos lados, ansiosas por encontrar un sitio donde, lejos de las miradas de los curiosos, pudieran acabar lo que habían empezado. La sangre de sus cuerpos hervía, hambrienta por golpear y hacer gritar a la otra mujer, a su odiada némesis.

Entonces Laetitia vio algo que podría servir.

Allí puta susurró señalando con su mano una limusina oscura. Hagamos que nos lleve a un motel y resolvamos esto de una maldita vez.

Perfecto, zorra, conozco un motel en las afueras de la ciudad, poco frecuentado, donde nadie nos molestará.

Ambas bellezas se acercaron a la limusina, y Estella pagó al conductor para llevarlas al lugar indicado. Laetitia pagó algo más, para comprar "intimidad" para las dos chicas durante el viaje. Así, Laetitia y Estella se montaron en la lujosa limusina, en la parte de atrás: una pequeña mesa era rodeaba por cómodos sofás negros de cuero, y una pequeña nevera esperaba ser abierta para refrescar a sus pasajeros. Como Laetitia había indicado, el conductor cerró la ventanilla que conectaba esa parte con la zona del conductor, quedando ocultas de miradas indiscretas.

Mientras el coche arrancaba, ambas sonrieron con maldad, mirándose a los ojos con autentica prepotencia.

Antes perdí mucho tiempo, pero ahora no lo haré comenzó Estella, acercándose a su rival a través de los sofases, arrastrando su hermosos trasero.

Yo tampoco lo haré, esta vez iré directa al grano replicó Laetitia, acercándose a Estella.

Entonces las dos muchachas se arrodillaron frente a frente, sobre los sofás, y se engancharon en una prueba de la fuerza, mano a mano. Tras unos segundos de jadeos, ambas siguieron igualadas.

No podemos luchar con todo aquí, o nos descubrirá el conductor, pero si podemos resolver algo que llevo mucho tiempo deseando aclarar dijo Laetitia, embistiendo con sus tetas contra los pechos de Estella. La canadiense jadeó de dolor, y replicó con un golpe idéntico, haciendo jadear a su oponente gala.

Yo también llevó mucho esperando zanjar esto; demostrarte quién tiene las mejores tetas habló Estella, mientras ambas chocaban pecho a pecho con un mutuo gemido. Ordeñaré tus patéticas tetas.

Las tuyas serán las ordeñadas respondió Laetitia.

Las muchachas gruñeron cuando sus tetas chocaron de nuevo, intentando debilitar los otros grandes pechos. Los golpes las hacían gemir, pero ambas controlaron sus gemidos para no ser descubiertas y para no mostrar ni una pizca de inferioridad ante la otra. Mientras sus tetas se masajeaban mutuamente y chocaban bruscamente, el sudor empezó aparecer por sus cuerpos. A pesar del tamaño de las tetas de ambas, pronto las dos pudieron clavar firmemente sus firmes vientres contra el estómago de la otra mujer. Sus tetas empezaron a palpitar de dolor, empujando, aplastando, triturando profundamente contra los orbes de la rival. Determinadas a dominar como fuera, ambas gruñeron mientras aumentaban de intensidad sus empujes.

¿Quieres exprimírmelas? ¡Te enseñaré cómo se hace! gimió Estella, aplastando sus tetas contra las de Laetitia con rabia.

¡Yo te enseñaré como se aplastan unas tetas! gruñó Laetitia, contraatacando con fuerza.

Las dos bellas combatientes comenzaron a intercambiar sacudidas más y más duras, dándose bruscas bofetadas con sus grandes tetas. Ambas notaron como los duros pezones de la otra se clavaban en sus tetas, o contra sus propios pezones, provocando una sensación de malestar. Sudando más y más, durante más de cinco minutos Estella y Laetitia, muy calientes, cerraron de golpe sus espectaculares pechos juntos, en un silencio sólo roto por algún gemido ocasional.

¡Ya... te... tengo! gruñeron al unísono, abrazándose con fuerza, enlazando sus brazos alrededor del torso superior de la rival.

En ese momento, el coche frenó suavemente. Rápidamente ambas se soltaron, intentando recuperar lo más pronto posible la respiración. Peinándose con las manos, ambas bellezas se arreglaron las ropas, y entonces se bajaron de la limusina.

Despidiéndose del conductor fríamente, Estella y Laetitia caminaron al interior del edificio donde el coche las había dejado: el motel Sirena.

Unos minutos después y con algo menos de dinero, ambas estaban en una pequeña habitación, que era a la vez salón y dormitorio. Una puerta entreabierta mostraba levemente el único baño.

