Darío y Luis
Sonó el despertador, demasiado pronto para Luis, como
siempre. No es que le costara madrugar, pero sabía que era viernes, con lo cual
su turno de noche se prolongaba varias horas, y encima le tocaba llevar y traer
a toda la peña del pueblo que, al contrario que él, tenía la suerte de poder
salir de juerga. Luis era conductor de autobús, precisamente la única línea
nocturna habilitada el finde para llevar de vuelta a los borrachos felices a sus
casas.
Hoy era un día especialmente jodido para Luis, pues empezaba
la semana de fiestas en no sé dónde – ni se molestaba en enterarse del lugar;
total, él no podía ir. "Al menos mucha gente se quedará hasta que amanezca y
tendré el bus medio vacío, para variar", intentó consolarse.
Se incorporó en la cama y dio un buen bostezo. Estiró su
torso desnudo, bien fibrado del gimnasio, y se levantó a abrir la persiana. Se
quedó un rato mirando afuera, pensando en lo bien que se lo pasarían muchos de
sus colegas aquella noche. Probablemente algunos mojarían y todo. Ya le gustaría
a él, hacerse con alguno de ellos y desahogarse de todas aquellas veces que no
podía disfrutar de sus juergas. Tíos bebiendo, bromeando, pegando botes en los
conciertos, cubiertos de sudor… Se llevó la mano a los boxer y se acarició el
bulto que crecía por momentos. Se sentía tentado de hacerse una paja allí mismo,
frente a la ventana, donde todo el mundo le podía ver; habría sido un buen
desquite, meneársela despreocupadamente, correrse en la ventana y dar envidia a
la gente que pasara: a las tías porque nunca probarían su lefa, y a los tíos…
bueno, al menos a muchos tíos, porque nunca estarían tan buenos como él.
Era uno de los pocos momentos en que Luis realmente daba
importancia a su físico; si iba al gimnasio era para estar bien de salud, no
para presumir de cuerpo. Pero aun así, era consciente de su propio atractivo, y
de vez en cuando se permitía pensar en ello para olvidarse de otras cosas. Había
tenido la suerte de crecer con un cuerpo grande y fuerte; vale, no medía dos
metros, y ni siquiera era muy corpulento, pero tampoco hacía falta: tenía ese
aspecto de hombre joven pero cuerpo maduro, de hombre de anuncio de colonias,
recio y flexible al mismo tiempo. Esto, unido a su carisma, su carácter amable,
y sus aires de colega de todo el mundo, le hacían irresistible.
Llegó a sacarse la polla frente a la ventana pero cerró
inmeditamente la cortina. Luis era un tío cabal. Aun así tenía tiempo para una
corrida rápida. Prefería las pajas lentas, excitarse con calma, pero no tenía
demasiado tiempo. Se quedó en bolas y, aún de pie, comenzó a sacudírsela con la
mano derecha. Se dice que el mundo está muy mal repartido, y Luis era uno de
esos casos que lo confirman: además de su cuerpo y personalidad, poseía un rabo
envidiable. Largo, aunque no exageradamente, y con un grosor medio y uniforme
hasta el capullo, que sobresalía rosado y perfecto en una polla sin circuncidar,
curvada en un suave pero notorio arco ascendente.
- Mmmmh… –Luis jadeaba al tiempo que se deslizaba una mano a
lo largo de su tranca, ejerciendo una ligera presión constante, mientras con la
otra se pellizcaba suavemente los pezones.
Fue una buena corrida. Solía escupir bastante leche, y además
sus huevos nunca tardaban demasiado en volver a llenarse. Ahuecó una mano frente
a su miembro para poder recoger cada trallazo de lefa. Estrujó a fondo su
pellejo, por donde estaba el agujerillo del capullo, para que no se quedase
dentro ni una sola gota.
Aún de pie, pero ahora sudando y jadeando y relajando poco a
poco sus músculos, elevó el líquido hasta unos centímetros de su nariz y aspiró
profundamente para captar de lleno el olor a macho que acababa de salir de su
pene. Sonrió, y acto seguido esparció por su pecho velludo toda la lefa.
