Capitulo 8. Inseminación forzada.
Esa noche obligué a Thule a dormir a los pies de la cama, por
lo que tuve para mí la totalidad del colchón por primera vez en semanas. En un
principio me resultó raro no tener que compartir con nadie las sábanas, pero
tras esos momentos iniciales, redescubrí la comodidad de dormir solo. No tuve
pesadillas, ni premoniciones, quizás no tanto por lo anterior como por el
cansancio acumulado de tantas noches de insomnio. El hecho es que eran más de
las once de la mañana cuando Makeda me despertó, al levantar las persianas de la
habitación.
Estaba de muy buen humor, según ella por estar de vuelta a mi
lado, pero no consiguió engañarme. La realidad fue que lo que le alegró fue
descubrir que contra los que ella se había supuesto, Thule se había pasado la
noche en el suelo. Y ya no cupo de gozo al leer el mensaje que la alemana tenía
grabado en su piel. La negra era una mujer avispada, y por eso no me preguntó
que es lo que había pasado, por que lo supo en cuanto vio el tatuaje.
-Thule, tráele un café a Fernando-, le ordenó sin
mirarla, y dirigiéndose a mí me dijo: - Te traigo buenas noticias, Xiu ya se
puede levantar y me manda que te dé un beso de su parte-.
-Me alegro y ¿la niña?-
-Bien creciendo, y tú, ¿que tal?-
Concisamente le informé de nuestro plan de utilizar al
partido neonazi, reformándolo como la punta de lanza de nuestra toma de poder en
Europa, y como el Cardenal había organizado todo. Makeda se mantuvo en silencio
mientras le expliqué el resultado de mi investigación y solo cuando hube
terminado se atrevió a preguntar refiriéndose a la germana:
-¿Te fías de ella?-.
-Ahora sí, y si no me crees, haz la prueba-
-Lo haré, pero antes de nada debo de cumplir con Xiu-, me
contestó sentándose en la cama.
-Espera un momento-, le bromeé, -¿Qué te dijo que
me dieras un beso de su parte o en mis partes?-
-¡Que bruto eres!-, se hizo la indignada. Pero si le
había molestado, no lo demostró porque besándome en los labios fue bajando por
mi pecho, mientras que con su manos desabrochaba mi pijama.
En ese momento Thule hizo su aparición con el café. La
muchacha al verla de pié, desnuda, esperando nuestras instrucciones, se rió y
cogiéndola de un brazo le dijo:
-Deja que lea lo que pone-.
Cruelmente, humillándola hizo que pusiera su pubis a escasos
centímetros de nuestras caras.
-Me gusta, pero considero que es un poco pequeño, debía ser
mas grande, para que se viera mejor-.
La alemana lejos de ofenderse, le contestó:
-Pues Fernando me dice que me queda muy sexi, y eso es lo que
me importa-.
Soltó una risotada al escuchar la respuesta, y volviendo a
besarme me dijo al oído:
-¿Ya la has usado?-.
-Si la he usado, pero si lo que me preguntas es si ya la he
penetrado, entonces, ¡no!-.
Se alegró al escucharme decir que la había esperado para
hacerlo, aunque la verdad es que la hubiese tomado el día anterior si no hubiese
descubierto su traición.
-Eso se arregla en un momento-, me dijo guiñándome un
ojo. Y cogiendo a la mujer de los pelos, la colocó en su entrepierna mientras se
apoderaba de mi sexo.
Fue una delicia sentir como introducía lentamente mi pene en
su boca, como la humedad de su lengua fue mojando toda mi extensión y como mis
testículos eran masajeados por su mano, mientras veía como la rubia torturaba su
hambriento clítoris. Makeda jadeó cuando Thule abriendo sus hinchados labios,
introdujo el primer dedo en su vagina, pero se volvió una perra en celo cuando
sin pedir permiso y sin dejar de mordisquear con sus dientes el botón de placer,
penetrándole a la vez, la mujer le dio el mismo tratamiento a su agujero
trasero.
Retorciéndose como un pez que ha mordido el anzuelo, y
dejando que la lujuria la dominara, la etiope cogió sus pechos con sus manos y
brutalmente empezó a pellizcarlo, mientras gritaba a la muchacha que no parase.
No me importó que dejara de mamarme, la escena que estaba disfrutando con mi
negrita gimiendo mientras la rubia le hacía una mezcla de sexo oral, penetración
y sodomización a la vez, valía la pena. Con el ambiente caldeado por la
excitación a tres bandas, me levanté de la cama, y poniéndome detrás de la
muchacha, le abrí sus nalgas. Ella suponiendo que le iba a volver a forzar su
ojete, se me adelantó mojándolo con parte del flujo de la negra.
Pero esa no era mi intención, y sin mediar palabra, de un
solo golpe me introduje en su cueva, sacando un suspiro de satisfacción de la
alemana. Mi extensión totalmente incrustada en su interior, golpeaba contra la
pared de su vagina mientras mis huevos rebotaban rítmicamente contra su cuerpo.
Thule al sentirse llena, aceleró sus maniobras hincando tres dedos en el coño de
la negra. Makeda recibió la agresión con alborozo, y gritando con un chillido
sordo, le exigió que quería más.
