12. Tres meses.
Alba se acostumbró pronto a la rutina de la casa. Por la
mañana, hacía sus tareas bajo la supervisión de la exigente Martina, que
aprovechaba cualquier descuido de la doncella para regañarla con severidad y un
cierto desprecio, que no pasó desapercibido por el resto de habitantes. Por la
noche, ocupaba su puesto en la mesa del gran salón y cenaba con las otras,
quedando a disposición de la señora Nuria cuando convenía. Martina no volvió a
abrir las piernas para Alba y ésta, prudente por instinto, jamás comentó nada a
la señora ni puso en falta a su superiora. Creyó, en su inocencia, que la
actitud de Martina se debía a su humilde procedencia y aceptó que era justa la
discriminación con respecto a sus compañeras, de más antigüedad en la casa y no
tan míseras como ella.
No todas las noches se cenaba junto a la señora. Una semana
al mes, las chicas cenaban en la cocina y eran libres de irse a descansar
temprano. Era la semana "roja" que decían ellas entre chistes y una cierta
ironía, la semana de la menstruación. Alba, como era de esperar, no coincidió
sus días con la primera semana "roja" y se sintió bastante desplazada, sobretodo
cuando al fin le llegó la suya y hubo de pasarse las noches en su habitación
escuchando los gemidos del salón. Pero todo tiene su ajuste, y al mes siguiente,
Alba ya estaba milagrosamente coordinada con las demás. Extraño pero natural.
Toni, que antes acostumbraba a visitar a su madre en sábados
alternos, ahora llegaba los viernes por la noche y se marchaba los lunes al
amanecer. Y todas esas noches, todas, absolutamente todas, le pedía a Alba que
fuera a dormir con ella.
Antes de acostarse, Alba leía "Las Mil y Una Noches" y Toni
la corregía con las púas del cepillo pero pronto hubo de buscar nuevos métodos
de docencia porque, no sólo Alba mejoraba increíblemente rápido en la lectura,
sino que parecía disfrutar del cepillado y erraba expresamente las sílabas. Así,
al cepillo le sustituyó un bonito abrecartas helado y punzante, y en poco tiempo
una flexible regla de madera. Al final, viendo que se quedaba sin objetos
amenazadores, Toni decidió seguir la teoría de la recompensa y ofrecerle un beso
por cada página que leyera sin errores. Alba practicaba los textos entre semana
para corregirse y ganarse el esperado beso. Además aceleró su velocidad para
poder leer más de una página cada noche y tener así más besos.
Toni se preocupó también de su formación en la escritura. Le
regaló un libro con las páginas en blanco y un diccionario de consulta, y le
ordenó que hiciera pequeños resúmenes de los cuentos que estudiaban. Los fines
de semana, después de saber de Alí Babá, se sentaban juntas en la cama y esta
vez era Toni la que leía los escritos de la jovencita. Le aleccionaba sobre las
innumerables faltas de ortografía y le aconsejaba sobre la gramática. Una noche,
Alba la sorprendió con una redacción de su propia cosecha sobre la bronca que le
había dado Erica por dejar quemar el bizcocho en el horno. Pronto se animó
también a inventarse historias tan picantes como las del legendario libro o
intentaba describir el miedo que le daba la señora. Toni se sobrecogía ante los
sentimientos de Alba. Conocía bien a su madre y no le costaba imaginarse el
sufrimiento que experimentaba la doncella sola y frágil ante los caprichos de
una mujer de su clase. Pero no era lástima o compasión, eran celos los que la
embargaban. Celos de esas manos que, abusadoras, pellizcaban la piel de Alba y
abrían sus nalgas; esos ojos que la inspeccionaban con detallista atención, sin
emocionarse como hacía Toni ante la que consideraba una belleza salvaje. Su
belleza salvaje... y miraba de reojo su cuerpo desnudo y suplicaba en silencio
que esa noche pronunciara las palabras mágicas y al fin se abriera la puerta y
pudieran gozar la una de la otra.
Pero Alba seguía sin hablar más que para lo convenido. Todas
las noches, antes de apagar la luz, Toni le recordaba que si deseaba algo sólo
tenía que pedirlo, y todas las noches, Alba le daba las gracias por su
generosidad y paciencia y enmudecía.
Al silencio le continuaba la tortura. La tortura de Toni por
saber que Alba se tocaba pensando en ella y moría su deseo en solitario. Alba se
fue confiando más y más en aquellas horas quietas en que, sin saberlo, su amada
Toni la observaba y le suplicaba callada una palabra, sólo una palabra para
liberarse del sufrimiento que se había impuesto por ambición. ¡Es que Alba no se
atrevería nunca a superar esa barrera de clases que las separaba!
