BAMBU PARA LA DOCTORA 2
Acompañé a mi marido a nuestra habitación y le saqué para que
pudiera ponérselo el disfraz que había alquilado para él, un hábito de monje,
marrón con capucha y unas sandalias de fraile. Mientras le concedí 5 minutos
para ducharse y vestirse, volví con la doctora R para darle los últimos toques a
su maquillaje.
Déjame que te ayude Lola – le dije con la
familiaridad que ya tenía con ella.- Sí, Lola, pues aunque tu nombre sea
otro no debemos usar el verdadero para mantener escrupulosamente tu
anonimato. Y ya ves, Lola es el nombre que mejor se ajusta a tu pelo
moreno, a tu cuerpo exuberante y a tu disfraz de danzarina tropical.
Cambié el color de sus labios, eligiendo un rojo más intenso,
más lujurioso, para hacer su boca más deseable al beso y más apropiada para la
felación.. Retoqué también sus pestañas y sus ojos, sacando mayor partido a su
mirada, obteniendo la máxima sensualidad posible sin caer en la vulgaridad.
Complete mi minuciosa labor de hacer de aquella señora respetable una hembra
apetecible que levantara la libido de cualquier espécimen de macho humano que se
cruzara con ella con un preparado de purpurina. Motas doradas que adornaron sus
senos apenas cubiertos por el sujetador, sus nalgas indecentemente expuestas ,
su ombligo y allí donde pudiera ser apropiado un reflejo delatador.
El local donde se iba a celebrar el baile era una pequeña
discoteca recientemente cerrada ante la poca afluencia de clientes, más
inclinados a acudir a los establecimientos de la cercana capital. A la espera de
darle otro uso el propietario que era uno de los amigos de la peña , lo cedía
con entusiasmo cuando se le pedía para celebraciones del grupo de conocidos.
Como no estaba muy lejos, unos diez minutos a pie, decidimos
ir caminando. Yo cogí para mi un abrigo negro porque las temperaturas eran
bajas, nuestra recién bautizada amiga Lola se puso una gabardina que había
traído , imprescindible para ella dado todo lo que se había prescindido de
tejido en su atuendo. Mi marido, en un alarde de chicarrón del norte fue el
único que se encaminó a la puerta sucintamente con su hábito franciscano.
La doctora caminaba con dificultad por el empedrado elevada
sobre sus altísimos tacones. Habíamos recorrido a penas quinientos metros cuando
nos pidió regresar un momento. Por un instante pensé que se había arrepentido y
su personalidad pudorosa le exigía el retorno. No era el caso, había olvidado el
móvil y como había quedado en telefonear a su marido aquella noche debía volver
a casa a recogerlo. Dado lo escueto de su ropa y que no llevaba bolso, lo
dejaría en el bolsillo de la gabardina para usarlo llegado el momento.
Llegamos por fin a la discoteca sin más incidencias. Dejamos
nuestra ropa de abrigo en una habitación cercana a la puerta que ya cumplía este
cometido en el antiguo negocio. Apenas desprenderse de su gabardina , nuestra
Lola fue ya objeto de intensas miradas de los presentes, de agradable sorpresa
del personal masculino y con cierto aire inquisitorial de las féminas, perdidas
entre ellas también por qué no alguna con un extraño dulzor lésbico.
Saludamos a algunos amigos, a los que presentamos a la
doctora como Lola, para satisfacción de ésta, que se encontraba a salvo y
divertida en este juego, ya que este no era su nombre real. Mi marido que no se
despegaba de ella, con una galantería y detallismo que ya hubiera yo querido que
hubiera tenido conmigo alguna vez, para ayudarla a desinhibirse le sirvió una
copa de una bebida dulce pero de fuerte graduación. La médico no bebía nunca ,
pero aceptó de buen grado la invitación para hacer más llevadero el sonrojo que
le producía el ser el centro de atención por su explícito disfraz y para entrar
un poco en calor pues su semidesnudez tenía ese pequeño inconveniente.
La sala donde estaban, estaba a oscuras excepto las luces y
los focos de la pista que se encendían y apagaban , a la par que desplazaban los
chorros de luz de varios colores. De esta forma el cuerpo de curvas generosas de
la doctora se mostraba y se ocultaba sucesivamente, de forma que si alguno la
miraba, y puedo asegurar que era más de uno, podría descubrir una veces sus
senos moteados de púrpura, otras veces sus labios de fresón maduro, otras veces
sus nalgas poderosas, otras sus muslos algo gorditos pero muy sensuales.
El alcohol empezó a hacer algún efecto y Lola comenzó a
moverse como le salía del fondo de su condición de hembra provocadora,
contoneándose de forma sexi, moviendo sus caderas de forma prometedoramente
tentadora. Mi marido que la cogía de la cintura para danzar , deslizó sus manos
mas abajo, magreando sin recato los globos que lucían de forma tan
descaradamente desnuda y a un ritmo tan sugerente.
