Este relato es 100% ficticio, aunque podría ser real. Si no
lo han hecho ya, recomiendo que lo lean desde el primer capítulo para una mejor
comprensión de la historia.
Capítulo 8.
El veintiocho de mayo fue un día muy especial para nuestra
familia: era el cumpleaños de Carlos. Sofía y yo le regalamos unos pantalones y
una remera para ir a la obra o para cualquier ocasión que requiriera un poco de
elegancia informal que, por el trabajo y los gustos de mi marido, eran los más
adecuados para él.
Esa mañana lo desperté con un beso muy tierno y el desayuno
en la cama: lamentablemente, lo sexual debería esperar a su regreso, porque él
debía ir a trabajar como todos los días y yo tenía que pasar por la guardería
para dejar a Sofi, antes de irme al colegio.
-¡Felices treinta y siete, Vida! -exclamé, con toda la
felicidad y la emoción que se suele tener en fechas así-. ¿Quiere que le dé algo
especial? -pregunté, con picardía.
-Si tuviéramos tiempo, te diría que sí; pero, por el momento,
tendré que "conformarme" con tu presencia, con este delicioso desayuno y, por
supuesto, con esta hermosa ropa que me regalaron mi hija y vos -me guiñó,
con esa sonrisa tan suya y que sólo se la había visto para mí-. Voy a tratar de
volver temprano…
-Ay, sí, ¡porfa! -rogué, sin querer: no deseaba que supiera
que tenía algo muy especial preparado para él, a su regreso.
De hecho, siempre hacíamos algo particular para esta fecha,
pero nunca como esta vez.
-Me "parece" que voy a tener una sorpresa esta noche, cuando
vuelva -me volvió a sonreír, cómplice, mientras empezaba su desayuno-; pero no
te preocupes: no voy a preguntarte qué es. Confío en vos y en tu buen gusto.
Para no tentarnos, llevé mi ropa de colegiala al baño y, como
excusa válida para no cambiarme en su presencia, me duché y salí con mi
uniforme. Para ese momento, Carlos ya retiraba la bandeja de su falda,
preparándose a llevarla, en bata, a la cocina; tengamos en cuenta que era
nuestro primer otoño -acercándonos al invierno, al menos, en lo que se refería
al clima sureño- y aún no estábamos aclimatados, si bien las casas estaban muy
bien calefaccionadas.
Ya hacía un par de semanas que el Amor de mi Vida entraba en
la obra demasiado temprano como para llevarnos a la guardería a llevar a Sofi y
a mí al colegio, por lo cual, luego de despertar a nuestra niña y darnos un beso
de despedida, se fue.
En cuanto mi hija y yo regresamos a casa al mediodía, con mil
ojos para vigilar a nuestra "Pulguita" que ya caminaba por todas partes -excepto
en la calle, la muy malvada… je, je, je-, logré ultimar los detalles de mi
sorpresa para esa noche, incluyendo asegurarme por teléfono de que el vestido
azul había llegado en mi talle, a la tienda donde lo había encargado. En una
última salida, Sofía y yo nos hicimos una disparada al negocio ya mencionado. No
era porque yo hubiera elegido el modelo, pero era un sueño… y del color favorito
de mi marido quien, afortunadamente, llegó temprano, alrededor de las siete
menos cuarto.
Yo, aún vestida con ropa informal, hasta había logrado pedir
un taxi para las ocho.
-¿Qué es todo esto? -interrogó, entrando en nuestro
dormitorio, descubriendo así mi prenda recién comprada, prolijamente colocada
sobre la cama.
-Una décima parte de tu sorpresa para esta noche -respondí,
un poco defraudada por haber debido revelarle la compra de mi vestido, antes de
que me lo viera puesto-. No te preocupes: ya lo pagué.
-No me preocupo, Amor. Es más, es lo que menos me preocupa.
Pero, si te compraste un vestido nuevo, debés tener planeado algo muy
especial; más especial que de costumbre.
-Si querés que te adelante información sobre mi sorpresa,
perdés el tiempo, mi Cielo. -respondí, sabiendo que ésa no era su intención y
sonriendo, gesto que se me notó en la voz.
-¿Tengo tiempo para una ducha? Estuve caminando por la obra
todo el día y estoy hecho un asco. Además, si vos vas a ponerte ese hermoso
vestido nuevo, lo menos que puedo hacer es vestirme con ropa limpia.
-Me parece justo. ¿Puedo pedirte que te pongas saco y
corbata?
-Mierda, che -bromeó-. ¿Qué tenés en mente, una salida?
-Sip… pero es la única otra info que voy a darte; por ahora,
desde ya.
Alrededor de las siete y media, llegó Cintia, nuestra
habitual niñera de diecisiete años.
-Te quedás a dormir, ¿no? -interrogué, tontamente (típica
pregunta de "mami pesada").
-Sí, claro, Micaela. No te aflijas. Eso sí, me gustaría saber
dónde: ¿en el estudio de Carlos? Digo, así sé dónde poner mis cosas.