Y Alba se tocaba, Alba se rozaba con el cuerpo caliente que
yacía a su lado, Alba frotaba el sexo húmedo contra la pierna de la otra... Y
Toni, entonces, sentía verdaderos deseos de echarle las manos al cuello y acabar
así su agonía. De tanto que la amaba, la odiaba.
13. Martina.
- ¿Llamaba la Señora?
- Entra, Martina.
Martina se parecía a Toni, no sólo porque aparentaban la
misma edad, aunque Toni era algunos años mayor, sino por ser las dos altas,
morenas y de un carácter frío a la vista y cálido al tacto. Martina, al igual
que Toni, disponía de una mente lógica, práctica y organizadora. Tal vez por ese
motivo, Toni la trataba como a una igual y le confiaba sus dolores de cabeza con
respecto a la empresa familiar. Martina la escuchaba con atención y hasta le
proporcionaba algún consejo, casi siempre acertado porque Martina no era de las
que hablaban por hablar.
La Señora también apreciaba la sensatez de su criada en jefe,
por eso la tenía en tan alto cargo y no contrataba a una mayordoma más madura.
Lo cual era un alivio porque Nuria disfrutaba de ser la mujer de más edad entre
su precioso ramo de tiernas rosas. Eso le garantizaba, no sólo el respeto que
una criada debe a su ama, sino la admiración que la belleza madura y sabia
infunde en las mentes jóvenes y atolondradas. Pero Martina no era atolondrada y
por eso mismo la Señora la tenía en tanta estima, como a una amiga, como a una
hija...
- Martina, quería preguntarte por Antonia. Me alegra
tenerla con tanta frecuencia en casa pero la noto distraída, preocupada
en algún asunto que no ha querido compartir conmigo. Temo que no sean
cuestiones relativas a la empresa, de ser así, acostumbra a permanecer
en Barcelona concentrada en los negocios. No te preguntaría, querida, si
no fuera porque mi intuición de madre me advierte que actitud tan
extraña en ella, puede deberse más bien a razones del corazón – la
Señora tomó las manos de la criada entre las suyas-. Tu eres la amiga en
la que más confía, dime si tengo motivos para alertarme, si aquel que ha
conseguido lo inaudito, enamorar a Antonia, es indigno de su clase y
talento.
- Señora... – Martina se arrodilló ante Nuria para
mirarla a los ojos, a esos ojos de lagunas inexplicables que tanto
asustaban a Alba-. No sólo es indigno por clase, pues se crió entre
estiércol, y carece de la educación e inteligencia apropiadas para otra
función que no sea la de lamer las botas de Toni, además es una mujer.
- ¿Qué dices...? –la Señora se llevó las manos a la
boca para ocultar su gesto de asombro y horror-. ¿Esta hija mía ha
llevado el capricho al extremo?
- Yo no sé si sea capricho, lujuria o amor... Aunque
me parece improbable que alguien como Toni pueda enamorarse de Alba...
- ¡Qué me dices! ¡Esa pequeña fregona! –en su
interior, Nuria reconocía que Alba era deliciosa como juguete pero no le
veía el carisma suficiente para llegar a afectar en ese modo a su
increíble hija.
- La cuestión es que todas las noches que Toni pasa
en la casa, la reclama para dormir en su cuarto.
- ¿Todas?
- Todas y eso que antes gozaba de mi compañía y
conversación pero, desde que llegó Alba, ni una sola noche me ha
solicitado, ni a mí ni a las demás.
Aquello era la prueba irrefutable de que Alba no era un
capricho para Antonia, sino una amenaza para los intereses de Nuria, pues aunque
su hija fuera la guardiana de la economía familiar, ella era la encargada de
mantener bien alto el apellido de los Gelabert en sociedad. Si el hecho de que
Toni disfrutara tanto de su independencia como para rechazar a todos los
pretendientes que iban detrás de su belleza, inteligencia o fortuna, ya era
preocupante de cara a pactar un matrimonio que aportara niños y renombre;
saberla encaprichada, pues seguía convencida que aquello no era amor sino una
fantasía alocada, sólo podría significar la soltería. Y eso no, eso sí que no.
Su hija tenía de todo lo mejor para conseguir al hombre que quisiera, no
permitiría que se convirtiera en una solterona de esas de las que todo el mundo
murmura y siente lástima. Su pequeña nunca.
- Señora... – los dedos delicados de Martina secaban
una lágrima impertinente que vino a escaparse de los ojos orgullosos de
Nuria-. Señora... Toni es más inteligente que eso, se le pasará.