Mirando con odio a la rival, Estella empezó a desabotonarse su camisa azul. Devolviendo la mirada a su rival, Laetitia se desabrochó su fina camisa roja, y enseguida ambas lanzaron su ropa sobre una silla de la habitación. Las dos miraron los pechos de la rival, cubiertos por unos sugerentes sostenes negros. Desde luego el punto principal de su feroz rivalidad eran sus pechos.

¿Seguimos? preguntó la francesa, agarrando el botón de sus jeans.

Sí, por favor replicó la canadiense, y ambas se quitaron los jeans, lanzándolos sobre la misma silla. Ahora vestidas sólo por un conjunto oscuro de bella ropa interior, las dos bellezas se observaron de arriba a abajo. Parecían dos diosas; dos Diosas de la Belleza que iban a batallar por ese puesto en el Olimpo.

No eres tan dura Estella gruñó Laetitia segundos después, con un claro tono de rabia en su voz. No soportaba ver a la rubia tan segura de sí misma.

Tú lo eres aún menos que yo Laetitia replicó Estella con el mismo rencor, ya que la confianza que demostraba la gala la sacaba de quicio.

Veámoslo zorra engreída dijo la castaña alzando ambas manos y caminando hacia Estella.

Te arrepentirás de esto puta presuntuosa contestó la rubia, alzando sus manos y enlazándolas con las de la gala.

Entonces comenzó una prueba de fuerza, en la que ambas chicas se esforzaron en intentar forzar a la otra atrás, pero la igualdad fue tal que ambas permanecieron en el mismo sitio durante un minuto, gruñendo por la equilibrada pugna.

Estella en ese momento empujó a un lado a Laetitia, forzándola un paso en esa dirección. La gala replicó enseguida tirando hacia otro lado, y la rubia también fue forzada a moverse. Así ambas empezaron a empujarse de un lado a otro, girando en círculos irregulares en la pequeña habitación, hasta que al mismo tiempo que Laetitia lanzaba con fuerza a Estella hacia un lado, la rubia hacia lo propio con la francesa. Ambas salieron despedidas en direcciones contrarias, separándose de la otra y estampándose de espaldas contra la pared. Un jadeo salió bruscamente de sus bocas con el duro golpe, pero en menos de un segundo ya corrían hacia la oponente y volvían entrelazar sus dedos en una nueva prueba de fuerza, decididas a ver quién de ellas era la más fuerte.

Ahora sus brazos se extendieron en cruz, juntando sus cuerpos, y sus maravillosos pechos, en un apretado contacto. Triturando sus tetas de igual manera, Laetitia y Estella se mascullaron insultos cortos y despectivos sobre las tetas de la otra mientras estrujaban más y más sus orbes.

Estella logró finalmente empujar a Laetitia contra la cama, derribando a ambas sobre el blando colchón. Allí, Estella cerró los dientes con fuerza para mantener a la gala en la posición inferior, mientras aplastaba las tetas de la castaña con sus propios pechos. Pero unos segundos después Laetitia lograba rodar sobre la rubia, prensando ahora los orbes de la canadiense bajo el peso de sus tetas. Estella tampoco estuvo mucho tiempo bajo su rival, y logró empujar a la modela francesa, tirándola de la cama. La rubia se asomó por el borde la cama, pero Laetitia la esperaba. Agarrándola del largo cabello rubio, la gala tiró a la canadiense desde la cama al suelo, y ambas comenzaron una fiera pugna sobre el piso, rodando de un lado a otro, abrazadas en un ceñido duelo. Con sus brazos alrededor del cuerpo de la rival, y sus piernas entrelazadas juntas, Laetitia y Estella gimieron y jadearon quedamente mientras intentaban logra la posición superior.

Pero ninguno de ellas logró esta posición, quedando finalmente estancadas sobre sus costados. Tras un minuto de obstinada lucha, en las que las dos se exprimieron como anacondas desde sus cabezas a la punta de los dedos de sus pies, las dos chicas sin aliento se empujaron mutuamente, separándose.

Levantándose, las dos mujeres se agacharon levemente, doblando sus rodillas y alzando sus manos delante de sus bellos rostros, en forma de garras abiertas. En la habitación sólo se oían los jadeos de las modelos, mientras frente a frente te movían levemente, buscando un hueco en la defensa de la rival. Los ojos azules de Laetitia estaban fijos en los ojos azules de Estella, y viceversa. La mano derecha de Estella se movió entonces hacia su sujetador, recolocando su pecho izquierdo que se había salido levemente durante la pelea.

Veo que tus tetillas iban a salirse del sostén al ser machacadas por mis pechos sonrió Laetitia.

No soy la única cuyas tetas iban a desbordarse del sujetador sonrió Estella, señalando con la cabeza el pecho derecho de Laetitia, que estaba también levemente salido del sostén. Si quieres tener posibilidades en esta pelea, deberías evitar que tus pequeñeces se enfrenten a mis pechos.