-No lo había pensado, pero sí, es buena idea: vas a inaugurar
el sofá cama… al menos, para dormir toda una noche. -dije, sin segundas
intenciones, lo juro.
-Está bien: no entremos en detalles íntimos. -me sonrió,
cómplice.
Unos instantes después, mi marido salió vestido de nuestro
dormitorio; sólo le faltaban la corbata y, por supuesto, el saco. Saludó a
Cintia con un amistoso beso en la mejilla y un "Hola, ¿cómo estás, linda?".
Luego, dirigiéndose a mí, me dijo, jocoso:
-¡Pucha, que debe ser importante la salida! ¿Ni siquiera
volvemos a dormir a casa? Si Cintia se queda a dormir, lo lógico es deducir que
vamos a estar afuera toda la noche o que volvemos muy, muy tarde.
-Estás entre las dos alternativas obvias, pero todavía no me
preguntes cuál de las dos es.
-No me mires a mí -sonrió Cintia-... si tu pareja no quiere
decírtelo, yo no soy quién para contradecirla.
Hacía unos diez minutos que había terminado de vestirme, con
los caballerescos elogios de Carlos y acababa de darle los últimos toques a mi
cabello, cuando oí la llegada del taxi. Corrí a la puerta para pedirle que nos
esperase un momento, tanto como para que mi marido y yo nos abrigásemos y salir
enseguida. Desde la puerta, nuestra niñera nos saludó, deseándonos suerte.
Finalmente, llegamos a la puerta del hotel tres estrellas en
el cual había hecho las reservas. Carlos había quedado sin palabras a partir del
momento en que llegamos a destino y, naturalmente, fui yo quien pagó el viaje.
Recién dentro del edificio, lanzó un asombrado "¡Vos estás loca!", al que
respondí con algo más que un pico y mi verdad desde hacía dos años: "Te amo; eso
es todo, Vida". Enseguida, llegamos a la recepción, donde me anuncié y pedí que
nos llevaran a nuestra mesa… o que, al menos, nos dijeran cuál era. El encargado
levantó la mano, llamando a uno de sus subalternos y diciéndole que nos guiara a
"la cuatro". Allí, nos aguardaba una mesa a todo lujo. Instantes después, nos
trajeron una botella de champaña en su correspondiente balde con hielo,
sirviéndole a mi marido y preguntándome a mí si quería, mi respuesta fue "Medio
vaso, gracias". El mozo nos dejó el menú y, antes de retirarse, nos pidió que lo
llamásemos no bien decidiéramos qué comeríamos. Lo despedimos con una sonrisa,
aunque el Amor de mi Vida siguiera con la boca abierta.
-¿Me vas a dejar pagar algo de lo que hagamos o
consumamos esta noche, Bebota?
-¡Ni loca! -respondí, simpática-. Éste es el festejo del
cumpleaños del hombre que más amo en el mundo y estuve ahorrando mucho para
poder arreglármelas sola. Me encanta celebrar tu cumple así, Cielo. Creeme que
no hay nada que me cause más placer que hacerte este regalo. Es decir -agregué,
risueñamente pícara-… hay algo, pero te aseguro que lo gozaré esta noche.
Será algo de a dos, como suele ser todo entre nosotros.
Después de cenar, aprovechamos que había buena música, una
pequeña pista de baile y sólo dos parejas más utilizándola -en ese sentido,
Carlos era muy tímido y acomplejado, argumentando que era muy "patadura" para
bailar-. Pero esa noche, pienso que creía que estaba "en deuda" conmigo (nada
más lejos de la verdad, en lo que a mí concernía). Lo cierto es que parecíamos
flotar entre nuestros brazos, mirándonos a los ojos, embelesados. Nuestros
cuerpos, anticipando lo que sucedería aquella noche en un lugar mucho más
privado, desde luego, no lograban ni deseaban separarse al compás de la suave
música. Carlos acariciaba mi espalda semidesnuda -por el diseño del vestido,
claro está- y yo, con ambas manos alrededor de su cuello, "colgaba" de él. Nos
besamos loca y apasionadamente, como si estuviéramos solos. Regresamos a la mesa
para terminar lo poco de postre que nos quedaba y abonar la cuenta.
Subimos al tercer piso y el botones nos acompañó a la
habitación. Quizá, a esta altura, ya todo el hotel supiera que éramos más que
tío y sobrina en una fecha muy especial y que la cama extra de una plaza, que
había pedido al reservar la pieza, no era otra cosa que una excusa para que me
dejaran dormir (¿Dormir? Bueno, un poco… ja, ja, ja) en el mismo cuarto. De
todas maneras, para probarlo, necesitaban equipos tecnológicos de espionaje con
los que no contaban… ¿o sí? Correríamos el "riesgo".
