LA DAMA DEL ESPEJO
Era mi primera noche en aquella habitación que, hasta aquel
mismo día, había sido de mi tía. Ella se había casado el día anterior y yo, con
gran regocijo, había heredado su habitación en la enorme casa de mis abuelos.
Me acosté temprano. El deseo de estrenar la nueva cama, la
cómplice luz de la lamparilla de la mesita, los oscuros cortinones que separaban
la estancia de la cama del resto de la habitación y, sobre todo, el enorme
espejo que presidía la pared a los pies de la cama, me empujaron hacia la
habitación cuando el sol aun no se había acostado.
Me senté sobre la cama y me quedé mirándolo. El espejo era
enorme y muy suntuoso. Tenía un ancho marco de caoba, fileteado por un finísimo
hilo de oro y tallado hasta la suntuosidad. La abuela lo había traído como parte
de su dote y su origen se perdía en el árbol genealógico de la familia.
Mi dormitorio siempre había sido aburrido y compartido.
Crecer con hermanos y primos tiene ese precio. Pero aquella habitación se
llenaba de pronto de todas las cosas que había frente al espejo. ¡Hasta la mar
entraba en ella reflejándose en el luminoso cristal plateado!
Me puse el pijama y me senté en la cama embobado con todo lo
que me rodeaba. Abrí un libro y me puse a leer pero era incapaz de concentrar mi
atención en las peripecias que el libro narraba. Al fin me venció el sueño y
quedé dormido sobre la colcha, sin llegar siquiera a abrir la cama.
Me desperté de golpe, sobresaltado. Los primeros rayos el sol
comenzaban a reflejarse sobre la bahía y entraban por mi ventana rompiendo la
oscuridad de la noche. Entonces la vi por primera vez. Ella sonreía
deliciosamente desde el otro extremo de la cama. Tenía un aspecto encantador,
sentada sobre el marco del espejo, con sus largas piernas recogidas, los muslos
muy juntos y el mentón apoyado en las rodillas. Durante todos los años de mi
adolescencia había soñado con algo así y ahora que la tenía ante mi sospechaba
que tan solo era uno de mis sueños.
El camisón de fina seda transparentaba sus pechos, su
ombligo, y la mata oscura de su sexo. Le llegaba solo hasta las rodillas y
dejaba al descubierto sus hombros y brazos. Llevaba el pelo suelto y tenía la
cara encendida por el resplandor de los primeros rayos de sol al reflejarse en
el espejo. Toda aquella luz formaba un contorno dorado en torno a su silueta.
Ella me miraba con una sonrisa cómplice, provocadora, que me empujaba hacia ella
con el deseo creciendo en mí. Al llegar al final de la cama me dejé caer de
rodillas al suelo mientras comenzaba a besar sus pies, sus tobillos, sus
rodillas, acariciaba sus nalgas y la imaginaba como la Sirena del mar tantas
veces por mi soñada.
Intenté cogerla por la cintura y traerla hacia mí. Mientras
la acariciaba ella comenzó a separarse de mi y a reírse mientras me decía al
oído: "lo siento, pero deberás esperar".
Poco a poco se fue separando de mí y pude ver como se iba
deslizando dentro del espejo. Lentamente, como en una ceremonia de ahogados, fue
comida por la luna del espejo y yo me quedé en el suelo incrédulo y absorto por
todo lo que acababa de sucederme.
Desperté tirado en el suelo a los pies de la cama. Eran las
nueve de la mañana. Ya no había sol. Por el balcón se divisaba el cielo cubierto
de nubes, de un gris plomizo, el eterno cielo asturiano.
Solo entonces fui consciente de lo que había ocurrido aquella
noche. Mi primera reacción fue acercarme al espejo y, con las palmas de las
manos bien abiertas, palpar toda su superficie, como buscando un resquicio por
el que ella pudiera haber entrado en mi habitación, Sin duda había sido a través
del espejo. Yo mismo pude ver como poco a poco iba desapareciendo tras él.
Me acerqué al espejo hasta que se me enfrió la punta de la
nariz. Estaba asustado y confundido; un escalofrío me recorría el cuerpo y
sentía que la sangre se me amontonaba en la cabeza poniéndome la cara colorada
como un tomate.
Miré a mi imagen reflejada en el cristal, preguntándole por
donde se entraba en aquel espejo. Y, ¡sí! Me hizo un gesto guiñándome un ojo. Me
asusté y retrocedí un paso. Vi como mi imagen daba un paso atrás y me tendía la
mano. Me acerqué al espejo con pasos cortos y lentos, demorando el momento de
entrar en contacto con la fría superficie de cristal. Alargué mi mano y quise
tocar el espejo pero mi mano no encontró la fría superficie de todos los días.
Vi como mi mano desaparecía y eso me animó a dar otro paso. Poco a poco fui
dejando atrás mi habitación y penetrando en el nuevo mundo que se me ofrecía a
través del espejo. Pero no me ocupaba ya de lo que quedaba tras de mí. Solo me
sentía atraído por aquella dama misteriosa que desapareció en el espejo.