La rubia no se hizo de rogar, y sin saber como, en breves
momentos tenía los cincos dedos formando una cuña en el interior de la oscura
cueva de mi concubina. Esta sintió que se desgarraba algo en su interior, pero
en vez de quejarse, abrió sus piernas facilitando el ataque. Esta nueva posición
hizo que la mano se introdujera totalmente, provocándole un orgasmo inmediato
que inundó la boca de Thule. Ésta se puso a beber el río que manaba de su
interior como si fuera el néctar de los dioses, y fuese su única oportunidad,
alargándole el clímax mientras se incrementaba la intensidad del mismo. Los
aullidos y la violencia con la que su cuerpo recibía los estertores del placer,
me incrementaron la libido y sin importarme si Makeda se había quedado
satisfecha o nó, hice que la rubia cambiase de postura y tumbándola en la cama,
puse sus piernas en mis hombros, de forma que profundicé hasta el máximo mi
penetración.
La muchacha me recogió encantada, y gritando que era mía, me
pidió que me liberara en su interior. Eso no fue el detonante de mi placer, sino
notar como sus músculos interiores se contraían apretando toda la extensión de
mi pene mientras ella curvándose en una posición inimaginable se licuaba
excitada. Su sexo era una afluente desbordado, su flujo corría libremente por
sus piernas, mojando las sabanas, y su garganta, ya ronca por el esfuerzo, no
dejaba de gemir cuando sentí las primeras señales de lo que se anticipaba.
Fue un terremoto que asoló todas las defensas de las dos
mujeres, mi orgasmo usó sus mentes como amplificadores y nuestros tres cuerpos
se retorcieron al compás de mi simiente brotando como si de una erupción
volcánica se tratara del agujero ardiente de mi glande. No fui solo yo, quien
disfrutó de mi semen recorriendo en oleadas el conducto alargado de mi sexo,
sino que ellas por vez primera, sintieron en carne propia el éxtasis que nos
sacude cuando sin aguantar mas la excitación nos derramamos liberando nuestra
semilla sobre una mujer.
Agotado, caí sobre el colchón antes de darme cuenta de su
estado, mis dos concubinas yacían sin sentido al borde de la cama, mientras de
sus sexos un líquido blanquecino brotaba sin control. Yo ya no estaba dentro,
pero en cambio, ellas me seguían sintiendo en su interior, y sus voluntadas cada
vez mas menguadas, iban volatilizándose al ritmo de una supuesta penetración
mental.
Tuve que ir a su auxilio, e introduciéndome en sus mentes,
les di mi mano, y sacándolas de su encierro las devolví a la realidad. La
primera en recobrarse fue Makeda, que se echó a llorar al ser incapaz de
articular palabra, en cambio dos minutos mas tarde, Thule al abrir los ojos, me
miró diciendo:
-He visto el futuro-, mi cara de incredulidad le
obligó a proseguir,-no se explicarte como, pero se me ha presentado como una
realidad. Venceremos, y nuestros hijos heredaran la tierra, en un reino que
durará mil años-.
-Tiene razón-, le cortó la negra,-te puedo asegurar
que va a ser el mejor periodo de la humanidad, una era en la que los hombres
saldremos del encierro del planeta tierra, y nos extenderemos por el universo-.
-¿Entonces porqué lloras?-, le pregunté escamado.
-Porque hasta que llegue, se van a suceder guerras y
desastres, y de las ruinas de nuestra sociedad es cuando con Gaia a la cabeza
dominaremos el mundo-.
La visión de tanta desolación y muerte, que por poco iba a
llevar al humano al borde de la extinción era una carga demasiado pesada de
llevar para una mujer como Makeda que había consagrado su vida a curar. En
franca contradicción con lo que sentía ella, Thule estaba encantada, desde su
perspectiva, los titanes éramos la solución, la esperanza y encima como ella
había soñado desde niña, el poder que iba a dirigir con mano férrea los destinos
de miles de millones de hombres hacia un destino común.
A mitad de camino de las dos, su premonición, me acojonó en
un principio pero después de meditar sobre las consecuencias y viendo que
nuestra sociedad se dirigía inexorablemente hacia ese abismo, me reafirmé en
nuestra misión, éramos un mal menor, necesario, quizás por eso existíamos. Dios,
los dioses, o quizás unos seres superiores, cuya naturaleza no conseguía
concebir, llevaban milenios haciendo una selección de determinados especimenes
humanos, con un claro objetivo, que cuando hiciera falta levantar de sus
rescoldos lo que quedase y formar una sociedad nueva.
-Hay algo mas-, me dijo la etíope sacándome de mi ensoñación.
-¿Qué?-
-¡Has cambiado!, ¡tu pelo ha encanecido de golpe!-
Asustado por que significaba que mi transformación no se
había detenido, corrí a un espejo a ver que me había deparado esta vez. La
imagen que me devolvió el cristal al mirarme era alucinante, no solo mi cabeza
estaba coronada por una espesa cabellera blanca, sino que mi propia piel había
adoptado una coloración morena con tonalidad dorada, parecida a la que se
obtiene después de un mes tomando el sol en la playa. Al verme supe hacía donde
me dirigía, con cada proceso de cambio me estaba acercando al la imagen que los
griegos tenían de Atlas, el titán mitológico que fue condenado por su arrogancia
a sostener sobre sus hombros al mundo. Cruel paradoja. Fuera quien fuese, el que
desde la sombra estaba dirigiendo mi metamorfosis, tenía un pésimo sentido del
humor.
Thule rompió el silencio que se había acomodado en la
habitación, diciendo:
-Pues a mi me gusta, no conozco a ese dios, pero Makeda, ¡no
podrás negar que le da un aire regio!-.
La risa de las muchachas, quitando hierro al asunto, me hizo
sonreir. "No hay mal que por bien no venga", pensé tratando de encontrar algo
positivo a mi nueva imagen. Pero al ir a vestirme, me di cuenta de algo en que
no habíamos caído, no solo había encanecido y mi piel estaba adoptando una
tonalidad dorada sino que mi cuerpo había crecido y nada de mi ropa me quedaba.
