Capítulo V
Tirada en el suelo con la espalda apoyada en una esquina de
esa casa, tenía la cara llena de semen resbalándose por mis mejillas, con mi
lengua buscaba reunir lo más posible para poder saborearlo. Tenía la vagina
abierta como un sifón al igual que mi ano, ambos parecían un tubos de PVC, este
último estaba repleto de esperma también. Siempre quedaba algo así después de
cada encuentro con Mario, luego de ser barrenada con furia por su rabiosa verga,
larga, gruesa y venosa. Siempre me usaba como un objeto, saciándose a toda costa
con mi cuerpo mojado por el sudor, y yo jadeante, famélica, feliz, excitada,
caliente, dispuesta a más.
Así era como quedaba luego de cada cogida que me metía, ya no
me mortificaba tanto el hecho de engañar a mi esposo, como el hecho de gozarlo
con tanta fuerza, eso me hacía sentir sucia, traicionera, una mierda en resumen.
Y ya no solo era el hecho de revolcarme con Mario, no, ahora ya gozaba con el
dolor, la humillación y la vejación. Ahora cuando me tenía sometida mi sexo se
encharcaba palpitando y estremeciéndome ante el más mínimo roce. Él ya ni
necesitaba hacer siquiera esfuerzo para que mi voluntad desapareciera.
Incliné un poco la cabeza y vi mis ingles, mi vulva, otrora
cubierta por un espeso pelambre, lucía ahora totalmente depilada, tal y como él
la quería. Mis 2 rendijas ya la tenía habitualmente muy abiertas y casi
permanentemente distendidas. A veces, cuando hacía el amor con mi esposo, tenía
que apretar mis músculos vaginales para que no sintiera nada raro y quedara
bailando adentro de mi, a pesar que él no estaba mal dotado.
Luego lo miré a él vistiéndose, metido en sus asuntos como si
nada hubiese pasado, como si yo no estuviera allí. Nunca dejaba de admirar su
físico, alto y corpulento, de espaldas anchas, con músculos muy bien marcados
pero sin llegar a ser de un culturista. Sus abdominales formaban un perfecto six
pack, sus piernas parecían 2 troncos gruesos y fuertes, sus nalgas redondas,
grandes y duras, muy carnosas. Y de cara tampoco desentonaba, era guapo,
apuesto, hermoso, con un par de ojos miel que sobre su piel morena se hacían
notar más.
Pasado mañana te ponés el conjunto negro que te compré…
¿No nos vamos a ver mañana? – le pregunté con la vocecita
de una novia mimada.
No… tengo cosas qué hacer.
¿Qué cosas?
Cosas… – nunca me contaba lo que hacía cuando no estaba
conmigo – bueno, te miro pasado mañana, adiós. – me dio un beso en la frente
y se fue dejándome desnuda y desmadejada en el piso… sola.
Me puse de pié trabajosamente, me dolía horriblemente el
culo, la vagina y el cuerpo, de verdad que me daba muy duro. Me vestí sin prisa
con la ropa que llevaba guardada entre una maleta, después de varias citas
decidí que lo mejor era llevar ropa para vestirme al finalizar, como siempre le
gustaba vestirme de puta no quería regresar a mi casa vestida igual. Hasta
nombre de "guerra" me había puesto: "La Devoradora"… idiota.
Llevábamos ya como un mes de amantes y ya tenía una extensa
colección de ropa sensual que usaba para él aprovechando las proporciones de mi
cuerpo. Le encantaba que enseñara mis ingentes tetas y me obligaba a usar
escotes desvergonzados y blusas semitransparentes con las que no me dejaba usar
sostén y que, con el roce de la tela, siempre llevaba los pezones erectos y
marcados. También aprovechaba mi abundante trasero poniéndome pantalones
talladísimos y de cintura baja que a veces no alcanzaban a cubrir mis carnosas
nalgas. Y claro, no podían faltar tangas, brasieres pequeños, corsés, etc., en
fin todo tipo de lencería lasciva y ropa escandalosa que me hiciera ver vulgar y
corriente. Lo peor es que vestirme de esa manera me excitaba una barbaridad y me
dejaba casi indefensa frente a él.
