Este relato breve está inspirado en la autobiografía de una
conocida editora de Barcelona en el que cuenta unos hechos que me sorprendieron
cuando los leí. Esos hechos tan sólo hacen referencia a la supresión de una
parte sustancial de la alimentación de las criadas que las familias ricas de la
Barcelona de la posguerra civil se llevaban con ellas de veraneo para que las
sirvieran. Esa supresión, evidentemente la decidieron sus señoras. El resto es
pura ficción.
Habíamos ido como todos los años a veranear al Hotel Hilton
de Sausalito. Nos encontramos como cada año con las mismas familias con las que
coincidíamos año tras año durante nuestras vacaciones de verano en la playa.
Eran todas familias de clase alta, adineradas, ricas, tanto que se traían su
propio servicio. Mi hermana y yo teníamos una doncella para las dos, cosa que a
mí me molestaba un poco porque algunas de nuestras amigas tenían cada una su
propia doncella.
Nunca en la vida me había preocupado por la existencia de
Norita. Ella era nuestra doncella, una muchacha extranjera muy sumisa, que
siempre pedía permiso para todo, incluso para ir a hacer sus necesidades. Era un
ser anodino, del que nunca en la vida me había preocupado. Sabía que vivía con
nosotras porque estaba allí para servirnos en todo lo que le ordenábamos pero
jamás me interesó nada de ella. Si la necesitaba lo único que tenía que hacer
era tocar el timbre o acaso chasquear los dedos y ella se presentaba de
inmediato, le daba las órdenes que me apetecía darle y ella obedecía sin
rechistar.
Siempre tenía todo a punto. Nuestra ropa planchada y ordenada
en el armario, nuestros zapatos siempre brillantes perfectamente alineados en el
zapatero, los bolsos, sombreros, foulards... en fin, todo estaba siempre en su
sitio. Las camas estaban impecablemente hechas. El baño siempre reluciente,
limpio y a punto cuando lo necesitaba. Nos peinaba, nos hacía las uñas, nos daba
masajes... todo, hacía todo cuanto le ordenábamos sin jamás rechistar y siempre
diciendo «sí señorita» y bajando la cabeza humilde y respetuosamente para no
mirarnos a la cara.
Mi hermana y yo no hablábamos nunca con ella salvo para darle
órdenes. Para nosotras Norita formaba parte del mobiliario de casa y el hecho de
llevarla con nosotras de vacaciones la convertía en mobiliario del hotel en el
que mi hermana y yo compartíamos una habitación muy grande, una suite, y Norita,
al igual que hacía en casa, dormía en el suelo, cerca de nosotras por si la
necesitábamos por la noche.
Nos venía muy bien que nuestra doncella durmiera en nuestra
habitación, de esta manera si nos despertábamos en plena noche, como dormía en
el suelo a los pies de nuestra cama, si teníamos la menor necesidad sólo
teníamos que llamarla y al instante estaba dispuesta para atendernos.
Nunca me había preocupado por sus necesidades, ni siquiera
por lo que comía. Yo acababa de cumplir diecisiete años y desde hacía siete que
Norita era nuestra doncella. En esos siete años ni mi hermana ni yo le habíamos
dirigido la palabra si no era para darle órdenes y mucho menos nos habíamos
preocupado de si comía o dejaba de comer. Sólo sabíamos que después de servirnos
en la mesa, cuando nosotras terminábamos, ella, junto a las otras criadas de la
casa, desaparecía discretamente durante unos minutos... y no sabíamos nada más,
ni nos habíamos preocupado de saber nada más. De esos temas de orden doméstico
se ocupaba mamá.
Durante esas vacaciones, como siempre en el lujoso Hotel
Hilton de Sausalito, me di cuenta, por primera vez en mi vida, que Norita
también tenía sus necesidades básicas como por ejemplo comer. Habíamos terminado
de comer nosotras y todas las criadas de las varias familias que coincidíamos
cada año en el hotel, un montón de muchachas como Norita, desaparecieron del
comedor. No sé porqué pero me fijé en aquel silencioso desfile.
Yo necesitaba a Norita para que limpiara mis botas pues
quería salir a cabalgar con una de mis amigas. La llamé al ver que se retiraba.
―¡Norita! – dije en un tono de voz lo suficientemente alto
como para que me oyera a pesar de que ya estaba lejos.
La muchacha abandonó el grupito de criadas y vino a mi
llamada. Como siempre se quedó de pie, con los pies juntos, las manos delante de
su falda y la cabeza inclinada.
