(La escena transcurre en un delicioso tocador)
MADAME DE SAINT-ANGE
EUGENIA
DOLMANCÉ
Eugenia, (muy sorprendida de ver en el cuarto a un
hombre que no esperaba) — ¡Dios mío, esta es una traición, querida amiga!
Madame de Saint-Ange (igualmente sorprendida) —
¿Por qué motivo está usted aquí? ¿No tenía que llegar a las cuatro?
Dolmancé — Siempre se adelanta lo más posible la
felicidad de verla, señora. Encontré a su hermano; él comprendía lo necesario de
mi presencia para las lecciones que debe usted darle a la señorita. Sabía que
éste sería el liceo donde se darían los cursos y me introdujo secretamente sin
imaginar que sería desaprobado. Como sabe que sus demostraciones sólo serán
necesarias luego de las disertaciones teóricas, no aparecerá hasta ese momento.
Madame de Saint-Ange — En verdad, Dolmancé, este es un
giro...
Eugenia — Con el que no me dejaré engañar, mi buena
amiga; todo esto es obra tuya... Al menos debiste consultarme... Ahora tengo tal
vergüenza que seguramente hará fracasar nuestros proyectos.
Madame de Saint-Ange — Te aseguro que la idea de esta
sorpresa sólo pertenece a mi hermano; pero no te asustes: Dolmancé, a quien
conozco como un hombre muy amable, no será sino muy útil para nuestros
proyectos. Respecto a su discreción respondo de él como de mí misma.
Familiarízate con el hombre de mundo que está en mejores condiciones de
conducirte por la carrera de felicidad y placeres que deseamos recorrer juntas.
Eugenia (ruborizándose) - ¡Oh! No por eso dejo de
sentir una gran confusión...
Dolmancé — Eugenia, póngase cómoda... el pudor es una
vieja virtud de la que debe desprenderse limpiamente, como de tantos otros
hechizos.
Eugenia — Pero la decencia.
Dolmancé — Otro uso gótico del que se hace muy poco caso
en la actualidad. ¡Es tan contraria a la naturaleza! (Dolmancé toma a Eugenia
en sus brazos y la besa).
Eugenia, (defendiéndose) - ¡Basta, señor!...
¡Verdaderamente usted no me trata con miramientos!
Madame de Saint-Ange — Eugenia, dejemos de ser mojigatas
con este hombre encantador; yo no lo conozco más que tú y sin embargo, ¡mira
cómo me le entrego! (Lo besa lúbricamente en la boca) ¡Imítame!
Eugenia — Sí, sí; ¡de quién podré tomar mejor ejemplo!
(Se entrega a Dolmancé, que la besa ardientemente y con la lengua).
Dolmancé — ¡Qué amable y deliciosa criatura!
Madame de Saint-Ange, (besándola también) --
¿Crees, pequeña picara, que yo no tendré mi parte? (Dolmancé, abrazándolas,
las acaricia con la lengua durante un cuarto de hora; las dos se le rinden y él
se entrega).
Dolmancé — Créanlo, señoras. Estos preliminares me
embriagan de voluptuosidad. Hace muchísimo calor. Pongámonos cómodos y
charlaremos infinitamente mejor.
madame de saint-ange — De acuerdo, estos velos de gasa
ocultarán solamente aquellos atractivos que es preciso esconder al deseo.
Eugenia — ¡En realidad me hacen hacer cada cosa!...
Madame de Saint-Ange, (ayudándola a desvestirse) —
Ridículas ¿no es cierto?
Eugenia — Por lo menos indecentes, verdaderamente... ¡Ah,
cómo me besas!
Madame de Saint-Ange — ¡Qué hermoso pecho!... es una rosa
apenas entreabierta.
Dolmancé, (mirando, sin tocarlos, los senos de
Eugenia) — Y que prometen otros atractivos... infinitamente más estimables.
Madame de Saint-Ange — ¿Más estimables?
Dolmancé — Sí, por mi honor, (al decir esto Dolmancé
trata de dar vuelta a Eugenia para examinarla por atrás).
Eugenia — ¡No, no, le ruego!
Madame de Saint-Ange — No, Dolmancé, no quiero que vea...
un objeto cuyo poder sobre usted es tan grande... teniéndolo en la cabeza no
podría razonar ya con sangre fría. Tenemos necesidad de sus lecciones, dénoslas
y los mirtos que desea recoger formarán luego su corona.
Dolmancé — Acepto. Pero para demostrar, para darle a esta
bella niña las primeras enseñanzas de libertinaje, es necesario que al menos
usted tenga la complacencia de prestarse.
Madame de Saint-Ange — ¡En buena hora!... Heme aquí
completamente desnuda, ya puede disertar sobre mí tanto como usted quiera...
Dolmancé — ¡Ah! ¡qué hermoso cuerpo!... ¡Es Venus misma
embellecida por las Gracias!
Eugenia — ¡Oh! querida amiga ¡cuántos atractivos! Déjame
recorrerlos a mi gusto (déjame cubrirlos de besos. (Lo hace).
Dolmancé — ¡Excelentes aptitudes! Un poco menos de ardor,
hermosa Eugenia; en este momento sólo le pido atención.
Eugenia — Escucho, escucho... Es que ella es tan bella...
tan llena, tan fresca... Ah, ¡qué encantadora es mi amiga! ¿No es cierto?
Dolmancé — Es bella, verdad... perfectamente bella; pero
estoy convencido que usted no lo es menos... Escúcheme, hermosa pequeña alumna,
¿o piensa que en caso de no ser dócil no usaré los derechos que me da el ser su
maestro?
Madame de Saint-Ange — Sí, Dolmancé, se la entrego. Es
necesario reprenderla si no es prudente.
Dolmancé — Podría no quedarme en amonestaciones...
Eugenia — ¡Santo cielo! me atemoriza... y en ese caso,
señor, ¿qué haría?
Dolmancé, (habla entrecortadamente, besa a Eugenia en
la boca). — Castigos... correcciones, y este hermoso culo podrá muy bien
pagar por las faltas de la cabeza. (Lo acaricia a través de los velos que aún
cubren a Eugenia).
Madame de Saint-Ange — Apruebo el proyecto, pero no la
continuación... Comencemos nuestra lección o el poco tiempo que tenemos para
gozar de Eugenia se gastará en preparativos y la instrucción no podrá concluir,
Dolmancé (Toca a Madame de Saint-Ange en las partes a
las que se va refiriendo) — Comienzo. No abundaré sobre estos globos de
carne: sabe usted, tan bien como yo, Eugenia, que se tos llama indiferentemente
pechos, senos, tetas; su uso es muy importante en el placer; un amante
los tiene bajo sus ojos al gozar; los acaricia, los aprieta; algunos hacen de
ellos el lugar del goce, colocan su miembro entre los dos montes de Venus, la
mujer lo comprime apretándolos, y luego de algunos movimientos ciertos hombres
llegan a volcar allí ese bálsamo delicioso de la vida cuyo derramarse hace la
felicidad de los libertinos... ¿No será el momento, señora, de disertar ante
nuestra alumna sobre este miembro al que tendremos que referirnos
permanentemente?
Madame de Saint-Ange — Pienso que sí.
Dolmancé --Entonces me extenderé sobre ese canapé, usted
se colocará cerca mío, se apoderará del objeto y enseñará sus propiedades a
nuestra joven alumna. (Dolmancé se coloca y Madame de Saint-Ange demuestra).
Madame de Saint-Ange - Este qué ves, Eugenia, este cetro
de Venus, es el principal agente de los placeres del amor; se lo llama
miembro, por excelencia. No hay parte del cuerpo humano en la que no pueda
introducirse. Siempre dócil a las pasiones de quien lo mueve, tanto se mete aquí
(toca la concha de Eugenia) ... es su camino ordinario... el más usado,
pero no el más agradable; buscando un templo más misterioso la mayor parte de
las veces es aquí (separa sus nalgas y le muestra el agujero de su culo)
donde el libertino trata de gozar: ya volveremos sobre este goce, el más
delicioso de todos. La boca, los senos, las axilas, le ofrecen también altares
donde quemar su incienso; cualquiera sea el lugar preferido, tras agitarse unos
instantes se lo ve arrojar un licor blanco y viscoso que al surgir hunde al
hombre en un delirio tan vivo como para procurarle los placeres más dulces que
pueda esperar.
Eugenia — ¡Cómo me gustaría ver correr ese licor!
Madame de Saint-Ange — Eso podría lograrse por la simple
vibración de mi mano. Mira cómo se irrita a medida que lo sacudo. Estos
movimientos se llaman polución y la acción, en términos libertinos,
hacer la paja.
Eugenia — Querida amiga, ¡déjame hacérsela a ese hermoso
miembro!
Dolmancé — Yo no me opongo. Déjela, señora: esa
ingenuidad me excita horriblemente.
Madame de Saint-Ange — Me resisto a ésta efervescencia.
Sea prudente, Dolmancé; derramar esta simiente disminuirá la actividad de sus
espíritus animales, quitando calor a las disertaciones.
Eugenia, (tocando los testículos de Dolmancé) —
Oh, cómo me disgusta, querida amiga, la resistencia que opone a mis deseos ... Y
estas bolas, ¿qué uso tienen y cómo se llaman?
Madame de Saint-Ange — El nombre técnico es pelotas...
testículos es el que les da el arte. Estas bolas encierran el depósito de la
simiente prolífica de la que acabo de hablar y cuya eyaculación en la matriz de
la mujer produce la especie humana. Pero sobre esos detalles nos detendremos muy
poco, Eugenia, porque pertenecen más al orden de la medicina, que al del
libertinaje. Una hermosa muchacha sólo debe preocuparse de coger, y nunca de
engendrar. Nos deslizaremos, sobre todo lo que se refiere al mecanismo de la
población, para ligarnos única y fundamentalmente a las voluptuosidades del
libertinaje, cuyo espíritu no es precisamente el de poblar...
Eugenia — Pero, querida amiga, cuando este miembro enorme
que apenas puedo tener en la mano penetra, como tú aseguras que puede hacerlo,
en un agujero tan pequeño como el de tu trasero, debe producir un gran dolor a
la mujer.
Madame de Saint-Ange — Cuando la mujer no está
acostumbrada, ya sea por delante o por detrás que se produzca la introducción,
siempre produce dolor. Es propio de la naturaleza hacernos llegar al placer
mediante penas. Pero una vez vencido el dolor nada puede ocasionar tanto placer
como el que se siente al penetrar el miembro en nuestro culo, muy superior al
que brinda la introducción por delante. Por otra parte, de ese modo la mujer
evita una cantidad de peligros. Su salud corre menos riesgos y por sobre todo no
corre el peligro de quedar embarazada. No me extenderé, ahora, sobre esta
voluptuosidad; nuestro maestro la analizará para las dos, Eugenia, y uniendo
teoría y práctica espero te convencerá que entre todos los placeres del goce,
debes preferir éste.
Dolmancé — Apresure sus demostraciones, señora, la
conjuro a que lo haga, pues no puedo contenerme; pese a todos mis esfuerzos
volcaré y este temible miembro, reducido a nada, ya no le servirá para sus
lecciones.
