Tiesa
Fue de lo primero que Rosalía se dio cuenta cuando despertó
esa mañana.
Esa noche de domingo ella había sabido admirar en la pantalla
del televisor a su galán preferido; esto, incluso con los sordos ronquidos del
marido a un lado. Cuando la emisión llego al fin, se acurrucó hacia el costado
derecho de la cama, rodeó con sus brazos y pies una larga almohada, cerró los
ojos, emitió un último fantasioso suspiro, y se durmió.
Tuvo sueños agitados que, dibujándole una sonrisa (sin varios
dientes), terminaron por hacerla atravesar esa tácita barrera que era el pliegue
central de las sabanas. Esa frontera, construida tras (demasiados) largos veinte
años de matrimonio, era expresión sintética de los sentimientos de Rosalía
respecto de su cuerpo: algo que debía mantenerse siempre en otro lado.
Sin embargo, dormida, una no sabe necesariamente lo que se
está haciendo, y, quizá por que los sueños eran lo suficientemente sugestivos o
por mera casualidad terminó rodeando con brazos y piernas no esa flaca almohada
si no que al igual de gastado de su marido.
Abrazándolo de esa manera, contorneando su abultada figura
con la de él, y probablemente mojando su pecho con hilos de baba que caían de su
boca abierta, prosiguió recorriendo los rostros ajenos de figuras televisivas;
rostros que por ajenos, resultaban realmente apetecibles, que por ajenos
resultaban la única fuente de excitación frente a una raída realidad. Embarcada
en esos suspiros, y sintiendo, sin saberlo, un cuerpo que resultaba extranjero a
toda consideración, Rosalía sintió una dureza que la incomodaba de forma
agradable. Es misma dureza, proveniente de la vida real, la hizo ir acabando (el
sueño).
No quiso reconocerla, pese a que había sido ella la que la
había despertado. No quería, quizá por intuición sobre lo que le deparaba la
mañana, o quizá, por simple costumbre de lo que le había deparado el ayer. Menos
aún quiso reconocerla cuando, retomando uno a uno los sentidos, fue sintiendo en
brazos y piernas un frío poco acostumbrado. Adentrándose sin vuelta atrás en la
vigilia fue dominando el frió, negando la dureza; ese frío que dormía próximo a
ella, ese frío que era su marido.
Entre el temor del frío y la confusa dureza fue corriendo su
espalda hacia el borde de la cama. Sintió primero una de sus nalgas que entraba
en contacto con el vació y luego su pierna derecha que salía del refugio
doblándose hasta tocar con la punta del pie el piso de madera. Sintió después,
siguiendo como autómata la rutina de otros días, su torso que, apoyándose en
ambas manos, se levantaba. Luego la pierna izquierda y el inocente jugueteo de
los pies en busca de sus pantuflas.
Jugueteo que, en la oscuridad, demoraba en ganar; no quería
prender la luz ni tampoco buscar con más ahínco. Todavía tardó unos instantes en
sentir las escasas pelusas que recubrían el plástico de un rosado sucio, aún
otros más en ponérselas y finalmente levantarse.
La suya era una casa de dos pisos. Dos dormitorios en el
segundo, uno a cada lado de la empinada escalera. Un baño, dos o tres metros
cuadrados por cocina, y un living-comedor, su humilde orgullo; todo esto en el
primero.
Se deslizó hacia la planta baja, abrió la puerta de la cocina
para salir al patio dispuesta a prender el calefón y ducharse
Oyó el chasquido del fósforo que se resistió a prenderse,
casi como solidarizando con una situación que, bien mirada, no daba pie para
seguir con la rutina; sin embargo, bien mirado también, un fósforo no es nadie
(o nada) para tomar decisiones.
Una vez que sintió el temblar del cálefon pudo desvestirse de
una larga camisa de dormir celeste, de ese celeste que sirve tanto a recién
nacidos como ancianos, de sus anchos calzones blancos y entrar a la ducha.
Tanto las baldosas como los primeros chorros de agua la
hicieron sentir frío unos instantes; pero el vapor la fue abrazando de manera
tenue y efectiva, hasta rodearla completamente. Se recorrió con el jabón, se
recorrió sus gruesos brazos cansados, se recorrió su muslos, sus abultados
pechos caídos, se enjabonó la espalda sintiendo el susurro del vapor en su
cuello, sintió el agua que caía desde la nuca, cruzaba los hombros, transcurría
por el vericueto entres sus senos, y de ahí seguía hacia abajo, goteando en su
entrepierna.
