Capitulo 11: El fin de una leyenda
Esas palabras de momento casi incomprensibles para el
derrotado volvían a tener significado para ese mago sonriente. Solo volviéndose
grandioso podía proteger a los que amaba. Diamante lo valía, por ella era capaz
de matar, morir e ir al infierno incluso. Por ella lo daba todo, ya no podía
vivir sin su chica.
Los asesinos consiguieron repeler a los atacantes con éxito,
algunos se limpiaban el sudor y la sangre con los antebrazos. Diamante se quiso
incorporar, mientras sentía como esas manos la levantaban con fuerza pero al
tiempo suavemente. Peleo la miró con ternura, mientras desaparecía con ella
delante de sus compañeros.
Alejados, sin nadie que pudiera interferir el mago se quitó
la armadura y se dejaba caer exhausto. Con una sonrisa se acercó a Diamante que
generando un aura de brillo blanco empezaba a curarse. Sentados el uno junto al
otro el maestro de almas no dudó un instante y le robó un beso a su blonda
compañera. En un principio pareció sorprenderle la acción del guerrero. Sin
embargo no le disgustó y tomando los cabellos blancos de él le devolvió el beso.
Los labios permanecieron unidos por una eternidad ya que para ambos pareció como
si el tiempo se detuviera. Sus manos se aferraron la una a la otra, ardiendo de
pasión… pero el sonido de unas rocas al desprenderse les pusieron en alerta. Uno
de los asesinos cayó al suelo junto con otros dos más. La parejita echó a reír,
al tiempo que se incorporaban y en tono jovial decían:
Vamos amigos, salgan que no hay problema.
No queríamos molestar a los tortolitos- Dijo uno de
los asesinos haciendo ojitos.
Si, somos amigos. Pero ahora estamos pensando en
pasar al siguiente nivel- Dijo Peleo.
¿Lo dices en serio?- Preguntó la elfo mirándole
sorprendida.
Muy en serio- Dijo el maestro de almas mientras la
tomaba de la cintura.
Me haces inmensamente feliz- Dijo ella mientras
comenzaba a llorar.
Iré a la Arena por ultima vez, luego cuando salga lo
dejare todo para quedarme a tu lado- Dijo el mago para luego darle un
beso.
Los demás asesinos aplaudían y vivaban a la pareja. Estaban
contentos y ya les deseaban lo mejor a ambos. Abigail y Diógenes se miraban
avergonzados, parecía como si en un futuro cercano les fuera a ocurrir lo mismo.
La despedida fue emotiva, más de uno lloró al verles partir hacia la Arena. Se
habían encariñado con esos viajeros. Antes de atravesar el portal, un último
saludo al desierto de Tarkan y la luz les encegueció.
Unos portones les recibieron y unas bestias como jamás habían
visto les atacaron. El fuego avanzaba a gran velocidad consumiéndolo todo.
Diógenes atacó a la bestia con su lanza, pero aunque le dio de lleno no la dañó
de gravedad. Esta siguió con su ataque y aparecieron para ayudarla cuatro Reyes
Malditos, estos levantando sus cetros atacaron, pero las flechas que comenzaron
a llover sobre ellos les disuadieron de continuar.
Peleo miraba a la parejita sonriéndose, pero no podía perder
el tiempo y matando a las criaturas junto a su compañero les dijo:
Síganme hasta el estadio, allí tendré mi duelo.
Los guerreros siguieron al mago que replegando sus alas
caminó hacia los pórticos de entrada. Una reducida Arena de combate se veía en
el lugar. Cientos, tal vez miles de guerreros se hallaban alrededor del lugar
observando, apostando y vivando a los combatientes. Al ver llegar al mago se
hizo un gran silencio, todos se quedaron mirándole como si fuera un fantasma.
Peleo les restó importancia y se dirigió hacia la puerta de
la arena. En el centro ya había duelistas en pleno combate. El maestro de almas
dejó de estar alegre, con fijeza observaba los movimientos de esos luchadores.
Parecía una forma de concentrarse para la contienda, cuando el Caballero Oscuro
cayó al suelo herido el mago miró a sus acompañantes y acercándose nuevamente a
ellos les confió:
Por fin ha llegado el momento de enfrentarme al rival
más fuerte que he hallado en mis viajes. Otro asesino, pero diferente a
mi. Hoy será mi último duelo, luego dejaré los combates. Diamante me
espera, vuelvo en unos momentos chicos.
Vamos Peleo, tu puedes vencer- Lo animaron Abigail,
Diógenes y Alexandre.
Gracias amigos. No los defraudare- Dijo el mago
mientras avanzaba hasta la puertecilla que daba acceso a la arena.
Los tres buscaron acomodarse en los asientos que había a los
lados del escenario de la lucha. Una vez sentados, todos se volvieron ávidos
espectadores. El maestro de almas apareció en un extremo de la arena, pero esta
vez su armadura se veía distinta. Se había vuelto brillante, poderosa y sobria.
Su báculo ahora despedía destellos dorados lo mismo que su escudo.
Cuando su contrincante apareció, Diógenes y Abigail
palidecieron... se trataba de Asura. El psicópata itinerante aparecía en el
extremo opuesto de la arena. Peleo le saludó como a un amigo, cosa que emuló el
otro asesino. La armadura del asesino se veía imponente, pero mas atemorizante
se notaba esa gigantesca espada dorada que cargaba en sus espaldas. Ambos
tomaron sus armas y saludaron al contrincante, luego se lanzaron al ataque.