Eugenia -- ¡Cómo! ¡quiere decir que si pierde la simiente
de la que hablas, querida, se abatirá!... Oh, ¡déjame que la haga perder para
ver en qué se convierte... Tendré tanto placer en ver cómo se derrama!
Madame de Saint-Ange — No, no, levántese Dolmancé. Piense
que ese es el precio de sus trabajos y que no se lo puedo entregar antes de que
lo haya ganado.
Dolmancé — Está bien. Pero para convencer mejor a Eugenia
del placer que vamos a ocasionarle, ¿habría inconveniente en que la masturbe
usted delante mío?
Madame de Saint-Ange — Ninguno, sin duda. Lo haré con
tanta mayor alegría por cuanto este episodio lúbrico nos ayudará en nuestras
lecciones. Colócate sobre ese canapé, querida.
Eugenia — ¡Oh, qué delicioso lugar! ¿Pero para qué todos
estos espejos?
Madame de Saint-Ange — Reflejando las posiciones en mil
sentidos diversos, multiplican los goces ante los ojos de aquellos que los
disfrutan sobre esta otomana. Por este procedimiento no se puede ocultar ninguna
de las partes de los dos cuerpos: es preciso que se vea todo; son otros tantos
grupos que se reúnen alrededor de quienes están encadenados por el amor, otras
tantas imitaciones de sus placeres, de esos deliciosos cuadros cuya lubricidad
excita y sirve para hacerla llegar a su paroxismo.
Eugenia — ¡Qué invención deliciosa!
Madame de Saint-Ange — Dolmancé, desvista usted mismo a
la víctima.
Dolmancé — No es difícil, sólo se trata de sacar esta
gasa para ver al desnudo los más conmovedores atractivos. (La desnuda y sus
primeras miradas se dirigen rápidamente hacia el trasero). Veré, por fin,
ese divino y precioso culo al que ambiciono con tanto ardor... ¡Santo Dios! ¡Qué
frescura, qué carnes, qué brillo, qué elegancia!... Nunca vi uno más bello.
Madame de Saint-Ange — Ah, pícaro, de qué manera sus
primeros homenajes prueban sus gustos y sus placeres.
Dolmancé — ¿Puede haber en el mundo algo más hermoso? ...
¿Dónde encontrará el amor altares más divinos?... Eugenia ... sublime, Eugenia,
¡déjeme colmar con las más dulces caricias su culo! (Lo toca y lo besa,
transportado).
madame de SAINT-ANGE — ¡Basta, libertino!... Olvida
que siendo mía, Eugenia es el precio de las lecciones que espera de
usted; sólo después de haberlas recibido será su recompensa. Suspenda ese ardor
o me enojo.
Dolmancé — Ah, picara, esos son celos... Bien, muéstreme
el suyo y voy a colmarlo con mis homenajes. (Levanta el velo de Madame de
Saint-Ange y le acaricia el trasero) ¡Qué bello es, ángel mío, y qué
delicioso! Déjenme que los compare... que los admire uno junto a otro:
¡Ganymedes y Venus! (Los cubre de besos a los dos) Para dejar bajo mis
ojos el encantador espectáculo de tantas bellezas, ¿podrían, juntándose bien una
con la otra, ofrecerme esos dos encantadores culos que idolatro?
Madame de Saint-Ange — ¡Perfecto! ¿Así os satisface?...
(Se enlazan las dos mujeres de tal modo que sus traseros quedan frente a
Dolmancé).
Dolmancé — Nada mejor: eso es lo que quería; muevan ahora
esos bellos culos con todo el fuego de la lubricidad; que bajen y suban
cadenciosamente, que sigan los impulsos con los que va a moverlos el placer...
Así, así, ¡es delicioso!...
Eugenia — Ah, querida, cuánto placer me produces... ¿Como
se llama esto que estamos haciendo?
Madame de Saint-Ange – Masturbarse, querida... producirse
placer. Pero cambiemos ahora de postura; examina mi concha... así se
llama el templo de Venus. Mira bien este antro que cubre mi mano: voy a
entreabrirlo. Esta elevación que lo corona se llama monte: desde los
catorce o quince años se cubre de pelos, aproximadamente cuando una niña
comienza a tener reglas. Esta lengüeta que está encima se llama clítoris.
En él yace toda la sensibilidad de las mujeres. Es el hogar de la mía. No se me
puede tocar sin hacer que palidezca de placer… Hazlo tú…. Ah, bribona, ¡cómo lo
haces!… ¡Se diría que no has hecho otra cosa durante toda tu vida!… ¡Para!...
¡Para!... No, qué digo, no puedo librarme.. Deténgame, Dolmancé... bajo los
encantadores dedos de esta chiquilla voy a perder la cabeza...
Dolmancé – Está bien; para templar sus ideas
variándolas, mastúrbela usted ahora. Conténgase y que ella misma se entregue ...
¡Así!, en esta posición su hermoso culo va a encontrarse entre mis manos; voy a
mancillarlo suavemente con un dedo... Entréguese, Eugenia, abandone todos sus
sentidos al placer, que él sea el único dios de su existencia. Sólo a él debe
sacrificar una joven, y a sus ojos nada debe ser mas sagrado que el placer.
Eugenia — Ah, por lo menos nada es tan delicioso, lo
siento... Estoy fuera de mí... ya no sé lo que digo ni lo que hago. ¡Qué
ebriedad se apodera de mis sentidos!
Dolmancé — ¡Cómo acaba la pequeña picara!... Su ano se
cierra como para cortarme los dedos... ¡Qué hermoso sería cogerla en este
instante! (Se levanta y pone su verga en el agujero del culo de la joven).
Madame de Saint-Ange — Aún debe tener paciencia. ¡Que
sólo la educación de esta querida muchacha nos ocupe!... ¡Es tan dulce formarla!
Dolmancé; — Bien, ya lo ve usted, Eugenia. Después de una
polución más o menos prolongada las glándulas seminales se hinchan y terminan
por expulsar un licor que al correr sumerge a la mujer en el más delicioso
transporte. A esto se le llama acabar. Cuando su amiga lo quiera le haré
ver de qué manera, más enérgica e imperiosa, esta misma operación se realiza en
los hombres.
Madame de Saint-Ange — Espera, Eugenia, ahora voy a
enseñarte una nueva manera de sumir a una mujer en la más extrema voluptuosidad.
Separa bien tus nalgas... Dolmancé, vea cómo le ofrece así su culo. Lámalo,
mientras mi lengua lame su concha, y hagámosla gozar tres, cuatro veces
seguidas, si puede. Tu monte es encantador, querida Eugenia. ¡De qué manera me
gusta besar este vello tan suave! Ahora veo bien tu clítoris, está poco
desarrollado pero es muy sensible... ¡Cómo tiemblas!... Déjame abrirte ... Ah,
verdaderamente eres virgen... Dime el efecto que sientas cuando nuestras lenguas
se introduzcan simultáneamente en tus dos aberturas. (Lo hacen).
Eugenia — Ah querida, es delicioso, una sensación
imposible de describir. Me seria difícil decir cuál de las dos lenguas me hunde
más en el delirio...
Dolmancé — Por el lugar en que me encuentro mi verga está
muy cerca de sus manos, señora; dígnese hacerle la paja, le ruego, mientras
chupo este culo divino. Húndale más su lengua señora, no se limite a chuparle el
clítoris; hágale penetrar su lengua hasta la matriz: es el mejor modo de
apresurar la eyaculación de su leche.
Eugenia, (poniéndose rígida) — ¡Ah, no aguanto
más, me muero! No me abandonen, amigos, estoy a punto de desvanecerme ...
(Ella acaba en medio de sus instructores. )
Madame de Saint-Ange — ¡Y bien! ¿Qué te parece, querida,
el placer que te hemos dado?
Eugenia — Estoy muerta, quebrada... estoy anonadada...
Pero explíquenme, les ruego, dos palabras que han pronunciado y que no entiendo:
¿qué significa matriz?
Madame de Saint-Ange — Es una especie de vaso, semejante
a una botella cuyo cuello abraza el miembro del hombre y recibe la leche
producida en la mujer por la supuración de las glándulas, y en el hombre por la
eyaculación que pronto te haremos ver; de la mezcla de ambos licores nace el
germen que produce los niños y las niñas.
Eugenia — Ah, entiendo. Esta definición me explica al
mismo tiempo la palabra leche, que no había entendido bien. ¿Y la unión
de las simientes es necesaria para la formación del feto?
Madame de Saint-Ange — Sí, aunque se haya probado, no
obstante, que el feto debe su existencia sólo a la leche del hombre. Pero sola,
sin mezclarse con la de la mujer, no tendría éxito. La que nosotras largamos
sirve para elaborar, pero no crea, ayuda a la creación sin ser la causa. Muchos
naturalistas modernos pretenden que es inútil; de allí que los moralistas,
guiados por ese descubrimiento, sostengan con mucha veracidad que en este caso
el niño formado por la sangre del padre sólo le debe ternura a éste. La
aseveración es muy probable y, aunque soy mujer, no la combatiré.
Eugenia — En mi corazón encuentro la prueba de lo que
dices, querida, puesto que amo a mi padre hasta la locura y detesto a mi madre.
Dolmancé — Esa predilección no tiene nada de
sorprendente; yo sentí lo mismo. No estoy consolado todavía de la muerte de mi
padre, y cuando murió mi madre fui una hoguera de alegría... La detestaba
cordialmente. Eugenia, adopte sin temor los mismos sentimientos, están en la
naturaleza. Formados sólo por la sangre de nuestros padres, a nuestras madres
nada debemos; por lo demás, éstas no hicieron sino prestarse al acto, en tanto
que el padre lo ha solicitado; él ha querido entonces el nacimiento mientras la
madre se limitaba a consentir. ¡Qué diferencia para los sentimientos!
Madame de Saint-Ange — Mil razones más están a tu favor,
Eugenia. Si en el mundo hay una madre que deba ser detestada, ésa es la tuya.
Agria, supersticiosa, devota, gruñona... y de una mojigatería asqueante:
¡apostaría a que esa tartamuda no ha dado un paso en falso en su vida! ¡Ah,
querida, cómo detesto a las mujeres virtuosas! Pero ya volveremos a hablar de
ello.
Dolmancé — ¿No sería ahora preciso que Eugenia, dirigida
por mí, aprenda a devolver lo que usted acaba de darle, y que la hiciese gozar
bajo mis ojos?
Madame de Saint-Ange — Me parece útil; ¿y sin duda que
durante la operación también quiere usted ver mi culo Dolmancé?
Dolmancé — ¿Puede usted dudar, señora, del placer con que
le ofreceré mis homenajes más dulces?
Madame de Saint-Ange (ofreciéndole las nalgas) — Y
bien ¿me encuentra usted así como conviene?
Dolmancé — ¡A las mil maravillas! Puedo incluso prestarle
los mismos servicios que tanto gustaron a Eugenia. Ahora colóquese, locuela, con
la cabeza entre las piernas de su amiga y ofrézcale, con su bonita lengua, los
mismos cuidados que acaba de obtener. ¿Cómo? por la posición puedo poseer ambos
culos; deliciosamente el de Eugenia, mientras chupo el de su hermosa amiga...
Así... Bien... Miren como estamos unidos.
