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TODORELATOS » RELATOS » POSESIóN (2: LA HECHICERA MEDEA)
[ Buey sin cencerro, piérdese presto. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 13 de Mayo, 2008.
Fecha: 20-Feb-08 « Anterior | Siguiente » en Control Mental (252 de 259)

Posesión (2: La hechicera Medea)

Nocturna
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Segunda parte de Posesión, los secretos de la videocámara se descubren... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Cintas de Video.

Las imágenes se sucedieron rápidamente al principio, fotograma a fotograma, tan sólo se observaba un desesperante fundido en negro. Por fin, tres horas después, el monitor les mostró lo que deseaban ver. Al encenderse la luz de la sala detuvieron el avance rápido para observar mejor lo que sucedía. Varios hombres acababan de entrar en un cuarto de más de cincuenta metros cuadrados, las paredes eran de piedra gris y sólo estaban decoradas por los bancos de madera que rodeaban la estancia a excepción de uno de los muros, en el que reposaba un pequeño estante sobre el cual habían depositado una caja oscura de pequeñas dimensiones.

Poco a poco los hombres fueron tomando asiento, vestían trajes caros y llevaban los rostros ocultos por un antifaz rojo sin adornos, pero lo bastante grande como para impedir que se les reconociera. Unos minutos más tarde dos hombres más guiados por un tercero, arrastraban a una joven hasta el interior del cuarto. Tenía el rostro surcado de lágrimas y el maquillaje había dejado huellas oscuras en sus mejillas. La dejaron en el centro del cuarto y cerraron con llave.

La mujer parecía terriblemente asustada, sin embargo los hombres allí presentes se habían limitado a tomar asiento y mirarla en silencio. No se apreciaban armas, ni siquiera por parte de los tres que llegaron en último lugar tirando de ella. En sus ojos y en sus labios, lo único visible en sus caras, no se apreciaba la más mínima señal de amenaza, por el contrario, parecían expectantes y curiosos.

Uno de los hombres se dirigió hacia la pequeña caja y sacó de ella una cámara de vídeo antigua. La colocó sobre la caja, tras cerrarla de nuevo, y tomó asiento. Durante varios minutos nadie dijo absolutamente nada, tan sólo podían escucharse los lloriqueos de la muchacha que se había dejado caer al suelo. La habían escuchado gritar en varias ocasiones mientras preparaban la cámara, exigía saber que hacía allí y por qué no la dejaban marcharse. Pero nadie tuvo a bien darle explicaciones.

¿Sigue apagada?

Si. El tipo ni siquiera la ha puesto en marcha, se ha limitado a dejarla sobre la repisa.

No parece que la estén amenazando.

No. Fíjate bien, sólo esperan.

Si. Mira...

La mujer había comenzado a tranquilizarse poco a poco, agotada tras tanto gritar y llorar sin que nadie le hiciera caso. Estaba de rodillas en el suelo con la cabeza gacha y los puños apretados intentando controlar el llanto. El piloto de la cámara de vídeo se había encendido solo, un diminuto punto de color rojo a penas visible con la luz de la sala. Pero ahí estaba. Ella dirigió su mirada hacia allí y respiró hondo. Cerró los ojos y pareció asentir imperceptiblemente. Lentamente se fue poniendo en pie y comenzó a desabrocharse los botones de la camisa, aún con los ojos cerrados, su respiración se había tranquilizado y parecía ajena a todo lo que la rodeaba.

¿Alguien ha visto algo?

Nada. Rebobina un momento...

¿Ahora?

No, nadie se ha dirigido a ella, es como si lo hiciera por voluntad propia.

Si, pero no es así.

La joven se desprendió de la camisa y continuó con las botas, las medias, el vaquero y por último el sujetador. Se desnudó muy lentamente, como si quisiera que aquellos tipos la contemplaran bien, sin embargo se había puesto de espaldas a ellos.

Juraría que ha hecho el striptease para ese cacharro.

Y así es.

No puedo creerlo, en serio insistes en esa estúpida idea.

Lo estás viendo tu mismo.

Volvieron a mirar al monitor. La joven adoptaba un pose bastante desinhibida mientras deslizaba la ropa entre sus piernas, quedando totalmente desnuda, sus manos se deslizaban por su cuerpo acariciándolo, pellizcando los pezones, frotando su entrepierna. Quienes la contemplaban en la sala, parecían tan sorprendidos como el resto. Uno de aquellos hombres se puso en pie y salió de la sala irritado, bramando que aquello no era más que una burda actuación.

Y yo estoy de acuerdo. Está claro que es una actriz.

Apagaron el monitor.

Teniente, esa mujer no es ninguna actriz, puedo asegurárselo.

¿Tiene pruebas de eso?

Si.

Le entregó una carpeta con varios documentos, fotocopia del DNI, fotos, un informe personal sobre la mujer del video, no era más que una estudiante de medicina del sur de la ciudad, tenía suficiente dinero como para no necesitar ganarse la vida de aquel modo, todo su tiempo libre lo pasaba ejerciendo en la organización "Payasos sin fronteras" en el mismo hospital en que realizaba las prácticas. Se le conocía su participación en diversas manifestaciones a favor de la nueva ley contra la violencia doméstica, la habían investigado a fondo para conocer sus costumbres sexuales. Jamás se acostaba con un chico al que no hubiese conocido a fondo primeramente, nunca había pasado una noche fuera de casa y si se quedaba sola en su apartamento sus amigas solían ir a dormir con ella. No, por más que quisieran negarlo, aquella muchacha era demasiado puritana como para hacer algo así por voluntad propia.