Un afeitado, una buena ducha y un after-shave perfumado le
hicieron sentirse como nuevo y con ganas de comerse el mundo. Lástima que no
pudiese ser esa noche. Se puso su camisa azul de conductor, se remangó, y por un
momento tuvo deseos de comenzar a masturbarse de nuevo… pero el deber era el
deber.
Fue una pesadilla de noche. Ya a eso de las diez, montones de
chavales de 15 años para arriba se subían al bus pegando voces y portando bolsas
repletas de litronas, güisquis y hielos. Tal y como era lo acostumbrado en una
noche como aquella, alborotaban sin parar y algunos comenzaban a beber
directamente en el autobús. Luis no tenía demasiado problema en imponer
disciplina; poco tenía que hacer: en cuanto le veían los chavales, se les
pasaban las ganas de montar bronca con él. Veían a un tío joven, de cierta
robustez, con una mirada medio seria que sugería algo así como "no seas
gilipollas y espérate a llegar a la fiesta, que tienes toda la noche para hacer
el memo". A Luis le molaba ser así; le gustaba no ir jamás avasallando, pero sí
tener cierta presencia que impusiera algo de respeto y raciocinio. Con ello
había conseguido algunos triunfos personales, como el que nunca se le hubiera
ocurrido a nadie llamarle "Luisito", o que su jefe confiara en él incluso hasta
el punto de dejarle tomarse ciertas libertades en el curro.
Ida y vuelta, una y otra vez, fue llevando a todos aquellos
putos sinvergüenzas a pasárselo en grande, tratando de ignorar el alboroto. Al
menos no era un oficio demasiado aburrido, con tanta gente al lado riendo y
contando chistes y anécdotas. Pero, y eso sí que era inevitable, hostias…
acababa resultando bastante monótono.
Ya pasadas las doce, las idas se habían tranquilizado un
poco, y Luis podía disfrutar de unas horas de paz antes de que los menos
trasnochadores se cansaran de la fiesta y emprendiesen la retirada. Aun así,
seguían llegando a la parada de partida unos cuantos tardones en incorporarse a
la fiesta; probablemente ya los últimos. En una de estas, observó que subían ya
tan sólo seis o siete pasajeros, y reparó distraídamente en uno de ellos. Tuvo
la sensación de que lo conocía, lo cual no debería suponer un hecho siquiera
mínimamente relevante dado que, semana tras semana, llevaba y traía a los mismos
juerguistas de su pueblo y por tanto muchas caras le resultaban ya familiares.
Pero este le sonaba de algo más. Cuando picó el billete, sus ojos se encontraron
mutuamente durante un segundo, de pura casualidad, y entonces se acordó. El
macarrilla aquel que se quedó dormido en el autobús hace como un mes. Por alguna
razón, le había caído simpático aquella vez. Se permitió pensar en ello mientras
conducía, a modo de distracción. Incluso le miró un par de veces,
disimuladamente, por el retrovisor interior del bus. No estaba mal el cabrón.
Parecía un chulo de mierda, un broncas de esos que van a su bola, y que parecen
empalmarse por el simple hecho de ir vacilando al personal. Por alguna razón, a
Luis le ponían bastante los tipos como aquel.
Y le encantaba follárselos.
Deseó poder quedarse sólo, aunque sólo fuera quince putos
minutos, para excitarse y correrse pensando en él.
Las tres de la mañana. Pronto empezaría la avalancha de gente
que, ya con dificultades para no vomitar u hostiarse contra cualquier cosa,
decidía emprender la recogida. Pero de momento el frente estaba tranquilo. Luis
respiró hondo, sentado al volante, esperando en la parada más tiempo del
habitual, pues no acababa de llegar ningún pasajero, y le tocaba mucho los
huevos comenzar un viaje con el bus vacío. Aprovechó entonces para desabrocharse
un par de botones de la camisa y magrearse un poco el pecho. Cerró los ojos y
echó la cabeza hacia atrás. Instintivamente, se agarró el paquete con la otra
mano, esperando poder disfrutar de un minuto de respiro.
En esto, oyó un ruido a su derecha: llegaba un pasajero.
Rápidamente dejó de tocarse, pero muy probablemente el chaval le habría visto
darse el gusto. Luis no solía avergonzarse por estas cosas: todos somos humanos;
pero se quedó levemente cortado al comprobar que su pasajero no era otro que el
malote de antes. De todas formas, no pareció haber reparado mucho en el
conductor, ya que a todas luces estaba de mala hostia. Picó el billete y se dejó
caer pesadamente en uno de los asientos delanteros. Pasado un minuto, Luis
arrancó el autobús con su único pasajero.