Madame de Saint-Ange (desfalleciendo) — ¡Me muero,
Dios mío!... Dolmancé, ¡cómo me gusta tocar su verga hermosa mientras acabo!...
Querría que me inundase de leche!... ¡Hágame gozar!... ¡Chúpeme, me cago en
dios!... ¡Ah! ¡cómo me gusta hacer de puta cuando mi esperma eyacula
así!... Se terminó, no puedo más... Ustedes dos me abruman... Creo que nunca en
mi vida he sentido tanto placer.
Eugenia — ¡Me encanta ser la causa! Pero se te ha
escapado una palabra, querida amiga, que no entiendo. ¿Qué significa esa
expresión de puta? Perdón, pero ¿sabes? estoy aquí para instruirme.
Madame de Saint-Ange — Se llama de este modo, hermosa
mía, a las víctimas públicas de los excesos de los hombres, siempre dispuestas a
entregarse por su temperamento o por su interés; felices y respetables criaturas
a quienes la opinión castiga pero la voluptuosidad corona y que, mucho más
necesarias para la sociedad que las virtuosas, tienen el coraje de sacrificar,
para servirla, la consideración que la misma sociedad osa quitarles
injustamente. ¡Vivan aquéllas a las que el título de puta honra! ¡He aquí a las
mujeres verdaderamente amables, las únicas verdaderamente filósofas! En cuanto a
mí, querida, que hace doce años trabajo para merecer el título de puta, lejos de
asustarme, me divierte. Es más: me encanta que me llamen así cuando me poseen;
tal injuria me calienta la cabeza.
Eugenia — ¡Oh, lo concibo! No me enojaría si me la
dirigiesen y menos aún me molestaría merecerla; pero... ¿la virtud no se opone a
tal inconducta? ¿no la ofendemos comportándonos como lo hacemos?
Dolmancé — ¡Ah! ¡Renuncia a las virtudes, Eugenia! ¿Hay
un solo sacrificio que pueda hacerse a esas falsas divinidades y que valga un
minuto de los placeres que se gozan ultrajándolas? La virtud no es sino una
quimera y su culto consiste sólo en inmolaciones perpetuas, en innumerables
revueltas contra las inspiraciones del temperamento. ¿Semejantes gestos pueden
ser naturales? ¿Aconseja la naturaleza lo que la ultraja? Que, no la engañen,
Eugenia, las mujeres llamadas virtuosas. No son, si usted quiere, las mismas
pasiones nuestras a las que ellas sirven, pero son otras pasiones y a menudo
mucho más despreciables... La ambición, el orgullo, sus intereses particulares,
incluso la simple frialdad de un temperamento que no les suscita nada, ésas son
sus razones. ¿Debemos algo a tales seres, me pregunto? ¿No han seguido ellos los
únicos impulsos del amor a sí mismos? ¿Es acaso mejor, más sabio, más a
propósito sacrificarse al egoísmo que a las pasiones? Para mí, lo uno bien vale
lo otro; y quien no escucha sino a las últimas tiene más razón, puesto que la
pasión es el único órgano de la naturaleza, en tanto que el otro lo es de la
imbecilidad y del prejuicio. Una sola gota de leche eyaculada por este miembro,
Eugenia, me es más preciosa que los actos más sublimes de una virtud que
desprecio.
Eugenia (Se ha restablecido un poco la calma durante
estas disertaciones; las mujeres, vestidas otra vez, recostadas en el canapé, y
Dolmancé cerca de ellas, en un gran sillón) — Pero hay más de una clase de
virtudes: ¿qué piensa usted, por ejemplo, de la piedad?
Dolmancé — ¿Qué puede ser esta virtud para quien no cree
en la religión? y, ¿quién puede creer en la religión? Razonemos con orden,
Eugenia: ¿no llama usted religión al pacto que liga al hombre con su creador, y
que lo compromete a testimoniarle, por medio de un culto, el agradecimiento que
tiene por la existencia recibida?
Eugenia — No se la puede definir mejor.
Dolmancé — ¡Y bien! Si está demostrado que el hombre no
debe su existencia sino a los planes omnipotentes de la naturaleza; si está
probado que, tan antiguo sobre el planeta como el planeta mismo, el hombre —como
el cedro, como el león, como los minerales que hay en las entrañas de la tierra—
no es nada más que un producto exigido por la existencia del globo; si está
demostrado que ese Dios, que los tontos tienen por autor de todo lo que vemos,
no es sino el nec plus ultra de la razón humana, el fantasma creado en el
instante en que la razón no ve ya nada para ayudarla en sus operaciones; si está
probado que la existencia de ese Dios es imposible, y que la naturaleza, siempre
en acción, en movimiento, posee por sí misma lo que a los tontos gusta
gratuitamente otorgarle a El; si es verdad, en el supuesto que Dios, ese ser
inerte, existiese, que él sería el más ridículo de todos los seres, puesto que
habría servido un solo día y desde millones de siglos se hallaría en una
despreciable inacción; y suponiendo que exista como las religiones lo pintan,
sería el más detestable de los seres, porque permitiría el mal sobre la tierra
cuando su omnipotencia podría impedirlo; si, como digo, todo esto se ha probado,
¿cree usted entonces, Eugenia, que la piedad que ligaría al hombre con ese
Creador imbécil, insuficiente, feroz y despreciable, puede ser una virtud
necesaria?
Eugenia, (a Madame de Saint-Ange) — ¡Cómo!
¿Realmente, adorable amiga, la existencia de Dios es una quimera?
Madame de Saint-Ange — Y de las más despreciables, sin
duda.
Dolmancé — Sólo un insensato puede creer en él. Fruto del
temor de unos y de la debilidad de otros, Eugenia, ese abominable fantasma es
inútil al sistema de la tierra. Infaliblemente estorbaría, porque su voluntad,
justa por definición, jamás podría aliarse con las injusticias esenciales a las
leyes de la naturaleza; él debería desear constantemente el bien, en tanto que
la naturaleza lo desea sólo en compensación del mal que sirve a sus leyes: él
debería actuar siempre, y la naturaleza, cuya acción perpetua es una ley; no
podría encontrarse sino en perpetua competencia y oposición con él. Pero, se
dirá, Dios y la naturaleza son la misma cosa. ¿No es esto absurdo? La cosa
creada no puede ser igual al ser creador: ¡no es posible que el reloj sea el
relojero! Y bien, se añadirá, la naturaleza no es nada. Dios es todo. ¡Otra
barbaridad! Hay necesariamente dos cosas en el Universo: el agente creador y el
individuo creado. Ahora bien ¿cuál es ese agente creador? He aquí la dificultad
que hay que resolver, la única pregunta que es preciso contestar.
Si la materia actúa y se mueve por medio de combinaciones
desconocidas, si el movimiento es inherente a la materia, si ésta puede a causa
de su energía crear, producir, conservar, mantener, compensar en las extensiones
inmensas del espacio todas las esferas cuya vista nos sorprende y cuya marcha
uniforme, invariable, nos llena de admiración, ¿qué necesidad tenemos de buscar
un agente extraño, puesto que esta facultad activa se encuentra esencialmente en
la naturaleza misma, no es otra cosa que la materia en acción? ¿Esa quimera
deificante aclarará algo acaso? Desafío a que me lo puedan probar. Suponiendo
que me equivoque respecto a las propiedades íntimas de la materia, no tengo al
menos más que una sola dificultad. ¿Qué hacen ustedes ofreciéndome su Dios? Me
dan una más. ¿Y cómo pueden pretender que yo admita como causa de lo que no
comprendo algo que comprendo aún menos? ¿Será mediante los dogmas de la religión
cristiana —que examinaré— que me representaré a ese terrorífico Dios? Veamos un
poco como ella me lo pinta...
¿Qué veo en el Dios de este culto infame sino a un ser
inconsecuente y bárbaro, que hoy crea un mundo del que se arrepiente mañana?
¡Veo sólo un ser débil que nunca puede hacer tomar al hombre el camino que le
traza! Esta criatura, aunque emanada de él, lo domina; ¡puede ofenderle y
merecer por eso suplicios eternos! ¡Qué ser más débil que este Dios! ¡Cómo! ¿ha
podido crear todo lo que vemos y le es imposible formar un hombre a su imagen?
Pero, me dirán ustedes, si lo hubiera creado así, el hombre carecería de mérito.
¡Qué vulgaridad! ¿Qué necesidad hay de que el hombre sea meritorio ante su Dios?
Haciéndolo completamente bueno, jamás hubiera podido hacer el mal, y sólo así la
obra sería digna de un Dios. Dejar al hombre una opción es tentarlo. Ahora bien,
Dios, por su presencia infinita, sabía bien lo que resultaría; entonces, es sólo
por placer que pierde la criatura que él mismo ha formado. ¡Qué Dios horrible es
un Dios así! ¡Qué monstruo, qué canalla digno de nuestro odio y de nuestra
implacable venganza! No obstante, poco satisfecho de una tarea tan sublime,
ahoga al hombre para convertirlo: lo quema, lo maldice.
Nada de eso lo cambia. Un ser más poderoso aún que ese infame
Dios, el Diablo, que siempre conserva su dominio, que siempre puede
desafiar a su autor, logra con sus seducciones corromper incesantemente la tropa
que se había reservado al Eterno. Nada puede vencer la energía de ese demonio,
su poder sobre nosotros. ¿Qué imagina entonces, según ustedes, el horrible Dios
que predican? No tiene más que un hijo, un único hijo, obtenido no sé en qué
comercio —pues como el hombre coge, ha querido que su Dios también lo haga—;
luego desprende del cielo esa respetable porción de sí mismo. Uno imagina que
esta sublime criatura va a aparecer quizá sobre rayos celestes, en medio de un
cortejo de ángeles, a la vista del universo entero... nada de eso: ¡es en el
seno de una puta judía, en medio de un chiquero, que se anuncia el Dios que
viene a salvar a la Tierra! ¡He ahí la digna estirpe que se le presta! ¿Pero
quizá su honorable misión nos compensará? Sigamos al personaje: ¿qué dice?, ¿qué
hace? ¿qué sublime misión recibimos de él? ¿qué dogma va a prescribirnos? ¿en
qué actos va a estallar al fin su grandeza?
Veo primero una infancia ignorada, algunos servicios, muy
libertinos sin duda, prestados por este granuja a los sacerdotes del templo de
Jerusalén; luego una desaparición de quince años durante la que el tunante va a
envenenarse con todos los ensueños de la escuela egipcia, que luego trae a
Judea. Apenas reaparece, su demencia comienza por hacerle decir que es hijo de
Dios, igual a su padre; asocia a esta alianza un tercer fantasma, el Espíritu
Santo, y estas tres personas, asegura... ¡no deben ser sino una! Mientras más
asombra a la razón este ridículo misterio, más asegura el bellaco que es
meritorio adoptarlo... y peligroso aniquilarlo. Es para salvarnos, afirma el
imbécil, que se ha encarnado, aunque es Dios, en el seno de un
hijo de los hombres; ¡y los milagros asombrosos que obrará pronto convencerán al
universo! En efecto, durante una cena de borrachos, según se dice, el pérfido
convierte el agua en vino; en un desierto alimenta a algunos perversos con
provisiones escondidas previamente por sus secuaces; uno de sus compañeros se
hace el muerto y nuestro impostor lo resucita; sube a una montaña y allí, frente
a dos o tres amigos, hace un truco que avergonzaría al peor prestidigitador de
nuestros días.
