Capítulo XIV
No quise seguir viendo aquello, me di la vuelta y con el
mismo sigilo con el que llegué me retiré sin que ellos me vieran. Tenía que
salir de allí y escapar, y denunciar lo que me habían hecho a las autoridades,
sin embargo ya era tarde, demasiado tarde, una fuerte mano salió de la nada y me
jaló, me llevó rápidamente y por la fuerza a los mismos espesos arbustos en
donde me hallaba escondida. Era Rolando…
¡Vení perra! – me dijo, forzándome a entrar detrás de la
maleza.
¡Soltame o grito!
¡¿Y quién va a venir?!, ¿los guardias a quienes yo mismo
les pago, o algunos de los presentes a quienes nos les interesa en lo más
mínimo lo que hagamos con nuestras perras? Además, allá adentro nadie te va
a oír…
¡Maldito hijo de puta, ¿cómo pudiste hacerles esto a mis
amigas?!
¿Tus amigas, las viste?
¡Están portándose como las putas más putas allá en la
fiesta!
Entonces si… – me dijo con su acostumbrada y detestable
sonrisa – sos muy curiosa. De todas maneras decime, ¿qué te pareció, verdad
que son perras de primera?
¡Sos un maldito, ¿qué nos hiciste?! – dije, cayendo al
suelo, tal y como él me quería ver.
Pues… que las convertí en unas putas… no, no, me corrijo…
ayudé a que se convirtieran en lo que siempre fueron, unas putas…
¡No es cierto, no es cierto!
Pero lo es, y vos lo sabés bien Devoradora…
¡Noo, por Dioooosss! – dije, sollozando con un profundo
dolor, tratando de hallar fuerzas de donde podía, de pensar con claridad.
Ya, ya, ya… a vos más que a nadie le gusta esta
situación… ¿o no?
¡Me encanta hijo de puta! – me sinceré – ¡Y por eso sé
ahora, más que nunca, que algo muy extraño y malo pasa, si no nunca me
hubiese convertido en esto!
Solo sos una puta…
…ahora, pero no lo era… ¿qué me hicieron Mario y vos? –
solo me sonrió con sorna.
Todo a su tiempo Devoradora, todo a su tiempo… mejor
vení, te voy a enseñar unas cosas.
¡No quiero, quiero ver a mis hijos! – grité, dándome la
vuelta e intentado regresar.
Alto allí, ¿a dónde vas? – me dijo, agarrándome de un
brazo con brusquedad – Vos hacés lo que yo diga perra, tenelo claro… además,
ellos no están aquí, ¿o preferirías que estuvieran presentes en esta
fiesta?. – me quedé callada, por supuesto que no quería eso – Ahora vas a
venir conmigo y no quiero oír ni mierda más…
Me jaló y me pegó a él, agarrándome de las nalgas. Su boca
comenzó a buscar la mía, pero como se los negué bajó a mi cuello, lamiendo y
chupándolo pese a mi resistencia y mis vanos forcejeos. Mientras, sus dedos se
clavaban en mis abundantes carnes, amasándolas y apretándolas. Sentía la
protuberancia de su sexo pegarse a mi vientre, restregándose en él y por enésima
vez mi cuerpo me traicionó y sentí que mis senos me ardían de calientes, mis
pezones sobresalían escandalosamente por debajo de la delgada seda y estaban
hipersensibles. Antes de darme cuenta mis intentos de resistir y mis forcejeos
se habían desvanecido y mis ojos se hallaban cerrados, sintiendo como ese par de
dedos se me metían por debajo de la tanguita, ni siquiera supe cuándo habían
llegado allí. Rolo notó mi estado y me besó sin ser rechazado esta vez y luego
se separó de mi, tomándome de la mano.