―Señorita Mónica?
―A dónde vas? – le pregunté impaciente.
No podía concebir que se marchara. ¿A dónde iban todas las
criadas?
―Iba con las demás chicas del servicio, señorita, nos llevan
a las cocinas y allí nos dan un poco de comer.
―Comer? – pregunté como si la pobre hubiera cometido un
crimen.
Norita asintió sin atreverse a contestarme.
Me quedé como desconcertada. Comer? Comían las criadas?
Menuda impertinencia, yo necesitaba de ella en aquel momento.
Estuve a punto de preguntarle si ella también comía pero me
callé, menuda estupidez, cómo no se me había ocurrido antes? Ellas, las criadas,
también debían comer. Parecía lógico, no?
Cuando mi hermana o yo queríamos algo lo queríamos al
instante y en aquel momento quería que subiera a nuestra habitación y se pusiera
a limpiar mis botas. Finalmente acepté muy a mi pesar que fuese a comer.
―Está bien – concedí un poco molesta porque la constatación
de que ella también comía interfería en mis planes – pero no tardes, tienes que
limpiarme las botas porque voy a salir a montar esta tarde, te doy cinco
minutos... ¡espabila! ¡vete antes de que cambie de idea!
―Sí señorita, muchas gracias señorita, iré muy deprisa
señorita, le agradezco que me permita ir con las demás a comer... si no estamos
a la hora perdemos el turno – me contestó quedándose donde estaba, temblorosa,
esperando por si se me ocurría cambiar de idea.
Hice un ademán con la mano, un gesto imperioso, para que se
fuera. Ella marchó sigilosa hacia la cocina y yo salí a la terraza del hotel.
Fui a sentarme con mi madre que estaba con las demás madres de mis amigas. Una
docena de pomposas señoras que tomaban el café después de haber comido
opíparamente, y que se regalaban una copita de anís para el corazón, según decía
una de las mamás. Mi hermana no estaba, ni muchas de las muchachas, pero sí
estaban algunas de mis amigas. Nos sentamos con nuestras mamás.
Me dejaron tomar un café. No me gustaba pero me lo tomé
porque me hacía sentir importante.
Una sirvienta del hotel trajo una bandeja cargada con los
cafés y las copitas de digestivos. Me fijé en ella. Era morenita y bajita, poca
cosa y parecía cohibida. Me recordó a nuestra Norita. Eso me hizo pensar en que
le había dado cinco minutos para comer. Miré el reloj. Ya habían pasado.
Me giré inquieta para mirar hacia el salón comedor y en ese
momento vi a Norita que regresaba de la cocina y se dirigía a las escaleras –
las doncellas no tenían permiso para subir en ascensor salvo si iban acompañando
a sus señoras o señoritas – en dirección a nuestra suite que estaba situada en
el piso veintiuno.
Me quedé más tranquila y decidí quedarme un rato en la
agradable compañía en la que me hallaba... total, pensé, tiene que subir andando
veintiuna plantas... me da tiempo de sobras a tomarme el café y charlar un poco.
La joven sirvienta del hotel, mientras nos servía, derramó un
poco de café de una taza y salpicó la mano de una de mis amigas que le echó una
bronca monumental.
―¡Estúpida! ¡Ándate con cuidado si no quieres que me queje a
la dirección del hotel y haga que te despidan! – le gritó fuera de sí.
―Discúlpeme señorita, le ruego que me perdone señorita – dijo
la niña a punto de llorar mientras intentaba limpiar con un paño las dos
miserables gotas de café que habían salpicado la fina mano de mi amiga.
La joven sirvienta se marchó llorosa y el pequeño incidente
desató el tema de conversación preferido por nuestras madres: la permanente
ineptitud del servicio, ya fuera del hotel haciendo referencia a lo mucho que
nos cobraban y el pésimo servicio que recibíamos, ya fuera del servicio
doméstico propio..., que si son unas holgazanas... que no les gusta trabajar...,
que si tendrían que besar el suelo que pisamos para agradecernos que las
dejáramos trabajar para nosotras..., que si son unas desagradecidas..., que ya
no es como antes cuando el servicio era fiel, no se quejaba y no daba
problemas... en fin, aquellos tópicos que había oído cientos de veces en boca de
mamá y que yo, al igual que mis amigas, compartía plenamente a nivel general,
aunque si analizaba el comportamiento de Norita, nuestra doncella, había de
admitir que no se ajustaban a la realidad. Pero eso no tenía la menor
importancia.
