-LAS FOGOSAS SALEN DE MARCHA-
Sábado 23 Junio, 2007
¿Qué es lo que ocurre cuando una se queda un sábado por la
noche en casa porque está cansada o porque está desganada? Pues que todo lo que
siempre deseaste que pasara, pasa esa noche. Eso le ocurrió a mi amiga Lola.
Sin motivo aparente me dejó de llamar, me dejó de mandar
e-mails y cada vez que le decía de salir por la noche, me ponía una excusa
distinta.
Un sábado la llamé por teléfono para salir y me dijo que iba
a quedarse en casa a ver una peli. Yo no me lo creí; y dispuesta a
pillarle la mentira, me colé a las once en su casa.
Primero fui recogiendo en el coche a mis nuevas amigas:
Marta, Sabrina y Carla; y luego nos fuimos todas juntas a visitar a Lola.
Cuando llegamos a su casa comprobé que me había equivocado,
sí que estaba allí. La intentamos convencer por todos los medios de que saliera.
Le sacamos la ropa del armario, la zarandeamos... pero ella se quedó allí
plantada diciendo que no se encontraba bien. Yo sabía que era mentira.
Seguramente quería quedarse chateando por Internet con algún guaperas y no
quería decirlo.
—Te vamos a mandar fotos de todos los tíos buenos que
conozcamos. Esta noche va a ser inolvidable, Lola. Si no sales te arrepentirás.
—No creo. La última vez que salimos fue un auténtico muermo.
Tenía razón. Desde que en Abril escribí el relato original de
Las fogosas se van de marcha, estábamos gafadas. La noche de nuestro
primer encuentro fue un sábado de Junio y pensábamos romper Cádiz. Al final la
pasamos hablando, riéndonos y contándonos mil historias. A partir de ahí
salíamos juntas y ligábamos, pero no llegábamos ni a la mitad del listón que
habíamos marcado. Yo deseaba que alguna noche nuestra suerte cambiara.
—Pues precisamente por eso. Esta noche nos va a pasar lo de
hoy, más lo que no nos pasó el otro día..
Dijera lo que dijera ella hacía oídos sordos.
—Bueno, yo paso de suplicarte más. Ahí te quedas, tú te lo
pierdes.
No me enfadé con ella. La chica me caía fenomenal. Pero a
pesar de que yo la tra-taba bien, ella no me estaba correspondiendo como amiga.
Os hablaré de las que sí me correspondían: Marta, Sabrina y Carla.
Eran las famosas fogosas que me contaron sus historias y yo
las escribí. En cuanto las conocí en persona, me dejaron alucinada. Os confieso
que pensé que me habían exagerado sus descripciones y que yo iba ser la más
mona. Una mierda para mí. Se habían quedado cortas.
Marta era la explosiva. Un bellezón rubio con el pelo largo
de tirabuzones y guapí-sima de cara. Se vestía muy sexy, le gustaba
presumir de cuerpazo y además bailaba que rompía. Era un pelín perversa, y quizá
por eso le molaba mucho Sabrina, que era el caramelito inocente. Esa noche
llevaba una minifalda blanca y un top ajustado negro que marcaba sus duritos
pechos. Si le dabas un cachete en el culo te dolía la mano de lo duro que lo
tenía.
Sabrina, como ya he dicho, era el bomboncito, la preciosidad,
la niña modelo. Tenía novio y era la única que no había probado la miel
femenina. A todas nos daba especial morbo, pero era Marta la que bebía los
vientos por ella. Era una preciosa chica de melena lisa azabache con la cara
dulce y angelical. De su delgado y bonito cuerpo destacaban sin duda sus
voluminosos y redonditos senos. Su escote era el imán de tíos buenorros más
efectivo conocido hasta la fecha, y con Marta también surtía efecto. Carla
aseguraba maliciosamente que Sabrina una noche de juerga confesó tener las tetas
operadas, pero no tenía cicatriz alguna, y además conociendo lo miedosa que era
Sabrina... y lo trolera que era Carla...
Carla era la mayor del grupo, la más experimentada, y también
mi mayor objeto de deseo. Ahora después os hablaré de ella.
