Capítulo II
Llegamos al elevador y bajamos, en ningún momento me dejó
vestirme, ni tan siquiera limpiarme el semen de la cara. "Deberá acostumbrarse a
él señora" me dijo, el Sr. Davidson era tan educado y cortés como intimidante.
Llegamos al sótano del edificio y salimos, yo no quería, pero Davidson no era
alguien que aceptara un no como respuesta… sobre todo de alguien que había
decidido convertirse en su esclava. Con una mirada le indicó a Marvin que me
obligara a caminar si fuese necesario.
Permítame recordarle sus propias palabras señora, "…es
por nuestro hijo…". – maldito, usó lo último que le dije a mi esposo antes
que me llevara en mi contra.
Pensando en mi pequeño hijo inmovilizado y postrado en su
camita respiré profundamente y avancé con paso vacilante, sentía que todo el
mundo me estaba viendo, aunque por fortuna no había nadie a nuestro alrededor.
Llegamos hasta una lujosa Hummer negra con detalles en gris plateado, en donde
un corpulento guardia nos esperaba. Davidson me volteó a ver, con un amplia
sonrisa en los labios.
Pamela, póngase contra mi vehículo con las manos sobre el
capó. – sin saber porqué le obedecí y él, con los pies, me separó las
piernas para dejar libre el paso a sus manos que empezaron a recorrerme todo
el cuerpo, mi espalda, mis pechos firmes y turgentes, mi vientre, mi
cabello, y yo sentía asco con aquellas caricias.
Me gusta mucho su cuerpo, es usted una perra buenísima…
ahora quítese la ropa.
¡Pero… estamos en un lugar público…!
En efecto, pero no veo a nadie a nuestro alrededor y así
es más emocionante. Quítese la ropa. – increíblemente obedecí de nuevo,
quedándome únicamente en interiores – Muy bien, muy bien… pero necesito
cerciorarme de algo. – y pasó sus manos sobre mis pechos sobresaltándome –
Tranquila, tranquila, que solo estoy examinando la mercancía. – ¿mercancía?,
si, solo eso era para ese hombre extraño.
El hombre pasó sus manos sobre mis pequeños, pero suaves y
firmes pechos morenos, luego la bajó por mi vientre, tocándomelo
concienzudamente, asegurándose que estuviera firme. Siguió tocándome y yo
comenzaba a sentir algo, las caricias ya no me parecían tan repulsivas. Y por
vez primera vino a mi un sentimiento de sometimiento y pertenencia a él, algo
que jamás podría quitarme desde entonces. Al final se agachó para palpar mis
piernas, le gustaron.
Además de su pequeño hijo enfermo, ¿tiene más hijos
Pamela?
… si… si tengo…
¿Cuántos?
Este… pues… – empezaba a perder mi sangra fría por todo
ese toqueteo.
Sus hijos… ¿cuántos más?
Em… 2… 2 hijos… tengo una nena… es la mayor…
¡2 hijos y sigue tan buena! – me decía al tiempo que
apretaba mis muslos.
El negro se puso de pié y clavó sus ojos en los míos, no era
muy mayor, de no más de 50 años, de piel muy oscura y cabello muy corto. Usaba
una pequeña barba en el mentón y sus rasgos eran viriles y armoniosos, era muy
guapo. Me comenzó a tocar la cara, me abrió la boca para ver mis dientes como si
fuese un animal en venta.
Quítese los interiores Pamela. – me sobresalté, después
de dudarlo un momento obedecí – Me gusta lo que veo, está usted buenísima,
justo como me gustan las putas.
Él quedó contemplándome por un momento lleno de agrado, puso
una mano sobre mis nalgas y la comenzó a mover sobre ellas, corroborando la
suavidad y firmeza. Yo me sentía vulnerable y extraña, ansiosa, atemorizada,
pero extrañamente fascinada. Imagínense, una señora de 24 años, respetable y
preciosa, desnuda en un oscuro estacionamiento dejándose manosear por un extraño
del que apenas el nombre conocía. Mi sexo comenzó a reaccionar, ya era mucha la
tocadera y solamente soy una mujer. El se percató de ello.