Me arreglé y subí a mi carro y emprendí el regreso, siempre
ponía el radio para distraerme, aunque no servía, pues ni bien salía del motel
esa fea desazón se apoderaba de mi corazón. La cruda moral caía sobre mi y me
comenzaba a ahogar y se extendía hasta que llegaba a hogar, en donde,
invariablemente, me sentaba en la sala y me quedaba mirando el retrato de mi
familia. Todos salíamos allí, sonriéndole a la cámara como una familia feliz.
Pero eso era antes que perdiera mi dignidad y honestidad, convirtiéndome en la
sucia puta que ahora soy.
Ya nada era igual, todo a mi alrededor me parecía irreal, no
me parecía que fuera verdad. Y es que no alcanzaba comprender cómo fue que Mario
logró hacerme caer de nuevo. 13 años atrás fue por mi inexperiencia, pero ahora,
cuando más segura estaba de mi misma, aparece y apenas con un guiño es capaz de
dejarme sin razón. Y en mi casa las cosas no iban mejor, ya no podía ver a mi
esposo a los ojos, ni a mis hijos, ni yo misma, eso nos afectaba a todos.
¿Cuántas cosas no había hecho ya con en esas cortas 3 semanas
de amantes? ¿Cuántas cosas no había aceptado dejarme hacer solo para verlo
feliz? ¿Cuántas aberraciones no había hecho ya conmigo? Solo fueron 3 semanas,
pero a mi me parecía toda una vida.
Por ejemplo, ese día me llamó a mi celular, era un viernes
por la tarde, mi esposo se acababa de ir a hacer unas diligencias y mis hijos al
colegio, momento que él siempre aprovechaba para llamarme. "Ring, ring, ring"
sonó mi celular y mi corazón se aceleró. Vi el número, me lo sabía de memoria
para no tenerlo que apuntar con nombre, era él.
Aló… – respondí.
Aló, hola Debi, ¿cómo estás?
Bien… – mis respuestas siempre eran monosilábicas, quizás
como un último esfuerzo por defenderme, cuando la realidad era que desde ya
me tenía ardiendo.
Que bien… lista para hoy… – mi tenso silencio le decía
todo – hoy quiero que te vistas como siempre, como una gran puta y que vayás
a centro comercial Megacentro.
Bueno… ¿qué querés que me ponga?
Mmmm… lo que querrás, tu decidilo. Te espero allí en una
hora.
Vaya, una hora…
Colgamos, me quedé sentada en el sillón hundiendo la cara
entre mis piernas, mi mente era un hervidero de pensamientos, "Hoy no, hoy no
vayás, dejalo plantado, ya no lo mirés". Pero era en vano, ese día (como todos
los anteriores desde su llegada a mi vida) me desperté con ganas de una nueva
aventura, me urgía ser ensartada por su rica barra de carne dura, jugosa,
caliente.
Cerré los ojos y me rendí de nuevo, me puse de pié y fui a
ducharme, luego a mi armario y busqué entre la ropa que Mario me había regalado
y que ocultaba a mi esposo a toda costa, si la encontrara sabría de inmediato
que no era para ser usada con él. Saqué un vestidito verde menta muy ajustado,
que se pegaba a mi cuerpo como guante. Me llegaba a medio muslo y tenía un
pronunciado escote redondo, además de llevar la espalda destapada por lo que no
lo usaba con sostén. Por tal razón mis pezones quedaban perfectamente marcados a
través de la suave tela. Me coloqué una tanguita de hilo dental celeste, zapatos
altos.
Salí enfundada en una gabardina y con una maleta en donde
llevaba ropa normal. Me metí a mi carro y salí, llegue puntual, este ya me
estaba esperando en su lujoso carro.
¡Muy bien perrita, te ves deliciosa! – exclamó al verme,
luego me besó y me manoseó.
¿A dónde me vas a llevar ahora?
Mmmm… por allí… por la carretera interamericana…
¿Vamos a salir de la ciudad?
Si, a una casa que un amigo me prestó… – no objeté nada,
mientras el manejaba yo terminaba de preparar mi look de puta, pintándome de
una forma vulgar, llegamos como en 45 minutos. – Vamos abajo puta y traeme
las cosas que tengo en la cajuela. – eran un montón de cajas y bolsos.
La casa era bonita, pequeña pero con un hermoso jardín.
