Las imágenes se sucedieron rápidamente al principio,
fotograma a fotograma, tan sólo se observaba un desesperante fundido en negro.
Por fin, tres horas después, el monitor les mostró lo que deseaban ver. Al
encenderse la luz de la sala detuvieron el avance rápido para observar mejor lo
que sucedía. Varios hombres acababan de entrar en un cuarto de más de cincuenta
metros cuadrados, las paredes eran de piedra gris y sólo estaban decoradas por
los bancos de madera que rodeaban la estancia a excepción de uno de los muros,
en el que reposaba un pequeño estante sobre el cual habían depositado una caja
oscura de pequeñas dimensiones.
Poco a poco los hombres fueron tomando asiento, vestían
trajes caros y llevaban los rostros ocultos por un antifaz rojo sin adornos,
pero lo bastante grande como para impedir que se les reconociera. Unos minutos
más tarde dos hombres más guiados por un tercero, arrastraban a una joven hasta
el interior del cuarto. Tenía el rostro surcado de lágrimas y el maquillaje
había dejado huellas oscuras en sus mejillas. La dejaron en el centro del cuarto
y cerraron con llave.
La mujer parecía terriblemente asustada, sin embargo los
hombres allí presentes se habían limitado a tomar asiento y mirarla en silencio.
No se apreciaban armas, ni siquiera por parte de los tres que llegaron en último
lugar tirando de ella. En sus ojos y en sus labios, lo único visible en sus
caras, no se apreciaba la más mínima señal de amenaza, por el contrario,
parecían expectantes y curiosos.
Uno de los hombres se dirigió hacia la pequeña caja y sacó de
ella una cámara de vídeo antigua. La colocó sobre la caja, tras cerrarla de
nuevo, y tomó asiento. Durante varios minutos nadie dijo absolutamente nada, tan
sólo podían escucharse los lloriqueos de la muchacha que se había dejado caer al
suelo. La habían escuchado gritar en varias ocasiones mientras preparaban la
cámara, exigía saber que hacía allí y por qué no la dejaban marcharse. Pero
nadie tuvo a bien darle explicaciones.
La mujer había comenzado a tranquilizarse poco a poco,
agotada tras tanto gritar y llorar sin que nadie le hiciera caso. Estaba de
rodillas en el suelo con la cabeza gacha y los puños apretados intentando
controlar el llanto. El piloto de la cámara de vídeo se había encendido solo, un
diminuto punto de color rojo a penas visible con la luz de la sala. Pero ahí
estaba. Ella dirigió su mirada hacia allí y respiró hondo. Cerró los ojos y
pareció asentir imperceptiblemente. Lentamente se fue poniendo en pie y comenzó
a desabrocharse los botones de la camisa, aún con los ojos cerrados, su
respiración se había tranquilizado y parecía ajena a todo lo que la rodeaba.
La joven se desprendió de la camisa y continuó con las botas,
las medias, el vaquero y por último el sujetador. Se desnudó muy lentamente,
como si quisiera que aquellos tipos la contemplaran bien, sin embargo se había
puesto de espaldas a ellos.
Volvieron a mirar al monitor. La joven adoptaba un pose
bastante desinhibida mientras deslizaba la ropa entre sus piernas, quedando
totalmente desnuda, sus manos se deslizaban por su cuerpo acariciándolo,
pellizcando los pezones, frotando su entrepierna. Quienes la contemplaban en la
sala, parecían tan sorprendidos como el resto. Uno de aquellos hombres se puso
en pie y salió de la sala irritado, bramando que aquello no era más que una
burda actuación.
Apagaron el monitor.
Le entregó una carpeta con varios documentos, fotocopia del
DNI, fotos, un informe personal sobre la mujer del video, no era más que una
estudiante de medicina del sur de la ciudad, tenía suficiente dinero como para
no necesitar ganarse la vida de aquel modo, todo su tiempo libre lo pasaba
ejerciendo en la organización "Payasos sin fronteras" en el mismo hospital en
que realizaba las prácticas. Se le conocía su participación en diversas
manifestaciones a favor de la nueva ley contra la violencia doméstica, la habían
investigado a fondo para conocer sus costumbres sexuales. Jamás se acostaba con
un chico al que no hubiese conocido a fondo primeramente, nunca había pasado una
noche fuera de casa y si se quedaba sola en su apartamento sus amigas solían ir
a dormir con ella. No, por más que quisieran negarlo, aquella muchacha era
demasiado puritana como para hacer algo así por voluntad propia.