Aplícate el consejo la francesa se recolocó su sostén, y miró fríamente a la rubia canadiense, haciéndole un gesto con sus manos para que se acercara a luchar.

Estella corrió adelante y Laetitia la imitó, chocando en un sonoro choque de cuerpos -y tetas- que hizo gruñir a ambas. Sus manos se alzaron ávidamente y se hundieron en el largo cabello de la rival. Gruñendo, ambas intercambiaron durísimos tirones de pelo en un tambaleante baile por toda la habitación. Enterrando más las manos en el otro cabello, cerca de las raíces, Estella y Laetitia tiraron con todas sus fuerzas, ahora chillando de dolor, mientras sus piernas tropezaban continuamente con las de la oponente, pero sin llegar a derribarse.

¡Puta! gruñó la rubia mientras su cabeza era movida de un fuerte tirón hacia atrás. Enseguida Estella enderezó su cabeza, y dio un férreo tirón a la cabeza de Laetitia hacia la derecha.

¡Zorra! gimió la castaña al notar como su espina dorsal era doblada a un lado por el sólido tirón de Estella. Enderezándose dolorosamente, la modelo gala tiró del cabello rubio de su enemiga y arrancó unos filamentos dorados, haciendo gritar de dolor a la canadiense. Rabiosa, Estella devolvió el tirón a Laetitia y le arrancó varios cabellos a la gala, que chilló agónica.

Reajustando las manos en el cabello de la antagonista y mirándose a los ojos con odio, ambas gruñeron un quedo "¡Furcia!" y tiraron hacia atrás de las otras cabezas. Manteniéndose mutuamente en esta posición, ambas gimieron por la tortura en sus cueros cabelludos, cerrando los ojos que de otro modo verían el techo y apretando los blancos dientes. Tirando más fuerte, ambas obligaron a la rival a arquearse más. Sus huesos púbicos vinieron juntos en contacto mientras sus pechos se alejaban, y ahora sólo se rozaban.

¡Guarra! gruñó Estella, tirando con todas su fuerzas del cabello de Laetitia y frotando su entrepierna contra la de su rival.

¡Perra! gimió Laetitia, devolviendo el favor a la rubia con la misma energía. Así, dándose tirones y restregando sus ingles, las muchachas continuaron durante unos segundos más, hasta que no pudieron más y se soltaron, retrocediendo un par de pasos. Aspirando pesadamente para recuperar aire, ambas se negaron a frotarse sus doloridos cueros cabelludos para no mostrar debilidad ante la rival.

¿Has tenido bastante engreída? preguntó la gala.

¿Lo has tenido tú creída? replicó la canadiense, dando un paso adelante y lanzado un tortazo contra la cara de su rival. Laetitia alzó velozmente su mano y agarró la muñeca de la rubia, deteniendo el ataque. Sin soltar el brazo de su oponente, la francesa lanzó su propio tortazo con su mano libre, pero Estella agarró también su muñeca e impidió la bofetada dirigida a su rostro. Atrapadas por la adversaria, ambas se circundaron, juntando sus frentes. Sus ojos intercambiaron chispeantes miradas. Tan grande era el odio mutuo, que ni una ni otra pudo coordinar su cuerpo para un ataque. Sólo jadeaban intentando controlar sus tensas respiraciones mientras giraban y giraban juntas.

¡Puta! gruñeron a la vez con un aborrecimiento sobrehumano, y sus labios temblaron por el ansia de destrozarse. Entonces las dos liberaron su brazo atrapado de un tirón y comenzaron a abofetearse duramente. Sus cabezas giraban bruscamente de un lado a otro, y sus cabellos volaban. Mientras sus mejillas enrojecían, Estella y Laetitia seguían en un rabioso intercambio de golpes. Enseguida dejaron las bofetadas y empezaron a usar sus uñas contra la cara y los pechos de la rival.

Pero era tal la intensidad del combate, que sus brazos se agotaron por el tenso esfuerzo. Dando un par de pasos atrás, ambas se separaron, mirando jadeantes lo que habían logrado: el cuerpo de Estella presentaba varios arañazos, y especialmente destacaban un par de marcas rojas que recorrían su teta izquierda; el cuerpo de Laetitia presentaba el mismo aspecto, con un enorme y rojizo arañazo vertical en su pecho derecho.

Sin dudarlo, ambas dieron un rápido paso adelante y lanzaron sus puños derechos, hundiéndolos con fuerza en el generoso pecho izquierdo de la rival. El golpe, dado al unísono, hizo que ambas mujeres gruñesen de dolor, dando un paso atrás. Intercambiando una mirada de rabia, ambas volvieron a la carga, con el mismo objetivo: demoler las perfectas tetas de la otra mujer.

