MADAME DE SAINT-ANGE
EL CABALLERO DE MIRVEL
Madame de Saint-Ange — Buen día, hermano. ¿Y el señor
Dolmancé?
El Caballero — Llegará a las cuatro en punto. Como
comeremos a las siete, tendremos todo el tiempo necesario para charlar.
Madame de Saint-Ange — ¿Sabes, hermano, que estoy un poco
arrepentida de mi curiosidad y de los obscenos proyectos que hemos hecho para
hoy? Tú eres verdaderamente indulgente, amigo mío; cuando más tengo que ser
razonable, más se inflama y se vuelve libertina mi maldita cabeza: me trasmites
todo y eso sólo sirve para corromperme... A los veintidós años tendría que ser
ya devota y aún no soy sino la más desbordada de las mujeres... No tienes idea
de las cosas que concibo y que desearía hacer. Imaginé que limitándome a las
mujeres me volvería sabia... que concentrados en mi sexo los deseos no se
desatarían hacia el tuyo. Proyectos quiméricos, amigo mío, pues los placeres de
los que quería privarme han venido a ofrecerse con mayor ardor a mi espíritu, y
he comprendido que cuando se nace para el libertinaje es inútil soñar con
imponerse frenos, de inmediato el ardor del deseo los quema. Querido, soy un
animal anfibio; todo lo amo, todo me divierte, quiero unir todos los géneros.
¿Pero no crees, hermano, que es una completa extravagancia querer conocer a ese
singular Dolmancé, el cual, según dices, nunca ha querido gozar una mujer como
lo prescribe el use y que, sodomita por principio, no sólo es idólatra de su
seso sino que lo cede al nuestro con la especial condición de entregarle los
deseados atractivos de los que está acostumbrado a servirse en los hombres? Mira
mi extraña fantasía: deseo ser el Ganymedes de este nuevo Júpiter, quiero gozar
de sus gustos, de sus excesos, ser la víctima de sus errores. Tú sabes que hasta
hoy sólo a ti me he ofrecido de esta manera por complacencia, o a alguno de mis
sirvientes, que sólo por interés se prestaron a tratarme de ese modo Ahora
no se trata de complacencia ni de capricho, únicamente me impulsa el
deseo... Entre los procedimientos que me han dominado y los que me esclavizarán
a esta extraña manía veo una diferencia inconcebible y quiero conocerla.
Describe, hermano, a Dolmancé; quiero tenerlo bien grabado en la cabeza antes de
verlo llegar. Sabes que sólo estuve con él algunos minutos, al encontrarlo días
atrás en una casa.
El Caballero — Dolmancé, hermana; acaba de cumplir
treinta y ocho años; es alto, tiene un rostro muy bello, ojos vivos y
espirituales, algo un poco duro y maligno se dibuja en sus rasgos a pesar suyo;
tiene los dientes más hermosos del mundo, un aspecto y un talle delicados a
causa, sin duda, de las maneras femeninas que acostumbra adoptar; posee una
extrema elegancia, una bella voz, talento y especialmente mucha filosofía en el
espíritu.
Madame de Saint-Ange — Espero que no crea en Dios.
El Caballero — ¿Qué dices? Es el ateo más célebre, el
hombre más inmoral... ¡Oh! Dolmancé es la corrupción más íntegra y completa, el
individuo más malvado y perverso que pueda existir en el mundo.
Madame de Saint-Ange — ¡Todo esto me enardece! Voy a
apasionarme por ese hombre. ¿Y cuáles son sus gustos, hermano?
El Caballero — Las delicias de Sodoma le placen como
agente y como paciente; no ama más que hombres en sus placeres y si en
ocasiones, no obstante, consiente en hacerlo con mujeres, solo es a condición de
que ellas serán complacientes y cambiarán de sexo con él. Le he hablado de ti y
le anticipé tus intenciones; él acepta pero te advierte, a su vez, de las
cláusulas del negocio. Se negará terminantemente si pretendes comprometerlo en
otra cosa: "Lo que consiento hacer con tu hermana es una licencia, dice... una
locura de la que sólo se sale raramente y con muchas precauciones."
Madame de saint-ange — (¡Salir!...
¡precauciones!...) ¡Amo hasta la locura el lenguaje de esta gente! También
nosotras las mujeres tenemos esas palabras exclusivas que prueban, como las de
Dolmancé, el horror profundo de que están poseídas por todo aquello que no esté
dentro del culto admitido... Di, querido, ¿te ha poseído? ¡Con tu deliciosa
figura y tus veinte años creo que se puede cautivar a un hombre semejante!
El Caballero — No te ocultaré mis extravagancias con él.