Bien, en ese caso está claro que la obligaron a hacerlo.

Pero en la grabación...

No estoy hablando de la grabación, Adrianne. Alguien debió extorsionarla para que hiciera eso. Le darían órdenes precisas de qué debía hacer, simplemente.

La mujer miró al Teniente de policía fijamente, haciendo un soberano esfuerzo para no hacer que se tragara el televisor.

¿Si traigo esa cámara me creerá?

¿Vas a ofrecernos un streptease delante de ella, sargento?

Caya, Colt, no estoy hablando contigo – murmuró la mujer fuera de sí.

Da igual, Adrianne. Limítate a arrestar a esos tipos y que ellos nos cuenten como lo hicieron, esta cinta es suficiente para declararles culpables en el juicio. Murtag debió cubrirse el rostro al igual que sus compinches.

Pero señor ese objeto es peligros....

Haz lo que te he dicho o te relevaré del caso y te pondré en una oficina. – le advirtió el Teniente.

Si, señor – contestó Adrianne con desgana.

Cuando ella y Colt se quedaron a solas, Adrianne golpeó la pared con el puño cerrado para descargar la frustración acumulada. Colt volvió a encender la cinta y se dispuso a terminar de ver la grabación. Al darse cuenta, la joven frunció el ceño y le dio un buen puñetazo.

Ouch! ¿A qué viene eso?

No eres más que un maldito pervertido.

Eso es lo que te gusta de mi – le dijo él mientras la veía salir de la sala con la cinta de video en la mano.

¡Vete al cuerno! – le gritó ella como toda respuesta.

Días más tarde, Murtag, el proxeneta más famoso de la ciudad, era encarcelado con una condena de más de 250 años de prisión. Consiguió una rebaja de cien años por desenmascarar a algunos de los hombres que aparecían en la cinta de video, la cual fue exhibida entera durante el juicio. La muchacha que la protagonizaba acabó recluida en un psiquiátrico de la ciudad. La joven repetía una y otra vez que aquella maldita cámara le había ordenado hacer aquellas cosas horribles, que se metió en su mente y se lo ordenó y ella no pudo negarse. Ni siquiera el cassette de la famosa cámara de video, que mostraba lo sucedido en aquella sala, fue suficiente para probar que no mentía.

Me está hablando, es imposible que no lo oigáis, se mete en mi mente. – fue lo último que la Sargento Adrianne escuchó decir a la muchacha antes de que la encerraran en una habitación acolchada para impedir que se hiciera daño.

Tuvo que insistir mucho para que le permitieran llevarse la cámara y el cassette de ésta a casa. Quería investigar más a fondo. Al llegar a su apartamento, puso el cassette en el reproductor, la chica había asegurado que podía oír la voz de la cámara, pero Adrianne no escuchaba nada por más que subía el volumen, excepto los gemidos de la pobre desgraciada. Esa noche tuvo que admitir para sí misma, que quizá se hubiera equivocado con toda aquella historia. Tal vez... si, tal vez todo tuviera una explicación racional... tal vez.

Adrianne y Robert.

Su marido la encontró recostada en el sofá de la sala con la botella de ginebra sobre el regazo y los ojos perdidos en la nada. La saludó con un cariñoso beso que le confirmó que la mujer aún no había ingerido ni una sola gota de alcohol y sonrió para sus adentros. El padre de Adrianne era un borracho compulsivo, la joven nunca había seguido su ejemplo pero, cuando estaba frustrada o molesta por algo, no podía evitar imitar a su padre y coger la botella de alcohol que tuviera más a mano.

Te parecerá una tontería, pero sentir que puedo sostenerla entre mis manos sin bebérmela me hace sentir mejor – le había confesado cuando aún eran sólo novios.

Él sabía que su esposa estaba pasando por momentos muy duros en su trabajo, sus dos casos anteriores habían resultado un absoluto desastre y su carrera pendía de un fino hilo. Detener a Murtag y a sus cómplices había supuesto un leve alivio para la apretada soga que se cernía alrededor de su cuello, pero algo seguía inquietándola y le impedía dormir tranquila por las noches. Él había hecho todo cuanto se le ocurrió para animarla y alejar su mente de los problemas que la absorbían, pero no tuvo todo el éxito deseado. Tras mucho intentarlo decidió dejarle espacio, quizá de esa manera, ella misma encontrara el modo de solucionarlo.

Ni siquiera se molestó en preguntarle si había cenado algo, conocía aquella expresión de su rostro, no comería nada esa noche, se quedaría allí sentada con la mirada en blanco y la mente trabajando al cien por cien. Se desvistió y abrió la cama para acostarse antes de ir de nuevo al salón y darle un cálido beso de buenas noches que ella se esforzó por devolver junto a una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.