¿Ya ves?, ya estás caliente, sos una perra… resignate ya
a que sos la Devoradora…
Me tomó de la mano y me llevó de regreso, pero no entramos
por donde salimos, sino que me llevó hasta una puerta a un costado. Esta daba
directamente a unas bellas escaleras de mármol que nos llevaron al segundo
nivel. Noté que tenía guardias de seguridad cuidándolas.
Poné atención que te voy a enseñar cosas que jamás te
imaginaste… y que no estás sola.
No entendí bien a qué se refería, pero pronto me di cuenta,
cuando al dar la vuelta por un pasillo me encontré con una hermosa mujer
totalmente desnuda, conducida en 4 patas por la enorme y musculosa Hilda. La
mujer se veía sudorosa, llena de marcas sobre la piel y muy cansada, como si la
hubiesen estado torturando. No tengo que explicar la tremenda impresión que me
llevé con esa escena, jamás en mi vida me hubiese imagina tal cosa.
Mi sorpresa, lejos de desaparecer, no hizo más que aumentar,
al seguir caminando, me topé con otras escenas tan asombrosas como aberrantes.
Por ejemplo, Rolo se detuvo frente a un grupo de hombres que tenían a un hermosa
mujer desnuda y acostada sobre una pequeña mesita de centro, con las caderas y
cabeza colgando. Era mi amiga Damaris, a quien uno de los tipos le hincaba con
ferocidad la verga entre de su depilada raja mientras otro hacía lo mismo con su
boca, con una irrumación que le cortaba la respiración. La mujer gemía
ahogadamente pero no trataba de liberarse, más parecía que se entregaba
voluntariamente a esas vejaciones. Por su parte, esos tipos se divertían como
locos usándola así, eran extranjeros, lo supe por el extraño idioma que
hablaban. Me imaginé que así era como cerrarían sus negocios este montón de
degenerados.
Nuevamente Rolo me jaló y me llevó hasta una amplia
habitación en donde otra escena similar se llevaba a cabo. Pero esta vez eran un
trío de jovencitos muy jóvenes, a quienes tenían desnudos y con collares de
perro en el cuello. Cada uno cabalgaba a un hombre distinto, que permanecían
sentados sobre cómodos sillones mientras ellos saltaban sobre sus erectos falos
frenéticamente, encajándoselos hasta el fondo de sus dilatadísimos anos. Me
chocó mucho, casi eran niños para mi, delgados e imberbes, apenas desarrollados
y de la edad de mi hijo mayor. Pero cogían con un vivo furor que se reflejaba en
sus mejillas intensamente enrojecidas y en sus ojos desorbitados, dibujando feas
muecas de placer a modo de sonrisas. 2 de ellos eran cogidos de espaldas a sus
amantes, mostrándome sus penes erectos rebotando frenéticamente sobre sus
testículos y contra sus planos vientres, estaban completamente depilados. El
tercero cabalgaba a su macho de frente, por lo que sus pezones sufrían
constantes mordidas que lo hacían gritar. Y justo cuando Rolando me volvió a
jalar para llevarme a otro lado apareció un tercer jovencito, avanzando a 4
patas y conducido por un tipo por medio de una cadena de perro, su ano mostraba
una gran abertura. Este se fue directo a tomar la verga de uno de sus compañeros
con los labios.
Iba asqueada de todo lo que veía, por todos lados tenían a un
hombre o una mujer siendo sometida y cogida con fuerza, salvajismo, usándolos
como cosas, como animales. Y yo, muy avergonzada tenía que admitir que estaba
ardiendo, sentía las gotas de mi líquidos lubricantes resbalar por mis muslos.
Finalmente me condujo hasta otro salón, en donde vi algo que
me puso aun más caliente. Era nuevamente la mujer enmascarada que seguía
cogiendo con el mismo par de tipos. Pero ahora la tenían en 4 sobre la alfombra,
en el centro de ese salón, la veía con la piel muy enrojecida y empapada en
sudor, con los ojos desorbitados y perdidos en la nada, la boca abierta,
babeando sin parar. Parecía drogada, como ausente a pesar de estar recibiendo
una cogida sin piedad por el tipo de pelo largo y enorme pene, que estrellaba
sus caderas contra ella sin parar.
