Me despertó el celular, pero tardé en reaccionar. Yo dormía
sobre el pecho de Andy, mientras él, protector, me acogía entre sus brazos. Como
pude, estiré la mano, levanté la bocina y lancé un soñoliento:
"Hola".
"Es la segunda vez que te marcó, Adrianne", escuché, del otro
lado, la voz de "mi abuela".
"Lo siento, abuela. Estaba profundamente dormida. El viaje
contigo me agotó".
Andy despertó también. Me vio y, sin dejar de abrazarme, giró
un poco el cuerpo, cerró los ojos nuevamente y me jaló hacia él. Su pene se
deslizó entre mis desnudas nalgas. Comencé a excitarme: la respuesta sensorial
de mi clítoris (la erección hacia adentro) era siempre deliciosa.
"Te tengo buenas noticias. ¿Recuerdas las fotos que te
tomaron en Tailandia?".
"Ajá", logré decir.
"Me permití enviarlas a unos amigos diseñadores. Gustaron
mucho".
Andy comenzó a besarme el cuello. Notaba su fuego, pero
también su juguetona y traviesa intención.
"Gracias, abuela", pronuncié entrecortadamente.
"¿Te sientes bien?".
"De maravilla, abuela".
"Pues bien, Adrianne. Una empresa te quiere como modelo para
un desfile de modas".
Me sorprendí.
"¿En serio?".
"Sí. Me lo acaban de confirmar. Les fascinó cómo luces el
traje típico. El desfile, justamente, será en Bangkok, en tres semanas. Te daré
un número para que te reportes con Niran Yodmanee,
el gerente. Él tiene toda la información".
Me parecía increíble.
"Gracias, abuela".
"De hecho, apareces ya en los anuncios del desfile. Apunta la
dirección del sitio web".
"Lo memorizaré", respondí, mientras Andy acariciaba mis
senos.
Conversé con "mi abuela" de una manera atropellada. Me
despedí y colgué. Andy comenzó a lamerme la espalda, en forma descendente.
"Andy", suspiré. "¿En verdad quieres hacerme tuya
nuevamente?".
"¿Sabes cuánto te extrañé estas tres semanas?", contestó.
No necesitaba decírmelo: me había cogido toda la noche, en
todas las posiciones posibles. Vi el reloj: las 7 de la mañana. Dos horas antes,
apenas, estaba aún eyaculándome dentro. ¡Y había comenzado a las 11 de la noche,
justo cuando yo recién atravesaba la puerta de su departamento! Me parecía que,
desde mi llegada, su pene había estado más tiempo en mi vagina o en mi boca que
fuera de ellas.
"Detente", le ordené con travesura.
Andy se reacomodó en la cama, y yo hice lo mismo. Quedamos,
pues, boca arriba, lado a lado: él hombre; yo, su mujer.
"Te amo", dijo.
"Y yo a ti".
A pesar de que teníamos ya seis meses viviendo juntos en
Nueva York, seguía disfrutando con intensidad el despertar junto a él. Observé
sus pectorales, su recio cuello... Sus manos, enormes, que sabían afinar mi
piel, mi vientre; y que conocían con exactitud mi intimidad, hábiles, hasta
extraerme el gemido más profundo, la sensación más placentera... Su pene, regio,
que se marcaba en la sabana.
La decisión al respecto había sido facilísima para mí y para
Andy. No así para Ted.
"Sé que es lo quieres", me dijo con honda tristeza, mientras
me observaba haciendo maletas. "¿Pero sabes lo mucho que me he acostumbrado a
tener a mi hija en casa?".
Sentí que mis ojos se humedecían.
"Siempre seré tu hija".
Ted me besó en la mejilla con amor infinito:
"Es tu destino como mujer: ir al encuentro de tu hombre".
Finalmente, Andy había sido aceptado en la Universidad de
Nueva York, y había comprado un bello y confortable departamento para mudarse en
cuanto recibió la carta respectiva; luego, me invitó a que viviéramos juntos.
"Mi abuela" no lo sabía oficialmente, pero lo intuía. Sin embargo, sí estaba
enterada de que Andy era mi novio, y lo había aceptado con calidez: al fin de
cuentas, él venía de una familia distinguida, era guapísimo y caballeroso.