- Perdona, ¿me dejas fumarme un porro, colega?
El conductor le miró de reojo, algo sorprendido por esa
repentina amabilidad (generalmente los fumetas fiesteros no le preguntaban: se
liaban el porro directamente). La pregunta sonó casi con un tono de suplica.
- Sírvete anda. –Luis miró el reloj. Ese tío no parecía de
los que se iban a casa antes de las seis– ¿Mala noche, tío?
El pasajero le miró, un poco con cara de póquer, mientras se
liaba el peta.
- Joder tronco. Ya te digo. Una puta mierda de noche.
- Pues ya somos dos.
Luis observó cómo el macarrilla se levantaba y se fumaba su
canuto de pie, a su lado, en plan solidaridad entre camaradas. No decía nada,
pero se notaba que no era precisamente un insociable, y que no se había retirado
de la fiesta por tener sueño.
El autobús llegó a una parada intermedia, y Luis tomó una
decisión. Dejó la puerta cerrada, miró a su pasajero y le dijo.
- Oye, ¿te molaría un momento de relax en ninguna parte? Se
te nota hecho una mierda, tronco.
El desconocido le devolvió la mirada y asintió.
- No me vendría mal un rato de fumeteo en compañía de alguien
legal. –Pensó un momento y añadió: – Pero tú estás de servicio, ¿no?
Luis sonrió. Le moló que el macarrilla entendiese que le
estaba ofreciendo, precisamente, estar a solas con él.
- No por mucho tiempo. –Respondió, y acto seguido arrancó,
dejando a dos o tres pibes con un palmo de narices en la parada. Apagó el cartel
luminoso para dar a entender que no recogía pasajeros, y llamó a un colega que
tenía su mismo turno.
- Marcos… Sí, ¿te acuerdas de que me debías un favor? Pues lo
siento tronco, pero esta noche me retiro… Sí… De acuerdo tío, que te sea leve y
no te poten mucho en el bus, jeje… Venga chao. –Miró a su pasajero– Conozco un
descampado de puta madre por aquí cerca.
- Cómo te enrollas tío. Te debo una.
"No tardaré en cobrarte", pensó Luis con malicia, un rasgo
muy impropio de él.
Pararon en un pequeño terreno, al borde de la carretera, que
Luis había descubierto una vez y donde solía ir para evadirse y descansar un
rato con el bus. Era el sitio perfecto, pues el vehículo entraba perfectamente y
quedaba aparcado de modo que, por la noche, resultaba muy difícil notar que
estaba allí, dado que se encontraba prácticamente sin iluminar.
El macarra no hacía preguntas, parecía que le molaba el plan.
O en todo caso era uno de esos tíos seguro de sí mismos, que no se achantan ante
una situación así porque el malo, en el caso de que hubiera uno, sería en todo
caso él mismo. Aun así, a Luis le fue dando la sensación de que al chaval le
gustaban las pollas y se había olido el rollete.
El autobús se detuvo. Las luces interiores se encontraban al
mínimo. Y el malote se terminaba tranquilamente su porro mientras Luis se
desabrochaba el cinturón de seguridad y se estiraba dando un sonoro resoplo de
alivio.
En cuanto la débil luz del canuto se hubo apagado, su dueño
lo tiró al suelo, lo pisó, y rápidamente agarró al conductor por la nuca,
doblando al tiempo su cuerpo para colocar su cara frente a la de él, y se puso a
comerle la boca en un morreo especialmente rico en lametones y violentos
salivazos.
A Luis se le puso dura al instante.
Se magrearon en plan macho durante un buen rato. Aunque el
pasajero había llevado la iniciativa, pronto Luis se puso tan burro que comenzó
a dejarle las cosas claras; primero, poniéndose de pie y demostrándole que era
él quien tenía que agacharse un poco para llegar a su boca, y luego empujándole
con cierta brusquedad hasta la mampara del asiento delantero, dejándole así
contra la pared mientras le devolvía el morreo con no menos saliva y morbo con
que había comenzado.