Los puños de ambas bellezas, tanto el derecho como el izquierdo, volaron hacia los otros orbes. La mayoría de los golpes acertaron en uno de los dos voluminosos blancos de la rival, pero otros chocaban contra los otros brazos. Sin embargo, ni Laetitia ni Estella intentaron defenderse, ya que parecían querer decidir cual de ellas tenía los pechos más resistentes. Sólo pensaban en reducir a pulpa las tetas de su enemiga. Ni siquiera intentaban golpear el otro rostro, o estómago: sólo miraban y atacaban un único objetivo. Gimiendo y gritando con cada doloroso puñetazo recibido, ambas modelos siguieron intercambiándose sufrimiento en sus tetas durante más de dos minutos, momento en el que, jadeantes, retrocedieron.

– ¿Son más duras de lo que pensabas, poco-pecho? –jadeó Estella

– ¿Y las mías, tetas-planas? –replicó jadeante Laetitia–. ¿Demasiado resistentes para tus puños?

– ¿Quieres que dejemos los puños y pasemos a las garras?

– Cualquier reto que lances, lo aceptaré y ganaré.

Estella y Laetitia saltaron contra la rival repentinamente, con sus manos abiertas. Agarrando toda la carne que podían abarcar de las otras tetas, ambas empezaron a estrujar con rabia. Las dos bellezas echaron atrás sus cabezas, cerrando los ojos y apretando los dientes para evitar gritar, aunque los jadeos y gemidos de dolor surgían de sus gargantas continuamente. A pesar del sufrimiento, ninguna cedía. Su única intención era destrozar de una vez esos malditos orbes que se enfrentaban a sus orgullosas tetas continuamente.

– ¡Puta! –gimió Laetitia, colocando su pierna tras las piernas de la rubia y zancadilleándola. Ambas cayeron así sobre la cama, con la francesa encima de la canadiense–. ¡Ya eres mía!

– ¡Jamás! –gruñó Estella.

Mirándose a los ojos con odio, las dos chicas siguieron estrujándose las tetas mutuamente, clavando más y más sus uñas en la carne de la rival. Sus sostenes iban deshaciéndose poco a poco.

De repente, Estella empujó con fuerza hacia arriba, derribando de encima suya a Laetitia y colocándose en la posición superior. En esta nueva situación ambas siguieron destrozando las tetas de la otra, mientras jadeaban y gemían. Las primeras lágrimas empezaron a surgir de sus bellos ojos.

– ¡Furcia, es tu fin! – masculló Estella.

– ¡En tus sueños! –replicó la gala, que repentinamente alzó su cadera y apartó a la rubia de encima suya. Soltándose las tetas, ambas rodaron hacia un lado de la cama y se arrodillaron sobre ésta.

Laetitia y Estella se observaron en esta posición, jadeando pesadamente. Sus sostenes, destrozados, apenas se mantenían en su posición. Sin dejar de mirar a la francesa, Estella se rasgó el sujetador de un tirón, mostrando una grandes y magulladas tetas. Laetitia, sonriendo levemente, dio un tirón a su sostén, dejando al descubierto sus también formidables pechos, tan maltratados como los de su oponente.

Las dos modelos avanzaron lentamente sobre sus rodillas, acercándose a la otra. Sus orgullosos pechos sobresalían, con sus pezones apuntando directamente a sus rivales. En su interior, ambas ardían en una extraña mezcla de odio, venganza, placer y envidia.

Saltando repentinamente sobre la otra, Estella y Laetitia chocaron ruidosamente, pecho a pecho. Sus manos buscaron las muñecas de la rival, comenzando un fiero forcejeo sobre la cama. Aún arrodilladas, las dos modelos jadearon y gimieron mientras intentaban forzar a la otra atrás, sobre su espalda. Sus malheridos pechos chocaban continuamente, provocando que algún pezón dañase la carne del orbe rival.

Finalmente Estella logró derribar a Laetitia, cayendo sobre ella pecho a pecho. La gala jadeó al perder bruscamente el aire de su cuerpo, pero reaccionó agarrando el cabello de la rubia y tirando de ella a un lado. Rodando sobre la canadiense, Laetitia bajó su boca abierta sobre la nariz de Estella, dispuesta a morderla, pero ésta giró su cara en el último momento y fue mordida en una mejilla. Gritando de dolor, Estella golpeó la espalda baja de Laetitia con ambos puños a la vez, haciendo gritar a la modela francesa, que levantó su cabeza y apartó sus dientes del bello rostro de Estella.

