EL MEJOR CULO
Cuando subí a aquel tren con mi mochila, aquella noche de
verano, dispuesto a pasar unas vacaciones libres y bohemias, sin destino
prefijado, no sospechaba que estaba a punto de conocer a Mariam, sencillamente
la tia más buena que he conocido nunca.
Acababa de coger mis vacaciones estivales, mi primera paga
extra, y, cansado de pasar mis vacaciones en Sagunto con mis padres, decidí que
ya era mayorcito para experimentar unas vacaciones diferentes, un vagabundeo
ocioso y divertido, sin destino prefijado a través del país. Había pensado en
Cádiz, en la ruta de los pueblos blancos. Permanecer en algún camping y, desde
allí, realizar diferentes excursiones. Estaba realmente eufórico por mis
expectativas: todo me resultaba tan excitante y nuevo..., disponer de mi propio
dinero, decidir sobre la marcha los cambios que me apetecieran, conocer nuevos
lugares, quizás nuevas gentes... Y digo quizás porque soy una persona bastante
tímida y no me resulta fácil relacionarme, así que no contaba demasiado con
hacer nuevas amistades.
Subí al tren y busqué mi compartimiento. Lo encontré
rápidamente y, dejando mis cosas, salí al pasillo del tren a mirar por la
ventanilla a la espera de que el tren comenzara su bamboleante viaje. En el
pasillo, que estaba atestado de gente, divisé casi al final una cabecita rubia
con graciosas trenzas. Era una muchacha de unos 20 años a la que no le ví la
cara. Sólo pude ver, sobre las cabezas del resto de los pasajeros, que
transportaba una pesada mochila gris y llevaba los morenos hombros desnudos. En
aquel momento no le presté mayor atención. Era una de las decenas de pasajeros
anónimos que iban en mi vagón.
Poco después, con el tren ya en marcha, tras haber estado en
mi litera hojeando una revista comprada en el puesto de periódicos de la
estación, decidí salir al pasillo del vagón a estirar las piernas. Eran las
12:00 de la noche y mucha gente estaba ya acostada en sus literas intentando
conciliar el sueño en sus incómodas literas.
Estiré las piernas en el pasillo y me apoyé para mirar a
través de la ventanilla el paisaje nocturno desde el tren. Estaba adormeciéndome
por el rítmico traqueteo cuando miré hacia mi izquierda, al fondo del pasillo.
Al principio creí que había visto algo que en realidad no estaba ahí, un
nebuloso ensueño propio de la hora que era; pero no, era real y allí estaba. El
más grandioso culo que he visto nunca estaba allí, embutido en un apretado
pantalón de pana negra. Y pertenecía a aquella rubita de las trenzas que había
avistado brevemente apenas dos horas antes.
Antes de proseguir la descripción de aquel monumento a la
carne que se exhibía ante mí, debo explicar al lector algunas cosas sobre mi
concepto de lo bello y lo deseable. No soy un admirador de las chicas 90-60-90,
de ese concepto de belleza famélico que, entre modistos, publicistas y demás,
hemos acabado asimilando como natural e inevitable. En cuestión de cánones de
belleza, yo sigo la llamada de mi sangre, y esta me pide, como sé que a muchos
de vosotros, amigos lectores, los cuerpos gloriosamente abundantes. No quiero
decir con esto que me apasionen las chicas meramente gruesas, sino que tengo un
amplio concepto de cuán gruesa puede ser una mujer y ser, precisamente por ello,
más deseable. Me fascinan los pechos enormes, los muslos rotundos y, por
supuesto, las nalgas desbordantes, y sé que en estas cuestiones no somos ni
mucho menos minoría. Hecho este inciso, prosigo explicando por qué aquella
rubia, mi Mariam, me pareció y parece la tia más maciza que he visto nunca.
Aquella chica estaba charlando con la que parecía regentar el
minibar del tren en ese vagón, comprando un botellín de agua mineral. Los breves
momentos que estuvo de espaldas a mí los aproveché para comerme con los ojos el
tremendo espectáculo que se desplegaba ante mis atónitos ojos. Teniendo como
marco unas muy anchas caderas, dos abultadísimas, rotundas, macizas nalgas en
forma de graciosa pera que amenazaban con reventar las costuras del ajustadísimo
pantalón de pana negra que contenía aquella maravilla. Por si fuera poco, la
chavala cambiaba el peso de su cuerpo casi constantemente de una pierna a otra,
haciéndolas mecerse encantadoramente, y ofreciendo distintas posturas que no
hacían sino dejar claro lo macizo y bueno que estaba su alucinante trasero.
No exagero nada, amigos, si os digo que, literalmente, se me
cortó la respiración por unos momentos, y que sentí un intenso calor en mi
entrepierna, con un tenue dolor físico en mis testículos. Creo que más de uno de
vosotros sabe de qué hablo, no del deseo normal que experimentamos decenas de
veces al día por chicas anónimas, sino ese deseo salvaje que de vez en cuando
padecemos en contadas situaciones.
Me quedé allí paralizado sin saber qué hacer. Siendo como soy
un gran aficionado a los culos femeninos, encontrarme de buenas a primeras con
el mejor que había visto nunca me dejó inmovilizado. Antes de que pudiera hacer
nada, la chica se dio la vuelta y se dirigió hacia mí. Entonces pude apreciar su
cara y el resto de su cuerpo. Si bien no era exactamente guapa, tenía una cara
regordeta y graciosa, definitivamente agradable: carnosas mejillas y brillantes
ojos color miel, nariz chatilla. Tenía un sedoso pelo rubio que llevaba recogido
en dos graciosas trenzas que le llegaban hasta los hombros y que le daban un
aspecto semi-infantil tremendamente sexy. Pero si os digo lo verdad, no pude
fijarme mucho en la cara porque, al darse la vuelta, pude ver el resto de su
anatomía, y como bien sabéis, a un buen culo le suelen acompañar unas buenas
tetas. Nuestra amiga no era desde luego una excepción. Tuve que reprimir mi
mirada para no quedarme embelesado ante las dos tremendas tetas que tenía la
nena. Tremendas. Tremendas.
Noté claramente cómo mi polla se había salido del calzoncillo
debido a la espontánea y tremenda erección, sintiendo cómo mi glande rozaba la
áspera tela de mis vaqueros. No pude mirarlas detenidamente porque ella se
dirigió a mí:
- Perdona, ¿tienes cambio de 5000?
- Eh... creo que sí...
Rebusqué nerviosamente y saqué algunos billetes para
dárselos. Estaba muy nervioso. Como no tenía suficiente, le pedí que me
esperara, que iría a mi litera donde si tenía billetes. Este gesto de amabilidad
me hizo ganarme su simpatía inicial.
Recogí mi dinero de la litera mientras mascullaba en voz baja
para mí "¡Joder, qué buena está!", con mi polla aún tiesa como un garrote.
Salí fuera y le di el cambio. Ella me regaló una preciosa
sonrisa y, tras darme las gracias, se dio media vuelta para pagar su botellín de
agua. Aproveché la circunstancia para mirarle impunemente el culo. Los
pantalones estaban ajustadísimos, no porque ella se los hubiera comprado así,
realmente eran de su talla pero los volúmenes de su cuerpo eran tales que
necesariamente la tela se tensaba al límite y la pana desaparecía en las
profundidades insondables de la abertura de sus nalgas. De cerca eran aún más
grandes y macizas. Se alejó con un involuntario contoneo que me puso aún más
cachondo. Me dí cuenta de que quizás no tendría muchas oportunidades de mirarla
tan descaradamente, así que permanecí allí comiéndomela con la mirada.
Llevaba una camiseta roja. En aquel momento no pude apreciar
si llevaba sujetador (¡De qué talla debería ser!), Pero sí me dejó estupefacto
el tamaño de aquellos melones. ¡Vaya tetas! Eran las más grandes que había visto
en vivo. Sin embargo, siendo enormes, no resultaban excesivas. Estaban en ese
delicioso punto ideal entre lo muy grande y lo ya excesivo.
Ella terminó de pagar y se dirigió a su compartimiento. Me
miró de soslayo y me sonrió con gratitud. Desapareció en su camarote.
Sentí una sensación agridulce. Sabía que me esperaba un
verdadero pajón en mi litera, a la salud de aquella guarra, pero sentía una
ténue amargura. No quería masturbarme a su salud, quería follarla.
Me metí en mi compartimiento, que sólo ocupaba yo, eché el
cerrojo y me bajé los pantalones hasta los tobillos. Me masturbé
voluptuosamente, recordando el culo de la nena que acababa de ver. Enseguida me
corrí, derramando espesa y abundante leche caliente. Creí que aquello me
calmaría, pero cinco minutos después tenía de nuevo ardientes deseos de
follarla.
"Si no fuera tan tímido...", pensé. Encorajinado por mi
propia frustración decidí intentar conocerla. Si no llegaba a nada, al menos me
beneficiaría de verla de cerca otra vez y de retener en mi memoria nuevas
posturitas de aquel tremendo putón.
Salí al pasillo y me acerqué a su camarote. La puerta del
suyo estaba entreabierta. Ella estaba sentada en la litera, con los pies
descalzos en el suelo.
Me miró con simpatía y me invitó a entrar.
- Hola... ¿qué tal? ¡Gracias por el cambio¡-me dijo.
- De nada
- ¿Quieres sentarte?
Por supuesto que quería sentarme. Me senté en la litera de
enfrente intentando no fijarme en su cuerpo por el momento.
Nos presentamos. Se llamaba Mari Ángeles, Mariam. Mariam.
Desde entonces ese nombre se convirtió para mí en el símbolo del más ofuscado
deseo sexual. Le dije el mío, Antonio. Charlamos brevemente sobre el tren, y a
los pocos minutos me dí cuenta de que no sólo Mariam estaba como un tren de
mercancías, sino que era alegre y simpática. Lo que faltaba.
La conversación derivó a temas más interesantes. Resultó que
le gustaba leer como a mí, de que no era una cabeza hueca. Tenía inquietudes
sociales. Era una chica "progre", por así decirlo, y bastante liberada. Pronto
nos sentimos muy cómodos el uno con el otro. Había química, y me di cuenta de
que sería muy fácil relacionarme con ella: siempre tenía un comentario
agradable, ingenioso. Me relajé bastante. En otras circunstancias, con otra
chica, esta conversación hubiera dejado en un segundo plano mi ofuscado deseo.
Pero es que la amiga Mariam no era una chica más. Era imposible no fijarse casi
con angustia en la dos tremendas tetas que tenía bajo la camiseta, y que, me dí
cuenta, ¡no llevaban sujetador!