No parecía desagradarle al extraño ese repentino cambio de
papeles. Ahora era Luis quien, habiendo dejado atrás de golpe esa afabilidad que
le caracterizaba, hacía las veces de malote. Y sus brazos y su cuerpo eran
suficientemente fuertes para doblegar sin problemas a aquel cabrón.
Luis estiró los brazos y apoyó las manos por encima del
chaval, oprimiendo a continuación todo su torso y su cintura contra él. Se frotó
contra su paquete en un movimiento amplio, sin dejar de comerle la boca, y notó
cómo su polla comenzaba a babear por debajo del slip. Era hora de pasar a
mayores.
Iba a acabar siendo una buena noche, al fin y al cabo.
* * *
Para el Jefe, aquella noche había comenzado también sin
prometer demasiado, y de hecho había sido una puta mierda de fiesta, como él
mismo había reconocido minutos antes de encontrarse con un macho tan
acojonantemente morboso. Sus colegas le habían dejado medio plantao para irse
con un grupillo de pibas con cinturón estrecho en vez de falda, y aunque Darío
no le hacía ascos a un buen coño de una de esas guarrillas, sabía que de ese
modo la noche acababa pronto, y aún tenía demasiadas ganas de farra. Ya
prácticamente apartado del grupo, decidió montárselo por su cuenta, pero el
panorama no era muy prometedor: la fies se caracterizaba por el hecho de ser
para todos los públicos, viéndose invadida por un montón de niñatos, incluso
alguno acompañado de su papá. Todo esto le cortó el rollo a Darío, se puso de
mala hostia y decidió irse a casa a pajearse ante alguna mierda de peli porno.
El plan que le ofrecía el busero era, sin lugar a dudas,
mucho más jugoso. Tampoco sabía muy bien de qué rollo iba, pero en cualquier
caso siempre sería mejor que sobarse ante la tele con la polla en la mano.
Y, cuando decidió atacarle la boca sin más miramientos, no
tenía la seguridad de que el hombretón aquel fuera marica, pero estaba tan hasta
los huevos que ya le daba igual. Para su sorpresa, el hombre había respondido de
puta madre: no sólo entendía sino que además era de los que le molaba el sexo
agitado, violento, avasallador. Probablemente aquel desgraciado tenía tantas
ganas como él de descargar sus cojones.
- Hijo de puta… –susurraba Darío entre lengüetazos, con voz
de chulo– Cabrón de mierda… ¡Te voy a follar como nunca te han follado, maricón!
Pero, poco a poco, sus mismas palabras parecían menos
amenazadoras, menos convincentes… Al conductor no le hacía falta decir nada para
dar a entender que a él no le dominaban fácilmente. Y el Jefe empezó a tener
claro que, si se lo acababa follando, sería única y exclusivamente porque el
busero lo deseara y se dejara follar de forma expresa.
Súbitamente, el impetuoso desconocido separó su boca y agarró
con una mano la camiseta de Darío, a la altura del pecho, tirando violentamente
hacia sí mientras se dirigía a la puerta del vehículo, obligándole a bajarse del
autobús con él.
- Ven, puto macarra –le dijo fríamente. Y Darío se dejó
hacer; porque le encantaba hacerse el chulo y dominar, pero también le ponía de
la hostia que tratasen de hacer lo mismo con él. De hecho, pocos se atrevían a
plantarle cara así, y estaba dispuesto a disfrutarlo a tope.
Tan sólo la tenue luz que salía del interior del bus permitía
ver lo suficiente como para seguir enrollándose; ahora eran dos masas negras que
se revolcaban de pie contra la pared del vehículo. En un momento dado, el
conductor se detuvo, miró fijamente al Jefe a los ojos (aunque se veía muy poco,
Darío captó perfectamente la seria mirada de provocación y vicio con que el
extraño le obsequió), y acto seguido acercó su boca al oído del macarra,
susurrándole algo que, a esas alturas, no debería haber resultado muy
inesperado:
- Soy yo el que te va a follar, mamoncete… Ya puedes ir
preparando bien tu coño porque no voy a esperar a que dilates, guarra.
El conductor parecía saborear cada una de esas palabras, como
si tuviese pocas oportunidades para decirlas. Y muy probablemente era así.