La rubia aprovechó entonces para agarrar el cabello castaño de su oponente y, tirando duramente de él, rodar de nuevo sobre Laetitia. Estella, decidida a vengarse, bajó su boca y mordió la nariz de la gala. Laetitia gruñó dolorida, mientras los blancos dientes de la canadiense mordían su nariz, y reaccionó instintivamente abrazando el cuerpo de Estella bajo los brazos. Agarrando con su mano derecha su muñeca izquierda tras la espalda de la rubia, Laetitia apretó con todas sus fuerzas, exprimiendo el cuerpo de Estella. Con un gemido largo de sufrimiento, la modelo canadiense apartó sus dientes de la nariz de Laetitia, que sorprendentemente y a pesar de las marcas, no sangraba. Laetitia siguió estrujando el cuerpo de su rival entre sus brazos, y Estella volvió a gemir.

Entonces, desesperada por escapar, Estella agarró el cabello de Laetitia por ambos lados, y con fuerza estampó su frente contra la frente de la francesa. El golpe atontó inmediatamente a ambas bellezas, que soltaron a su contrincante. Laetitia empujó a un lado a Estella, y ambas rodaron hacia distintos lados de la cama, cayendo al suelo ruidosamente.

Jadeantes, sudorosas y doloridas, las dos mujeres sacudieron sus cabezas para despejarlas. Un minuto después, ambas se levantaban agarrándose a la cama, preparadas para seguir. Sin una palabra, ambas gatearon sobre la cama, acercándose seductoramente.

Volviendo a saltar sobre la rival, las dos bellezas lucharon en un enredo de brazos, piernas, cabellos y cuerpos sobre la cama. Ambas buscaron desesperadamente el agarre definitivo que les diera la ansiada victoria sobre su más amarga rival, pero el cansancio propio y la fuerza de la otra impidieron que alguna tomase ventaja… hasta que Laetitia logró atrapar a Estella con sus bellas piernas.

La modelo gala había podido finalmente colocar sus piernas alrededor de la cintura de la rubia, trabando enseguida sus tobillos en una tijera de piernas. Con una ligera sonrisa, Laetitia tomó una respiración profunda y exprimió tan duramente como pudo, intentando partir a la canadiense por la mitad. Estella jadeó y gimió de dolor, mientras era obligada a expulsar todo el aire de sus pulmones bruscamente. Laetitia mantuvo la estrangulación varios segundos más, con firmeza, y entonces se inclinó sobre Estella.

– ¿Duele puta? –susurró en el oído de su víctima, que se aferraba a sus piernas para intentar en vano abrirlas–. No irás a ninguna parte, aquí acaba todo.

Laetitia siguió estrujando el cuerpo de Estella, y ésta siguió gimiendo angustiada. Los sudorosos cuerpos de ambas chicas se movían sobre la cama, uno intentando escapar y otro intentando mantener atrapado al otro. Así pasó un largo e impotente minuto para la rubia, que no pudo escapar de la tijera perfecta de Laetitia.

– Zo… rra –gimió Estella, y entonces dejó de intentar abrir las piernas de su rival para alargar su mano derecha y, abriéndola como una garra, clavarla en un delicioso muslo de la francesa. Laetitia jadeó, pero lo peor estaba por llegar. Estella arrastró su mano hacia abajo, dejando varias líneas rojas en el muslo de la gala. Laetitia chilló de dolor, e instintivamente abrió levemente las piernas. Aprovechando su oportunidad, Estella agarró las piernas de Laetitia y las abrió con fuerza, haciendo gritar de dolor a la modelo francesa.

Enseguida una enojada Estella empujó a Laetitia a un lado de la cama, derribándola boca abajo. Con un salto, la rubia se colocó sobre la espalda de su rival, con todo su cuerpo sobre el cuerpo de Laetitia. Entonces trabó su brazo derecho alrededor del cuello de su oponente, y cerró la llave agarrando con su zurda su propia muñeca derecha. Fue en ese momento cuando Estella sonrió, saboreando la venganza por lo que Laetitia le acababa de hacer.

– ¿Y esto duele, zorra? –se burló Estella, hablando al oído de su contrincante, y apretando con su brazo alrededor del cuello de Laetitia, que por respuesta sólo pudo toser y gemir dolorida-. ¡Siempre puedes rendirte!

Laetitia negó con la cabeza, aunque apenas pudo moverla por la apretada llave de la canadiense. La rubia siguió apretando con todas sus fuerzas, mientras Laetitia agarraba con ambas manos el brazo estrangulador de su rival para tratar vanamente de apartarlo de su cuello. La gala notaba como los grandes pechos de su rival se aplastaban contra su espalda, y ello la enojaba.

– Te… odio -gruñó la gala casi sin poder articular palabra. El silencio llenó la sala, sólo roto por algún jadeo de Laetitia o por el sonido de sus cuerpos rozándose. La desesperación de Laetitia aumentó, mientras Estella veía cercana la victoria.

