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 TODORELATOS.COM Fecha: 12 de Mayo, 2008.
Fecha: 31-Ene-08 « Anterior | Siguiente » en Autosatisfacción (583 de 594)

Pubertad Precoz

Hector Richvoldsen
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Acudo al médico para comprobar si mi desarrollo es normal, y la doctora decide hacerme una prueba exhaustiva. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Si escribo esto no es para presumir, pues tampoco tengo muchos motivos para hacerlo. Tengo una polla normalita, de unos 14-15 centímetros, tengo sexo muy de cuando en cuando, y cuando lo hago, tampoco soy una maquina, aguanto lo justo. Ya me gustaría ser de esos que dicen tener una polla de 25 centímetros y aguantan siete polvos sin sacarla...

Mi único mérito en el tema del sexo es que me desarrollé mucho antes que el resto de mis amigos. Tendría unos nueve años cuando empezaron a salirme pelos alrededor de la polla, y para los once tenía una pelambrera que era la envidia de todo el que la veía. Yo presumía en todas partes de ella, en clase, con los amigos, cuando venía algún primo mío a casa... Todos se quedaban alucinados, pues el que más tenía apenas cuatro pelillos perdidos.

De tamaño andaba prácticamente como ahora, y claro, comparado con los pichurrines de los demás, aquello imponía. Yo estaba tan feliz con mi superpolla hasta que empezaron a asustarme con que aquello podía ser malo, que si un tumor, que si a lo mejor tenía gigantismo... Yo que sé, ocho mil cosas que uno a esa edad le vuelven hipocondríaco perdido. A mi madre no le iba a preguntar si aquello era normal o no, y a mi padre como que tampoco, me hubiera soltado que eso era una guarrada nada más plantearle el tema.

Así que, aprovechando que tenía revisión médica en esos días, decidí comentárselo a la doctora. En las pruebas de altura y peso ya me dijo que estaba por encima de las tablas normales a mi edad, así que aquello debía estar relacionado. Estaba ya en ropa interior con tanta prueba, así que cuando la doctora fue a comprobar ahí abajo, se lo dije:

-Mire doctora, quería preguntarle, porque creo que la tengo más grande de lo normal, como ha dicho de mi altura.

-¿Cómo?

-Sí, que tengo el pito más grande que el resto de mis amigos, y me han dicho que puede ser malo.

-Enséñame a ver.

Me bajé los slips y le mostré entre orgulloso y asustado mi pito. Estaba algo encogido por los nervios, pero aún así imponía. La doctora lo observó unos segundos sin tocarlo, y después comprobó algunas cosas en mi historial. Hizo un par de anotaciones, y volvió junto a la fría camilla donde yo estaba sentado. "Túmbate", me dijo, y yo accedí sin rechistar.

Palpó un poco mis velludos testículos con sus suaves manos, haciéndome dar un pequeño salto en la camilla. Comprobó que los dos estuvieran en su sitio, y también debió chequear su tamaño, a juzgar por sus tocamientos. Me hizo levantar un poco los brazos para comprobar si tenía vello en las axilas, y me hizo unas preguntas antes de proseguir.

-¿Cuándo notaste que empezaba a crecerte y ha salirte pelos alrededor del pene?

-Pues hace un par de años o así, creo. Sí, me acuerdo que en natación un amigo se fijó y me lo dijo, que tenía como pelos ahí.

-¿La voz te ha cambiado, verdad?

-Sí. –Dije haciendo oportunamente un gallo. –Bueno, ya lo ve.

-Bien, ¿has tenido problemas con el acne?

-No, creo que no. Me salen algunos granitos a veces, pero tampoco muchos.

-Vale, estoy que te voy a preguntar es un poco más personal, pero es por descartar que sea algo malo.

-Sí sí, sin problemas.

-¿Tienes erecciones regularmente?

-Bueno, alguna que otra. –Dije con una risilla nerviosa. –Pero supongo que es lo normal...

-Sí, no te preocupes. A todos los chicos os pasa aunque no queráis. ¿Te has despertado alguna vez con el pijama mojado, como si fuera pis pero más espeso?

-No, nunca.

-Bueno, esto te puede resultar un poco violento, pero es necesario. ¿Te masturbas habitualmente?

-Sí, alguna vez. –Respondí ruborizado.

-Haces bien. –Dijo sonriendo, supongo que tratando de quitarle dramatismo al asunto. -¿Y eyaculas?

-Si, creo que sí. Eso es soltar el semen ese, ¿no?

-Si, entonces sí.

-Bien, me parece un poco raro que puedas eyacular tan pronto, así que vamos a comprobar. Te tengo que pedir que te masturbes para poder ver como son tus eyaculaciones.

-¿Aquí?

-Si, tengo que verte para saber si todo está bien.

La situación era de lo más violenta, siempre me había masturbado en el intimidad, ni siquiera mis amigos me habían visto hacerlo. Era por mi bien, había que descartar que me fuera a morir por eso, así que empecé a masturbarme sin mucho entusiasmo. La trivial decoración de la consulta no era nada excitante, y el tener los ojos de la doctora clavados en mí tampoco ayudaba. Ni siquiera conseguía empalmarme.

-¿Quieres que te ayude un poco? –Me dijo en un tono muy neutro.

