Después de mi primer encuentro con Ainoa en el coche, frente
a su portal, los días fueron pasando sin más. Al día siguiente ninguno de los
dos comentó nada al respecto y seguimos como si tal cosa. Supongo que cada uno
esperaba que fuera el otro quien sacara el tema. Aunque, eso sí, aquél encuentro
propició gran cantidad de pajas por mi parte, empezando por una monumental al
llegar a mi casa aquél día y asimilar lo ocurrido.
De todas formas, algo sí que había cambiado. Nuestras
conversaciones seguían siendo muy informales y llenas de camaradería y
complicidad, aunque desaparecieron de las mismas todas las referencias sexuales.
Es decir, no volvimos a tratar el tema de chupar pollas ni a hablar de los
atributos de nuestras compañeras de trabajo. Y, aunque volví a llevarme el coche
unos cuantos días después de aquél, por si acaso, Ainoa no me volvió a pedir que
la acercara a su casa. Tampoco volvió a ponerse nunca aquella falda vaquera.
Hasta que un día, de repente, la falda volvió a aparecer. Era
un día soleado, como los últimos días anteriores a aquél, por lo que no cabía la
excusa de los vaqueros mojados que había utilizado en nuestro encuentro
anterior. Cuando Ainoa llegó a la oficina yo ya llevaba allí un rato, así que
pude observarla desque que entró hasta que se sentó en su sitio. De nuevo traía
las medias de malla y los botines. En la parte superior llevaba una camiseta
morada de manga larga con un escote realmente generoso. Bajo la camiseta llevaba
un top negro cuyos tirantes le asomaban en los hombros, lo cual me parecía
sumamente sexy.
Supongo que sería por el top que llevaba, pero el caso es que
sus pechos me llamaron poderosamente la atención. Parecían más grandes que de
costumbre. Si normalmente tenían un tamaño normal, en esta ocasión parecían como
un par de tallas mayores. Además se veían redondos y firmes. El escote le
llegaba casi hasta la altura de los pezones, con lo que gran parte de sus pechos
eran visibles. Eran blancos, como el resto de su piel, y parecían tersos y
duros. En el pecho izquierdo tenía una peca casi a la altura del pezón,
ligeramente por encima de donde debía estar éste.
Cuando se sentó pude ver cómo me dirigía una mirada
disimulada, y juraría que vi dibujarse una media sonrisa en su boca.
Inmediatamente mi cabeza se llenó de recuerdos de nuestro encuentro en mi coche,
aumentados ahora por mi mente fantasiosa y la visión de su escote y de esos
pechos tan perfectamente redondos. Noté cómo mi excitación iba aumentando y me
revolví en mi asiento. Traté de apartar la mirada pero era imposible. Así que
opté por levantarme e ir al baño.
Una vez allí me metí en un excusado y me encerré. Me bajé los
pantalones y los calzoncillos, me senté en el váter, agarré mi polla con la mano
y comencé a pajearme. En seguida se puso dura como una piedra. Cerré los ojos y
comencé a recordar cuando era Ainoa quien me masturbaba. Recordé el beso
posterior en el que intercambiamos parte de mi corrida. En esta ocasión, mi
mente siguió trabajando y ahora, mientras la besaba, mi mano se dirigía a su
pecho, acariciándolo y estrujándolo. En mis pensamientos llevaba puesta la misma
camiseta morada, por lo que fue muy fácil liberar uno de sus pechos y bajar mis
labios hasta él, lamiéndolo hasta llegar al pezón. Una vez allí comencé a
besarlo y a apresarlo entre mis labios, mientras succionaba con fuerza. Con la
punta de mi lengua jugaba con él, moviéndolo de un lado a otro y en círculos. Lo
agarraba con los dientes y apretaba suavemente, sin dejar de lamerlo, mientras
ella jadeaba.
No fue necesario mucho más, puesto que rápidamente noté cómo
me venía un orgasmo. Tuve que apretar los dientes para ahogar un grito de placer
cuando la leche comenzó a salir a borbotones de mi polla tiesa. Me eché hacia
atrás y traté de apuntar con el capullo hacia la taza del váter, de manera que
mi corrida no se esparciera por todo el baño. A duras penas lo conseguí,
mientras mi polla seguía escupiendo y yo muriéndome de gusto. Tuve que quedarme
allí sentado unos segundos, reponiéndome y jadeando, hasta que por fin me vi con
fuerzas para salir.
Me miré en el espejo y vi que tenía la cara completamente
acalorada. Traté de refrescarme un poco con agua del grifo y volví a la oficina.