Antes de que Darío pudiera reaccionar, el hombretón le agarró
de la cintura y sintió cómo sus poderosos brazos le obligaban a darse la vuelta,
con la cara aplastada contra la pared del bus y aquel maromo desgraciao a sus
espaldas. De inmediato, una mano se posó en su hombro y empujó hacia abajo
obligándole a agacharse. Darío se apoyó rápidamente en la pared con ambas manos
para no caerse, y se quedó unos segundos así colocado, jadeando por la
excitación.
Durante ese breve momento, notó que el conductor no le
sujetaba. Se había separado de él, probablemente para comprobar si
verdaderamente quería ser follado: no tenía pinta de ser un puto violador, sólo
le molaba el juego de la dominación, y se tomaba la libertad de dar a su víctima
una oportunidad para darse la vuelta y mirarle asustado, dando así a entender
que realmente no le molaba que se la metieran.
Darío pudo haber hecho esto, si no estuviera tan caliente
como para desear que el tipo aquel hiciese lo que le diese la real gana. Se
quedó por tanto quieto mientras el otro le bajaba los pantalones y los boxer,
dejándolo con el culo al aire. Miró de reojo hacia atrás: la sombra negra del
conductor ya se había sacado la polla, una buena polla que de seguro le dolería.
Aun así, el dominador no cumplió su promesa, pues dedicó unos minutos a
escupirle lapazos en el ojete y extenderlos con el dedo largo. Cuando hubo
dilatado lo suficiente como para recibir dos dedazos del extraño hasta el fondo,
sintió cómo una salchicha dura y gruesa, algo curvada, comenzaba a restregarse
arriba y abajo a lo largo de la raja de su culo.
El ojete del Jefe se abrió más y más, lo que institivamente
le hizo poner el culo en pompa y esperar que ese cipote se decidiera a
follárselo de verdad.
El nabo entró hasta la mitad de golpe, sin contemplaciones;
volvió a salir, y a los dos segundos se introdujo hasta el puto fondo,
provocando que una ráfaga de fuego recorriera el cuerpo de Darío, al mismo
tiempo que le venía un inevitable flashback.
- - -
El Jefe era activo, activazo, dominante y un hijo de
puta, pero no era la primera vez que algo recorría los interiores de su
culo. Un día, estando en su habitación, tuvo curiosidad y probó a
meterse un dedo. No le excitó tanto como para repetirlo en cada paja,
pero era algo que le daba cierto morbo, como traspasar una barrera
prohibida para él (tan sólo apta para las mariconas blandengues y
viciosas, después de todo…). La experiencia llegó al extremo de
comprarse un consolador; uno de esos que imitan perfectamente una polla,
con las venillas y todo, aunque, claro está, no demasiado grande. Si
hasta acabó follándose al vendedor –una marica que estuvo encantada de
recibir su pollón y tragarse su lefa–, a modo de compensación por
haberse dejado las pelas en algo tan de pasivazo.
Tardó en utilizarlo un par de semanas. Mientras
tanto, se metía de vez en cuando el dedo para aprender a dilatar. La
noche que se decidió a probarlo, esperó a estar realmente excitado antes
de proceder. Se encontraba en su habitación, de pie, desnudo de cintura
para abajo, y viendo una peli porno en el ordenata. Colocó el consolador
en su ojete y fue metiéndolo poco a poco. Pensó que aquello no se
contradecía en absoluto con su rol de macho dominante: después de todo,
no había nadie allí que le estuviera follando, no se estaba dejando
doblegar por nadie. Bien pensado, se estaba follando a sí mismo, por así
decirlo.
Cuando el objeto ya había entrado hasta la mitad, se
abrió la puerta de su habitación; por aquellas fechas vivía con su
padre. Darío se quedó inmóvil, jadeando, mirando a su viejo. De nada
servía disimular o cambiar rápidamente de postura. Entonces el hombre se
acercó lentamente a su hijo, le miró seriamente pero con cierta
complicidad, y agarró el consolador que sobresalía de su culo,
empujándolo poco a poco para ir metiéndolo más. Darío lo flipaba y quiso
sonreír, pero estaba tan excitado que no lo consiguió. Se corrió en ese
mismo momento, sin siquiera tocarse, escupiendo numerosos trallazos de
lefa contra la mesa del ordenador. Su viejo le sacó entonces el
consolador con mucha suavidad, y lo dejó en la mesa no sin antes
acercárselo brevemente a la nariz para olerlo. Dedicó a su hijo una
sonrisa, de esas que se hacen entre camaradas machos, y echando un
vistazo al monitor dijo:
- Buena peli, ya me la pasarás. Espero que hayas
disfrutado del pajote, chaval.
