Laurita, recepcionista de Hotel
En mis llamadas, siempre reprimia mis intenciones con
Laurita. Como un trauma, llevaba la carga de un acercamiento frustrado a su
intimidad. En un discurso bien preparado, ensayado mil veces en la fantasía. Un
paso radical en la petición. `Estamos solos. Bajate la braguita, y sientate
encima mio; despacio... Dame tiempo en calzarte, en envolverme en ti. Disfruta
mi carne entrando. Cada milimetro...´
Quería romper esa barrera telefónica. La pequeña rubia,
guardaba una ligera decepción en el recuerdo de mis acciones. Sin duda, fruto de
un comportamiento ambiguo y sospechoso por mi parte. Nuestro acercamiento
fracasó en la intervención de terceros, en ese único encuentro. Era dificil,
entonces, buscar el momento de estar a solas con ninguna chica, siempre
premeditando. En aquella ocasión, ella pareció entenderlo. Y la intervención
externa, no deseada, desbarató cualquier acto. Pero aún quedaba un último
movimiento.
Laurita trabajaba en un hotel comarcal, como recepcionista,
lejos del nucleo urbano. Un hotel lujoso, lo bastante... Laurita me invitó a
visitarla durante el trabajo, como única opción, de llevarla de vuelta una
pelicula prestada. Allí hablaríamos, según sus dulces palabras. ¿De qué, me
preguntaba? Era un decir supongo, un modo de expresar la intención de saludarme.
Pero no dejaba de fantasear, con la idea, de que ella, Laurita, por iniciativa
propia, me llevara a una de las habitaciones del hotel, y se sentara encima mío,
para destrozar la cama.
Apenas vi un solo cliente, el tiempo que permanecí en la
recepción del hotel. En una recepción abierta, de un mostrador amplio. Allí
estaba Laura.Rodriguez, su jefe, recordó a la pequeña recepcionista rubia, que
debía aceptar ese puesto vacante en Londres; luego tuvo la deferencia de
dejarnos solos. Desde el otro lado del mostrador la entregue la copia a Laura.
Entonces, ciego de pasión, visualice el follarla en pie; un coito de
Hotel, de postura y letra H.Esperiaria el momento oportuno. Un momento de mi
imaginario, conducido en mi impulso hacia Laura, tras el mostrador. Para,
levantando así su falda, penetrarla por detrás súbitamente, en su sorpresa.
Jodida apenas en unos minutos. Apresurado de convenencia, para que nadie
compartiera nuestro placer ardiente y fugaz.
Arremetí varias veces con insinuaciones, hábilmente
saboteadas por la rubia, que sonriente, inflaba su ego de atrevidos alagos.
Y entonces se me escapó un pensamiento, expresado en alto: -
Si te apetece, voy detrás del escritorio y te follo por detrás...
Laurita no podía creer lo que acababa de escuchar, me miraba
fijamente congelada en un instante, ída en su reflexión interna, procurando
comprender el contexto de tal arriesgada petición: - Si hombre... Te crees que
te voy a dejar...
Avergonzado, me despedí de ella lo mas educada y cobardemente
que pude, tembloroso y desacertado en mi interlocución. Justo antes de
desaparecer por la puerta, intenté justificarme en un comentario aún mas
desacertado: - No he dicho que quiera violarte, ¿eh? -. Desconozco la reacción
de Laurita, pero puedo intuir, como en muchas ocasiones de mi relato, que esta
afirmación debió calar muy hondo de impresión, y que de este mismo modo,
corroboraba su percepción de lo ocurrido: la propuesta había sido real, aún por
lo subrealista.
Mi verguenza se torno en olvido hacia Laurita, propiciado
desde la lógica. Pero la sensación de fracaso crecía en mi interior. Debía
resolver ese anhelo. Consumar mi deseo de alguna forma, por nimia que fuera. Mi
conclusión presentaba, no una disculpa, sino una sincera confesión. Y el
teléfono bastaba. Laurita se dispuso a atender mi confesión, aún molesta. Y
confesé.
- Aquella tarde, te lleve a mi casa con la única intención de
convencerte, para que me dejaras meterte la polla. No pretendía hacer el amor
contigo, no me malinterpretes. Solo tenía la curiosa necesidad de sentir tu
vagina; su humedad, su tibieza, y su suave tacto, unos minutos. Entera. Una vez.
Mi petición era asi de simple. Después... No lo sé... Supongo que una vez
sentada encima, en la silla... Bien... Pues decia, que una vez sentada encima,
dentro, clavada en mi... Supongo que acabaría preguntándote `¿quieres seguir?´,
y un sí, hubiera sido de esperar. Aferrados los dos, corriéndonos juntos,
unidos, a la vez. Descargaría apretandote fuerte contra mí, muy fuerte. Eso
acabaría siendo, aún por mi sincera petición inicial; en un desenlace que quizá
ninguno de los dos podríamos evitar. Solo te pido, que te sientes encima de mí,
Laurita, y te metas mi polla entera. Después, ya veremos...
Su silencio me inquietó.
-¿No dices nada?
-¿Ya esta?
-Si.
Sin despedirse, Laurita colgó. La sensación de frustración,
se ha transformado en un anhelo casi adolescente. Algo anecdótico y llevadero.
Quizá algún día Laurita, nos volvamos a encontrar. A veces hago un llamamiento
al destino... Aunque también en ocasiones, palpo el pequeño papel con tu
teléfono escrito, durante horas; dubitativo, reflexivo, timido. Quisiera hacer
ese llamamiento, para pedirte que en un momento de necesidad, dejes que cumpla
mi anhelo; mi acción frustrada. Solo es un pene más, dentro de ti. Desde lo más
profundo del misterio del destino, me gustaría que me dieras una respuesta; en
una clave timida, quizá, en un acercamiento de curiosidad, de propio deseo, o de
mera casualidad. Ah, cierto... Te fuiste a Londres... Rodri te envió...