EN EL DESVÁN
La cocina huele a ajo. En el jardín, los gemelos están
chillando como posesos. De cuando en cuando, al gritar, a alguno de ellos se le
escapa un gallo. El otro se le burla, y vuelta a comenzar con las riñas.
Hoy estoy caliente. Debe ser el tiempo. El tiempo que hace
que no follo, claro. Dejo el mortero con el ajo y el perejil machacados, y abro
la puerta del frigorífico. Quedan dos cervezas. Tomo una y la abro. Me rasco la
entrepierna mientras la frialdad, rubia y magnífica, me cae gañote abajo. El
líquido rebosa mis labios y cae por la barbilla, gotea por el cuello y empapa un
poco la tela de mi camiseta (no demasiado limpia, todo hay que decirlo) haciendo
que uno de mis pezones se transparenten. Lo rozo con la yema de un dedo y se
pone duro al instante. Sí, no hay duda: estoy caliente. Mis jeans gastados
marcan un bulto más que apreciable. Suspiro y me resigno, mientras repaso con la
mano el contorno de mi polla dura.
Está oscureciendo rápidamente. Miro por la ventana: es un
nubarrón tan negro como mi suerte. El recordar mi suerte (la mala) me lleva a
pensar en la zorra de mi mujer. Aquella fría puta que me dejó empantanado con un
adolescente seriote y dos bebés , y se largó con la peluquera de la esquina.
Ahora el adolescente ya tiene veintidós años, y los bebés son dos cabrones que
me hacen reir, blasfemar...y sacar la correa para zurrarles de vez en cuando.
¡Qué diferentes han salido a mi perfecto hijo primogénito! Estos son unos cabras
locas, siempre con ganas de broma, y que llevan mártir al excesivamente
bienpensante y buenazo de su hermano mayor.
Un tremendo trueno hace retemblar los cristales. A
continuación, una granizada de gotas más gordas que garbanzos repiquetea contra
el tejado. En tromba, entre risas histéricas, los gemelos entran a trompicones
por la puerta de la cocina.
- ¡Hostiaaaaaaaaaaaaaaaa, y qué granizada!-dice
chillando uno.
- ¡Mira papá-se acerca el otro mostrándome algo que
lleva en la mano- este granizo es casi tan gordo como un huevo de paloma!.
- Sí, hijos, sí -me revisto de paciencia ante estas
dos fuerzas de la naturaleza-ahora cambiaros las zapatillas que vais a poner el
suelo hecho un asco.
Los dos, cosa extraña, me hacen caso ipso-facto. Se agachan
dándome la espalda, y ante mí aparecen la totalidad de su zona de riñones,
además de buena parte de sus nalgas. Mis hijos adolescentes siguen la moda de
llevar los pantalones excesivamente bajos...con el inconveniente de que, como
yo, prefieren no llevar ropa interior. Observo sus culos con el incipiente
vello, la carne tan tersa...
Prefiero mirar para otro lado. Hoy todo parece que me está
poniendo burro.
Ellos ya se han quitado las zapas de deporte, y tras tirarlas
en un rincón, ya están corriendo escaleras arribas empujándose uno al otro.
Algo se llevan entre manos. Últimamente pasan muchos ratos
muertos en el desván, trasteando con herramientas que me roban del taller.
Cadenas, poleas...Todo lo que pillan lo desvalijan. Parecen dos urracas
parlanchinas. Dos diablos con el síndrome de Diógenes.
- Pero...-grito hacia el vacío-¿qué cojones os
lleváis entre manos por ahí arriba?
- ¡Nadaaaaaaaa papaaaaaaaaá! ¡Es una sorpresaaaaaa!
- ¿Una sorpresa- no lo dudo-pero...para quién?
Ni espero contestación, ni la recibo. Ellos tienen arriba su
reino. Todo lo que queda viejo u obsoleto por casa, es rápidamente “adoptado”
por la pareja. Desde la antigua televisión (ahora tenemos de plasma), el viejo
reproductor de video, hamacas de jardín, velas y palmatorias, un viejísimo y
pequeño frigorífico...Cada vez que hecho en falta algo, pienso en si no habrá
sido “abducido” por este par de seres extraterrestres...con más polla que
cabeza.
Oigo el petardeo de la moto de mi hijo mayor. La puerta del
garage rechina un poco. Enseguida escucho sus pasos en las baldosas del jardín,
y él, cosa extraña, entra como una exhalación.
- ¡Qué prisas traes!
- ¡Perdona, papá, es que...! -deja la frase inacabada
y se mete pasillo adelante.
