EL HIJJO DEL JEFE DE MI ESPOSO.
Juan me cayó pésimo desde el principio. Ya tenía serias
reservas con respecto a él incluso antes de que mi esposo me dijera que el hijo
de su jefe había terminado sus estudios en no sé que universidad norteamericana
y que se integraría a la oficina con el cargo de Gerente de Proyectos. Es un
chico brillante y se ha titulado con todos los honores, añadió, tal vez con la
oculta necesidad de justificar ante mí el que un mocoso de veinticinco años
estuviera a punto de convertirse en su superior inmediato y, por consiguiente,
empezara a darle órdenes, enmendar su trabajo y hasta felicitarlo si así lo
consideraba conveniente. Mi fastidio era mayor dado que yo sabía que Luis
aspiraba a ese cargo, es más, sin duda alguna lo merecía luego de veinte años en
la compañía realizando una labor impecable y no exenta de sacrificios, léase
muchas amanecidas, y fines de semana en la oficina, afinando un proyecto,
dejándolo a punto con la excelencia y profesionalismo que siempre lo
caracterizó. Cuando el anterior Gerente se jubiló Luis no pudo menos que
decirme, exultante, durante el desayuno: esta vez es nuestro turno, cariño.
Pero pasaron las semanas y el turno de Luis no sólo no
llegaba sino que yo no podía dejar de notar que cada vez volvía más malhumorado
e impaciente. Yo trataba de complacerlo y me esforzaba en atenderlo y
adelantarme a sus deseos para que, por lo menos en casa, pudiera encontrar un
poco de reposo y tranquilidad. Pero no soy tonta y pronto sospeché que el cambio
de ánimo se debería a un problema laboral. Opté por lo que me pareció más
inteligente, llamé por teléfono a su secretaria.
En realidad la cosa había sido mucho más seria de lo que yo
suponía. Juan ya se encontraba trabajando allí y a Luis le habían pedido su
renuncia antes de que él llegara. Me quedé de una pieza...¡le habían pedido su
renuncia...! Pero gracias a Dios todo se resolvió bien, me dijo la secretaria
por teléfono, y la verdad es que tú tienes tu pedacito de mérito en la solución
jejeje, me confió con un tono cómplice. No podía creerlo, a Luis le habían
pedido la renuncia así no más, sin dudar un instante, sin considerar los
sacrificios hechos durante todos estos años y su eficiencia. Sencillamente lo
echaban de una patada para hacerle un espacio al imberbe del hijito del dueño,
le decían en su cara lo prescindible que era, lo absolutamente irrelevante que
les resultaba que estuviera o no y lo fácil que era para la compañía
reemplazarlo. Pobre Luis, ¡Dios! como sufrí con esa noticia. Con el auricular en
la mano pensaba en el entusiasmo con que Luis inició su carrera y lo importante
que era para su ética profesional, el ser siempre un empleado leal y dispuesto a
darlo todo por la firma. La empresa es como nuestra madre, me decía en esa
época, es quien nos permite comer y desarrollarnos, y nos ubica en la sociedad,
debemos retribuirle con esfuerzo y con excelencia, porque ella nos hace personas
respetadas y nos permite prosperar. Yo, que entonces era sólo una chiquilla, ya
que mi marido es 12 años mayor que yo, no podía menos que suscribir esas ideas y
lo abrazaba y me sentía feliz de estar con un hombre como él. Ahora lo echaban
sin contemplaciones ¿dónde iría a conseguir otro empleo a sus cincuenta años de
edad? ¿con que estipendio lo humillarían? ¿en que puesto insignificante lo
colocarían para empezar de nuevo desde cero? No podía menos que sentirme
indignada y resentida por el poco valor que le daban a mi marido después de toda
una vida de servicios y el objeto de mis resentimientos fue, de inmediato, Juan,
el hijo del dueño.