Desde luego que Norita no era perezosa porque mi hermana y yo
nos pasábamos el día dándole órdenes y no la dejábamos respirar. Además nos lo
hacía todo, absolutamente todo y no se quejaba nunca, y menos aún daba
problemas. Problemas? Bueno, sí. Acababa de contrariarme con eso de que tenía
que ir a comer cuando la necesitaba pero también tenía que reconocer que me
había gustado que la muchacha me hubiese agradecido que le diera permiso... bien
podía habérselo negado, no?
Dejé de comparar los tópicos sobre los defectos del servicio
con las prestaciones que obteníamos mi hermana y yo de nuestra criada.
Probablemente nuestras madres, que sabían más que nosotras, tenían razón, a
nivel general, en sus quejas sobre el personal de servicio.
La conversación siguió girando sobre la problemática del
servicio doméstico hasta que se llegó a la última novedad en ahorro de costes
promovido por un grupo de nuestras mamás y llevado a la práctica este año.
―Bien, entonces estamos todas de acuerdo, verdad? Los precios
del hotel se han incrementado mucho y permitir que las criadas coman un menú
completo como nosotras, aunque el de ellas sea de ínfima calidad, es un exceso
que debemos evitar – hablaba una de las madres de mis amigas y muy amiga de mamá
– por eso hemos acordado con la dirección del hotel que a las criadas se les
servirá un solo plato en la comida y un solo plato en la cena. También hemos
acordado que el plato sea de sopa o de caldo... y en todo caso, como algo
excepcional, aderezado con algún pienso de gachas..., algo nutritivo pero
barato. Nos harán un buen descuento – dijo aquella señora jactándose del precio
conseguido – alguna de nosotras... no diré nombres... – dijo tapándose la boca
para disimular una risita – había propuesto, para evitarnos más dispendio, que a
las criadas se les diera únicamente nuestras sobras... pero consideramos que los
tiempos de la esclavitud habían quedado atrás, ja, ja, ja... – se rió ahora
abiertamente la buena señora y fue secundada por los rumores que profirieron sus
contertulias y que habían ocasionado sus palabras... ¡Ellas no trataban a sus
criadas como si fueran esclavas...! querían decir aquellos murmullos, aunque
bien sabían ellas que sí, que las teníamos en la práctica esclavizadas.
Por primera vez, poco antes, me había dado cuenta de que
nuestra Norita también comía, como cualquier ser humano, y ahora, a consecuencia
de aquella charla, me enteraba qué era lo que comía. Estuve escuchando las
conversaciones de aquellas atribuladas madres hasta que me cansé.
Subí a nuestra suite. Cuando entré vi que mi hermana estaba
durmiendo la siesta, medio desnuda, tirada sobre la cama. Miré a un lado y vi la
figura silenciosa de Norita que ya estaba dando lustre a mis botas. Me sonreí.
Debía estar agotada de subir a pie los más de mil peldaños de la interminable
escalera de servicio.
La muchacha ya había comido... en el tiempo que yo había
empleado en tomar mi café. Pensé en qué habría comido. Una sopa? Unas gachas
hervidas? Yo estaba llena, a reventar... me había comido tres platos y postre. Y
ella?
Nunca me había detenido un solo momento a pensar en Norita y
ahora lo estaba haciendo desde que fui consciente de que la muchacha también
comía. No sé por qué motivo me dio por pensar en ella pero el caso es que de
repente me sentí avergonzada.
Reparé en que no sabía nada de ella. Nada, absolutamente
nada. Nunca en mi vida se me ocurrió preguntarle ni una sola vez cómo se sentía.
Sólo sabía que era mi criada, bueno, de Laura y mía, pues la compartíamos.
Me senté en uno de los sillones, cerca de donde estaba
arrodillada Norita que seguía frotando mis botas con un trapo encerado,
sacándoles más y más brillo.
Seguramente Norita tendría una mamá, y un papá... y
posiblemente hermanos o hermanas. Hacía siete años que estaba entre nosotras y
era la primera vez que caía en la cuenta de que también debía tener una familia.
La echaría de menos? Pensaría en su mamá cuando estuviera triste? En qué día
nació?
Seguramente un día al año sería su cumpleaños, pero yo no
sabía cuando era, nunca me interesó. En nuestras fiestas de cumpleaños se
desvivía para servirnos a nosotras y a nuestras invitadas. Eran esos lindos días
en los que recibíamos muchos regalos, pero jamás se me ocurrió que Norita debía
cumplir sus años y no tenía una fiesta con sus amigas, ni regalos que abrir.
