Soy una chica lista. Siempre lo he sido. Nunca he necesitado
estudiar para sacar buenas notas en los exámenes del instituto, ni para ser la
mejor de la clase. Pero muchas veces me dejo llevar por el momento y luego lo
acabo pagando. Soy muy lista, pero esta vez me comporté como una imbécil y ahora
tengo que soportar a Martín y a David, y aguantar todo lo que ellos quieran
hacerme si no quiero meterme en un lío aún más grande.
Todo empezó una noche de viernes, mi amiga Verónica se había
hecho íntima de un chico que es de un pueblo que está cerca del nuestro, y ese
día habían quedado para estar juntos. Solíamos ir a casa de su abuela porque
allí no vivía nadie y la madre de Verónica no tenía ni idea de que habíamos
conseguido una copia de la llave. Era un piso no muy grande, con dos
dormitorios, cocina, baño y salón.
Esa noche Vero había quedado con su "chico" y yo fui con ella
para acompañarla y que su madre no pensara que salía sola. El plan era sencillo,
ellos se irían a un cuarto y yo me quedaría viendo la tele en el salón hasta que
llegara la hora de volver a casa. Pero Fran, el amigo de Vero, vino esa noche
acompañado por dos de sus amigos, Martín y David. Vero me dijo que me lo iba a
pasar mejor, porque en vez de estar viendo la tele sola podría hablar con ellos
y seguro que nos lo pasábamos bien juntos.
Y así fue que me quedé sola con los dos. Ellos tenían 17
años, tres más que yo, y eran bastante aceptables. Martín era más alto que yo,
muy delgado y con unos ojos verdes preciosos que quedaban muy bien con su pelo
marrón rizado. David era más bajo que Martín, pero aun así más alto que yo. Era
muy moreno de piel, ancho de hombros y un poco rellenito. Yo siempre he sido muy
blanquita de piel, con el pelo marrón oscuro por los hombros y los ojos también
marrones. No soy muy alta, en torno a 1,70 y lo que más destaca de mí son mis
tetas, que siempre he tenido enormes.
David propuso que en vez de quedarnos en el salón nos
fuéramos al otro cuarto, que estaba más alejado del dormitorio donde Vero y Fran
estaban haciendo quién sabe qué. A mí me pareció bien porque desde el salón se
oían de vez en cuando algunos gemidos y unos ruidos un tanto molestos, y nos
fuimos al otro cuarto que era muy pequeño. Apenas entraba una cama de 90, un
armario con espejos en las puertas y una silla vieja. Allí nos sentamos los
tres. David en la silla y Martín y yo en la cama. Yo del lado de la pared y él
del lado de la puerta.
Empezamos a hablar de tonterías, cosas del instituto y eso,
porque ellos dos también iban a mi instituto pero nosotras nunca nos habíamos
relacionado con ellos. Como la cosa iba para largo, Martín me dijo que me
quitara las botas de tacón y me relajara tumbada en la cama, pues tenía que
estar muy incómoda sentada con la espalda recta y aguantando el dolor que me
producían los zapatos. Y así lo hice. Me quité las botas altas y me tumbé a lo
largo de la cama, de modo que enfrente y a mi izquierda David estaba en la silla
y Martín, se quedaba en la cama, a mis pies, y del lado de la puerta. Como quien
no quiere la cosa, Martín empezó a estirarse a mi lado en la cama, preguntándome
que si me importaba.
Yo nunca he estado muy orgullosa de mi aspecto, porque tengo
los muslos un poco rellenitos, y aunque no estoy gorda, siempre he sentido que
me sobraban unos quilos de más. Así que cuando Martín empezó a decirme que
llevaba mucho tiempo fijándose en mí por los pasillos del instituto y que yo le
gustaba mucho porque era inteligente y tenía una cara preciosa me lo creí. Y él
se tumbó completamente a mi lado y empezó a acariciarme la cara con una mano.
Cuando me besó me sentí en el paraíso, y se me olvidó que David estaba allí,
mirando. Yo cerré mis ojos y me dejé llevar cuando sentí su lengua dentro de mi
boca, y su mano pasó de mi cara a agarrar mi cadera.
No tenía mucha experiencia, pero me gustaba cómo me estaba
sintiendo mientras él me besaba, así que le respondí con ganas el beso, y él se
subió encima mía. Me gustaba mucho sentir el peso de su cuerpo sobre el mío. En
esas, David dijo que él se iba a ver la tele, nosotros ni le contestamos.
Poco después, los besos bajaron de mi boca a mi cuello y yo
estaba completamente entregada, con las mejillas rojas, y sentía un calor que
nunca había sentido, además de un cosquilleo en mi barriga. Martín me dijo que
debería quitarme el jersey si tenía calor, y aunque me daba vergüenza porque
debajo sólo llevaba un top de tirantes y el sujetador me lo quité, porque estaba
muy acalorada.
Martín empezó a besarme el cuello y a acariciarme la barriga,
por debajo de la camiseta. Sabía lo que había y empezó a mezclar pequeños
mordiscos con los besos en mi cuello: siempre me ha vuelto loca que me hagan
eso, que me hagan chupetones, y él se aprovechó de ello. Para cuando me dí
cuenta, Martín se había quitado el jersey y la camiseta, quedándose desnudo de
cintura para arriba, y me pidió que le besara el pecho.