Así pues, mi vida transcurría feliz: seguía trabajando en la
Fundación; tomabas cursos de ballet y de arte; me hacía cargo de los asuntos
domésticos; y era propiedad de mi amadísimo hombre. Mis únicos sobresaltos
tenían que ver con la recepción esporádica de hormonas femeninas; y con la
dilatación vaginal. Por supuesto, Ted seguía siendo mi cómplice para lo primero;
en lo segundo, no tenía problemas, dadas las continúas cogidas.
Sin embargo, para hablar con honestidad (y como lo he contado
ya), yo había definitivamente dejado de sentirme hombre desde mi primera
relación sexual con Andy. Es decir: ni siquiera me pensaba como niño que había
sido obligado a cambiar de sexo: Adrianne había tomado completa posesión de mí,
y me vivía mujer en todo.
Puede sonar extraño, por ejemplo, pero disfrutaba usar
toallas sanitarias y tampones, aunque no menstruara. Más allá de fingir para
Andy (con fines de discreción), desarrollé una especie de sexto sentido: sabía
cuándo debía hacer uso de ellos, con una puntualidad decididamente biológica.
"Vaya: cualquiera pensaría que eres mas regular que yo", me bromeó Asha-Rose
alguna vez.
Más: se suponía que jamás lubricaría vaginalmente. "Usa
siempre lubricante con base líquida", me había indicado el doctor Arul Katz
durante una revisión, y mostrándome algunas marcas comerciales. "Y date
duchas vaginales, sobre todo después de que Andy te eyacule dentro".
Sin embargo, para mi completa sorpresa, luego de una película
(en la que Brad Pitt me pareció especialmente sexy), salí del cine con la
pantaleta empapada. "Vaya", me dijo después el doctor Katz, tras examinarme.
"Parece que los resultados quirúrgicos fueron mejores de lo que esperaba. Todos
tus conductos funcionan de una manera adecuada".
No obstante, mi verdadera feminidad estaba en lo mucho que
amaba a Andy; en la manera en que él me excitaba, haciéndome sentir dependiente.
Justamente por la Fundación, había acompañado a "mi abuela" a
París y a Ginebra: tres semanas, dedicadas a reuniones con grupos altruistas, a
hacer un generoso donativo a la Oms... y a comprar ropa en las mejores
boutiques. ¡Pero era increíble lo mucho que echaba de menos a Andy, cuando
estaba lejos de él!
Suspiré.
Andy acercó su rostro a mi seno izquierdo, y comenzó a
lamerme el pezón; luego, lo mordió suavemente.
"Basta, amor", le dije. "Tengo que checar algo en internat y
hacer una llamada".
Andy sonrió, se levantó de la cama y se puso el pantalón de
pijama.
"Me gustas cada día más, Adrianne".
Yo le arrojé un beso.
"Checa lo que quieras, haz tu llamada y bañémonos juntos.
¿Estás de acuerdo?".
Asentí.
"¿Me preparas un poco de café?", le pedí.
Andy hizo el gesto de afirmación usado en buceo, y salió de
la habitación.
Con lentitud, me incorporé. Observé mi ropa desparramada
(signo de la urgencia nocturna de Andy) me puse un camisón en suave blonda
elástica con abertura frontal, tirantes ajustables y tanga a juego. Luego, fui a
la computadora y la encendí. Entré al sitio web que "mi abuela" me había
indicado (era de una firma trasnacional especializada en distribución para Asia
de ropa de diseñadores europeos), y descubrí varias de las fotos que Asha Rose
me había tomado en Tailandia. En la cocina, Andy preparaba ruidosamente el café.
"Tienes que ver esto", le grité.
Andy regresó con dos tazas humeantes, me dio una, bebió un
sorbo de la otra, colocó ésta sobre el escritorio, y se puso en cuclillas junto
a mí. Yo apuré también un poco de café, y acomodé mi taza junto a la de Andy:
era un juego simpático que habíamos comprado durante un fin de semana en las
Cataratas del Niágara, blanco, con corazones en diferentes colores y sendas
leyendas: "Él" y "Ella". Por supuesto, adoraba esa cerámica.
"Tengo una invitación para modelar en Tailandia, y me han
incluido en los diseños publicitarios del desfile. ¿Qué opinas?".
"Me da un poco de celo", respondió. "Decenas de hombres
viéndote... Pero es una buena opción para ti: eres guapa, te encanta la ropa y
siempre buscas lucir bien. Ser modelo es una combinación perfecta de todo esto".