Jamás me había planteado que pudiera llegar a estar triste,
lo único que me interesaba de Norita era que fuera diligente, que me obedeciera
con rapidez. Sólo sabía que era mi criada, bueno, de Laura y mía, pues la
compartíamos.
Mi hermana seguía durmiendo y en ese momento se removió en la
cama. Estiró sus miembros, como desperezándose, pero seguía dormida. La miré y
miré a continuación a Norita que ante el repentino movimiento de mi hermana se
había puesto en tensión.
Norita nunca hacía la siesta. Cuando la hacíamos nosotras
ella permanecía de pie en un rincón, hasta que nos despertábamos. No teníamos
que decirle nada. En el momento que veía que abríamos los ojos se acercaba
sigilosa y disponía nuestras zapatillas sobre la alfombra para que nada más
sacar las piernas fuera de la cama pudiéramos introducir los pies en ellas.
Pensé que aquél gesto nervioso de Norita ante el movimiento
de mi hermana era debido a que temía que pudiera despertarse y debió pensar que
debía dejar mis botas para ir a ponerle las zapatillas. Pareció relajarse cuando
vio que mi hermana seguía dormida como una bendita.
Yo había comido demasiado. Sentí un fuerte retortijón en las
tripas y se me escapó un pedo. Me fijé que Norita había enrojecido. Por primera
vez en mi vida sentí un cierto pudor. Acababa de tirarme un pedo como había
hecho tantas veces en presencia de Norita.
Imagino que para mí no había tenido nunca la consideración de
persona y su presencia quedaba reducida a la de un mero mueble o como mucho la
de un animal doméstico. Jamás había pensado que tirarme un pedo en su presencia
podía ofenderla. Su absoluta y discreta sumisión la hacía prácticamente
invisible para mi hermana y para mí..., pero esta vez sí sentí su presencia.
Haber asistido a la charla de sobremesa con mamá y sus amigas
en el comedor del hotel me había abierto los ojos a la existencia de esos
discretos seres que nos hacían la vida mucho más cómoda. Era como si ser
consciente de que nuestras criadas también tenían necesidad de comer les
confiriese un determinado grado de existencia.
Había sido una mera cuestión doméstica: el ahorro que íbamos
a hacer en la factura del hotel suprimiendo los segundos platos de las comidas
de las criadas, pero ese simple detalle las había hecho visibles para mí.
El pedo que acababa de tirarme me hizo ser consciente de que
yo estaba repleta, saciada de tanto comer y en consecuencia pensé en que Norita
tan solo había comido un ligero caldo. ¿Y en casa? ¿Qué comían en casa nuestras
criadas? Tendría que preguntarle a mamá. Ya tenía diecisiete años y un día, más
pronto que tarde, me casaría y tendría que llevar mi propia casa y tendría que
saber qué debía permitir que comieran mis criadas. Dios, qué problema... me
estaba haciendo mayor.
De repente me levanté como poseída por un resorte y corrí
descalza hasta el baño. El retortijón estaba apretando demasiado fuerte. Me bajé
las bragas, me senté en el excusado y tras varios pestilentes y sonoros pedos
comencé a cagar. Tenía diarrea.
Has comido algo que no te habrá sentado bien, o más
probablemente has comido demasiado, pensé mientras evacuaba los intestinos.
Experimenté un gran alivio cuando me hube vaciado.
Desde que teníamos a Norita que por nosotras mismas no nos
limpiábamos el culo, ¡qué vulgaridad habiendo quien lo hiciera en nuestro lugar!
Cuando iba a cagar hacía que Norita esperase fuera del excusado y cuando
terminaba la llamaba. La buena de Norita entraba sigilosa en el baño, con la
cabeza inclinada respetuosamente y yo me limitaba a levantarme de la taza del
inodoro, me ponía de espaldas aguantándome contra la pared y ella me limpiaba.
Nunca me había preocupado de lo que podía sentir aquella
muchacha por tener que limpiarme el culo. Ella me lo limpiaba con las manos
mojadas y cuando yo salía del aseo ella se quedaba allí para limpiar la taza y
luego limpiarse las manos.
―¡Norita! – llamé.
Segundos después la vi entrar en el lujoso baño de la suite.
