AMA NEGRA PARA ZORRA BLANCA 4
Hermenegildo Sánchez era un hombre rico. El origen de su
fortuna era tan oscuro como su propia vida. Estuvo muchos años en distintas
partes de el continente negro, principalmente en la Guinea Ecuatorial , Congo y
Sudáfrica. Dicen sin haberse contrastado que fue mercenario, que traficó con
armas y diamantes, que tuvo plantaciones y destacó siempre por su crueldad y
falta de escrúpulos. A sus 64 años tenía aún una magnifica planta, delgado y
fuerte, sobrepasando el metro ochenta de altura, el pelo canoso como el bigote y
la cuidada barba. Retirado de sus negocios, vivía más que bien de sus
importantes rentas. No tenía hijos y convivía tan solo con un ama de llaves ,
cincuentona y seca que se encargaba de la casa con la ayuda puntual de una
sirvienta por horas y de un jardinero que acudía a su chalet por las mañanas
tres veces en semana.
La vivienda del Sr. Sánchez era contigua a la de los señores
de Organvidez, aunque debido a la importante extensión de ambas parcelas, al
tipo de vida que llevaban ambos y a lo distinto del círculo de amigos su
relación había sido casi inexistente. Las pocas veces que se habían encontrado o
intercambiado alguna palabra había sido de forma breve, llenas de miradas de
prevención por parte del joven matrimonio y de una lujuria mal disimulada del
vecino hacia la exuberante esposa del arquitecto.
Era miércoles , el día libre de Virginia la excriada, y
estaban a la puerta del chalet de Hermenegildo Sánchez para tomar el té.
Invitación que la propia antigua sirvienta de la casa había hecho llegar a la
pareja, con la clara indicación por su parte de que estaban obligados a aceptar.
Juan Orgánvidez regresó del trabajo al mediodía con la tarde libre concedida por
su jefe , sin la menor objeción. El arquitecto casi sentía que su superior le
obligaba a dicho asueto, argumentando que también él tenía intención de
ausentarse del trabajo aquella tarde.
Fue el propio Hermenegildo el que acudió a franquearles la
entrada a su vivienda, mucho más lujosa y grande que la de los señores de
Organvidez que por cierto no era pequeña. Llamó la atención de la pareja
visitante la vestimenta del anfitrión consistente en una especie de toga larga,
bajo la cual daba la impresión de no llevar nada más. Antes de invitarles a
pasar el Sr. Sánchez dirigió una mirada de las que desnudan a su preciosa
invitada, que enrojeció con prontitud, agradeciendo ésta que Virginia hubiera
elegido para ella una indumentaria mucho más recatada que la colección de
transparencias, escotes y ceñidas prendas a la que le obligaba últimamente.
Llevaba Elena en esta ocasión un vestido negro, muy largo, sin apenas escote y
cerrado por una sucesión de corchetes adornados que iban desde el cuello hasta
los muslos de la joven, muy por debajo de su sexo.
Tomaron un té con pastas servidos por el ama de llaves de la
casa en una pequeña y coqueta salita, con cuadros y antigüedades de evidente
valor. La conversación fue cortés, fría e intrascendente durante el tiempo que
tardaron en consumir tan inglesa merienda. El arquitecto apreciablemente
aburrido e incomodado por las miradas lujuriosas que de soslayo dirigía el
anfitrión a su mujer, tomó la decisión de poner fin a la visita.
Justo en el momento en que esto iba a suceder Hermenegildo se
anticipó a su invitado y le dijo.
- Se habrá preguntado usted por el verdadero motivo de mi
invitación.
Juan Organvídez le contempló con curiosidad.
Vienen ustedes a cumplir una promesa.- añadió
resolutivamente.
No recuerdo que le hayamos prometido nada .-
respondió el joven.
Es cierto – asintió el señor Sánchez con una sonrisa
malévola- a mi no. Pero no estamos solos en la casa.
Tocó una campanilla y el ama de llaves acudió a retirar el
servicio.
Por favor Ana- dijo dirigiéndose hacia esta.- diga a
nuestra otra invitada que la estamos esperando.
Enseguida el matrimonio se sorprendió al ver entrar a la
mulata vestida de forma espectacular. Llevaba unas botas altas con un adosado
que las hacía llegar por encima de las rodillas hasta la mitad de los muslos de
un rojo charol, por supuestos los tacones eran afilados y de muchos centímetros.