La mujer miró al Teniente de policía fijamente, haciendo un
soberano esfuerzo para no hacer que se tragara el televisor.
Cuando ella y Colt se quedaron a solas, Adrianne golpeó la
pared con el puño cerrado para descargar la frustración acumulada. Colt volvió a
encender la cinta y se dispuso a terminar de ver la grabación. Al darse cuenta,
la joven frunció el ceño y le dio un buen puñetazo.
Días más tarde, Murtag, el proxeneta más famoso de la ciudad,
era encarcelado con una condena de más de 250 años de prisión. Consiguió una
rebaja de cien años por desenmascarar a algunos de los hombres que aparecían en
la cinta de video, la cual fue exhibida entera durante el juicio. La muchacha
que la protagonizaba acabó recluida en un psiquiátrico de la ciudad. La joven
repetía una y otra vez que aquella maldita cámara le había ordenado hacer
aquellas cosas horribles, que se metió en su mente y se lo ordenó y ella no pudo
negarse. Ni siquiera el cassette de la famosa cámara de video, que mostraba lo
sucedido en aquella sala, fue suficiente para probar que no mentía.
Tuvo que insistir mucho para que le permitieran llevarse la
cámara y el cassette de ésta a casa. Quería investigar más a fondo. Al llegar a
su apartamento, puso el cassette en el reproductor, la chica había asegurado que
podía oír la voz de la cámara, pero Adrianne no escuchaba nada por más que subía
el volumen, excepto los gemidos de la pobre desgraciada. Esa noche tuvo que
admitir para sí misma, que quizá se hubiera equivocado con toda aquella
historia. Tal vez... si, tal vez todo tuviera una explicación racional... tal
vez.
Si, si, si, sargento por favor, me ha relatado esos
treinta y cinco nombres al menos una docena de veces.
Son demasiados casos, y probablemente haya muchos
más.
Nadie en su sano juicio iría por ahí contando que le
violó una cámara de video, quedaría como un gilipolla...
¡Colt! – Adrianne estalló golpeando la mesa del
despacho con las treinta y cinco carpetas que tenía entre las manos.
La actitud de su subordinado la exasperaba, se comportaba
como un maldito bruto sin sentimientos, la clase de persona que desearía tener
un poder como el que proporcionaba la videocámara que ocupaba su mente cada día.
Debía recordarse con frecuencia, que Colt era uno de los mejores hombres que
había tenido a su cargo y que le había salvado la vida en multitud de ocasiones,
que a pesar de su apariencia, jamás le había puesto la mano encima a nadie,
menos aún a una mujer que no consintiera antes. La tensión a la que se hallaba
sometida por sus recientes fracasos la ponían de muy mal humor, algo que pagaba
con Colt para ahorrarle tan inmerecido castigo a su esposo que hacía cuanto
estaba en su mano por apoyarla y dejarle espacio.
Perdona Adrianne – siempre la llamaba por su nombre
de pila cuando hablaba en serio – también me preocupa pero todos esos
casos están cerrados y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. No
todo el mundo ha acabado como la doctora.
Tendrían que escucharme, sólo por ella – insistió la
mujer cubriéndose los ojos con la mano.
Estás cansada, ve a casa, date un baño, una cena
tranquila y échale un buen polvo a tu marido – bromeó el hombre
sonriendo de oreja a oreja y tomándola de la cintura para empujarla
hacia la salida.
No cambiarás nunca ¿verdad? – el hombre se quedó un
buen rato en silencio y mirando al techo, finalmente añadió, antes de
mandarla a casa:
No, al menos mientras pueda evitarlo.
Por algún motivo que no le quedaba claro, Adrianne había
rememorado estas palabras mientras contemplaba como su marido era asaltado por
una columna de humo oscuro.
Disfrutaba tanto, ¿por qué con ella no gemía así? Pero, por
otro lado ¿cuándo había gemido ella así estando con Robert? No es que fuera un
adonis, alto y delgado, ella siempre le ganaba cuando echaban un pulso, claro
que él era hombre de oficina y ella peleaba en la calle. Colt, él si que era un
gran tío, más alto que ella, musculoso, parecía un guerrero de la antigüedad,
forjado para sostener una gigantesca espada, si, estaba segura de que su espada
era bastante gigantesca, más que la de su marido, al menos eso percibió aquel
día en las duchas, sólo de refilón, la culpa fue de él, no debió obligarla a ir
a buscarle, y estaba solo, totalmente cubierto de agua y con aquella indecente
sonrisa suya. Ella se había sonrojado, estaba enfurecida y dispuesta a cantarle
las cuarenta, pero cuando lo vio así se quedó muda y más roja que un tomate....
era tan...él era.... si ella no estuviera casada...