Gracias a Dios Juan, el nuevo Gerente de Proyectos, es una
persona noble, comprensiva y de buen gusto, continuaba Gladis explicándome todo
por teléfono. De inmediato se opuso al despido del ingeniero y él mismo en
persona fue a hablar con él, me contaba probablemente feliz de poder chismearme
hasta el último detalle de lo ocurrido. Yo pude escucharlo todo y hasta verlo,
continuó, porque dejó la puerta de la oficina abierta. Se disculpó con tu marido
e incluso le dijo que si se iba, él también tendría que renunciar porque no se
sentía capaz de dirigir el departamento sin su ayuda, que conocía de sus méritos
y que contaba con él para sacar todo adelante ¿te imaginas? Luego cogió tu foto
de su escritorio, ya sabes, esa en la que estás con el traje sastre ese tan mono
que te queda tan bien, ese que a ti no te gusta porque dices que la falda es muy
alta y muestra mucho tus muslos y que el saquito pronuncia tu busto, bueno, ese
pues. Felizmente el ingeniero no te hizo caso y sigue allí sobre su escritorio
porque te puedo asegurar Lucia que Juan se enamoró inmediatamente de ti ¿pero
quién es esta señora tan hermosa? Preguntó ¿puedes creerlo? Te aseguro que
tienes un nuevo admirador querida, no me diga que es su esposa ingeniero,
añadió, debe ser modelo, es sin duda la mujer mas hermosa que he visto en mi
vida, no se hable más, usted no se puede ir así, no lo permitiremos, es más,
considero que se merece un aumento, imagínate Lucia, ¡que maravilla! ¿no es
cierto? Dios sabe lo que hace y ahora el ingeniero no sólo sigue en su puesto
sino que además con un aumento, yo creo que tú deberías decirle que a mí también
deben de darme un aumento ¿lo harás, querida? Seguro que sí ¿no es cierto?
De modo que cuando Luis me informó con el tono más
indiferente que fue capaz de adoptar que el indeseable de Juan era el nuevo
Gerente de Proyectos yo tuve que hacer un gran esfuerzo para sonreír y decirle
cuanto me alegraba que un chico de tanto mérito se integrara a la empresa, su
padre debe estar muy orgulloso, añadí. Por supuesto, en casa no se volvió a
hablar de nuestro "turno" ni de nada parecido.
Después de eso las cosas no volvieron a la normalidad y Luis
continuó mostrándose arisco y desganado en todo. Si a lo ocurrido se suma su
edad, no es de extrañar que su ímpetu sexual decayera y que se mostrara
desinteresado al respecto. Yo sabía lo que ocurría, de manera que intentaba
mostrarme comprensiva y evitaba ser exigente. Muchos matrimonios fracasan por
falta de paciencia, me decía.
Sin embargo mi paciencia tuvo una prueba cuando Luis empezó a
llegar tarde de la oficina, alegando que era por trabajo, y se convirtió en
disgusto cuando empezó a aparecer oliendo a licor. Al principio no me quejé,
pero luego no pude menos que reprocharle su actitud. No es nada, me dijo, solo
una copita con Juan después del trabajo, me relaja y además dejamos a punto la
agenda del día siguiente. Pronto Gladis me informó, encantada, que Luis y Juan
eran buenos camaradas y que todo el mundo comentaba lo bien que se llevaban y
que andaban de arriba abajo no sólo en la oficina sino también fuera de ella.
Bueno, esto yo ya lo sabía, pero no me imaginaba el nivel de complicidad que
habían alcanzado por lo que me sorprendí un poco. Yo creía que Luis seguiría
viendo al hijo de su jefe como a un enemigo o por lo menos un advenedizo al que
hay que soportar, pero que no merece respeto ni consideración, menos
camaradería.