-Makeda, ven y ponte a mi lado-.
La mujer obedeció poniéndose a mi vera, descalza, su cabeza
me llegaba al hombro.
-¿Cuánto mides?- le pregunté preocupado por que mis medidas
resultaran exageradas y me estuviese convirtiendo en un personaje de feria.
-Uno setenta y ocho, mas o menos-, me contestó.
Calculé que le llevaba al menos treinta centímetros, por lo
que mi estatura debía de rondar los dos metros diez, lo que me hizo recordar que
Atlas, no solo era un ser fornido sino que había sido el rey de los gigantes en
las míticas guerras olímpicas. Resignado a mi destino, solo me cabía esperar el
no seguir creciendo, puesto que todavía tenía unas dimensiones razonables,
enormes pero humanas.
Fue Thule la que puso el sentido práctico y cogiendo un metro
me tomó medidas, y se llevó de compras a la negra mientras yo me devoraba un
espléndido desayuno.
Estaba terminado de desayunar cuando recibí la llamada del
cardenal, informándome que la reunión iba a ser a las cuatro, y que había
conseguido que el quórum fuera los suficientemente representativo del centro y
la derecha alemana. Le dejé hablar, le permití que se extendiera, explicándome
quien eran los políticos que iban a asistir y cuales eran los planes que iba a
poner en práctica, antes de exponerle mis temores.
-Don Rómulo, le puedo hacer una pregunta-, por mi tono
supo que era algo importante, y manteniéndose en silencio me dio entrada, y
explicándole el sueño de las dos mujeres le dije: -Estoy seguro que usted
mismo se lo ha planteado alguna vez, no somos mas que peones de ajedrez manejado
por alguien que no conocemos. ¿Quién ha podido tener tanto interés, para
elaborar una selección genética a tan largo plazo?-.
Tomándose un tiempo para responderme, me contestó:
-No lo sé, pero por sentido común me he convencido que hay
solo dos posibilidades. Para que durante mas de mil años, haya tutelado a la
humanidad solo puede ser o un inmortal o una civilización alienígena, y como no
creo en extraterrestres, solo me cabe suponer que hay un ser que al menos lleva
casi dos milenios recorriendo con sus pies la tierra-.
Entonces lo supe, y sin esperar a que el me lo dijera, le
solté:
-No será su verdadero nombre Cayo Octavio Turino-,
todo cuadraba el emperador Augusto, sucesor de Julio Cesar, había sido el máximo
exponente del poder de Roma, y su reinado coincidió con la Pax Augusta, el
periodo sin guerras mas extenso de su tiempo, y el futuro previsto no era mas
que una copia en grande del imperio.
Al otro lado del teléfono, escuché una carcajada y tras unos
instantes me respondió:
-No creí que tardaras tan poco en descubrirme, pero te
equivocas Augusto solo ha sido una de mis personalidades, en otro tiempo también
fui llamado Keops-.
Sentí vértigo, al hacer un cálculo somero de su edad, si
Keops había gobernado Egipto durante la cuarta dinastía y se supone que fue en
el 2.575 antes de Cristo, Rómulo o como coño se llamase, tenía mas de 4.580
años.
-Como te dije, quiero que seas mi heredero, estoy cansado.
He estado buscando durante siglos a mi sustituto, por eso cuando estés
preparado, por fín podré descansar, poniendo en tus manos el velar por la
humanidad-.
-¿Me está diciendo que soy inmortal?-
-Casi, tu mente te prolongara la existencia mas allá de los
límites de lo humano, pero al final morirás como yo, pero antes, verás
levantarse y derrumbarse la era Titánica, y deberás prever la evolución humana-.
-¡Maldito hijo de puta!-, le contesté colgando el
teléfono.
Sentado en una butaca lloré en silencio mi destino. La
conversación con el cardenal resultó ser peor de lo que esperaba. Antes de sacar
el tema, estaba encabronado por el hecho de que alguien me manejara como a un
títere, pero ahora estaba deshecho. Rómulo se había erigido en mi juez y sin
ningún reparo me había comunicado una sentencia capital, que había sido dictada
siglos antes de que yo naciera.
Siendo culpable de unos hechos impuestos por otros, había
escuchado impertérrito el veredicto, Rómulo y mis genes me condenaban a la peor
de las penas, mas execrable incluso que una condena a muerte, la sanción que me
había sido impuesta era una condena a vida, a seguir existiendo mientras solo
polvo y recuerdos quedaran de mis hijos, mis nietos y mis bisnietos....
Recordé la frase de mi padre que tanto terror me había
causado; "tener ese gen, te condena a una vida solitaria".
Lo que no sabía mi pobre viejo era la longitud y el alcance
de la misma, ya que vería nacer y desaparecer países e imperios, sería participe
de la exploración de nuevos planetas y contemplaría la extinción de sociedades y
la creación de otras nuevas. Y para mi desgracia "solo". De tener pareja, por
mucho que llegasen a viejas, solo representarían un minúscula parte de mi
existencia, después de mil años, Xiu, Makeda y Thule no serían mas que un vago
recuerdo de una época lejana.
Meditando que iba a ser el padre de una especie, la cual
vería morir, que antes de llegar al límite de mi vida, iba a escoger a un pobre
desgraciado heredero de mis genes para que contra su voluntad, continuara mi
obra, fue entonces cuando admití una verdad que me había estado auto ocultando,
el cardenal no era solo mi ancestro, sino el pariente lejano de todos los
titanes. El anciano me había mentido cuando dijo que no había tenido
descendencia, durante milenios había diseminado su simiente por toda la
humanidad.