Ya a solas, entreabrí los labios y le di uno de los besos más
apasionados y dulces de mi vida. Abrazados y con sus manos en mi espalda,
aprovechó para desabrocharme el vestido que tuve que quitarme y guardar con
mucha delicadeza para que no se me arrugara. Al día siguiente, usaríamos ropa
más informal que yo tuve la precaución de llevar. Desnuda ante mi hombre,
procedí a descalzarme y a quitarme la gargantilla. Ayudé a Carlos a quedar en
mis mismas condiciones, ya que sus manos no daban abasto para desvestirse y
acariciarme entera. Caímos sobre "mi" cama, besándonos como enloquecidos e
intentamos una maniobra para un muy deseado sesenta y nueve; habituados a
nuestro lecho de dos plazas, nos resultó incómodo, a punto tal que casi nos
caímos, hecho que nos hizo reír, mientras cambiábamos de cama a la grande,
teóricamente destinada a mi "tío".
Allí sí, nos pajeamos chupándonos mutuamente todo. No sé si
fue por mi estado eufórico de esa oportunidad, pero su verga sabía más rica, por
así decirlo. Es más: sentir su lengua excitándome el clítoris me puso tan
caliente que me vine en un dos por tres.
-¡Ay, Papucho! Estoy gozando como hace mucho que no me
pasaba. -dije, una vez tragada su deliciosa leche, abrazándolo y ubicada a su
lado, cabeza con cabeza.
-Y pensá todo lo que nos falta, Bebota -reflexionó, con voz
dulce y sensual-… no sólo lo digo por esta noche, sino por el resto de nuestras
vidas.
Estas palabras hicieron que nos besáramos otra vez y que
nuestros brazos volvieran a la actividad; él acarició mis tetitas, pellizcándome
los pezones y yo lo abracé con todas mis fuerzas.
-Pellizcame más fuerte -rogaba yo, entre besos-. ¡Quiero
sentirte en todas partes!
-Bueno, Bebé; yo también -respondió, poniéndose de espaldas,
intentando no soltarme los pezones por nada del mundo y apretándomelos hasta
donde él ya sabía que soportaba el dolor-. Vení, montame: quiero penetrarte así.
Lo hice de inmediato y me clavé su pija hasta lo más profundo
de mis entrañas, chillando de goce total.
-¡Te amo, Papi! -gemía, mientras subía y bajaba a lo largo de
su verga, grande desde donde se la viera.
-Y yo a vos, mi Bebita… mi hijita puta, mi putita... -comenzó
a jadear, disfrutando de cada momento: después de dos años de convivencia, ambos
adivinábamos nuestros mutuos sentimientos y no podíamos fingir; tampoco había
necesidad, salvo en alguna discusión fuerte que, de vez en cuando, teníamos.
A los pocos minutos, acabó dentro de mí, con gemidos de
innegable placer. Yo aún no había llegado a mi enésimo orgasmo de la noche, por
lo que, dándose cuenta de mi situación, me frotó el clítoris y metió tres dedos
en mi rajita, reemplazando su pijota, ya en estado de semiflaccidez. Continuó
pajeándome hasta que mis jugos empaparon sus dedos que no dudó en chupar, para
luego convidarme con ese conocido y exquisito cóctel. Me levanté dos minutos
para ir al baño y, al volver a verlo, estaba dormido. Sin despertarlo, apagué la
luz, me recosté sobre su pecho y, por esa noche, cambiamos nuestros placeres
amorosos y carnales por los brazos de Morfeo.
Al día siguiente, desperté con la enorme satisfacción de
tener el rostro de mi amado entre mis muslos; para ser más precisa, estaba
lamiéndome la rajita, cuyo interior ya estaba completamente mojado con mis
propios jugos. Me resultó claro que había estado chupándola -y jugando con ella,
según sabría luego- durante varios minutos. Empecé a gemir y se detuvo sólo para
darme los buenos días y un beso apasionado. Regresando a la faena, metió su
lengua experta entre mis labios vaginales, haciéndome gozar como una puta… más,
diría yo, porque ellas lo hacen por dinero; yo, por amor. Luego, con mucha
delicadeza, me penetró con su verga y yo no pude hacer otra cosa que suspirar,
mientras ambos gozábamos.
-¡Qué placer sentir tu hermosa pijota tan adentro! -gemí,
gritando, consciente de que no estábamos en el medio del campo-. ¡Dámela, Papi…
ahhhh, ahhhh, ahhhh, ahhhh… dame tu leche! ¡Dámela toda, porfaaaa!
No fue algo inmediato, pero cumplió con mi pedido, lo cual no
le significó ningún sacrificio.
-De hecho, mi vida -dijo, mientras nos duchábamos juntos,
preparándonos para abandonar el hotel, después del desayuno-, ya deberías saber
(y estoy seguro de que lo sabés, pero te estás haciendo la mimosa) que todo lo
que te hice esta mañana… y cada vez que hacemos el amor, me fascina tanto
como a vos.
Volvimos a casa sin problema alguno y encantados de
reencontrarnos con nuestra Sofía, quien nos recibió con una bellísima sonrisa y
sendos "¡Mamá!", "¡Papá!" que nos derritieron a los dos.
Continuará…
Micaela prepara una noche muy especial para celebrar el
cumpleaños de su amado Carlos, convirtiéndolo en una ocasión muy especial e
íntima. NADA de sexo, hasta el momento preciso.