Tienes demasiado espíritu como para desaprobarlas. Amo a las mujeres y me libro
a esos raros gustos sólo cuando un hombre amable me cautiva. En tal caso nada
hay que no haga. Estoy lejos de esa continencia ridícula que hace creer a
nuestros jóvenes frívolos que debe responderse con bastonazos a semejantes
proposiciones. ¿Es acaso el hombre dueño de sus gustos? Es preciso compadecer a
aquellos que tienen gustos particulares, pero nunca insultarlos: su error es el
de la naturaleza. No eligieron llegar al mundo con inclinaciones diferentes, de
la misma manera que nosotros no elegimos nacer derechos o chuecos. Por otra
parte, un hombre que dice desearte, ¿dice una cosa desagradable? Por supuesto
que no; te hace un cumplido; ¿por qué, entonces, responderle con injurias o
insultos? Únicamente los estúpidos pueden pensar así. Un hombre razonable no
dirá lo contrario de lo que sostengo. Pero el mundo está poblado de imbéciles
que creen que se les falta el respeto si alguien confiesa que los encuentra
apropiados para los placeres; pervertidos por las mujeres, celosas siempre de
todo lo que tenga apariencia de atentar contra sus derechos, se imaginan ser
Quijotes de esos derechos ordinarios, y atacan a quienes no los reconocen.
Madame de Saint-Ange — ¡Ah! ¡Bésame! No serías mi hermano
si pensaras de otro modo; pero quiero un poco de detalles y te conjuro a que me
los des, tanto sobre el físico como sobre los placeres de ese hombre contigo.
El Caballero — Dolmancé se enteró por uno de mis amigos
del soberbio miembro que, como sabes, tengo. Comprometió al marqués de V... a
que me invitara a cenar con él. Una vez allí fue necesario exhibir mi miembro.
Parecía al principio que el único motivo era la curiosidad, pero pronto un
hermoso culo que se me ofrece y del cual se me suplica que goce, me hicieron ver
que sólo el placer era el objeto de este examen. Advertí a Dolmancé de todas las
dificultades de la empresa y nada lo acobardó. "¡Estoy hecho a prueba de
catapultas, me dijo, y no tendrá la gloria de ser el más respetable de los
hombres que perforaron el culo que le ofrezco!" El marqués estaba allí moviendo,
tocando, besando todo lo que uno y otro sacábamos a luz. Me muestro... quiero al
menos algunos preparativos: "No haga eso —dijo el marqués— pues le haría perder
la mitad de las sensaciones que Dolmancé espera de usted; él quiere que se lo
parta... que se lo desgarre..." "¡Será satisfecho!" dije yo lanzándome
ciegamente al abismo... ¿Y puedes creer, hermana, que no tuve ninguna
dificultad?... Ni una palabra. Mi verga, enorme como es, desapareció sin que lo
sospechara y toqué el fondo de sus entrañas sin que el individuo aparentare
sentirlo. Traté a Dolmancé como a un amigo. La excesiva voluptuosidad que
sentía, sus espasmos, su conversación deliciosa me hicieron muy pronto feliz y
lo inundé. No había terminado de salir cuando Dolmancé se volvió, con los
cabellos descompuestos y rojo como una bacante, y me dijo: "¿Ves el estado en
que me has puesto, querido caballero?" Mostraba una verga seca y rebelde, muy
larga y de por lo menos seis pulgadas de diámetro. "¡Oh, amor mío! Te conjuro a
que consientas en servirme de mujer después de haber sido mi amante, para que
pueda decir que en tus brazos divinos gusté todos los placeres que quiero con
tanta fuerza." No hallando dificultad alguna ni en lo uno ni en lo otro, acepté.
Sacándose los pantalones ante mis ojos, el marqués rogaba que fuera con él un
hombre mientras era la mujer de su amigo. Lo traté igual que a Dolmancé, quien,
devolviéndome centuplicadas todas las sacudidas con que yo colmaba al tercero,
muy pronto derrama en el fondo de mi culo ese licor encantador con el que casi
simultáneamente yo regaba el de V...
Madame de Saint-Ange — Al encontrarte así entre dos has
debido sentir un gran placer. Dicen que es encantador.
El Caballero — Verdaderamente es el mejor lugar, ángel
mío. Sin embargo, dígase lo que se diga, esas son extravagancias frente a las
cuales prefiero el placer con las mujeres.
Madame de Saint-Ange — Está bien, mi querido; para
recompensar tu delicada complacencia ofreceré a tus ardores una jovencita
virgen, y más bella que el Amor.
El Caballero — ¡Cómo! ¿Harás venir una mujer a tu casa
estando Dolmancé aquí?
Madame de Saint-Ange — Se trata de educarla. Es una
jovencita a la que conocí en el convento el otoño pasado, mientras mi marido
estaba en las termas. Allí no pudimos, no nos atrevimos a hacer nada porque
demasiados ojos estaban fijos sobre nosotras, pero nos prometimos volver a
vernos en cuanto fuera posible. Preocupada por este deseo y queriendo
satisfacerlo entablé relaciones con su familia. Su padre es un libertino... al
cual he cautivado. En resumen, la bella viene y yo la espero; pasaremos juntas
dos días... dos días deliciosos; emplearé la mayor parte del tiempo en educarla.