Nos volvimos a meter en mi coche las cuatro y nos dirigimos a
una discoteca nueva que abrieron en el centro. Allí trabajaban de relaciones
públicas dos amigos de Marta que le habían dado pases gratis. Íbamos las cuatro
en el coche muy animadas, nerviosas, cantando.... con una euforia contenida que
se palpaba en el aire. Era un veranito caluroso. Teníamos la moral alta, las
falditas cortas, y las libidos apuntando al cielo. Marta a mi lado se retocaba
el maquillaje en el espejo. Por el retrovisor interno pude ver como Carla
hablaba con Sabrina, agarrándole de la mano y mirándola melosa. "Ya estamos".
Carla era el bombonazo caliente del grupo, sin duda la más
espectacular. Le gustaba la carne, el pescado y casi todo lo relacionado con el
sexo. Toda chica o chico guapo quedaba atrapado en sus redes por su simpatía, su
elegancia, y su apabullante belleza. Era muy morena de piel, ojos verdes
grandes… pelo liso negro... grandes tetas y culazo brasileiro. Era mi debilidad
secreta; la chica a la que le copiaba los conjuntos de ropa, a la que llamaba
por teléfono primero, y la que copaba más de la mitad de mis fantasías
inconfesables. Si os contara de qué trabajaba...
El aparcamiento libre que casi pillo y que al final me pasé,
me volvió a centrar en la conducción. Por suerte unos metros más allá un coche
se iba y finalmente aparcamos, además muy cerca.
Al llegar a la cola de la discoteca, la gente se volvió para
mirarnos. Los de la puerta vieron que éramos cuatro chicas solas y hermosas y no
tardaron en llamarnos. Si no lo hubieran hecho, teníamos pases de todas formas.
Los cincuenta que esperaban para entrar, la mayoría chicos, se quedaron alelados
mirando el festival de culos y tetas que les estábamos ofreciendo. Parecían
querer despojarnos con la mente de la poquita ropa que llevábamos.
≈...You touch meeee, I want youuuu
Feels like I’ alwaays knooown youuu
On a niight liike thiiiiiiis… I
wanna staay foreeveeer…
≈
Estaba hasta la bola de gente y la música sonaba muy fuerte.
Nos abrimos paso entre la multitud y, nada más entrar, Marta vislumbró a sus
amistades. Nos llevó a co-nocerlos. Eran dos mulatos de "mírame y mójate",
guapísimos, altos y bien marcados. Uno era el encargado y el otro era el
relaciones públicas.
—¡Óyeme mamita, qué rico que viniste!—dijo uno de ellos
recibiendo a Marta.
Eran cubanos y muy simpáticos. Una alegría para la vista,
para el oído y segura-mente para un par de sitios más. Las demás esperamos
nuestro turno para conocerlos mientras echábamos un vistazo al ambiente. Yo cogí
disimuladamente el móvil y saqué una foto de los cubanos; para quedármela yo y
para mandársela a Lola.
Guardar.
Enviar a...
Lola.
Enviar.
Quisieron romper el hielo invitándonos a un chupito. Nosotras
estábamos asquea-das de chupitos, de tanto tomarlos ya no nos gustaban. Pero por
no hacer el feo acep-tamos….. Total, sólo era uno. En cuanto se escuchó
«tequila» me arrimé a Carla. Nosotras jugábamos al "chupito traicionero", es
decir, la sal en el pecho y el limón en la boca. Cuando íbamos sin novios lo
hacíamos entre nosotras, y todavía no teníamos confianza con los cubanos, así
que espontáneamente nos juntamos por parejas. Como ya dije me fui flechada a por
Carla. La última vez que tomamos chupitos tuve que aguantar el ver cómo ella y
Marta se pegaban cinco seguidos; fue un milagro que no acabaran enrollándose.
Marta también fue de cuca, agarró a Sabrina de la mano y se la adjudicó
como pareja. Me tomé el chupito con Carla. Al hacerlo le di un pequeño bocadito
en los labios y tardé mas de la cuenta en absorber el limón; todo esto mirando
con ternura sus bellí-simos ojos verdes. Pero si yo era atrevida, Marta era la
desfachatez personificada. Le puso la sal a Sabrina muy pegadita al pezón,
después cogió un limón y lo partió por la mitad.
—Mucho limón me empalaga —se excusó mintiendo.
Sabrina sostuvo el trocito de limón entre sus labios. Marta
chupó la sal lamiendo media teta, dio el trago, y, aprovechándose de la
inocencia de Sabrina, mordió el limón dejando los labios pegados a los suyos,
mirándola lascivamente. Los preciosos ojos de Sabrina no pudieron sostener la
mirada, y acabó apartándola, muerta de vergüenza… y quizá algo excitada.