Maldiciendo con entusiasmo a todos los que no crean en él, el
sinvergüenza promete los cielos a cuanto estúpido lo escuche. No escribe nada,
dada su ignorancia; habla poco, dada su imbecilidad; hace aún menos, dada su
debilidad. Cansando al fin a los magistrados con sus discursos sediciosos,
aunque escasos, el charlatán se hace crucificar después de haber asegurado a los
miserables que lo siguen que, cada vez que lo invoquen, descenderá hacia ellos
para hacerse comer. Lo llevan al suplicio y se deja hacer; su papá, el
Dios sublime, no le presta el menor auxilio y he ahí al bribón tratado como el
último facineroso, de los que estaba tan orgulloso de ser el jefe.
Sus satélites se reúnen: "Estamos perdidos, dicen, si no nos
salvamos por algún prodigio. Emborrachemos a la guardia que rodea a Jesús;
robemos su cuerpo, pregonemos que ha resucitado: el recurso es seguro; si
conseguimos hacer creer esta trapacería nuestra nueva religión se establece, se
propaga, seduce al mundo entero... ¡Trabajemos!" Intentan el golpe y resulta.
¡Truhanes, la audacia ha remplazado al mérito! El cuerpo es sustraído, los
tontos, las mujeres y los niños gritan, tanto como pueden: "¡Milagro!". Sin
embargo, en esa ciudad donde tantas maravillas acaban de operarse, en esa ciudad
teñida por la sangre de Dios, nadie quiere creer en Él: ninguna conversión se
realiza. Hay más: el hecho es tan poco digno de ser transmitido que ningún
historiador habla de él. Sólo los discípulos del impostor piensan sacar partido
del fraude, pero no en el momento.
Esta consideración es esencial. Dejan correr varios años
antes de hacer uso de su insigne bellaquería; finalmente construyen sobre ella
el inestable edificio de su repugnante doctrina. ¡Todo cambio gusta a los
hombres! Cansados del despotismo de los emperadores, una revolución era
necesaria. Se escucha a los estafadores y su progreso es rápido: esta es la
historia de todos los errores. Pronto los altares de Venus y Marte son
remplazados por los de Jesús y María; se publica la vida del impostor; esa chata
novela encuentra sus crédulos; se le hace decir mil cosas en las que nunca
pensó; algunas de sus frases absurdas pronto se tornan en la base de su moral y,
como esta novedad se predicaba a los pobres, la caridad llega a ser la primera
virtud. Se instituyen ritos extraños con el nombre de sacramentos, de los
cuales el más indigno y abominable es el que hace que un cura, pesé a estar
cubierto de crímenes, tenga el placer de meter a Dios en un pedazo de pan
mediante algunas palabras mágicas. No abriguemos la menor duda: este culto
indigno hubiera sido destruido sin remedio, desde, su nacimiento mismo, si
hubiésemos empleado contra él las armas del desprecio que merecía; pero en
cambio se lo persiguió, y creció: era inevitable.
Probemos aún hoy cubrirlo de ridículo y caerá. El hábil
Voltaire no empleaba jamás otras armas, y es de todos los escritores el que se
puede jactar de haber hecho más prosélitos. En pocas palabras, Eugenia, tal es
la historia de Dios y de la religión; vea usted la fe que merecen esas fábulas y
tome su determinación.
Eugenia –– Mi opción no es difícil. Desprecio esas
ilusiones repugnantes; y Dios mismo, al que aún me apegaba por debilidad e
ignorancia, no es ya para mí sino objeto de horror.
Madame de Saint-Ange — Júrame que no pensarás más en él,
que no lo invocarás en ningún instante de tu vida.
Eugenia, (precipitándose sobre el pecho de Madame de
Saint-Ange) — ¡Ah! ¡Lo juro en tus brazos! ¿Acaso no me es fácil ver que lo
que exiges es para mi bien, y que no quieres que semejantes reminiscencias
puedan perturbar mi tranquilidad?
Madame de Saint-Ange — ¿Podría tener otro motivo?
Eugenia — Pero, Dolmancé, creo que es el análisis de las
virtudes el que nos llevó al examen de las religiones. Volvamos a ello. No
existirán en esta religión, aunque ridícula, algunas virtudes cuyo culto pueda
contribuir a nuestra dicha?
Dolmancé — Examinémoslo. ¿Será la castidad, esa virtud
que sus ojos destruyen, aunque en conjunto sea su imagen? ¿Reverencia usted la
obligación de combatir todos los impulsos de la naturaleza? ¿los sacrificará
usted a todos al vano y ridículo honor de no tener jamás una debilidad? Sea
justa y responda, bella amiga: ¿cree usted encontrar en esa absurda y peligrosa
pureza del alma todos los placeres del vicio que se le opone?
Eugenia — No, le doy mi palabra que no siento la menor
inclinación a ser casta y sí, por el contrario, la más grande disposición al
vicio; pero, Dolmancé, ¿la caridad, la beneficencia, no podrían
hacer la dicha de algunas almas sensibles?
Dolmancé — ¡Lejos de nosotros, Eugenia, las virtudes que
sólo crean ingratos! Pero no se engañe, mi encantadora amiga: la beneficencia es
un vicio del orgullo antes que una verdadera virtud del alma; es por ostentación
que se alivia a los semejantes, nunca con la sola intención de hacer un buen
acto; ¡vaya si enojaría que la limosna qué se acaba de hacer no reciba, toda la
publicidad posible! No se imagine tampoco, Eugenia, que esta acción tenga tan
buenos efectos: yo la considero como la más grande engañifa: acostumbra al pobre
a socorros que deterioran su energía; ya no trabaja más cuando se atiene a
nuestra caridades; apenas le faltan se vuelve un ladrón o un asesino. Escucho
por todas partes reclamar los medios para que se suprima la mendicidad, y entre
tanto se hace todo lo posible por multiplicarla. ¿No quiere usted tener
moscas en su cuarto? Pues no ponga azúcar para atraerlas. ¿No quiere tener
pobres en Francia? Pues no dé limosna y suprima sobre todo las casas de caridad.
Viéndose privado de esos peligrosos recursos, el individuo nacido en el
infortunio empleará todo su coraje, todos los medios recibidos de la naturaleza,
para salir del estado en que nació; no molestará más. Destruyan, derríbense sin
ninguna piedad esas detestables casas donde se tiene el descaro de ocultar los
frutos del libertinaje del pobre, cloacas espantosas que vomitan cada día en la
sociedad un repugnante enjambre de nuevas criaturas que sólo tienen esperanza en
vuestra bolsa. ¿Para qué sirve, me pregunto, que se conserve a tales individuos
con tanto cuidado? ¿Tememos la despoblación de Francia? ¡Ah, nunca nos
preocupemos por eso!
Uno de los primeros vicios de este gobierno consiste en una
población demasiado numerosa, y lejos está ese exceso de ser riqueza para el
Estado. Esos seres supernumerarios son como ramas parásitas que, no viviendo
sino a expensas del tronco, terminan siempre por extenuarlo. Recuerde:
cualquiera sea el gobierno, cuando la población es superior a los medios de
existencia, siempre ese gobierno languidecerá. Examine usted Francia y verá que
es eso lo que ofrece. ¿Qué resulta de ello? Diariamente lo vemos. Los chinos,
más sabios que nosotros, se cuidan bien de dejarse dominar por una población
demasiado abundante. Ningún asilo para los frutos vergonzosos de sus licencias:
se abandonan esos espantosos engendros como a las consecuencias de una
digestión. Nada de casas para pobres: no se conocen en China. Allá todo el mundo
trabaja, allá todo el mundo es feliz; nada altera la energía del pobre y cada
cual puede decir, como Nerón, ¿Quid est pauper?
Eugenia, (a Madame de Saint-Ange) — Querida
amiga, mi padre piensa absolutamente como el señor: en su vida hizo una buena
obra. No cesa de gruñir a mi madre por las sumas que gasta en tales prácticas.
Ella era de la Sociedad Maternal, de la Sociedad Filantrópica...
yo no sé de qué asociación no era; mi padre la obligó a abandonar todo eso
asegurándole que la reduciría a la más módica pensión si se le daba por recaer
en semejantes idioteces.
Madame de Saint-Ange — No hay nada tan ridículo, y al
mismo tiempo tan peligroso, que esas asociaciones: a ellas, a las escuelas
gratuitas y a las casas de caridad debemos el derrumbe horrible en que nos
hallamos ahora. Te lo suplico, querida, no des nunca una limosna.
Eugenia — No temas; hace tiempo que lo mismo exigió mi
padre, y la beneficencia me tienta demasiado poco como para infringir, en ese
campo, sus órdenes... los impulsos de mi corazón y tus deseos.
Dolmancé — No dividamos esta porción de sensibilidad que
hemos recibido de la naturaleza, extenderla es aniquilarla. ¡Qué me hacen a mí
los males de los demás! ¿No tengo acaso bastante con los míos, para afligirme
por los ajenos? ¡Que el hogar de esta sensibilidad nunca alumbre sino nuestros
placeres! Seamos sensibles a todo lo que los nutre, inflexibles ante el resto.
De este estado de alma resulta una especie de crueldad que no está exenta de
delicias. No siempre se puede hacer el mal, pero privados del placer que nos da,
al menos compensémoslo con la pequeña maldad picante de no hacer jamás el bien.
Eugenia — ¡Ah, Dios! ¡cómo me inflaman sus lecciones!
¡Creo que tendrían que matarme antes de realizar una buena acción!
madame de SAINT-ANGE — Y si se presentase la ocasión
de hacer una maldad ¿serías capaz de cometerla?
Eugenia — Calla, seductora; no te responderé sino cuando
hayas terminado de instruirme. Según lo que usted dice, Dolmancé, me parece que
nada es tan indiferente en la tierra como cometer el bien o el mal, ¿sólo
nuestro temperamento, nuestros gustos, deben ser respetados?
Dolmancé — No lo dude, Eugenia, palabras como vicio o
virtud no nos dan sino ideas puramente locales. No hay acción, por singular que
la suponga, verdaderamente criminal; ninguna realmente virtuosa. Todo depende de
nuestras costumbres y del clima que habitamos: lo que aquí es crimen a menudo es
virtud unas leguas más allá; no hay horror que no haya sido divinizado ni virtud
que no haya sido ofendida. De estas diferencias puramente geográficas nace el
poco caso que debemos hacer a la estima o el desprecio de los hombres,
sentimientos ridículos y frívolos, de los que debemos colocarnos por encima
incluso hasta el punto de preferir sin temores el desprecio, si es que las
acciones que nos lo atraen tienen alguna voluptuosidad para nosotros.
Eugenia — Pero me parece que debe haber acciones bastante
peligrosas, bastante malas en sí mismas como para haber sido consideradas
generalmente criminales y castigadas como tales, desde un extremo al otro del
universo.
Madame de Saint-Ange — Ninguna, mi amor, ninguna; ni
siquiera el robo o el incesto, el crimen o el parricidio.