El hombre me asustó también, estaba empapado de sudor, se
veía más que excitado, famélico, maniático, su sonrisa de placer más parecía una
mueca. El otro, el rapado estaba sobre un asiento, tan mojado como el primero,
en sus manos temblorosas se veía una extraña barrita como de chocolate blanco,
lo mordía y cerraba los ojos, aspirando una gran bocanada de aire. ¿Por qué se
veían así y qué era esa extraña barrita, acaso la droga que usaban conmigo?
¿Te gusta esa escena Devoradora, no creés que es una
perra muy resistente?
Maldito… maldito… – fue lo único que pude decirle, casi
sin voz, en mi se mezclaba el intenso dolor de la impotencia y la excitación
sexual más fuerte.
Rolando me llevó fuera de ese recinto justo cuando el rapado
se ponía de pié con su enhiesta verga en la mano, listo para continuar con la
tortura de la pobre infeliz. Pasándome un brazo por la cintura, me dejé conducir
con toda la sumisión del mundo hasta otra pieza, cuyo ventanal tenía una
preciosa vista a los hermosos jardines, iluminados bajo la luz de las estrellas
y por reflectores estratégicamente ubicados. Allí me abrazó y me besó
suavemente, yo no solo lo dejé hacerlo, sino que le correspondí también. Luego
se separó de mi y fue hacia el pequeño bar del cuarto.
¿Querés un trago? – me preguntó, no le pude responder,
solo moví la cabeza negando – bueno… – se sirvió un vaso de ron – y decime,
¿qué te pareció lo que viste?
Maldito… – le respondí sin fuerza, extrañamente me sentía
muy débil además de caliente.
¿Solo eso me vas a decir?… yo creo que te gustó… – no le
dije nada – desnudate perra.
Sin cuestionar, sin protestar, ni tan siquiera pensando en lo
que hacía, empecé a despojarme de mi vestido, dejándolo tirado en el suelo.
Empezando a bajarme la tanga, mi única prenda restante, me dijo que me detuviera
y volteó hacia un lado. Obedecí e hice lo mismo, del baño de la habitación salió
un hombre, era muy alto y delgado, pero con complexión de deportista.
Inmediatamente lo reconocí, ¡era Leonardo, mi marido!
¡Dios mío! – grité, tratando de cubrirme los pechos, pero
Rolo me lo impidió, sujetándome de los brazos y pegándome a su pecho –
¡Leonardo, ayudame… yo te explico! – le supliqué cuando el otro empezó a
lamerme el cuelo.
¡Puta madre, no lo puedo creer, mi santa mujer Débora de
los Milagros!
Te lo dije Leo, te dije que todas las mujeres eran unas
perras… – en ese momento noté algo raro en la actitud de mi esposo, quien
lejos ponerse histérico y violento, como yo lo esperaba, parecía
impresionado y hasta maravillado.
¡No puedo creerlo Rolando, no pensé que fueras capaz de
degradar a sí a mi mujer!
¿Qué te parece cómo la dejé? – ¿por qué se tuteaban tan
amistosamente?, un presentimiento muy malo se me clavó en el alma.
¡La dejaste buenísima, increíble!… ¡tal y como siempre me
la imaginé! – ¡¡¿que QUÉ?!!
Ya vez, te lo dije mano… aunque debo reconocer que era
una perra de primerísima calidad… – me quedé helada, ¿acaso se entendían? –
¿Y qué pensás ahora de nuestro pequeño negocio y de nuestra pequeña apuesta?
De eso hablamos después… primero el placer y luego los
negocios. – respondió mi marido.
¡¡¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ, LEONARDO, QUÉ TE PASA?!!!
Negocios son negocios Devoradora… – dijo Rolo.
¿Le pusiste Devoradora?, creo que es un excelente nombre
de puta.