Horas más tarde, Adrianne se despertó de golpe, tenía el cuello dolorido por la forzada postura que su cuerpo fue adoptando al quedarse dormida en el sofá. Se estiró y masajeó la nuca para aliviar la tensión. Tantas horas en vela y no había logrado sacar nada en claro, quizá fuera el momento de rendirse y volver a la cama. Al aproximarse a la puerta un ruido llamó su atención. Parecían jadeos, algo le sucedía a Robert. De un golpe abrió la puerta y se quedó congelada bajo el marco que la albergaba. La visión que inundó sus pupilas la dejó quieta en el sitio con los ojos fijos en la escena que se estaba desarrollando frente a ella.

Robert había encendido una pequeña lamparita que había sobre el escritorio frente a la cama, la había atenuado y dirigido sobre el colchón por lo que, aunque casi a oscuras, el suave haz de luz era suficiente para vislumbrar lo que estaba sucediendo. El hombre yacía sobre la cama completamente desnudo, sus manos y pies habían sido atados a las cuatro esquinas haciendo uso de las sábanas y un par de pañuelos de ella. Tenía el rostro desencajado en una exultante expresión de placer, los ojos en blanco y gemía con dificultad, como si le costara respirar. La razón, una difusa sombra de humo que parecía estar recostada sobre él, finos hilos de neblina aprisionaban su garganta como si quisieran privarle de aliento. Su miembro estaba hinchado, apunto de reventar y apuntando hacia el techo, gruesas serpientes de humo parecían rodearlo y exprimirlo entre sus invisibles anillos.

¿Qué... – la voz se le atragantó cuando trató de hablar, tosió para aclararse y volvió a intentarlo – Robert, ¿Qué está pasando? – pero él no la oía - ¡Robert! – gritó Adrianne desde la puerta.

Al ver que el hombre no iba a contestar a sus llamadas, la joven se adelantó para zarandearle. Algo cruzó su campo de visión asustándola y obligándola a detenerse y darse la vuelta muy lentamente. Allí, sobre el escritorio, la cámara de video iluminaba la oscuridad con un diminuto destello rojo.

III. Ráfagas

Sara Cunningan, Elisabeth Grey, John Kener, Div...

Si, si, si, sargento por favor, me ha relatado esos treinta y cinco nombres al menos una docena de veces.

Son demasiados casos, y probablemente haya muchos más.

Nadie en su sano juicio iría por ahí contando que le violó una cámara de video, quedaría como un gilipolla...

¡Colt! – Adrianne estalló golpeando la mesa del despacho con las treinta y cinco carpetas que tenía entre las manos.

La actitud de su subordinado la exasperaba, se comportaba como un maldito bruto sin sentimientos, la clase de persona que desearía tener un poder como el que proporcionaba la videocámara que ocupaba su mente cada día. Debía recordarse con frecuencia, que Colt era uno de los mejores hombres que había tenido a su cargo y que le había salvado la vida en multitud de ocasiones, que a pesar de su apariencia, jamás le había puesto la mano encima a nadie, menos aún a una mujer que no consintiera antes. La tensión a la que se hallaba sometida por sus recientes fracasos la ponían de muy mal humor, algo que pagaba con Colt para ahorrarle tan inmerecido castigo a su esposo que hacía cuanto estaba en su mano por apoyarla y dejarle espacio.

Perdona Adrianne – siempre la llamaba por su nombre de pila cuando hablaba en serio – también me preocupa pero todos esos casos están cerrados y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. No todo el mundo ha acabado como la doctora.

Tendrían que escucharme, sólo por ella – insistió la mujer cubriéndose los ojos con la mano.

Estás cansada, ve a casa, date un baño, una cena tranquila y échale un buen polvo a tu marido – bromeó el hombre sonriendo de oreja a oreja y tomándola de la cintura para empujarla hacia la salida.

No cambiarás nunca ¿verdad? – el hombre se quedó un buen rato en silencio y mirando al techo, finalmente añadió, antes de mandarla a casa:

No, al menos mientras pueda evitarlo.

Por algún motivo que no le quedaba claro, Adrianne había rememorado estas palabras mientras contemplaba como su marido era asaltado por una columna de humo oscuro.

Disfrutaba tanto, ¿por qué con ella no gemía así? Pero, por otro lado ¿cuándo había gemido ella así estando con Robert? No es que fuera un adonis, alto y delgado, ella siempre le ganaba cuando echaban un pulso, claro que él era hombre de oficina y ella peleaba en la calle. Colt, él si que era un gran tío, más alto que ella, musculoso, parecía un guerrero de la antigüedad, forjado para sostener una gigantesca espada, si, estaba segura de que su espada era bastante gigantesca, más que la de su marido, al menos eso percibió aquel día en las duchas, sólo de refilón, la culpa fue de él, no debió obligarla a ir a buscarle, y estaba solo, totalmente cubierto de agua y con aquella indecente sonrisa suya. Ella se había sonrojado, estaba enfurecida y dispuesta a cantarle las cuarenta, pero cuando lo vio así se quedó muda y más roja que un tomate.... era tan...él era.... si ella no estuviera casada...