Adentro apenas si habían muebles, no más que un juego de sala y una mullida
alfombra en el centro, solo eso. Me quedé sentada y en silencio, viendo como
Mario sacaba despacio y colocaba un equipo de video y fotografía. Temblaba de
pensar que me querría fotografiar.
No me vas a tomar fotos… – le dije.
¿Por qué no?, estás buenísima, serías un magnífica
modelo…
¡Pero yo no quiero, no sea que alguien las vaya a ver y…!
– "flash", disparó la cámara y me tomó justo en medio de mi alegato.
¡Hasta peleando te mirás buena!
¡Mario no! – me paré y traté de quitarle la cámara, pero
el me detuvo en seco sujetándome de la muñeca con fuerza.
Vas a hacer lo que yo te ordene, pensé que ya te había
quedado claro desde antes. – me clavó sus fríos ojos de miel y me paralizó,
no sé si era miedo, excitación o algo más.
Me soltó y me empujó sobre la alfombra con la cámara en la
mano, me sentía muy humillada pero a la vez excitada de ser tan sumisa y
sometida.
Bueno, ahora vas a posar como yo te diga perra, o te vas
a arrepentir de ser tan puta. Dale, pues, ¡posá como una verdadera
prostituta, como una actriz porno! – me ordenó y yo lo obedecí intimidada,
comencé moverme, tratando de imitar los movimientos que veía en los
programas de modelaje que a veces pasaban en el cable – Bien, bien, soltate
un poco más, quiero ver más carne – me dijo sin dejar de fotografiarme, era
curioso, pero a cada minuto me sentía más segura, empezaba a moverme con más
libertad – Bien, bien, me gusta que te relajés, ahora subite la falda,
enseñame la tanga, pero despacio, lentamente… – lo hice como me dijo, muy
despacio me fui subiendo la falda mientras movía las caderas en círculos,
descubriendo mi hermosos trasero en cámara lenta – Bien, bien, seguí así,
así… ahora hacé lo mismo con la parte de arriba, andá bajándote despacio los
tirantes, sacate las chiches poco a poco… – dejé la falda enrollada en mi
estrecha cintura y comencé a jugar con los tirantes, estirándolos al mismo
tiempo que el movimientos de mis brazos hacían subir y bajar mis inmensos
senos – así, muy bien, podrías ser toda una conejita de PlayBoy. Ahora,
antes de enseñarme las tetas, jugá con ellas un momento, restregátelas… si
así, movételas para todos lados… si, si, muy bien…
A esas alturas ya estaba ardiendo, mi vulva palpitaba
caliente y mojada, mis pezones tiesos, mi respiración agitada y mi corazón
latiendo fuerte y acelerado. Realmente me sentía una puta, una actriz porno, un
objeto de deseo y todo eso me daba mucho morbo y excitación. Así seguí posando,
una vez que descubrí mis grandes chichotas para la cámara las fotos pasaron a
ser muy fuertes. Acercamientos a mis genitales mientras los abría con los dedos,
me tomó lamiéndome y chupándome los senos, metiéndome dedos entre la vagina y
luego llevándomelos a la boca, me tomó desnuda y colocada en las poses más
obscenas y con la cara de puta más grande. Ya estaba ardiendo, entonces se
detuvo.
Muy bien hecho Debi, de verdad que sos una auténtica
perra. Ahora vas a venir frente a mí de rodillas, me la vas a chupar hasta
tragarte toda mi leche. – liberó su enorme verga y yo me acerqué como me
ordenó, me la metí a la boca y empecé a mamar como una verdadera perdida –
Te gusta… ¿no puta?
Si… chump, chump, chump… me encanta…
La sujetaba con fuerza de la base, metiéndomela hasta la
coronilla, chupando y succionando, me la sacaba solo para ver sus gruesas venas
violáceas marcadas por todo lo largo de ese asombroso falo. Eso me gusta mucho,
me encantan las vergas muy tiesas y llenas de venas. Luego me la volvía a meter,
con mi lengua acariciaba en círculos su glande, entreteniéndome en el frenillo.
Le cubría la verga de saliva, me erotizaba mucho verla babosa y brillante.
¡¡¡AAAAAHHHHHH, DEBIIIIII!!! ¡¡¡AHHH, AAHHHH!!! ¡¡¡¡AAAARRRRGGGGHHHHH!!!!