Las cosas llegaron a su colmo un sábado en que Luis salió
temprano para la oficina y a las 12 de la noche todavía no regresaba. Lo llamé
varias veces a su teléfono celular pero siempre me contestó la grabadora. Llamé
a la oficina y el guardián me dijo que desde el medio día no había ni un
empleado allí. Para esto eran las dos de la madrugada y yo me hallaba
francamente asustada, no tuve mejor idea que llamar a la policía para reportar
una desaparición, pero la persona que me contestó me informó entre bostezo y
bostezo y con muy mal humor, que la policía no podía hacer nada sino hasta una
vez transcurridas 48 horas desde la desaparición del interfecto. Le grité
¡ineptos! Y le tiré el teléfono. No sabía que hacer ni a quien acudir, salí a
esa hora y tomé un taxi hasta una clínica de emergencias donde, sabía, llevaban
a accidentados en las pistas que no eran reconocidos, pero no había nadie con su
descripción. Volví a la casa, eran ya las cuatro de la madrugada y yo me
encontraba bañada en lágrimas, levanté el teléfono y llamé a mi mamá, sentí su
voz preocupada al otro lado de la línea ¿aló, aló? ¿hay alguien allí? Pero no
tuve valor para contestarle ¿qué le podía decir? Ella no podría ayudarme y sólo
conseguiría angustiarla, colgué sintiéndome peor. Se me ocurrió llamar a Gladis,
a ella si podría confiarle lo que ocurría, me disculparía por la hora y le diría
que me ayude, podía confiar en ella. Me contestó de inmediato, pero no me
escuchaba bien a pesar de que yo le gritaba, evidentemente no estaba en su casa,
parecía estar en una discoteca o por lo menos en una fiesta, por fin me
reconoció pero no entendía lo que yo le decía y no pude adelantar nada. Al final
sólo me dijo a gritos que Juan estaba perdidamente enamorado de mí y que incluso
a ella le había dicho personalmente que nunca había visto a nadie con unas
piernas como las mías ni un par de tetas semejante, y que no tenía dudas de que
yo debería tener el culo más sabroso del mundo. Prepárate Lucía, remató, porque
vas a ser su mujercita. Evidentemente estaba borracha, era imposible que el
Gerente de Proyectos de la empresa e hijo del dueño se expresara con una
secretaría, en una forma tan vulgar de la esposa de un funcionario de tanto
nivel como mi marido. Me hice la que no había escuchado nada sabiendo que una
vez pasada la borrachera, al recordar esas palabras se sentiría pésimo. Se
despidió de mí agradeciéndome por su aumento.
Luis llegó oliendo a licor y a perfume barato cuando ya casi
amanecía. Unas manchas de rouge adornaban el cuello de su camisa. A mí ni
siquiera me quedaban lágrimas en los ojos. Me fui a dormir al cuarto de
huéspedes sin decir una palabra.
El día siguiente tuvo un inicio penoso. Ninguno de los dos
sabía como abordar los hechos y nos encontrábamos en un callejón sin salida. Le
dejé el desayuno servido y me fui al gimnasio, estuve en los aeróbicos horas
hasta quedar literalmente hecha papilla y bañada en sudor. Confieso que coqueteé
un poco con algunos chicos que antes me habían hecho insinuaciones que yo
siempre ignoré. Ahora las provocaba, era mi forma de vengarme, sé que infantil,
pero no me importaba, estaba furiosa, a mí me tenía postergada sin tocarme hacía
meses y sabía Dios con qué clase de furcias habría estado divirtiéndose toda la
noche, ¡esa era la razón por la que no me tocaba, pues! Me dirigí al cuarto de
las pesas y me puse en posición de perrita a levantar con las piernas pesitas
para fortalecer los glúteos, detrás mío se puso un chico jovencito, tendría a
los más unos veinticinco años, por el espejo al frente mío pude ver como me
observaba el trasero con descaro, sin ninguna vergüenza, que fresco que es,
pensé, fue inevitable que lo asociara con Juan, recordaba lo que me había dicho
Gladis, allí si que tendrías un escarmiento, me decía conversando mentalmente
con mi marido, me gustaría saber qué te parecería sin me tiro a ese chiquillo
¿crees que no puedo? Para que lo sepas se muere por mí, pregúntale a Gladis, sí,
tu secre, ella está al tanto de todo. Cambié de pierna, el chico detrás de mí
estaba sentado con las piernas abiertas trabajando sus pectorales, me di cuenta
de que tenía una gran erección y que no se molestaba en ocultarla, al contrario,
me sonrió con descaro. Me pareció que había exagerado y que podía meterme en un
problema. Si el mocoso ese me abordaba y yo lo rechazaba, como sin duda haría,
podría reaccionar mal al considerar que yo lo había estado provocando,
divirtiéndome con él. Me pareció preferible ir a casa de inmediato, por lo que
salí así como estaba, toda sudada, con las mallas pegadas y el top casi
traslúcido de lo mojado que lo tenía, dado que estaba sin sostén, como parte de
mi venganza, los pezones se me marcaban. Por las pocas cuadras que separaban el
gimnasio de mi casa todos los hombres con quienes me crucé me miraban fijamente
los senos y una vez que pasaban volteaban a mirarme el trasero, algunos me
dijeron alguna cosa subida de tono, pero yo me sentía bien, incluso debo
reconocer que algo excitada.