Tuve la tentación de revelarme contra mi destino, pero la
certeza del futuro de la humanidad, y la convicción de su casi aniquilación, así
como la necesidad que tenía la misma de los titanes, me hizo aceptar,
apesadumbrado, la condena.
El ruido de las mujeres volviendo cargadas de la tienda, me
sacó del peligroso y masoquista proceso mental en que estaba incurso. Sus risas
y sus voces alegres me devolvieron de golpe a la vida, en ese momento sabía lo
que ésta me deparaba, pero decidí no pensar en ello, sino disfrutar de las
nimias satisfacciones que me diera, y levantándome del asiento fui a unirme a
ellas.
-Te hemos sableado tu tarjeta-, me dijo Makeda nada mas
verme.
Cada una de las dos traía al menos cinco bolsas repletas de
ropa. Aterrorizado esperé que no quisieran que me la probara toda, porque iba a
tardar una eternidad en hacerlo, y era algo que odiaba desde niño, todavía
recordaba el suplicio que era acompañar a mi madre al Corte Inglés de la
Castellana. Cada seis meses íbamos a Madrid y nos pasábamos al menos tres horas
en su interior de una planta a otra, sin pausa pero sin prisa, hasta que ya
harto me ponía a llorar, por el cansancio y el aburrimiento.
Por suerte, teníamos prisa, debíamos prepararnos para ir a la
reunión en la finca, sino me hubiesen inflingido el castigo de servir de maniquí
mientras ellas observaban. Haciéndoles ver eso, les pedí que entre ese volumen
enorme de prendas, me eligieran algo para ponerme.
-Aquí tienes-, me dijo Thule mientras me extendía una
percha con un traje y una camisa.
Me las quedé mirando con cara de recochineo.
-¿No se os habrán olvidado los calzoncillos o los
calcetines?, no es por nada pero es incómodo el no llevarlos-.
Pero habían comprado de todo, por lo que recogiendo la ropa
me metí en el baño a cambiarme. Al cabo de diez minutos, salí hecho un perfecto
ejecutivo, con un traje príncipe de Gales, camisa blanca, corbata roja y zapatos
de cordones. Me vitorearon, aprobando el cambio, según ellas estaba estupendo,
pero me sentía disfrazado, y con una soga apretándome el cuello. Ellas también
se había vestido para la ocasión, adoptando una vestimenta sencilla pero
elegante, olvidándose Makeda de sus trajes africanos y Thule de los uniformes
casi paramilitares que solía usar.
Sin mas dilación, salimos de la habitación. En la entrada del
Hotel nos esperaba el chofer para llevarnos directamente a la finca que estaba
situada sobre la carretera que llevaba a Dusseldorf.
La entrada a la finca era espectacular, una hilera de robles
bordeaban el camino de acceso confiriéndole un aspecto majestuoso y señorial,
que lejos de desentonar con el palacio que había en el interior, te preparaba
anímicamente a la imponencia de sus muros y torres. Situado en lo alto de una
loma, la construcción de estilo romántico recordaba ligeramente al castillo de
Cenicienta que tan famoso ha hecho la factoría Disney, repleto de colmenas de
las que se divisaban los alrededores. Uno podía imaginar a una princesa pidiendo
socorro desde uno de los balcones, en espera que un caballero medieval acudiera
al rescate.
"Joder con el cardenal", pensé al bajarme del automóvil,
"menudo apartamento".
En la puerta nos esperaba un mayordomo con librea, el cual
nos hizo pasar rápidamente a una biblioteca. En sus estanterías descansaban
miles de libros antiguos dotando al ambiente de un olor a cuero mezclado con
pergamino, que resultaba un tanto dulzón. En un rincón, sentado en un enorme
sillón orejero nos esperaba el anciano sacerdote. Tardé unos segundos en
reconocerle, ya que había dejado colgado sus hábitos en el armario, y se exhibía
ante nosotros vestido de seglar, con un traje de calle.
La única que no lo conocía era Thule, que impresionada por lo
que significaba estar ante el mas poderoso titán de todos los tiempos, se
arrodilló al serle presentado.
-Levántate muchacha-, le ordenó el viejo, encantado por
lo servil de la actitud de la muchacha, y entrando directamente al meollo, al
motivo de nuestra visita nos dijo: -Los invitados llegarán enseguida, por
eso, mientras Thule y Makeda se instalan quiero hablar contigo-.
Era una orden velada, quería estar a solas conmigo y que
nadie nos estorbara. Las dos mujeres entendieron a la perfección los deseos del
anciano, y excusándose salieron a acomodar nuestro equipaje en la habitación que
nos tenían preparada.
-¿Porqué no están todavía preñadas?, ¿acaso no sabes de la
importancia que tiene?-, me recriminó duramente, señalándome con el dedo y
alzando la voz, -No ves que todavía quedan dos titánides por el mundo, la
reunión de hoy es pecata minuta en comparación con tu misión, hubiese preferido
que no acudieras a esta cita, a que esos vientres todavía no estén inseminados-.
Sentí que me hervía la sangre al escuchar el tono despectivo
con el que trataba a mis concubinas. Quizás no tanto por ellas, sino por que al
hacerlo a la vez me humillaba confiriéndome solo el papel de procreador. Le
importaba mas mi semen, mi semilla, que todo lo demás. Yo era poco mas que unos
huevos y un pene con los que él iba a conseguir una nueva ola de titanes.