En realidad se lo puso Mario, el cazador que contraté
para convertirla a mi gusto.
Mis felicitaciones para ese hombre… quizá me lo podás
presentar y…
¡Tu lo sabías, tu sabías todo lo que me estaban haciendo
y no hiciste nada para ayudarme! – le dije, comprendiendo finalmente que
todo esto fue un plan en el que mi propio marido estuvo involucrado desde un
principio.
Claro, ¿creés que te iba a dejar hacer tu santa voluntad
maldita puta? – me respondió.
Y no solo lo sabía, en realidad sos parte de un lucrativo
negocio para tu esposo.
¡¿Cuál, díganme la verdad de una puta vez?!
Te vendí mi vida, te vendí a Rolando Zamora a cambio de
un negocio muy bueno…
Y de paso me hiciste ganar una apuesta Devoradora… tu
marido no creía que te podría hacer caer tan bajo. – me derrumbé, mi última
esperanza se había esfumado, mi esposo era parte de todo, ya no tenía
escapatoria.
No opuse resistencia se me fueron encima, sabía que querrían
cogerme juntos y yo ya no tenía fuerzas para decir no. Solo era ya una esclava
que no podía defenderse más, mi voluntad había sido al fin quebrada por completo
y junco con cualquier rescoldo de esperanza. Era tan claro como el agua, todo
estuvo preparado de antemano, Rolo me llevó a esa habitación para mostrarle mi
degradación a mi esposo, quien ya me había vendido a cambio de algún jugoso
negocio.
Contemplaba a Leo de pié junto a la puerta del baño sin
gesto, mostrando su desnudez velluda e imponente. Su vista volaba perdida en mi
cuerpo desnudo y la mía en el suyo, sin poder dejar de verle la verga que traía
colgando pesadamente entre sus piernas, Leonardo siempre estuvo bien dotado. Él
siempre fue un deportista, a sus 45 años aun se mantenía en forma. Tenía un
elegante cabello rizado, castaño claro y salpicado de numerosas canas; su rostro
no era muy atractivo, pero si muy varonil, con ojos oscuros y cejas muy
pobladas, nariz recta y boca de labios carnosos..
Te vamos a pegar una buena cogida, no sabés cuánto soñé
imaginándote así – me dijo Leo.
¡NOOOOO! ¡Por favor, se los suplico!
Ya estás aquí, así que flojita y cooperando… vas a ver
que te va a encantar… – dijo Rolo, era en vano seguir protestando, ninguno
de los 2 se iban a detener.
Aprovecharon mi tímido y débil forcejeó, me jalaron y tiraron
sobre la cama y me sujetaron de los brazos para poder manosearme sin problemas.
No dejaban rincón de mi cuerpo sin tocar o invadir. Rolo se quedó con mis senos
mientras mi marido paseaba sus manos sobre mi sexo, lo recorría entero, me metía
un par de dedos y se aferraba a mi clítoris. Muy pronto me hallé ardiendo aun
más de lo que ya venía, muy mojada y lista para continuar.
¡Esta perra ya aflojó! – exclamó mi esposo – ¡Te vas a
morir del gusto Devoradora!
Leo descendió despacio hasta bajarme la tanga con los
dientes, luego me metió la cara entre las piernas y agarró mi sexo a lengüetazos
largos. Por su parte, Rolo se arrodilló junto a mi cara y me dio su pene para
que lo mamara mientras se desnudaba. Me lo tragué como era su deseo, succionando
con fuerza y acariciando su glande con mi lengua, mientras, abajo, el otro
seguía hurgando entre los pliegues de mi intimidad con su apéndice bucal y
chupando mi clítoris, era muy bueno en eso. Me tuvieron así por casi 10 minutos,
mamando y dejándome mamar. Leonardo me arrancó un rico orgasmo, dejándome
sudada, jadeando y empapada.