Una vez en casa me di con la sorpresa de encontrar a mi
marido con un joven, evidentemente el tal Juan, me dije. Durante un segundo me
sentí avergonzada de que me encontrara en esas fachas, una cosa era coquetear
con desconocidos y otra con este imberbe y delante de mi marido todavía, pero de
inmediato me repuse y decidí no dejarme intimidar por nada, si había alguien
ofendida allí era yo y ahora verían de lo que era capaz. Juan se presentó
respetuosamente y se puso de pie para hablarme acercándose unos pasos dejando
atrás a Luis sentado en el sillón impidiéndole verle la cara mientras me
hablaba. Una vez en esa posición se tomó la libertad de fijar su mirada en mis
senos, o más precisamente en mis pezones, mientras me hablaba con una sonrisa.
Creía que podía avergonzarme, pero yo estaba demasiado lanzada para dejarme
ganar por un mocoso idiota. Lo primero que quisiera es presentarle mis excusas,
señora, comenzó a decir con una sonrisa sin quitar la vista de mis pezones, soy
el único responsable por lo ocurrido anoche...Mire, jovencito, lo interrumpí, mi
marido ya es una persona mayor y no necesita que venga nadie a hacerse cargo de
sus torpezas, no estaba dispuesta a dejarme envolver en una verborrea estúpida
por ese atorrante ¿creía que me podía desarmar mirándome con ese descaro? Pues
ya iba a ver que clase de mujer tenía al frente. Él se quedó callado un segundo,
aparentemente sorprendido, a ver si se te quita el modito de andar, pensé, o de
mirar mejor dicho mocoso imberbe, y bajó la vista más abajo del top, por mi
abdomen desnudo, hasta detenerse en mi ombligo, sentí una especie de escalofrío
y una involuntaria contracción, mis músculos abdominales se pusieron duros y sin
darme cuenta crucé los brazos sobre mi barriga. Tiene razón, continuó, yo sólo
debo disculparme por lo que a mí me corresponde, dijo sin retirar la vista de
allí, Luis, sentado atrás en el sillón, guardaba silencio. Felizmente el momento
de debilidad pasó y más bien me invadieron nuevos bríos, de modo que retiré mis
brazos y puse las manos sobre mi cintura en una actitud retadora, a ver,
atrévete a mirar, pensé, sentí que una gota de sudor resbalaba desde uno de mis
senos surcaba mi barriga por el medio lentamente e iba a posarse en mi ombligo
delante de la atenta mirada de Juan, pero yo seguía inmutable, seria, él miraba
desplazarse la gota de sudor y yo lo miraba a los ojos sin amedrentarme, sin
sentirme amilanada. De pronto dijo, vaya, tiene una zapatilla desatada, no se
moleste, yo me ocupo, y antes de que pudiera evitarlo puso una rodilla en tierra
y se dispuso a atarme la zapatilla. Yo no quería ni mirar a Luis, sólo atiné a
decir en un susurro apúrese...por favor. Aflojó el pasador y volvió a ajustarlo
en sus ojales, yo sentía su mano en mi pie sobre la zapatilla y no podía evitar
cierto embarazo, por favor...dese prisa, insistí. De pronto me di cuenta de que
me estaba observando el trasero por el espejo del costado y ni siquiera se
tomaba la molestia en evitar que yo lo notara, de hecho parecía estar esperando
que lo hiciera pues apenas vio que me había dado cuenta susurró: es hermoso.