Eugenia — ¡Cómo! ¿Han podido excusarse esos horrores en
algún sitio?
Dolmancé — En otros lugares fueron honrados, coronados,
considerados excelentes acciones. Mientras que la humanidad, el candor, la
beneficencia, la castidad, todas nuestras virtudes, eran vistas como
monstruosidades.
Eugenia — Les ruego que me expliquen todo eso; exijo un
corto análisis de cada uno de esos crímenes y les ruego comenzar por su opinión
acerca del libertinaje de las jóvenes, luego sobre el adulterio de las mujeres.
Madame de Saint-Ange — Es absurdo sostener que una niña,
apenas está fuera del seno materno, debe convertirse en la víctima de la
voluntad de sus padres y serlo así hasta su último suspiro. Escúchame, Eugenia:
no es en un siglo donde los derechos del hombre son profundizados con tanto
cuidado que las jóvenes deben continuar creyéndose esclavas de sus familias,
cuando consta que los poderes de la familia sobre ellas son quiméricos.
Prestemos atención a la naturaleza sobre tema tan interesante, y que las leyes
de los animales, más próximos a ella, nos sirvan de ejemplo. ¿Los deberes
paternales se extienden más allá de las primeras necesidades físicas? ¿Los
frutos del goce del macho y la hembra, no poseen su entera libertad, todos sus
derechos? Tan pronto como pueden andar y alimentarse solos, ¿los reconocen acaso
los autores de sus días? No, sin duda. ¿Con qué derecho los hijos de los hombres
están sujetos a otros deberes? ¿Y qué es lo que funda esos deberes, sino la
avaricia o la ambición de los padres? Ahora bien, yo me pregunto si es justo que
una niña que comienza a sentir y a razonar se someta a tales frenos. ¿No es sólo
el prejuicio el que prolonga sus cadenas? ¿Hay algo más ridículo que ver a una
joven de quince o dieciséis años, quemada por deseos que está obligada a vencer
en tormentos peores que los del infierno, esperando agradar a sus padres? Y todo
esto, pregunto, ¿para qué? ¿Para sacrificar su edad madura, después de haber
entregado su juventud, inmolándola a la pérfida codicia de sus padres, que la
asociarán a pesar de ella con un esposo que nada tiene para hacerse amar o tiene
todo para suscitar el odio?
No, no, Eugenia. Tales lazos se aniquilarán pronto; es
necesario que, separando desde la edad de la razón a la niña de sus padres y
después de darle una educación racional, a los quince años se la deje dueña de
llegar a ser lo que desee. ¿Caerá en el vicio? ¿qué importa? Los servicios que
presta una joven consintiendo hacer felices a todos los que se dirigen a ella,
¿no son infinitamente más importantes que los que, aislándose, ofrece a su
esposo? El destino de la mujer es ser como la perra, como la loba: debe
pertenecer a todos los que la codician. Encadenar a las mujeres, por el lazo
absurdo de un himeneo solitario, es ultrajar visiblemente el destino que la
naturaleza les impone.
Esperemos que la gente abrirá los ojos y que al asegurar la
libertad de todos los individuos no olvidará la suerte de las desdichadas
jóvenes; pero si se las olvida, que ellas mismas, colocándose por encima de las
costumbres y los prejuicios, tiren a sus pies las vergonzosas cadenas con que se
pretende sujetarlas; pronto triunfarán entonces sobre la costumbre y la opinión;
más sabio por ser más libre, el hombre sentirá la injusticia de despreciar a las
que obren así y sabrá que la acción de ceder a los impulsos de la naturaleza,
considerada crimen en un pueblo cautivo, ya no puede serlo en un pueblo libre.
Parte, pues, de la legitimidad de estos principios, Eugenia,
y rompe tus cadenas a cualquier precio; desprecia las vanas amonestaciones de
una madre imbécil a la que con razón no debes sino odio. Si tu padre, que es un
libertino, te desea, enhorabuena: que te goce, pero sin encadenarte; rompe el
yugo si quiere esclavizarte. Más de una hija ha actuado así con su padre. Coge,
en una palabra, coge: para eso has sido puesta en el mundo. Ningún límite a tus
placeres salvo los de tu fuerza; ninguna excepción de lugar, tiempo y personas;
todas las horas, todos los sitios, todos los hombres deben servir a tus
voluptuosidades; la continencia es una virtud imposible, por la que la
naturaleza, violada en sus derechos, nos castiga con mil desgracias. En tanto
las leyes sean las que son, usemos algunos velos: la opinión nos obliga; pero
resarzámonos en silencio por esta cruel castidad que estamos obligadas a tener
en público.
Toda joven debe procurarse una amiga libre y mundana que
pueda hacerle gustar los placeres secretos; de ser posible, que trate de seducir
a los servidores que la rodean, que les suplique que la prostituyan,
prometiéndoles todo el dinero que se puede obtener de su venta, ya sea que la
tramiten ellos mismos o mujeres que hallarán y que se llaman celestinas;
que la joven se imponga frente a sus hermanos, primos, amigos, parientes; que se
entregue a todos si es necesario para esconder su conducta; incluso, si le es
exigido, que sacrifique sus gustos y afectos: una intriga que no le habrá
agradado y de la que se librará actuando con habilidad, pronto la conducirá a
una situación más cómoda y estará lanzada. Pero no debe volver nunca a
los prejuicios de la infancia; amenazas, exhortaciones, deberes, virtudes,
religión, consejos, todo debe ella arrojar a sus pies: todo lo que no tienda, en
pocas palabras, a sentarla en el trono de la impudicia.
Las predicciones de las desgracias que acechan en el camino
del libertinaje son una extravagancia de nuestros padres; en todas partes hay
espinas, pero en la carrera del vicio se encuentran rosas encima de ellas; sólo
en los cenagosos senderos de la virtud la naturaleza no las hace florecer. En la
primera de estas rutas la opinión de los hombres es el único obstáculo temible;
pero, ¿cuál es la muchacha inteligente que con un poco de reflexión no se
tornará superior a esa opinión despreciable? Los placeres que se obtienen de la
estima, Eugenia, no son sino placeres morales, convenientes sólo para ciertas
cabezas; los que se obtienen en la cama gustan a todos, y sus seductores
atractivos nos compensan pronto del desprecio ilusorio al que difícilmente se
escapa al desafiar a la opinión pública. Pero muchas mujeres sensatas se han
burlado de ese desprecio hasta el punto de convertirlo en un placer más. Coge,
Eugenia, coge mi querido ángel; sólo tuyo es tu cuerpo; sólo tú tienes en el
mundo el derecho de gozar de él, y de hacer gozar con él a quien te plazca.
Aprovecha el tiempo más feliz de tu vida; ¡demasiado cortos
son los felices años de nuestros placeres! Si somos bastante afortunadas como
para haber gozado, deliciosos recuerdos nos consuelan y divierten en la vejez.
Si los hemos perdido... lamentos amargos, espantosos remordimientos nos
desgarran y se añaden a los tormentos de la edad para rodear de lágrimas, de
zarzas, la funesta proximidad del ataúd... ¿Tendrás la locura de la
inmortalidad?
Y bien, mi querida, es cogiendo que permanecerás en la
memoria de los hombres. Se ha olvidado pronto a las Lucrecias, mientras que las
Teodoras y las Mesalinas nutren las conversaciones más dulces y más frecuentes
de la vida. ¿Cómo no preferir, Eugenia, un partido que coronándonos de flores en
la tierra, nos deja la esperanza de un culto mucho más allá de las tumbas?
¿Cómo, digo, no preferir este partido a aquél que haciéndonos vegetar
imbécilmente sobre la tierra no nos promete después de nuestra existencia más
que el desprecio y el olvido?.
Eugenia, (a Madame de Saint-Ange) — ¡Ah, querida,
de qué modo estos discursos seductores inflaman mi cabeza y cautivan mi alma! Me
encuentro en un estado difícil de describir... y, dime, ¿podrías hacerme conocer
algunas de esas mujeres... (turbada) que me prostituirán si se los pido?
Madame de Saint-Ange — Hasta que tengas más experiencia
eso me concierne; confía en mí y en las precauciones que tomaré para cubrir tus
extravíos: mi hermano y este sólido amigo que te instruye serán los primeros a
quienes has de entregarte; encontraremos otros después. No te inquietes, querida
amiga; te haré volar de placer en placer, te sumergiré en un mar de delicias, te
colmaré, mi ángel, ¡te saciaré!
Eugenia, (arrojándose en los brazos de Madame de
Saint-Ange) — ¡Oh, te adoro! Nunca tendrás una alumna más sumisa que yo.
Pero me parece que en nuestras antiguas conversaciones me has dicho que era
difícil que una joven se lance al libertinaje sin que lo advierta el esposo que
ella debe tomar...
Madame de Saint-Ange — Es verdad, pero hay secretos que
salvan todos los inconvenientes. Prometo hacértelos conocer y luego, aunque
hayas cogido como Antonieta, me encargo de volverte tan virgen como el día que
viniste al mundo.
Eugenia — ¡Eres deliciosa! Continúa instruyéndome...
¿cuál debe ser la conducta de una mujer en el matrimonio?
Madame de Saint-Ange — En cualquier estado en que se
encuentre la mujer, soltera, esposa o viuda, no debe tener jamás otro objetivo,
querida, otra ocupación que hacerse coger de la mañana a la noche: para este
único fin la ha creado la naturaleza. Pero si para cumplirlo le exijo que se
desprenda de todos los prejuicios de su infancia, si le prescribo la
desobediencia más formal a las órdenes de su familia, el desprecio más completo
hacia todos los consejos de sus padres, convendrás, Eugenia, que de todos los
frenos a quebrar aquél cuyo aniquilamiento aconsejaré más pronto, es seguramente
el del matrimonio. Considera, en efecto, una joven recién salida de su casa
paterna o del internado, sin conocer nada, sin experiencia alguna, obligada a
pasar súbitamente a los brazos de un hombre que nunca vio, obligada a jurarle al
pie del altar una obediencia, una fidelidad tanto más injusta cuanto que a
menudo ella no tiene en el fondo de su corazón sino el más grande deseo de
faltar a su palabra. ¿Hay en el mundo una suerte más espantosa? Sin embargo hela
aquí atada, le guste o no su marido, tenga él para ella ternura o malos modos;
su honor depende de esos juramentos: queda manchado si los infringe; debe
perderse o soportar el yugo, aunque muera de dolor por ello. Y no, Eugenia, no,
no es para eso que hemos nacido; esas leyes absurdas son obra de los hombres y
no debemos someternos. ¿El divorcio puede satisfacernos? No, sin duda. ¿Qué nos
asegura encontrar en segundos lazos la dicha que huyó de los primeros?
