Noelia no terminaba de entender lo que le estaba pasando.
Ella había sido siempre una "bitch", una chica que tenía a los hombres a sus
pies, los manipulaba y usaba. Y no era para menos, con ese rostro angelical,
perfectamente redondo, unido a un cuerpo de lujo, unas tetas de infarto y un
culito respingón para cortar el aliento al más pintado. Unía a esto el arte de
caminar cruzando las piernas de un modo tal que sus nalgas adquirían una extraña
cualidad hipnótica. Había heredado el cuerpo de su madre, sólo que en formato
pequeño pues Patricia, la autora de sus días, era una morenaza de 1'80 y Noelia,
de cabello castaño claro con cierto tinte rojizo, tenía las mismas curvas de
infarto en un estuche más compacto. Cada una de ellas tenía lo suyo. Patricia
daba ganas de hundirse de ella. Noelia, demanejarla, traerla y llevarla. Ambas
inspiraban un deseo furioso en los hombres y más aún con su actitud arrogante y
distante. Un deso de domarlas, de poseerlas o, también (hay gustos para todo) de
ser domados o poseídos. El caso es que era difícil que un varón heterosexual
resultase indiferente a sus encantos.
Pero dijimos que Noelia no entendía qué le estaba pasando. Y
no lo entendía porque ahora se encontraba casi a merced de un tipo que la
trataba de cualquier forma. "El Moro" se hacía llamar este personaje. Un tipo
joven, pero no adolescente; delgado, pero fuerte; con un aspecto que,
étnicamente, podría pasar por moro -efectivamente, gitano o, quizás,
suramericano. Un tipo que sería guapo de no ser por esa expresión un tanto torva
y perversa que, sin embargo, tenía para Noelia un magnetismo especial. Lo había
conocido en una discoteca. Se le acercó bailando y sin decir palabra. Bailaba
muy bien y, en medio del baile, vino el beso y una cosa llevó a otra. Al rato se
encontraban en un rincón obscuro de la discoteca, sentados en un sofá y
metiéndose mano. Y entonces fue cuando él sacó aquella herramienta impresionante
y, sin decir palabra, se la encajó en la boca casi hasta la garganta. Lo peor es
que Noelia no protestó ni nada sino que, inmediatamente, se adaptó e hizo lo
suyo. Después, al recordarlo, se indignó. pero, en ese instante, le pareció lo
natural y lo justo. Tampoco se indigno cuando El Moro, sujetándole con fuerza la
cabeza después de unos 20 minutos de chupada, le dijo:
-Ahora, nada de escupir, tragas todo. Escupes una gota y te
mato.
-Mmmgluffff... Sí..Mmmmm...
Sólo después, cuando todo hubo terminado, pareció romperse el
trance y Noelia se dio cuenta de la situación y la rabia comenzó a suceder a la
plácida laxitud que sigue al orgasmo (pues sí, mientras se la chupaba se había
corrido dos o tres veces). Y la indignación aumentó cuando vio cómo El Moro se
alejaba de ella y abordaba otras chicas y desaparecía con ellas por obscuros
rincones y reaparecía después, con aire satisfecho y, a veces, el muy cerdo,
subiéndose la cremallera del pantalón. Aquello era demasiado. En un momento en
que él andaba tomándose una cerveza en la barra y hablando con el cantinero,
ella se le acercó y le estampó una sonora bofetada, tras lo cual se fue.
Y él la alcanzó en la calle. Tenía un descapotable al estilo
de los 50. Y, a medida que le hablaba, manejando a su lado mientras ella
caminaba (y ni siquiera era importante lo que le decía, eran comentarios cínicos
y bromas del tipo "no sabía que estábamos casados") se repetía esa sensación de
entrar en estado de trance y, finalmente, volvió a subir. Y, esta vez, el Moro
se la folló, en posición del perrito, al borde de la carretera. Pero no le tocó
el culo porque, según dijo, eso lo dejaba para después. Pero lo malo fue cuando
-al poco de terminar el polvo y con Noelia jadeante y derrengada tras cerca de
tres tremendos orgasmos sucesivos- el Moro recibió una llamada y le dijo a
Noelia -aún semidesnuda- que se baje, que tenía algo importante. Allí, en medio
de la carretera. Y le puso su tarjeta (que sólo decía "El Moro", un teléfono y
una dirección) entre las tetas.
- Llámame cuando quieras. Ahora bájate. Estuvo muy bien.
- No me voy a bajar aquí en medio de... ¿Serás cabrón? ¿Qué te has creído?
La respuesta consistió en apretar un botón del tablero del
coche. El asiento de Noelia hizo un movimiento brusco y la correspondiente
puerta del coche se abrió automáticamente, dejando a Noelia a la intemperie,
semidesnuda, de cuatrro patitas y con el culo en pompa, como esperando un
batallón de sementales.
- ¡CABRÓN, HIJOPUTA, GILIPOLLAS!!!
- Llámame...-dijo el Moro desde el coche, mientras se alejaba. Cómo Noelia se
recompuso y logró volver a su casa es otra historia
Y, por increíble que parezca, lo fue a buscar, tres días
después, a la dirección que ponía en la tarjeta. Teóricamente lo hacía para
recriminarle su comportamiento. Para decirle que era una mierda de persona, para
mandarlo a tomar por saco. Pero el resultado fue el previsible. Aquella
dirección correspondía a un hermoso, aunque descuidado, penthouse. Y, en aquel
penthouse, Noelia se comió entera la polla del Moro mientras éste realizaba una
infinidad de charlas telefónicas. Charlas de negocios -un poco turbios por lo
poco que lograba entender Noelia, concentrada en el pollón de quien, aunque ella
se resistiese a aceptarlo, se había convertido en su dueño- y charlas con otras
mujeres, muchas de estas últimas subidas de tono. Lo que más la sorprendía era
como diablos hacía el Moro para follarle furiosamente la boca sin que su voz se
alterara en lo más mínimo. Cualquier interlocutor hubiera dicho que se
encontraba relajado mirando la TV.
- Buena chica, ¿tragaste todo, eh? Venga, levántate...
- Ahh... joputa... ¿por qué me haces esto?
- Por que es lo que tú quieres. Venga, no es para tanto. Vamos, te invito una
cerveza y unas tapas en el bar de la esquina.
Noelia pensaba si no se estaría enamorando. "No es tan malo,
en el fondo es atento" se dijo. El curso de sus pensamientos fue interrumpido
por la voz del Moro.
-Eh, lo olvidaba. No tengo dinero ahora. Préstame algo.
-Pero... No puedo...
-Venga -dijo, y le arrancó la billetera.
Y lo que el Moro encontró allí, además de algunos billetes,
fue una foto de Patricia, la madre de Noelia.
-¿Quién es?
-Eh... mi madre...
-¡Venga, quiero conocer a mi suegrita!
-Pero...
Pero, pero... Pero al rato estaban ya, en el descapotable del
Moro, partiendo hacia la casa de familia de Noelia, cuya cabeza estaba hecha un
lñio. No podía ser, ¿acaso este cerdo se atrevía a poner los ojos en su mare y
delante de ella? Era inconcebible. Su madre era muy pija, además, y, pese a ser
morena, un poco racista. Pero la duda la carcomía. ¿Y si...? No, imposible. Si
él se atrevía, Patricia lo pondría en su lugar. Y le haría un favor también a
Noelia porque el encantamiento se rompería para siempre. Sí, este chulito de
pacotilla iba a encontrar la horma de sus zapatos. Se iba a enterar.