Sonreí. La pantalla nos arrojaba mi luminosa presencia en Wat
Pho. Andy la contempló con interés.
"Te vas sorprendentemente pálida y frágil. Casi como un
niño".
Sentí un escalofrío.
"¿A qué te refieres?".
"Mírate. Eres una combinación de ternura y lujuria".
Cerré bruscamente la ventana del sitio web, y quedé en
silencio..
"Espero que no te haya molestado mi comentario", susurró
Andy. "Esa es una de las muchas cosas que me hicieron enamorarme de ti".
"¿Qué?", las palabras me sabían amargas. "¿Que parezco un
niño?".
Andy recargó su cabeza en mis piernas.
"Me refería a la combinación de ternura y lujuria. Jamás
podría pensar que pareces un niño".
Con ofuscación, apagué la computadora de manera violenta, me
levanté. me retiré el camisón, me puse la primera ropa que encontré en la recién
abierta maleta (una minifalda de mezclilla y una ombliguera blanca), y me calcé
unos tenis. Andy, estupefacto, no lograba articular palabra.
"Necesito estar sola", le dije.
"No entiendo", pronunció, al fin. "¿Qué dije?".
Por respuesta, salí del departamento.
Caminé sin rumbo fijo. La pesadumbre y la confusión me habían
invadido. "Soy mujer; así me siento. ¿Por qué no nací siéndolo?", me repetía.
Pronto, sin que pudiera evitarlo, las lágrimas se me desbordaron, y un sollozo
comenzó a escapárseme de la garganta. Me detuve. No sabía qué hacer. Hasta que
alcé la vista.
Estaba frente a un aparador, que reflejaba con toda claridad
mi imagen. Pese al desarreglo matutino, mantenía la postura erguida, elegante;
el porte de chica segura Y me veía despampanante: la minifalda se ajustaba a mi
talle de manera provocadora, revelando mis impresionantes curvas y mis
femeninísimas piernas; por las prisas, la ombliguera caía lateralmente, dejando
al descubierto uno de mis hombros (menudo, delicado); mi piel se apreciaba firme
y suave, de un saludable tono caramelo. Mi pelo, grácil, larguísimo,
perfectamente cuidado, enmarcaba un rostro de muñeca; unas orejas menudas,
adornadas con primorosos pendientes de diamante; y un fino cuello. Justo en ese
momento, sentí un escurrimiento en la vagina: era el semen de Andy. Mis pezones
se erectaron ostensiblemente, dibujando rígidas sombras (de rosa matiz) en la
impoluta tela. Comencé a relajarme.
Hice un esfuerzo por recordar mi pasado. Me era difícil.
¡Hasta tarde en recordar mi nombre de niño! Y supe que mi enojo resultaba
infundado. Bromas de mal gusto de algún mecanismo inconsciente quizá. "¡Por
supuesto que soy una hembra!", concluí.
Me di cuenta, entonces, de lo que verdaderamente temía: de
que Andy descubriera esa parte anterior de mí, y me rechazara. Porque él era lo
más importante para mí en muchos, muchos sentidos. Paradójicamente, aunque Ted
me había castrado con antiandrógenos y me había administrado las hormonas, era
Andy quien realmente me había feminizado. Su amor me había convertido en mujer;
pero ¿era tan devastador el efecto de ese amor como para soportar un secreto
eterno?
Regresé al departamento. Ocupé la silla frente a la
computadora, encendí ésta, crucé las piernas, y busqué el sitio web con mi foto.
Otra vez. Ahí estaba yo: toda mujer. Tomé el teléfono y conecté con Niran
Yodmanee. Hablamos brevemente: la paga era espectacular, tomando en cuenta que
era mi primer desfile ("esas habilidades negociadoras de Adrianne-la-abuela",
pensé); acordamos algunos detalles y quedó en enviarme los boletos de avión.
Colgué.
Andy, mientras tanto, se había acercado a mí. Silencioso. Se
arrodilló frente a mí, y comenzó a acariciarme los muslos. Me los besó.
"Andy, perdóname. Me porté como una estúpida".
Andy nada respondió. Se limitó a separarme las piernas con
suavidad, mientras se ensalivaba la mano; luego, haciendo a un lado la tanga,
deslizó aquélla, tibia, hasta mis labios vaginales: estimuló mi clítoris con
suavidad, primero; y comenzó a meterme un dedo, después. Me mojé.