Pero entonces la francesa alzó su mano derecha arriba, y logró agarrar la larga melena de Estella por detrás. De un tirón, Laetitia hizo gruñir a su rival. Alzando su otra mano, la gala logró agarrar con ambas manos el cabello rubio de la canadiense, y con un nuevo tirón logró hacerla rodar a un lado, derribando a ambas de la cama.

Con un ruidoso golpe contra el suelo, las dos chicas se separaron. A pesar del enorme cansancio y dolor que sentían, ambas se obligaron a atacar con rapidez a su oponente. Así se arrodillaron con premura y se agarraron del cabello con ambas manos. Tirando con rabia, ambas gritaron de dolor mientras sus dedos se enroscaban profundamente en el otro pelo sedoso.

Con un grito más alto que el resto, Estella se echó adelante, estampándose cuerpo a cuerpo contra Laetitia. La gala cayó sobre su espalda, con la rubia sobre ella. Enseguida, Estella estampó todo su cuerpo contra el de su enemiga, haciéndola jadear. Estella repitió el golpe de cuerpo, pero esta vez no se apartó, sino que apretó sus tetas, su vientre y su entrepierna contra las tetas, el vientre y la entrepierna de Laetitia en un afán de aplastarla contra el suelo. Sus narices se aplastaron juntas, y sus sensuales labios se rozaron. Laetitia gimió dolorida, pues la gravedad daba ventaja al cuerpo –y sobre todo a los pechos- de la canadiense.

Sacando fuerzas del odio, Laetitia logró empujarse a sí misma hacia arriba, derribando a Estella a un lado. Con el mismo movimiento, la gala se estampó duramente contra el cuerpo de su rival. Tras el jadeo de la rubia, Laetitia repitió el golpe, y enseguida imitó a su rival, estrujando sus tetas, vientre y entrepierna contra el cuerpo de Estella.

Ahora era el turno de la canadiense para jadear y gemir, mientras notaba como su cuerpo era aplastado duramente por el de su contrincante. Las manos de ambas mujeres volaron hacia le pelo rival, pero se quedaron a medio camino, siendo interceptadas por las manos de la otra modelo.

– ¡Ríndete! –jadeó Laetitia, mientras ambas forcejeaban.

– ¡Nunca! –replicó Estella, logrando empujar a un lado a su rival.

Quedando sobre sus costados, las dos muchachas siguieron forcejeando con sus manos y brazos, estampando de vez en cuando sus tetas juntas para lograr derribar sobre su espalda a la otra. Sin embargo, un minuto después ambas supieron que estaban estancadas, y se empujaron mutuamente. Rodando cada una a un lado, las dos guapas modelos se apartaron de la otra, queriendo tener tiempo para recuperar algo de aliento. Ambas maldijeron mentalmente haber perdido su oportunidad de ganar la pelea –Laetitia con la tijera de piernas y Estella ahogando con su brazo a la francesa–.

– Soy más fuerte que tú, puta, y te lo voy a demostrar de una vez por todas –jadeó la modelo rubia, arrodillándose y alzando sus manos en un claro desafío a la modelo de cabellos castaños.

– Pues demuéstramelo zorra –masculló Laetitia, acercándose de rodillas a Estella y enlazando sus manos con las suyas.

De nuevo, las dos mujeres tensaron sus músculos e intentaron dominar a la otra en una prueba de fuerza. Jadeando, gruñendo y gimiendo, Estella y Laetitia pusieron todo su odio en este duelo para tener las fuerzas necesarias para tomar ventaja y acabar la pelea de una vez. Poco a poco, ambas fueron inclinando sus cabezas adelante, mientras sus brazos se levantaban sobre ellas.

Ahora, con sus caras casi juntas, y sus narices rozándose, las dos tenían sus brazos totalmente extendidos hacia arriba, temblando por la tensión, por encima de sus cabezas. Tanto Laetitia como Estella alzaron sus barbillas levemente, juntándolas, mientras sus bellos ojos se miraban con auténtico aborrecimiento y rencor.

– ¿Crees que vas a ganar esta pelea, furcia engreída? –susurró Laetitia, y los carnosos labios de las dos modelos se rozaron–. ¿Crees que tienes alguna posibilidad, puta?

– ¿Y tú, zorra? ¿Crees que vas a someterme? –replicó Estella, y sus labios se pegaron un poco más. Ambas saborearon el dulzor de los otros labios, y aspiraron el caliente aliento de la rival–. ¿Crees que podrás conmigo, guarra arrogante?

– No lo creo… estoy segura de ello.