¿Pero qué estoy pensando? – bramó la mujer saliendo de su momentánea ensoñación, de un fuerte manotazo derribó la cámara del video y la inquietante luz roja parpadeó un instante que le pareció interminable y finalmente se apagó. El humo desapareció como por ensalmo y ella se sintió libre, como si un minuto antes no lo hubiera sido.

¿Adrianne? – inquirió su esposo mirándola fijamente algo confundido.

Mi amor ¿estás bien? – inquirió ella con preocupación comenzando a desatarle.

No sabía que ahora te gustaban estos jueguecitos – dijo él. Su respiración aún era agitada y su miembro seguía enhiesto, temblaba de excitación y Adrianne se percató de que no tenía ni idea de lo que había sucedido.

Seguramente pensaría que ella le había sorprendido mientras dormía y era la causante de todo. Al fin y al cabo no sería la primera vez que uno de los dos despertaba de forma tan placentera al otro en mitad de la noche.

Al recordar a la joven doctora, interna en un psiquiátrico, Adrianne tuvo miedo, respiró hondo y sonrió con dulzura a su marido antes de besarle y terminar lo que la cámara había comenzado, pues ahora, ya no le quedaba ninguna duda de su poder. Mientras sentía como su esposo se corría entre sus habilidosas manos, Adrianne se juró que acabaría con aquel endemoniado aparato.

IV. Solución alternativa

No importa lo que hiciera, golpearla contra el suelo, aplastarla bajo el peso del martillo, sumergirla en agua, congelarla, carbonizarla, todo era inútil. Llevaba más de tres días intentando destrozar la dichosa cámara de video sin ningún éxito. Tras prenderle fuego y ver como el plástico carbonizado y el cristal quemado se desprendían del armazón revelando uno nuevo y más brillante al anterior, Adrianne se dio por vencida. Estaba claro que aquella cámara no era un objeto normal, de dónde había salido y quién la habría construido era algo que ignoraba por completo y empezó a pensar que debería averiguarlo si quería deshacerse de ella.

Colt estaba al tanto de los infructuosos intentos de su jefa, la mañana del tercer día había sugerido arrojar la cámara al océano presa de cadenas y pesas suficientes para obligarla a quedarse en el fondo por toda la eternidad. Adrianne le miró un instante, sacó una de las treinta y cinco carpetas que tenía en su escritorio, revisó el nombre y se la alargó con gesto cansado. Colt la abrió y tras unos minutos mientras los cuales leía su contenido, se mordió el labio inferior, meneó la cabeza con desasosiego y le devolvió la carpeta.

Supongo que no somos los primeros en intentarlo – murmuró desabrochándose el cuello de la camisa.

Ya no sé que hacer con este maldito trasto – la mujer cayó derrotada sobre una silla y se cubrió la cara con las manos.

La cámara estaba dentro de una bolsa sobre la mesa de su despacho, tras lo sucedido con su marido, Adrianne siempre la llevaba encima evitando que cayera en otras manos que no fueran las suyas. Colt se puso en pie y abrió la bolsa.

Insensato, ¿qué crees que haces? – inquirió Adrianne saltando de su asiento como impulsada por un resorte.

Sólo quiero mirarla de cerca, tranquila.

No es un juguete ya te dije ... – la mujer, omitiendo los detalles más escabrosos, acabó por contarle lo sucedido en su casa hacía dos noches, Colt asintió recordando lo dicho y volvió a guardarla en la bolsa.

Bien, pues averigüemos quién o qué la construyó y que la desactive o lo que sea que deba hacer con esta cosa.

Pero no es tan fácil, llevo más de una semana buscando información, no tiene número de serie, ni marca de fabricación, todo cuánto hago por deshacerme de ella parece .... inútil – tras la última palabra se desplomó sobre la mesa y la golpeó con el puño cerrado.

Colt contempló la bolsa pensativo, luego pareció como si una idea surcase sus miles de fibrosas neuronas y se golpeó la frente con la palma de la mano izquierda abierta. Miró a la mujer con el ceño fruncido y por fin se aproximó a ella.

Hazme un favor, estás agotada, ¿por qué no vas a por unos cafés al bar de Charlie y algo dulce que comer? Te vendrá bien un poco de aire, yo me ocuparé de que nadie se acerqué a la cámara y mientras revisaré esas carpetas por si hay algo que se nos haya pasado por alto.

A pesar de que la mujer era reacia a separarse de la cámara, finalmente aceptó y salió del despacho. Colt aprovechó entonces para sacar la cámara y un destornillador, poco a poco fue desmontando la pieza lentamente hasta que cada fracción estuvo colocada, por orden, sobre la mesa, la contempló con una lupa de aumento buscando marcas, o señales reconocibles que pudieran servir para encontrar al fabricante. Estaba a punto de darse por vencido cuando, de pronto, la luz de la lamparita que tenía sobre la mesa, se reflejó sobre la pequeña cinta de cassette que había sacado de la cámara antes de desmontarla. Pensando que no perdía nada por intentarlo, Colt metió todas las piezas en la bolsa y se dirigió con ellas a una sala especial en la que se analizaban cintas y discos de todo tipo.