- ¿Ocurre algo?-sigo tras él por inercia, casi sin
darme cuenta de lo que hago.
- ¡¡Qué me estoy meando!! -me aclara
innecesariamente, puesto que ya estoy viendo sus pantalones desabrochados y su
inmensa (si, digo bien, “inmensa”) verga soltando un chorro de orín que
repiquetea contra la loza del retrete.
- ¡Perdona...yo...!-aparto la mirada de su enorme
vergajo. Me he percatado de que él está intentando -infructuosamente- cubrir su
miembro con la mano, pero le faltaría, para conseguirlo, una mano más...por lo
menos.
Reculo hacia la cocina. Noto una sensación extraña en la boca
del estómago. Vuelvo a recordar el pene de mi hijo mayor, y mi memoria me lleva
a un par de semanas antes, cuando ocurrió lo del garage.
Trasteaba yo bajo mi coche. Urgaba en las tripas grasientas
de mi viejo buga. Había decidido tomarme un descanso , y, en el momento que
había apagado la linterna con la que me alumbraba, oí la moto de mi hijo. Subió
la puerta, entró la moto, y volvió a bajarla.
Pensé, durante un instante, en darle un susto a ese hijo mío
tan excesivamente serio, tan reservado, y permanecí inmóvil esperando el momento
de que pasase junto al coche para sujetarle de un tobillo o alguna chiquillada
semejante. Pero entonces oí a Marta. Y el chasquido de los besos. Y el ruido de
ropas que caían...
¿Qué hacía? ¿Me daba a conocer? ¿Callaba para que no
sintiesen la vergüenza de saberse “pillados”?
Opté por lo segundo. Aguanté la respiración, mientras las
respiraciones de mi hijo y de su novia se hacían entrecortadas, anhelantes. Uno
de los pies de mi hijo tiró el aeorosol que estaba utilizando yo hacía pocos
instantes. Porque...¡es que se habían puesto a follar ni más ni menos que junto
a mi coche, aprovechando las esterillas que había sacado yo para limpiarlas!
Temí que mi hijo desviase la vista hacia el ruido; pero no:
siguió a lo suyo. Entonces fui yo el que desvió la vista...y se encontró con el
panorama del trasero desnudo de mi hijo...a un escaso metro de distancia de mi
cara. Y lo podía ver todo, todo, y todo, como decía aquella niña del anuncio.
El coño de la muchacha estaba algo más escondido, pero el
tremendo nabo de mi hijo, sus gruesas pelotas, su ojete casi cubierto de un
vello tupido y sedoso...todo el lote lo tenía ante mí. Y el vergajo entraba como
un martillo pilón inacabable, metiéndose en el agujero ávido de mi futura nuera.
No pude aguantarme. Retorciéndome como pude, desabroché mi
propia bragueta y saqué mi pétrea verga. La pareja gimió, chasqueó, chupeteó, un
rato más, mientras yo le daba grasa a mi propia herramienta. Vi el semen de mi
hijo llenando el depósito de su condón, a la par que mi nabo soltaba varias
andanadas que dieron contra los bajos del coche.
Luego, rápidos como centellas, desaparecieron tal y como
habían venido. Y yo, cuando pude, me arrastré hacia fuera, con la cara y el
torso cubiertos de grasa, gasolina y esperma.
- ¿Y los peques?- mi hijo mayor aparece en la cocina
abrochándose la bragueta. Trato de contestarle, a la par que intento alejar de
mi mente cómo cojones se las arreglará para esconder tanta carne sin que apenas
se le note.
- ¿Los peques?-seguímos llamándoles así, aunque los
gemelos ya casi me superan en mis 1,78 cms de altura, pero sin llegar al 1,90
del hermano mayor- pues... en su leonera, tramando alguna de las suyas.
Arturo siempre ha tenido una querencia especial por sus
hermanos pequeños. David y Daniel lo han tenido como faro y punto de apoyo
durante el largo tiempo que han estado solos con él, mientras yo me rompía los
cuernos -nunca mejor dicho- intentando traer pasta a casa.
- ¡Les subiré algo para beber! - trastea por la
nevera y se vuelve hacia mí enarbolando un par de cocacolas y una cerveza
-¿Falta mucho para la cena?
- Todavía un rato. Acabo de meter el cordero al
horno.
Mi hijo Arturo comienza a subir por las escaleras. Tiene un
trasero espectacular (en eso ha salido a mí) bien apretado en sus vaqueros
azules.
- ¡Luego os aviso!-me da tiempo a gritar antes de que
desaparezca por el segundo tramo, escaleras arriba.