Sus pezones se revelaban bajo la ligera tela, coronando
aquellas dos suculentas montañas. Yo intentaba por todos los medios disimular
mis miradas. Ella no parecía darse cuenta, afortunadamente. Calculé que pesaría
unos 75 kilos, eso sí, muy, pero que muy bien puestos. Había donde agarrar. En
realidad había donde agarrar para varios chicos a la vez.
Tenía las piernas cruzadas informalmente, los grandes muslos
apoyados uno sobre otro, su entrepierna gloriosamente lisa se perdía entre
aquellas macizas y torneadas barras de carne. Me parecía sentir el calor que
emanaban. De vez en cuando, ella se inclinaba a tocarse los pies, que tenía
evidentemente doloridos. Cuando lo hacía, sus pechos colgaban, revelando aún con
más claridad su anormal tamaño.
Por aquel entonces mi polla pedía otra vez guerra, cómo no.
Me brindé a darle un masaje en los pies gentilmente.
- ¿Tu sabes dar masajes, Antonio? -me preguntó.
- Sí, mi hermano me enseñó.
- Me encantaría.
Mariam puso su regordete pie a mi disposición. Lo apoyé en
mis rodillas y comencé a masajearlo, firme y suavemente a la vez. Tocar su pie
me produjo una gran satisfacción; no era su culo, ni sus pechos, ni su chocho,
pero era su piel y aquello me erotizaba. Ella soltó un par de gemidos
espontáneos que, desde luego, no contribuyeron a mi relajación.
Después de unos 10 minutos de masaje, Mariam me miraba con
gratitud. Era obvio que me había ganado su confianza y su simpatía.
De improviso se levantó; sus tetas se balancearon
majestuosamente. Se dio la vuelta y se encaramó a la litera superior donde tenía
la mochila. Durante breves momentos, el culazo quedó expuesto ante mí en toda su
gloria. Nueva salvaje erección. "¡Pero que culoooooo!"
Duró poco. Bajó la mochila al suelo y comenzó a sacar libros.
Se inclinó poniendo el trasero en pompa. Desde donde yo estaba no podía verlo.
Me desplacé discretamente cerca de la ventanilla, para tener una panorámica de
sus nalgas abiertas. Lo conseguí. Durante breves momentos, a menos de un metro,
contemplé maravillado aquellas nalgazas y la abertura que parecía no tener
fondo. Los muslos eran increíblemente macizos y torneados. No había nada en su
cuerpo que me sirviera de consuelo para desecharla, ninguna excusa para
olvidarme de ella. Os aseguro, amigos, que me la habría follado por el culo allí
mismo.
Ella se dio la vuelta y me enseñó varias revistas y libros.
Me explicó que estaba buscando destinos donde ir. De alguna manera su viaje era
semejante al mío, sin rumbo fijo. Le comenté los posibles destinos interesantes
de aquella zona, que yo conocía bien, como andaluz. Ella era madrileña.
No sé por qué, pero en aras de no hacerla sospechar de cuán
sólido estaba, decidí darle las buenas noches y marcharme. No quería estropear
mis progresos con ella.
- Ha sido bonito conocerte, eres un encanto.
"Por favor, no me digas eso...", pensé. No hace falta decir
que aquella noche en mi litera conseguí correrme hasta 5 veces a la salud de
Mariam.
Al día siguiente, agotado y con mi miembro dolorido, me
levanté para bajarme del tren cerca de Cádiz. A punto de bajar vi a Mariam, con
su mochila puesta, acercarse a mí.
- Quería pedirte un favor -me dijo, tras darme los buenos
días-.Verás..., yo no conozco bien esta zona, no sé dónde ir ni qué ver. He
pensado que, como hemos congeniado, quizás no te importaría que fuera tu
compañera de viaje durante unos días... Si no te molesta...
Me quedé estupefacto. Aquella tia, que me había hecho
correrme 6 veces en mi litera, quería ser mi compañera de viaje. Mi cara debió
reflejar tal asombro que Mariam se dio cuenta y lo interpretó como una negativa.
- Perdona - me dijo. Es un abuso de confianza...
-¡No, no, no! ¡Para nada!
- No, de verdad, has sido muy amable y no quiero abusar...
- ¡De veras que no, que no! ¡Me encantaría que vinieras
conmigo!
- ¿De verdad ?
- ¡Por supuesto! ¡De verdad que sí!
Eufóricos ambos, ella me dio un beso en la mejilla. Noté
brevemente una de sus tetazas rozar mi pecho. Ella por mi compañía, yo por la
suya, estábamos encantados...
Como podéis suponer, pasé unos 10 minutos incrédulo ante mi
suerte. Además, nada más bajar del tren me dí cuenta de que mi devoción por su
cuerpo estaba más que justificada. Todos los lugareños con los que nos
cruzábamos se quedaban estupefactos ante la hembra rubia que veían pasar. Yo
sentía una especie de orgullo machista, como diciendo: "¿Has visto la tia tan
buena que va conmigo? Pues luego me la voy a follar."
No sé si os ha pasado alguna vez, amigos, pero Mariam era ese
tipo de tia que te convierte en un imbécil que no hace más que pensar
constantemente en lo buena que está, en el polvo que se merece. Pues ese era yo.
Ella me invitó a desayunar en una tasca cercana a la
estación. Mientras desayunábamos y veíamos posibles rutas, el dueño del bar, al
que Mariam no podía ver desde su posición, me hacía con las manos elocuentes y
groseros gestos acerca de la delantera de mi amiga. Me dí cuenta de que mi viaje
con ella estaría lleno de "anécdotas" de ese tipo.
Mariam, sin embargo, parecía no darse cuenta del revuelo
hormonal que causaba a su alrededor. Ella parecía vivir en una feliz ignorancia
del tremendo deseo que despertaba en los hombres. Esta característica de ella la
hacía todavía más excitante. Paseaba su culazo, sus tetas, sus muslos, de aquí
para allá, inconsciente de las numerosas erecciones que provocaba. Esta infantil
inocencia multiplicaba el morbo que sentía por ella. Debo decir que Mariam era,
además de una real hembra, una bella persona, y que, con el paso de los días, mi
afecto sincero creció por ella, sin que esto fuera óbice para que continuara
deseándola con fiereza. Lo cortés no quita lo valiente.
Mientras comía, unas miguitas de pan cayeron en su
entrepierna. Sin ningún reparo, abrió las piernas de par en par y sacudió los
restos de pan que habían caído sobre la planicie curva de su chocho. Verla abrir
ampliamente las piernas ante mí, aunque fuera vestida, me puso nuevamente
cachondo. Me dí cuenta de que debía intentar relajarme. No podía estar
continuamente salido con ella. Le parecería un gilipollas y yo quería tener
alguna posibilidad de tirarme a mi nueva amiga.
Después de meditar posibles destinos, decidimos contratar el
servicio de un profesional que realizaba recorridos a caballo por una bella zona
de la Sierra de Grazalema. La intención era acercarnos a través de un recorrido
de dos días a caballo a una zona desde la cual teníamos una amplia gama de
posibilidades: campings, albergues, senderismo...
Nos acercamos a la sede de las excursiones a caballo y
contratamos el servicio del guía, un hombre de unos 45 años, fuerte y recio, que
durante dos días nos acompañaría a caballo a través de la serranía. Fulgencio,
así se llamaba, demostró desde el principio una fuerte atracción por Mariam. Su
primera reacción al verla fue una tonta risa histérica, al ver las formidables
tetas de mi compañera. Mariam no es tonta y se dio cuenta de lo que pasaba,
ruborizándose notablemente.
Comenzamos el viaje, pues, algo incómodos, Mariam porque se
sabía observada obscenamente, y yo porque no sabía muy bien cómo debería
reaccionar ante los primarios impulsos del tal Fulgencio.
El trayecto era de gran hermosura, entre pinares, y olor a
romero y tomillo. Recorrimos buena parte de la serranía. La sensación de
novedad, de belleza , nos sumergía a Mariam y a mí en una especie de euforia por
nuestra acertada elección. Comimos bajo un árbol y al lado de un rumoroso
arroyo. Fulgencio nos dejó solos, suponiendo quizás que éramos pareja. Mariam se
sinceró conmigo.
- ¿Sabes? Me siento incómoda, Antonio.
- ¿Por qué? -sabía exactamente por qué, pero quería que me lo
dijera ella.
- Ese hombre, la manera en que me mira... Me molesta.
- ¿A que te refieres ?
- Bueno, no sé si te has fijado, pero tengo más pecho de lo
normal...
¡Joder, que si me había fijado!
- La verdad es que no...
- Pues sí, y esto a veces causa situaciones incómodas. Ese
Fulgencio me mira con descaro.
Puse cara de fastidio, y dije :
- No debes hacer caso de salidos como ese... Gilipollas hay
en todas partes.
Mariam me miró con ternura y me dijo:
- Eres diferente del resto de los chicos, Antonio. Los demás
sólo piensan en lo mismo siempre. Tú eres diferente...
- No, soy normal y corriente, sólo que te entiendo, Mariam.
Mariam empezó a contarme con discreción los problemas que su
abundante pecho le había causado, el complejo que tenía con ello y lo que le
hacía sufrir. Siempre había querido demostrar que era algo más que dos grandes
tetas a los chicos, y esa era en parte la razón por la que leía y se cultivaba
tanto.
Debo reconocer que yo estaba dividido mientras me contaba
esto; por una parte la escuchaba con comprensión y cariño, por otra me costaba
trabajo evitar pensamientos groseros, apostillas obscenas a lo que ella me
contaba, pensamientos del estilo "...y qué esperas, putón, con los tetones que
tienes". Su relato me resultaba enigmático. Me dí cuenta de varias cosas: era
muy ingenua, atribuía la atracción que generaba en los hombres sólo a sus
pechos, no a su culo o sus muslos. Por otro lado, no entendía que, sabiéndose
tan provocativa, no usara sujetador.
Durante nuestra conversación le dejé claro que no debía
preocuparse por el tal Fulgencio, que yo me ocuparía de pararlo si osaba pasarse
de la raya. Me miró con infinita gratitud. Debo reconocer que me sentía un poco
culpable. Mis pensamientos e intenciones en realidad no diferían de las de aquel
paleto.
Afortunadamente, Fulgencio no se extralimitó en sus funciones
en ningún momento, excepción hecha de las inevitables miraditas a la espléndida
anatomía de mi amiga.
Aquella noche acampamos en un encantador paraje. Fulgencio
extendió su saco de dormir a unas decenas de metros de nosotros, y Mariam y yo,
ya con bastante confianza, montamos una tienda para los dos. Como podéis
imaginar, amigos, la idea de pasar la noche con ella en la tienda era cualquier
cosa menos relajante. Mientras yo me quedaba en pantalón corto de deporte y
camiseta, Mariam se alejó unos metros para cambiar sus pantalones y camiseta por
una amplia camiseta blanca para dormir. Cuando se alejó para mudarse, Fulgencio
y yo nos miramos con complicidad, deseosos de verla regresar.