Pararon y se levantaron, me pusieron en 4, mi esposo detrás
de mi y me penetró con fuerza y engañosa facilidad, pues al sentir su largo y
duro tronco atravesándome sentí dolor y pegué un grito que Rolando calló
metiéndome la verga en la boca. Puse en blanco los ojos cuando ambos salvajes
iniciaron a cogerme con fuerza por los 2 lados.
¡¡¡Mmmmgggg!!!, ¡¡¡Mmmmgggg!!!! – gemía yo con la boca
llena, disfrutando intensamente –¡Qué rica está esta perra! – oír a mi
marido expresarse así de mi me calentaba más.
¡Oí como gime Leonardo, la Devoradora goza con todo lo
que le den! Es una devoradora de vergas y de semen la puta esta…
¡Si, no hay duda que le encanta!… ¡Qué puta tan increíble
tuve desperdiciada tantos años!
Y sí, me encantaba, gemía fuerte, aun con la talega de
Rolando en la boca, gemía tratando de agarrar aire con una verga que me llegaba
hasta la garganta y otra que me llegaba hasta las entrañas, sentía que me
partían en dos. Continuaron cogiéndome así por un buen rato, hasta que
decidieron cambiar de posición, me acostaron boca arriba, Leonardo colocó mis
piernas sobre sus hombros y volvió a la carga, ahora si le vi su arma… ¡Dios
mío, era enorme, larga y gorda, muy parecida al de Rolo, pero le mediría por lo
menos unos 25 cm y era tan gruesa como mi muñeca! ¿De dónde la sacó, el nunca la
tuvo tan grande? Rolando se colocó de rodillas sobre mi cara, para que le
lamiera los huevos y el culo y le chupara la verga de nuevo.
¡¡¡¡AAAAAAAAAAHHHHH!!!! ¡¡¡¡¡AAAAAAAAHHHHH!!!!! – gritaba
yo – ¡¡¡¡ANIMALES!!!! ¡¡¡¡SON UNOS ANIMALES!!!!…
¡¡¡¡¡AAAAAAAAGGGGGGHHHHH!!!!!
¡Gritá perra, gozalo que se te ve que te encanta! – me
decía Leonardo.
¡¡¡¡DESGRACIAAAAAAADOOOOOOOSSSSSS!!!!
¡No disimulés Devoradora, sabemos que querés más!
¡Decilo! ¡Pedinos más! – decía Rolo.
¡¡¡¡MMMAAAASSSSSS, MMMAAAASSSS!!!! – terminé gritando
totalmente fuera de mi.
Me cogieron así por otros 10 minutos, Rolo gozó como un loco
las constantes lamidas que le daba a sus bolas y cuando colaba la punta de mi
lengua entre su ano. Veía su verga palpitando, lista para reventar. Y con
Leonardo, sentir como su tremenda tranca estiraba al máximo las paredes de mi
vagina me llevó a un segundo y a un tercer orgasmo, entonces me cambiaron de
posición. Mi marido me levantó en brazos sin dejar de penetrarme y tomó asiento
en un pequeño sillón junto a la puerta. Inmediatamente me puse a cabalgarlo con
brusquedad, buscando la mayor profundidad en las penetraciones. La verdad apenas
me cabía la mitad, el resto permanecía afuera pese a mis empujones. El otro
llegó desde atrás con unas oscuras intenciones.
¿Te parece un sanguchito Devoradora?
¡¡¡¡AAAAAAHHHHHHH!!!!… ¿QUÉ? ¡¡¡¡AAAAGHHHHH!!!!
Que me des el chiquito… – no me dejó ni responder, porque
ya estaba presionando sobre mi esfínter anal, introduciéndome su largo y
grueso miembro.
¡¡¡NOOOOOO!!! ¡¡¡AAAAAYYYYYYGGGGHHHHHH!!! – pequé un
grito cuando lo sentí atravesándome, no era mi primera vez pero él siempre
me lo dilataba por lo menos.