Todo este cuerpo que le era ajeno el resto del día, pero que,
en la soledad de la ducha no podía evitar sentir, mirar, tocar. Pero que, en esa
soledad, no podia…
Antes de entrar había puesto el hervidor así que tomo una
taza, puso una bolsa de té y, mientras este se cargaba y enfriaba un poco, buscó
un par de marraquetas que habían quedado de la once. Las abrió, las unto con
margarina, y puestas en plato, se aventuró devuelta a la cama, equilibrando en
su ascenso un plato en cada mano.
Abrió la puerta de su pieza, dejó el te y el pan en su
velador y, como era verano, en vez de prender la luz prefirió abrir la cortina
para que entrara el sol. Afuera estaba todo tan tranquilo que quiso sentir el
aire y abriendo la ventana se quedó una rato mirando como paseaban los primeros
transeúntes por el pasaje.
Se volvió a sentar en su costado de la cama, que entretanto
se había enfriado y comenzó a beber pequeños sorbos de su té. De alguna manera
era grato ese silencio que no conocía. Cuando no era la cansada respiración de
su marido, era el tragamonedas de la esquina que se levantaba con los pajaritos;
pero ese día podía tomarse cinco minutos más, tan sólo para terminar su taza de
té, ver como en su plato quedaban tan sólo un cuantas migas, presionarlas
levemente con los dedos y llevárselas hasta su lengua hasta que el plato quedará
completamente vacío. Sólo entonces, con la taza y el plato vacío, y con el
silencio ya interrumpido por el chirrido del almacén, valía la pena darse vuelta
hacia el marido.
La intuición era evidente, pero buscó con dos dedos, el
índice y el corazón, los latidos de este último: era evidente que nada. Presionó
fuerte, muy fuerte, en límite romper la garganta como si atravesándola fuese a
encontrar algo del otro lado. Luego de un tiempo, nunca supo cuanto, se dejó
caer de nuevo en la cama y dormitó aún el resto de esa mañana.
Cuando quiso despertar supo que debía comenzar a tomar
algunas decisiones; no era el momento de desesperar, pero si había que hacer
algo. Bajó de nuevo las escaleras, volvió a prender el cálefon y llenó una de
las ollas con agua caliente. Tomó una de sus esponjas de baño y subió tratando
de no mojar la escalera bajo sus pies.
Al entrar de vuelta a la pieza se permitió mirar unos
instantes al marido que había muerto esa noche, y le pareció hasta tierno,
acostado ahí, acostado por última vez. Se acerco por el lado de él, hizo espacio
en el velador sacando unas revistas deportivas y colocó la olla.
Entonces se volvió hacia él y comenzó con dificultad a
levantar la camiseta blanca, sin mangas, que él ocupaba para dormir. Claro, una
cosa había sido vestir todas las mañana a su hija, hasta los nueve años, y otra
diferente levantar un peso muerto de ochenta y cinco kilos. Cuando le pasó las
manos por la espalda para abrazarlo y así poder sentarlo, pensó que su plan de
limpiarlo y vestirlo antes de llamar a nadie no era tan factible después de
todo.
Con esfuerzo, cerrando su cuerpo sobre él y luego tirándose
hacia atrás, logró sentarlo. Descansó un poco, el mismo esfuerzo físico la había
acalorado y necesitaba tomar un poco de aire, aún incluso si sosteniendo al
marido erguido, no era tan fácil descansar como ella hubiese querido. Después de
inhalar y exhalar profundamente un par de veces, pudo sacarle primero un brazo,
luego el otro y finalmente la cabeza para dejar a un costado, en suelo, esa
última camiseta.
Cuando por fin estuvo recostado de nuevo, el cuerpo, con el
torso desnudo y la cabeza apoyada en la almohada, Rosalía empezó a frotarle
lentamente con la esponja húmeda. Primero, el pecho, el cuello, después las
axilas y los brazos, y al final la cara y el bajo vientre. Todo esto con la
calma que da el no tener a donde ir, como queriendo reconstruir algo que no
existió. Mientras mojaba el cuerpo de su marido iba cerrando su cabeza a los
pensamientos angustiosos que, bien mirado, la querían acosar y dejándose llevar
por el agua, por el calor del agua, por el roce de sus dedos con los vellos de
su marido que se enredaban entre sí alargando más aún la maniobra de limpieza.