Me dirigí rápidamente a mi sitio para tratar de no llamar mucho la atención y
centré la mirada en la pantalla del ordenador, aunque estaba demasiado exhausto
como para trabajar. Pero no quería que nadie reparara en mí por si notaban algo.
Aun así, al instante apareció una nota en la pantalla:
- ¿Qué tal ha ido?
Era Ainoa, claro.
- ¿A qué te refieres?
- Pues a qué va a ser, hombre. Al baño. Has tardado mucho
para haber ido sólo a mear. Y además, se te ve un poco alterado.
- Joder, cómo me vigilas.
- Pues como tú a mí, guapo. Que cuando he entrado me comías
con los ojos.
- Coño, Ainoa, porque has vuelto a venir con la falda.
- ¿Y?
- Pues que me ha traído recuerdos. Seguro que lo has hecho a
posta, porque hoy no ha llovido.
- Pues si te digo la verdad, sí, lo hice un poco a propósito.
¿Y la camiseta, te gusta?
- ¿Que si me gusta? Joder, me ha puesto a mil. Vaya tetas
tienes, Ainoa. Son perfectas.
- ¿Te gustan? ¿Te corriste sobre ellas cuando fantaseabas en
el baño?
- Joder, Ainoa, vaya pregunta. Pues no, no. Me corrí pensando
en lo del otro día en mi coche.
- Ah, eso. Sí, a mí también me ha dado mucho juego desde
entonces. Estuvo bien.
- La putada es que hoy no vine en coche, así que no podré
acercarte a casa.
- Bueno, pero puedes acompañarme igualmente, aunque vayamos
en metro.
- Sí, por supuesto, eso seguro. Me avisas cuando te vayas y
me voy contigo.
- Vale.
Pasé el resto de la mañana imaginando qué pasaría durante ese
viaje de vuelta a casa. ¿Repetiríamos lo de la otra vez? ¿Iríamos más allá?
¿Dónde podríamos hacerlo? La idea de Ainoa pajeándome en público me excitaba
mucho. Por no hablar de cómo sería si fuéramos a más.
Así llegó la hora de la comida. Esta vez fuimos a comer con
otros cuatro compañeros. Al llegar al restaurante vi que Ainoa se sentaba en un
lateral de una mesa de seis: dos por cada lado y otros dos en los extremos.
Rápidamente me senté a su lado. Seguramente la vista sería mucho mejor desde el
frente, donde ese escote me habría vuelto loco toda la comida. Pero Ainoa había
venido ese día pidiendo guerra y yo se la iba a dar.
Pedimos la comida y comenzamos una conversación absurda y
carente por completo de interés. De vez en cuando miraba de reojo a Ainoa, que
parecía seguir muy interesada la conversación. Desde mi ángulo podía ver aún un
poco más dentro de su escote, además de tener una visión perfecta de sus muslos,
como cuando estábamos sentados en el coche uno junto al otro.
Cuando el camarero trajo los primeros platos, Ainoa cogió su
servilleta y la puso sobre sus muslos, tapándome la visión. A continuación cogió
un cubierto y comenzó a comer. Lo mismo hice yo, que agarré el tenedor y empecé
a juguetear con un plato de macarrones antes de lanzarme a comerlos.
En un momento dado decidí pasar de la comida y lanzarme de
lleno a mi propósito inicial. Así pues, y aunque seguía jugueteando con los
macarrones para disimular, bajé la mano izquierda hasta mi rodilla. Ainoa es
zurda y yo diestro, y ella estaba sentada a mi izquierda, por lo que tenía vía
libre para deslizar mi mano desde mi rodilla izquierda hasta su rodilla derecha.
Al hacerlo, Ainoa dio un pequeño respingo y giró levemente la cabeza hacia mí,
dirigiéndome una mirada mezcla de sorpresa y reproche.
Pero no hizo ningún intento de retirar mi mano, por lo que la
mantuve allí unos segundos. Al poco rato empecé a acariciarle la rodilla. La
notaba huesuda bajo mi mano, y muy tersa por el roce de la media. Fui
acariciándola en círculos cada vez más amplios. Cuando me cansé de su rodilla
comencé a dirigir mi mano hacia arriba por el muslo. Ainoa puso su mano derecha
cobre la mía tratando de pararme, aunque yo seguí subiendo. Ella hacía algo de
fuerza, pero no demasiada para que no nos pillaran, por lo que pude finalmente
alcanzar la parte más gruesa de su muslo y ella pareció desistir en su empeño de
evitarlo.