– Mario rugió y yo sentí como su semen me inundaba la boca y se me salía por
entre los labios por más que trataba de tragármela, pero no podía, era
demasiada leche.
Se la seguí chupando hasta dejársela completamente limpia,
por mi parte quedé con semen desde la boca hasta los pechos, no me limpié, a él
le gustaba verme sucia. A continuación me levantó y comenzó a acariciarme las
chiches y las nalgas, amasándolas, apretándolas. Yo estaba que me quemaba sola,
temblaba de la calentura, totalmente fuera de control. Me empujó con violencia y
me hizo caer de espaldas, inmediatamente me abrí de piernas para mostrarle mi
sexo depilado y mojado y se me tiró encima, clavándome de un sólo golpe.
¡¡¡AAAAAAAHHHHH!!! – grité, pues la brusca penetración me
dolió tanto como me gustó.
¡Tranquila perra que a voz te encanta que te de verga
duro!
¡Qué sensación! Sus embestidas eran tan fuertes que iba
arrastrando la alfombra por el salón, sentía cada centímetro de su fuerte ariete
dentro de mi sexo, horadándome, distendiéndome hasta el extremo. Cada entrada y
salida le pagaba fuertes y deliciosos jalones a mi clítoris, que no paraba de
enviarme intensas corrientadas de placer por todo el cuerpo hasta hacerme
estallar en un potente orgasmo.
¡¡¡MARIO, MARIOOOOOOOUUUGGGGHHHH!!!
¡¡¡¡AAAAAARRRGGGGHHHHHH!!!! – grité y me revolví bajo su cuerpo, orinándome
y aun recibiendo sus fuertes arremetidas.
Terminé rendida en el piso, inmóvil y casi inerte. Me levantó
de las axilas como si fuese un costal y me colocó sobre una mesa que había allí.
Me tomó de la cintura, levantó mis piernas sobre sus hombros y sentí que me
metía los dedos entre el ano, untándome un líquido aceitoso allí dentro, sabía
lo que se proponía. Sentí la punta de su garrote sobre mi indefenso culito y
empujó, poco a poco empecé a ser llenada por ese trozo de carne que me causaba
dolor que poco a poco se convertía en placer. Ya me había acostumbrado, ya le
había tomado el gusto, me encantaba que me rompiera el culo.
¿Te gusta perra?
¡¡Si Mario, me gusta, me fascina!!
¿Qué sos, decime qué sos?
¡¡Soy tu puta Mario, AAAHHH!! ¡¡¡SOY TU PERRA, TU
RAMERAAAAAGGGHHH!!! – ya no pude hablar, me comenzó a perforar con saña y
violencia.
Me dio duro como por 15 minutos, me cambiaba de pose por lo
que mi ano quedó más estirado que un elástico viejo. De hecho, a veces me daba
la sensación de que el popó se me podía salir. No tenía piedad de mi, bien
pudiera desgarrarme de gravedad sin que le importase… ni que me importase a mi.
Al cabo de ese tiempo sentí como eran llenados de semen mis intestinos.
Mario dio por terminado nuestro encuentro de ese día, lo
recogió todo mientras yo permanecía en el suelo, en una esquina, con la vagina y
el culo dilatadísimos, con un montón de semen manando de este. Mi rostro también
estaba manchado de su leche. Se vistió y se marchó, luego me medio vestí con la
ropa extra que llevaba, llamé un taxi y este me fue a dejar a Megacentro en
donde estaba mi carro. Conduje hasta mi casa, recordando lo que acababa de
hacerme y sintiéndome como la más corriente y sucia de las putas… además estar
aun muy caliente.
Si, mi vida había cambiado demasiado y sabía bien que nunca
podría volver a ser lo que era antes. Pero por lo menos lo lograba mantener
oculto, lograba ocultar a mi familia lo perra que me había vuelto. Pensaba, muy
ingenuamente, que Mario se conformaría únicamente con lo que me había hecho
hasta ahora, que no podría caer más bajo… nada más lejos de la realidad.
CONTINUARÁ…
Garganta de Cuero
Pueden enviarme sus comentarios y sugerencias a mi dirección
de correo electrónico, que con gusto los leeré y los contestaré, gracias.