- Lo sé, querida... lo sé. Martina, hazme lo que tu
sabes hacerme, me ayudará a relajarme.
- Sí, señora...
14. Las habilidades de Martina
Martina se fue quitando la ropa y, doblándola para no
arrugarla, formó una montaña de prendas negras y blancas sobre el taburete del
piano. Extrajo las horquillas de la cofia y deshizo el perfecto moño. Sus
cabellos negros y suavemente rizados cayeron sobre su espalda. Parecía salida de
un cuadro de Goya. Nuria se tumbó en el sofá a la espera de recibir las
atenciones de su criada predilecta. Ésta se arrodilló totalmente desnuda,
desabrochó la camisa de su señora y luego su falda, dejando al descubierto una
sedosa y transparente camisola de lencería y un liguero para sujetar las medias.
Nuria no llevaba más ropa interior.
Seguramente instruida desde la primera vez que puso el pie en
la casa, ocho años ya, cuando contaba la misma edad que Alba, Martina, metódica
y ordenada, efectuaba siempre el mismo ritual. Besó primero una y luego la otra
mejilla de su señora. Luego a un lado del cuello y al otro, la unión de la
clavícula, entre los dos pechos, a la altura del corazón, los pezones, por
encima de la tela, la línea que va hacia el ombligo, el ombligo, el monte de
venus, los muslos, las rodillas, pantorrillas y sendos pies.
- ¿Quiere la señora que la toque? – preguntó Martina.
- No, esta vez no, entra directamente.
Martina se dirigió hacia una vitrina y abrió un cajón, de
donde extrajo una preciosa caja plateada, en cuyo interior había algo envuelto
en un paño de terciopelo rojo. Lo desenvolvió con el cuidado que la
caracterizaba. Era un falo de unos veinte centímetros de largo y cuatro de
diámetro, fabricado en cuero pardo, tan fino y bien trabajado que cualquiera
hubiera creído de piel humana. Martina se ajustó las correas a la caderas para
fijar el instrumento a su pubis y volvió al lado de su señora. Se tumbó encima
suyo, le levantó las piernas y las dejó reposando sobre sus hombros.
- Estoy lista –dijo Nuria.
Martina le fue introduciendo el falo despacio sin dejar de
mirarla a los ojos, siempre atenta a su reacción. Como la señora no decía nada,
sólo se mordía los labios, Martina siguió entrando sin retroceder, hasta que los
veinte centímetros se hallaron totalmente dentro. Esperó entonces uno o dos
minutos completamente quieta. Nuria, que hasta entonces parecía tranquila,
comenzó a agitarse, a gemir, a jadear con impaciencia. Entonces, a una orden
muda, Martina inició el movimiento, primero con el mismo cuidado en que se había
introducido, hasta ir aumentando el ritmo y convertir aquel trote en un galope
frenético sin pausa ni concesiones.
La señora se retorcía bajo el peso de Martina. Gritos
ahogados suplicando que se detuviera pero Martina seguía con la misma violencia,
sin ceder al agotamiento, sin importarle que el sudor mojara su hermosa
cabellera de ala de cuervo.
-¡Para! No puedo más... no puedo...
Martina arremetió todavía con más fuerza, haciendo uso de una
voluntad envidiable para no rendirse, clavando los ojos en el desespero de
Nuria. Al fin, Nuria se estremeció, hincó las uñas en la blanca piel de su
criada marcando un delgado reguero de sangre, allí donde no hace mucho se curó
otro arañazo, y se abrazó a ella entre convulsiones. Martina la abrazó también,
reduciendo la marcha, y estuvo un buen rato así, dentro y quieta, hasta que notó
que los músculos de la señora se aflojaban y se dejaba caer totalmente relajada.
La acomodó en el sofá, la cubrió con una colcha fresca de
hilo, pues la tarde era cálida, limpió el falo con un paño húmedo, lo guardó en
su caja y se volvió a vestir con la misma calma que se desnudó, cuidando cada
detalle y recogiendo sus rizos en el apretado moño.
- ¿Desea algo más la señora?
- No, gracias, Martina. Puedes retirarte... has
estado muy bien.
Martina, entonces, rompió su acostumbrada seriedad y esbozó
una sonrisa ante el cumplido. La señora cerró los ojos para descansar y Martina
se atrevió a observarla mejor. Pensó que se parecía a Toni y que cuánto le
gustaría, de aquí a veinte años, tener a Toni dormida en ese mismo sofá
agradeciéndole sus servicios.