Compensémonos en secreto de la coacción de ataduras tan
absurdas, con la certeza de que nuestros desórdenes, por excesivos que sean,
lejos de ultrajar la naturaleza son un sincero homenaje que le rendimos; es
obedecer a sus leyes ceder a los deseos que sólo ella coloca en nosotros;
resistiéndonos la ultrajamos. El adulterio, que los hombres miran como un
crimen, que han osado castigar como tal quitándonos por él la vida, no es otra
cosa que cumplir con un derecho de la naturaleza al que nunca podrán sustraernos
las fantasías de esos tiranos. ¿Pero no es horrible, preguntan nuestros esposos,
exponernos a querer como a hijos nuestros y besar como a tales los frutos de
esos desórdenes? Es la objeción de Rousseau; y convengo en que es la única —un
poco especiosa— con que se puede combatir el adulterio. Pero, ¡ah! ¿no es
extremadamente fácil entregarse al adulterio sin temor a la preñez? ¿No es aún
más fácil destruirla, si por imprudencia ha tenido lugar? Mas, como volveremos
sobre este tema, no tratemos aquí sino el fondo de la cuestión: veremos que el
argumento, por especioso que parezca a primera vista, es sin embargo quimérico.
En primer lugar, siempre que me acueste con mi marido y su
simiente corra hasta el fondo de mi matriz, por más que posea a diez hombres en
la misma época, nada podrá jamás probarle que el niño no le pertenece; puede ser
de él o no, y en caso de incertidumbre no puede ni debe —ya que ha cooperado
para la existencia de la criatura— tener escrúpulo alguno. Désele que puede
pertenecerle, le pertenece, y todo hombre que se vuelva desdichado por sospechas
de esta clase lo sería aún cuando su esposa fuera una vestal. Es imposible
responder por una mujer, y la que ha sido virtuosa durante diez años puede dejar
de serlo en un día. Luego, si el esposo es dado a sospechar, caerá en ello en
todos los casos; nunca entonces estará seguro de que el niño que besa sea
verdaderamente suyo. Ahora bien, si él es amigo de sospechas en todos los
casos no hay inconveniente en legitimarlas algunas veces: a su dicha o desdicha
moral ello no añadiría nada; vale más pues que así sea. Helo ahí, pues, en un
completo error, helo ahí acariciando el fruto del libertinaje de su mujer:
¿dónde está el crimen? ¿No son acaso nuestros bienes comunes? Entonces, ¿qué mal
hago trayendo al matrimonio un niño que debe tener una parte de esos bienes?
Será la mía la que poseerá; no robará nada a mi tierno esposo, la porción que el
niño disfrutará la considero como tomada de mi dote; luego, ni el niño ni
yo quitamos nada a mi marido. ¿A título de qué, si el niño es suyo, tendrá una
parte de mis bienes? ¿No es porque nació de mí? Y bien, disfrutará de su parte
en virtud de esta misma razón de alianza íntima. Porque me pertenece es que
le debo una porción de mis riquezas.
¿Qué reproche puede hacérseme? —Usted engaña a su marido; esa
falsedad es atroz— No, es un ajuste de cuentas: soy la primera engañada con los
vínculos que me obligó a aceptar: me vengo, ¿qué cosa más simple? ––Pero hay un
ultraje real al honor de su marido — ¡Valiente prejuicio! Mi libertinaje no
toca a mi marido en nada; mis faltas son personales. Esa pretendida deshonra era
válida hace un siglo: hemos salido de esa quimera hoy, y mi marido no se ve más
manchado por mis licencias que yo por las suyas. ¡Podría yo fornicar con toda la
tierra sin hacerle un rasguño! La pretendida ofensa es pues una fábula y su
existencia imposible. Una de dos: o mi marido es una bestia, un celoso, o es un
hombre delicado; en la primera hipótesis, lo mejor que puedo hacer es vengarme
de su conducta; en la segunda, no tengo que preocuparme: si es honesto será
feliz porque yo disfrute de placeres: no hay hombre delicado que no goce con el
espectáculo de la dicha de la persona que adora. Pero si usted lo ama, ¿querría
que él hiciese otro tanto?— ¡Ah! ¡Desdichada la mujer celosa de su marido! Si lo
ama, que se contente con lo que él le da, pero que no intente atraparlo; no sólo
no lo lograría, sino que pronto se haría detestar. Si soy razonable, no me
afligiré jamás de las licencias de mi marido. Que él se comporte del mismo modo
conmigo, y la paz reinará en el hogar.
Resumiendo: Sean cuales fueren los efectos del adulterio,
incluso si introduce en la casa niños que no pertenecen al marido, desde que son
de la mujer tienen derechos reales a una parte de la dote de esa mujer: si el
marido está al tanto debe mirarlos como hijos de un primer matrimonio de su
esposa; si nada sabe, no será desdichado, pues no puede serlo de un mal que
ignora; si el adulterio no continúa y el marido no lo ha conocido ningún
jurisconsulto podría probar que se trata de un crimen; en ese caso el adulterio
es una acción perfectamente indiferente para el marido, que lo ignora,
perfectamente buena para la esposa, que lo disfruta; si el marido descubre el
adulterio, no es este último un mal, puesto que no lo fue hasta entonces y no
podría haber cambiado de naturaleza: no hay otro mal que el descubrimiento hecho
por el marido, y este error le pertenece sólo a él: ¿qué tiene que ver con eso
la mujer?
Los que otrora han castigado el adulterio eran pues tiranos,
verdugos, celosos que haciendo girar todo alrededor de sí mismos imaginaban
injustamente que bastaba ofenderlos para ser criminal, como si una injuria
personal pudiese considerarse crimen y como si fuese posible llamar con justicia
crimen a una acción que, lejos de ultrajar a la naturaleza y a la sociedad sirve
evidentemente a la una y a la otra. Hay no obstante casos en que el adulterio,
fácil de probar, se vuelve más embarazoso para la mujer, sin ser por ello más
criminal. Por ejemplo, el caso en que el esposo sea impotente o tenga gustos que
no llevan a la preñez. Como ella goza y su marido no, sus excesos se tornan más
ostensibles. ¿Debe preocuparse por eso? No, sin duda: la única precaución que
debe tomar es no hacer hijos o provocarse un aborto si sus medidas han fallado.
Si es por razón de gustos insólitos que ella está constreñida a compensar las
negligencias de su marido, primero hay que satisfacerlo sin repugnancia en esos
gustos, de cualquier naturaleza que sean: en seguida debe hacérsele entender que
semejantes complacencias merecen algunas consideraciones, y reclamar una
libertad completa a cambio de lo que acuerda; el marido rehúsa o consiente; si,
como el mío, consiente, una se entrega tranquila, redoblando los cuidados y
condescendencias, a sus caprichos; si rehúsa, hay que espesar los velos y coger
tranquila a su sombra. Si él es impotente, una se separa, pero en todos los
casos nos entregamos libremente: se coge en todos los casos, amor querido,
porque hemos nacido para coger, porque cogiendo cumplimos con las leyes de la
naturaleza y toda ley humana que contradice a la naturaleza está hecha para ser
despreciada.
¡Qué engañada está la mujer a la que lazos tan absurdos como
los del himeneo impiden seguir sus inclinaciones, que teme la preñez o los
ultrajes a su esposo o las tachas aún más vanas a su reputación! Terminas de
ver, Eugenia, cómo ella inmola vilmente a los más ridículos prejuicios su dicha
y todas las delicias de la vida. ¡Ah! ¡Que fornique impunemente! ¿Acaso un poco
de falsa gloria, algunas frívolas esperanzas religiosas la compensarán de sus
sacrificios? No, no; y la virtud, el vicio, todo se confunde en el ataúd. El
público, al cabo de algunos años ¿exalta más a las unas de lo que condena a las
otras? Pues no, una vez más, no; la desgraciada, habiendo vivido sin placer,
expira sin compensación.
Eugenia — Me persuades, ángel mío, ¡vences mis
prejuicios! ¡Destruyes todos los falsos principios que me inculcó mi madre! ¡Ah!
me gustaría estar casada mañana mismo para poner en práctica tus máximas; son
cautivantes, son verdaderas, y ¡cómo me gustan! Una sola cosa me inquieta en lo
que terminas de decir, que no entiendo y te suplico me expliques. Dices que tu
marido no se comporta, en el placer, de modo adecuado para tener hijos. ¿Qué
hace?
Madame de Saint-Ange — Mi marido era ya viejo cuando nos
casamos. Desde la primera noche me previno de sus fantasías asegurándome que,
por su parte, no obstaculizaría las mías. Juré obedecerle y siempre hemos vivido
en la más deliciosa libertad. El gusto de mi marido consiste en hacerse chupar,
con este añadido: mientras, curvada sobre él. con mis nalgas sobre su rostro, yo
chupo con ardor el licor de sus pelotas, ¡quiere que le cague en la boca!... ¡Y
traga!
Eugenia — ¡Vaya fantasía extraordinaria!
Dolmancé — Ninguna puede calificarse así, mi querida;
todas están en la naturaleza, que se complace, al crear los hombres, en
diferenciar sus gustos como sus rostros; no debemos asombrarnos más de las
diversidades que ha puesto en nuestras inclinaciones que de las que ha colocado
en nuestros rasgos. La fantasía de la que acaba de hablar nuestra querida amiga
no podría estar más a la moda; una infinidad de hombres, principalmente los de
cierta edad, se dan a ella prodigiosamente. ¿Rehusaría, Eugenia, si alguien la
exigiese de usted?
Eugenia (enrojeciendo) — Después de las máximas
que aquí me inculcan, ¿podría rehusarme a algo? Sólo pido perdón por mi
sorpresa: es la primera vez que escucho todas estas lubricidades; primero es
necesario que las conciba; pero de la solución del problema a la ejecución del
procedimiento, mis maestros pueden estar seguros que no habrá otra distancia que
la que ellos mismos exijan. ¿De modo, mi querida, que ganaste tu libertad
cediendo a esas complacencias?
Madame de Saint-Ange — La más completa, mi Eugenia. Hice
por mi parte todo lo que quise, sin que él opusiese obstáculo alguno, pero no
tomé un amante: amaba demasiado el placer para eso. ¡Desgraciada la mujer que se
ata! Basta un amante para perderla, en tanto que diez escenas de libertinaje,
repetidas cada día, se desvanecerán en la noche del silencio apenas consumadas.
Yo era rica: pagaba jóvenes que me fornicaran sin conocerme; me rodeé de
sirvientes encantadores, seguros de gustar los más dulces placeres conmigo si
eran discretos, seguros de ser expulsados al día siguiente si decían una
palabra. No tienes idea, ángel querido, del torrente de delicias en que me
zambullí de esta manera. He aquí la conducta que prescribiré a todas las mujeres
que quieran imitarme. En mis doce años de matrimonio, he sido fornicada quizá
por diez o doce mil individuos... ¡y en la sociedad me creen virtuosa! Otra
mujer hubiera tomado amantes, y se habría perdido al segundo.
Eugenia — Tu máxima es la más segura; será decididamente
la mía. Es preciso que me case con un hombre rico, y con fantasías... Pero,
querida, tu marido, tan atado a sus gustos, ¿nunca exigió otra cosa de ti?
Madame de Saint-Ange — En estos doce años no se ha
desmentido un solo día, salvo cuando yo tengo mis reglas. Una linda chica, que
ha querido que tome como criada, me remplaza entonces, y las cosas van de la
mejor manera del mundo.
Eugenia — Pero no se queda en eso, sin duda, ¿otros
objetos no concurren exteriormente para diversificar sus placeres?