– Pues si ambas estamos seguras de ganar esta pelea, una de las dos se está equivocando…

– Veamos quien es la que se equivoca entonces –dijo Laetitia, y ambas juntaron con un estrepitoso golpe sus pechos. Sus pezones se clavaron en las otras tetas, y ambas aullaron de dolor.

– Puta –jadeó Estella, y soltando las manos de Laetitia, la abrazó con fuerza, estrujándola pecho a pecho.

– Zorra –replicó dolorida Laetitia, abrazando enseguida a Estella.

Aún mirándose a los ojos, con las narices y frentes aplastadas juntas, con sus labios temblorosos rozándose continuamente, las dos bellas modelos se comprimieron la una a la otra durante varios largos minutos. Gotas de sudor empezaron a recorrer sus atractivos rostros, confundiéndose con alguna lágrima que escapaba de sus ojos.

– Prometo parar cuando estés cansada –Laetitia intentó dar un tono burlón a su frase, aunque al tener el pecho comprimido sus palabras sonaron forzadas.

– Tengo fuerzas de sobra –jadeó Estella, cuyo pecho estaba tan aplastado como el de su rival–. Pero tranquila, te dejaré recuperarte cuando estés agotada.

– No creo que necesite reponerme peleando contra ti.

– Pronto cambiarás de idea.

A pesar de sus fanfarronadas, ni una ni otra tenía fuerzas suficientes –ni suficiente pecho en comparación con la otra– para someterla, ni por supuesto para cumplir una de sus promesas de descanso, aunque ambas estaban deseando llegar a una pausa para dejar de sufrir tanto.

– ¡Estoy hasta los ovarios de tus putas tetas, prostituta barata! –estalló de rabia Estella, viendo como de nuevo estaban estancadas en un duelo de pechos.

– ¡Y yo de las tuyas, canadiense de mierda! –gritó Laetitia, tan frustrada como su oponente.

Ambas bellezas pusieron sus cabezas sobre el otro hombro, trayendo en contacto directo sus planos y sudorosos vientres. Jadeando y gimiendo en alta voz, Estella y Laetitia siguieron en su abrazo mortal, arrodilladas frente a frente, clavando sus pezones en las otras tetas, y aplastando –o intentándolo más bien – los otros pechos con sus propias y grandes orbes. Aunque ninguna lo quisiera admitir, ambas sabían que estaban demasiado igualadas en el apartado de pechos, tanto en tamaño como en forma y firmeza, y tampoco sus pezones podían reclamar ventaja alguna sobre los pezones de la oponente.

Pero a pesar de toda la igualdad, al final Estella gritó, echando atrás su cabeza.

– Lo siento, querida. Sabía que eras frágil, pero no tanto –dijo contorna Laetitia, pero enseguida ella alzó la cabeza y gritó angustiada.

– Vaya, querida, no soy la única delicada aquí –jadeó con una sonrisa forzada Estella–. ¿Quieres que te parta en dos ya? –amenazó, llevada por el calor de la batalla.

– Hazlo, pero no te sorprendas si eres tú la que queda rota en pedazos –replicó la gala, y ambas estrujaron con todas sus fuerzas durante unos pocos segundos.

Gimiendo agónica y largamente, las dos modelos detuvieron el potente estrujón mutuo, pues el dolor en sus tetas era insoportable, pero siguieron abrazándose duramente. Sus respiraciones se hicieron más pesadas con cada segundo que pasaba, mientras sus cuerpos alcanzaban altas cotas de calor, y de sudor. En su temible duelo, ambas bellezas se machacaron sin piedad con sus escasas energías, y los minutos volaron lentamente. De los gemidos se pasó a los quejidos angustiosos y a los gritos de frustración.

Determinadas a ganar al menos este desafío de tetas contra tetas, sin importar qué ocurría después, Estella y Laetitia lo dieron todo. Ambas siempre habían destacado por sus hermosos pechos, y su enconada rivalidad tenía como principal pilar sus orbes. Así, frotándose teta a teta, la pelea fue decayendo en violencia y velocidad mientras ambas iban agotándose.

Las dos destrozadas mujeres echaron atrás sus cabezas en un último intento de subyugar a la rival. Con un doble grito ambas se estrujaron una última vez, pues entonces las dos lanzaron inconscientemente sus cabezas adelante, y sus frentes conectaron en un crujido doloroso.

Las modelos se soltaron, y cayeron fláccidamente sobre sus espaldas, con suavidad. Atontadas por el golpe, Laetitia y Estella se agarraron las frentes, intentando alejar el dolor y el mareo, mientras tomaban grandes cantidades de aire como si fueran peces fuera del agua.