Inmediatamente se puso de pie, pero al hacerlo me tocó levemente la pantorrilla,
fue un suave roce nada más, no me la cogió, fue sólo la yema de uno de sus
dedos, pero como la maya llegaba sólo hasta debajo de la rodilla la tenía
desnuda y fue suficiente para que ocasionara una descarga eléctrica que casi
hace que me siente en el piso, las piernas se me aflojaron, la corriente
eléctrica subió desde mis pantorrillas por mis muslos hasta mis glúteos y de
allí pasó a mi entrepierna que estalló en un mar de agua con olas y tempestades,
sencillamente sentí que me inundaba, que las bragas se me empapaban y pensé que
todo ese líquido se escurriría a través del calzón y las mayas y chorrearía
hasta el piso delante de mi marido y, peor aún, delante de este mocoso
insolente. Bueno señora, retomó la palabra como si tal cosa mirándome por un
segundo a los ojos, espero que acepte mis excusas, le aseguro que son muy
sinceras, volvió a bajar la vista hasta mis pezones, yo pensé que los tenía
duros como clavos y que en cualquier momento atravesarían el top y saldrían
libres pidiendo a gritos que los succionen a vista y paciencia de todo el mundo.
Pero no atinaba a nada, tenia los labios resecos, el ceño ligeramente fruncido.
Sin proponérmelo, no sé como, mi lengua salió de mis labios medio abiertos y los
recorrió en un intento por refrescarlos, me sentí tan avergonzada de que él
pudiera malinterpretar ese gesto que me puse muy roja y no tuve más remedio, por
primera vez, que bajar la vista, el cerquillo cayó sobre mis ojos ocultándolos
por un instante, volví a levantar la mirada pero ya había visto la poderosa
erección que abultaba su pantalón. Sin decir más, Juan se despidió de los dos y
se fue de allí dejándome parada en medio de la sala.
Ni siquiera volteé a mirar cuando se iba, pero sentí que
antes de cerrar la puerta su mirada se posaba en mi trasero, fue una sensación
tan viva que casi doy un respingo porque me pareció que su mano me los recorría
de arriba abajo, pasando el dedo medio por donde se unen los glúteos. Oí el
ruido de la puerta y levanté la mirada del piso para ver a Luis, seguía mudo,
fui hasta él y me puse de rodillas en el piso apoyando mi cabeza y una de mis
manos en sus muslos, te amo, musité, yo también te amo, me dijo, una mano empezó
a acariciarme el cabello y la mejilla, levanté la cabeza, le bajé el cierre del
pantalón y saqué su pene, tenía una erección como hacía tiempo no le veía, tenía
el miembro grueso y duro, saqué la lengua y lo lamí desde los testículos hasta
el glande, lo hice lentamente, una y otra vez, luego me lo metí en la boca, lo
chupaba con conciencia, me sentía puta, lo hacía con gusto y feliz de sentir
cuanto lo estaba disfrutando, intenté metérmelo todo hasta el fondo, pero me
atoraba, me llenaba la boca, de pronto él se puso de pie, me cogió de los
cabellos y llevó mi cabeza hacia atrás mientras se manipulaba el pene, me dijo
abre la boca putita y yo obedecí, un primer chorro de semen salió disparado con
fuerza e impactó en mi rostro cruzándolo desde el ojo izquierdo hasta la
barbilla, una parte se introdujo en mi boca. Un segundo chorro cayó directamente
dentro de mi boca, otro más me impactó en el pómulo y desde allí resbaló hacia
abajo. Yo intenté recoger todo lo que pude con mi lengua, pero una parte cayó
sobre mis senos, increíblemente recorrió mi seno hasta la punta del pezón y allí
quedó colgando, estirándose hacia el suelo. Abre la boca, escuché que me decía,
me miraba el semen dentro de la boca con placer y con un rostro indescriptible,
ahora trágatelo, me ordeno, yo lo hice obedientemente, era la primera vez que lo
hacía y me hizo sentir renovadamente excitada, después me volvió a meter el pene
en la boca hasta que se lo dejé bien limpio.