Dolmancé — No lo dude: el marido de la señora es uno de
los más grandes libertinos del siglo; gasta más de cien mil escudos por año en
los gustos obscenos que nuestra amiga acaba de pintarnos.
Madame de Saint-Ange — Así es, ¿pero qué me hacen sus
extravíos, puesto que su multiplicidad autoriza y vela los míos?
Eugenia — Continuemos, te lo ruego con el detalle de las
maneras que preservan de la preñez, pues confieso que tal temor me espanta, sea
en el matrimonio o en la carrera del libertinaje. Terminas de indicarme una
hablándome de los gustos de tu esposo, pero ese modo de gozar, que puede ser muy
agradable para el hombre, no puede serlo tanto para la mujer, y son nuestros
goces, sin los riesgos que temo, lo que quiero que me enseñes.
Madame de Saint-Ange — Una muchacha no se expone a la
preñez mientras no se la deja meter en la concha. Que evite con cuidado esta
manera de gozar; que ofrezca en su lugar la mano, la boca, las tetas o el
agujero del culo. Por esta última vía obtendrá mucho placer, quizás más que en
otra parte; de las otras maneras, lo da.
Se procede del primer modo, quiero decir, con la mano, según
viste hace un instante: se sacude como si se bombease el miembro del amigo; al
cabo de algunos movimientos, el esperma es lanzado; el hombre te besa, te
acaricia durante este tiempo, y cubre con el licor la parte de tu cuerpo que
prefiera. Si quieres hacértela meter entre los senos, te acuestas sobre el
lecho, colocas el miembro viril entre tus pechos y aprietas; al cabo de algunas
sacudidas el hombre acaba y te inunda las tetas y a veces el rostro. Este modo
es el menos voluptuoso de todos y no conviene sino a mujeres cuyos pechos,
a fuerza de servir, han adquirido la flexibilidad necesaria para apretar el
miembro del hombre. El goce de la boca es infinitamente superior, tanto para el
hombre como para la mujer. El mejor modo es extenderse sobre el cuerpo en
sentido inverso: él te introduce la pija en la boca y, encontrándose su cabeza
entre tus muslos, te devuelve lo que le das, haciendo que su lengua se meta en
la concha o pasándola sobre el clítoris. Cuando se adopta esta posición, hay que
abrirse recíprocamente las nalgas y acariciarse el agujero del culo, episodio
necesario como complemento de la voluptuosidad. Los amantes cálidos y llenos de
imaginación tragan el flujo que se desliza en sus bocas, y así gozan
delicadamente del placer voluptuoso de hacer pasar a sus entrañas, mutuamente,
ese precioso licor, malvadamente desviado de su habitual destino.
Dolmancé — Esta manera es deliciosa, Eugenia; le
recomiendo su práctica. Hace perder así los derechos de la propagación y por
ello contrariar eso que los tontos llaman leyes de la naturaleza; se trata de
algo verdaderamente lleno de atractivo. Los muslos y las axilas sirven, a veces,
de asilo al miembro del hombre, sin riesgo de preñez.
Madame de Saint-Ange — Algunas mujeres se introducen, en
el interior de la vagina, esponjas que reciben el esperma y le impiden llegar al
vaso que lo propagaría; otras obligan a sus machos a servirse de un pequeño saco
de piel de Venecia, vulgarmente llamado condón, en el cual queda el esperma, sin
riesgo de alcanzar su objetivo; pero de todas estas maneras, sin duda la más
deliciosa es la del culo. Dolmancé, sobre este tema, le dejo la disertación.
¿Quién puede pintar mejor que usted un gusto por el cual daría la vida, si su
defensa lo exigiese?
Dolmancé — Confieso mi debilidad. Convengo en que no hay
gozo preferible a ese; lo adoro en uno y otro sexo, pero aceptemos que el culo
de un muchachito me da más voluptuosidad que el de una joven. Llaman bufarrón
a quien se libra a esta pasión; ahora bien, cuando se es bufarrón hay que
serlo completamente. Fornicar mujeres por el culo no es serlo sino a medias: en
el hombre es donde la naturaleza quiere que el hombre cumpla esta fantasía, y es
para el hombre que nos ha dado tal afición. Es absurdo decir que esta manía la
ultraja: ¿cómo es posible, siendo la naturaleza misma quien nos la inspira?
¿Acaso puede dictar lo que la degrada? No, Eugenia: se la sirve igual así que de
otro modo, y quizá más devotamente aún: la procreación no es más que una
tolerancia por parte de la naturaleza. ¿Cómo podría haber prescrito por ley un
acto que la priva de los derechos de su omnipotencia, ya que la procreación es
una consecuencia de sus primeros deseos, y ya que —supuesta la destrucción
completa de nuestra especie— nuevas construcciones, rehechas por su mano,
volverían a ser presa de esos deseos primordiales cuya realización sería mucho
más halagüeña para su orgullo y su poder.
Madame de Saint-Ange — ¿Sabe usted, Dolmancé, que por
este camino llegará a probar que la extinción total de la raza humana sería un
servicio prestado a la naturaleza?
Dolmancé — ¿Quién lo duda, señora?
Dolmancé — Víctima, sin duda lo es cuando cae bajo los
golpes de la desgracia; pero criminal, nunca. Volveremos a discutir estas cosas:
analicemos ahora, para la bella Eugenia, el goce sodomita, objeto de nuestra
charla. La postura más usada por la mujer es acostarse boca abajo sobre el borde
del lecho, las nalgas bien separadas, la cabeza, lo más bajo posible. El
lascivo amante, tras haberse deleitado un instante con la perspectiva del bello
culo que le presentan, después de haberlo palmeado, manoseado, incluso a veces
azotado, pellizcado, mordido, humedece con la boca el bonito agujero que va a
perforar y prepara la introducción con el extremo de su lengua; moja también su
aparato con saliva o pomada y lo presenta dulcemente al agujero; lo
conduce con una mano y con la otra aparta las nalgas de su gozo; apenas siente
que el miembro penetra, debe empujar con ardor, cuidándose de no perder terreno;
en ocasiones la mujer sufre, si es nueva y joven; pero sin ninguna consideración
por los dolores que pronto van a convertirse en placer, el macho debe empujar
vivamente su verga, por gradaciones, hasta que llegue a su fin, es decir, hasta
que sus pelos froten el borde del ano que fornica. Si continúa ahora su trabajo
con rapidez, no importa: todas las espinas ya han sido cortadas, sólo quedan
rosas. Para acabar de transformar en placer los restos de dolor que su objeto
experimenta aún, si se trata de un adolescente, debe masturbarlo, si es una
muchacha, acariciarle el clítoris; los estremecimientos del placer que hace
nacer el apretar prodigiosamente el ano del paciente, aumentan los placeres del
agente; éste, colmado de voluptuosidad, lanzará en seguida en el fondo del culo
que está gozando un esperma abundante y espeso, determinado por todos esos
lúbricos detalles. Hay otros que no quieren que el paciente goce; pronto
explicaremos eso.
Madame de Saint-Ange — Permita un momento que yo sea
alumna a mi vez y pregunte, Dolmancé, en qué estado conviene que se encuentre el
culo del paciente, para el gozo del agente.
Dolmancé — Lleno, con toda seguridad; es esencial que el
paciente sienta en ese momento las más completas ganas de cagar, a fin de que la
punta de la pija del macho, alcanzando la mierda, se hunda en ella y deposite
más cálida y blandamente el flujo que lo excita y vuelve de fuego.
Madame de Saint-Ange — Yo temería que el paciente
experimente menos placer.
Dolmancé — ¡Error! Este goce es tal que resulta imposible
que algo lo estorbe y que el paciente no se vea transportado al séptimo cielo.
Ningún goce equivale a éste, ninguno puede satisfacer más completamente a los
dos individuos que se libran a él. y es difícil que aquellos que lo han
experimentado puedan luego preferir otra cosa. Tales son, Eugenia, las mejores
maneras de gozar con un hombre sin correr el riesgo de la preñez; pues se goza,
esté segura, no sólo prestando el culo a un hombre sino también chupándosela,
haciéndole la paja, etcétera, y yo he conocido a mujeres libertinas que ponían
más encanto en esos episodios que en los goces reales. La imaginación es el
aguijón de los placeres; en los de esta especie ella rige todo, es el móvil de
todo; ¿y acaso no es por la imaginación que se goza? ¿No provienen de ella las
voluptuosidades más vivas?
Madame de Saint-Ange — Sea, pero que Eugenia esté en
guardia; la imaginación sólo nos sirve cuando nuestro espíritu está
absolutamente libre de prejuicios: uno solo basta para enfriarla. Esa caprichosa
porción de nuestro espíritu es de un libertinaje tal que nada puede contener su
mayor triunfo, sus más eminentes delicias consisten en romper todos los frenos
que se le opongan; es enemiga de la norma, idólatra del desorden y de todo lo
que lleva los colores del crimen; he ahí de dónde viene la respuesta singular de
una mujer imaginativa, que cogía fríamente con su marido: —¿Por qué tanto hielo?
preguntó él. —Ah, verdaderamente, le respondió la singular criatura, ocurre
que lo que usted me hace es demasiado simple.
Eugenia — ¡Me encanta esa respuesta! ¡Ah, querida, qué
disposiciones siento en mí para conocer los impulsos de una imaginación
desordenada! No podrías imaginarte... desde que estamos juntas ... desde ese
momento... No, no podrías concebir todas las ideas voluptuosas que mi espíritu
ha acariciado... ¡Oh, cómo comprendo el mal! ¡Cómo lo desea mi corazón!
Madame de Saint-Ange — Que las atrocidades, que los
horrores, los crímenes más odiosos no te asombren más, Eugenia; lo que hay de
más sucio, de más infame y más prohibido es lo que mejor excita la cabeza... es
lo que siempre nos hace acabar más deliciosamente.
Eugenia — ¡Ah! ¡A cuántos extravíos deben haberse
entregado ustedes dos! ¡Quisiera conocer todos los detalles!
Eugenia — No estoy segura que me convenga prestarme a
todo lo que usted quiera.
Madame de Saint-Ange — Yo te lo aconsejaría, Eugenia.
Eugenia — Y bien, dispenso a Dolmancé de sus detalles;
pero tú, mi buena amiga, dime lo más extraordinario que hayas hecho.
Madame de Saint-Ange — Me presté como objeto de quince
hombres a la vez, fui fornicada noventa veces en veinticuatro horas, tanto por
delante como por detrás.
Eugenia — Esos no son sino excesos, pruebas de fuerza;
apuesto a que has hecho cosas más singulares.
Madame de Saint-Ange — Estuve en un burdel.
Dolmancé — Así se llama a las casas públicas en las que,
mediante un precio convenido, un hombre encuentra jóvenes y bonitas muchachas,
siempre listas para satisfacer sus pasiones.
Madame de Saint-Ange — Sí, fui como una puta. Satisfice
durante una semana entera las fantasías de diversos lascivos y conocí caprichos
muy especiales; y, por el mismo principio de libertinaje, enganché clientes en
las esquinas... en los paseos públicos ... como la célebre emperatriz Teodora,
esposa de Justiniano [1] . Jugué a la lotería el
dinero obtenido con esas prostituciones.