A esto le siguió un guiño y un par de palmaditas en
el hombro. Darío consiguió al fin devolverle la sonrisa, y vio como se
daba la vuelta sin más y salía por la puerta, cerrándola tras su paso.
No volvió a hablar con él del tema, ni a tener encuentro sexual alguno,
pero el Jefe siempre recordó secretamente aquel detalle de su padre.
Y este recuerdo de su viejo en plan colega
despreocupado le ponía a mil, porque se sentía aún más macho sabiendo
que era su propio hijo, la descendencia de un salido cabrón mucho más
hombre que él.
- - -
Hasta el momento en que recibió la polla del conductor en su
culo, el Jefe se sabía más macho que cualquiera –excepto, por supuesto, su
padre–, pero ahora tendría que añadir a la lista inaugurada por su viejo a aquel
cabronazo del bus que iba de bueno pero que en realidad era un auténtico vicioso
hijo de puta.
El maricón le folló con ganas. Las primeras metidas fueron
deliberadamente cuidadosas, pero el ojete de Darío reaccionó rápido y se abrió
dándole vía libre para recibir embestidas cada vez más fuertes.
No pasó mucho rato hasta que se corrió, de nuevo sin tocarse,
y esta vez descargando su líquido contra la pared del bus. Fue un orgasmo
brutal. La polla que, al principio, le había quemado de la hostia por dentro, se
había convertido en un palo de placer manejado por un cabrón que sabía dar
palos. Era, por descontado, la única forma en que Darío, en que el Jefazo
machote y macarrilla, se dejaría dar por culo, y aunque tenía claro que no
volvería a repetir la experiencia a menos que se encontrara en una situación
realmente especial (como esta), en el momento de su corrida no tuvo duda alguna
de que había valido la pena.
Tan pronto como se vaciaron sus huevos, el conductor, que
debía de haberlo notado, dejó de follarle y le dio una palmada en el culo,
dándole a entender que se diera la vuelta.
- Siéntate.
Darío se sentó en el suelo –su culo desnudo y recién follado
notó la fría hierba, y tuvo la misma sensación de placer doloroso que cuando uno
se pone hielo en un chichón–, apoyando su espalda en la rueda del vehículo y
mirando expectante hacia el macho que tenía delante. Sus ojos se habían
acostumbrado ya a la oscuridad, y veía claramente marcados todos los músculos de
aquel pedazo hombre, todos los contornos de su cuerpo, desde la cara sudorosa,
aún con mirada de vicio perverso, hasta el miembro palpitante y grueso que el
maromo masturbaba con energía.
Le cayó lefa en el pecho, en el vientre, en un hombro, en la
barbilla. La parte más espumosa fue a parar a su propia polla, aùn dura, y se
deslizó con rapidez hasta sumergirse en su vello púbico y mojar sus cojones. No
dijo nada, sólo disfrutó mirándolo correrse mientras recuperaba con calma el
aliento. Cuando no quedó más leche que salir, Darío se levantó y se encaró con
él, recuperando su aire chulesco pero esta vez sin violencia alguna. El
hombretón lo estrechó firmemente entre sus brazos y se dieron un suave morreo,
lento, largo, polla con polla, dos machorros fibrados compartiendo un momento de
absoluta complicidad.
De vuelta en el autobús, el conductor había recobrado, como
por arte de magia, su talante amistoso y su aire inocentón.
- Te llevo a casa.
Darío lo miró, tratando de disimular que lo hacía con
admiración, algo que se permitía el lujo de hacer con muy poca gente.
- Eres un hijo de puta… –dijo, con toda la seriedad que pudo.
Esto hizo sonreír al conductor, que le guiñó un ojo y se dispuso a arrancar el
vehículo.
El autobús se alejó en la noche, con su conductor y su
pasajero charlando despreocupadamente, como si se conocieran de toda la vida.
Por Falazo
31/1/08