"Si dije algo que te molestó, lo siento", me susurró al oído,
lamiendo y chupando el lóbulo. "No quiero estar mal contigo, Adrianne. Nunca".
"Yo tampoco", suspiré. "Eres el hombre más maravilloso del
mundo. Y te amo. No quiero estar sin ti. Jamás".
Sentí otro dedo; y otro más. Pronto, me arrancó la ombliguera
y me dejó el torso desnudo. Cerré los ojos.
"Andy", pronuncié. Mis palabras mezclaban el amor y la
excitación; el deseo más transparente y la pasión intensísima. "Quiero ser
siempre tu mujer".
"Mi mujer... Y mi novia", respondió,
"Tu novia y tu amante".
Andy se despojó de la ropa, y me alzó la minifalda hasta la
cintura. Seguía yo con la tanga puesta, pero mi boca secreta estaba expuesta
totalmente.
"Mi amante y mi puta".
"Tu puta y tu esclava".
Me tomó por los muslos, dobló mis piernas y me acomodó en
inclinación sobre la silla. Con un empuje salvaje, de un solo golpe, Andy me
clavó el pene. Sentí el choque de sus testículos como una ráfaga de deliciosa
violencia. Grité de placer.
"Mi esclava... Y mi esposa".
Vi sus ojos. Sentí que traspasaba mi alma.
"Sí", agregó con total convicción. "Mi esposa".
Luego, comenzó a moverse de manera colosal. De hecho, parecía
no haberme cogido en meses: ponía tal intensidad, tal fuego, que me hacía sentir
la mujer más deseada, la más sensual, las más disfrutable: ¡la mujer más mujer
del mundo!
"Adrianne. Cásate conmigo".
Enmudecí, con la estupefacción hasta el borde.
"Cásate conmigo", repitió.
Entonces, con esa fascinante potencia suya, me tomó de las
nalgas, y me cargó, poniéndose en pie, sin sacarme el pene. En automático, la
arrojé los brazos al cuello. Pero él no lo necesitaba: me subió y me bajó a
voluntad, permitiéndome sentir cada delicioso centímetro de su carne. Siempre lo
mismo: yo perdía mi identidad al tener sexo con él: me desleía de tal manera,
que cada célula de mi cuerpo parecía estar ajustada al deseo de Andy.
"¿Hablas en serio, amor?", articulé, entre gemidos.
"Sí. Y si aceptas, al terminar de cogerte, hablaré con Ted
para organizar la pedida de tu mano.".
Justo en ese momento, los orgasmos me brotaron uno tras otro.
Veía los ojos de Andy: hermosos, profundos. Y capté el destello esmeralda que me
había dominado, que había despertado en mí una primigenia chispa femenina: la
pasión, la ternura, el amor. Esa chispa había incendiado mi ser completo, y nada
podría apagar ya la hoguera resultante.
"Andy, acepto", dije. "Quiero ser tu esposa".
"¿Me prometes que envejeceremos juntos?".
"Sí", grité, sintiendo las exquisitas contracciones de mi
vientre, y gozando al atrapar el pene de Andy con mis paredes vaginales.
"Haremos la mejor familia", afirmó mi hombre.
"Sí, mi amor. La mejor".
La respiración agitada de Andy y su rostro de placer me
indicaron la cercanía de su eyaculación. "Casarme", pensaba. "Ser esposa. Soy
mujer". Se me ocurrió, entonces, tratar de apretar aun más con mi vagina,
mientras (apoyado en los muslos) movía mis nalgas. Andy bufó.
"¿Qué haces, Adrianne?".
"No lo sé. ¿Te gusta?".
"Me encanta. Sigue haciéndolo".
Continué. Descubrí en ese momento que pese a la pasividad
que, en brazos de mi macho, disfrutaba tanto, yo podía desarrollar pequeños
trucos. Decidí explorar mi arsenal.
"Nunca hagamos del sexo algo monótono", subrayé, mientras
continuaba estrujando y otro orgasmo me llegaba. "Explorémonos; seamos siempre
nuevos. Yo para ti, tu para mí".
"Es un trato, amor", concordó Andy. Y rubricó su aseveración,
jalándome hacia sí, y llenándome de semen.