El mago desapareció de la vista de todos, el guerrero atacó
con su viento hacia todos lados con la esperanza de atinarle. Ese viento
penetrante dio de lleno en el mago que no sintió el ataque pero le devolvió la
cortesía con un rayo de agua. El otro lanzó una sucesión de cortes que el mago
apenas pudo evadir al tiempo que contra atacaba con rayos y hielo. La velocidad
con que combatían era asombrosa, los espectadores tenían miedo de pestañar ya
que podían perder algún detalle. La carga entre el viento del guerrero y las
llamas infernales del mago hicieron que las protecciones de ambos se dañaran
rajándose visiblemente.
Las miradas de ambos parecían devorarles, las expresiones de
ambos no demostraban más que la fría determinación de matar o morir. Buscaban
puntos precisos, parecia que no se estudiaban... atacaban y se adaptaban de
acuerdo al espacio que tenían entre ambos.
Evadían y atacaban al unísono, no lograban darse un ataque
con claridad. Sin embargo, sus armaduras iban destrozándose y con ello los
fragmentos caían al suelo.
Los espectadores estaban anonadados, la fiereza de ambos
guerreros era formidable. Ni siquiera les importaba que sus armaduras se
destruyesen en el enfrentamiento. Sin sus protecciones y las armas astilladas ya
no les quedaba más que un combate cuerpo a cuerpo. Era obvio que el Caballero
tenía ventaja por su fortaleza física. Pero el maestro de almas se mostraba muy
calmado, ambos estaban heridos y cansados.
Asura sonrió mientras hacia tronar sus nudillos, estaba
consciente de su fortaleza fisica. Peleo abría sus ojos por primera vez en todo
el combate, esto comenzaba a preocuparle... esos puños eran de temer. La mirada
extraña del mago inquietó al guerrero, que pudo observar como en las manos de su
oponente se creaba una concentración de energía en forma de rayos. Los puñetazos
se encontraron, el puño de Asura halló el rostro del rival que con su palma
alcanzaba el vientre del psicópata.
Peleo cayó al suelo de esa arena muy sentido por el golpe,
pero el Caballero no lo pasaba mejor ya que caía de rodillas al suelo tomándose
el vientre y lanzando sangre. El maestro de almas se levantó a duras penas
mientras Asura buscaba pararse de nuevo.
Pero el cuerpo no le respondía, porque el ataque del mago
había alterado la circulación normal de sus impulsos nerviosos. El daño era
interno, a diferencia del generado por sus golpes. Su adversario lo levantó y
mirándolo de frente le dijo:
Te cedo mi titulo, abandono esta vida para quedarme
junto a la mujer que me ama. Haz sido el mejor oponente que he tenido,
amigo Asura.
Gracias amigo, ostentare tu titulo con orgullo. No te
defraudare y ya sabes que siempre puedes contar conmigo. Camarada- Le
respondió el Caballero sonriendo lastimosamente.
Los dos rivales se pararon en medio de la arena y salieron
apoyados el uno en el otro. El jurado dispuso un empate, pero todos sabían
claramente quien había sido el ganador. Era el fin, la despedida del mago Peleo
de sus luchas. Finalmente, luego de muchos periplos y aventuras esa leyenda
colgaba su báculo y su armadura Legendaria. Abandonaba con franqueza su vida de
lobo solitario y asesino para volverse uno más del común.
Los espectadores vivaron a ambos contendores, estos se
retiraban sentidos por el combate. Peleo salió de la Arena junto a Asura y
presentándolo a sus acompañantes dijo:
Les presento al gran Asura. El mejor guerrero con el
que me haya enfrentado alguna vez.
Creo que ya nos conocíamos, Diógenes... Abigail.
¿Cierto?- Dijo el Caballero.
Creíamos que aún se hallaba en Lorencia, señor- Dijo
Diógenes.
No podía perder la última oportunidad de enfrentar al
único capaz de llegar a mi nivel. Es una pena que se retire- Dijo Asura
con tristeza.
Yo no lo veo así, al contrario... por fin podré estar
junto a Diamante- Comentó el mago emocionado.
Si, además sé que surgirán nuevos guerreros
poderosos... solo es cuestión de tiempo para que se revelen- Dijo el
guerrero mirando a la pareja.
Claro que si, siempre hay una generación que nos
reemplaza- Dijo el mago riendo.
Como sea, seguiré mi viaje; hasta que volvamos a
vernos amigo Peleo- Dijo el Psicópata itinerante mientras se retiraba
del lugar.
El mago lo despidió con afecto, como a un amigo valioso. Esto
extrañó a los otros dos que lo miraban con asombro. No lograban dilucidar la
relación que les vinculó en el pasado. Pero les extrañaba que luego de pelear
con tanta fiereza ambos siguieran conservando una amistad tan estrecha.
Siguieron al mago que mientras les abrazaba a ambos les confiaba:
Realmente es un hombre poderoso, como en los viejos
tiempos. Me ha mostrado cuanto ha crecido y me sorprende. Al menos puedo
irme tranquilo. Vamos, mis amigos.
El mago sin más que los despojos de su armadura y su báculo
atravesó el portal. La sonrisa de su rostro era indecible, finalmente todo
terminaba para él. Abigail y Diógenes siguieron al albino. Este les recompensó
obsequiándoles sus pendientes. Estos tenían propiedades únicas, como la
capacidad de aumentar la vida y la magia.
La pareja saludó a todas esas personas que compartieron su
tiempo en Tarkan, nuevamente debían reanudar sus viajes. La elfo les despidió
con lágrimas, mientras el mago le ponía una mano en el hombro le confiaba:
- Ellos serán quienes tomarán nuestro lugar. Podemos
retirarnos a vivir en paz ahora.
Pero ¿a dónde iremos?- Preguntó ella.
Tengo una pequeña granja algo lejos de aquí, podemos
recomenzar allí- Dijo el mago.
Continuará…