Enfadado y herido en mi orgullo, le mandé a la mierda.
Bajando su voz hasta niveles casi inaudibles, me preguntó si
ya me creía lo suficientemente fuerte para contariarle. Aún sabiendo que no era
cierto, en mi inconsciencia le dije que "si". El puto viejo se levantó de
su asiento, y dándome el brazo para que le ayudara, me contestó:
-Vamos a ver a tus niñas-.
Traté de revolverme y negarme, porque sabía cual era el
castigo con el que me iba a premiar, pero seguía siendo una marioneta en sus
manos y como un autómata, deslizando mis pies por la alfombra del salón y las
escaleras le seguí. Nada pude hacer, por mucho que me esforcé en recuperar el
control de mi cuerpo, no lo conseguí, y por eso a mitad del camino, rindiéndome
dejé que me llevara.
Al llegar al cuarto, donde estaban las mujeres, las
descubrimos jugando. Makeda y Thule se habían inmerso en una guerra de
almohadas, sin ser conscientes de lo que les venía encima.
-Venid-, les dijo el viejo.
Ambas obedecieron todavía ignorantes de que íbamos a ser
violados de una forma cruel.
Las arrugadas manos del cardenal desnudaron a una alucinada
Makeda, mientras mentalmente nos ordenaba a Thule y a mí que hiciéramos lo
propio. En breves instantes nuestra ropa cayó al suelo, y fue entonces cuando
comenzó la tortura. Sabiéndonos usados, un ardor y un deseo impuesto se apoderó
de nosotros, incapaces de refrenarlo, nos sumergimos en la lujuria mientras el
viejo abandonaba la habitación diciendo:
-No parareis, hasta que en esta habitación se engendren dos
titanes-
Incapaces de rechazar su mandato, las mujeres se lanzaron
sobre mi inhiesto miembro, competiendo entre sí tratando de ser la primera en
ser tomada. La suya era una carrera suicida, colocándose una encima de la otra
me imploraban que las eligiese, vendiendo su excelencia y menospreciando a la
contraria con feroces insultos. Dos coños se me ofrecían anhelantes de recibir
la estocada de mi lanza, mientras sus dueñas se desesperaban pellizcando sus
pezones. Gimiendo totalmente calientes se esforzaban inútilmente en calentarme,
y digo inútilmente porque carecía de sentido el hacerlo, ya que es imposible el
calentar una llama, que era lo que en ese momento me había convertido.
Tratando de calmar mi calentura fui cambiando de objetivo,
con mi pene pasaba de penetrar a Makeda durante un minuto, para continuar con
Thule, en un intercambio sin sentido que se prolongaba, tanto como la intensidad
de sus chillidos.
La negra fue la que abrazándome con las piernas, rompió la
cadena, su cuerpo me exigía lubricando toda mi extensión que me derramara en su
interior, mientras sus uñas se clavaban como garfios en mi espalda impidiendo
que cambiara de coño. Usando mi sexo como garrote, golpeé repetidamente la pared
de su vagina, en un galope desenfrenado antes de darme cuenta que Thule,
totalmente fuera de sí se masturbaba con una mano mientras con la otra buscaba
que la etiope se corriera y la dejase en su lugar.
Este doble tratamiento hizo que Makeda se viniera, gritando
su deseo a los cuatros vientos y retorciéndose en el suelo, sus músculos me
apretaban, intentando ordeñar mi sexo, en busca de la simiente que escondía en
su interior. El escuchar su orgasmo fue el banderazo de salida de mi propio
climax, y berreando como un semental ante su monta me derramé en su interior.
Nada mas sentir mi hembra, que se avecinaba la siembra, apretó su cuerpo contra
el mío con la intención de no desperdiciar la leche germinadora con la que
estaba regándola. No dejó que la sacara hasta que la última gota de la última
erupción del volcán en que se había transformado mi pene, no hubiese sido
recogida por su vagina.
Mi mente se rebelaba contra un cuerpo que nada mas extraer su
apéndice de mi primera víctima, asiendo a Thule del pelo, le exigió que volviese
a levantarlo a su máximo esplendor. Nada podía hacer, no me hacía caso, por
mucho que intentaba parar, toda mi piel exigía seguir con su mandato. La rubia
no tuvo mucho trabajo, porque nada mas sentir la humedad de su boca, mi pene
reaccionó y ella buscando consolar su calentura se lo metió en la calidez de su
cueva.
Éramos dos máquinas perfectamente coordinadas, a cada una de
mis embistes ella respondía pidiéndome el siguiente, reptando por las sabanas en
un desesperado intento de introducirse aun más mi lanza en su interior. Makeda
que se había quedado momentáneamente satisfecha, volvió a sentir furor uterino y
sin pedir permiso colocó sus labios inferiores al alcance de la boca de la
germana. Ésta fue incapaz de negarse y sin pensar se apropió con su lengua del
apetecible clítoris que tenía a centímetros de su cara. Y la negra en
agradecimiento se dedicó en cuerpo y alma a conseguir que la mujer que tanto
placer le estaba dando recibiera parte de lo que ella misma estaba sintiendo.
El olor a sexo ya hacía tiempo que había inundado la
habitación, cuando escuché que se avecinaba como un tifón el climax de Thule.
Aceleré el ritmo de mis ataques al sentir que un río de ardiente lava, manaba
del interior de la muchacha. Ella en cuanto notó ese incremento en la cadencia
con la que era salvajemente apuñalada su vagina, se convirtió en una posesa, y
llorando me rogaba que acabase con esa tortura. Su completa inmersión en una
lujuria artificial hizo que me calentase aún mas si cabe y agarrando a Makeda,
le mordí sus labios mientras en intensas oleadas me licuaba en la cueva de la
rubia.