¿Pero qué estoy pensando? – bramó la mujer saliendo
de su momentánea ensoñación, de un fuerte manotazo derribó la cámara del
video y la inquietante luz roja parpadeó un instante que le pareció
interminable y finalmente se apagó. El humo desapareció como por ensalmo
y ella se sintió libre, como si un minuto antes no lo hubiera sido.
¿Adrianne? – inquirió su esposo mirándola fijamente
algo confundido.
Mi amor ¿estás bien? – inquirió ella con preocupación
comenzando a desatarle.
No sabía que ahora te gustaban estos jueguecitos –
dijo él. Su respiración aún era agitada y su miembro seguía enhiesto,
temblaba de excitación y Adrianne se percató de que no tenía ni idea de
lo que había sucedido.
Seguramente pensaría que ella le había sorprendido mientras
dormía y era la causante de todo. Al fin y al cabo no sería la primera vez que
uno de los dos despertaba de forma tan placentera al otro en mitad de la noche.
Al recordar a la joven doctora, interna en un psiquiátrico,
Adrianne tuvo miedo, respiró hondo y sonrió con dulzura a su marido antes de
besarle y terminar lo que la cámara había comenzado, pues ahora, ya no le
quedaba ninguna duda de su poder. Mientras sentía como su esposo se corría entre
sus habilidosas manos, Adrianne se juró que acabaría con aquel endemoniado
aparato.
IV. Solución alternativa
No importa lo que hiciera, golpearla contra el suelo,
aplastarla bajo el peso del martillo, sumergirla en agua, congelarla,
carbonizarla, todo era inútil. Llevaba más de tres días intentando destrozar la
dichosa cámara de video sin ningún éxito. Tras prenderle fuego y ver como el
plástico carbonizado y el cristal quemado se desprendían del armazón revelando
uno nuevo y más brillante al anterior, Adrianne se dio por vencida. Estaba claro
que aquella cámara no era un objeto normal, de dónde había salido y quién la
habría construido era algo que ignoraba por completo y empezó a pensar que
debería averiguarlo si quería deshacerse de ella.
Colt estaba al tanto de los infructuosos intentos de su jefa,
la mañana del tercer día había sugerido arrojar la cámara al océano presa de
cadenas y pesas suficientes para obligarla a quedarse en el fondo por toda la
eternidad. Adrianne le miró un instante, sacó una de las treinta y cinco
carpetas que tenía en su escritorio, revisó el nombre y se la alargó con gesto
cansado. Colt la abrió y tras unos minutos mientras los cuales leía su
contenido, se mordió el labio inferior, meneó la cabeza con desasosiego y le
devolvió la carpeta.
Supongo que no somos los primeros en intentarlo –
murmuró desabrochándose el cuello de la camisa.
Ya no sé que hacer con este maldito trasto – la mujer
cayó derrotada sobre una silla y se cubrió la cara con las manos.
La cámara estaba dentro de una bolsa sobre la mesa de su
despacho, tras lo sucedido con su marido, Adrianne siempre la llevaba encima
evitando que cayera en otras manos que no fueran las suyas. Colt se puso en pie
y abrió la bolsa.
Insensato, ¿qué crees que haces? – inquirió Adrianne
saltando de su asiento como impulsada por un resorte.
Sólo quiero mirarla de cerca, tranquila.
No es un juguete ya te dije ... – la mujer, omitiendo
los detalles más escabrosos, acabó por contarle lo sucedido en su casa
hacía dos noches, Colt asintió recordando lo dicho y volvió a guardarla
en la bolsa.
Bien, pues averigüemos quién o qué la construyó y que
la desactive o lo que sea que deba hacer con esta cosa.
Pero no es tan fácil, llevo más de una semana
buscando información, no tiene número de serie, ni marca de fabricación,
todo cuánto hago por deshacerme de ella parece .... inútil – tras la
última palabra se desplomó sobre la mesa y la golpeó con el puño
cerrado.
Colt contempló la bolsa pensativo, luego pareció como si una
idea surcase sus miles de fibrosas neuronas y se golpeó la frente con la palma
de la mano izquierda abierta. Miró a la mujer con el ceño fruncido y por fin se
aproximó a ella.
