No suelo mirarme en el espejo. Ahora, no sé por qué,
lo hago. No me agrada lo que veo. Estoy viejo. Cada vez tengo menos pelo
y, en el poco que tengo, las canas ganan por goleada. Se me forman
bolsas debajo de los ojos. Un desastre. Cincuenta y cinco años mal
llevados. Me pongo de mal humor porque no acabo de creerlo. Por dentro
me siento un chaval. Sintonizo una emisora de radio que da música de
hace siglos. Debe ser uno de esos programas nostálgicos que bucean en el
pasado. No me irá mal hoy, que también yo me siento nostálgico. Escucho
las piezas: "Arde París" de Ana Belén. "Tómame o déjame" de Mocedades.
"Hijo de la luna" de Mecano. Y en milagro, viniendo de muy lejos,
"Palabras de amor" de Serrat.
"Palabras de amor" me trae tiernos recuerdos. El
pueblo. La masía. El río. Enriqueta, mi primer amor. Cierro los ojos y
revivo el verano de 1967. Enriqueta y yo, como los protagonistas del
tema entonces recién estrenado de Serrat, teníamos quince años y no
sabíamos más. No sabíamos qué era el amor y sin embargo lo inventábamos.
Ignorábamos el significado de la palabra "erotismo" y, pese a ello, la
llenábamos de contenido. Verano de 1967 y "Palabras de amor".
Yo veraneaba con los abuelos, en la Masía del Río, a
un par de kilómetros del pueblo. Era una casona grande de muros blancos
que se encalaban cada año cuando se acercaba la fiesta de la Patrona.
Era también la casa paso obligado por el que caballería y carro accedían
al corral. La vida se hacía a uno u otro lado de aquella zona de paso.
Hoy no quedan casas como aquellas. Tampoco quedan carros. Hay tractores.
Recordar la casa es volver a la infancia y a la adolescencia. Constituye
uno de esos recuerdos que se graban en el alma y jamás se olvidan.
Enriqueta –Queta para mí- era hija del médico del
pueblo. Nos caímos bien nada más conocernos. A veces íbamos con más
gente, pero otras salíamos solos. Hacíamos cortas excursiones en
bicicleta. Un día encontramos una playita escondida entre los cañares de
junto al río. Acudíamos allí a menudo. Sentados en la arena, arrullados
por el rumor del agua, le dije a Queta que la quería. Claro que la
quería. Me hacía daño no estar junto a ella, tanto que el mismo amor me
impedía respirar. Tú, Queta –te estoy viendo, llevas blusa blanca y
falda vuelosa justo por la rodilla-me mirabas con esos ojos negros como
pozos que me sorbían el seso y se me tragaban el alma. No me cansaba de
mirarte, no me canso, Queta. Acaricio con el dedo índice de la mano
derecha el arco de tus cejas, tu naricilla, el contorno de tus labios.
Me dejas hacer. Permaneces quieta. Luego, de pronto, te tumbas boca
arriba y descansas tu cabeza en mi regazo. Haces de mí tu almohada. Me
enterneces. Desearía permanecer así toda la vida, los dos en el
cañaveral de junto al río, mecidos por el rumor de la corriente. Grabé a
fuego, en mí, ese momento mágico. Nos sentíamos por encima del mundo,
tal vez por encima de las estrellas. Te acariciaba el nacimiento del
cuello, te respiraba, te respiro, acaricio la cálida concavidad en que
se forma tu hombro. Mis dedos juguetean con el cuello de la blusa y se
introducen unos centímetros por debajo de ella hasta dar con el tirante
del sujetador. Se detienen entonces. Saborean el tacto de tu piel y de
tu prenda íntima. Queta, amor, deja que te desabroche un botón, solo
uno. Mi mano se acopla a tu hombro, vuelve al tirante del sujetador, no
sabe bien qué hacer. Deseo seguir y a la vez temo hacerlo. Créelo: no
busco tu cuerpo, o sí, sí lo busco, pero es que te quiero. No puedo
apartar mis manos de ti. Adoro tu calor, adoro sentir los latidos de tu
corazón, Queta. ¿Recuerdas? El sábado pasado viniste a la masía. Yo te
esperaba junto al pozo. Dejaste apoyada la bicicleta en el brocal y nos
besamos. Nos zambullimos mutuamente el uno en el otro. Ahora es mi mano
la que se zambulle en ti, la que resbala por el tirante del sujetador.
Serrat canta "Palabras de amor" sencillas y tiernas, no sabemos más y lo
sabemos todo, que fuera de ti y de mí, fuera del amor, ya nada importa.
Mis dedos llegan a la frontera de la copa de tu
sujetador. Era, es, un momento de cristal. Trago saliva. Sigues muy
quieta. Casi retienes la respiración. Introduzco la yema de un dedo por
debajo de la prenda. Traspaso el Rubicón. Entro en tierra inexplorada.
Mi sexo se yergue bajo el pantalón peligrosamente cerca de tu mejilla
izquierda. Sigo el acoso a tu pecho. El segundo dedo ahueca la copa del
sujetador dejando espacio para un tercero. Te acaricio muy despacio.
Avanzo milímetro a milímetro. Llego a tu areola. Lo noto porque cambia
la textura de tu piel y de mi tacto. Cierras los ojos. Rozo tu pezón
erguido y duro. Juego con él. Suspiras. Te pasas la lengua por los
labios. Te estremeces. Insisto. Te abarco un pecho entero con la mano y
la dejo en él, como si la mano fuera un segundo sujetador entre el que
llevas y tu piel. Permanecemos así varias eternidades. Te acaricio el
pelo con la mano libre. Te quiero, Queta. Mis dedos telegrafían "te
quiero" a tu nuca y a tu pecho. Es una corriente eléctrica hecha de
cosquillas y de amor. El río, a nuestro lado, no lleva agua, sino
ternura.
Abres los ojos y ases mi muñeca.
"Déjalo. Hemos de irnos".
Obedezco. Saco la mano de dentro de la blusa y la
llevo a mi nariz. Mi mano huele a ti, Queta.
Y nos vamos, nos fuimos, y aquella fue la primera de
otras veces en las que aprendimos, junto al río, la geografía de
nuestros cuerpos. Al final del verano nos perdimos la pista. No te he
vuelto a ver, Queta. Virgen te conocí y virgen te dejé. Fuiste mi primer
amor. Contigo aprendí el abecé del erotismo. Hoy, cuarenta años después,
te recuerdo y recuerdo a Serrat y la casa de los abuelos, y añoro los
tiempos de palabras sencillas y tiernas en que tú y yo, Enriqueta,
acabábamos de despertar del sueño de los niños, teníamos quince años, y
no sabíamos más.