Aturdida, la francesa movió sus piernas, que estaban medio enlazadas con las de Estella. De repente, notó que su pie derecho tocaba algo suave, y que la canadiense soltaba un quedo gemido de placer. Laetitia supo que los dedos de su pie habían tocado la entrepierna de Estella, y entonces tuvo una idea.

Moviendo su pie con destreza, logró apartar hacia abajo la braga de su rival, lo justo para que con los dedos de su pie derecho pudiera masturbarla. La rubia jadeó de placer, y enseguida imitó a su rival, y con su pie derecho empezó a masturbar a la gala. Ninguna podía moverse aún, agotadas por el largo duelo entre ambas, pero aún así seguían compitiendo.

Jadeando cada vez más alto, gimiendo cada vez con mayor placer, las dos modelos siguieron masturbándose mutuamente con los dedos de sus bellos pies, moviéndolos circularmente. Las mujeres notaron como sus cuerpos iban sobreexcitándose, y como sus sexos iban humedeciéndose. Más y más rápidamente, ambas siguieron esforzándose en lograr el orgasmo rival, logrando así una ventaja psicológica en la igualada pelea.

Pasaron así casi tres minutos, y fue entonces cuando el cuerpo de Estella se puso rígido repentinamente. Con un grito de placer, la rubia canadiense se mordió el labio inferior. Laetitia notó en su pie algo pegajoso, y supo que había logrado que su rival tuviese un orgasmo.

Enojada, Estella apartó de un empujón el pie de su rival de su sexo, y se arrodilló. Antes de que Laetitia pudiera reaccionar, la canadiense saltó sobre ella, con odio en sus ojos. Agarrándose mutuamente del cabello, las dos modelos gruñeron y batallaron con sus escasas fuerzas, hasta que Estella tuvo una idea: estampar sus grandes y desnudos pechos sobre el sudoroso rostro de Laetitia.

La gala vio como los dos enormes orbes descendían violentamente hacia su cara, y entonces quedó a oscuras. Y lo que es peor: no podía respirar. Tirando frenéticamente del cabello de Estella, arañando su espalda o empujando sus hombros, la modelo francesa intentó en vano escapar de aquella prisión. Por su lado, Estella mantuvo un férreo agarre de la cabeza de su oponente, aplastando con todo su peso sus tetas sobre la cara de la gala.

Laetitia abrió los ojos al máximo, desesperada, y siguió frenéticamente intentando escapar. Sus piernas patearon el aire, y sus brazos buscaron hacer una palanca con el cuerpo de Estella o con el suelo para salir de debajo de su contrincante. Pero todo fue en vano.

Ya casi sin aire, y notando el sudoroso sabor de las tetas de Estella en su boca, Laetitia mordió con rabia e pecho izquierdo de la rubia. La canadiense gritó de auténtico sufrimiento, pero enseguida se mordió los labios y siguió asfixiando a su rival. En un duelo de voluntades, Laetitia mordió y Estella estrujó.

Y al fin, dos minutos después, Laetitia dejó de moverse. Estella, agotada, se dejó caer a un lado, y acunó su malherida teta, marcada claramente por los dientes de la francesa. No tuvo fuerzas para levantarse, y allí quedó tendida, hasta que se durmió a causa del extremo agotamiento.

El ruido de alguien golpeando en la puerta resonó en sus cabezas. Las dos modelos, dormidas en el suelo, abrieron sus ojos. Todas y cada una de las partes de sus espectaculares cuerpos dolían terriblemente, pero especialmente sus tetas.

– Señoritas, deben dejar la habitación antes de las 12, son las normas –dijo una voz femenina al otro lado de la puerta. Unos pasos indicaron que la mujer se marchaba, seguramente a avisar a otros clientes dormilones.

Las dos mujeres se irguieron lentamente, pues cada movimiento les provocaba un molesto dolor. Estella se sentó contra la pared, y Laetitia contra la cama. En silencio se miraron a los ojos.

– Bueno, parece que ahora todo está resuelto…

– Shh –hizo callar Laetitia a su oponente–. No digas nada. Has ganado, sí, pero sólo porque has tenido suerte, mucha suerte. Además, no hay nada resuelto. Esto sólo ha sido el primer asalto. Quiero la revancha.

– Bien, si quieres que vuelva a destrozarte... –susurró Estella con confianza.

– No, nada de peleas. Esta vez haremos las cosas bien. Si queremos ver quién de nosotras es más sexy, y quién tiene de nosotras tiene el mejor cuerpo…

– Quieres follar –acabó la frase Estella, recordando como Laetitia había logrado provocarle un orgasmo–. Si crees que lo de anoche se va a repetir, estás muy equivocada. La próxima vez tú serás la única que se corra, una y otra vez.

– Veremos.

Las dos modelos prometieron llamarse en unos días, para volver a enfrentarse… aunque de una manera distinta…

 

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