Agotados caímos tumbados sobre un suelo que habiendo recibido
el flujo de nuestros sexos, se nos tornaba excitante. Era tal el grado de
nuestra alienación que Makeda al recuperarse, poniéndose a cuatro patas empezó a
lamer las baldosas en busca de los restos de nuestro orgasmo. Verla así, en esa
postura, fue otra vez el detonante que levantó a mi cansado sexo de su descanso,
y sin poderlo evitar poniéndome detrás de ella, la penetré de un solo golpe.
Ni viagra ni nada, estaba alucinado que en menos de un minuto
mi miembro se alzase otra vez erecto. El cardenal nos había manipulado de forma
que aún sabiéndonos violados, no podíamos evitar ser el propio instrumento de
nuestra vejación. Era como si espinas de humillación se clavaran en mi mente al
ritmo de las embestidas de mi pene.
Mi concubina se retorcía en un perverso afán de ser regada
otra vez por mi semen. Éramos una vagina vibrátil y un consolador sin alma en
manos del anciano. Mis huevos chocaban contra el frontón que se había convertido
su trasero, siguiendo el ritmo de mi galope. Sus pechos rebotaban en un compás
sincronizado con el movimiento de su cuerpo. Y nuestros gargantas formaban el
coro que cantaba nuestra angustia en una sinfonía compuesta por gemidos y
aullidos de placer. Fui la catarata que inundó sus entrañas, desparramando mi
leche por su interior mientras ella era un pozo sin fondo que la absorbía
glotonamente.
Habiéndome corrido por tercera vez, me vi incapacitado de
seguir. Mi cuerpo ya no respondía ni al cardenal ni a mi cerebro, y yendo por
libre se sumergió en un nebulosa de la que solo salí al oír los lloros y
lamentos de las dos mujeres. Conscientes de la vejación sufrida, de cómo
habíamos sido humillados en aras de la reproducción, sollozaban en silencio,
mientras esperaban espantadas que se volviera a repetir, y que otra vez el deseo
nublara su entendimiento y se lanzara en busca de la satisfacción de la
calentura forzada que las había subyugado.
Afortunadamente, los minutos fueron pasando sin que se
reprodujese esa sensación frustrante, en la que nos veíamos obligados a
montarnos mutuamente sin que el apetito carnal que nos había dominado naciera
desde nuestro interior sino que hubiese sido impuesto. Tumbado en el suelo, me
fui relajando, a la vez que iba creciendo en mi interior, una nueva inquietud,
si la tortura del cardenal había cesado solo podía ser por dos causas, o bien
los úteros de Makeda y Thule tenían un nuevo inquilino, o el anciano solo nos
estaba dando un respiro para que con nuestras fuerzas renovadas, volviéramos a
intentarlo mas tarde.
Tenía que cerciorarme y levantándome, les pregunté si sentían
algo diferente. Fue Makeda que supo la primera a que me refería, la que
palpándose el estomago, me respondió:
-No, pero no puedo asegurarte nada, recuerda que Xiu tuvo
constancia al cabo de las horas-.
-¿De que habláis?-, nos preguntó la rubia, que como no
había estado cuidando a Xiu, desconocía los síntomas.
-El hijo de puta del viejo no da un paso sin asegurarse-,
le respondí,-Por lo que o estáis preñadas o esto es nada mas un descanso-.
Fue entonces cuando comprendió, y tal como suponía se alegró
por la posibilidad de estar embarazada.
-¿Qué es lo que debo de sentir?-
-Cuando Xiu se quedó embarazada, su cuerpo reaccionó
violentamente contra el feto, y durante horas se debatió entre la vida y la
muerte. Tuve que ayudarla a superar el trance, y una vez curada, la sola
presencia de Fernando hacía que se retorciera de dolor-.
Su semblante tomó un tono cenizo al no experimentar ninguno
de los síntomas de la china. Desde que me conoció Thule disfrutaba con la idea
de darme descendencia, como una forma de pasar a la posteridad como madre de una
nueva raza. En ese aspecto, no había cambiado, solo había variado el objetivo.
De la supremacía aria a la superioridad titánica.
-Vamos a vestirnos, todavía tenemos que crear un nuevo
partido-, les dije a las muchachas. Por mucha humillación que sintiera, mi
misión seguía en pié, el futuro de la humanidad estaba en juego.
Sin ninguna gana, ambas muchachas se fueron vistiendo
lentamente. Se sentían agotadas para enfrentarse a una audiencia numerosa, pero
sobre todo se sentían asustadas de solo pensar en estar frente a frente al
cardenal. La potencia mental del viejo las aterrorizaba.
Estábamos terminando cuando un mayordomo nos informó que su
jefe me esperaba en el salón principal. Tanto Makeda como Thule respiraron
aliviadas por no tener que acompañarme. Viendo que era inevitable el
acompañarle, refunfuñando y de mal humor, le seguí por los lúgubres pasillos del
palacio.
El sacerdote estaba hablando animosamente con otro anciano
cuando entré en la sala. Como víctima propiciatoria, me dirigí a su encuentro,
sabiendo que de esa reunión iba a depender gran parte de mi futuro.