Yo tenía la esperanza de que ella se pusiera algún short
ajustado, para ver así sus muslos desnudos y, por supuesto, su trasero en su
mayor esplendor, pero aquella noche no hubo suerte. Regresó con una amplia
camiseta que le llegaba casi hasta las rodillas, eso sí muy liviana. Parecía no
llevar nada más debajo salvo las bragas.
Una vez dentro de la tienda, encendimos una linterna y
estuvimos charlando un poco. La pequeñez de la tienda hacía que cualquier
movimiento nos hiciera rozarnos, en mi caso sin ninguna molestia como podéis
suponer. Tampoco podía mirarla muy descaradamente. Yo estaba interpretando un
papel de sensible-comprensivo-delicado muchacho, del que no sabía si me
arrepentiría más tarde. Hablamos de Oriente, del Yoga, de Alan Watts... Debo
adelantaros que aquella noche no pasó nada, pero para los impacientes os
adelantaré que Mariam acabó follada y muy bien follada aquellas vacaciones. Pero
cada cosa a su tiempo.
Lo que recuerdo mejor de aquella velada fue un momento en el
que ella, recostada a mi derecha, se giró, y como quiera que la camiseta no le
venía muy amplia en aquel momento, pude observar con toda claridad cómo sus
enormes tetas se agolpaban una sobre otra, revelándose esto con provocadora
claridad a través de la ligera camiseta. Aquella noche estuve dudando mucho
hacer un acercamiento sobre ella, pero la intuición me dijo que debía esperar un
poco más. Tuve que conformarme con una discreta paja cuando estuve seguro de que
ella dormía.
Al día siguiente arribamos a nuestro destino. Fulgencio se
despidió de nosotros, guiñándome un ojo. Este hombre sabía lo que pasaba en
realidad por mi mente.
Entramos en una bonita cabaña de madera que servía de oficina
de información. Nuestra intención era apuntarnos a algún camping cercano y pasar
una semanilla allí. Estuvimos ojeando en un catálogo las docena de campings que
había en aquella parte de la serranía. Mientras Mariam curioseaba los catálogos
-y el dependiente curioseaba a Mariam-, yo abrí una revista y encontré atónito
el anuncio de un muy cercano "CAMPING NUDISTA". Imaginaos lo que sentí en aquel
momento. La sola idea de conseguir que Mariam se viniera conmigo a aquel camping
me hacía hervir la sangre. Quizás no me la tirara, pero me hincharía de verla en
pelotas.
Respiré hondo y le expuse, con pretendida inocencia, mi idea.
Al principio me miró asombrada. Fue un momento duro. Yo quería pero no sabía
cómo ser convincente. Pero la suerte estuvo de mi parte. Al leerle la
publicidad, nos enteramos de que aquel camping realizaba actividades naturistas:
había comida vegetariana, seminarios de Tai Chi, Yoga, Taller de reciclaje...
Aquello mitigó la desconfianza de Mariam. Era mi coartada. Me mostré muy
interesado "por los seminarios" y le dije que estaba resuelto a ir al camping.
Mariam dudaba, quería pensárselo. Como quería ducharse, la dejé en un albergue
cercano. Después me daría su respuesta.
Yo decidí que debía arriesgarme y tensar la cuerda. Me
arriesgaba a perder a mi maciza compañera de viaje, pero si lo conseguía tendría
multitud de ocasiones de llenarme los ojos con aquel cuerpazo de diosa tal y
como vino al mundo, sin contar con que tanta desnudez "debería" despertar sus
instintos femeninos.
Bastante nervioso, la esperé. Llegó con el pelo suelto, una
camiseta azul abotonada y, ¡al fin!, un short blanco. ¡Vaya muslos! No quería ni
pensar la vista que habría cuando se diera la vuelta. Saqué el tema y le dije
que estaba decidido a ir a aquel camping. Ella me miró dubitativa y finalmente
respondió: "creo que iré contigo".
Yo, desde luego, la comprendía. Una tia como Mariam
paseándose desnuda por el camping sería una verdadera conmoción para todos los
tíos de allí. Yo me esforcé en convencerla de que en un camping nudista el
nudismo integral no era una obligación y que, quizás, podría ir con la parte
inferior del bañador.
Esto pareció convencerla.
Cuando llegamos a la recepción del camping, Mariam estaba
absolutamente cortada. Recogimos nuestro ticket de 7 días y nos pusimos a buscar
nuestra parcela. Mariam se tranquilizó al ver que había bastante gente que al
menos llevaba algo de ropa. La mayoría de las mujeres, sobre todo las mayores,
llevaban la parte inferior cubierta, dejando los pechos al descubierto. Algunas
iban del todo vestidas. A mí esto me desalentó un poco. Esto le daba una excusa
a Mariam para no destaparse.
El camping era enorme y tenía numerosas instalaciones: Tenis,
basket, fútbol, mini golf, piscinas... Habría diversión para todos los gustos.
Lo que yo no sabía en ese momento es que yo tendría diversión "particular" e
infinitamente más estimulante poco después. Lo que más temía en aquel momento
era las inevitables erecciones que tendría y que no sabría cómo disimular.
Montamos la tienda. Mariam estaba algo más tranquila, pero
aún nerviosa. Para animarla, decidí quedarme sólo en sandalias. Debo decir que
también sentía timidez. ¿Qué pensaría ella de mí al verme desnudo? ¿Le parecería
ridículo? Soy más bien delgado y proporcionado. En cuanto a mi miembro, sin ser
un superdotado, debo decir que es bastante hermoso y que no decepcionaría a una
chica exigente. Ronda los 20 cm en estado imperial. Tenía cierta confianza en
que a ella le gustaría -secretamente- verlo.
- Voy a "cambiarme"-le dije.
Desaparecí en el interior y, mientras me desembarazaba de la
ropa, no pude evitar tener una soberana erección. ¡Cómo no! La situación era
tremendamente excitante. Intenté calmarme antes de salir. A duras penas lo
conseguí, pero nada más abrí la cremallera de la tienda para salir, noté cómo mi
miembro pedía guerra de nuevo.
Respiré hondo y salí. Mariam estaba de espaldas a mí, y vi su
espléndido culo embutido en shorts. Lo que vi no lo puedo describir,
sencillamente. Las cachas del culo desbordaban la minúscula prenda, marcando con
obscena claridad todo, la profunda abertura de las nalgas, los hermosos cachetes
morenos, la retadora prominencia del conjunto... No sé si el lector se siente
atraído por el sexo anal, pero si no lo está puedo asegurar que aquella vista le
hubiera hecho cambiar de opinión ipso facto.
Mi erección se disparó salvajemente. Me metí de nuevo en la
tiendas antes de que ella lo notara. Después de unos minutos, conseguí relajarme
y salí de nuevo.
Mariam se puso colorada cuando me vio. Trataba de no mirarme
el miembro, pudorosa. Yo intenté ser natural al máximo. Después de conversar un
poco con ella le propuse que se cambiara. Ella argumentó que no se sentía
preparada para desnudarse del todo, y que sólo tenía un bañador de una pieza. Le
propuse que comprara un bikini en la boutique del camping. Ella me pidió que le
hiciera el favor de comprárselo.
Poco después estaba en la boutique. Ciertamente había toda
clase de modelos de bañador y bikini, pero yo estaba dispuesto a forzar la
situación al máximo. Ignorando las diferentes prendas más recatadas que había,
me fui a la sección de tangas. La talla de Mariam, dados sus volúmenes, era la
mayor que había, pero mientras tenía el modelo adecuado en la mano, se me
ocurrió la perversa idea de comprarle una talla inferior a la suya. Sólo de
imaginarla en tanga me hervía la sangre, imaginad si además llevara un tanga que
le venía pequeño.
Fui a por la talla inferior y, con él en la mano, me decidí
más audazmente a comprarle uno dos tallas más pequeño. Era obvio que le vendría
pequeñísimo, incluso yo dudaba de que pudiera ponérselo pero, ¿y si aceptaba?,
¿y si salía bien?
Volví a nuestra parcela. Ella esquivaba la visión de mi pene
con la mirada, pero estaba ruborizada y no se atrevía a mirarme. Estaba
realmente incómoda.
- Antonio, creo que esto ha sido un error... Creo que me voy
a ir de aquí.
- No digas eso, te va a encantar este sitio. Mañana empieza
el seminario de Tai Chi...
- Me siento muy incómoda... De verdad.
- Pruébate esto.
Mariam examinó el tanga, sorprendida.
- Pero... pero esto es un tanga
- Sí, no había otra cosa...
- Además, me viene pequeño.
- Lo siento, es lo único que había.
En aquel momento llegó una resultona chica morena en TOP
less. Llevaba el pelo corto y tenía dos pequeñas pero bonitas tetas.
- Perdonad, soy de aquí, del camping. Me llamo Patricia.
Quería deciros que no se permite residir aquí del todo vestido... Al menos ella
debe ir en TOP less.
- Pero yo he visto gente mayor vestida...-protestó Mariam.
- Sí, pero es por eso, porque es gente de edad. Con ellos es
distinto... Si no queréis no tenéis por qué permanecer aquí... No pasa nada, no
hay problema -dijo Patricia amablemente.
- No, no te preocupes -le dije yo-. Es que somos nuevos en
esto...
- Vale.-dijo, sonriente, y se marchó.
Mariam me miró con desamparo.
-Vamos, Mariam, creo que le estás dando demasiada importancia
a todo esto, ¿no crees?
Mariam me miró intentando sonreír. Me dijo que se cambiaría
pero que la dejara sola un instante. Mientras Mariam se cambiaba me fui a dar un
breve paseo por el camping. Debo reconocer que disfrutaba exhibiéndome, sabedor
de mi buen aparato. Sabía que más de una mirada se quedaba prendida de mí de vez
en cuando. Había toda clase de gente en el camping: familias, parejas, gente
sola, muchos extranjeros quizás esperando algún ligue...
Poco después, y obviamente expectante, me acerqué a nuestra
tienda azul para ver a mi amiga. No estaba. Oí un revuelo unos metros más allá.
Era un grupo de 4 ó 5 chicos de unos 20 años, haciendo comentarios eufóricos de
los que pude oír algunos. Estaban comentando algo acerca de una rubia:
-¿Has visto que tia más buena hay ahí al lado?
-¡Joder, tío, qué pedazo de tetas! ¡Y vaya culo! ¿Estará
sola, tío?
No me costó darme cuenta de que hablaban de mi amiga. Me di
la vuelta y, al fondo de la avenida arbolada del camping, la vi acercarse a mí.