Tranquilita Debi, has gozado todo hasta ahora, te juro
que vas a gozar más todavía. – me dijo Rolo, empalándome de un golpe y
esposándome las muñecas a mi espalda.
¡¡¡ME DUELEEEEEEHHHH!!! – volví a gritar y traté de
empujarlo y quitármelo, pero Leonardo me sujetó fuerte, no me iban a dejar
escapar
No sé cómo pude aguantar todo aquello sin desvanecerme, como
siempre terminé sumida en la más profunda rendición a los deseos enfermos de
Rolo y lo único que podía hacer era gritar como una loca desequilibrada de
placer, humillación, vergüenza, calentura y degradación.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAARRRRRGGGGGHHHHHH!!!!!!!!! – gritaba
desesperadamente, sintiendo dentro de mi ano el ariete que me clavaba cada
vez más duro.
¡¡¡AAAAHHHH!!! ¡Cómo tenés de apretado el culo, perra! –
exclamó Rolando.
¡Me encantan los culitos apretados! – agregó el otro.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡MMMMMMMPFFFFFFF!!!!!!!!! ¡¡¡¡AAAAAAHHHHHH!!!!
¡¡¡¡AAAAAAAHHHHHH!!!!
Lo estás gozando Debi, no lo negués… – me repetía Rolo
cada vez, viendo mi rostro enrojecido e inflamado.
¡¡¡¡¡ANIMAAAAAALESSSSSSSS!!!!!
¡¡¡¡¡AAAAAAAGGHHHHHHHHHH!!!!! – les gritaba yo.
Me estuvieron cogiendo por un tiempo que me pareció eterno,
ya no aguantaba aunque tuve varios orgasmos más y hubiese podido continuar para
siempre en esa situación. Recibía palo por ambos frentes y mis gritos solo
hacían que esos dos sementales me perforaran más fuerte. Pero gracias a Dios
nada es eterno en este mundo y por fin terminaron, me tiraron boca arriba al
suelo y se masturbaron enérgicamente sobre mi rostro hasta explotar casi en
forma simultánea llenándome la cara de semen.
¡¡¡¡AAAAAGGGGGGHHHHHHHH!!!! ¡¡¡¡QUERIIIIIICOOOOOOOO!!!! –
gritó Rolando.
¡¡¡¡QUÉ PUTA ES MI MUJEEEERRR!!!!… ¡¡¡¡OOOOGGGHHHHH!!!! –
exclamó Leonardo.
Quedaron sentados y satisfechos en la orilla de la cama, sus
penes aun goteaban semen, Leo me veía con asombro cubierta de su blanca leche y
de mi sudor. Mi marido nunca había visto una puta tan grande como yo, mucho
menos la había probado, y Rolo me sonreía con sarcasmo, satisfecho de los que
había logrado hacer conmigo. Lo malo es que aun no habían terminado esa noche.
Me dejaron tirada en el suelo, todavía con la cara cubierta de semen y mis
muñecas esposadas a la espalda, los oía hablar de mi, expresarse de mi como si
fuera una cosa. En mi interior tenía la certeza de no ser más que eso, un
objeto, un juguete del deseo y de placer, de una sumisión e indefensión totales,
y eso me daba mucho morbo. Pero no me dejaron descansar mucho tiempo, pues en
cuestión de minutos ya tenían las vergas paradas otra vez.
Me levantaron y me sentaron sobre la cama, comenzaron a
pasarme los dedos sobre la cara, recogiendo el semen que aun tenía impregnado en
el rostro y llevándomelo a la boca para que me lo comiera. Mansamente sacaba la
lengua y les lamía los dedos, lo hicieron hasta que terminé de tragarme toda la
leche y mi cara quedó limpia. Inmediatamente me subieron a la cama y me pusieron
boca abajo, sobre mis rodillas y pecho, con la cara pegada al colchón. Mi
trasero estaba en pompa, con lo que debía verse delicioso, pues, como sabrán, mi
culo era impresionante, redondo y firme, muy grande y parado.