En este punto extendí mi mano y comencé a acariciar por
completo su pierna, de arriba abajo. Acariciaba tanto la parte que quedaba al
descubierto como la tapada por la falda. Aunque en la parte descubierta
acariciaba también la cara interna del muslo. El tacto era maravilloso. Mi polla
comenzó a tensarse por la excitación. Decidí centrarme en acariciar la parte que
la falda dejaba al descubierto, donde la sensibilidad era mayor, así como el
recorrido. Recorría su muslo de abajo arriba, llegando hasta el borde de la
falda. Poco a poco fui haciendo cada vez un poco más de presión al llegar al
borde, de manera que con cada recorrido ascendente subía ligeramente la falda de
Ainoa, dejando al descubierto una porción cada vez mayor de su muslo.
A todo esto, Ainoa continuaba enfrascada en la conversación,
como si nada de aquello fuera con ella. Una vez que cedió ante mi empuje inicial
por acariciarla debió pensar que lo mejor era dejarse hacer y ver hasta dónde
llegaba. Pero yo estaba dispuesto a llegar hasta donde me dejasen. Así que,
cuando vi que la falda había subido todo lo que podía, cambié de táctica. En
lugar de acariciar su muslo desde la rodilla me dediqué a acariciarlo por la
zona del borde de la falda. Lo que hacía era tratar de alcanzar con los dedos lo
más arriba que pudiese. Ante mi sorpresa, Ainoa separó un poco las piernas, de
manera que mi rango de alcance era mayor. Además, con este movimiento la falda
subió incluso un poco más, con lo que mis dedos pronto comenzaron a acariciar
sus muslos a la altura de la ingle.
Ahora mi mano agarraba por completo toda la cara interna de
su muslo, mientras mis dedos chocaban contra su ingle. Podía notar el roce de
sus braguitas contra mi dedo meñique a través de las medias. Me dediqué a
restregar el dedo por esa zona suavemente. Poco a poco fui avanzando, aumentando
las caricias a un dedo más cada vez, hasta acabar por acariciarle la braguita
con la mano entera. Notaba la zona caliente. Con el dedo corazón empecé a
ejercer un poco más de presión que con el resto, tratando de localizar y sentir
sus labios vaginales. Acariciaba su entrepierna de arriba a abajo apretando con
fuerza mis dedos y agarrándola con toda la mano, disfrutando del calor que
desprendía.
Pronto decidí avanzar un poco más. Subí la mano hasta el
borde de sus medias y deslicé mi mano bajo ellas. Ahora notaba directamente
entre mis dedos la suavidad de la braguita. Comencé a jugar con ella en
movimientos circulares, acariciándola con delicadeza. Era una braguita estrecha,
que apenas parecía cubrir su coño. No obstante, no noté el contacto de vello con
mis dedos, por lo que debía de tener el coño depilado. Esto me puso aún más
cachondo. Mi polla empezó a luchar con mis calzoncillos por salir del pantalón.
Con el dedo corazón fui subiendo y bajando por encima de la
braguita, mientras con los dos dedos de al lado iba recorriendo el lateral de la
misma, sumergiendo las yemas bajo las costuras. Ainoa se revolvía en la silla
ligeramente pero seguía disimulando.
Entonces apareció el camarero para retirar los primeros
platos y traer los segundos. Saqué apresuradamente mi mano de la entrepierna de
Ainoa y agarré mi comida. Ella hizo lo propio, como el resto y seguimos
comiendo. Inmediatamente volví a lo mío, aunque esta vez fui directo al grano.
Deslicé la mano bajo las medias y localicé la costura superior de las braguitas.
La levanté e introduje los dedos lentamente bajo ella. Efectivamente, tenía el
coño depilado casi por completo. Tan sólo parecía tener un poco de vello en la
parte superior. Me dediqué a juguetear con él entre mis dedos por unos
instantes. Luego seguí descendiendo hasta encontrar sus labios. Encontré su coño
totalmente húmedo y caliente. Sus labios se abrieron de par en par al contacto
con mis dedos, por lo que rápidamente pude introducir el dedo corazón y comenzar
a frotarlo entre ellos. Noté en la base del dedo su clítoris inflamado. Aumenté
el recorrido de mis caricias de manera que rozase el clítoris con casi todo mi
dedo.
Ainoa se revolvía cada vez más en la silla y no pudo evitar
que se le escapara un jadeo. Lo disimuló como pudo haciendo ver que se había
atragantado, pero no hizo ademán de apartarme la mano. Debía estar disfrutando,
lo cual me alegraba profundamente y me excitaba aún más. El otro día ella me
había hecho a mí una paja increíble y yo ahora quería devolverle el favor.
