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[ Bienaventurados los que se rien de si mismos porque nunca se les acabará el cachondeo ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 21-Ene-08 « Anterior | Siguiente » en Erotismo y Amor (585 de 697)

Cadaver exquisito

Anónimo
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Es más excitante si tienes el pecado frente a ti y lo devoras primero con la mente antes de mojar tus sentidos en él. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

CADÁVER EXQUISITO

El humo del cigarrillo recién prendido inundaba el ambiente lúgubre de la sala del hospital, bocanadas llenas de impaciencia exhalaban de su boca, después de todo era su esposa la que se hallaba en el quirófano, oía claramente el camino lento del tiempo que zumbaba trayendo recuerdos de un pasado más feliz donde el deseo dirigía su alma, recordaba el viaje a Paris la playa de Centroamérica en donde una y otra vez recorrió su cuerpo de ninfa a sabiendas de que el cielo estaría tapando los ojos ante tal dulcísimo sacrilegio. La sensación eléctrica al ubicarse en la realidad paralizó su cuerpo, al recordar que estaba ahí porque su amada esposa tuvo un accidente automovilístico pero no en su auto sino en el de su amante, no sabía que duele más si el que haya sobrevivido o el que no haya muerto. El enorme reloj del hospital marcaba la 01:30 a.m. el cansancio hacia presa de sus sentidos, se adormecieron sus sentidos y su alma.

Abrió los ojos de un golpe, no sabía si veía un espejismo o era una invención de su inconsciente, estaba ahí sentada con sus descomunales piernas y con su rizado cabello que atrapaba las miradas y las apretaba hasta ahogarlas, su uniforme blanco irradiaba luz a sus negros ojos, tarde fue al no poder esquivar su mirada de sirena que cautivaba a hombres y los sellaba con la savia de sus labios color rojo veneno. Imprevistamente observo que en su mano tenía un cigarrillo sin prender, la relacionaba con dinamita en busca de chispa.

Hola, dijo él, un hola seco resonó en las paredes.

deseas fuego, exclamó en tono burdo.

No fumo, respondió la manceba con un tono de cortesana.

Entonces por qué tienes uno en tu mano? reclamo el inocente hombre.

Lo hago porque el deseo es menos fuerte si lo tengo cerca.

Nunca había oído tal técnica para dejar de fumar.

Es que yo no deseo dejar de fumar, es más excitante si tienes el pecado frente a ti y lo devoras primero con la mente antes de mojar tus sentidos en él.

Nunca lo había visto de tal manera.

La espera puede tener más suspenso que el acto mismo.

Mi nombre es Raúl, y el tuyo?

No te lo puedo decir, nunca digo el fin antes del principio. La expectativa es más grande así.

Sonrió ella en acento artero, y desvelo la ternura que encerraba sus taimados labios.

Me acompañas por un café, dijo ella a su victima. Él asistió con su cabeza, mientras el daba unos pasos para alcanzarla miró su figura de guitarra sus curvas que mareaban los sentidos, y el sonido de sus tacos que se clavaban como agujas en el corazón herido de Raúl. Porque estás aquí? pregunto ella, mi madre esta siendo operada, respondió él, - no quería arruinar el momento, sabía que no habría tenido oportunidad al decir que era casado- es una operación de rutina se retracto Raúl. Tomaron cada uno un café de la máquina y luego trataron de hablar al mismo tiempo, ambos se rieron. Necesito un poco de aire fresco, dijo la sensual enfermera, estoy de acuerdo respondió Raúl. Tomaron el ascensor marcando el último piso en donde había un pequeño mirador. Se instalaron en un pequeño mueble que dejaba una vista a la ruidosa ciudad. Y que hay de tu novio? curioseo Raúl. Acabe hace poco una relación que no funcionó muy bien y prefiero no hablar de aquella aclaro la musa. Dime a que te dedicas inquirió ella. A conquistar mujeres hermosas en el último piso de un hospital respondió en tono burlón Raúl. Ella sonrió y dijo pues hoy debe ser tu día libre, asistió ella con una sonrisa libertina, mientras se llevaba a la boca el tabaco que había estado en su mano. Raúl extendió fuego de su mano y al acercarse a ella sintió como la energía del mundo circulaba entre su cuerpo. Miraba como sus labios rozaban la piel inerte del cigarrillo y pensaba que tal vez ser infiel con un pecado tan hermoso no sería pecado, pues el cielo le daría un salvoconducto ante tal suceso, su cuerpo debe haberse fundido en el calor del infierno en un molde de estrellas y con cometas de sumideros. ¡Deseas! fue la voz que lo arrastro a la realidad, observaba su mano extendida con el tabaco humeando, parecía que la luna celosa de su bellaza quemaba su cuerpo con sus rayos.

Tengo miedo –respondió Raúl-

Miedo de que? –Expresó el espejismo-

De que el veneno que deja tus labios toque los míos y caiga presa de una realidad alterna y me convierta en tu esclavo por el resto de mi vida.

Ella se acerco a él como fiera ante una presa mansa y lo beso sin cerrar sus ojos para que se reflejaran en los de Raúl, él la abrazo junto con los fucilazos de la luna y estrecho su cintura como queriendo exprimir su miel, los cuerpos deseaban tocarse y el deseo quemaba la ropa, quemaba, rápido el extintor del amor libero sus cuerpos de lo banal. Sus manos exploraban montañas y selvas, y la savia del veneno mortal infectaba los sentidos, la lengua fue la primera víctima extendió sus piernas largas y luego las flexionó para poder empotrar la cabeza en sus muslos y lamer las llamas de la entrada a la pasión, el siguiente sentido enfermo fue sus manos que parecían buscar imperfecciones por todo su cuerpo, estúpida tarea, memorizaban cada pliegue cada poro de su piel que se abría para expulsar el veneno que producía, sus ojos delataban placer igual que sus pezones rosados, mi lengua se introdujo en su ombligo el centro de su cuerpo donde se une los lazos de la vida. Fue culminante cuando penetró su cuerpo de ninfa cuando quedaron unidos más allá de tapujos y miedos ante la vida, ante la existencia misma, ante la cotidianidad de los acontecimientos, fue un momento en donde estuvo ausente lo falaz y el amor acompañado de deseo, reinó en el mítico planeta tierra.

El gran reloj del hospital marcaba las 04:30 a.m. Raúl miraba la colilla de tabaco en su mano que aún tenía color carmín, y recordaba, antes de desaparecer entre la neblina de las historias de la ciudad, con una lágrima en sus ojos, las últimas palabras que pronunció su amada al preguntarle otra vez por su nombre: llámame –cadáver exquisito- como el de tu esposa.

FIN

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