Yo nunca lo había hecho y empecé primero a darle besitos, él
me dijo que no fuera tonta y que lo hiciera bien, así que empecé a lamer y a
morder sus pezones, mientras él me acariciaba por debajo de la camiseta, ahora
la espalda, y empezaba a sobarme el culo. En esas me dijo que parara y me
quitara la camiseta. Estaba entregada al ver como él reaccionaba a mis besos,
así que me la quité, quedándome con la falda, las medias y el sujetador. Él me
besaba las tetas aún sin quitarme el sujetador, lo que estaba a la vista, y me
empezó a morder en la barriga y el estómago, como a mí me gusta. En esas
estábamos cuando me cogió la mano, me la llevó a su entrepierna y me la puso
sobre su polla:
"¿Notas lo dura que está?"
Yo sólo asentí
"Pues está así de dura por ti, porque estás buenísima y eres
la hostia. Me encanta estar contigo".
Ningún chico me había dicho nunca esas cosas, así que yo me
sentí muy halagada.
"¿Quieres que te la toque?"
"Sí."
Y se sacó la polla del pantalón. Era la primera polla que yo
veía en mi vida, y me pareció bastante fea, marrón y grande, con venas moradas.
Martín me abrió la mano y me la puso en la polla, indicándome
cómo quería que se la meneara. Yo tenía miedo, y además, su polla estaba muy
caliente, pero creía que le estaba haciendo gozar, porque él no paraba de
resoplar y de gemir. Entonces, cuando menos me lo esperaba me paró.
"Yo te he dado mi polla para que juegues con ella. Ahora
quítate el sujetador para que yo juegue con tus tetas"
No sé porqué, pero el tono de su voz, tan dominante, y la
orden que me dio me hicieron obedecer, sin pensarlo siquiera, así que me quité
el sujetador, sin pensarlo siquiera, y me quedé sentada en la cama, con su polla
en la mano y él mirando mis enormes y grandes tetas. Aunque mirar miró poco.
Primero con una mano agarró y levantó una de mis tetas, diciéndome que eran
enormes y pesadas, y que apenas le cabían en la mano.
Yo pensé que eso era malo, así que solté su polla e intenté
taparme. Y él me volvió a colocar la mano en la polla.
"No seas tonta. Me encantan tus berzas, y me las voy a comer
enteras. Pero ni se te ocurra volver a soltar mi polla"
Y yo seguí bombeándole mientras él, ahora con las dos manos,
cogía y levantaba mis tetas, calibrando su peso y tamaño.
"Sí. Tienes unas tetas riquísimas"
Y entonces me hizo soltarle la polla, y me obligó a tumbarme,
se puso a horcajadas encima de mi cadera y se inclinó para chuparme y morderme
las tetas, sin llegar nunca a los pezones. Tengo las tetas muy grandes, así que
sus mordiscos apenas me molestaban y sí me daban un placer increíble. Entonces,
sin previo aviso, paró y me dio una bofetada, yo iba a quejarme, pero él me
interrumpió.
"Te dije que no soltaras mi polla. Vuelve a cojerla y pajéame
si quieres que me siga comiendo tus tetas"
La bofetada me había dolido pero la situación era muy
excitante y yo no quería que él parara, así que volví a agarrarle la polla con
la mano para masturbarle. En esas noté una corriente de aire frío, como si se
abriera la puerta y cuando traté de mirar, Martín me cogió la cara con una mano
y me besó en la boca con tanta fuerza que yo fui incapaz de hacer otra cosa que
cerrar los ojos y devolverle el beso. Después de besarme volvió a mis tetas, a
las que no había parado de manosear ni un momento, y entonces se centró en mi
pezón izquierdo, cerró su boca sobre él y succionó con tanta fuerza que pensé
que me lo iba a arrancar.
La mezcla del dolor con el placer era deliciosa y aumentó más
aún cuando pellizcó con fuerza mi otro pezón y volvió a succionar, tirando ahora
del pezón con los dientes. Para cuando terminó con ese pezón se volvió al otro,
al que también mordió y tironeó con fuerza. Cuando miré hacia abajo pude ver que
el pezón que había soltado estaba de un color rojo encendido, alargado y muy
grande, y con las marcas de sus dientes alrededor.
Martín siguió comiéndose mis tetas, mordiéndome los pezones y
dándome pellizcos en ellos, arreándome de vez en cuando un golpe en las tetas,
que lejos de dolerme, me daba más placer.
Fue entonces cuando se sentó a horcajadas encima de mi
cuello:
"Yo te he comido a ti. Ahora te toca a ti comerme a mí".
Y me puso su polla directamente encima de los labios. Yo no
quería comérsela, ni meterme eso en la boca. Tocarlo era agradable, porque
estaba caliente y era muy suave. Pero la polla era muy fea, de un color marrón
muy desagradable, y yo nunca me había metido nada así en la boca.
Estaba pensando en cómo decirle que no cuando noté una ráfaga
de luz, y cuando miré a mi derecha, ví como David sostenía una cámara con la que
me acababa de hacer un primer plano de mi cara con la polla de Martín sobre la
boca.