Estoy tentado de decirle que llame antes de entrar. Si mis
gemelos se parecen a mí, no creo que desaprovechen la ocasión de estar
metiéndose mano a todas horas...al igual que hacía yo con mi propio hermano.
Miro soñadoramente por la ventana. Sigue diluviando. Todavía recuerdo con
añoranza los sobeteos, las pajas, las mamadas...y todo lo que se terciase, que
hacía con mi hermano mayor. Justamente me viene a la memoria una tarde de
lluvia, allí fuera, en el jardín familiar, contra la valla que amparaba nuestros
escarceos de la vista de los vecinos...

Ya llevo la polla dura otra vez. Pensar en mi hermanito
siempre me trae estas consecuencias. Ahora ya hace algún tiempo que no hemos
tenido “roce” de ese tipo, pero nuestros escarceos venían de muy atrás. Sobre
todo en aquel verano, en la costa, junto con nuestro primo Jaume, el rubito de
la familia, que nos ponía al 1000 contándonos los juegos pseudoeróticos que se
traía con su padrastro, el bigotudo “tío Mikel”. Era aquel un adulto calentorro,
que había encontrado la horma de su zapato en su joven hijastro, y que -según
nos contaba el rubio Tony- rebosaba testosterona cada vez que el andrógino
chiquito estaba a menos de dos metros de él.
Aprovechaban cualquier ocasión para insinuarse, jugando al
gato y al ratón. Unas veces era el adulto el que “olvidaba” la toalla y llamaba
al muchacho para que se la acercase al baño...

...otras veces, por el contrario, era el hijastro el que
llamaba a gritos al esposo de su madre para que apareciese por allí en el
momento más “oportuno”.

El caso es que, durante aquél verano, nuestro primo nos
llevaba a todas horas calientes con sus historias, ya fuesen verdaderas o
falsas. Hasta tal punto que comenzamos a jugar entre nosotros, y la cosa
acabó...como acabó.
Éramos como tres animanillos en celo. Entre Tony que se sabía
lo suyo, y nosotros que tampoco le íbamos a la zaga, los tríos que nos
montábamos terminaron siendo dignos de pelicula porno. Inclusive llegamos a
hablar de hacer a uno de nosotros una doble penetración (ya que la “simple” ya
estaba más que aprendida a aquellas altura del veraneo). Aunque cualquiera de
los tres dilatábamos con bastante facilidad, la verdad es que nos daba un poco
de repelús ser el “sujeto paciente” en aquel juego, por lo que terminamos
echándolo a suertes. Y dió la puta casualidad que mi paja salió la “ganadora”.
Si dijese que disfruté de aquel polvo, al atardecer, junto a
la playa, con mi primo rubito y mi hermano dándome a la vez...mentiría como un
bellaco. Vi las estrellas del firmamento y de todas las constelaciones habidas y
por haber.


Y de aquella experiencia, tan poco gratificante para mí, y tan cojonudamente
morbosa para ellos, solo saqué en limpio que mi ojete quedó por un tiempo como
un bebedor de patos, y que como no hay mal que por bien no venga, me sirvió, una
semana después, mientras preparábamos las maletas para marcharnos todos a casa,
tuviese un tet-a-tet con el famoso tío Mikel, y que pudiésemos llegar a mayores
sin que su más que gruesa verga encontrase dificultad alguna en alojarse en mi
esfinter adolescente.
Un trueno lejano, un chisporroteo de la luz...y quedo
totalmente a oscuras.
- ¡Hostia, el asado! -me cabreo pensando en que la
cena quedará a mitad de hacer como no vuelva pronto el fluido eléctrico.
Oigo bajar las escaleras a uno de los gemelos. Porque seguro
que Arturo, con su andar pausado, nunca trotaría como si le fuese la vida en
ello.
- ¿Y la linterna, papá? - es David, o quizá
Daniel-muchas veces no los distingo.
- ¡Mira en ese cajón! -y añado poco convencido- ¡Y
luego bajadla otra vez!
- ¡Sí, sí, no te preocupes!
“No te preocupes”. No, si no me preocupa la dichosa linterna.
Lo que me preocupa de verdad es la cena, que sigue en el aire.
El foco luminoso va de un lado para otro. Entra en el baño,
oigo el armario...
- ¿Qué coño estás cogiendo ahora?-pregunto sin abrir
los ojos.
- Nada, nada. Solo la espuma de afeitar y unas
cuchillas.
- Valeeeeeeeeeeeee.-la verdad es que me importa un
pepino lo que haya rapiñado, porque si está con ellos el bueno de Arturo no creo
que cometan un desaguisado...excesivo.