La doctora cambio de pareja varias veces ya perdido la
inicial timidez y el embarazo provocado por la asunción de su nueva
personalidad. Cada uno de sus nuevos acompañantes, visto el éxito de los
anteriores, no se privaron de colocar sus manos sobre la doctora. Esta fue
acariciada y tocada con disimulo no solo en las nalgas, sino en distintas partes
de su cuerpo, no exagerando en absoluto si afirmo que estaba siendo sometida a
un espectacular magreo. Toqueteo ante el cual la señora no expreso disgusto o
marcó distancia, imbuida en sus sensuales movimientos.
Yo cambiaba de pareja también, sin perder de vista en ningún
momento a la víctima de mi maquinación, dejando caer a los hombres que bailaban
conmigo y me preguntaban por ella que era una amiga a la que el marido
desatendía en exceso y eso le llevaba a que su comportamiento se asemejase a
veces a la de una gata en celo. Me estaba poniendo caliente imaginando lo bien
que iba mi plan y como pronto la doctora recibiría más miembros masculinos
distintos que el resto de su vida. Me pegué a mi acompañante, un joven
reciencasado, alto y bien parecido. Noté que su miembro también respondía al
contacto de mi cuerpo como puede esperarse de un hombre que desea a una mujer.
Me alegré y sonreí.
Alguien interrumpió la música para decir algo sobre la fiesta
y contar unos chistes. En su sobada disertación comunicó la hora que era, algo
más de la una y media de la madrugada. Terminada esta interrupción el baile se
reanudó. Nuestra Lola recordó que había quedado en llamar a su marido a Nueva
York a esa hora , serían las siete y media de la mañana en América y el no había
comenzado aún la apretada agenda del día. Se lo comentó a mi esposo y ambos se
dirigieron al guardarropa a recuperar el móvil de la doctora. Una vez hecho
esto, el la conduzco a un pequeño almacén que había en el sótano para que
pudiera hablar sin el ruido de la fiesta. Como la sala estaba insonorizada no
llegaba el sonido de la discoteca. Era una habitación amplia, con una mesa y dos
sillas en un rincón y un montón de cajas y sacos por todos lados.
Mi amiga marcó el número de su marido y comenzó una
conversación con él. Mi marido se acercó por detrás y mientras con una mano
cogía un pecho de la mujer bajando hábilmente la tela del sujetador con los
dedos para palpar su pezón desnudo, introducía la otra en el tanga y comenzaba a
masturbar a la hembra. Esta no podía recriminarle nada sin delatarse ante su
cónyuge al que decía que estaba en casa viendo la tele. Mi esposo se sorprendió
agradablemente al comprobar la suavidad del vientre de la doctora, ausente de
todo vello púbico su sexo, fruto del cuidadoso afeitado al que había sido
sometido. La excitación de la doctora iba en aumento, resultándole cada vez más
difícil disimular su acaloramiento ante su interlocutor al teléfono. Para bien
de ella el ingeniero puso fin a la charla pues requerían su presencia. Entonces
se abandonó al ardor de las manos que hurgaban en su interior y tuvo un orgasmo
como hacía tiempo que no había tenido.
Has sido una chica mala – le dijo mi esposo mientras
la empujaba con suavidad hacia la mesa, sobre la que le hizo apoyar las
palmas de las manos y los codos.- Está muy mal mentir a tu marido, se
empieza así, se sigue corriéndose con cualquier desconocido y se acaba
en el adulterio- continuó mientras la hacía inclinarse descaradamente
hacia delante y separar las piernas.
Yo- balbuceó Lola , roja y turbada por su reciente
orgasmo.
El le soltó una fuerte cachetada en una de sus nalgas.
Mereces ser castigada. Pídemelo.
Castígame – respondió ella poseída de una
sorprendente perversidad.
Los azotes se fueron sucediendo en el trasero
espectacular de la doctora, turnándose un globo y otro globo en recibir las
fuertes palmadas propinadas con mano firme por el verdugo fraile. El culo
que se iba enrojeciendo se movía con gracia haciéndose más deseable a cada
golpe. Al fin, mi marido no se contuvo más. Podía haberle bajado la braguita
o incluso apartar un poco la cinta debido a lo milimétrico de ésta, pero
llevado de una furia animal le arrancó el tanga de forma brutal partiendo la
tela para empalarla a continuación. Este hecho el de arrancarle el tanga
podía ser indiferente en otra situación, pero debido a que constituía la
única prenda de cintura para debajo de la doctora implicaba la desnudez
total en esta zona para el resto de la fiesta.
Mi marido recordó mis palabras " A tus efectos es una
morena que necesita mucho bambú" y se enardeció todavía más. La introducción
sin miramientos del miembro masculino en el ano virgen de la doctora había
provocado un grito de la misma. Volvió a buscar con sus dedos el coño de su
víctima para mitigar con placer el dolor de la empalada. Luego comenzó a
soltar una letanía.
Morena de soberbio culo toma bambú- seguido de una
nueva embestida.-perra de coño rasurado toma bambú- otra acometida.-
zorra de bata blanca toma bambú- nueva arremetida.
Así continuó hasta que empujando violentamente la cara de la
enculada sobre la mesa terminó de taladrarla con el último empujón que inundó de
semen el magnífico trasero de la esposa infiel.
La doctora había empezado a recibir bambú, pero le quedaba
mucho y de distinto tipo.
Bambú mucho bambú.