-Vale, así sin nada es un poco difícil. –Respondí yo, esperando que me sacara una revista o algo, como hacían en los análisis de las películas. Sin embargo, ella se fue a su escritorio, abrió uno de los cajones inferiores, y volvió colocándose un guante de látex en su mano derecha. Trajo también una botella de aceite para bebés y humedeció mi polla con el templado liquido.

-Relájate. –Me dijo mientras me extendía la crema. –Es sólo para ver si no hay nada raro.

La doctora me lo ponía todo como si fuera una prueba médica sin más, pero yo no podía dejar de dar vueltas a lo que aquello suponía en la práctica: me iba a hacer una paja en toda regla. Me tumbé completamente en la camilla y cerré los ojos, tratando de no pensar en nada.

Noté como la doctora me echaba la piel hacia atrás, y terminaba de extenderme suavemente el gel por la parte de arriba. Yo generalmente no me tocaba mucho por ahí, pues es una zona muy sensible y me molestaba. Pero claro, con lubricación la cosa cambiaba, y empezaba a darme gustillo. Mi polla empezaba a reaccionar ante tales caricias, y la doctora debió percatarse, pues dejó de extender el gel y empezó a masturbarme en serio.

De nuevo, su forma de hacerlo era distinta a la mía, pues yo simplemente subía y bajaba mi prepucio alrededor del glande. Ella no, como tenía la mano lubricada, recorría con ella toda mi polla, incluyendo el glande, que seguía al descubierto. La sensación era distinta a la habitual, pero me gustaba. Sentía como mi polla estaba más caliente de lo normal, puede que por el roce con el plástico del guante, y mi pulso se aceleró.

Había empezado a un ritmo tranquilo, pero enseguida comenzó a pajearme más deprisa, casi tan rápido como solía hacerlo yo. El roce de su mano en mi capullo me molestaba y me daba placer a la vez, haciendo que clavara mis uñas en la camilla para reprimirme un poco. La doctora rodeaba mi polla completamente con su mano, y la deslizaba a toda velocidad por el tronco y la punta.

Mis huevos bamboleaban de tanto meneo, deseando estallar de una vez y acabar con aquella maravillosa tortura. Era un jodida prueba médica rutinaria, me dije, pero era inevitable no sentir placer con lo que me estaban haciendo. Me retorcía sin cesar sobre la camilla, mientras la doctora seguía impasible con su tarea. No apartaba los ojos de mi polla, mientras su mano se deslizaba sin ningún trabajo a lo largo de ella. Sentía un agradable hormigueo por toda mi polla, que poco a poco fue haciéndose mucho más intenso.

-Voy a... Voy a correrme... –Dije casi sin fuerzas, avisándola para que prestara atención.

Para mi sorpresa y frustración, ella paró su ágil movimiento de muñeca y comenzó a pajearme más despacio, esta vez procurando que mi prepucio tapara por completo en glande cuando su mano subía, y bajándolo lo más posible cuando hacía el movimiento contrario. Aquello era casi mejor que lo de antes, no era tan brutal pero yo seguía estremeciéndome de gusto. Mi polla seguía muy lubricada y podía sentir como sus dedos corrían por ella sin ninguna dificultad.

La mano izquierda de la doctora se posó en mis huevos, supuse yo que para sentir mejor como me corría. El roce con su piel desnuda me hizo estremecer una vez más, y al tiempo que ella aceleraba un poco más, sentí que ya no había marcha atrás, me iba a correr de un momento a otro. Cerré los ojos y dejé la mente en blanco, tratando de concentrarme en mis propias sensaciones. Un primer chorro ardiente cayó sobre mi pecho, el segundo un poco más arriba del ombligo, y el tercero cayó al suelo de la consulta. Hubo más, sentí como la lefa resbalaba por mi polla y llegaba escurriendo lentamente hasta mis casi imberbes testículos: había sido la mejor corrida de mi vida.

Cuando volví en mí, la doctora estaba terminando de limpiarme con unas gasas. Yo sólo lo sentía, pues ni siquiera tenía fuerzas para abrir los ojos. En los dos años que llevaba haciéndome pajas, nunca me había corrido así, tan intensa y abundantemente. La doctora observaba admirada, como confirmando lo que en principio no quería creer: con once años yo ya era todo un hombre.

-Bueno, pues creo que todo está bien. No es muy normal que puedas eyacular siendo tan joven, pero no hay nada de malo. Los chicos suelen empezar a hacerlo a los 12 o a los 13 años, pero lo tuyo no es ninguna enfermedad, simplemente te has desarrollado un poco antes.

-¿Y entonces? –Dije, sin saber muy bien a donde quería llegar.

-Pues que no tienes nada. Vístete y te puedes ir.

Es la primera vez que cuento esto, pues supe que mis amigos no se lo creerían. Por aquel entonces era tan ingenuo como para pensar que aquella doctora simplemente hacía su trabajo, pero con el tiempo supe que en cierto modo había abusado de mí. No me importa, pues como digo fue el mejor orgasmo que he tenido en mucho tiempo y disfruté mucho más de lo que pudiera hacerlo ella. Quiero pensar que simplemente lo hizo por curiosidad, por comprobar si estaba tan desarrollado como decía. Fuera como fuera, aún me hago pajas pensando en aquello.

TodoRelatos.com © Hector Richvoldsen

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