De pronto me di cuenta que ya estaba dentro del espejo.
Entonces fui consciente de que estaba solo. Mi imagen ya no me acompañaba, la
había perdido al cruzar tras el azogue. Por un momento se apoderó de mí el miedo
y a punto estuve de dar marcha atrás y retornar a mi cálida cama. Pero algo me
empujó a no hacerlo. La oscuridad de aquella estancia la rompía una luz al
fondo. Comencé a caminar hacia ella y pude ver que era una puerta de la que
salía una tenue luz anaranjada. Cuando me asomé a la puerta vi que se trataba de
un desván. El típico desván en el que se amontonaban muebles antiguos, arcones
repletos de recuerdos de familia y algunos objetos inútiles. Entré en la
estancia y me senté en un vetusto sillón de terciopelo rojo, Solo entonces pude
verla. Justo enfrente del sillón había otra estancia. La puerta estaba
entreabierta y por la rendija se veía a la misteriosa dama, completamente
desnuda, tumbada sobre la cama. Me acerqué hasta la puerta, miré hacia adentro y
quedé paralizado.
Estaba allí, dulcemente tumbada sobre la cama, ladeada, con
un brazo recogido bajo su cabeza y el otro dulcemente estirado acompasado a su
cuerpo. Llevaba el mismo camisón de seda con que la había visto en mi duermevela
nocturno.
Hipnotizado por su presencia, me fui acercando atraído
inexorablemente por aquella muñeca de porcelana calida y sensual. Las paredes
olían a pintura añeja. Semidesnuda, tumbada sobre las sabanas blancas su cuerpo
estaba tan delgado y bien formado como mi memoria recordaba. Con su estrecha
cintura que parecía caber en mis manos, su pubis, cubierto por una frondosa mata
de pelo oscuro, hacía resaltar aún más la blancura de su piel transparentada por
la fina seda del camisón.
Toda ella desprendía una fragancia de delicadeza que me
atraía hacia ella con la fuerza de un imán. Cuando llegué al borde de la cama
ella abrió tenuemente los ojos, me miró con una sonrisa cómplice y tendiéndome
la mano me atrajo hacia si.
Se dejó acariciar con total pasividad y mis torpes manos
adolescentes, buscaron su cuerpo, rozaban, apretaban, sentían y rebuscaban con
azarosa suerte.
Con la misma naturalidad con que me había recibido en su
cuarto, se tumbo boca arriba, abrió las piernas, y atrajo mi cabeza hacia su
pubis. Tardé unos instantes en saber que era lo que ella deseaba, pero su mano
guió mi cabeza hacia el lugar preciso sin dejar un resquicio de duda.
Estuve largo rato con mis labios hundidos en su sexo,
sintiendo su fragancia cosquillearme la nariz, lamiendo con avidez, con ternura,
hasta que la sentí moverse excitada y terminar con un temblor de su bajo vientre
y sus piernas.
"Ven, ven", me susurró al oído mientras tiraba de mi hacia
arriba. Me dejé guiar por sus manos que condujeron mi polla hacia su cálido
sexo. Sentí como se abría ante mi empuje y por primera vez conocí el fuego
abrasador que me invade cada vez que traspaso el umbral del sexo excitado de una
mujer.
Húmedo, calido y prieto su coño se acopló a mi polla mientras
lamía, sorbía y besaba sus tetas que el leve camisón ya no era capaz de
contener. Sentí su coño apretarse y vibrar hasta que por fin un largo gemido
estremeció su cuerpo de pies a cabeza y que a mi me arrastro por el mismo camino
sin retorno. La apreté con tanta fuerza que a punto estuve de ahogarla. Con mi
boca pegada a la suya acaparé hasta su último aliento y le regalé los míos.
Después, cuando habíamos terminado y descansábamos en
silencio sobre las sabanas arrugadas, yo indolentemente le acariciaba los
pechos, jugueteaba con sus pezones dibujando el contorno de sus areolas, bajaba
hasta su cintura, besaba su liso vientre y pegando el oído a su ombligo,
escuchaba los ritmos profundos de su cuerpo.
No sé en que punto quedé dulcemente dormido. Tan solo sé que
me desperté sobre mi cama deshecha cuando mi abuela entró en el cuarto
vociferando "¡Que horas son estas de estar en la cama!".
Nunca pude averiguar como había sucedido todo aquello. Cuando
y de que manera se abrió para mí aquel mundo mágico tras el espejo. Pero tampoco
jamás he podido olvidarlo. Cada vez que me levanto de noche en esta misma
habitación al levantarme en dirección al baño, dejo que las yemas de mis dedos
rocen el frió espejo y mientras lo hago ella se aparece de nuevo, luciendo la
misma deslumbrante sonrisa que me arrastro tras de ella aquel día de mayo.