Tras elegir el aparato apropiado, colocó el cassette en el reproductor y comenzó a manipular el ordenador para ampliar el sonido y luego limpiar la imagen. Tardó un poco, pero finalmente encontró algo que, sin duda, le serviría de mucho. En la esquina inferior derecha, un diminuto símbolo se iluminaba de blanco sobre el oscuro escenario que se visualizaba. Lo copió en una hoja y, tras comprobar que las piezas de la cámara se habían reconstruido por sí mismas, volvió a guardar la cinta en su sitio y regresó con la bolsa al despacho.

Tres días más tarde, Adrianne recibió una llamada de su subordinado pidiéndole que se reuniera con él en una dirección de una ciudad situada a más de seiscientos kilómetros de allí. Totalmente fuera de su jurisdicción. En circunstancias normales, la mujer se habría limitado a enviar un coche para recogerlo, ya que a veces las juergas de Colt solían llevarle a parajes extraños. Pero la mención de la cámara de vídeo la convenció de inmediato.

Horas después, Adrianne se encontró en un viejo callejón de la parte vieja de la ciudad, una diminuta tienda cuyo escaparate mostraba diversos elementos de brujería y magia antigua, despuntaba bajo la luz de un farol en la oscura noche invernal. Adrianne comprobó dos veces más la dirección y, fuera ya de toda duda, abrió sin dificultad la puerta del establecimiento y se internó en un mar de oscuridad y olores especiados e intensos que se metían a través de sus fosas nasales mareándola. Al fondo un cortinaje rojizo cubría la trastienda, tras él, reconoció de inmediato la voz de Colt y una que no le resultaba nada familiar. Con paso firme y la mano cerca de la empuñadura de su arma, Adrianne se encaminó a la trastienda, retiró de un solo tirón el tupido cortinaje y se encontró ante una escena que la confundió totalmente.

Colt estaba arrodillado en el suelo, completamente desnudo, una fina columna de humo gris rodeaba sus muñecas manteniéndolas unidas a su espalda. Gotas de sudor perlaban su amplio torax, cayendo desde el cuello y los hombros. Tenía la boca entreabierta y la mirada fija en la pierna de una mujer. Una pierna cubierta por una fina media de color canela y enfundada en una bota de tacón marrón que mantenía apoyada sobre el muslo izquierdo del hombre, ejerciendo la justa presión. La dueña, una mujer de unos cincuenta y cinco años, se giró hacia ella y le dedicó una amplia sonrisa de bienvenida.

Te estábamos esperando – le dijo con una voz musical que parecía acariciar las palabras. Adrianne la contempló boquiabierta incapaz de decir nada.

La mujer se apartó de Colt y caminó hacia ella, se detuvo a pocos centímetros, alzó los brazos y la estrechó con fuerza, como si fuera una vieja amiga a la que hacía tiempo que no veía. Cuando se apartó, Adrianne pudo apreciar la belleza de aquel rostro, sus rasgos eran suaves a pesar de que las arrugas propias de la edad comenzaban a marcarla, tenía unos brillantes ojos negros y una expresión dulce y tranquilizadora. Iba a penas vestida con una larga bata de seda beig anudada a la cintura y, tan marcada, que dejaba apreciar la desnudez de su cuerpo bajo la tela.

¿Qué... – tuvo que aclararse la garganta antes de continuar - ¿Qué le has hecho?

Nada que él no deseara, te lo aseguro.

Caminó de nuevo hasta situarse frente al policía, se inclinó sosteniendo su barbilla con los dedos y le besó tiernamente, mientras le acariciaba la mejilla con el dorso de la mano. Colt no se resistió, al contrario, le devolvió el beso con pasión desmedida y cuando ella se retiró, no parecía haber quedado saciado del todo, pues la buscaba con los labios.

¿Lo ves? – Adrianne negó abrumada por el cúmulo de sensaciones que estaba experimentando. Su vista se deslizó por la sala que era la trastienda, hasta dar con el punto de luz rojizo que tan bien conocía.

Es la cámara – murmuró acusadoramente – la has usado contra él.

¿Contra él? No querida, esa cámara no es un arma. No puede utilizarse contra nadie.

Eso explícaselo a Anna Lienner, puedes encontrarla en el hospital psiquiátrico de ...

Oh – la mujer pareció entristecerse – recuerdo bien a Anna. Pero no puedes culpar a la cámara de lo que le sucedió.

¡Ese maldito cacharro está endemoniado!¡Debería ser destruido!¿Cómo puedes decir que no es culpable? – Adrianne había estallado, las tensiones de los últimos meses acababan de desbordarla, era obvio que la cámara de video obraba por su cuenta cosas terribles, ¿cómo podía aquella mujer negar algo tan obvio?

No es un objeto del mal – la mujer hablaba de modo muy tranquilizador, se había aproximado de nuevo a Adrianne y ahora Colt la buscaba con la mirada desesperadamente, sin proferir más que tenues gemidos. – Su poder, de hecho, es bastante limitado. No fue creada para dañar sino para liberar.

¿A qué te refieres?

Empecemos desde el principio. Por favor, siéntate, él está bien – Adrianne había vuelto a centrar su atención en su compañero, las mejillas se le encendieron, pero por algún extraño motivo confió en la palabra de su interlocutora.