Hazme un favor, estás agotada, ¿por qué no vas a por
unos cafés al bar de Charlie y algo dulce que comer? Te vendrá bien un
poco de aire, yo me ocuparé de que nadie se acerqué a la cámara y
mientras revisaré esas carpetas por si hay algo que se nos haya pasado
por alto.
A pesar de que la mujer era reacia a separarse de la cámara,
finalmente aceptó y salió del despacho. Colt aprovechó entonces para sacar la
cámara y un destornillador, poco a poco fue desmontando la pieza lentamente
hasta que cada fracción estuvo colocada, por orden, sobre la mesa, la contempló
con una lupa de aumento buscando marcas, o señales reconocibles que pudieran
servir para encontrar al fabricante. Estaba a punto de darse por vencido cuando,
de pronto, la luz de la lamparita que tenía sobre la mesa, se reflejó sobre la
pequeña cinta de cassette que había sacado de la cámara antes de desmontarla.
Pensando que no perdía nada por intentarlo, Colt metió todas las piezas en la
bolsa y se dirigió con ellas a una sala especial en la que se analizaban cintas
y discos de todo tipo.
Tras elegir el aparato apropiado, colocó el cassette en el
reproductor y comenzó a manipular el ordenador para ampliar el sonido y luego
limpiar la imagen. Tardó un poco, pero finalmente encontró algo que, sin duda,
le serviría de mucho. En la esquina inferior derecha, un diminuto símbolo se
iluminaba de blanco sobre el oscuro escenario que se visualizaba. Lo copió en
una hoja y, tras comprobar que las piezas de la cámara se habían reconstruido
por sí mismas, volvió a guardar la cinta en su sitio y regresó con la bolsa al
despacho.
Tres días más tarde, Adrianne recibió una llamada de su
subordinado pidiéndole que se reuniera con él en una dirección de una ciudad
situada a más de seiscientos kilómetros de allí. Totalmente fuera de su
jurisdicción. En circunstancias normales, la mujer se habría limitado a enviar
un coche para recogerlo, ya que a veces las juergas de Colt solían llevarle a
parajes extraños. Pero la mención de la cámara de vídeo la convenció de
inmediato.
Horas después, Adrianne se encontró en un viejo callejón de
la parte vieja de la ciudad, una diminuta tienda cuyo escaparate mostraba
diversos elementos de brujería y magia antigua, despuntaba bajo la luz de un
farol en la oscura noche invernal. Adrianne comprobó dos veces más la dirección
y, fuera ya de toda duda, abrió sin dificultad la puerta del establecimiento y
se internó en un mar de oscuridad y olores especiados e intensos que se metían a
través de sus fosas nasales mareándola. Al fondo un cortinaje rojizo cubría la
trastienda, tras él, reconoció de inmediato la voz de Colt y una que no le
resultaba nada familiar. Con paso firme y la mano cerca de la empuñadura de su
arma, Adrianne se encaminó a la trastienda, retiró de un solo tirón el tupido
cortinaje y se encontró ante una escena que la confundió totalmente.
Colt estaba arrodillado en el suelo, completamente desnudo,
una fina columna de humo gris rodeaba sus muñecas manteniéndolas unidas a su
espalda. Gotas de sudor perlaban su amplio torax, cayendo desde el cuello y los
hombros. Tenía la boca entreabierta y la mirada fija en la pierna de una mujer.
Una pierna cubierta por una fina media de color canela y enfundada en una bota
de tacón marrón que mantenía apoyada sobre el muslo izquierdo del hombre,
ejerciendo la justa presión. La dueña, una mujer de unos cincuenta y cinco años,
se giró hacia ella y le dedicó una amplia sonrisa de bienvenida.
Te estábamos esperando – le dijo con una voz musical
que parecía acariciar las palabras. Adrianne la contempló boquiabierta
incapaz de decir nada.
La mujer se apartó de Colt y caminó hacia ella, se detuvo a
pocos centímetros, alzó los brazos y la estrechó con fuerza, como si fuera una
vieja amiga a la que hacía tiempo que no veía. Cuando se apartó, Adrianne pudo
apreciar la belleza de aquel rostro, sus rasgos eran suaves a pesar de que las
arrugas propias de la edad comenzaban a marcarla, tenía unos brillantes ojos
negros y una expresión dulce y tranquilizadora. Iba a penas vestida con una
larga bata de seda beig anudada a la cintura y, tan marcada, que dejaba apreciar
la desnudez de su cuerpo bajo la tela.
¿Qué... – tuvo que aclararse la garganta antes de
continuar - ¿Qué le has hecho?