Veo que le gustan mis atenciones Pamela. Sería excelente
si en verdad fuera usted tan caliente como aparenta. – e introdujo una mano
entre mis piernas.
Un escalofrío recorrió mi espalda, solo mi esposo había
tocado allí. No quería, lo juro, sentía una gran vergüenza, pero sus dedos
hábiles pasaron encima de mi vulva y aceleró corazón. Acarició en círculos mi
delicado órgano siguiendo su circunferencia, despacio empezó a presionar. Mis
ojos se nublaban en medio de un extraño placer. Acercó su nariz a mi cuello y me
lo besó y lamió, yo contenía la respiración, de verdad me estaba calentando.
Abajo seguía presionando hasta que logró meterme un dedo, que comenzó a mover
despacio en mi interior, en círculos, averiguando que tan sensible era. Logró
meterme otro más, ahora me volvía loca, mientras, su otra mano aferraba uno de
mis pezones. Un suspiro salió de mi boca sin que lo pudiera evitar.
¿Le gusta verdad? Si, le gusta mucho.
S-si… – respondí inconscientemente, casi fuera de mi.
Davidson inició un mete y saca con sus dedos dentro de mi
sexo, me estremecía, ni siquiera Fer había podido darme semejante placer. Así,
lo que antes me repugnaba, ahora me gustaba. Con lentitud su otra mano bajó de
mis pechos buscando mi trasero. Firme, pero suavemente, me los metió entre las
nalgas y empezó a frotarme el ano. Ya no cabía en mi de placer, sentir esos
dedos dentro de mis cavidades era demasiado. Mi respiración se agitó y mi
corazón se aceleró, el clímax se acercaba a zancadas, estaba a punto pero
entonces, paró.
¡Estoy muy impresionado Pamela!, pero… todavía no deseo
que termine. – dijo despojándose de su pantalón y de la corbata – Venga aquí
y chúpemela.
Hizo que me arrodillara frente a el y sin pensarlo me lo metí
en la boca y lo comencé a chupar de nuevo mientras él me agarraba de la cabeza y
me guiaba. Sentía arcadas cuando me la embutía hasta el fondo, era un falo
bárbaro, no menos de 25 cm, duro, venoso, negro y bastante grueso. En su rostro
se veía el placer y la lujuria, casi llega al orgasmo pero no quería terminar
solo así.
Dese la vuelta y póngase en 4… ya sabe lo que viene. –
obedecí inmediatamente como una autómata, aunque sentía mucho miedo.
Para ese momento ya no era yo, era solo un pedazo de carne
que vibraba al ritmo de ese. Toda mi vida pasó frente a mi, mi esposo, mis
padres, mis hijos, me sentí traicionera y despreciable, no por lo que estaba
haciendo, pues era un sacrificio necesario, sino por lo que estaba sintiendo:
estaba muy excitada, y si el me lo hubiese exigido, le habría suplicado que me
la metiera. El tipo acomodó su pene en la entrada de mi vagina y empujó. Sentí
cada cm que me introdujo y me dolió, pero ya no estaba en condiciones de
protestar, ya no era yo, era un objeto de placer. Por fin todo ese falo estuvo
dentro mi, procedió entonces a embestirme sin piedad, arrancándome gritos y
gemidos que apenas logré ahogar en un sordo y ronco sonido gutural. Su gran pene
taladraba mi intimidad sin compasión, forzándola al máximo, me sentía atrapada
estando en 4 y sujetada con fuerza del pelo, de su propiedad, y rodeada de su
gente, que no perdían detalle.
¡¡¡AAAGGHHH!!! ¡¡¡AAAGGHHH!!! ¡¡¡MMMGGGRRRR!!!
¡Si Pamela, gima perra!, ¡siéntalo todo, gócelo!
Y así fue, casi instantáneamente al dolor se le unió un
retorcido placer. A partir de ese día hallé el gusto a ser empalada por vergas
muy viriles y rudas, desde ese día el dolor se tornó en placer y la dominación
se convirtió en sometimiento voluntario. Me dio durísimo por un buen rato,
Davidson estaba fuera de si. Los fortísimos embates hacían estremecer
frenéticamente a mis chichitas bajo mi pecho. Y yo, su puta sumisa, luchaba por
ahogar mis gritos de dolor y placer.
