Si escribo esto no es para presumir, pues tampoco tengo
muchos motivos para hacerlo. Tengo una polla normalita, de unos 14-15
centímetros, tengo sexo muy de cuando en cuando, y cuando lo hago, tampoco soy
una maquina, aguanto lo justo. Ya me gustaría ser de esos que dicen tener una
polla de 25 centímetros y aguantan siete polvos sin sacarla...
Mi único mérito en el tema del sexo es que me desarrollé
mucho antes que el resto de mis amigos. Tendría unos nueve años cuando empezaron
a salirme pelos alrededor de la polla, y para los once tenía una pelambrera que
era la envidia de todo el que la veía. Yo presumía en todas partes de ella, en
clase, con los amigos, cuando venía algún primo mío a casa... Todos se quedaban
alucinados, pues el que más tenía apenas cuatro pelillos perdidos.
De tamaño andaba prácticamente como ahora, y claro, comparado
con los pichurrines de los demás, aquello imponía. Yo estaba tan feliz con mi
superpolla hasta que empezaron a asustarme con que aquello podía ser malo, que
si un tumor, que si a lo mejor tenía gigantismo... Yo que sé, ocho mil cosas que
uno a esa edad le vuelven hipocondríaco perdido. A mi madre no le iba a
preguntar si aquello era normal o no, y a mi padre como que tampoco, me hubiera
soltado que eso era una guarrada nada más plantearle el tema.
Así que, aprovechando que tenía revisión médica en esos días,
decidí comentárselo a la doctora. En las pruebas de altura y peso ya me dijo que
estaba por encima de las tablas normales a mi edad, así que aquello debía estar
relacionado. Estaba ya en ropa interior con tanta prueba, así que cuando la
doctora fue a comprobar ahí abajo, se lo dije:
-Mire doctora, quería preguntarle, porque creo que la tengo
más grande de lo normal, como ha dicho de mi altura.
-¿Cómo?
-Sí, que tengo el pito más grande que el resto de mis amigos,
y me han dicho que puede ser malo.
-Enséñame a ver.
Me bajé los slips y le mostré entre orgulloso y asustado mi
pito. Estaba algo encogido por los nervios, pero aún así imponía. La doctora lo
observó unos segundos sin tocarlo, y después comprobó algunas cosas en mi
historial. Hizo un par de anotaciones, y volvió junto a la fría camilla donde yo
estaba sentado. "Túmbate", me dijo, y yo accedí sin rechistar.
Palpó un poco mis velludos testículos con sus suaves manos,
haciéndome dar un pequeño salto en la camilla. Comprobó que los dos estuvieran
en su sitio, y también debió chequear su tamaño, a juzgar por sus tocamientos.
Me hizo levantar un poco los brazos para comprobar si tenía vello en las axilas,
y me hizo unas preguntas antes de proseguir.
-¿Cuándo notaste que empezaba a crecerte y ha salirte pelos
alrededor del pene?
-Pues hace un par de años o así, creo. Sí, me acuerdo que en
natación un amigo se fijó y me lo dijo, que tenía como pelos ahí.
-¿La voz te ha cambiado, verdad?
-Sí. –Dije haciendo oportunamente un gallo. –Bueno, ya lo ve.
-Bien, ¿has tenido problemas con el acne?
-No, creo que no. Me salen algunos granitos a veces, pero
tampoco muchos.
-Vale, estoy que te voy a preguntar es un poco más personal,
pero es por descartar que sea algo malo.
-Sí sí, sin problemas.
-¿Tienes erecciones regularmente?
-Bueno, alguna que otra. –Dije con una risilla nerviosa.
–Pero supongo que es lo normal...
-Sí, no te preocupes. A todos los chicos os pasa aunque no
queráis. ¿Te has despertado alguna vez con el pijama mojado, como si fuera pis
pero más espeso?
-No, nunca.
-Bueno, esto te puede resultar un poco violento, pero es
necesario. ¿Te masturbas habitualmente?
-Sí, alguna vez. –Respondí ruborizado.
-Haces bien. –Dijo sonriendo, supongo que tratando de
quitarle dramatismo al asunto. -¿Y eyaculas?
-Si, creo que sí. Eso es soltar el semen ese, ¿no?
-Si, entonces sí.
-Bien, me parece un poco raro que puedas eyacular tan pronto,
así que vamos a comprobar. Te tengo que pedir que te masturbes para poder ver
como son tus eyaculaciones.
-¿Aquí?
-Si, tengo que verte para saber si todo está bien.
La situación era de lo más violenta, siempre me había
masturbado en el intimidad, ni siquiera mis amigos me habían visto hacerlo. Era
por mi bien, había que descartar que me fuera a morir por eso, así que empecé a
masturbarme sin mucho entusiasmo. La trivial decoración de la consulta no era
nada excitante, y el tener los ojos de la doctora clavados en mí tampoco
ayudaba. Ni siquiera conseguía empalmarme.
-¿Quieres que te ayude un poco? –Me dijo en un tono muy
neutro.
-Vale, así sin nada es un poco difícil. –Respondí yo,
esperando que me sacara una revista o algo, como hacían en los análisis de las
películas. Sin embargo, ella se fue a su escritorio, abrió uno de los cajones
inferiores, y volvió colocándose un guante de látex en su mano derecha. Trajo
también una botella de aceite para bebés y humedeció mi polla con el templado
liquido.