Al otro lado de la trastienda, cerca de la cámara, había un pequeño sofá. Adrianne y la mujer se sentaron, ésta le ofreció un vaso que contenía un líquido anaranjado pero que olía a alcohol, Adrianne lo rechazó, no tenía fuerzas para beber nada ahora, quería tener la mente lo más clara posible pues la situación ya se salía bastante de lo normal.

¿Quién eres?

Mi nombre es Medea.

¿Cómo la hechicera? – Medea sonrió e inclinó la cabeza divertida.

Si, algo así.

¿Es obra tuya?

Así es. Mi pequeña – dijo refiriéndose a la cámara y mirándola con cariño.

No lo entiendo.

Es más sencillo de lo que parece. Tuve una amiga, sólo teníamos quince años, venía de una familia de férreas convicciones religiosas, impartían una educación rígida y anticuada a su hija, el puritanismo más exacerbado que puedas imaginar. Y ella se enamoró.

Al rememorar el pasado, Medea parecía teñirse de tristeza, sus brillantes ojos oscuros perdían parte de aquel brillo y durante unos minutos su mente vagó muy lejos de allí, antes de regresar a la realidad y proseguir con su historia.

Eran tan mojigatos, no se daban cuenta del mal que le estaban causando a su hija. Se autocastigaba noche tras noche por cosas tan pequeñas.... Por ruborizarse al mirarle, por pensar en él en mitad de sus oraciones, por sonreír cuando él le decía que era bonita. Era incapaz de desinhibirse, de vivir la vida de un modo sano y normal.

¿Por eso inventaste la cámara? – inquirió Adrianne interesada.

Inventar, no sería la palabra correcta, pero sí, puede decirse que la inventé por eso. Todo aquel que se pone frente a su objetivo es capaz de liberarse de las ataduras de la sociedad y vivir placenteramente algo tan maravilloso como es el sexo.

¿Y Anna?

Querida niña – Medea le sonrió comprensivamente – a Anna no la enloqueció la cámara, sino el saberse expuesta a ese nido de perversión que aquel hombre había creado a su alrededor.

Pero hay muchos otros que han sufrido por tu invento, ¿no entiendes lo peligroso que es?

No fue concebido para vagar libremente, en eso he de admitir mi culpa. Sólo tenía quince años, y lo hice lo mejor que pude, aunque eso no sea una excusa. Me alegra haberla recuperado.

¿Cómo sé que puedo creer lo que me dices? – inquirió Adrianne al cabo de un minuto – toda esta historia me suena a un bonito cuento, pero cuento al fin y al cabo. ¿Cómo sé que tus intenciones no fueron otras?¿Cómo..

Compruébalo por ti misma – Adrianne se quedó estupefacta.

¿Qué... a qué te refieres?

Bueno él ya lo está comprobando, sólo debes liberar tu mente y ponerte frente al objetivo. ¿A qué le tienes miedo? Ya has llegado hasta aquí.

Era cierto, había estado obsesionada con el poder de la cámara durante mucho tiempo, tanto que había minado la relación con su marido alejándola de él, estaba al borde de la cuerda floja en su trabajo y hacía meses que no se tomaba un buen descanso. Pese a todos sus esfuerzos por entender el poder de aquella cámara, lo cierto es que jamás se había atrevido a probarlo por sí misma. Menos aún tras ver lo que le sucedió a su marido y sentir los finos hilos que la cámara había empezado a tejer sobre ella. El único modo en que podía acabar con toda aquella pesadilla era exponiéndose a sí misma.

No era tan sencillo. El miedo no era lo único que la detenía. ¿Qué pasaba con Robert?¿Podría perdonarla él si cometía alguna locura al exponerse de aquel modo al misterioso poder de la cámara? Lo amaba demasiado como para arriesgarse a hacerle daño y, aún así...

Adrianne se puso en pie y caminó hacia Colt. Podía contemplar el minúsculo punto rojo que la apuntaba amenazadoramente desde el otro extremo de la habitación. Estaba muy tensa, incapaz de relajarse. Colt se puso en pie, la fina columna de humo que mantuviera sujetas sus muñecas se había evaporado. El hombre se aplicó a desabrochar la chaqueta de la mujer, con dedos ágiles y rápidos no tardó en deshacerse de la prenda y lanzarla lejos. Adrianne lo observó sin atreverse a mover un músculo. Volvió a recordar la escena de la ducha, ella había pasado un mal trago, pero él no parecía molesto por la intromisión, había sonreído como si todo aquello fuera muy divertido, ni siquiera se preocupó de cubrirse con una toalla y ella no tuvo más remedio que salir de los vestuarios totalmente abochornada y con la respiración agitada.

Tardó varios días en deshacerse de la provocadora imagen, Colt era tan atractivo, muchas veces se sorprendía a sí misma recordando los detalles, recreándose en ellos, pero a menudo se obligaba a alejar aquellos pensamientos de sí, enterrándolos en lo más profundo de su ser.

Ahora, una susurrante voz se colaba en su mente y la incitaba a recordarlo todo de nuevo, a disfrutar de ello, poco a poco se dejó guiar por aquella voz acariciadora, mientras que Colt se dedicaba a desvestirla y contemplarla con devoción.