Estábamos allí en un rincón de la barra. Marta y Carla se
enchufaron a los dos guaperas cubanos y allí se quedaron tonteando un buen rato.
Los cubanitos tenían una parla...... No paraban. Hablaban alto, deprisa y muy
seguido. Como todo lo hicieran igual...
Me giré a hablar con Sabrina que era la única que quedaba
libre, pero la encontré vuelta de espaldas y muy distraída. El motivo de su
distracción era un impresionante gogó rubio sin camiseta. Tenía cara de
chulito y cuerpo de portada del Playgirl. Con unos músculos alucinantes y
unos vaqueros rotos que apenas le tapaban el muslo. Bailaba de una manera muy
espectacular y acrobática; estaba claro que se lo tenía muy creído. Se estaba
intercambiando miradas pícaras con Sabrina. Ella sonreía como una tonta. El
rubio hizo un par de movimientos provocadores con la pelvis, se llevó la mano a
sus va-queros, y desabotonó los dos primeros botones. El comienzo de un
abultadísimo slip rojo se hizo ver. A Sabrina se le subieron las calores y los
colores. El gogó se dio la vuelta y meneó su culo en círculos con las
manos en la cabeza. Por detrás estaba casi más bueno que por delante.
—Uuuuff, si yo no tuviera novio... —comentaba Sabrina.
—¿Te ha gustado, eh? No veas cómo te ha dejado de empitonada…
—decía mirán-dole los pezones.
—No, ¿yo…? ¡"Qué va"! ¿Has visto lo bien que bailaba?
—Sí, seguro que te estabas fijando en cómo bailaba.
Agarré del brazo a Sabrina y me la llevé de rule y a que le
diera un poco el aire.
—Vente, nena. Vamos a darnos un paseito.
Caminamos por la disco. Había mucha niña mona… muchas
parejitas bailando…. y alguna que otra bandada de buitres, pero no llegaban a
estropear la armonía de la fauna.
—Niña, tengo sed. Vamos a bebernos algo.
Al llegar a la barra nos metimos a empujones entre un montón
de niñas his-téricas. A codazos nos hicimos un hueco.
≈…Vaalió la peeena. Lo que era necesario para estar
coontiigo, amoor
Tú eeres una beendicioón….≈
Detrás de la barra, el camarero. Sí, no "un" camarero, os
hablo de «el» camarero: Moreno, 1,90 y espectacularmente guapo.
—¿Vos que querés?
«Oh, la reconcha de mi madre. Encima argentino...»
—Oh, ¿sos argentino?
—¿Viste? ¿Se me notó en el acento?
—Yo tuve un novio argentino. Era más majo...
—¿Os sirvo alguna bebida?
—Un Jb con hielo para mí y un Martini con limón para ella.
El guapo se fue sonriente a poner las copas. Nosotras nos
quedamos mirándole el culo mientras lo hacía. El pantalón de lino blanco le
sentaba de vicio.
Llegaron por detrás las otras dos locas. El argentino nos
puso las copas y empezó a llenarlas. Las cuatro nos quedamos babeando mientras
lo hacía. Marta aprovechó que estaba allí y pidió un ron Brugal con limón y
Carla se pidió lo mismo.
—¿Ron brugal? ¿Sabés que el brugal es afrodisiaco? —dijo
dirigiéndose a Marta.
—Afrodisiaco eres tú, precioso —le devolvió ella guiñándole
el ojo.
Nos quedamos allí acopladas. Tanteando el terreno, estudiando
la decoración, y observando el tipo de gente que allí había.
El mobiliario era de caña de bambú y palmera tropicales. La
música estaba a todo volumen. El único fallo eran las columnas dispuestas
verticalmente por la pista y que daba impresión de sitio cerrado. En una esquina
había cuatro mesas bajitas y muy amplias ro-deadas de largos asientos
acolchados. Sonó el móvil de Marta; lo cogió y se puso a hablar con alguien.
Tres grupitos de chicos nos miraban atentos, cada uno de un lado de la pista. La
noche se presentaba calentita. Un par de minutos después, Marta terminó de
hablar por el móvil. Apenas le había dado un par de tragos al cubata y se volvió
diciendo:
—Ahí os quedáis. Yo me voy con los cubanos, ¿os venís?