Nada que él no deseara, te lo aseguro.
Caminó de nuevo hasta situarse frente al policía, se inclinó
sosteniendo su barbilla con los dedos y le besó tiernamente, mientras le
acariciaba la mejilla con el dorso de la mano. Colt no se resistió, al
contrario, le devolvió el beso con pasión desmedida y cuando ella se retiró, no
parecía haber quedado saciado del todo, pues la buscaba con los labios.
¿Lo ves? – Adrianne negó abrumada por el cúmulo de
sensaciones que estaba experimentando. Su vista se deslizó por la sala
que era la trastienda, hasta dar con el punto de luz rojizo que tan bien
conocía.
Es la cámara – murmuró acusadoramente – la has usado
contra él.
¿Contra él? No querida, esa cámara no es un arma. No
puede utilizarse contra nadie.
Eso explícaselo a Anna Lienner, puedes encontrarla en
el hospital psiquiátrico de ...
Oh – la mujer pareció entristecerse – recuerdo bien a
Anna. Pero no puedes culpar a la cámara de lo que le sucedió.
¡Ese maldito cacharro está endemoniado!¡Debería ser
destruido!¿Cómo puedes decir que no es culpable? – Adrianne había
estallado, las tensiones de los últimos meses acababan de desbordarla,
era obvio que la cámara de video obraba por su cuenta cosas terribles,
¿cómo podía aquella mujer negar algo tan obvio?
No es un objeto del mal – la mujer hablaba de modo
muy tranquilizador, se había aproximado de nuevo a Adrianne y ahora Colt
la buscaba con la mirada desesperadamente, sin proferir más que tenues
gemidos. – Su poder, de hecho, es bastante limitado. No fue creada para
dañar sino para liberar.
¿A qué te refieres?
Empecemos desde el principio. Por favor, siéntate, él
está bien – Adrianne había vuelto a centrar su atención en su compañero,
las mejillas se le encendieron, pero por algún extraño motivo confió en
la palabra de su interlocutora.
Al otro lado de la trastienda, cerca de la cámara, había un
pequeño sofá. Adrianne y la mujer se sentaron, ésta le ofreció un vaso que
contenía un líquido anaranjado pero que olía a alcohol, Adrianne lo rechazó, no
tenía fuerzas para beber nada ahora, quería tener la mente lo más clara posible
pues la situación ya se salía bastante de lo normal.
¿Quién eres?
Mi nombre es Medea.
¿Cómo la hechicera? – Medea sonrió e inclinó la
cabeza divertida.
Si, algo así.
¿Es obra tuya?
Así es. Mi pequeña – dijo refiriéndose a la cámara y
mirándola con cariño.
No lo entiendo.
Es más sencillo de lo que parece. Tuve una amiga,
sólo teníamos quince años, venía de una familia de férreas convicciones
religiosas, impartían una educación rígida y anticuada a su hija, el
puritanismo más exacerbado que puedas imaginar. Y ella se enamoró.
Al rememorar el pasado, Medea parecía teñirse de tristeza,
sus brillantes ojos oscuros perdían parte de aquel brillo y durante unos minutos
su mente vagó muy lejos de allí, antes de regresar a la realidad y proseguir con
su historia.
Eran tan mojigatos, no se daban cuenta del mal que le
estaban causando a su hija. Se autocastigaba noche tras noche por cosas
tan pequeñas.... Por ruborizarse al mirarle, por pensar en él en mitad
de sus oraciones, por sonreír cuando él le decía que era bonita. Era
incapaz de desinhibirse, de vivir la vida de un modo sano y normal.
¿Por eso inventaste la cámara? – inquirió Adrianne
interesada.
Inventar, no sería la palabra correcta, pero sí,
puede decirse que la inventé por eso. Todo aquel que se pone frente a su
objetivo es capaz de liberarse de las ataduras de la sociedad y vivir
placenteramente algo tan maravilloso como es el sexo.
¿Y Anna?
Querida niña – Medea le sonrió comprensivamente – a
Anna no la enloqueció la cámara, sino el saberse expuesta a ese nido de
perversión que aquel hombre había creado a su alrededor.
Pero hay muchos otros que han sufrido por tu invento,
¿no entiendes lo peligroso que es?
No fue concebido para vagar libremente, en eso he de
admitir mi culpa. Sólo tenía quince años, y lo hice lo mejor que pude,
aunque eso no sea una excusa. Me alegra haberla recuperado.
