Habíamos quedado en el aparcamiento del hotel. Ni el quería
que se enterara su novia, ni yo que me viera mi marido. Apresurada por la hora
que era y con mi bolso de los secretos encima, me quede en la puerta. El, como
siempre, muy puntual, me miro con recelo. Disponíamos de una hora. Y ya solo nos
quedaban 59 minutos...
El, había reservado la habitación. Paso por recepción y cogió
la tarjeta. Nos dirigimos con cautela al ascensor. Nadie nos había visto.
-Subimos al séptimo, cielo.
Aquellas palabras, causaron en mi una gran excitación. Cosas
del destino. No lo dude un segundo. Me entretuve en jugar con sus manos. A
planear nuestra aventura, nuestro juego. A pensar, que teníamos la oportunidad
de olvidarlo todo. De no decir nada. Y ya solo nos quedaban 50 minutos...
Abrimos la habitación. Impoluta. Inmaculada. Virginal. Me encanta pensar las
travesuras que allí se han podido consumir. Los secretos que se han podido
decir. Los pactos que se han podido hacer.
Me dirigí al aseo y me cambie. Me puse mi disfraz de amante
perfecta. El mientras, deshacía la cama, encendía las velas y perfumaba el
cuarto con el dulce olor a vainilla.
Le sugerí que se tumbara en la cama. Iba a disfrutar de mis
manos. Recorría con ellas cada poro de su piel. Sentía en mi pecho el respirar
de su alma. Imaginaba, que el estaba planeando el siguiente asalto. Y ya solo
quedaban 43 minutos...
Tras el momento de la calma, empezó la excitación. Jugábamos
a amarnos. A ser por un instante lo que en la realidad no podíamos. Besábamos la
idea de lo prohibido. Nos abrazamos a la aventura de esos momentos. Creíamos que
había llegado la hora de desnudar nuestros cuerpo, para abrigar nuestra
imaginación, que llegaba a los limites mas insospechados. El calor recorría mis
extremidades. Mis labios bebían del elixir de la vida. La pasión me inundaba por
completo. Íbamos a bailar la danza del fuego. Y repostamos en la sabanas
blancas, que pedían a gritos el olor de los amantes. Siempre me había enamorado
de aquellas sabanas inocentes, que cubren lo necesario, y dejan ver lo que es
inevitable. Y ya solo quedaban 29 minutos...
No siempre sentía lo mismo. Es mas, diría que con la misma
persona se tiene sensaciones diferentes. Habíamos culminado nuestro encuentro de
esa tarde. Nos quedamos admirados de lo que éramos capaces de hacer. La
sincronización fue perfecta. Esperamos mientras volvíamos a la realidad, después
de aquel viaje al paraíso.
Nos aferramos el uno al otro. En esos momentos, los dos
disfrutamos del instante de ser amos de nuestras pasiones y esclavos de nuestros
descubrimientos.
Decidí tomar una ducha antes de márchame. Y solo me faltaban
11minutos...
Ya, nada tenia sentido. El mundo exterior empezaba a llamara a la puerta. La
fantasía empezaba a desvanecerse. Todo estaba llegando a su fin. Recogí todo y
me despedí de el. Quien sabe cuando tendríamos otro encuentro.
Solo me quedaba un recuerdo. La habitación 739. Mi cómplice. Nuestra confidente.