—Ahora vamos, cuando bajemos un poco las copas.
—Espera, yo me voy contigo —dijo de un salto Sabrina.
≈Si eees que me deseeas, nena diímelooo
Poorque por tu amor estoy murieeendo yooo≈
Allí nos quedamos Carla y yo charlando juntas. Mi fantasía,
mi debilidad, solas frente a frente.
—Carla, estás preciosa. ¿Has ido a hacerte esas fotos?
—No, todavía no. ¿Vas a venir a acompañarme?
Iba a hacerse un reportaje fotográfico con conjuntos de
lencería de encaje. Se las iba a regalar al novio y yo me moría por verlas.
—No, yo lo que quiero son las copias.
—Sí, claro. No te preocupes de eso.
Yo era la confidente de Carla. A ella le molaban las chicas y
estaba loquita por Marta. En cuanto se bebía dos copas, se ponía caliente y me
contaba en secreto alguno de sus sueños lésbicos. Yo me ponía las bragas pipando
con sus historias. Y no solo eso, además me hablaba de Marta, me contaba lo
mucho que la deseaba y todo lo que le gus-taría hacerle en la cama. Yo tenía una
lucha interna de sentimientos: por un lado me ponía cachonda escuchándola, por
otra mis celos por Marta me reconcomían. Pero la curiosidad morbosa superaba a
los celos, y en cuanto Carla cogía carrerilla, la asediaba a preguntas. Ella me
las contestaba absolutamente todas, saciando todas mis curio-sidades y
remarcando donde más daño me hacía, en los detalles más íntimos. Lo hacía con su
voz hechizante, moviendo los labios lentamente al pronunciar:
«Me encantaría lamerle bien por toda la raja.»
Cuando dijo eso, mi respiración se aceleró precipitadamente y
no pude esconder el estado en que me dejó. Hizo que todo mi cuerpo temblara.
Encima la mayoría de las veces lo hacía en lugares públicos y me lo contaba
discretamente al oído, acaricián-dome el tímpano con frases como: «Me pongo
húmeda sólo de verla» o «Le pondría nata por las tetas y se las chuparía con
mucho gusto».
Yo me excitaba mucho….... pero mucho muchísimo, y trataba de
ocultarlo con gestos forzados. Me ponía la mano en la cara, miraba a otro lado,
cogía aire........ Yo deseaba a Carla hacía ya tiempo, y todo lo malo que podía
contarle de Marta lo hacía. Y no solo eso. También recurrí a las malas artes:
Repetía sin cesar lo mucho que Marta disfrutaba con los hombres; le contaba a
Carla que las fantasías de Marta eran sobre sexo anal y dominación. Que no eran
del todo mentira, pero yo sabía perfectamente que Marta fantaseaba también con
chicas; incluso que las había probado; y esa parte me la saltaba. También me
saltaba la colección de piropos que Marta siempre iba promulgando acerca de
Carla: que si qué pelo tiene, qué guapa es, qué bien se viste... Ella ya sabía
lo buena que estaba, ¿para qué hacer más hincapié? Lo que a mí más me gustaba
era mirarla. Se vestía con trapitos que mostraban sus encantos casi en su
totalidad. A menudo hacía travesuras como descruzar las piernas sin llevar
braguitas, hacer como la que se le rompía el bikini en la playa, o dejarse la
camisa con algún botoncito suelto. Yo no sé si lo hacía queriendo o si de verdad
era tan despistada. En ese momento se estaba produ-ciendo uno de sus
"despistes". Tenía la camisa de seda excesivamente abierta. La miré por el
escote y más allá; se le estaba viendo un pezoncito. La calentura se apoderó de
mis bragas. La seguí observando tratando de que no se notara, pero me pilló.
—Cristy que…
—Fíjate —dije señalando una nevera transparente llena de
cervezas—. ¿Has visto qué cantidad de cervezas tienen?
Al decir eso, se giró un poco dejándome ver aún más extensión
de piel. Yo la miré directa a las tetas. El pezón era grande y oscuro y lo tenía
durito. Me quedé babeando, aguantando la respiración y guardando esa imagen en
mi retina.
—¿A ti era la que te gustaban las cervezas raras, no? —le
dije sin apartar la vista de su pezón.