Llevaba puesto el tanga completo que le había comprado. Era negro y, al ser
breve y además dos tallas inferior al suyo, aparecía ridículamente minúsculo. La
parte inferior tapaba a duras penas su pubis, las tiras negras que rodeaban sus
caderas eran finísimas. La parte de arriba era un poema: dos pequeños triángulos
negros tapaban los pezones y poco más. Yo creo que ni siquiera tapaban la cuarta
parte de sus voluminosos pechos, y desde luego la sensación general es que el
sujetador iba a reventar de un momento a otro.
Mi reacción fue inevitable: se me puso como un poste de
teléfono. Mariam se dio cuenta, pero estaba demasiado avergonzada para
preocuparse de mi erección.
- Te... te está muy bien.
- Es pequeñísimo.
- No había otro, Mariam.
Me costó mucho trabajo convencerla de que no se fuera del
camping. Por si fuera poco le comenté que, al ser tan pequeño, resultaba más
provocativo puesto que sin poner. Le aconsejé que, al menos, se quitara la parte
de arriba.
Lo cierto es que así parecía una puta.
La enorme confianza que tenía en mí hizo que se lo quitara
sin más recato.
Por fin, después de dos días embelesado con sus pechos, pude
contemplarlos en toda su maravillosa desnudez. Parecía que nadie los había
tocado nunca, a pesar del formidable tamaño. Se erguían turgentes y
provocadores, lozanamente enhiestos, con un moreno dorado en la piel. Los
pezones, ni muy grandes ni muy pequeños, parecían estar para ser mordidos por
primera vez. Al descubierto, sin nada que las ocultara, sus tetas eran aún más
macizas y grandes que tapadas. Era imposible no clavar inevitablemente la mirada
en aquellos maravillosos melones. Eran demasiado imponentes, demasiado soberbios
para no babear por ellos.
Para relajarnos y distraer la atención decidí invitarla a
tomar algo en el bar del camping. Estuvimos charlando una media hora hasta que
ella pareció mucho más relajada.
Pasamos el resto del día explorando el camping, que era muy
grande y muy bien equipado. A tenor de la verdad he de decir que Mariam lo pasó
bastante mal ese primer día. No sólo no estaba acostumbrada a ir en TOP less
sino que, de manera muy obvia, era el centro de atención de todos los hombres
del camping. Había más chicas, muchas chicas jóvenes, algunas realmente
atractivas, pero mi amiga madrileña las dejaba en mantillas a todas.
A media tarde, 4 horas después de haber puesto la tienda,
Mariam era famosa en todo el camping, especialmente entre aquellos 4 chavales
cercanos a nuestra parcela que se la comían con los ojos cada vez que pasaba a
50 metros de allí, alucinados por su cuerpazo.
Llegamos agotados a la noche y decidimos acostarnos. No
quiero cansaros más mencionando cosas intranscendentes, porque sé que todos
estáis deseando que os cuente lo que realmente os interesa: si me follé a esa
puta. Mariam cayó, ¡y cómo cayó! Aquella noche me permitió darle un masaje en la
espalda que la dejó frita. Allí quedó ella, con sus trenzas, bajo la luz de la
linterna, tumbada, exponiendo su inmenso cuerpo boca abajo. Pude deleitarme
comiéndome con la mirada el tremendo culo con el minúsculo tanga, casi
inexistente, los muslos... Me armé de valor y, echándome con discreción sobre
ella, le besé un hombro. Se sobresaltó.
-¡Qué haces! -se dio la vuelta dándome la cara. Los melones
se balancearon majestuosamente.
- Te quiero....
- ¿Qué ?
- Te quiero, Mariam
La besé en la boca y apenas opuso resistencia. Se derritió en
mis brazos.
- OH, Antonio... Yo...
- Te gusto, lo sé.
Se ruborizó. La volví a besar. Minutos más tarde estábamos
enredados en apasionados besos. Jamás pensé que resultaría tan fácil. Era obvio:
el calor, la calidez de los cuerpos, la privacidad, la juventud... y yo le
gustaba.
Despegué los labios y le eché por primera vez una descarada
mirada a las tetas. Decidí romper la baraja.
- Quiero follarte, Mariam...
Ella se tapó la boca, escandalizada. Ver aquella yegua rubia,
con trencitas, tapándose la boca como una niña de 10 años, resultaba de lo más
provocador. Me dije "¡qué polvazo te voy a meter!."
- No, no, no puedes... Soy virgen.
- Todo tiene remedio, cariño.
Me quedé estupefacto. ¡Virgen !. No podía ser. Aquella
hembra, virgen. Pero, aunque no tenía experiencia en desvirgar chicas, la idea
de ser el primero en penetrarla...¡buuufff!
Le cogí las tetas y fue el no va más. Una erección olímpica
se despertó en mí. Mariam gimió como una niña. Era obvio que le gustaba que se
las cogieran.
- Por favor... No estoy preparada.
- Estás preparadísima, amor -dije, mientras le exprimía las
tetas con fuerza.
Mariam respiraba agitada. Era obvio que aquello "la ponía",
aunque sea adelantaros algo. Os diré que a Mariam le pone muy cachonda que se
las cojan bien cogidas.
A Mariam se le escapaban continuas miraditas a mi polla, que
estaba tiesa como un garrote.
- Quítate las bragas -le dije con descaro.
- Por favor...
- Seré delicado, Mariam. Venga, quítatelas -le dije con
cariño.
Como no se decidía, yo mismo cogí las tiras y tiré hacia
abajo. Ella ayudó alzando su trasero del suelo. Es obvio que si una chica
colabora en que le quiten las bragas aunque te esté diciendo que no, es que le
apetece que se las quites, ¿no creéis?
Animado por esto, le saqué la parte inferior del tanga
completamente. Ahora estaba completamente desnuda. En la penumbra, con su
expresión avergonzada, las piernas cerradas y sus grandes globos, me parecía la
mujer más deseable del mundo.
- Abre las piernas -le dije-. Ella me miró asombrada por mi
descaro. Puse mis manos sobre sus rodillas y las separé sin mucho esfuerzo. Una
vez abiertas, vi su hermoso chocho rubio. Era abultado, con dos gordezuelos
labios, como pequeños michelines. Estaban cubiertos de un poco espeso vello
dorado. Tenía un aspecto realmente suculento. Nunca he sido muy aficionado a
comer coños, pero debo reconocer que me entraron muchas ganas de hacerlo.
- Por favor, no me folles...
-Voy a darte mucho gusto, nena.
- Pero es que soy virgen...
- ¿Crees que hay mejor momento para perder la virginidad que
este?
La empujé por los hombros hacia atrás, hasta tumbarla sobre
su espalda. Sus tetas vencieron a los lados ligeramente. me situé entre sus
grandes muslos morenos.
Me incliné sobre ella y mi glande rozó los labios mayores de
su coño. Ella se estremeció. "Tranquila, todo irá bien...", le susurré. Con el
fin de que no se me escapara, la agarré por los muslos. ¡Qué suaves y tersos
eran! Empujé ligeramente y mi capullo entró con suavidad. Casi enseguida topé
con resistencia. Estreché el abrazo a sus muslos y la alcé ligeramente. Empujé
varias veces, pero me había topado evidentemente con su himen.
- Por favor, me vas a hacer daño... No me gusta.. - Todo irá
bien... - No me gusta, no me gusta... - Te gustará... - No, me duele, no quiero,
no me gusta...
Mariam me miraba bastante asustada, pero se dejaba hacer. Yo
intentaba aparentar una seguridad que no tenía. Nunca había desvirgado a una
chica. Pero la visión de Mariam allí, abierta de piernas para mí, sus rubias
trenzas, su expresión de indefensión, sus tetazas..., me hacían sacar ánimo.
Decidí que ese era el momento, que ahora o nunca. Si debía hacerle algo de daño,
merecía la pena, porque después vendría lo bueno.
Aferré con firmeza sus macizos muslos y decidí clavársela
hasta el fondo de una estacada. La pillé desprevenida; en un violento movimiento
de caderas la ensarté hasta los huevos. Noté cómo algo cedía definitivamente.
Mariam soltó un gritito agudo y se tensó. Estuvo gimoteando unos instantes, pero
casi enseguida se relajó. Me moví suavemente dentro de ella. Su chocho estaba
increíblemente caliente, casi hirviendo. Estaba, además, muy mojado. Jugué un
poco con mi miembro dentro de ella, intentando no tener prisa, aunque aquello me
resultó de veras difícil, porque estaba supercachondo.
Unos minutos más tarde ella estaba de nuevo relajada. Empecé
a bombear normalmente. No se puede describir cuán delicioso era sentir resbalar
mi polla en aquel coñito rubio. Mariam se mordía los labios con los ojos
cerrados. Bombeé progresivamente más rápido, gozando como un animal. Antes de
que me diera cuenta, Mariam gemía también. ¡La estaba haciendo gozar! No soy un
egoísta y quería que ella disfrutara al máximo. Me excitaba verla gemir. Animado
por esto, bombeé más rápido y más duro. Mi polla entraba fácilmente en aquella
ardiente y mullida caverna, entraba con tal facilidad que hubiera deseado tener
mucha más polla para metérsela.
Minutos más tarde, la estaba jodiendo con lujuriosa
violencia. Metiendo mis 20 cm duros como el acero hasta el fondo de su vagina,
una y otra vez, una y otra vez. Resultaba increíble pensar que sólo hacía unos
minutos aquel elástico y poderoso coño era virgen. ¡Menudo coño tenía Mariam! Me
parecía tan grande que podía imaginarla ensartada por un caballo; pero no, no
era un caballo quien se la estaba follando, era yo. Al fin me la estaba follando
a fondo, y además como yo quería, sujeta por los muslos para que no pudiera
escapar.
Mi gran polla entraba y salía frenética y despiadadamente en
su caverna. Mis huevos golpeaban sonoramente contra su carnosa pelvis: plap plap
plap plap. Ella ni siquiera abría los ojos, invadida por toda clase de
sensaciones. Gemía agitadamente, con gritos agudos, mascullando cosas que yo no
entendía. Pero sí sabía que estaba disfrutando.
- ¿No decías que no te gustaba? ¿Te gusta o no? ¿Te, Te gusta
o no? - Sssí...- musitó. - Dílo más alto. ¿Te gusta mi polla ? - Ssí..ssí
Yo estaba cachondo perdido. El bombeo iba in crescendo, cada
vez más rápido, cada vez más duro. Pensaba que me correría enseguida. ¡Era tan
delicioso!. Su coño era el lugar más confortable y cálido del mundo, y realmente
hervía.
Mariam empezó a hacer ostensibles muecas de placer, torciendo
la boca, frunciendo los labios, moviendo la cabeza de un lado a otro. Mis 20 cm
horadaban, ya sin piedad, la gruta del placer. Paré un momento y noté, con toda
claridad, cómo su coño... ¡succionaba poderosamente mi polla! Los movimientos de
sus músculos vaginales se asemejaban a una ansiosa boca chupadora. Su coño me
estaba, literalmente, ordeñando la polla. Era flipante.