Cerré con fuerzas los ojos, fruncí el ceño y me invadieron
los dulces estremecimientos del clímax antes la sorpresa y deleite del negro. Al
poco rato Davidson también comenzó a dar señales de cansancio. Se salió de mi,
me jaló y me puso con la cara bajo su pene a punto de explotar. Después de unas
sacudidas dejó salir de su miembro gruesos chorros de semen blanco que de nuevo
cayeron sobre mi rostro, en medio de gruñidos y expresiones de placer. Luego
cayó rendido a mi lado, que quedé arrodillada dándole la espalda. Todavía no
comprendía lo que acababa de hacer, lo que me hizo. Me preguntaba por qué me dio
tanto placer, no lo sabía.
Dese la vuelta y no se limpie el semen de la cara. –
obedecí – Me impresionó Pamela, no me lo esperaba, es una hembra increíble.
Ahora que me ha dejado fascinado y con ganas de más, vamos a salir muy
satisfechos y beneficiados esta noche los 2… muy satisfechos y beneficiados…
tenga, póngase esto. – me dijo, tirándome una diminuta tanga roja y un
collar de perro, yo estaba sumida en la nada, cabizbaja y con la mente
volando.
¿Quiere que me lo ponga?
Así es…
Pero… no me va a quedar… – le dije, viendo la tanguita
tan pequeña.
No importa, si te aprieta mucho mejor… quiero verte
vestida así… – obedecí, me puse la prenda, que era casi solo hilo por todos
lados, con un triángulo elástico al frente, la parte trasera se me metió
hasta el fondo – Pamela, no tiene idea de lo bien que se le mira… – sacó una
cámara – Esto tiene que guardarse para la posteridad. – y me tomó varias
fotos, no dije nada, no atiné a hacerlo, y la sensación de la tela de esa
prenda contra mi piel y el morbo de tener un collar de perro en el cuello,
más el hecho de que me encontraba por completo denuda, empezó a excitarme
lentamente – ¡Pamela, no puedo creerlo! ¡Será posible que se estés
calentando otra vez! – exclamó al pasar su dedo por en medio de mi raja que
halló mojada, me dio mucha vergüenza – ¡Es una hembra extraordinaria, una
perra increíble!… ¿segura que nunca lo había hecho antes?
Nunca, jamás…
¿Y tampoco fantaseabas con esto?
No, nunca… tampoco…
¡Extraordinario! Me he topado con una verdadera joya
sexual. Bueno, vámonos, va a ser una noche larga… y además, le tengo una
propuesta…
¿Propuesta? – me inquieté, ¿no se suponía que el acuerdo
estaba hecho? – ¿Qué propuesta?
Bueno, básicamente es solo modificar un pequeño punto del
acuerdo.
¿Qué punto?
Señora Pamela, le ofrezco lo siguiente: si usted acepta
esta propuesta, no solo terminaré de administrarle todo el tratamiento a su
hijo, sino que también me abstendré de someter sexualmente a su esposo. Para
ellos será como si nunca hubiese pasado nada.
Y… – tenía mido de preguntar, pero tenía que hacerlo –
¿qué pide a cambio?
A usted señora, a usted… la quiero tener a mi lado como
mi esclava… para siempre…
¡¿Cómo dice?! – exclamé alarmada - ¡Usted está loco!
No se preocupe, que eso dependerá totalmente de usted, y
aunque me diga que no el pacto anterior continuará en pié. Piénselo señora…
si acepta, salvará a su marido de la humillación a la que usted ha sido
sometida el día de hoy… véalo como una especie de sacrificio. –
El negro se rió y ordenó que entráramos al vehículo, el
guardia de piloto junto a la secretaria, Marvin y la Godínez se sentaron junto a
nosotros. ¡Dios mío, qué iba a hacer! No quería estar en las manos de ese
degenerado para siempre, pero tampoco quería que mi esposo sufriera estas cosas
y estaba en mis manos evitarlo… ¿qué hacer Dios mío, qué hacer?
CONTINUARÁ…
Garganta de Cuero.
Pueden mandarme sus comentarios y sugerencias a mi correo
electrónico, con gusto los leeré y contestaré.