Un coqueto chalé en un barrio lujoso de las afueras...
Justamente lo que el Moro se imaginó que una niña pija como Noelia tendría por
casa. Patricia se encontraba en el jardín, dándole indicaciones, con tono seco y
displicente, a un humilde operario encargado, al parecer, de mantener el orden y
la pulcritud de los jardines de la señora. Al verla así, Noelia se sintió
renacer. Sí, ella iba, al fin, a reinstaurar el orden natural y a poner las
cosas en su lugar.
Sin embargo, hubo a continuación algo que no le gustó.
Patricia levantó los ojos hacia el coche que acababa de irrumpir en su casa y,
al ver a quien lo manejaba, su rostro se iluminó en una amplia sonrisa. No la
sonrisa formal de quien saluda por cortesía ni esa sonrisa burlona y desdeñosa
que tanto le conocía y que tan insultante y ofensiva podía ser... No, fue una
sonrisa espontánea, de simpatía automática. Y resultaba tanto más sorprendente
viniendo de Patricia para quien los amigos de Noelia -al menos aquellos que no
provenían de su mismo sector social- eran siempre niñatos sin sesos o vagos
inútiles.
- Hola, cielo... ¿Y quién es este chico tan guapo?
Noelia se quedó atónita. Era la primera vez que escuchaba a
su madre soltar un cumplido de esa naturaleza.
- Vamos -río el Moro, dándole un codazo- ¿no le vas a decir
quién es este chico tan guapo?
- ¡Glup! -(Noelia tragó saliva)- ... Mamá, mi nuevo novio: Patricia, te presento
al Moro; Moro, Patricia.
- ¿"El Moro"? ¿No tienes nombre? - dijo Patricia, procurando adoptar cierta
actitud de mamá severa.
- Bueno, si quieres llámame Abenámar. Ya sabes: "Abenámar, Abenámar, moro de la
morería"... - el Moro tenía una voz grave, profunda y con una especie de
resonancia o reverberancia natural.
Patricia se rió. Aunque no terminó la carrera, había
estudiado literatura y, sin ser una intelectual, gustaba de leer de vez en
cuando. Recogió la alusión y se alegró de que su hija estuviera saliendo con un
tipo con sesos y que, además, se veía, aun siendo joven, como un tipo hecho y
derecho y que sabe lo que quiere. ¿Importaba tanto el nombre? Ahora los jóvenes
son así.
- Pero pasemos, ¿no quieres tomar algo?
- Huy, pensé que nunca lo ibas a decir -bromeó el Moro-... Ya que lo dices, un
tinto de verano, con una zarzamora...
- ¡Cómo se te ocurre reclamar así, no seas grosero! -dijo, por lo bajo pero lo
bastante audible como que su madre pudiese escucharlo, Noelia.
- Venga, Noelia, no hagas berrinche. O te tendré que castigar y a Patricia
también, por demorarse en invitarme a pasar.
- Pero, ¡¿qué?!
- Noelia -intervino Patricia- no seas ridícula, tu novio está bromeando. Es muy
gracioso y simpático... - Sí, era sólo una broma. Pero eso de "ser castigada" le
resultó muy perturbador. Este Moro, ¡qué tipo tan raro! Tan divertido, tan
simpático y, a la vez, como tan poco de fiar, tan peligroso... Había que
estudiarlo un poco más para ver si convenía que se siguiese viendo con Noelia.
- ¡Pero... mamá!
- Basta, Noelia -dijo Patricia. ¿Por qué había puesto del lado del visitante tan
espontáneamente? ¿Era sólo cortesía? ¿No era verdad que las bromas del Moro se
pasaban un poco?
En fin, los tres estaban ya dentro. La sala de estar de la
casa incluía un excelente bar con una buena provisión de vinos, entre los cuales
el Moro se paseó a su antojo para decidir con cuál se prepararía su tinto. ¡Y
Patricia aceptó tamaña impertinencia sin chistar! Dicho sea de paso, las
etiquetas y botellas de vinos, cervezas y licores proporcionaron al intruso
inquietante un excelente pie para narrar anécdotas de sus viajes por el mundo.
Patricia las escuchaba embobada. Por momentos como hipnotizada, por momentos
estallando en risa, cuando se trataba de algo jocoso. Noelia no lo podía creer.
¿Acaso tanto ella como su madre no habían viajado tanto o más que él? ¿Por qué
lo escuchaba como una aldeana embobada?
- Bueno, parece que estoy sobrando... -dijo con amargura.
- ¡Noelia, por favor no seas grosera!
- A Noelia lo que le hace falta es un poco de mano dura... -terció el Moro.
- ¿Tú crees? -dijo Patricia, volteándose, interesadísima, hacia él.
- ¡Basta, no le comas el coco!