-Fernando tengo el placer de presentarte a uno de mis más
viejos amigos-, me dijo el anciano. Pero no hizo falta, el tipo con el que
estaba me resultaba sobradamente conocido. Wolfang Steiner era un conocido
filósofo que se había hecho famoso por su rechazo a los regímenes dictatoriales
desde un izquierdismo radical. Fundador en los setenta del partido verde alemán,
y enemigo declarado de las diferentes intervenciones de Estados Unidos en
Oriente medio.
Le contesté con un lacónico: -Le conozco-, y
dirigiéndome al pensador le saludé diciendo:-Es un placer conocerlo, su libro
"la lucha de clases continua" está siempre en mi mesilla de noche-.
Un piropo siempre sienta bien al ego, y este hombre no fue
diferente, con una sonrisa reveladora de su satisfacción por ser leído, me dio
su mano mientras me decía:
-Así que usted es el heredero, no le envidio-.
Me quedé sin habla al escucharle, no me esperaba que
estuviese al corriente de nuestra verdadera condición. Por eso me mantuve en
silencio esperando acontecimientos.
-Wolfang y yo somos amigos desde hace mas de treinta años,
durante ese tiempo hemos discutido mucho sobre el futuro de la humanidad, y
sobre la función de los titanes en su destino-, el cardenal hizo una pausa
antes de continuar,- siempre me ha gustado recibir sus consejos y críticas,
por eso ahora quiero que nos de su opinión sobre nuestros planes-.
Sin esperar mi contestación, abrió su mente y tanto Stenier
como yo, pudimos ver como si fuera una película de cine el futuro. Un futuro
donde el hombre se involucraba en una guerra sin sentido en busca de las fuentes
de energía y cuyo resultado no era otro que la casi completa aniquilación.
Nuevos profetas y nuevas formas de fanatismo revivieron antiguas ideologías.
Sangre y muerte que abonaban el odio entre países y razas.
Cuando terminó la sucesión de desastres y antes de exponerle
nuestros propósitos, el filósofo con la cabeza gacha lloraba:
-"Homo homini lupus", el hombre es un lobo para el hombre-,
susurró entre lagrimas, -No hay otra explicación a tanta irracionalidad-.
El cardenal midió los tiempos, esperó tranquilamente hasta
que su amigo se hubiese repuesto para preguntarle:
-¿Cuál crees que es la solución?, ¿qué es lo que se puede
hacer?, dímelo aunque no te guste-.
Esta vez se tomó un rato en contestarle. Supe por lo tenso
que estaba que lo que nos iba a decir, no solo no le gustaba sino que iba a ir
en completa contradicción con lo que hasta ese momento habían sido sus
enseñanzas.
-Creo que usando un pensamiento de Hobbes, el único medio
que existe para evitar ese desastre es que los diferentes países cedan su
seguridad y sus derechos a un estado superior y que este haciendo uso de los
mismo imponga una dirección unitaria, y desde ahí lograr el bienestar humano-.
-Eso mismo pensamos nosotros, como sabes he vivido siglos
velando por el ser humano, inmiscuyéndome lo menos posible, pero ahora no
encuentro otro método que tomar el poder-.
-¡Será un dictadura!-, gritó espantado.
-Si, y la mas duradera de todos los tiempos, pero en
contraprestación el hombre una vez repuesto, y huyendo de la misma se esparcirá
por la galaxia, creando una dispersión que le permitirá crecer y sobrevivir. Ya
no dependerá de un solo planeta, habrá un segundo renacimiento con miles de
sociedades diferentes-.
Por segunda vez, el cardenal nos expuso su visión por medio
de la mente, y al terminar el profesor dándome la mano la mano, me dijo:
-Cuente conmigo, odio decirlo pero le ayudaré a ser el
dictador máximo-.
Hasta yo mismo estaba acongojado, aun sabiendo de antemano
que nos preparaba el futuro, y que nada de lo que nos había mostrado el
sacerdote fuera nuevo para mí, no pude mantenerme sereno a la crudeza de los
sucesos por venir y al papel que iba a tener en el mismo. Mientras meditaba
sobre ello, Romulo sirvió tres copas de cava, y alzando la mano brindó:
-¡Por la era titánica y su diáspora!-
Sabiendo que era irrevocable su elección, Wolfang levantó su
copa y se unió en un brindis liberticida que iba a someter al hombre durante
milenios. Había hecho un pacto voluntario con el diablo y lo sabía, era
conciente que los titanes éramos un mal menor, pero mal al fín.
Saliendo del salón nos dirigimos al pabellón de Baile, una
enorme sala de mas de quinientos metros cuadrados que en un origen estaba
destinada a conciertos pero que íbamos a usar para realizar el mitin.
Los diez minutos que esperamos antes que los demas invitados
llegaran, fue el momento elegido por el cardenal, para informarme de la
ubicación de la cuarta titánide, una muchacha neocelandesa descendiente de un
antiguo reino índico.
Solo me dio tiempo de echar una ojeada al grueso expediente,
sacando en claro que desde la antigüedad existían en Bali numerosos estados que
compartían un origen común. y que aunque los primeros holandeses que pusieron un
pie en la isla fueron los hermanos Houtman, que llegaron en 1597, la isla no
pasó a estar bajo control holandés hasta su colonización gradual a mediados del
siglo XIX . En esa época había nueve reinos independientes que estaban
gobernados nominalmente por un solo príncipe, el sushunan, que mantenía una
tirante relación con la Compañía holandesa de Indias.