¡Qué culo! ¡Puta madre, mi vieja siempre fue un culazo! –
dijo Leonardo impresionado.
Tiene de todo, culo, chiches, cintura, carita, piernas…
¡se está cayendo de buena mi perra!
Definitivamente, Rolo, ¡es la mejor puta que he probado!…
¡Y pensar que era tu mujer!
¡Si, que imbécil soy, cómo la fui a desperdiciar así! –
¡hijos de puta!
Mi esposo empezó a meterme varios dedos entre el ano, aun
dilatado e irritado por la brutal incursión del miembro de Rolando. Pero como lo
comprobé antes, él sabía manejarse muy bien dentro de las entrañas de una mujer.
No me di cuanta de cuando me metió 2, 3, y hasta 4 dedos, tan solo sentía las
molestias del escozor y uno que otro tirón.
Bueno, ya está… ¿procedo? – dijo Leonardo, pidiéndole
permiso a Rolando como broma, aunque en la realidad él sabía que la pobre
putilla de su mujer era propiedad de su socio.
¡Con confianza, la Devoradora aguanta con todo! – le
respondió el otro.
Colocó la cabeza de su pene sobre mi ano y empujó sin piedad,
a pesar del buen trabajo que realizó dilatándome me dolió mucho. Allí reaccioné
por fin… pero demasiado tarde.
¡¡¡AAAAYYYYY!!!… ¡¡ME DUELEEEEE!!… ¡¡¡ANIMAL,
DEJAAAAMEEEEEE!!!
Callate perra, si sabemos que te gusta… – dijo Leonardo,
Rolando solo veía entre risas.
¡¡¡AAYY!!! ¡¡¡AAYY!!! ¡¡¡AAYY!!!…
¡¡¡AAAAAAAYYYGGGGGHHHHHRRRRR!!!
¡Gozalo perra, gozalo! – al principio me lo hizo
despacio, pero poco a poco me fue penetrando con más fuerza hasta que eran
golpes frenéticos de su pelvis contra mis nalgas que se estremecían ante
cada nueva embestida y yo me estaba quedando ronca de tanto gritar, de tanto
pedir piedad y compasión.
¡¡QUÉ RICA ESTÁS DEVORADORA… PERRA!!… Rolando… Rolo… dale
vos un rato…
¡Pero por supuesto!
Leonardo me sacó su larga y dura barra de carne y le cedió el
puesto al otro. Sentir ese otro pene adentro de mi fue una especie de alivio,
pues aunque estaba tremendamente bien dotado también, era más pequeño y delgado.
Pero me dio tan solo 3 o 4 puyones y le cedió el puesto a mi marido de nuevo,
que también me penetró 3 o 4 veces y me lo cedió de nuevo a el. Esos
desgraciados se estaban turnando para sodomizarme y me hicieron sentir más cosa
aun.
¡Puta madre Rolando, qué rico culo!
¡Delicioso!… ¿no te gusta Devoradora?
¡¡¡¡AAAAHHHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAYYYYYHHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAAGGGGGHHHHH!!!!
¿Te sabés el dos en uno Leo?
Creo que si, ya vimos que si aguanta. – contestó este –
¿Qué decís Debi, te atrevés?
¿Qué es eso? – pregunté casi llorando.
Vas a ver, ya vas a ver… te va a encantar, perra de
mierda… – me contestó Rolando
Me levantaron de la cama y me llevaron hasta un sillón, en
donde mi marido tomó asiento y me clavó sobre su estaca, llenado mi vagina a
tope como momentos antes. Me tomó de la cintura y me comenzó a subir y bajar,
clavándome hasta el fondo, buscando que me volviera a lubricar rápidamente. La
verdad no necesitó demasiado esfuerzo, aun me quedaba bastante de mi profusa
empapada anterior y con esa verga adentro tardé poco en volverme a calentar.