Dolmancé y yo introduciremos en esa hermosa cabecita todos los principios del
más desenfrenado libertinaje, la envolveremos con nuestros fuegos, la
alimentaremos con nuestra filosofía, le inspiraremos nuestros deseos, y como
quiero unir algo de práctica a la teoría, como quiero que se demuestre a medida
que se expone, te he destinado, hermano, a la cosecha de los mirtos de Citerea,
y a Dolmancé la de las rosas de Sodoma. Yo gozaré de dos placeres a la vez,
gozaré de esas voluptuosidades criminales y daré lecciones, suscitaré deseos a
la dulce inocente que atraeré a nuestras redes. Y bien, hermano, ¿es digno de mi
imaginación este proyecto?
El Caballero — Sólo ella pudo concebirlo. Es divino,
hermana, y te prometo cumplir a maravilla el papel encantador al que me has
destinado. ¡Ah, picara! Cómo vas a gozar con el placer de educar a esta joven;
qué delicias tendrás corrompiéndola, ahogando en su corazón todas las semillas
de virtud y de religión que sembraron en él sus institutrices. Verdaderamente,
esto es demasiado perverso para mí.
Madame de Saint-Ange — Nada ahorraremos para pervertirla
y degradarla, para arrasar con todos los falsos principios de moral con los que
hayan podido aturdiría; en dos lecciones quiero volverla tan perversa como yo...
tan impía... tan dada a los excesos. Advierte a Dolmancé, ponlo al tanto para
que no bien llegue, el veneno de sus inmoralidades circulando junto al qué yo
lanzaré en este joven corazón, desarraigue en un instante todas las simientes
que hubieran podido germinar sin nosotros.
El Caballero — Imposible encontrar un hombre más adecuado
para esta tarea: la irreligión, la impiedad, la inhumanidad y el libertinaje
manan de los labios de Dolmancé como en otras épocas la unción mística de los
del célebre obispo de Cambrai. Es el seductor más profundo, el hombre más
corrompido, el más peligroso... Querida amiga, ¡que tu alumna responda a los
cuidados del institutor y te garantizo que muy pronto estará perdida!
Madame de Saint-Ange — Según las aptitudes que le conozco
pienso que eso no será largo...
El Caballero — ¿No temes nada de sus padres, hermana? Si
esta jovencita se pusiera a charlar cuando vuelva a su casa...
Madame de Saint-Ange — No, ya he seducido al padre...
está conmigo. ¿Es necesario que te lo confiese? me he entregado a él para que
cierre los ojos. Ignora mis propósitos, pero te aseguro que no se atreverá a
profundizar en ellos... Lo tengo en mi poder.
El Caballero — ¡Tus recursos son malignos!
Madame de Saint-Ange — Es preciso, para que sean seguros.
El Caballero — Te ruego que me digas quién es la joven.
Madame de Saint-Ange — Su nombre es Eugenia; hija de un
tal Mistíval, comerciante de los más ricos de la capital, próximo a los treinta
y seis años. La madre tendrá a lo sumo treinta y dos, y la hija quince. Así como
Mistival es un libertino su mujer es una devota. En cuanto a Eugenia, sería
inútil tratar de pintártela: está más allá de la posibilidad de mis pinceles. De
lo que puedes estar convencido es que tanto tú como yo nunca vimos nada más
delicioso en el mundo.
El Caballero — Pero, ya que no la puedes pintar,
esbózala. Así, sabiendo con quién tendré que enfrentarme, llenaré mi imaginación
del ídolo donde deberé sacrificar.
Madame de Saint-Ange — Está bien, mi amigo. Sus cabellos
castaños, que apenas pueden encerrarse en las manos, caen hasta debajo de los
muslos. Su piel es de una blancura enceguecedora, su nariz un poco aquilina, sus
ojos de un negro de ébano ardiente... ¡Oh, es imposible mantener la mirada de
esos ojos!... No te imaginas las tonterías que me han hecho hacer... ¡Y si
vieras las hermosas cejas que los coronan... los párpados que los cubren!... Su
boca es muy pequeña, los dientes muy bellos, ¡y todo tiene una frescura tan
grande!... Uno de los mayores atractivos es la manera elegante en que la cabeza
se alza sobre sus hombros, y el aire de nobleza que tiene cuando la hace
girar... Eugenia aparenta más edad de la que tiene, se le darían diecisiete
años. El talle es un modelo de esbeltez y elegancia, Su garganta deliciosa... ¡Y
posee los senos más hermosos! Apenas podrían llenar una mano, ¡pero son tan
dulces... tan frescos... tan blancos!... ¡Veinte veces he perdido la cabeza
besándolos! y si vieras de qué modo se animaba bajo mis caricias... ¡de qué modo
sus dos grandes ojos pintaban el estado de su alma!... Querido mío, aún no
conozco el resto, pero si es preciso juzgar por eso, nunca el Olimpo tuvo una
divinidad que la igualase... La oigo llegar... déjanos, sal por el jardín para
no encontrarla y sé puntual a la cita.
El Caballero — Lo que has pintado responde por mi
exactitud... ¡Oh, cielos! salir... dejarte en el estado en que me encuentro...
¡Adiós!... un beso... un solo beso, hermana, para conservar mi ansia hasta
entonces. (Ella lo besa, toca su verga a través del pantalón, y el joven sale
precipitadamente).