—No, a mí no —respondió extrañada ante la tontería que
acababa de decirle.
≈…Ven y atreéveeteeee, seduúcemeeee
Soy lo meejooor que vaa a paasaaaarte
Enreeédameee, conquiiístaameeee
Ven y arrieeésgateeee…≈
El camarero se acercó a nosotras y no sólo me pilló con los
ojos clavados en aquellas tetas, además me devolvió de golpe a la
heterosexualidad:
—Vos sos relinda, mi amor. ¿Es la primera ves que venís acá a
la disco?
Yo sonreí y me atusé bien el pelo.
—Sí, claro, es la primera vez que venimos.
—Pues sos bienvenidas. ¿Querés otra copita?
—¿Vas a invitarme, pibe?
—Claro, che.
—¿A mí y a mis amigas?
Él se rió y con razón, pero había que intentarlo. No sería la
primera vez que nos salía bien la jugada.
—Yo la invito a vos que sos la chica mas hermosa de la
disco, pero no podés pretender que invite a las cuatro, eso es mucha plata y mi
jefe me rompe las bolas.
—¿Cuántas copas me pones si bailo desnuda encima de la barra?
El chico se acercó un poco más y se apoyó en la barra.
—¿Por bailar desnuda acá arribita?
Yo asentí con la cabeza.
—¡Qué barbaro! ¿Viste?
Me miró unos segundos riéndose, no se creyó mi propuesta.
—Todas las que podás beberte tú y tus amigas.
Me falto tiempo. Agarré el móvil, puse un pie en el precioso
taburete y de un salto me subí en la barra. Él me miró pasmado.
—Esperate, ¿vos sos loca? ¡La reconcha de mi madre! ¡Bajate
de ahí!
La mitad de la pista se volvió para mirarme. Yo apunté con el
móvil a la multitud de curiosos que me miraba, saqué la foto, y me bajé. No
tenía pensado desnudarme, sólo quería ver la cara que ponía el camarero y sacar
una buena imagen.
—¡Os desubicaste, sos una desubicada! —repetía él.
Llegó Marta, venía riéndose arrebolada.
—Niña, qué rápida eres, ¿ya te los has camelado?
—No, que —se descojonaba— que he estado tonteando con una
chica, —se partía de risa— que ha venido a saludarme una tía —estalló del todo,
aproveché para dar un trago, se fue serenando; Carla se agrupaba a nosotras—. Me
viene una tía y me dice… "Hola, chati, qué de tiempo"
…Era una pava superpija de la uni y le digo:
>>—O sea, estás espléndida.
<<—Ya, tú sabes.
—Marta, hacerte la pija se te da de muerte. ¿Tú no eras de
Alcorcón?
—Déjame que siga, y le digo… le digo:
>>—Divina, tía… di-vina.
<<—¡Si estoy famélica! Lo que pasa es que me operé los senos
y..
Y se las miré porque… porque parecían dos globos de playa.
>>—Ay, sí, qué peritas, ¿no? ¿Se puede tocar?
<<—Sí, pero es que se… —le pongo la mano y se calla.
Como no me dice nada, se las magreo un poquito, pero sólo
para ver si parecían
de verdad, y la veo poniéndose tontorrona, así que le digo:
¿Tienes sensibilidad?
Me fijé en la cara de Carla, estaba relamiéndose.
…
<<—Claro, como antes. Un poquito menos.
>>—¿Un poquito? Le tiré del pezón y abre los ojos. Y empiezo
a pegarle una
sobada de tetas espectacular.
Carla abría la boca.
Le susurro:
>>—Tía, qué tetas, son suaves, duras…
<<—Síii, ya… —tragaba saliva.
>>—Te veo riquísima, nena.
Metí el pezón entre los dedos y lo retorcí un poco, la vi tan
chonda que yo también me calenté. Y le digo con voz de guarra:
>>—Si fuera lesbi te follaba ahí dentro.
Ella se ríe y con los ojos todavía cerrados dice:
<<—Yo sé que tú eres lesbi.
Se me cayó el alma al suelo. Carla se paralizaba.
Pienso: Puta chismosa.
>>—Yo soy superhetero, te lo juro. De verdad.
Respiré hondo.
Abre los ojos y con cara de iguana me dice:
<<—¿Qué pasa, no te molo o qué?
Le digo:
>>—Pues no. Nada.