Yo sentía que no podría aguantar tanto tiempo la excitación.
Resolví follarla con más ahínco para darle al menos un orgasmo antes de
correrme. Cabalgué sobre ella sin descanso, con pasión, frenéticamente,
dispuesto a arrancarle un violentísimo orgasmo. Poco después, de improviso,
Mariam arqueó la espalda, se estremeció de arriba a abajo, clavó sus uñas en mi
pecho y brazos, y soltó un profundo y largo gemido, gritando: "¡Diiiioooosssss,
ssssiiiiiiiiiiiii!!
Durante unos instantes se contorsionó ferozmente, hasta que
cayó rendida y agotada. Le había dado su primer orgasmo a Mariam, y parecía de
los buenos. Mariam jadeaba con una amplia sonrisa en su cara de golfa. Abrí los
ojos y me miró con malicia. Cómo contaros... Verla allí tumbada, con sus
trencitas, sus tetones, su vientre, sus muslos, esa cara de puta satisfecha...
Su mirada denotaba cualquier cosa menos inocencia. Noté que me iba. Ella también
lo notó, pero en vez de pararme para correrme fuera me cogió por el culo y me
aferró para que no se la sacara. "¡Mme corroo!", le advertí, pero ella sonrió,
golfa, y me dijo "lo quiero dentro".
Solté un largo y espeso chorro en su gran coño, una, dos,
tres, cuatro, cinco veces... Ella no me soltaba, quería que me vaciara entero
dentro de ella. No me soltó hasta que le dije que había acabado.
Yo aún tenía energía y me quedé sobre ella observándola. Me
miraba con aquella sucia sonrisa, con gratitud. Un poco repuesto, solté los
muslos y agarré las tetas que tanto deseaba. Se las amasé con fuerza y ganas. No
podía apenas abarcarlas. Las estiraba, las aplastaba, pellizcaba los duros
pezones con malicia, las juntaba..., buuuuffffff. Mariam parecía gozar lo
indecible con aquel repaso que le estaba dando.
- ¡OH, tía, pero qué tetas tienes, qué melones! Tienes las
mejores tetas que he visto en mi vida... NNo he visto nunca unas tetas tan
increíbles... Me voy a poner las botas... - ¿De verdad ? -me preguntó,
complacida. - Joder, niña, te las voy a ordeñar, dalo por seguro -se rió
infantilmente.
Jugué con aquellos globos a placer durante un buen rato.
Mariam gozaba, cerrando los ojos, concentrándose en la sensación de ser
manoseada y amasada. Soltaba gemidos y suspiros. Era obvio que le encantaba que
le metieran mano. Con el material que tenía entre manos estuve rápidamente
preparado para volver al ataque. Mariam, no sé si por falta de experiencia, me
acariciaba con fuerza el pecho, mientras yo me ocupaba de su pechos, quizás por
correspondencia. La veía con ganas de aprender y yo la enseñaría.
Se alzó y se sentó junto a mí. Continué amasándole los
pechos, intentando creerme mi suerte, aquella calentísima situación. Mariam me
miraba ahora la polla con descaro, que ya estaba casi lista para la batalla,
para darle lo suyo. Yo me sentía orgulloso de mi polla, me gustaba que me la
mirara, sabía que era de buena talla.
- ¿Te ha gustado ? -le pregunté. Me miró maliciosa. - ¿Tú qué
crees? -su expresión era ahora completamente perversa y golfa. - Creo que tú y
yo nos vamos a entender muy bien...-le dije, cargado de intención. - ¿Sí? ¿Por
qué? - Porque te gustan las pollas grandes y duras y yo tengo una... ¿O no?
Ella me aferró el miembro con evidente satisfacción y empezó
a menearlo lentamente de arriba a abajo. Era delicioso.
- Es la primera vez que estoy con un hombre... Tendrás que
enseñarme muchas cosas. - Te lo voy a enseñar TODO...
Contemplé su carita regordeta, las graciosas trenzas doradas
cayendo a ambos lados de la cara, los hombros morenos y redonditos... Enseguida
la imaginé con una enorme polla en la boca, la mía. Quería ver cómo aquella
zorra se comía una polla.
Me eché un poco hacia atrás con el miembro mojado y enhiesto,
apuntando, mira por donde, hacia su cara.
- Chúpame la polla....-le dije, resuelto.
Me miró pasmada, llena de sorpresa, casi indignada.
- ¿Pero, qué dices? ¡No pienso hacer eso! - ¿Por qué no? - Es
una guarrada. - Sí, eso dicen todas hasta que se la comen -dije, fanfarrón. -
Eres un cerdo...
El haberla hecho gozar tanto anteriormente me daba una
pasmosa seguridad en mí mismo.
- Mira, niña, no vas a salir de la tienda hasta que me hagas
una buena chupada en la polla. ¿Entiendes?
Ella me miraba indignada, pero sus pezones estaban duros como
tornillos en aquel instante. Sabía que la tenía en la palma de la mano. Una
chica normal se habría puesto algo encima y huido de la tienda. Incluso
probablemente me habría dejado allí solo, abandonando el camping aquella misma
noche. Pero Mariam, a pesar de sus palabras y gestos, no se movía de allí...
- Eres..., eres...-musitó con falsa indignación. - No sé lo
que soy, lo que sí sé es que tú te vas a meter la polla en la boca hasta los
huevos. ¿Entiendes, puta?
Os parecerá increíble, pero vi perfectamente cómo un chorrito
transparente salía de su rizado coño rubio. ¡Estaba cachonda perdida! Le puse la
mano derecha en la nuca, agarrandola por la coronilla, y, sin brutalidad pero
con firmeza, la obligué a inclinarse sobre mi polla. Mariam ofreció una
resistencia tan ridícula, que era obvio que se la comía el morbo.
- Abre tu puta boca y cómeme la polla -le dije con firmeza.
Mariam obedeció. Cerró los ojos con expresión de asco y abrió
sus labios. Sentí cómo mi glande desaparecía en su cálida y húmeda boca.
Instantes después sentí sus golosos labios jugando torpemente con mi capullo.
Poco después intentaba engullir una mayor cantidad del pene. Yo la obligaba a
bajar la cabeza más aún, sujetándola por la coronilla. Sus trenzas rozaban mi
vientre haciéndome cosquillas. La mamada era evidentemente la primera que hacía,
más bien torpe, pero tremendamente morbosa. Sujetándola ya con las dos manos, la
obligué a engullir la casi totalidad del pollon. Cuando ambos nos quisimos dar
cuenta, Mariam tenía su boquita de puta novel completamente ocupada por una
soberana polla.
- ¿No querías polla? ¡Toma polla!
Pronto me dí cuenta de que mis movimientos no eran ya
necesarios. Mariam empezaba a subir y bajar a lo largo del grueso tronco por sí
misma. Le había pillado el tranquillo al juego. La solté y me recosté. Podía
verla engullir la polla en su totalidad. ¡20 cm! ¡Vaya nena!
- Chupa, chupa, que se vea que te gusta. ¡Dale, nena!
Crucé mis brazos detrás de mi cabeza y me dispuse a disfrutar
de la mamada. Oía los excitantes sonidos del ansioso chupeteo. Yo no podía
creerme mi suerte. Allí estaba yo, tumbado cómodamente en la tienda de campaña,
en la intimidad de la noche, disfrutando de una soberana mamada de la tía más
buena que había visto nunca. Pero lo mejor de todo era que Mariam estaba ya
chupando con verdadera ansia, con verdadera deleitacion. Aquella no era la
mamada de una niña intimidada, ni una mamada para salir del paso. Chupaba con
fervor "mariano", con hambre, con lujuria, saboreando la carne de la polla, la
punta del caramelo, chupando con un ansia que seguramente no había sentido
nunca. Sus sonidos lo atestiguaban.
Me dí cuenta con entusiasmo de que mi Mariam pertenecía a ese
selecto club de auténticas mamonas, de nenas a las que les va la marcha de
engullir pollas, cuantas más mejor, cuanto más grandes y duras mucho mejor.
Había oído hablar a amigos de estas inusuales chicas obsesionadas con el
mamoneo, ninfomanas del chupeteo, nenas capaces de hacer barbaridades con tal de
mamarse una buena polla, pero eran escasísimas. Sin embargo, ante mi asombro,
acababa de encontrarme con una de ellas, con una chupapollas vocacional.
-¡Jooodeerr..., mamona..., mamona..., dale, dale, dale...
Con semejante paisaje, como podéis suponer, no pude evitar
correrme enseguida. No podía aguantar más. Se me ocurrió hacerle un facial,
embadurnarle la cara con mi leche, pero me pareció excesivo para la primera
noche y me apiadé de ella. Cuando noté que me iba, la saqué de improviso,
haciendo sonar un "plop" al sacársela de la boca con un espeso reguero de
saliva. A pesar de estar lejos de ella, el gran chorro la manchó ligeramente en
el brazo y en los muslos. Ella me miraba mientras se reponía del esfuerzo bucal
que acababa de hacer. Mis cuatro descargas, lo sé, la complacieron.
Agotados los dos por el esfuerzo, nos miramos satisfechos.
- Joder, nena, qué mamada me acabas de hacer... Y eso que no
te gustaba ¿eh? - Sí...-dijo, tímida, y soltó una risita avergonzada.
Aquella noche no volví a penetrarla, en parte por cansancio,
en parte por no matar "la gallina de los huevos de oro". Decidí comportarme, al
menos un ratito, de manera galante, ya que hasta ese momento la había tratado
como a una puta barata. Saqué un bote de leche corporal y le dí un largo y
profundo masaje en la espalda, brazos, muslos. Su culo desnudo también se llevó
parte del masaje, que fue en esa zona más bien un descarado magreo. Tenía unas
enormes ganas de enculármela, pero me dije que quizás era demasiado desvirgarle
los tres agujeros la misma noche. Además, ella se había quedado frita. Pero ante
la visión de aquel espectacular trasero, me juré a mí mismo que me la follaría
hasta el fondo por aquel enorme, macizo y bellísimo culo.
Antes de que amaneciera, nos despertamos de nuevo. Estábamos
cachondos perdidos los dos. Yo porque tenía a aquella tía buenísima desnuda en
la misma tienda de campaña, y ella porque había perdido el virgo a lo grande,
por su coñito y por su boquita. Me agarré la polla y le susurré "vamos, nena,
chúpamela un poquito". Esta vez la muy puta no puso pegas. Sonrió golfa y
engulló mi polla, que yo sostenía agarrada por la base. Me la chupó unos
minutos. No llegué a correrme, me dormí y ella se echó a dormir de nuevo hasta
el día siguiente.