Introduje el dedo poco a poco en su coño. Primero sólo la
punta suavemente. Luego fui aumentando la presión hasta lograr tener el dedo
dentro por completo. El tacto era húmedo y caliente. Tenía el coño muy estrecho,
supongo que también por la postura de las piernas. No obstante, mi dedo entraba
y salía perfectamente, al principio despacio pero cada vez un poco más deprisa.
El coño de Ainoa se humedecía por momentos. Podía notar cómo mi dedo se empapaba
y empezaba a chapotear. El ruido era cada vez mayor y pensé que acabarían
oyéndonos, así que lentamente comencé a sacar el dedo. Pero entonces Ainoa cerró
las piernas, como evitando que lo hiciera. Estaba claro que quería que siguiera,
y así lo hice.
Volví a meter el dedo, y esta vez lo acompañé con otro más.
Estaba follándome su coño con dos dedos, disfrutando de su estrechez. Lo hacía
saliendo rápidamente y entrando poco a poco, tratando de llegar cada vez lo más
adentro posible. De vez en cuando, con los dos dedos dentro, realizaba
movimientos circulares tratando de buscar el roce con su clítoris y darle el
mayor placer posible.
Continué así un rato, hasta que Ainoa soltó los cubiertos,
agachó la cabeza y la hundió entre sus manos. Luego se tapó la boca con una mano
y empezó a soltar unos ruidos que parecían jadeos o gemidos. Yo seguía
follándomela con los dedos, ahora ya muy rápidamente. Con la otra mano agarré
uno de sus brazos y, sin dejar de follarla, le pregunté:
- ¿Qué te pasa Ainoa, estás bien? ¿Te has vuelto a
atragantar?
Ella seguía tapándose la boca y sólo acertó a agitar la
cabeza afirmativamente, mientras todos la miraban. Estuvo así unos minutos y
luego fue relajándose. Entonces relajé yo también mi follada, retirando los
dedos de su coño y dedicándome ya solo a acariciar su muslo nuevamente. Ella
retiró la mano de su boca, se giró hacia mí y me dijo:
- Gracias.
- ¿Ya estás mejor?
- Mucho mejor. Gracias, de verdad.
- De nada, mujer. Ha sido un placer.
Y le guiñé un ojo. Ella puso una mano sobre mi entrepierna,
agarrando mi polla tiesa por encima del pantalón, y la retiró rápidamente
mientras decía:
- Te debo una.
Después de aquello terminamos la comida sin más. Durante el
camino de vuelta a la oficina Ainoa y yo nos rezagamos un poco respecto al resto
de compañeros, así pudimos charlar.
- Ha estado genial, gracias.
- De nada, Ainoa. Te la debía por la del otro día.
- Bueno, pues habrá que ver cómo y cuándo deshacemos el
empate.
- Jaja. Pues cuando tú quieras. Ya sabes: sólo tienes que
ponerte esa falda y esas tetas.
- Pues son mis tetas de siempre.
- Pues no lo parecen. Hoy se ven más grandes y más redondas.
- Vale, me pondré también estas tetas, pues.
Al llegar a la oficina me disculpé y me dirigí al baño. Ainoa
me miró riéndose y me preguntó:
- ¿Qué, a darlo todo?
- No lo sabes tú bien.
- ¿Quieres que te ayude?
- Por mí encantado, ya lo sabes.
Y me metí en el baño. Fui directamente al mismo excusado que
aquella mañana, el más amplio de todos y el que estaba más alejado. De nuevo me
bajé los pantalones y los calzoncillos de golpe y me senté en el váter. En
cuanto puse la mano sobre mi polla ésta dio un respingo y se puso tiesa por
completo. La cogí y me recosté, cerrando los ojos y empezando a recordar la
escena de la comida.
En ese momento sonaron unos golpes en la puerta.
- ¡Está ocupado, joder!
- Ya lo sé, guapo. Venía a ayudarte.
¡Dios mío! ¡Era Ainoa! Allí estaba yo, con los calzoncillos
por los tobillos, sentado en váter con la polla en la mano, y sin saber qué
hacer.
- ¿Es que no me vas a abrir?
- ¡¿Pero cómo quieres que te abra?!
- Coño, pues quitando el pestillo, gilipollas.
- Pero es que no estoy visible.
- No digas gilipolleces. Seguro que estás perfecto. Tal y
como yo te quiero ver.