Se separa y grita:
<<—¿Tú qué te crees, tía?, si tampoco vales tanto.
Pienso: Mira, lesbi sí, pero fea no, ¿me entiendes?
>>—Mira, ¿sabes?... Tus peras dan asco, tus vaciladas dan
asco. —La miré de
arriba a abajo—: Toda tú das asco.
Y me tira el paquete de tabaco diciendo:
<<—Para ti, putón, calientac…
—Marta, mira, los cubanos —corté sin querer.
….
—Venga, luego os cuento —se iba.
—Vaya —decía mirándola Carla—, cómo me ha puesto en un
momentito, me han dado ganas de decirle que me lo hiciera a mí.
—Qué tía más perra. La pobre chavala...
—Pues a mí una vez…
De los grupitos de admiradores que preparaban sus cañas y sus
anzuelos para pescarnos, sólo dos decidieron probar suerte. Se acercaron hasta
nosotras con paso firme y elegante. Nosotras nos hicimos las remolonas y no les
prestamos atención, pero sabíamos perfectamente a qué se acercaban y por dónde.
Nos dijeron sus nombres y nos besaron en las mejillas.
Destilaban buenos perfu-mes y tenían bonitas sonrisas.
—¿Os podemos invitar a una copa?
Pidieron copas para todos y empezamos a conversar, al final
no hizo falta desnuda-rse. Estuvimos charlando un buen rato, eran dos tipos
interesantes. Mientras nos contaban los trucos que usaban algunos bares para
meter garrafón, Carla se me acercó al oído y me dijo que tenía ganas de ir al
baño.
—Perdonad, ahora venimos —les dije a los pretendientes.
Nos fuimos de la mano a los servicios. Una vez allí, nos
pusimos al final de una interminable cola de niñas meonas que se arremolinaban
en la puerta. Allí nos dio al-cance Sabrina contando que un chico guapísimo le
había lanzado un beso y que...
Me sonó el móvil, un sms. Sabrina seguía hablando y yo esperé
a que lo termi-nara de contar para ver el mensaje.
—Es que son gilipollas, luego dicen que las tías somos
difíciles. Me tiró el beso, le sonreí. ¿Tan difícil es después acercarse? ¡Hay
que ser gilipollas!
Justo pasaba por allí el susodicho, se enteró absolutamente
de todo.
—Tienes razón, soy un gilipollas. No me atrevía a acercarme.
—Ay, qué vergüenza —dijo tapándose sonrojada Sabrina—. ¿Me
has pillado, eh?
—No te preocupes... soy Carlos.
—Yo Sabrina, encantada.
Miré a ver de quién era el mensajito. Era de Lola:
Yo respondí el sms con "mi verdad":
Enviar.
Estando allí esperando, vimos pasar a Marta con los dos
relaciones públicas. Nos vio perfectamente, pero se hizo la tonta. Si la
conoceré yo. Iban los tres riéndose, con las caritas encendidas. Abrieron una de
las puertas de «Sólo personal autorizado» y pasaron dentro.
Las meonas no sé que puñetas hacían dentro del baño pero no
salían y la cola no avanzaba. Carla ya no podía más.
—Yo estoy reventando. Voy a ver si los amigos de Marta me
dejan usar el cuarto de baño de los empleados.
—Venga, aquí te esperamos.
Me quedé con Sabrina, la pobre se estaba meando. De tanto
esperar a mí también me entraron ganas. Un par de minutos después entramos y por
fin pudimos mear a gusto. Regresamos al punto de encuentro más guapas y con los
nervios completamente rela-jados. Las chicas no habían llegado todavía. Sonaron
un par de pitidos de mi móvil. Otro mensaje. A ver… .... Esta vez no era Lola,
era Roberto. Que está solo en casa, me pone. «Ahora no, guapito.»
—Voy a pedirme otro martini.
—Pídeme un Jb, ahora te lo pago. Voy a ver qué les pasa a las
niñas.
Me dirigí a la puerta del cartelito, la abrí y llegué a un
pasillo. Estaba muy oscuro, con una luz muy tenue que venía de un rincón. Caminé
un poco por él, al final a su derecha otro pasillito. Al asomarme a la esquina
encontré a Carla mirando a través de una grieta. Me acerqué todo lo despacito
que pude, no quería que se diera cuenta, pero fue imposible. Me miró y se puso
el dedo índice en la boca, quería que no hiciera ruido. «¿Qué está pa-sando?»