¿Cómo sé que puedo creer lo que me dices? – inquirió
Adrianne al cabo de un minuto – toda esta historia me suena a un bonito
cuento, pero cuento al fin y al cabo. ¿Cómo sé que tus intenciones no
fueron otras?¿Cómo..
Compruébalo por ti misma – Adrianne se quedó
estupefacta.
¿Qué... a qué te refieres?
Bueno él ya lo está comprobando, sólo debes liberar
tu mente y ponerte frente al objetivo. ¿A qué le tienes miedo? Ya has
llegado hasta aquí.
Era cierto, había estado obsesionada con el poder de la
cámara durante mucho tiempo, tanto que había minado la relación con su marido
alejándola de él, estaba al borde de la cuerda floja en su trabajo y hacía meses
que no se tomaba un buen descanso. Pese a todos sus esfuerzos por entender el
poder de aquella cámara, lo cierto es que jamás se había atrevido a probarlo por
sí misma. Menos aún tras ver lo que le sucedió a su marido y sentir los finos
hilos que la cámara había empezado a tejer sobre ella. El único modo en que
podía acabar con toda aquella pesadilla era exponiéndose a sí misma.
No era tan sencillo. El miedo no era lo único que la detenía.
¿Qué pasaba con Robert?¿Podría perdonarla él si cometía alguna locura al
exponerse de aquel modo al misterioso poder de la cámara? Lo amaba demasiado
como para arriesgarse a hacerle daño y, aún así...
Adrianne se puso en pie y caminó hacia Colt. Podía contemplar
el minúsculo punto rojo que la apuntaba amenazadoramente desde el otro extremo
de la habitación. Estaba muy tensa, incapaz de relajarse. Colt se puso en pie,
la fina columna de humo que mantuviera sujetas sus muñecas se había evaporado.
El hombre se aplicó a desabrochar la chaqueta de la mujer, con dedos ágiles y
rápidos no tardó en deshacerse de la prenda y lanzarla lejos. Adrianne lo
observó sin atreverse a mover un músculo. Volvió a recordar la escena de la
ducha, ella había pasado un mal trago, pero él no parecía molesto por la
intromisión, había sonreído como si todo aquello fuera muy divertido, ni
siquiera se preocupó de cubrirse con una toalla y ella no tuvo más remedio que
salir de los vestuarios totalmente abochornada y con la respiración agitada.
Tardó varios días en deshacerse de la provocadora imagen,
Colt era tan atractivo, muchas veces se sorprendía a sí misma recordando los
detalles, recreándose en ellos, pero a menudo se obligaba a alejar aquellos
pensamientos de sí, enterrándolos en lo más profundo de su ser.
Ahora, una susurrante voz se colaba en su mente y la incitaba
a recordarlo todo de nuevo, a disfrutar de ello, poco a poco se dejó guiar por
aquella voz acariciadora, mientras que Colt se dedicaba a desvestirla y
contemplarla con devoción.
Sargento... – susurró al tenerla por fin totalmente
expuesta a él. Adrianne hizo amago de cubrirse pero él no se lo permitió
y comenzó a besarla y acariciarle la espalda y los senos.
Sus manos eran enormes y abarcaban el seno con facilidad
haciéndolo desaparecer entre sus dedos, notaba la palma caliente sobre su fría
piel y como los dedos pellizcaban el pezón y lo acariciaban juguetonamente.
Adrianne gimió y cerró los ojos cuando Colt se inclinó para devorar sus pechos,
la lengua húmeda y caliente dejaba surcos alrededor de los pezones que se
endurecían ante su contacto. La mujer se aferró a los cabellos de Colt, le
acariciaba el pelo y apretaba el rostro contra sí para sentirle con mayor
intensidad. Quiso mirarle a la cara y tuvo que hacer un gran esfuerzo para
separarle del manjar que degustaba. El hombre la miró con descaro y una amplia
sonrisa en el rostro, Adrianne se sonrojó, pero el poder de la cámara seguía
susurrándole palabras tranquilizadoras que la animaban a seguir adelante y
llevar a cabo sus más íntimos deseos.
Sus manos recorrieron el torax de él arriba y abajo notando
la musculatura bien desarrollada, la fuerza de sus brazos y hombros, tan
diferentes a los de su marido. Y cuando él trató de recuperar lo que ella le
había arrebatado al mantenerlo lejos de sus pechos, ella negó y se arrodilló
para contemplar su erecto miembro, más grueso que el de Robert. Lo tomó con
suavidad y comenzó a masajearlo, presionando con fuerza pero no tanto como para
hacerle daño. Él se dejaba hacer con la mirada perdida en el techo de la sala y
Medea los contemplaba a ambos sin perder detalle de la ejecución. No tardó en
conseguir que Colt se corriera. Su semen, blanco y espeso, se derramó entre sus
manos y ella se lo acercó al rostro mirándolo sobrecogida.