- Pero, ¿de qué hablas? -dijo Patricia. Esa frase de Noelia le chocó. De repente
tomó conciencia de que, realmente, algo extraño parecía estarle pasando.
El Moro se rió.
- Hablando de comer... Yo tengo un poquito de hambre.
- ¿De verdad? ¡Pero qué descuidada soy, cariño! ¿Qué te apetece?
- Bueno, por lo pronto, tú, Patricia, podrías prepararme otro tinto, ya sabes,
con el mismo Rioja y otra zarzamora... Tú Noelia, ¿qué tal una picada múltiple,
con quesos, aceitunas, encurtidos y mariscos?
Patricia se puso de pie, recogió el vaso del Moro y se
dirigió al bar. Le dijo a Noelia:
- Vamos, Noelia, haz como te dijo.
- ¡Pero, mamá!
- "Pero, mamá", nada. Sé buena anfitriona, vamos.
Noelia salió hacia la cocina, dando un portazo. ¡Buena
anfitriona! ¡Darle lecciones a ella, como si fuese una chiquilla! Le enseñaría
lo que es ser buen anfitriona. Prepararía la mejor picada que ese pordiosero
probaría en toda su puta vida.
Patricia, con una pinza, colocaba cubos de hielo en el vaso
largo.
- No sé qué hacer con esta chica...
- Quizás no sabes imponerte... -dijo el Moro, incorporándose lentamente y
avanzando hacia ella.
Patrica servía un excelente Rioja.
- ¿A qué te refieres?
El Moro avanzó, hasta colocarse junto a ella. Patricia
derramó un poco de vino. Sus manos temblaban. Se recuperó, sin embargo, y sirvió
la gaseosa sin más contratiempos. Extendió el vaso hacia el Moro.
- Falta algo, ¿no recuerdas?
- ¡Glup! -Patricia tragó saliva ruidosamente… Ah, sí, perdón, la zarzamora... Ya
la traigo...
Patricia se inclino hacia la pequeña heladera para sacar un
tazón con zarzamoras. Al hacerlo, su culo perfecto y redondo se destacó
nítidamente.
- ¡Qué belleza! -musitó el Moro.
Patricia giró sobre sus tazones con el bol en las manos, con
esa gracia y feminidad que siempre había tenido. Al salir con tanta elegancia de
la posición casi obscena antes adoptada, recuperó parcialmente el control de la
situación y de sus propias emociones. El Moro lo sintió. Era ahora o nunca.
- ¿Qué decías?- dijo Patricia, sonriendo.
- Decía que quizás no sabes cómo corregir a tu hija. No sabes castigarla, para
doblegar su voluntad y hacerte respetar.
Mientras tanto, aquella de quien el Moro hablaba estaba en la
cocina, absorta preparando, incluso, canapés de caviar. ¡Seguramente sería la
primera y última vez que los probaría! Estaba decidido. Hoy se terminaba su
suerte.
Por su parte, Patricia volvió a sentirse amenazada. Aquella
recuperación del control comenzaba a desvanecerse como un espejismo. Lo intentó
de nuevo, sin embargo.
- Pero eso suena bastante bárbaro, un poco bestia...
- Es que, a veces, hay que ser bastante bárbaro y un poco bestia...
Patricia se rió, confundida, ¿hablaba en serio?
-Mira -dijo el Moro-, el proceso de castigo abarca cuatro
etapas: Sometimiento, imposición, aceptación y recompensa. Primero, debes
castigarle tanto que toda impertinencia sea borrada, debes llenar su atención y
su mundo, de modo que sienta que está totalmente a tu merced y que su salvación
sólo puede venir de ti. En segundo lugar, debes obligarle a hacer algo, eso es
la imposición, a la vez que disminuyes la parte de castigo. A continuación,
viene la aceptación. Se trata de cuando ella comienza a disfrutar de ello y ya
no lo hace, realmente, obligada, sino por su propia voluntad. Entonces, tú la
recompensas haciendo algo que le gusta. ¿Entiendes?
- Sí, pero...
-¿Qué te parece la teoría?
- Suena bien, pero yo no podría... ¿Cómo debería hacer? - Patricia estaba
confundidísima.
El Moro sintió endurecerse las ingles. También estaba
nervioso, aunque lo disimulara mejor. Tenía la boca seca, a pesar de lo bien que
la remojaba, y su corazón palpitaba fuertemente. Ahora se trataba de ir a por
todas. Dentro de quince o veinte minutos, a más tardar, estaría tirándose a esa
hembraza... O de patitas en la calle.
- Bueno, te enseño. A ver, dame una bofeteada...
- ¡¿QUÉ?! - Esta vez el asombro de Patricia se tradujo en un grito.
- Que me des una bofetada. Vamos, tu mejor golpe.