Con cuidado llegué y aparté a Carla, me asomé a hurtadillas al hueco y eché un
vistazo. Por una grieta que había entre dos ladrillos pude ver a Marta, estaba
enrollán-dose con sus dos amigos. Tenía uno delante y otro detrás. Estaban de
pie, con las ropas desabrochadas y metiéndose mano entre ellos. Se oían los
gemidos de ella y el tintineo de uno de los cinturones de ellos. Carla volvió a
retomar su sitio y a asomarse. Al hacerlo se me arrimó. Yo la cogí de la cintura
y la puse por delante mía. Seguí espiando ojo avizor. Marta tenía a uno
besándole las tetas y el otro mordiéndole el culo. Los músculos de su cara
estaban en tensión y su pelo alborotado. Miré hacia el escote de Carla y percibí
su pezón derecho erecto casi atravesando la seda. La tenía a mi lado, con las
braguitas seguro que ya empapadas. A la mente me vinieron toda clase de ideas
lujuriosas. Recordé cuando me contó aquel sueño en el que una morena preciosa le
lamía el chocolate por todo el cuerpo. Yo era morena y todo lo preciosa que una
mujer podía desear. Recordé cuando se refirió a Marta diciendo «Me encantaría
comerle las tetas, besarla por todo el cuerpo, la-merle por toda la raja». Me
calenté recordando el día que la vi depilándose las ingles. Lo hizo delante mía,
completamente desnuda, muy despacito; incluso me invitó a ayu-darla Tuve que
masturbarme varias veces por culpa de aquello. «Ahora es el momento de
seducirla.» Le puse la mano izquierda en su cintura, le metí el dedo por debajo
de la camisa y acaricié un poquito. Vi perfectamente que la mano derecha de
Carla se fue deslizando disimuladamente a su propia conchita. No sabía si era
por mis caricias, o si era por lo que estaba viendo. Marta estaba entregada a
esos dos machos, enloque-ciendo de gusto. El rabo de uno le daba latigazos de
deseo en el trasero. Ella metía las manos por los pantalones del que tenía
delante y le agarraba del culo; seguro que lo tenía divino. Carla estaba igual
de caliente pero con el deseo más encendido. Contemplé cómo se masturbaba, me
encantaba verla así. La situación me impedía decirle que no le hacía falta
tocarse, que yo podía hacerlo por ella. Las manos de Marta debatían entre los
pectorales de uno y el inmenso rabo del otro. Ahora estaba entre los dos,
agarrando un pene por delante y otro por detrás. Los estrujaba entre sus dedos,
los calibraba, seguro que pensaba «éste gordito por delante, éste larguito por
detrás». Comprobé que Carla al ver esas dos pedazos de vergas desafiantes, abrió
la boca y cerró los muslos. Ella no podía hacer ruido y estaba cachonda a más no
poder. Yo tenía que aprovecharme de esa situación. Separé la mano izquierda que
rozaba su cintura y se la volví a poner, esta vez en la parte posterior del
muslo, muy pegada a su culo. Ella no le quitaba el ojo a los dos chulazos
desnudos. Me aproveché y le metí la mano por debajo de la falda hasta llegar a
su coñito por detrás. Le pasé los dedos por sus braguitas y noté que estaban
enchar-cadas. Ella cerró los ojos respirando profundo, esta vez sacando un
poquito la lengua por el labio. Ya era mía. Marta se estaba comiendo la verga de
uno y estaba siendo penetrada por el otro a cuatro patas. Su boca recorría el
falo entre gemidos, el rabazo que tenía entre las piernas machacándola le
impedía concentrarse. Los pollazos eran fuertes y secos. El sonido de sus carnes
chocando y el chapoteo de sus sexos nos estaba poniendo el corazón a mil. Mi
cara se fue al hombro de Carla. Le desabroché un par de botones de la camisa y
conseguí dejarle los pezones al aire. Allí estaban ardientes para que yo me los
comiera. Con las dos manos bajé su tanga y la froté por debajo, rozándole el
clítoris con la punta de los dedos. Miré a Marta. Estaba siendo penetrada por
los dos a la vez, sentada encima de uno que estaba tumbado, y con el otro de
rodillas metiéndosela por el culo. El de atrás se la hincaba con fuerza una y
otra vez. Ella galopaba sobre el que tenía debajo sin enderezar la espalda,
permitiendo un buen ángulo para el de atrás. Carla se desentendió de Marta, se
puso cara a mí, me envolvió en sus finos brazos y me comió a besos. Yo me la
llevé a un lado y la puse con la espalda en la pared. Los jadeos de Marta
sonaban cada vez más fuertes. Saqué mi lengua y forcejeé con la de Carla a la
vez que le pellizcaba los pezones con los dedos. Ella suspiró y me metió la mano
por la falda, separando las bragas a un lado y llegando a mi coñito. Su cuerpo
ya era mío, ahora sólo quedaba camelarla.