Finalmente me repuse de mi sorpresa y accedí a abrir la
puerta. Allí estaba Ainoa, de pie frente a mí. Yo seguía sentado con la polla en
la mano. Ella se quedó mirándome y empezó a reírse.
- Jajaja ¡Vaya estampa!
- No te quedes ahí, joder, pasa.
Ella entró y cerró la puerta. Nos quedamos así, mirándonos,
durante unos segundos. Entonces me levanté, la agarré por la cintura, la atraje
hasta mí y la besé en la boca. Inmediatamente ella me rodeó el cuello con los
brazos y abrió sus labios para que nuestras lenguas se encontrasen. Comenzamos a
lamernos mutuamente, intercambiando saliva. Era delicioso. Mi polla estaba dura
como una roca y notaba cómo se clavaba en su vientre, justo por encima de su
entrepierna, pero ella no se apartó.
Subí una mano hasta su pecho, que agarré y estrujé por encima
de la camiseta, mientras deslizaba la otra mano hasta su culo y lo apretaba
contra mí, asegurándome de que se clavaba toda la dureza de mi polla. Aparté mis
labios de los suyos y fui descendiendo hasta su cuello, lamiendo, besando y
mordiendo todo el recorrido. Me dediqué a besar y mordisquear su cuello durante
un rato, sin dejar de sobar su pecho y apretar su culo.
Pasados unos instantes le bajé la camiseta y el top, sacando
su pecho derecho al aire. Aparté la cabeza para contemplarlo. Era grande y
blanco. Colgaba un poco y tenía el pezón completamente tieso y con una aureola
pequeña y rosada. Agarré el pezón con mis dientes y empecé a succionar sin
soltarlo, de manera que rozaba contra ellos con cada chupada. Ainoa gemía y me
acariciaba el pelo y la espalda. Yo llevé la mano que tenía en su culo hacia su
entrepierna. La deslicé dentro de sus braguitas sobre su coño y comencé a
acariciarlo. Seguía húmedo y caliente. Introduje el dedo en su coño y empecé a
follarla mientras seguía succionando su pezón.
Cuando noté cómo su coño empezaba a chorrear de nuevo me
incorporé, le di un beso y la giré. La puse mirando hacia el váter y la obligué
a inclinarse, de manera que quedó apoyada sobre la cisterna con ambas manos.
Levanté su falda y le bajé las medias y las bragas hasta los tobillos de un solo
golpe. Ante mí quedó su culo, pequeño y prieto. Hice que se agachara un poco más
y pude ver cómo asomaba su coño depilado por entre sus piernas.
Dirigí mi boca hasta ese punto y comencé a besarlo. Con la
punta de la lengua fui recorriendo los labios como hiciera antes con el dedo
corazón, separándolos e introduciéndola entre ellos. Alternaba las lamidas con
los besos. Era delicioso sentir su calor y su humedad en mi cara y en mi boca.
Ainoa no dejaba de gemir.
Había llegado el momento de pasar a cosas más serias, por lo
que me incorporé, sujeté mi polla con una mano y la apunté hacia su coño. Le
separé las piernas y deslicé mi capullo restregándolo contra sus labios. Ella
gemía cada vez más mientras yo iba embistiendo suavemente y pasando mi capullo
enrojecido por toda la superficie de su coño.
- Métemela. Métemela ya, por favor.
Pero yo no tenía ninguna prisa. Quería disfrutar de aquel
momento. Y verla sufrir por que la follase aumentaba aún más mi excitación. Así
que seguí frotándome un rato, notando cómo mi capullo se humedecía y se llenaba
de sus flujos vaginales. Con la punta separé sus labios y repetí el roce, pero
ahora un poco más profundamente. El calor envolvía mi capullo, que se deslizaba
perfectamente por entre aquellos labios tan lubricados.
- Venga, coño, fóllame de una puta vez.
Finalmente acepté. Ya la había hecho sufrir demasiado, y
estaba tan excitado que temía acabar corriéndome sin ni siquiera llegar a
penetrarla. Así que detuve mis movimientos, agarré con una mano su cadera y con
la otra apunté mi polla hacia el agujero de su coño. Ella abrió aún más las
piernas para facilitarme que la penetrara. Cuando mi polla estuvo colocada justo
en la entrada de su coño, introduje ligeramente el capullo para no errar en la
embestida y agarré sus caderas con las dos manos.