El agua ya estaba fría cuando termino su primera parte del
cometido y levantó las sabanas para continuar hacia abajo: entonces algo cambió.
Ya la había intuido, incluso ya la había sentido, ya la sabía
cerca de ella; pero verla ahí, luchando contra el calzoncillo de su extinto
dueño la turbo de alguna manera. Por unos momentos su turbación pareció
afectarla tan sólo a ella y no a sus manos que prosiguieron desnudándolo, otra
vez con problemas por que la verga tiesa oponía resistencia a ser desnudada, a
ser expuesta en la cama donde yacía muerto su dueño.
Fue esa misma resistencia la que hizo que la turbación de
Rosalía bajara de su cabeza, recorriera su cuello y se expandiera por sus brazos
hasta hacer tiritar sus manos. Extrañamente excitadas, estas se introdujeron en
el calzoncillo y apretaron con fuerza, con la misma fuerza que esta había
revisado los latidos de él, la verga tiesa del ex-marido de Rosalía.
Entonces una de ella, la izquierda, bajó los calzoncillos
mientras la otra manoseaba ese pene erecto, como queriendo correr una paja que
nunca llegaría a salir. Con esa misma mano izquierda busco a tientas la esponja
dentro de la olla, los ojos fijos en la punta del glande, en esa línea que la
hipnotizaba, y procedió a mojarla, la verga, tal como había hecho con el resto
del cuerpo.
Con la misma izquierda, parece que la única mano que parecía
capaz de separase del falo, con un movimiento rápido se hizo caer la toalla que
la cubría, y se encaramó entre medio de las piernas del fina’o. Buscó sentir con
sus pechos, entre sus pechos, con los pezones, con todo, el falo erecto que la
consumía. Aún cuando buscaba apretar con sus dos pechos esa verga tiesa que se
le tendía, no dejaba nunca de agarrarla con la mano derecha, de masajearla, como
si esa mano fuera la parte mas egoísta de su cuerpo y no quisiera compartir con
el resto de este esa dureza suave, o como si fuera la parte mas valiente de su
cuerpo y supiera que si esa mano la soltaba, el resto de su cuerpo se retiraría.
Entonces la vio, la sintió a centímetro suyos y se decidió a
probarla, un poco tan solo, por simple curiosidad, por simple excitación.
Sosteniéndola con la mano, se la llevo a la boca y, como hacía esto sólo para
ella, pudo castigarla con los dientes, morderla, saborearla completamente y
hasta casi arrancarla de cuajo.
Levantó entonces la vista hasta encontrase con la cara de su
muerto marido: supo entonces que no podía ser ese hombre el que le estaba dando
placer, no esa mierda de hombre. Supo también lo que tenía que hacer.
Soltó la verga, lo que hacía eliminar la hipótesis de la
valentía, y de rodillas en la cama se dio vuelta dándole la espalda al cuerpo
muerto. Se puso de pie, y sentándose como lo hacen las mujeres para cagar, fue
apuntándole con su chocho a la verga enhiesta. No siendo una amante consumada,
la operación le tomó todavía unos momentos a Rosalía y le costo a la verga unos
golpes y dobleces nada placenteros. Golpes y dobleces que, de estar el marido
vivo, lo hubiesen hecho aullar de dolor. Pero bien mirado, si hubiese estado
vivo, tampoco hubiese podido mantener la erección a la primera paja.
Agradeciendo el tiempo que tenía y la dureza de la verga
Rosalía se la metió para empezar a cabalgarlo de manera desenfrenada, como si
las dificultades la obligaran a correr aún más rápido, aun más fuerte, aún mas
salvaje. De la última vez que la había sentido dentro ya no tenía memoria, y de
lo que si tenia memoria es que nunca la había tenido tanto tiempo adentro, ni
tan tiesa. Se sentía muy bien, a horcajadas sobre ese cuerpo, con la tiesa
dentro suyo, y agarrándose de los pies para darle más fuerte, igual que como se
agarran los hombres de los senos cuando ya no tienen más fuerza.
Inevitablemente se vino, y se vino como nunca antes; en parte
por que nunca antes se había corrido con una polla adentro, y en parte por que
nunca había sentido la libertad que ahora sentía. Sin sacársela, recostó su
cabeza en la cama y siguió haciéndolo con movimientos imperceptibles. Todavía
tuvo tiempo de correrse una vez más, muy lentito, antes de que la primera
lágrima corriera por sus mejillas.