—No sé por qué te gusta Marta. Es una calentona y no te
merece. Yo sí podría darte lo que tú necesitas.
—¿Por qué dices eso? ¿Acaso te ha dicho que le gusto?
—No, y que no se le ocurra hacerlo. Tú eres para mí, ¿me
oyes?
La besé con pasión, la agarré de las muñecas y le puse las
manos en la pared, dejándola con los brazos abiertos. Me acerqué a su oído a
confesar.
—Me ponías cachondísima cuando hablabas de Marta. Me pusiste
muy celosa, guarra. No vuelvas a hacerlo.
—Ya lo sabía, lo hacía para eso. Lo notaba en tus ojos.
—Eres muy mala, niña. Estoy loca por ti.
Quería mandarla, dominarla, hacerla mía, pero en el fondo yo
sabía que era un mu-ñeco en sus manos.
—Quiero cubrirte en chocolate. Quiero hacer todo lo que me
contaste. Yo puedo hacer tus sueños realidad.
—Pues empieza chupándome la rajita.
—¿Me prometes que vas a ser sola para mí?
Ella no contestó. Cerró los ojos y echó la cabeza para atrás
riéndose de mí. Sabía que me tenía a sus pies. Yo odiaba su vanidad. Odiaba que
estuviera tan buena y que todo el mundo la alabara, pero ahora era mía. Me
agaché, le levanté la falda, y le empecé a comer el coñito. Lo hice con toda la
parsimonia y toda la dedicación. Quería que aquello se le quedara grabado y lo
recordase entre sábanas como yo la recordaba a ella. Le metí media lengua en la
raja. Miré arriba a ver si le estaba gustando. Tenía una mano apre-tándose el
pecho, y la otra mordiéndose el dedo para aplacar sus ansias de gemir. La
saboreé plácidamente durante varios minutos. Ella se retorcía, apretaba las
piernas, se pellizcaba los pezones..... Cuando mi lengua se cansó me subí a su
boca y le pedí que me devolviera el favor.
—Ahora dame tú con la lengüecita por abajo, Carla.
—Sigue chupándome, guarra, me has dejado con la miel en los
labios.
Qué cerda, la miel en los labios la tenía yo de tanto chupar;
pero era mi primera vez con ella y le hice caso. Como estaba cansada le metí los
dos dedos entre sus labios vagi-nales, los separé apretando con fuerza sus
paredes y le chupé el clítoris. Mis dos dedos eran poca cosa para un boquete tan
grande y tan dilatado, así que metí mis cuatro dedos con firmeza y brusquedad.
«Mmmnnnoooohh!!» Se estaba muriendo del gusto, se movía sin control. La masturbé
primero lento y fuerte. Puso su mano sobre la mía y me apretaba contra ella,
pidiéndome más caña. Yo moví deprisa, cada vez más deprisa, la mano me empezaba
a doler.
—Córrete, guarra, córrete.
Ella cogió la camisa con las dos manos y se lo llevó a la
cara soltando un fuerte gruñido.
—MmhHHHHHMMMMMMMGGGGGGG
Se estaba corriendo. Yo seguí chupándole suavemente. Un hilo
de líquido bajó resbalando por su muslo y con la lengua acudí a recogerlo. Me
volví a poner de pie para abrazar a mi nueva y deseada amante. Es cierto que no
me había corrido, pero lo disfruté muchísimo. Ya tendría tiempo ella de hacerme
feliz a mí, yo sólo quería conquistarla. Nos volvimos a colocar la ropa y nos
marchamos dejando a Marta todavía jadeando. Lástima que con el subidón no caí en
hacerle una foto para enviársela a Lola.
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