Al principio comencé a follármela lentamente, con embestidas
cortas, introduciendo tan sólo una pequeña porción de mi polla. Con cada
embestida iba entrando un poco más. Tenía el coño muy estrecho, con lo que
entrar era difícil, pero la sensación era increíble. Notaba mi polla
completamente aprisionada y rozando por completo con las paredes internas de su
vagina. Sus flujos favorecían tremendamente la penetración, pero sin reducir la
sensación de presión.
Cuando llegué a introducir prácticamente la mitad de mi
polla, Ainoa no pudo aguantar más y se lanzó hacia atrás, clavándosela por
completo. Soltó un gemido y se quedó apretada contra mí, aplastándome las
pelotas con su culo. Yo seguía agarrándola por las caderas y la apretaba aún
más, echando mi pelvis hacia delante para tratar de penetrarla lo más profundo
posible.
Ainoa bajó la cabeza, cerró los ojos y se aferró con fuerza a
la cisterna. Entonces empezó a moverse hacia atrás y hacia delante, sacando y
metiendo mi polla de su coño mojado. Lo hacía despacio pero con fuerza. Echaba
el cuerpo hacia delante y, cuando notaba que mi polla estaba a punto de salirse,
se paraba y comenzaba a recular para metérsela de nuevo dentro por completo. El
placer era inmenso. Su coño estaba tan prieto que la sensación de roce y calor
me volvían loco. Echaba tantos fluidos que pronto empezó a oírse un ruido de
chapoteo cada vez que mi polla penetraba en su coño. Temía que alguien pudiera
oírnos, pero no creí haber oído entrar a nadie en el baño.
Yo mantenía mis manos agarradas a sus caderas y la ayudaba a
empalarse con mi verga cuando reculaba, echando a la vez mis caderas hacia
delante. Veía su culo pequeño pero prieto rebotando contra mi vientre. Lo azoté
un par de veces y Ainoa soltó un gemido de aprobación. Deslicé mis manos hacia
sus glúteos, estrujándolos con los dedos y azotándolos mientras ella seguía con
su movimiento de vaivén, follándome lentamente. Se notaba que ella también
quería que aquello durase un rato.
La visión de aquel culo, y el hecho de tener a Ainoa delante
de mí agachada, jadeando y follándome, junto con el placer inmenso que sentía en
la polla, hicieron que mi excitación fuese máxima. Faltaba poco para que me
corriera. Así que agarré de nuevo las caderas de Ainoa y decidí tomar el mando
de la situación, aumentando el ritmo de la follada. Lo hice rápidamente,
aumentando el ritmo de mis embestidas y agarrando fuertemente las caderas de
Ainoa para tirar de ella hacia mí. La follada empezó a ser salvaje. Mis huevos
chocaban contra su ingle y su culo contra mi vientre produciendo un sonido
fuerte y perfectamente audible por cualquiera que entrase en el baño en ese
momento. Pero no me importaba. Estaba a punto de correrme y quería disfrutarlo.
Los pechos de Ainoa se agitaban dentro de su camiseta. Ella
había echado su cabeza hacia atrás. Tenía la boca abierta y lanzaba gritos de
placer con cada embestida mía. Yo no podía evitar jadear también fuertemente. Mi
corrida se acercaba y el placer era máximo. El ritmo de mis embestidas era
frenético. Mi polla entraba y salía del coño de Ainoa a una velocidad
vertiginosa. Sus gritos se transformaron en uno solo, largo y continuo. Estaba a
punto de explotar.
- Ahhh. Joder, Ainoa, qué bueno. Voy a explotar.
- Sííííí. Hazlo dentro de mí, por favor. Hazlo dentro de mí.
No pude aguantar más. Cuando noté que mis huevos empezaban a
bombear lancé una última embestida brutal, empalando a Ainoa mientras la
apretaba con tanta fuerza contra mí que mis dedos se volvieron blancos. Apreté
mi polla contra ella todo lo que pude, tratando de alcanzar el fondo de su
vagina. Ella lanzó un grito desgarrador mientras mi leche empezaba a brotar en
su interior. Los espasmos de mis caderas encontraron réplica en los suyos, por
lo que deduje que ella también estaba teniendo un orgasmo. Nos quedamos en esa
posición un rato, mientras mis huevos se iban vaciando poco a poco y nuestros
orgasmos producían espasmos por todo nuestro cuerpo. Nuestros gritos de placer
se entremezclaron y fueron perdiendo intensidad a medida que lo hacía el
orgasmo.