Cuando los gemidos de placer del hombre se desvanecieron,
Adrianne se puso en pie y enjuagó las manos en una minúscula fuente que había
tras de sí. Finas columnas de humo se enredaron en sus tobillos y ascendieron
como sinuosas serpientes enroscándose en sus piernas, su abdomen y finalmente
sus brazos. La acariciaban creando volutas grises a su alrededor y lentamente
iban elevando su cuerpo y recostándolo en el aire, se introducían entre sus
piernas haciéndola sentir un picante cosquilleo. Colt, más relajado ahora, se
situó entre las piernas abiertas de ella y acarició con los dedos su vulva,
pellizcando suavemente el clítoris y arrancando grititos de la garganta de ella.
La penetraba despacio y rítmicamente con dos dedos de la otra mano, tan gruesos
y cálidos que ella se retorcía bajo sus habilidosas manos. El humo también había
comenzado a deslizarse sobre el viril cuerpo y trenzaba anillos alrededor del
miembro, devolviéndole la tensión de minutos antes, haciéndolo izarse e
hincharse, listo para ser usado de nuevo.
Medea se había puesto en pie y ahora acariciaba la espalda de
Colt y sus firmes nalgas mientras sus ojos se interesaban por lo que el hombre
le hacía a Adrianne. La entrepierna de esta aparecía húmeda y dispuesta, los
labios inflamados y rojizos y el pequeño clítoris sobresaliendo como un
botoncito que la hiciera gemir al ser apretado. Medea empujó lentamente a Colt
para que se aproximara más a Adrianne, las volutas de humo dirigieron su pene
hacia la entrada de ella e hicieron que la penetrase despacio. La mujer trataba
de soltarse de las nebulosas cadenas que la atenazaban, deseaba tenerle dentro y
la espera se le hacía eterna, la iba llenando tan lentamente que parecía como si
jamás fuera a terminar. Con un pequeño empujón Medea logró que Colt estuviera
por fin dentro de Adrianne y, mientras que el policía empezaba a moverse con
regularidad dentro de ella, la hechicera le besaba y acariciaba los pechos de
ella a un tiempo.
La cámara seguía grabándolo todo, centrando su objetivo allí
donde se desarrollaba la acción, iluminando la oscura trastienda con su
sempiterno ojo rojo. Las cortinas ya hacía rato que habían vuelto a cerrarse
misteriosamente. Ahora, el humo servía de improvisado canal para el agua de la
fuente, que en un fino reguero, se derramaba sobre Adrianne, humedeciendo sus
senos y mezclándose con los fluidos que la pareja estaba segregando en su
intenso y apasionado baile.
Cuando Adrianne por fin sintió la explosión dentro de ella y
sus músculos empezaron a contraerse y relajarse, Colt aún permaneció unos
minutos más dentro de ella, acariciando esta vez el clítoris de Medea, que se
dejaba hacer abrazada al hombre, no tardó más que unos pocos minutos en correrse
ella también, luego ayudó a Colt a salir del interior de Adrianne y a ella a
tomar asiento en el sofá y relajarse. Adrianne observó como el humo tomaba forma
de mujer y abarcaba con sus difusos labios el miembro varonil, varias figuras
más se abrazaban a él y le acariciaban o besaban alternativamente.
¿No es hermoso? – inquirió Medea con los ojos
brillantes y una sonrisa lasciva en su rostro.
S..si – logró contestar Adrianne.
Finalmente el hombre se corrió y quedó tendido en el suelo,
con la respiración agitada y el cuerpo tembloroso por el esfuerzo. El humo se
retiró al interior del objetivo y poco a poco, la luz rojiza de la cámara se
apagó. Ya no quedaba duda, Medea no mentía, no había mal alguno en el poder de
aquella cámara, no más que el que alguien sometido a ella por propia voluntad
pudiera obligarse a sentir después de tan placentera experiencia.
Horas más tarde, Colt y Adrianne conducían de regreso a casa,
Medea había prometido ocuparse de que la cámara jamás volviera a vagar fuera de
su tienda. Costó mucho recuperarla y no tenía intención de volver a separarse de
ella. Ahora, en el silencio de la carretera, con la luz de la luna como único
testigo de su presencia, Adrianne no sabía que hacer, decir o sentir, después de
lo sucedido. Observó a Colt por el rabillo del ojo, el hombre se veía sonriente
y relajado, se había ofrecido a conducir el coche y Adrianne no había podido
negarse.