El sol traslucía a través de la tela de la tienda. Me
desperté. Me sentía pegajoso, especialmente en mi entrepierna, por los fluidos
de los dos. Había un agradable aroma, mezcla de nuestra carne, sudor y fluidos
corporales. Mariam dormía como un angelito. ¡Pero qué buena estaba! Decidí
dejarla descansar. Asomé la cabeza al exterior. Eran las 10:00 y había ya cierto
movimiento en el camping, aunque nadie madrugaba demasiado. Me volví a meter en
la tienda. Ella estaba ya despierta, de rodillas, mirándome con simpatía y
satisfacción.
- Buenos días...-le dije. - Buenos días... - ¿Has descansado
bien? - Sí....
¡Qué demonios! Alargué las manos y cogí aquellas tetazas otra
vez. Me lo pedía el cuerpo. Mariam reaccionó fulminantemente. Abrió su boca en
una mueca de placer y se dejó sobar. La besé en el cuello con ansia. Mi polla se
endureció de nuevo.
- Te voy a dar el desayuno...-le dije, malicioso.
Me agarré la polla y la sacudí frente a su cara. Ella
entendió enseguida lo que yo quería. Yo estaba de pie intentando no pegar con la
cabeza en el techo de la tienda, ella de rodillas tragando de nuevo mi guevote.
Chupó mansamente mientras yo la guiaba, sujetándola con ambas manos.
- Vamos, manona, vamos... que sé que esto te gusta...
Ella soltó un gemido "mmmmm" que parecía significar "sí".
Tras unos minutos de lengueteo, se la saqué y le pregunté:
- Esta vez te vas a tomar la leche, ¿vale? - Vale...-me
contestó con una sonrisa.
Se la volví a meter en la boca y la animé "dale, nena, que ya
viene lo bueno, dale, vamos Mariam..."
Ella me agarró el culo estrechando la mamada más. Enseguida
solté los cinco chorros de rigor, que uno a uno desaparecieron en su garganta.
Dejé que me sorbiera bien la polla para limpiar hasta el ultimo resto de
esperma.
- ¿Te ha gustado el desayuno, nena? - Sabe salado...-dijo,
maliciosa. - ¿Te gustaría que te diera el "biberón" todos los días?
Se rió, vergonzosa, pero contestó con perversa mirada "sí"
- Y eso que no te gustaba -le dije, propinándole un azote en
las macizas nalgas.
"Ahora quiero que desayunes tú...", me dijo, y se tumbó,
abriéndose de piernas y mostrándome un increíblemente jugoso coño rubio. No
tengo que deciros que me "desayuné" a gusto y a conciencia. Le estuve comiendo
el coño más de 20 minutos, porque sabía que estaba disfrutando como loca. La
pobrecita se corrió al menos 3 veces. Buen desayuno.
Bien desayunados los dos, salimos de la tienda, yo desnudo y
ella con la parte inferior del tanga, que la hacía furiosamente atractiva pues
apenas tapaba su rico pubis y la tira de las nalgas desaparecía del todo entre
las lunas de carne.
Aunque nuestro plan inicial era disfrutar de un convencional
día de camping, aprovechando las numerosas actividades que se iban a
desarrollar, la calentura que teníamos los dos nos hizo cambiar rápidamente de
idea. Después de pasear una media hora por el camping nos alejamos de la zona
más transitada y llegamos a una zona verde y arbolada bastante solitaria. Íbamos
cogidos de la mano y debo reconocer que ya sentía algo más que deseo por Mariam,
aunque me daba miedo confesárselo. Apoyé mi espalda contra un árbol y la
estreché contra mí.
- Espero no haberte hecho sentir muy violenta ayer... - En
absoluto... - Es que me pones muy cachonda... - ¿De verdad? - No dejo de mirarte
y no puedo creerme lo buena que estás... - Exagerado... - Es verdad, Mariam, te
deseo muchísimo.
Ella me miró con ternura.
Tú también me gustas -me dijo. - ¿Si? - La tienes muy
grande... -dijo, algo avergonzada. - ¿Te gustan grandes?
Su mirada lo dijo todo.
- Ponme cachondo. Háblame de eso. - ¿Qué quieres que te diga?
Me da vergüenza. - Venga, dime lo que te gusta...
Después de insistirle un poco, Mariam empezó a contarme sus
deseos más picantes. Me demostró que sabía calentarme simplemente hablando.
- Claro que me gustan grandes..., cuanto más mejor..., más
carne dentro... - Pero te he desvirgado yo... - Me encanta tu polla... - Pues la
vas a tener todo lo que quieras, nena. - ¿Y el señor, qué es lo que quiere el
señor? - Tengo muchos planes para ti... Quiero que cuando dejes el camping estés
muy, pero que muy bien follada. - Eso me gusta... - Bueno, debo anticiparte que
sobre todo me la vas a chupar hasta que te canses. ¿Te gusta chupar, nena?
Mariam me echó una mirada indescriptible. "Oooh...ssiii",
musitó.
- Pues estás de suerte, porque a mí me gusta mucho que me la
chupen. De hecho estaba buscando una puta que me la chupase a conciencia cuando
y como yo le diga. ¿Quieres presentarte a la plaza vacante? - Sí...- me
contestó, llena de morbo. - Muy bien, putita... ¿Te importa que te llame putita?
- No... me gusta. -dijo con su ya habitual expresión golfilla. - Vale, porque de
ahora en adelante, además de llamarte por tu nombre, te voy a llamar lo que
eres: guarra, zorra, puta, pendón... y tú contestarás sumisamente. ¿De acuerdo?
- Ssssiii... - Muy bien, guarra... Déjame que vea esas tetas -y la aparté de mí
un poco.
Sus soberanas ubres colgaban magníficas. Las sobé con fuerza,
las cogí por los pezones y los estiré hasta hacerle daño. Estaba alucinando.
- Tienes las mejores tetas que he visto en mi vida... - ¿Qué
me vas a hacer? -me preguntó con una mezcla de temor y morbo. - Tengo tantas
cosas en mente que no sé ni por donde empezar.
La apoyé contra el árbol y le chupé las inmensas mamas un
buen rato. Mi polla quería ya coñito de Mariam. Emboqué la vagina con mi
endurecida polla, dispuesto a dar a mi nena lo que se merecía.
- ¿Cómo la quieres, poco a poco o de un tirón, nena? - De un
tirón...-me contestó, llena de morbo. - Si serás puta...
De un violento movimiento de caderas, la ensarté hasta la
matriz. Mariam profirió un grito mitad dolor mitad placer. Agarré sus nalgas
para sujetarla y bombeé con furia. La polla entraba y salía hasta el fondo de su
mojada vagina con absoluta comodidad. El frotamiento la volvía loca, gemía y
suspiraba como una perra en celo. Yo estaba intentando no correrme enseguida.
-¡Dame, dame! - ¿Quieres más, puta? - ¡Ssssiiiii!
Durante unos 20 minutos machaqué sin piedad su coño. La muy
zorra parecía no tener bastante, le diera lo que le diera. Casi me sentí
frustrado por no poder hacerla sentir que estaba a punto de reventar. Entre
respiración cortada y agotada, la obligué a decirme lo que sentía:
- ¿Te gusta mi rabo, guarra? - ¡Sí, sí, siiiii¡ - ¡Joder,
pues dímelo, quiero oírlo! - Me gusta tu polla, está muy duraaa... - ¿Te gusta
en el coño? - ¡SSSIIIIIIIIIIIII!. Dame, por favor, dame hasta el final, hasta el
final, llévame hasta el final... - ¿Hasta el final, puta? - ¡Ooh, Diossss,
sssiiiiii, por favor! - ¿Te gusta que te llame puta? - ¡Sí, sí, sí, sí, sí, sí,
sí! - Te voy a llenar de leche... - ¡Quiero tu gran rabo! - Joder, puta, qué
coño tienes...¡Me corro, tía! - Suéltala, suéltala, suéltala.
Flossshhh, flossshhh. Solté el lechazo en el interior de su
gruta. Simultáneamente Mariam se estremeció en un relámpago de placer que le
recorrió todo el cuerpo. Se corrió con desesperación, gimiendo de tal manera que
creí que estaba llorando... Resbaló hasta caer sentada en el suelo, casi
asfixiada. Me parecía verla con lágrimas en los ojos.
- ¿Estás bien? -le pregunté, un poco preocupado.
Me miró, sentada, con lágrimas en los ojos y expresión
desencajada...
- No he estado mejor en mi vida... Quiero que me folles todos
los días... Prométemelo, prométemelo -me dijo, gimoteando. - Te voy a follar
todo lo que quieras, te voy a follar tanto que no habrá puta en el mundo que
haya tenido más rabo que el que vas a tener tu... - Prométemelo...-dijo,
gimiendo. - Te lo prometo.
El fragor de la follada le había deshecho las trenzas. Ahora
estaba con su largo y sedoso pelo rubio cayéndole sobre los hombros, con las
bragas del tanga por las rodillas y su jugoso coño rubio goteando leche. Me
miraba con gratitud. Quién me iba a decir que aquel culazo que había visto en el
tren 3 días atrás acabaría allí sentado en tan "lamentable" y morbosa situación.
- ¿Te ha gustado, eh? -me miró con vicio. - Quiero que me
conviertas en la más puta de todas... - Por supuesto, zorra, te vas a comer más
rabos de los que te hayas imaginado nunca... - ¿De verdad? - Empieza por este...
-y le sacudí la polla delante de la cara.
No hace falta que os cuente la mamada que me hizo. No me
corrí en su cara porque quería que aquello fuera algo especial, algo más
preparado. Quizás os estéis preguntando acerca de su culazo... Tenía planes para
él, quería que fuera algo grande. Pero no os preocupéis, antes de que acabara el
camping aquel ojete se llevó todo lo que se tenía que llevar y algo más.
Aquel día descansamos -de sexo- el resto de la jornada. Nos
sentíamos felices. Ambos teníamos la sensación de haber encontrado un tesoro,
una mina de oro, de ser muy afortunados. A pesar de que en nuestros encuentros
sexuales las obscenidades y la provocación abundaban, yo me daba cuenta de que
algo estaba empezando a despertarse dentro de mí acerca de Mariam. La echaba de
menos en cuanto desaparecía un minuto para ducharse, y no ya porque tuviera ya
de nuevo ganas de follármela, sino porque poco a poco aquella niña se había
convertido en algo muy entrañable para mí. Una vez calmadas las ganas de sexo,
Mariam se me aparecía como la amiga, la compañera, alguien a quien quería cuidar
y proteger. Pero al mismo tiempo me sentía como el Dr. Jekill y Mr. Hyde,
bastaba que empezara cualquier escarceo sexual para que quisiera convertirla en
la más sucia de las putas.