Finalmente mis huevos se secaron y mi polla terminó de
escupir leche. Alivié la presión de mis manos y mis caderas y Ainoa también
comenzó a relajarse. Me dejé caer sobre su espalda, sin sacar mi polla de su
coño. Seguía estando húmedo y caliente, y la sensación de presión sobre mi polla
hipersensible tras la corrida era increíble. Abracé a Ainoa y le agarré los
pechos introduciendo mis manos bajo la camiseta y el top, acariciándoselos
mientras ambos jadeábamos tratando de recuperar la respiración. Ella movía
ligeramente sus caderas para sentir mi polla mientras aún estuviera dura. Soltó
una mano de la cisterna y me agarró los huevos, acariciándolos y estrujándolos
como tratando de exprimirles hasta la última gota. Yo empecé a mecer mis caderas
para aprovechar al máximo el roce de su coño y favorecer sus caricias en mis
huevos.
Finalmente, mi polla perdió toda su dureza y acabó saliéndose
del coño de Ainoa. Estaba llena de sus flujos y de mi semen entremezclados.
Ainoa se volvió y nos besamos apasionadamente. Había sido un polvo increíble y
nos dedicamos a besarnos y juguetear con nuestras lenguas mientras nos
abrazábamos, recuperando el aliento y disfrutando del contacto el uno del otro,
mientras nos acariciábamos.
- Ha sido increíble, Ainoa, gracias. Tal y como lo había
soñado siempre. Te deseo tanto...
- Yo también te deseo a ti. Quiero a mi novio, desde luego,
pero tú me pones de una forma que él nunca lo hará.
- A mí me pasa lo mismo. A veces, mientras hago el amor con
mi novia, cierro los ojos e imagino que estoy contigo. Me moría de ganas por
follarte. Ha sido genial.
- Y eso que aún no lo has probado todo.
- ¿A qué te refieres?
- A mi especialidad, hombre. ¿A qué si no?
En ese momento se separó de mí y agarró mi polla fláccida con
una mano, mientras con la otra me agarraba los huevos. Comenzó a masajearlos y
estrujarlos, tirando de ellos hacia abajo y clavándome ligeramente las uñas. La
sensación de dolor y placer era genial. Con la mano que tenía en mi polla empezó
a acariciarla, retirando la piel de mi capullo y jugando con sus dedos sobre él.
Lo agarró con dos dedos por la base y empezó a frotarlo, aprovechando la
lubricación de sus flujos y mi corrida. A pesar de acabar de correrme, mi polla
comenzó a reaccionar con una leve hinchazón.
Yo me quedé de pie mirándola, sin saber qué hacer. Pero ella
tenía muy claro lo que quería. Se agachó frente a mí, sin soltar mis huevos, e
introdujo mi polla entera en su boca. Con la mano libre se agarró a mi muslo
mientras empezaba a succionar. Con la lengua jugueteaba con mi capullo mientras
sus labios se aferraban al resto de mi polla. La sensación era demasiado
increíble como para que mi polla no reaccionase. Y lo hizo. Comenzó a
endurecerse y crecer rápidamente. La visión de Ainoa arrodillada frente a mí,
con mi polla en su boca, succionando, me estaba volviendo loco.
Cuando mi polla hubo alcanzado un tamaño y una dureza
aceptables, Ainoa soltó la mano de mi muslo y la agarró por la base. Entonces
comenzó a mover la cabeza de atrás hacia delante. Cuando avanzaba abría la boca
para meterse mi polla entera dentro. Al retroceder apretaba sus labios mientras
succionaba, e iba recorriendo toda la superficie de mi polla con la lengua.
Hacía este movimiento lentamente, lamiéndomela por completo, hasta el último
milímetro. Con la mano iba recorriendo la parte de polla que quedaba fuera de su
boca, pajeándome a la vez que me la chupaba.
Me moría de gusto. Mi polla estaba de nuevo tiesa y dura como
una piedra. Sus movimientos fueron ganando en intensidad y velocidad. Seguía
recorriendo mi polla con su lengua y ahora me estaba follando con los labios.
Las caricias en mis huevos continuaban.
En un momento dado, Ainoa paró y se sacó mi polla de la boca.
Agarró su camiseta con las dos manos y se la sacó por la cabeza, quedando de
rodillas frente a mí, completamente desnuda. Volvió a agarrar mis huevos con una
mano y la base de mi polla con la otra. Me miró a los ojos sonriendo y me plantó
un beso en el capullo, mientras apretaba mi polla con la mano. Sacó la lengua y
empezó a juguetear con ella lamiéndome la punta, sin dejar de mirarme a los
ojos. Alternaba el juego con la lengua con pequeñas chupadas, aprisionando mi
capullo con sus labios y deslizándolos sobre él.