Estoy sentado en una silla de la cocina. A oscuras. De vez en
cuando un relámpago ilumina el acero de las sartenes. Yo sigo rememorando parte
de mi vida sexual. Poca vida, todo hay que decirlo, una vez mi hermano y yo
seguimos caminos diferentes.
Recuerdo aquella vez durante la milicia. Realmente fue una
relación caliente, pero que acabó pronto.Lo justo hasta que cambiaron de destino
a mi sargento. Aquellas mamadas en la “intimidad” del barracón, oliendo a
cuerpos sudorosos tras la instrucción, todavía parecen hacerme la boca agua.

Luego, una vez en la vida civil, también tuve un discreto
affaire “homo” con un compañero de trabajo, en uno de los tantos que tuve
durante aquella época. Después, una vez conocí a mi ex-mujer (léase “zorra”), ya
me olvidé de mis escarceos bisexuales. Incluso casi olvidé el sexo hetero.
Ahora que pienso...¿qué coño estarán haciendo los gemelos con
la espuma y las cuchillas? -me río por lo bajini-seguro que le han pedido a su
hermanote que les enseñe a afeitarse...¡los cuatro pelos viudos que comienzan a
insinuarse por los bigotes granujientos!
La luz no vuelve. Busco a tientas una palmatoria con un velón
medio consumido. La cerilla chasquea y un halo de luz, suave pero suficiente, me
ayuda a deambular por la cocina. Creo que esta noche no cenaremos el asado.
Rebusco en la despensa: pan, algo de fiambre...Corto un pulposo tomate en
rodajas finas, embadurno unas rebanadas de pan en aceite de oliva...¡eureka!
¡también he encontrado un par de huevos duros! Monto los bocadillos y los
envuelvo en servilletas de papel. Pongo los cuatro envoltorios sobre una bandeja
y saco bebidas del frigorífico. A la que estoy pensando en como me las ingeniaré
para subirlo todo, un tropel de pasos me indican que bajan los gemelos.
- ¿Dónde váis ahora con tantas prisas...?
- ¡Ahora venimos, ahora venimos...! -es Daniel,como
siempre, el que lleva la voz cantante!
Los noto...sudorosos. Además van medio desnudos, con unos
minúsculos shorts que se quedaron varias tallas pequeños hace un par de años.
Y...¿qué llevan cruzadas sobre el pecho? ¿correas?. ¿A qué estarán jugando estos
locos? ¿A dragones y mazmorras?
Desaparecen hacia el sótano. Sólo llevan un mechero para
alumbrarse.
- ¡Oiddddd-grito otra vez antes de que sus nalgas
desaparezcan de mi vista-subiros vosotros la bebida cuando volváis al desván!
- ¡Vale, papá, valeeeeee!
Hago equilibrios con la bandeja en una mano y la palmatoria
en la otra. Cada escalón que subo, la polla me roza contra la parte interior del
jean. Es un cosquilleo que me gusta (por eso no suelo llevar gayumbos ni ninguna
clase de slip) aunque a veces, como hoy, llega a enervarme.
- ¿Arturo? ¿Estás ahí?-pregunta retórica, puesto que
no es posible que esté en ningún otro sitio. Pero nadie me contesta. El desván,
totalmente a oscuras, se va iluminando a mi paso. Hay una especie de colcha
tupida colgando hasta el suelo. Por eso no he podido ver la luz de la linterna,
apoyada sobre una mesita y alumbrando al objeto que cuelga desde el techo,
oculto tras la tela.
- Pero...¿qué coño es...? - la impresión es tan
fuerte que casi dejo caer la bandeja, los bocadillos y la palmatoria. Finalmente
reacciono y lo dejo todo sobre la mesita de camping, al lado de la linterna.
Las cadenas brillan siniestramente. El cuerpo, totalmente
desnudo, está encogido en una postura imposible, con las rodillas pegadas casi
contra los hombros, con las nalgas ofrecidas hacia delante. Y está...en el aire.
A un metro sobre el suelo, como levitando entre las sombras apenas rotas por la
luz agónica de la linterna. Cadenas, correas, poleas, trozos de lona de la vieja
hamaca...Y allí, sujeto como un animal, con los ojos vendados y una especie de
pelota de goma metida en la boca...Arturo.
Arturo, cuyas nalgas, cuyo ano, cuyo pubis, cuyos testículos
han sido afeitados, rasurados, totalmente liberados de cualquier vestigio de
vello, y que ahora lucen sonrosados, deseables, ofrecidos...