Su mirada se dirigió a la alianza que llevaba en el dedo
anular, lo hizo girar con nerviosismo de un lado a otro mientras se mordía el
labio inferior.
¿Me amas? – la pregunta la pilló por sorpresa y Colt
tuvo que repetírsela.
No, claro que no, yo estoy enamorada de Robert –
respondió ella casi gritando.
¿Entonces dónde está el problema? – lo miró
estupefacta.
¿Qué donde estaba el problema? Acababa de ponerle los cuernos
a su marido, de la forma más extraña posible, y ahora se sentía terriblemente
culpable. ¿Cómo iba a poder mirarle a la cara después de aquello? ¿Y a Colt?
Seguramente después de los sucedido habría perdido el respeto del hombre, y ella
era su superior. No imaginaba como podría regresar a la rutina y dar órdenes
como antes de aquella tarde. Era todo tan complicado.
Te torturas innecesariamente – le respondió él cuando
Adrianne le hizo partícipe de sus temores – yo tampoco te amo, eres una
mujer estupenda Adrianne, y muy hermosa, siempre he deseado estar con
alguien como tú, pero no te amo. Por mi parte lo de hoy nunca va a
volver a repetirse. Seguirás siendo mi sargento y dejaré que me regañes
todo lo que quieras cada vez que meta la pata – concluyó riendo. Ella no
pudo por más que reír también.
Pero – dijo recuperándose - ¿qué pasa con Robert?
¿Le amas?
Más que a mi vida – dijo suspirando y acariciando de
nuevo la alianza.
Pues no le des más vueltas, vuelve a casa con él esta
noche y muéstrale lo que has aprendido – se giró para guiñarle un ojo y
ella volvió a sonreír.
Quizá Colt tuviera razón, no era necesario complicarse tanto
la vida. Cuando pensaba en lo sucedido aquella tarde, sabía que no había nada
parecido al amor que sentía por su marido en lo ocurrido. Sólo el puro placer
carnal, sexo sin sentimientos, una necesidad aplacada de saber lo que producía
la cámara y nada más. Ahora ya no quedaba nada de aquello, y por más que lo
pensara, más ganas tenía de regresar a casa y abrazarse a su marido, compensarle
por las largas noches en que ella se había quedado trabajando hasta tarde y él
se quedaba sólo, esperándola.
Colt
¿Si, sargento?
Es tarde, pero mañana tú y yo vamos a hablar largo y
tendido sobre salir a investigar por tu cuenta. Espero que sea la última
vez que cometes una locura semejante. ¿Entendido? – Colt hizo un gran
esfuerzo para no sonreír.
Entendido sargento. La última vez.
La campanilla de la puerta repicó con sonoridad inundando el
pequeño establecimiento, una mujer de cabellos claros y marcadas arrugas en los
ojos apareció tras una larga cortina roja y saludó con la mano.
Le atiendo en un minuto.
El hombre que acababa de entrar en la tienda sonrió
conciliador y se dedicó a contemplar los diversos productos del establecimiento,
aceites corporales, hierbas conservadas en tarros de cristal, pentáculos de
plata, velas de colores ...
Ya puede pasar – la voz de la mujer le sorprendió.
La siguió rápidamente al interior de la trastienda tratando
de encontrar el valor necesario para decirle su nombre en lugar de dar media
vuelta y volver por donde había llegado. La mujer le retuvo con un gesto de la
mano y le mostró su nombre en un viejo cuaderno de anotaciones.
Por favor, respire hondo y sitúese en el centro de la
habitación. Empezará en seguida.
Mientras el hombre hacía lo que se le decía, un diminuto
punto de luz rojiza comenzaba a encenderse al otro lado de la sala, la mujer
tomó asiento en el sofá junto a la luz y se dispuso a observar. Debió habérsele
ocurrido antes, un centro clandestino de terapia sexual, Adrianne se había
alegrado mucho al conocer su idea, aunque era obvio que no lo necesitaba, en
alguna ocasión quedaba con Medea para tomar un café y charlar. Colt, por el
contrario, aprovechaba sus ratos libres para pasarse a recibir alguna que otra
sesión "terapéutica".
- Jamás cambiará – dijo Adrianne sonriente – él nunca.