Sargento... – susurró al tenerla por fin totalmente expuesta a él. Adrianne hizo amago de cubrirse pero él no se lo permitió y comenzó a besarla y acariciarle la espalda y los senos.

Sus manos eran enormes y abarcaban el seno con facilidad haciéndolo desaparecer entre sus dedos, notaba la palma caliente sobre su fría piel y como los dedos pellizcaban el pezón y lo acariciaban juguetonamente. Adrianne gimió y cerró los ojos cuando Colt se inclinó para devorar sus pechos, la lengua húmeda y caliente dejaba surcos alrededor de los pezones que se endurecían ante su contacto. La mujer se aferró a los cabellos de Colt, le acariciaba el pelo y apretaba el rostro contra sí para sentirle con mayor intensidad. Quiso mirarle a la cara y tuvo que hacer un gran esfuerzo para separarle del manjar que degustaba. El hombre la miró con descaro y una amplia sonrisa en el rostro, Adrianne se sonrojó, pero el poder de la cámara seguía susurrándole palabras tranquilizadoras que la animaban a seguir adelante y llevar a cabo sus más íntimos deseos.

Sus manos recorrieron el torax de él arriba y abajo notando la musculatura bien desarrollada, la fuerza de sus brazos y hombros, tan diferentes a los de su marido. Y cuando él trató de recuperar lo que ella le había arrebatado al mantenerlo lejos de sus pechos, ella negó y se arrodilló para contemplar su erecto miembro, más grueso que el de Robert. Lo tomó con suavidad y comenzó a masajearlo, presionando con fuerza pero no tanto como para hacerle daño. Él se dejaba hacer con la mirada perdida en el techo de la sala y Medea los contemplaba a ambos sin perder detalle de la ejecución. No tardó en conseguir que Colt se corriera. Su semen, blanco y espeso, se derramó entre sus manos y ella se lo acercó al rostro mirándolo sobrecogida.

Cuando los gemidos de placer del hombre se desvanecieron, Adrianne se puso en pie y enjuagó las manos en una minúscula fuente que había tras de sí. Finas columnas de humo se enredaron en sus tobillos y ascendieron como sinuosas serpientes enroscándose en sus piernas, su abdomen y finalmente sus brazos. La acariciaban creando volutas grises a su alrededor y lentamente iban elevando su cuerpo y recostándolo en el aire, se introducían entre sus piernas haciéndola sentir un picante cosquilleo. Colt, más relajado ahora, se situó entre las piernas abiertas de ella y acarició con los dedos su vulva, pellizcando suavemente el clítoris y arrancando grititos de la garganta de ella. La penetraba despacio y rítmicamente con dos dedos de la otra mano, tan gruesos y cálidos que ella se retorcía bajo sus habilidosas manos. El humo también había comenzado a deslizarse sobre el viril cuerpo y trenzaba anillos alrededor del miembro, devolviéndole la tensión de minutos antes, haciéndolo izarse e hincharse, listo para ser usado de nuevo.

Medea se había puesto en pie y ahora acariciaba la espalda de Colt y sus firmes nalgas mientras sus ojos se interesaban por lo que el hombre le hacía a Adrianne. La entrepierna de esta aparecía húmeda y dispuesta, los labios inflamados y rojizos y el pequeño clítoris sobresaliendo como un botoncito que la hiciera gemir al ser apretado. Medea empujó lentamente a Colt para que se aproximara más a Adrianne, las volutas de humo dirigieron su pene hacia la entrada de ella e hicieron que la penetrase despacio. La mujer trataba de soltarse de las nebulosas cadenas que la atenazaban, deseaba tenerle dentro y la espera se le hacía eterna, la iba llenando tan lentamente que parecía como si jamás fuera a terminar. Con un pequeño empujón Medea logró que Colt estuviera por fin dentro de Adrianne y, mientras que el policía empezaba a moverse con regularidad dentro de ella, la hechicera le besaba y acariciaba los pechos de ella a un tiempo.

La cámara seguía grabándolo todo, centrando su objetivo allí donde se desarrollaba la acción, iluminando la oscura trastienda con su sempiterno ojo rojo. Las cortinas ya hacía rato que habían vuelto a cerrarse misteriosamente. Ahora, el humo servía de improvisado canal para el agua de la fuente, que en un fino reguero, se derramaba sobre Adrianne, humedeciendo sus senos y mezclándose con los fluidos que la pareja estaba segregando en su intenso y apasionado baile.

Cuando Adrianne por fin sintió la explosión dentro de ella y sus músculos empezaron a contraerse y relajarse, Colt aún permaneció unos minutos más dentro de ella, acariciando esta vez el clítoris de Medea, que se dejaba hacer abrazada al hombre, no tardó más que unos pocos minutos en correrse ella también, luego ayudó a Colt a salir del interior de Adrianne y a ella a tomar asiento en el sofá y relajarse. Adrianne observó como el humo tomaba forma de mujer y abarcaba con sus difusos labios el miembro varonil, varias figuras más se abrazaban a él y le acariciaban o besaban alternativamente.

¿No es hermoso? – inquirió Medea con los ojos brillantes y una sonrisa lasciva en su rostro.