Me encuentro solo ante “aquéllo”. Un montón de carne que no
puede ver, ni oir, ni hablar. El y yo. Yo y él. Y mis manos no responden a mi
cerebro. Mis manos solo siguen el dictamen de mi polla, de mis huevos, de mi
sexo que se encabrita, que lagrimea, que me vuelve loco de lujuria...
Caigo de rodillas ante la hamaca. Mis labios entreabiertos
babean. Una gota de saliva pende como hilo de araña y cae lentamente, muy
lentamente, hasta reposar en el centro de la rosa del ano. Del ano rosa. Y lo
llena, y lo rebalsa...Y mi cerebro sigue bloqueado cuando inclino la cabeza
hacia delante, como si orase, cuando mi lengua brilla como una saeta púrpura
antes de clavarse en la diana.
Lamo el ojete de mi hijo mayor. Lo degusto. Lo recorro. Lo
humedezco más y más. Y mi boca besa la boca anal, y la chupa, y la disfruta. Y
mis dientes rastrean por la piel suavísima, subiendo, mordisqueando hasta los
huevos, hasta la bolsa escrotal que pende pesada con su carga de semen en
ebullición.
La polla, el pollón, el vergajo inmenso de mi hijo se ha
puesto duro. No sabe quién lo acaricia, pero no importa. El balano, dada la
postura que tiene el cuerpo, casi roza los labios. Tengo una idea perversa.
Destapo la boca sellada, y, con un pequeño empujón, con una mínima alteración de
las cadenas, los labios golosos atrapan la gorda bellota. Ahora está comenzando
una automamada, una selfsuck digna de la más calentorra película porno.
Mi propio pene está que revienta. Sigo de rodillas, pero mis
manos trastean por mi bragueta. Uno, dos, tres botones se abren a duras penas.
Escarbo y saco por la abertura mi paternal falo. Duro, tremendo,
caliente...Asomando como un ariete, como un arma mortal enmarcada en la tela de
mis vaqueros.
Acerco mi cuerpo hasta la carne que se balancea ante mí. La
punta de mi polla roza la raja de las nalgas. Está un poco alto. Aprieto aquí,
aflojo allá...todo baja unos centímetros. Ahora, ahora está en su punto. El
precum sustituye a la saliva ya reseca. El esfínter boquea ante la suavísima
presión, el sutil roce de la piel floral de mi glande amoratado.
Empujo mientras sujeto las cadenas. Entra la cabeza de
serpiente en el cálido nido...
- ¡Ohhhhhhhhhh, síiiiiii, siiiiiiiiii! -la voz de mi
hijo me sorprende. Resuena ahogada por su propia carne, por su propio vergajo
que ocupa parte de su boca.
- ¿Quieres más, putita? -me noto desatado,
embrutecido, fuera de toda lógica.
- ¡¡Síii, síii, fóllameeee papá, por favor, por lo
que más quieras!!
El comprobar que me ha conocido, que sabe que mi rabo es el
que está apunto de culearlo, todavía me ofusca más. Escupo un salivazo que
rebosa el agujero, y sin ningún otro preámbulo, comienzo a meterle la verga por
el culo. Noto la presión de su intestino estrangulando mi pene. Noto la succión
de su esfínter, a la par que llega hasta mis oidos el ruido de las chupadas que
se autoinfringe en un frenesí imparable.
Mi verga ya se desliza sin ningún obstáculo. Mi hijo ya está
totalmente dilatado. Seguramente ya lo estaba antes de que subiese yo. Tanto
rato a merced de los gemelos viciosos...
Viene a mi mente una idea escandalosa, impensable,
deliciosamente caduca, caliente, terrible...Sujeto el balancín con mis manos, lo
atraigo hacia mí...y mi polla entra hasta la empuñadura, hasta mis propios
huevos. Luego empujo hacia fuera...y el balancín se aleja, y la polla sale
sigilosa hasta quedar al aire libre, vibrante, tensa, en espera del siguiente
movimiento en el que el agujero llega otra vez, y mi vergajo taladra de nuevo el
agujero enrojecido, la caverna filial, el pote de la miel.
El columpio viene y va, va y viene. Una y otra vez. Como si
estuviésemos en el parque. Como si el hijo estuviese disfrutando con el padre, y
el padre con el hijo. Justamente lo que está pasando.
Y entonces, antes de explotar, antes de inundar, antes de
correrme en lo más hondo de aquella carne tan querida, oigo las voces de Daniel
y David que dicen a coro:
- ¿Lo ves, Arturo, como teníamos razón?- y el susurro
ahogado por la propia lefa de mi hijo mayor que contesta entrecortado:
- ¡Sí! ¡Pequeños cabrones! ¡Sí! ¡Muchísima razón!
Fín de la primera parte.