Como siempre, mirando al suelo, se acercó. Me levanté y me puse de espaldas,
mostrándole el culo. En el fondo de la taza estaban visibles mis heces
deshechas, desparramadas sobre la loza como en una especie de vómito. A mí no me
daba asco porque eran mías y nunca me había planteado que a Norita pudiera darle
asco tener que limpiarme el culo y luego limpiar la taza, pero esta vez era
diferente. ¿Por qué demonios tenía que haberme enterado de aquellas
insignificancias domésticas relativas a la vida de las criadas? Al hacerlo era
como si de repente fuera consciente de que tenían una existencia
independientemente de que tuvieran que servirnos. Me hizo sentir violenta pero
no iba yo a limpiarme el culo. Toda mi vida lo había hecho ella.
No tuve que decirle nada, no fue necesario. Norita abrió el
grifo del agua caliente del bidé, dejó que corriera un poco, se mojó las manos y
noté sus dedos recorrer la raja entre mis nalgas para limpiarme el ano. La
diarrea había manchado mucho más de lo habitual las nalgas adyacentes a la
roseta y tuvo que prodigarse más a fondo en la higiene.
Miré con disimulo hacia atrás. Sólo podía ver la cabeza de
Norita. Luego sentí cómo me secaba con una toallita y se apartó ligeramente,
como dándome a entender que ya había terminado. Me subí las bragas y salí del
baño. Ella aún permaneció un rato.
Mientras esperaba sentada de nuevo en la butaca, la oí tirar
de la cadena, limpiar el inodoro y lavarse las manos. Regresó, tomó mis botas de
nuevo, se arrodilló y sin mirarme siguió cepillándolas.
Me sentí violenta e incómoda. Ella seguía limpiando mis
botas. Momentos antes me había limpiado el culo, como había hecho toda la vida
desde que estaba a nuestro servicio, mejor dicho, a nuestra disposición, pero
esta vez vi que quien hacía aquella humillante tarea era una persona, una
muchacha un par años más joven que yo, de la misma edad que mi hermana, que
tenía un nombre...
¿Un nombre? ¿Se llamaría Norita realmente? ¿Tendría
apellidos? ¿De donde era? ¿Quiénes eran sus padres, su familia? ¿Cuáles serían
sus sentimientos? ¿Le gustaría jugar?
En ese momento recordé que cuando mamá nos puso a Norita como
doncella, mi hermana tenía ocho años y yo diez. En esa época nos pasábamos el
día jugando y Norita permanecía en un rincón, de pie, con la cabeza gacha,
mirándonos furtivamente, siempre atenta a nuestras órdenes. Siempre le
ordenábamos que nos trajera cosas y ella obedecía siempre en silencio mientras
nosotras seguíamos jugando. Nunca pensamos que ella era una niña como nosotras y
que debía morirse de ganas de jugar como lo hacíamos nosotras.
No nos importaba en absoluto darle cien órdenes seguidas,
aunque a veces fuesen órdenes contradictorias, ella tenía que obedecernos y lo
hacía. A mí me encantaba llamarla para que me alcanzara el vaso de agua que
tenía justo al lado. Tan sólo tenía que alargar el brazo para cogerlo, pero
prefería llamar a Norita, que dejara lo que estuviera haciendo, caminara hasta
donde yo estaba, cómodamente apoltronada, cogiera el vaso y me lo diera. No la
miraba. Bebía y luego, sin mirarla, apartaba mi mano acercándosela y ella sabía
que debía coger el vaso y dejarlo de nuevo en su sitio.
Sabía que se llamaba Norita – no creo que este fuera su
verdadero nombre y que se lo puso mamá porque debía resultarle más fácil o
simplemente porque pensaría que era el más adecuado para la doncella de sus
hijas – porque ese era el nombre que mi hermana y yo pronunciábamos para tener
inmediatamente delante nuestro la discreta y servil figurita con la cabeza
inclinada, esperando nuestras órdenes. Si ya la teníamos allí no volvíamos a
pronunciar su nombre, nos limitábamos a dar las órdenes. Órdenes secas
precedidas por un simple : «¡eh, tú...»! o finalizadas con un no menos simple
«estúpida».
Podíamos estar mi hermana y yo hablando de nuestras cosas, de
nuestros juegos, de nuestras amigas, de nuestros pequeños problemas y
utilizábamos infinitos registros en nuestra voz, en la modulación que dábamos a
nuestras frases, para mostrar alegría, miedo, serenidad, vergüenza, pasión... lo
que fuera, pero si queríamos ordenar algo a Norita nos limitábamos a emplear un
tono seco, duro, funcional... humillante, y lo hacíamos de una manera
automática, estábamos acostumbradas a ello, era nuestra manera de relacionarnos
con nuestra criada.