Esta dualidad de deseo es frecuente por lo que sé, en muchos
chicos. Lo uno no quita lo otro, diversión y ternura alternándose. Pero, poco a
poco, me dí cuenta de que me había enamorado de aquella chica, de que la quería
con ternura, de que sentía una intensa gratitud, no sólo porque me entregara con
generosidad su inconcebible cuerpo sino por la bellísima mujer que había detrás
de él.
Si yo tenía algún reparo en experimentar con ella, en
explorar todas las posibilidades, ella me animaba a hacerlo sin reservas. Así,
la tercera noche, le planteé el tremendo deseo, la febril excitación que me
producía la idea de correrme abundantemente en su cara. Ella, lejos de
escandalizarse, me miró con expresión maliciosa -ya había aprendido cómo
calentarme- y me dijo:
-Te gustaría verme llena de semen, ¿eh? - Buuufff, nena... No
sabes cómo me pone... - Pensé que te satisfacía metérmelo todo
dentro...-contestó con falsa ingenuidad. - Vamos, Mariam, sabes que me gustaría
tenerte como a las japonesas.
"Las japonesas" había sido un tema de conversación que yo le
había sacado previamente. no sé si sabéis que en Japón son muy populares unos
vídeos porno consistentes en faciales multitudinarios sobre alguna joven
japonesa. Si no los conocéis, de veras os lo recomiendo porque es de lo más
morboso que he visto jamás. No se las follan, no se las enculan, pero más de 100
nipones aguardan en cola para descargar su lechazo sobre la cara de alguna joven
y linda japonesa. A todo este increíble proceso se le llama "Bukkake".
Cuando a Mariam le comenté esto, lejos de escandalizarse, se
divirtió mucho y enseguida comprendió, aunque yo no se lo dije, que aquello era
una especie de sueño imposible para mí. Me estrechó en su brazos y me habló,
susurrando: - Te gustaría que fuera una de esas putitas japonesas, ¿verdad? - Me
volverías loco, Mariam... - Creo que me gustaría sentir tu leche corriendo por
mi cara. Mmmmm.
Aquella noche acordamos hacer un ensayo de facial. Yo estaba
tan cachondo que, como un niño que cena deprisa para que los reyes magos le
traigan antes los juguetes, enseguida acabé mi cena. Mariam me miraba divertida,
consciente ya de que tenía poder sobre mí, un poder que ella utilizaba
agradablemente.
Ya dentro de la tienda, Mariam se quitó las bragas y se tumbó
boca arriba. Abrió las piernas enseñando su jugoso coño. Yo estaba erecto y me
incliné sobre ella.
- Fóllame un rato antes de que te la chupe... -me dijo, con
entera confianza. - Por supuesto, amor...
La penetré después de acariciar su tierno chocho dorado. Ella
era la imagen de la felicidad. La follé despacio, profundamente, mientras
chupaba sus inmensas tetas, sus endurecidos pezones rosados. Durante un cuarto
de hora, la follé con ternura y delicadeza. Ella gemía, transportada a otro
mundo mucho mejor. De vez en cuando me comentaba cosas que me ponían caliente.
En muy poco tiempo había aprendido a hablar sucio y excitante.
- ¿Te gusta mi coño? -me preguntaba con fingida voz infantil.
- Oooh... Me vuelve loco... - ¿Está rico? - Sssssiiiiiiii. - Oh, amor...
Métemela hasta el fondo. ¿Te gusta mi coño de puta, verdad? - ¡Ssiiiiii!
Con mi polla a punto de reventar, la saqué y, a horcajadas,
me senté con cuidado sobre su tetas, de tal manera que ella pudiera chupármela
bien. Ella me miró con malicia. Sacudí la polla sobre su carita y, mientras me
miraba, la introduje, dura y chorreante en su boca. Mariam comenzó a chupar
despacito, con fruición, con sabiduría, sin prisa, sin prisa... De vez en cuando
la sacaba de la boca y pasaba su carnosa lengua en círculos a lo largo de mi
afortunado glande, que parecía a punto de estallar. Lo sorbía ruidosamente, la
engullía, lo frotaba malévolamente con la boca y no quitaba ojo de mi expresión,
deleitándose con mis gestos de ansia y deseo.
- ¿Le gusta al nene lo que le estoy haciendo? -me decía con
aquella perversa voz infantil.
Yo era incapaz de responder. Al cabo de unos minutos de este
sucio juego, que dudo que una profesional hubiera hecho mejor, Mariam empezó a
mamar con creciente fuerza. No me quitaba el ojo de encima, controlando mi
expresión para acelerar o desacelerar, para oprimir o relajar. ¡Dios, qué
mamada!
Al cabo de unos minutos Mariam movía su rubia cabecita como
un pistón, succionando como una auténtica puta, frenéticamente, sin concesiones.
Yo la agarré por la cabeza con las dos manos, dispuesto a no dejarla hasta que
todo se consumara. Sobrepasado por las sensaciones, la puse de guarra para
arriba, estando ya fuera de todo control:
- ¡Diooosssss, sigueeeee, sigueeee, no pares, no pareeesss,
vamos putaaaaa, zorra, sigue hasta el final, hasta el final! Mama, mama,
mamammam, mama.
La obligaba con ambas manos a engullir la totalidad de la
polla, que no era pequeña. El tronco desaparecía completamente en su garganta
una y otra vez, una y otra vez... Sentí el calor que precede a la explosión y
saqué la polla de su boca de improviso, haciendo sonar un excitante plops.
La sensación en mis huevos era la que precede a un fortísimo
disparo de semen. Le sujeté con firmeza la cabeza con ambas manos, acomodándola
para que el chorrazo cayera en su totalidad en su cara. Sin que yo le dijera
nada, Mariam abrió la boca y sacó toda la lengua, mirándome expectante. Afirmé
la posición de la cabeza y estallé...
El primer chorro le cruzó la cara, desde la barbilla hasta la
frente, dejando una viscosa huella; el segundo empapó su nariz hasta casi
cubrirla; el tercero y cuarto cubrieron sus mejillas; el quinto casi en su
totalidad acabó en su hábil lengua. Desparramé dos nuevas espesas descargas
sobre la gordezuela cara de la rubita. La cantidad era ya importante. Mariam
permaneció tumbada boca arriba, obediente, dejándome hacer. Revolvía el semen
sobre la cara, lo estiraba, lo reunía, lo restregaba, hasta que su cara era
irreconocible. Las risitas de Mariam descomponían el cuadro, dándole nuevas
formas. Las burbujas explotaban, nacían, se rompían de nuevo. Tiraba de un grumo
hacia arriba y lo lanzaba sobre la cara de nuevo.
Mariam abría la boca de par en par, intentando estar a la
altura de las calientes circunstancias. Desde luego no parecía tener reparo
alguno en mancharse con el esperma. Cuando se dio cuenta de que había terminado,
cerró la boca, tragándose lo que había caído en ella y sonriéndome ampliamente.
Su cara era un poema: reguerones de denso esperma la cruzaban, obligándola a
mantener el ojo izquierdo cerrado, lo cual no era óbice para que una satisfecha
sonrisa de golfilla animara su cara.
- ¿Te has corrido en mi cara, eh? -me dijo, maliciosa, y
comenzó a relamerse tanto como pudo.
Blandí mi polla y restregué por su gordezuela cara todo el
viscoso líquido, hasta que no hubo una parte de su carita que no estuviera
pegajosa y llena de semen. "Haz espuma con la boca", le dije. Mariam se rió y
babeó un poquito hasta conseguir formar un espeso grumo de leche y saliva
derramándose por su barbilla. Le volví a meter la polla en la boca. Ella mamó
con vicio mientras no me quitaba el ojo de encima para ver mi cara ansiosa.
Durante un buen rato mamó y mamó, así que enseguida tuve la
polla lista para darle lo suyo otra vez. Llevaba días babeando como un imbécil
por su enorme culo, de hecho era su trasero lo que me había empujado hasta allí.
Hasta ese momento no veía la hora de zumbármelo de una vez por todas. Ya hacía
tiempo que deseaba obsesivamente encularla, y decidí que aquel era el momento.
- Date la vuelta, te voy a dar por el culo, nena...
Ella me miró asombrada.
- No, eso si que no... - Vamos, Mariam, ¿acaso te he hecho
algo que no te haya gustado ? - Eso es distinto, eso no está hecho para
follar... - Hasta que te follan. - No quiero que me des por el culo.
Me eché sobre ella y apresé sus tetas, chupándolas con
cuidado.
- Mariam, escúchame. Comprendo que te de miedo, que es un
sitio muy estrecho y mi polla es gruesa. Créeme que si pudiera privarme de
encularte lo haría, pero no puedo. Tu no tienes un culito normal, nena, tu
tienes el mejor culo que he visto en mi vida, así de simple. Mariam, no me
pidas, no me digas que no me vas a dejar follármelo...
Mariam dudó.
- No será para tanto -dijo. - Mariam , si tu estuvieras en mi
lugar, me entenderías. He soñado con jodértelo desde la primera vez que te ví.
¿Te acuerdas cuando hablábamos de Yoga en tu vagón? Pues yo lo único que
pensaba, lo único que deseaba, era cogerte por detrás y metértela por el culo
hasta que no pudiera más. Tu no sabes lo que tienes ahí detrás. No te das cuenta
del culazo que tienes, de todas las erecciones que provocas simplemente andando
por la calle. Sobre todo cuando llevas esos pantalones de pana negra que se te
meten por la raja hasta... Dios sabe donde, y que parecen que van a reventar con
tus nalgas de un momento a otro... Joder, Mariam, déjame follarme tu culo..., te
aseguro que vas a gozar como una puta. - No sé... - ¿Sabes que me hice 6 pajas a
la salud de tu culo en mi vagón? Imagínate cuantas veces seguidas podría
follártelo si me dejaras. - ¿Y me vas a dar muy duro?
Yo no sabía qué decirle. Pensé "Todo lo que te lo mereces".
- Seré suave, no te haré daño, Marianita.
Mariam dudaba. Sabía que yo era un "chico malo", aunque sabía
que en su fuero interno aquello la "ponía".
- No sé..., nunca me ha llamado la atención..., nunca he
deseado que me dieran por el culo. - Hasta que lo pruebes... Te va a gustar más
que chupar polla, ya verás...