S..si – logró contestar Adrianne.

Finalmente el hombre se corrió y quedó tendido en el suelo, con la respiración agitada y el cuerpo tembloroso por el esfuerzo. El humo se retiró al interior del objetivo y poco a poco, la luz rojiza de la cámara se apagó. Ya no quedaba duda, Medea no mentía, no había mal alguno en el poder de aquella cámara, no más que el que alguien sometido a ella por propia voluntad pudiera obligarse a sentir después de tan placentera experiencia.

Horas más tarde, Colt y Adrianne conducían de regreso a casa, Medea había prometido ocuparse de que la cámara jamás volviera a vagar fuera de su tienda. Costó mucho recuperarla y no tenía intención de volver a separarse de ella. Ahora, en el silencio de la carretera, con la luz de la luna como único testigo de su presencia, Adrianne no sabía que hacer, decir o sentir, después de lo sucedido. Observó a Colt por el rabillo del ojo, el hombre se veía sonriente y relajado, se había ofrecido a conducir el coche y Adrianne no había podido negarse.

Su mirada se dirigió a la alianza que llevaba en el dedo anular, lo hizo girar con nerviosismo de un lado a otro mientras se mordía el labio inferior.

¿Me amas? – la pregunta la pilló por sorpresa y Colt tuvo que repetírsela.

No, claro que no, yo estoy enamorada de Robert – respondió ella casi gritando.

¿Entonces dónde está el problema? – lo miró estupefacta.

¿Qué donde estaba el problema? Acababa de ponerle los cuernos a su marido, de la forma más extraña posible, y ahora se sentía terriblemente culpable. ¿Cómo iba a poder mirarle a la cara después de aquello? ¿Y a Colt? Seguramente después de los sucedido habría perdido el respeto del hombre, y ella era su superior. No imaginaba como podría regresar a la rutina y dar órdenes como antes de aquella tarde. Era todo tan complicado.

Te torturas innecesariamente – le respondió él cuando Adrianne le hizo partícipe de sus temores – yo tampoco te amo, eres una mujer estupenda Adrianne, y muy hermosa, siempre he deseado estar con alguien como tú, pero no te amo. Por mi parte lo de hoy nunca va a volver a repetirse. Seguirás siendo mi sargento y dejaré que me regañes todo lo que quieras cada vez que meta la pata – concluyó riendo. Ella no pudo por más que reír también.

Pero – dijo recuperándose - ¿qué pasa con Robert?

¿Le amas?

Más que a mi vida – dijo suspirando y acariciando de nuevo la alianza.

Pues no le des más vueltas, vuelve a casa con él esta noche y muéstrale lo que has aprendido – se giró para guiñarle un ojo y ella volvió a sonreír.

Quizá Colt tuviera razón, no era necesario complicarse tanto la vida. Cuando pensaba en lo sucedido aquella tarde, sabía que no había nada parecido al amor que sentía por su marido en lo ocurrido. Sólo el puro placer carnal, sexo sin sentimientos, una necesidad aplacada de saber lo que producía la cámara y nada más. Ahora ya no quedaba nada de aquello, y por más que lo pensara, más ganas tenía de regresar a casa y abrazarse a su marido, compensarle por las largas noches en que ella se había quedado trabajando hasta tarde y él se quedaba sólo, esperándola.

Colt

¿Si, sargento?

Es tarde, pero mañana tú y yo vamos a hablar largo y tendido sobre salir a investigar por tu cuenta. Espero que sea la última vez que cometes una locura semejante. ¿Entendido? – Colt hizo un gran esfuerzo para no sonreír.

Entendido sargento. La última vez.

 

 

La campanilla de la puerta repicó con sonoridad inundando el pequeño establecimiento, una mujer de cabellos claros y marcadas arrugas en los ojos apareció tras una larga cortina roja y saludó con la mano.

Le atiendo en un minuto.

El hombre que acababa de entrar en la tienda sonrió conciliador y se dedicó a contemplar los diversos productos del establecimiento, aceites corporales, hierbas conservadas en tarros de cristal, pentáculos de plata, velas de colores ...

Ya puede pasar – la voz de la mujer le sorprendió.

La siguió rápidamente al interior de la trastienda tratando de encontrar el valor necesario para decirle su nombre en lugar de dar media vuelta y volver por donde había llegado. La mujer le retuvo con un gesto de la mano y le mostró su nombre en un viejo cuaderno de anotaciones.

Por favor, respire hondo y sitúese en el centro de la habitación. Empezará en seguida.

Mientras el hombre hacía lo que se le decía, un diminuto punto de luz rojiza comenzaba a encenderse al otro lado de la sala, la mujer tomó asiento en el sofá junto a la luz y se dispuso a observar. Debió habérsele ocurrido antes, un centro clandestino de terapia sexual, Adrianne se había alegrado mucho al conocer su idea, aunque era obvio que no lo necesitaba, en alguna ocasión quedaba con Medea para tomar un café y charlar. Colt, por el contrario, aprovechaba sus ratos libres para pasarse a recibir alguna que otra sesión "terapéutica".

- Jamás cambiará – dijo Adrianne sonriente – él nunca.

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