Eugenia — Querida, conozco tu genio: has ido aún más
lejos.
Eugenia — ¡Sí, sí! Y es así como lo concibo: ¿no me has
dicho que nuestras sensaciones morales más deliciosas provienen de la
imaginación?
Madame de Saint-Ange — Sí, lo he dicho.
Eugenia — Y bien: dejando vagar esta imaginación, dándole
la libertad de franquear los últimos límites que querrían prescribirle la
religión, la decencia, la humanidad, la virtud, todos nuestros pretendidos
deberes, ¿no llegarían sus extravíos a ser prodigiosos?
Madame de Saint-Ange — Sin duda.
Eugenia — Ahora bien ¿no es en razón de la inmensidad de
sus extravíos que excita más y más?
Madame de Saint-Ange — Nada más cierto.
Eugenia –– Si es así, mientras más deseemos ser agitados,
mientras más queramos emocionarnos con violencia, más habrá que dejar vía libre
a nuestra imaginación sobre las cosas más inconcebibles; nuestro gozo entonces
mejorará en virtud del camino que haya realizado nuestra cabeza y...
Madame de Saint-Ange — ¡Qué progresos ha hecho la picara
en poco tiempo! ¿Pero sabes, encantadora, que se puede ir lejos por el camino
que nos trazas? Eugenia ––Así lo entiendo, y porque no me prescribo ningún
freno, ya ves adonde supongo que se puede llegar.
Madame de Saint-Ange — Al crimen, desalmada, a los
crímenes más negros y espantosos.
Dolmancé — Es sin embargo tan dulce realizar lo que se ha
concebido.
Madame de Saint-Ange — A veces se me ha ocurrido hacerlo.
Eugenia — Veo que no me amas bastante como para abrirme a
tal punto tu alma; esperaré el plazo que me prescribes; volvamos a nuestros
detalles. ¡Dime quién fue el feliz mortal al que hiciste dueño de tus primicias!
Madame de Saint-Ange — Mi hermano. Me adoraba desde la
infancia; desde niños jugamos a menudo, pero sin alcanzar el objetivo final; le
prometí entregarme a él apenas estuviese casada y cumplí mi palabra; felizmente
mi marido, a causa de sus gustos, me dejó intacta: mi hermano cosechó todo.
Continuamos librándonos a esta intriga pero sin molestarnos; no nos sumergíamos
menos, cada uno por su lado, en los más divinos excesos del libertinaje; nos
servimos mutuamente: yo le procuro mujeres, él me hace conocer hombres.
Dolmancé — ¡Cómo podrían considerarse así las más dulces
uniones de la naturaleza, las que más nos prescribe y aconseja! Razone un
momento, Eugenia: ¿de qué modo la especie humana, con todas las grandes
calamidades que sufrió el planeta, podría haberse reproducido sino por el
incesto? ¿No encontramos el ejemplo y la prueba incluso en los libros respetados
por el cristianismo? Las familias de Adán [2] y de
Noé, ¿de qué otra forma podrían perpetuarse? Indague, compulse las costumbres
del universo: en todas partes verá el incesto autorizado, considerado una ley
sabia y hecha para cimentar los vínculos familiares. Si el amor, en pocas
palabras, nace de la afinidad y la semejanza ¿dónde pueden ser más perfectas que
entre hermano y hermana, padre e hija? Una política mal entendida, producida por
el temor de volver a determinadas familias demasiado poderosas, prohíbe el
incesto en nuestras costumbres; pero no confundamos con leyes de la naturaleza
lo que está dictado por el interés o la ambición; sondeemos nuestros corazones:
siempre nos remiten a él nuestros pedantes moralistas; interroguemos ese órgano
sagrado y reconoceremos que nada hay más delicado que la unión carnal de las
familias; dejemos de ser ciegos acerca de los sentimientos de un hermano por su
hermana, de un padre por su hija. En vano a uno y a otro los disfrazan con el
velo de una legítima ternura: el más violento amor es el único sentimiento que
los inflama, el único que la naturaleza puso en sus corazones. Dupliquemos sin
temer nada los deliciosos incestos, y creamos que mientras más cerca nuestro
esté el objeto de nuestros deseos, más encanto hallaremos en gozar con él.
Uno de mis amigos vive habitualmente con la hija que tuvo de
su propia madre; no hace ocho días que desfloró a un chiquillo de 13 años,
nacido del comercio con esa hija; dentro de algunos años el muchachito se casará
con su madre: es la voluntad de mi amigo; sus intenciones son gozar todavía de
los frutos que nacerán de este himeneo. Es joven, puede esperar. Mire, tierna
Eugenia, que cantidad de incestos y crímenes mancharían a este honesto amigo si
hubiese alguna verdad en el prejuicio que nos hace admitir algún mal en estas
relaciones. Sobre todas estas cuestiones yo parto siempre de un principio: si la
naturaleza prohibiese los goces sodomitas, los incestuosos, las masturbaciones,
etcétera, ¿permitiría que encontrásemos en ellos tanto placer? Es imposible que
pueda tolerar lo que verdaderamente la ultraja.
Eugenia — ¡Oh, mis divinos instructores! Veo que según
sus principios hay muy pocos crímenes en la tierra y que podemos entregarnos en
paz a todos nuestros deseos, por singulares que puedan ser para los tontos:
ofendiéndose y alarmándose por todo, imbécilmente confunden las instrucciones
sociales con las divinas leyes de la naturaleza. Sin embargo, mis amigos, ¿no
admiten que existen al menos ciertas acciones absolutamente repugnantes y
decididamente criminales, aunque dictadas por la naturaleza? Estoy de acuerdo en
que la naturaleza, tan singular en sus productos como variada en las
inclinaciones que nos da, algunas veces nos lleva a crueles acciones; pero si,
entregados a tales depravaciones, cedemos a lo que la extraña naturaleza nos
inspira hasta el punto de atentar contra la vida de nuestros semejantes, ¿me
acordarán ustedes —como espero— que tal acción sería un crimen?
Dolmancé — Sería imposible que pudiésemos acordarle
semejante cosa. Siendo la destrucción una de las leyes primordiales de la
naturaleza, nada destructivo puede ser un crimen. ¿Cómo llegaría a ultrajarla
una acción que la sirve tan bien? Y tal destrucción, de la que el hombre se
envanece, no es por otra parte más que una quimera; el asesinato no es una
destrucción; quien lo comete no hace sino variar las formas; devuelve a la
naturaleza elementos que ella misma, tan hábil, utiliza para recompensar a otros
seres; ahora bien, como las creaciones son placeres para el que las produce, el
asesino prepara uno a la naturaleza, le provee materiales que ella emplea de
inmediato, y la acción que los tontos tuvieron la locura de condenar se
convierte en un mérito a los ojos de este agente universal. Nuestro orgullo
erige al asesinato en crimen. Estimándonos las principales criaturas del
universo, estúpidamente consideramos que toda lesión sufrida por esas sublimes
criaturas consistía por fuerza en un crimen enorme; hemos creído que la
naturaleza perecería si nuestra maravillosa especie llegaba a desaparecer de la
tierra. En realidad, la total destrucción de la especie, otorgando a la
naturaleza la facultad creadora que ella nos cede, le devolvería la energía que
le quitamos al propagarnos. ¡Qué inconsecuencia, Eugenia! Un soberano ambicioso
podrá destruir a su gusto y sin el menor escrúpulo los enemigos que estorban sus
proyectos de grandeza... Las reglas crueles, arbitrarias, imperiosas, podrán
asesinar cada siglo millones de individuos y nosotros, débiles y desdichados
particulares, ¿no podremos sacrificar un solo ser a nuestras venganzas o
caprichos? ¿Hay algo más bárbaro, más ridículamente grotesco? Y, ¿no debemos,
bajo el velo del más profundo misterio, vengarnos ampliamente de esta necedad?
[3] .
Eugenia — ¡Oh, qué moral cautivante; cómo me gusta! Pero
dígame, Dolmancé, en conciencia, ¿no se ha satisfecho usted algunas veces en
este género de cosas?
Dolmancé — No me fuerce a develar mis faltas; su número y
especie me obligarían a enrojecer. Se las confesaré tal vez algún día.
Madame de Saint-Ange — Dirigiendo la espada de las leyes,
el desalmado se sirvió a menudo de ella para satisfacer sus pasiones.
Eugenia — ¡Oh, sí, sí! Tengo todos los días bajo mis ojos
una abominable criatura que hace tiempo querría ver en la tumba.
Madame de Saint-Ange — Apuesto a que adivino.
Madame de Saint-Ange — Tu madre.
Dolmancé — ¡Voluptuosa criatura! Quiero abrumarla con
caricias que deben ser el premio por la energía de su corazón y de su deliciosa
cabeza. (Dolmancé la besa por todo el cuerpo y le da ligeras palmadas en las
nalgas; su miembro se pone tieso y Madame de Saint-Ange lo toma y lo sacude; las
manos de él se pierden de tanto en tanto en al trasero de Madame de Saint-Ange,
que se lo ofrece con lubricidad; otra vez un poco dueño de sí, Dolmancé
continúa): ¿Por qué no ejecutaríamos esta idea sublime?
Madame de Saint-Ange — Eugenia, he detestado a mi madre
tanto como odias la tuya, y no dudé.
Eugenia — Me han faltado los medios.
Madame de Saint-Ange — Di más bien coraje.
Eugenia — ¡Ay!... ¡Soy tan joven todavía!
Eugenia — ¡Todo! denme los medios y verán.
Dolmancé — Los tendrá Eugenia, le prometo. Pero con una
condición.
Dolmancé — Venga, malvada, venga a mis brazos; no aguanto
más; su culo encantador será el precio del bien que le prometo: ¡es preciso que
un crimen pague el otro! ¡Venga! ¡O más bien Vengan los dos, así apagamos con
olas de esperma el fuego divino que nos inflama!
Madame de Saint-Ange — Pongamos por favor un poco de
orden en estas orgías: es necesario aún en medio del delirio y de la infamia.
Dolmancé — Nada más simple; el objetivo es que yo acabe,
dando a esta encantadora niña todo el placer que pueda. Le meteré mi verga en el
culo mientras usted la acaricia con avidez; por la posición en que las coloco,
ella podrá devolverle las caricias. Después de algunas incursiones en el trasero
de esta niña, variaremos el cuadro: fornicaré con usted, señora; Eugenia me
ofrecerá su clítoris para chupar: así la haré gozar por segunda vez. Enseguida
volveré al ano de ella; usted me prestará su culo en lugar de la concha que ella
me ofrecía; chuparé el agujero de su culo, señora, como antes la pequeña concha
de Eugenia; usted acabará, yo haré otro tanto, y mi mano,, abrazando el bonito
cuerpo de esta encantadora novicia, le acariciaré el clítoris para hacerla
terminar igualmente.
Madame de Saint-Ange — Bien, mi querido Dolmancé ¿pero no
le faltará a usted algo?
Dolmancé — ¿Una pija en el culo? Tiene usted razón
señora.
Madame de Saint-Ange — Quédese sin ella ahora; la
tendremos por la tarde: mi hermano vendrá a ayudamos y nuestros placeres
llegarán al colmo. Manos a la obra.