Yo estaba extasiado. No podía creérmelo. Era una mamada
increíble, súper excitante y sensual. Me agaché y la besé, agarrando su cabeza
con las manos. Luego me reincorporé pero mantuve mis manos en su pelo,
acariciándolo y empujando su boca de nuevo contra mi polla. No quería que
aquello acabase nunca.
Ella volvió a introducirse mi polla por completo en la boca.
Ahora se dedicaba a meterla y sacarla rápidamente mientras la lamía y la
pajeaba. Sus pechos se movían al ritmo de la mamada. Me la chupaba a una
velocidad increíble, recorriéndola con la mano y moviendo la cabeza de alante
hacia atrás. Comencé a jadear. No podía evitarlo. Me encantaba. El placer era
muy intenso. Acariciaba su pelo frenéticamente, revolviéndoselo. Comencé a mover
mis caderas acompasándolas al ritmo de su mamada, follándome su boca mientras
ella me la chupaba. No quería correrme nunca, pero no podía evitar aumentar el
ritmo. Quería más. Mucho más. Aquello era increíble. Me estaban haciendo la
mejor mamada de toda mi vida. Su lengua lamiendo mi polla, sus labios
follándosela, su mano acariciándola y sus dedos estrujando mis huevos. Era
demasiado. Iba a explotar.
Traté de apartar la cabeza de Ainoa, pero ella lo notó y se
apretó contra mí con fuerza. Yo luché por separar su cabeza, pero entendí que no
era lo que ella deseaba y cesé en el intento. Entonces Ainoa echó ligeramente
hacia atrás la cabeza, dejando dentro de su boca un poco menos de media polla
mía. Con la lengua seguía lamiéndomela por la parte inferior mientras con la
mano recorría toda la extensión que quedaba fuera. Yo coloqué mis dos manos en
su nuca. El pacer era inmenso. Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y abrí
la boca para lanzar un jadeo de placer supremo. Cerré mis dedos agarrando su
pelo y me preparé para la sacudida.
La leche empezó a brotar enseguida. Esta vez en menor
cantidad, puesto que acababa de correrme hacía unos minutos. Aún así, me
sorprendió la cantidad de leche que sentía salir de mis huevos. Cada chorro iba
acompañado de un espasmo de placer. Y en cada espasmo mi cuerpo se retorcía,
provocando que tirara con fuerza del pelo de Ainoa y clavara mi polla hasta su
garganta. Ella movía la lengua frenéticamente dentro de la boca, tratando de
recoger y tragarse hasta la última gota de mi corrida. Tenía las dos manos
agarradas a mi culo, clavándome las uñas.
Cuando terminé de correrme bajé la vista para mirar a Ainoa.
Ella me estaba mirando a los ojos, mientras mantenía mi polla metida por
completo en la boca. Aflojé mis dedos, soltando su pelo y relajando la presión
sobre su cabeza. Ella soltó mi culo y agarró mi polla, sacándola lentamente de
su boca, mientras la recorría con sus labios y su lengua. Una vez fuera, la fue
lamiendo entera, despacio, recogiendo las últimas gotas de mi corrida y
dejándola completamente limpia. Acumuló en la lengua una pequeña cantidad de
corrida y me la mostró. Entonces cerró la boca y tragó aparatosamente, para que
yo pudiera ver cómo lo hacía. Luego me volvió a mostrar la lengua vacía y se rió
pícaramente. ¡Dios mío, era tan sexy!
Acarició mi polla por unos instantes, mientras perdía su
fuerza, y con la otra mano estrujaba uno de sus pechos. Se levantó y me lamió el
cuello. Yo estaba exhausto, no podía reaccionar. Estaba tratando de asimilar el
placer que me acababa de proporcionar. Me acarició la cara mientras seguía
lamiéndome el cuello y me preguntó:
- ¿Y bien? ¿Qué tal?
- Joder, Ainoa. Ha sido sin duda la mejor mamada que me han
hecho en la vida. En serio.
- Ya te lo dije: es mi especialidad. Por cierto, sabes muy
rico, que lo sepas.
- Me alegro. Así quizás podamos repetir algún día.
- Eso ni lo dudes, cielo.
Nos vestimos y volvimos a nuestros sitios, tratando de que
nadie nos viera. Si alguien nos oyó o no, nunca lo supimos. Al menos nadie hizo
ningún comentario. Aunque estoy seguro de que si alguien entró durante ese rato
al baño tuvo que oírnos por fuerza. Pero no me importaba. Por fin había
conseguido lo que tanto ansiaba: estar dentro de Ainoa, mi compi Ainoa.