-Relájate. –Me dijo mientras me extendía la crema. –Es sólo
para ver si no hay nada raro.
La doctora me lo ponía todo como si fuera una prueba médica
sin más, pero yo no podía dejar de dar vueltas a lo que aquello suponía en la
práctica: me iba a hacer una paja en toda regla. Me tumbé completamente en la
camilla y cerré los ojos, tratando de no pensar en nada.
Noté como la doctora me echaba la piel hacia atrás, y
terminaba de extenderme suavemente el gel por la parte de arriba. Yo
generalmente no me tocaba mucho por ahí, pues es una zona muy sensible y me
molestaba. Pero claro, con lubricación la cosa cambiaba, y empezaba a darme
gustillo. Mi polla empezaba a reaccionar ante tales caricias, y la doctora debió
percatarse, pues dejó de extender el gel y empezó a masturbarme en serio.
De nuevo, su forma de hacerlo era distinta a la mía, pues yo
simplemente subía y bajaba mi prepucio alrededor del glande. Ella no, como tenía
la mano lubricada, recorría con ella toda mi polla, incluyendo el glande, que
seguía al descubierto. La sensación era distinta a la habitual, pero me gustaba.
Sentía como mi polla estaba más caliente de lo normal, puede que por el roce con
el plástico del guante, y mi pulso se aceleró.
Había empezado a un ritmo tranquilo, pero enseguida comenzó a
pajearme más deprisa, casi tan rápido como solía hacerlo yo. El roce de su mano
en mi capullo me molestaba y me daba placer a la vez, haciendo que clavara mis
uñas en la camilla para reprimirme un poco. La doctora rodeaba mi polla
completamente con su mano, y la deslizaba a toda velocidad por el tronco y la
punta.
Mis huevos bamboleaban de tanto meneo, deseando estallar de
una vez y acabar con aquella maravillosa tortura. Era un jodida prueba médica
rutinaria, me dije, pero era inevitable no sentir placer con lo que me estaban
haciendo. Me retorcía sin cesar sobre la camilla, mientras la doctora seguía
impasible con su tarea. No apartaba los ojos de mi polla, mientras su mano se
deslizaba sin ningún trabajo a lo largo de ella. Sentía un agradable hormigueo
por toda mi polla, que poco a poco fue haciéndose mucho más intenso.
-Voy a... Voy a correrme... –Dije casi sin fuerzas,
avisándola para que prestara atención.
Para mi sorpresa y frustración, ella paró su ágil movimiento
de muñeca y comenzó a pajearme más despacio, esta vez procurando que mi prepucio
tapara por completo en glande cuando su mano subía, y bajándolo lo más posible
cuando hacía el movimiento contrario. Aquello era casi mejor que lo de antes, no
era tan brutal pero yo seguía estremeciéndome de gusto. Mi polla seguía muy
lubricada y podía sentir como sus dedos corrían por ella sin ninguna dificultad.
La mano izquierda de la doctora se posó en mis huevos, supuse
yo que para sentir mejor como me corría. El roce con su piel desnuda me hizo
estremecer una vez más, y al tiempo que ella aceleraba un poco más, sentí que ya
no había marcha atrás, me iba a correr de un momento a otro. Cerré los ojos y
dejé la mente en blanco, tratando de concentrarme en mis propias sensaciones. Un
primer chorro ardiente cayó sobre mi pecho, el segundo un poco más arriba del
ombligo, y el tercero cayó al suelo de la consulta. Hubo más, sentí como la lefa
resbalaba por mi polla y llegaba escurriendo lentamente hasta mis casi imberbes
testículos: había sido la mejor corrida de mi vida.
Cuando volví en mí, la doctora estaba terminando de limpiarme
con unas gasas. Yo sólo lo sentía, pues ni siquiera tenía fuerzas para abrir los
ojos. En los dos años que llevaba haciéndome pajas, nunca me había corrido así,
tan intensa y abundantemente. La doctora observaba admirada, como confirmando lo
que en principio no quería creer: con once años yo ya era todo un hombre.
-Bueno, pues creo que todo está bien. No es muy normal que
puedas eyacular siendo tan joven, pero no hay nada de malo. Los chicos suelen
empezar a hacerlo a los 12 o a los 13 años, pero lo tuyo no es ninguna
enfermedad, simplemente te has desarrollado un poco antes.
-¿Y entonces? –Dije, sin saber muy bien a donde quería
llegar.
-Pues que no tienes nada. Vístete y te puedes ir.
Es la primera vez que cuento esto, pues supe que mis amigos
no se lo creerían. Por aquel entonces era tan ingenuo como para pensar que
aquella doctora simplemente hacía su trabajo, pero con el tiempo supe que en
cierto modo había abusado de mí. No me importa, pues como digo fue el mejor
orgasmo que he tenido en mucho tiempo y disfruté mucho más de lo que pudiera
hacerlo ella. Quiero pensar que simplemente lo hizo por curiosidad, por
comprobar si estaba tan desarrollado como decía. Fuera como fuera, aún me hago
pajas pensando en aquello.