Entonces, viendo que la larga y poderosa barra de carne de mi marido se
deslizaba sin mayores problemas, Rolo colocó la suya justo en la entrada, sobre
la de Leonardo. Comenzó a empujar, entrando a mi adolorido sexo ya ocupado por
un palo que lo abarcaba casi todo.
¡¡¡¡OOOOAAAAAGGGGGGGHHHHHH!!!!… ¡¡¡¡AAAAYYYY!!!! ¡¡¡¡¡AAYYYYY!!!!!
– grité, presa de un dolor terrible cuando sintió el par de vergas ingresar
al mismo tiempo.
¡Dale perra, aguantá, aguantá! – me decía Leonardo.
¡¡QUÉ RICO POR LA GRAN PUTA!! – exclamó Rolando – ¡¡¡SOS
LA MEJOR PERRA DEL MUNDO, DEVORADORA!!!
¡¡¡¡AAY!!!! ¡¡¡¡AAY!!!! ¡¡¡¡AAY!!!!… ¡¡¡SÁQUENMELAS,
SAAAAQUEEENMELAAASS!!!! ¡¡¡¡AAAAAAAGGGGGGGGHHHHHHHH!!!!
Sentía que me estaban partiendo en 2, que me desgarraban sin
piedad, pero, muy a mi pesar, tengo que reconocer que disfruté de esa doble
penetración. ¡Qué bueno que no se les ocurrió hacérmela por el ano pues allí si
me hubieran desgarrado! Tan solo me dejé hacer, ¿qué otra cosa podía? Cerré los
ojos y me dediqué a sentir esos 2 impresionantes arietes entrar y salir de mi
interior, estirando mi vagina de formas impensables, gritando a todo pulmón con
la boca totalmente abierta… orinándome cuando me llegó el ultimo orgasmo de la
noche.
Siguieron dándome por no sé cuánto tiempo perfectamente
coordinados y a un ritmo constante. Los escuchaba gemir y gruñir, maldiciendo a
mi madre por estar tan buena, por haberme parido tan buena. Y yo, llegó un
momento en que dejé de gritar, dejé de sentir, todo a mi alrededor se me nublaba
por momentos, estaba como mareada. Apenas si me di cuenta cuando, entre gritos y
rugidos, inundaron al mismo tiempo mis entrañas, dejándome una cantidad
exorbitante de semen dentro de mi ser. Solo los sentí jadear, riéndose como
idiotas por no sé que cosa… entonces todo se me puso negro.
No caí inconsciente, no, pero tampoco estaba despierta. Me
quitaron las esposas y me dejaron tirada en el piso, como un estropajo viejo.
Leonardo se duchó, se visitó y se fue, yo no me moví de donde estaba, tirada
boca abajo, inerte. Eso llamó la atención de Rolando, que me ordenó que me
levantara, pero como no reaccionaba, el mismo me llevó a la ducha y la prendió,
se metió conmigo y me enjabonó el cuerpo, me lavó por completo menos mi sexo. Se
estaba riendo como un imbécil mientras, poco a poco, iba recobrando el sentido,
empezando a temblar y a llorar.
Voy a terminar esta historia aquí mis amigos, porque lo que
sigue son los peores recuerdos de mi vida, pero también los más calientes y
excitantes. Solo les diré que, desde ese momento, mi vida nunca volvió a ser la
misma, Débora Lozano de Grijalva de verdad murió, quedando en su lugar la
"Devoradora", la puta más viciosa que ha existido.
En cuanto a mis hijos les diré que tampoco se salvaron de la
perversión y degeneración de este hombre… pero eso es parte de otra historia,
una entre tantas que les contaré más adelante. Por ahora no me queda más que
darles las gracias por su atención…
FIN.
Garganta de Cuero
Pueden enviarme sus comentarios y sugerencias a mi dirección
de correo electrónico, que con gusto los leeré y los contestaré, gracias.