Lucía un corset del mismo color que la ceñía extraordinariamente resaltando su
cintura y su hermosa pechera, mientras la espalda desnuda era cruzada por cintas
coloradas. Completaba su atuendo un short del mismo tejido y color, cuero rojo,
que las botas y el corset que marcaba su rotundo culo haciéndolo deseable hasta
el extremo y con la pequeña particularidad que presentaba una abertura ovalada
por delante que presentaba en todo su esplendor el coño enorme y negro de
Virginia totalmente desnudo , amparado solo por la poblada mata de vello rizado
de la centroamericana.
Ha llegado el día Juan.- anunció dirigiéndose al
joven.
Lo siento cariño se lo he prometido- acertó a decir
el arquitecto mirando a su esposa que lo miraba alucinada y aterrada- he
de entregarte.
El resto de los invitados nos esperan en otras
dependencias, no les hagamos esperar- concluyó el anfitrión haciendo una
seña con la mano indicando el lugar donde deseaba que se dirigieran los
presentes.
Alcanzaron después de un par de pasillos un patio
interior , rodeado por una especie de claustro y en cuyo centro había un
pozo con un brocal. Allí junto al pozo había tres hombres vestidos con togas
similares a la de Don Hermenegildo diferenciándose de este en que llevaban
una máscara del tipo veneciano que les cubría todo el rostro y que se
sostenían por unas gomillas que rodeaban sus cabezas.
Se dirigieron hacia donde estos le esperaban Hermenegildo
decidido, Virginia soberbia, Juan empequeñecido y Elena temblorosa.
Estos tres hombres no se conocen entre sí y así debe
seguir siendo – informó pausadamente el anfitrión- tienen sin embargo
algo en común todos conocen a Elena y es conveniente que ella sepa a su
debido tiempo quienes son.
Proceda como hemos acordado.- dijo firmemente
Virginia.
Acercáte.- ordenó el anfitrión a la par que tiraba de
la mano de Elena atrayéndola hacia donde se encontraban los visitantes.-
He dicho que todos mis huéspedes conocen a Elena, pero en verdad aún no
la conocen bien. ¿ Sabes Elena que el vestido que llevas puesto te lo he
regalado yo ¿.
No lo sabía.- respondió con un hilo de voz la
muchacha objeto de todas las miradas.
Amigos conoced a Elena- proclamó el Sr. Sánchez
mientras de un fuerte tirón soltaba los primeros corchetes del vestido
de la entregada.- Conoced bien a Elena .- repitió mientras soltaba otro
grupo de corchetes hasta dejar al descubierto el sujetador de la mujer,
negro , absolutamente transparente y de una talla menor a la que le
correspondía.- Conoced a la zorra de Elena .- concluyó como quien
descorre la tela de una escultura en una exposición. El último grupo de
corchetes había dejado a la vista de los interesadísimos espectadores un
tanga a juego con el sujetador de la muchacha, aún más traslúcido si
cabe, que permitía con toda nitidez la visión del sexo rasurado a
conciencia por la mulata ( maquina eléctrica, cuchilla y pinzas ) de la
hembra que iba a ser follada.
Después de otorgar este pequeño placer al anfitrión retomó el
mando la mulata. Se acercó a la esposa del arquitecto y le retiró el vestido,
dejando a la víctima tan sólo con los zapatos , las medias y la exigua y diáfana
lencería.
A quien perteneces ¿- inquirió la ex criada.
A ti- contestó la joven esposa del arquitecto después
de dirigir a este una mirada suplicante que no obtuvo más respuesta que
los ojos de su marido evitando los suyos.
Demuéstralo- ordenó desafiante la encuerada mulata, a
la par que hacia a Elena primero arrodillarse y luego colocarse a cuatro
patas- primero las botas.
Elena avergonzada pero obediente, intentando que pasara
aquello lo antes posible comenzó a lamer el calzado de Virginia.
Ahora, mi coño- gritó la antigua sirvienta cuando ya
se dio por satisfecha con la limpieza lingual de su calzado. Elena se
detuvo, intentando negarse a la orden y recibió dos sonoras bofetadas
por parte de su negra dueña..- Obedece. Finalmente Elena se rindió a su
condición y accedió a procurar placer a su propietaria de la mejor forma
que supo y ante la general excitación del público masculino allí
presente, incluido el esposo de la esclava.- Ya habéis visto que es mía
– concluyó con orgullo la centroamericana.- y como tal os la entrego. Sr
Sánchez proceda a prepararla.