Mi hermana seguía durmiendo. Creo que había bebido un poco de
vino, por eso dormía tan profundamente. Norita seguía cepillando mis botas.
Hacía mucho rato que era imposible extraer más brillo de su negro cuero, pero
ella seguía cepillando porque yo estaba allí y no le había dado otra orden ni le
había dicho que era suficiente.
Escuché un ruido y miré hacia mi hermana. Era un ruido
extraño, un ruido al que no estaba muy habituada. Pensé que serían imaginaciones
mías. Entonces lo volví a oír y me di cuenta de que provenía de Norita. La miré
pero ella siguió con la vista clavada en mis botas. Volví a escuchar ese ruido.
Estaba claro. Eran las tripas de Norita. Estaban rugiendo.
Pensé en lo que nuestras mamás habían decidido: era un
exceso, un gasto superfluo que las criadas comieran como nosotras, un lujo que
no debíamos pagar. Se les suprimiría el plato fuerte de la comida y la cena y
así nos saldría la estancia más barata. Era una decisión impecable, pero sentí
cierta vergüenza. Yo acababa de comer tres platos y postre y ella... qué había
comido Norita?
―Tienes hambre?
Por un momento no fui capaz de reconocer mi propia voz, y
ella, de entrada, tampoco se dio por aludida y no hizo ni ademán de mirarme
porque seguramente era incapaz de imaginar que me estaba dirigiendo a ella, que
la estaba hablando. Era cierto, le acababa de preguntar si tenía hambre y en un
tono dulce, como preocupado, en lugar del habitual tono seco y despectivo.
Repetí la pregunta sin saber porqué. Probablemente sentía
vergüenza de lo que me había enterado.
―Tienes hambre, Norita? – esta vez añadí su nombre al final
para que supiera que me estaba dirigiendo a ella.
La pobre muchacha se puso roja de vergüenza. Levantó su
carita y me miró de hito en hito. Yo la miraba a ella. No sabía por qué se me
había ocurrido hacerle aquella pregunta. Vi que asentía con la cabeza y luego
seguía cepillando mis botas.
―Un poco... sí – murmuró apenas perceptiblemente mientras se
dedicaba a frotar mis botas con más brío, como si quisiera compensar con mayor
trabajo y dedicación la osadía de aceptar que estaba hambrienta.
Me levanté y anduve descalza hasta la sala de estar de
nuestra suite en la que disponíamos de una nevera pequeña. La abrí y cogí un
bollo de chocolate que mi hermana y yo devorábamos a todas horas, uno de esos de
pastelería que van envueltos en celofán, individualmente. Volví a mi asiento, me
senté y se lo arrojé. Ella estaba de rodillas, sentada sobre sus talones y el
bollo cayó en su regazo. Me miró sorprendida.
―No le digas nada a nadie, y menos a mi hermana. Aprovecha
que aún duerme y cómetelo – le dije de un tirón.
Sabía que Norita le tenía verdadero pánico a Laura. Mi
hermana parecía disfrutar haciéndola llorar. Cuando la reñía la hería con saña,
humillándola al hacer que se arrodillara. Incluso alguna vez le había pegado,
como aquella vez en que le arrojó sus zapatos de fiesta a la cara y le hirió el
labio con uno de los tacones al golpeárselo. Norita temblaba ante mi hermana.
La muchacha dejó mis botas en el suelo y cogió el pequeño
bollo. Volvió a mirarme y vi que estaba llorando. Inclinó su cuerpo y se puso a
besarme los pies descalzos. No dije nada. Dejé que me los besara. Me sentía
bien.
―Gracias señorita Mónica, se lo agradezco de todo corazón,
señorita Mónica.
Después sacó el bollo de su envoltura de plástico y
desapareció en su boca con tres o cuatro bocados. Masticó deprisa, como si
temiera que de un momento a otro le prohibiera seguir comiendo, que no se
tratara más que de una broma de mal gusto por mi parte, para reírme de ella.
Se limpió con el dorso de la mano las comisuras de los labios
y con el dedo recogió las cuatro migas que habían caído en el suelo y también se
las llevó a la boca. Mi miró un segundo para dedicarme una mirada llena de
agradecimiento. Luego siguió cepillando mis botas.
Lukasses
lukasses@terra.es