Le propuse que se sentara sobre mi polla y se enculara ella
misma con cuidado. Tras muchas dudas, aceptó. Yo estaba tumbado boca arriba y
ella se sentó a horcajadas, dándome la espalda. Primero quiso apoyar las
rodillas a ambos lados de mis caderas, pero yo tenía un perverso plan. Le dije
que se apoyara en las plantas de los pies y con las manos en el suelo. Mariam
obedeció confiada. Mi polla, ante semejante perspectiva estaba de nuevo como un
ladrillo. El culo de Mariam flotaba majestuoso sobre mi tranca. Puse las manos
sobre sus suaves e imponentes nalgas y las separé. Las dos lunas de carne se
separaron bastante, y pronto apareció el lugar donde presumiblemente (yo no lo
veía) estaba su esfínter.
Mariam descendió temerosamente, hasta que notó mi glande
tocar su ano. Se estremeció. Yo me había embadurnado un poco la tranca con leche
bronceadora para facilitar la acometida. Al principio estaba completamente
cerrado. Sus nervios impedían la necesaria relajación para que el ano se
dilatara lo suficiente para absorber, al menos, la cabeza de mi guevote. Durante
unos minutos Mariam subía y bajaba tímidamente, intentando absorber parte de mi
gruesa polla. Lo cierto es que ella tenía razón: su esfínter era diminuto (sobre
todo en comparación con sus nalgazas) y mi polla causaría estragos al entrar...,
pero, madre mía, aquella visión y aquella perspectiva hubiera animado a
cualquiera. Estaba tan cerca de conseguir mi más ansiado deseo: encular a
aquella puta maciza, a aquella madrileñita que, sin saberlo, había venido a
Andalucía a que se la follaran a fondo por el culo.
Finalmente me decidí a consumar mi plan. Cuando Mariam,
después de varios intentos, hubo conseguido introducir mi glande en el esfínter
(cuán cálido era...), me dí cuenta de que si le quitaba las manos, su único
punto de apoyo, de un manotazo, ella caería con todo el peso de sus 75 kilos
sobre mi polla, y ésta obviamente, entraría hasta el fondo de su culo.
Literalmente se sentaría sobre mi polla de un tirón, de una "sentada", y nunca
mejor dicho.
Así lo hice. De improviso, de un manotazo, le retiré las dos
manos, y ella cayó con todo su glorioso peso sobre mí, ensartándose mi miembro
hasta los huevos, hasta los mismos huevos. Ella gimió de dolor (¿o fue placer?)
y se quedó unos momentos sin respiración. Me imaginé que la visión de aquel
panorama desde delante sería fantástica: Marianita sentada sobre una polla que
le entraba hasta el fondo de su macizo culo, con una cara mitad sopresa, mitad
susto, mitad dolor/placer.
Su culo, su ojete, era estrecho y cálido como un horno. Entró
con relativa facilidad, y enseguida me dí cuenta de que era tan delicioso y
calientito que me costaría horrores no correrme enseguida. Sentía la fantástica
presión de sus nalgas de diosa oprimiendo, ordeñando mi afortunada polla. La
cogí por las caderas y la hice subir y bajar un poco. Ella, traspuesta todavía,
se dejaba hacer. En unos momentos ya la tenía bien aferrada por las caderas,
haciéndola cabalgar levemente, horadando aquel imponente trasero.
- ¡Jodeeeeerrr, qué culoooo! -no pude reprimir.
Ella gimoteaba y suspiraba, sin acertar a decir nada. La hice
rodar de tal manera que quedó debajo de mí. Mi polla, por supuesto, aún dentro.
- ¡Vaya polla!, ¿eh? -le dije, fanfarrón, sin creerme aún del
todo que, al fin , se la había metido.
Seguí empujando. Cada vez era más fácil entrar y salir de su
ojete. Ella suspiraba, y no de dolor precisamente. La puse a gatas, yo detrás de
ella, en la posición más clásica para dar por el culo. Ahora no sólo podía
penetrarla a conciencia, sino que tenía ante mí una maravillosa perspectiva: su
enorme trasero, su hermosa espalda, su cabecita rubia, sus trencitas meciéndose
al vaivén del bombeo al que la sometía.
Empecé a darle con creciente fuerza, con decreciente
compasión. La polla resbalaba hacia dentro con relativa facilidad. Pensé que si
la primera enculada era tan sencilla, las posteriores serían tan habituales como
metérsela por su chocho rubio.
Menudo culo tenía la niña.
Se la metía hasta los huevos, la sacaba hasta la mitad y se
la volvía a clavar inmisericordemente, así una y otra vez, una y otra vez, una y
otra vez. Sus gemidos eran ya claramente orgiásticos. Gozaba como una puta
barata. Mi polla desaparecía una y otra vez en el interior del culazo de Mariam.
Ella gemía roncamente, absolutamente ida, incapaz de oponer alguna resistencia.
Chicos, ojalá hubierais estado allí para sentir aquel ojete madrileño.
Para estimularla, le azotaba el culo. Saboreaba el "plas" del
sonido de sus macizas nalgas, una y otra vez. La pobrecita se llevó una buena
azotaina, pero se lo merecía por tener aquel indecente culo. Además la animaba
con mis comentarios, que la ponían más cachonda.
- ¡Vaya culo tienes, zorra! ¡Pero qué cacho de culo! ¿Te
gusta que te den por el culo? - Sssiii.sssii...ssiii....-gemía, indefensa.
Dentro-fuera, inmisericordemente, como debe follarse un buen
culo de maciza, enseñándole para qué se lo dio la naturaleza. Creo que a Mariam
le quedó bastante claro. Yo sentía mi carne perderse allí dentro, volver a salir
amoratada por la presión, volver a clavarla sin miedo, confiando en mi propia
dureza, en la elasticidad de su recto. Lo que más me animaba era oírla gemir
obscenamente, sin recato. Saboreaba pensar que 4 días después de haber visto
aquel imponente culo en el tren, por fin, me lo estaba follando, y cómo me lo
estaba follando, sin piedad, sin compasión.
Tíos, no sé cuánto tiempo me la estuve follando, pero fue
mucho. Solté una primera descarga, pero enseguida se me puso dura, tanto deseaba
follarme así a mi Mariam. Me corrí dos veces más antes de sacarla de aquel culo,
para mí, sagrado lugar. Mariam cayó rendida y satisfecha, no digamos yo. Era el
hombre más feliz del mundo.
Antes dejarla dormir, le propiné un nuevo azote en las
cachas, y le dije "a partir de ahora gozarás también por el culo, amor..."
Al día siguiente, de mutuo acuerdo, decidimos hacer
actividades "normales", en parte por aprovechar un poco el camping, en parte
porque la sesión anal a la que había sometido a Mariam había sido tan intensa
que ella tenía molestias. Le ardía el esfínter, un leve dolor en el recto que le
incomodaba al andar o al sentarse.
Yo me puse un bañador y unas zapatillas deportivas, y ella
las bragas del tanga y una camiseta de tirantes sin nada debajo, además de
zapatillas. Os la podéis imaginar. No iba desnuda de manera estricta, no se le
veía ninguno de sus abultados encantos pero, ¡cómo estaba ! El tanga le sentaba
como no se lo he visto a ninguna otra chica, en realidad era una débil excusa
para enseñar el enorme culo a todo el mundo; el triángulo del pubis era tan
pequeño que parecía que en cualquier momento asomarían los dorados rizos de su
jugoso chochito; y la camiseta de tirantes, a pesar de ser amplia, no conseguía
ocultar la gloriosa realidad de aquellas dos enormes, poderosas, fantásticas
tetas.
Mientras íbamos camino de la pista de tenis, yo la dejaba
andar delante de mí, regodeándome al pensar en cómo me la había follado los días
anteriores, y más contento aún al pensar en lo que me quedaba por hacer con mi
Mariam.
Estuvimos jugando al tenis como dos aficionados buena parte
de la mañana. Enseguida tuvimos bastante público, especialmente masculino, que
obviamente no había acudido a ver el partido sino al pedazo de hembra que había
en la pista. Os podéis imaginar cómo la jaleaban cada vez que ganaba un punto, y
no digamos cuando se agachaba a coger alguna pelota y mostraba el desaforado
culo al público. Muchos desaparecían repentinamente, me imagino por qué.
- ¡Coge las mías!-gritaba el ingenioso de turno.
Cada vez que sacaba, los melones se sacudían notoriamente
entre aplausos del público, casi exclusivamente masculino. Lo más gracioso era
que en una pista cercana un conocido tenista estaba jugando un buen partido,
pero el público de allí prefería, evidentemente, a la "TOP-ten" Mariam, que
tenía "el mejor saque" del circuito... Aunque la mayoría se conformaban con
llenarse los ojos con ella, alguno que otro soltaba de vez en cuando una
patochada realmente grosera.
- ¡Te iba a dar candela, tía buena! - ¡Eso es carne y no lo
que le echa mi madre al cocido! - ¡Ten cuidado con el mango de la raqueta! -
¿Quieres que te sostenga las bolas?
Para qué deciros, amigos, yo me sentía muy incómodo. Ser
pareja de Mariam no sólo tenía cosas buenas. De alguna manera me sentía
responsable de que a ella no la hirieran. Cuando se dio cuenta de mi
incomodidad, decidimos dejar el partido, y abandonamos la cancha en medio de una
salva de aplausos que evidentemente no iban dirigidos al juego.
Aquella tarde Mariam acudió a uno de los talleres del
campamento y yo decidí quedarme leyendo en la parcela. Los chicos que había
visto el primer día se dirigieron a mí resueltos, y se presentaron. Como os
podéis imaginar, enseguida me preguntaron por Mariangeles.
- ¿Es tu novia? - Sí... - Déjanos decirte que está
buenísima... - Ya, ya...
En realidad eran 5 golfillos de apenas 20 años que, al
parecer, estaban completamente salidos desde que la vieron. Al principio no
sabía muy bien qué pretendían, pero empecé a intuir algo... ¿Me seguís?
Cinco pollas, cinco, para Mariam. La sola idea de verla
atravesada por cinco pollas me hacía empalmar como un desgraciado. Al principio
fui remiso, pero debo reconocer que la idea me ponía cada vez más cachondo, e
intuía que a mi nena le iba a encantar...¡Qué demonios! Hasta ahora le había
gustado todo. Les dije que me dejaran pensarlo.
Durante el día siguiente la idea se apoderó de mí. ¡Cómo
disfrutaría ella!, y qué excitante perspectiva verla penetrada, no ya sólo por
una polla distinta, sino por 4 ó 5 a la vez... Buuuffff.
Aquella era la última noche en el camping. Debía ser entonces
o nunca. Yo le había dicho la tarde anterior que tenía una sorpresa especial
para ella. Ella me miró maliciosa. Sabía qué clase de sorpresa le solía dar,
aunque supongo que se preguntó qué agujero suyo quedaba por desflorar.
Los muchachos se llamaban Javi, Quique, Pepe, David y Borja.
Estaban completamente pendientes de mis instrucciones, desde el momento en que
les confirmé que lo intentaríamos. Al parecer, la noche anterior do