El final de esta coexistencia llegó con la sangrienta
represión ocurrida en 1906, y la realeza balinesa en su conjunto cargó contra el
fuego enemigo, armados únicamente con cuchillos y espadas. Fue un suicidio
ritual, una forma de escapar a un destino que no les gustaba, su orgullo no les
permitía ser siervos de Holanda y prefirieron una muerte honrosa que vivir
subyugados. Según la historia oficial murieron todos sus miembros, hombres,
mujeres y niños, pero según los documentos que el cardenal me mostró sobrevivió
un niño, Badung II, hijo del rey del mismo nombre que encabezó la revuelta y el
primer titán de esa parte del globo. Con toda su familia muerta, unos súbditos
leales le sacaron de Bali y huyendo, buscaron refugió en Nueva Zelanda.
Wayan, la titánide que debía de buscar, era su tataranieta y
para hallarla debía de coger un avión e irme a Wellington, su capital.
Acababa de terminar de revisar el dossier cuando Makeda y
Thule, hicieron su aparición junto con un grupo heterogéneo de personas. Los
neonazis del partido paneuropeo venían mezclados con burgueses y típicos
extremistas de izquierdas, en una rara combinación que podía saltar en pedazos
en cualquier momento por la franca animadversión que sentían sus miembros.
Gorras militares, corbatas y pañuelos palestinos se iban sentando en los
asientos sin siquiera mirarse, mientras el cardenal y mi personas nos
manteníamos en un segundo plano, estudiando a los asistentes desde una
habitación adjunta.
El primero en hablar fue el profesor Steiner, que después de
agradecer a todos su presencia, les explicó desde un punto de vista teórico el
futuro, donde solo un estado fuerte e igualitario podía salvarnos de la
barbarie. Mientras hablaba los integrantes de la izquierda mantuvieron un
respetuoso silencio, que contrastaba con el claro desprecio de los nostálgicos
del reich.
Después fue Thule, que dirigiéndose a sus seguidores, les
habló de la necesidad de un cambio, que por el bien de Europa, ella estaba de
acuerdo en ceder el liderazgo a un líder que agrupara a todos los presentes.
Ambos no estaban mas que preparándome el terreno, manipulando a los presentes
para que aceptaran mi autoridad sin discusión.
Viendo que era mi turno, me arreglé la corbata antes de subir
al estrado.
Al ir subiendo por las escaleras, percibí como un golpe la
actuación entre bambalinas del cardenal. Sin que se dieran cuenta, manipuló a
los presentes haciéndoles creer que estaban viendo a un guía en quien confiar
sus vidas. Los nazis estaban impresionados por mi apariencia, mi estatura, y mi
fuerza, para ellos era una especie de Dios Ario. A los verdes les convenció el
puño en alto con el que les saludé desde lo alto , y los burgueses encantados
por mi aspecto pulcro y buenos modales vieron en mi alguien que era como ellos,
por eso tras un breve discurso donde maticé mis palabras para que fueran del
gusto de todos, me premiaron con un aplauso ensordecedor.
Aprovechando su completa entrega, les informé de la creación
de un nuevo partido, que buscando el bien europeo iba a competir en las
elecciones alemanas con Thule al frente, pero siempre bajo mis órdenes.
Nuevamente los vítores y las aclamaciones se sucedieron y sin ninguna voz
discordante se eligió una mesa nacional compuesta por elementos de las tres
facciones.
Con la tarea terminada, nos reunimos en cónclave los cuatro
titanes. Rómulo, representaba el pasado, Makeda y Thule, el presente, y yo, el
futuro. Tres épocas y tres visiones pero un solo destino común, el poder
absoluto sobre la humanidad. Estábamos entusiasmado por como había ido todo,
habiendo conseguido lo imposible, unir a una audiencia tan dispar, nos sentíamos
capaces de todo. Pero entonces el cardenal nos bajó de un solo golpe del
pedestal que nos habíamos subido, al decirnos:
-No hemos hecho nada mas que empezar, los hombres buscarán
revelarse en contra nuestra cuando sienta que les hemos puesto un collar, por
eso debemos estar preparados-, sus palabras me hicieron recordar el sacrificio
de María y el odio que en el pueblo se había fraguado con la presencia de mi
padre,-hoy hemos dado dos grandes pasos, la creación de un partido desde el cual
asaltar el poder, y gracias a vosotros la expansión de nuestra estirpe-.
-¿Qué?-, gritó Thule al darse cuenta lo que el cardenal
estaba diciendo.
-¡No es posible!, al no poderme oponer a su violación, he
evitado que nos quedáramos embarazadas, bloqueando nuestros úteros-, le replicó
indignada Makeda.
Una carcajada del viejo resonó en la habitación al
escucharla, y todavía riéndose le contestó:
-¿Crees que no me había dado cuenta de tu estúpida
maniobra?-, y señalando con el dedo su estomago prosiguió diciendo: -Estás
preñada al igual que tu amiga, nada ni nadie puede entorpecer mis planes,
tendréis vuestro hijo y solo entonces os daré la libertad de seguirnos o de iros
de nuestro lado, pero hasta ese día seguiréis fieles a mis designios y a los de
Fernando-.
-¡A mi no me meta!-, protesté tratando de hacerme a un lado.
-Eres parte quieras o no, y no solo como padre de las
criaturas sino como mi futuro heredero-.
Habíamos hecho un pacto por el bien de la humanidad, y ahora
me exigía cumplirlo. Aunque me jodiera, tuve que reconocer que tenía razón y
dirigiéndome a ambas mujeres les dije:
-Callad y obedeced, ¡No somos más que peones de la historia!
Y por la supervivencia del hombre debemos aceptar lo que nos ordena-.
Por primera vez desde que la conocía, Makeda se quedó callada
mientras me fulminaba con una mirada cargada de odio.