CADÁVER EXQUISITO
El humo del cigarrillo recién prendido inundaba el ambiente
lúgubre de la sala del hospital, bocanadas llenas de impaciencia exhalaban de su
boca, después de todo era su esposa la que se hallaba en el quirófano, oía
claramente el camino lento del tiempo que zumbaba trayendo recuerdos de un
pasado más feliz donde el deseo dirigía su alma, recordaba el viaje a Paris la
playa de Centroamérica en donde una y otra vez recorrió su cuerpo de ninfa a
sabiendas de que el cielo estaría tapando los ojos ante tal dulcísimo
sacrilegio. La sensación eléctrica al ubicarse en la realidad paralizó su
cuerpo, al recordar que estaba ahí porque su amada esposa tuvo un accidente
automovilístico pero no en su auto sino en el de su amante, no sabía que duele
más si el que haya sobrevivido o el que no haya muerto. El enorme reloj del
hospital marcaba la 01:30 a.m. el cansancio hacia presa de sus sentidos, se
adormecieron sus sentidos y su alma.
Abrió los ojos de un golpe, no sabía si veía un espejismo o
era una invención de su inconsciente, estaba ahí sentada con sus descomunales
piernas y con su rizado cabello que atrapaba las miradas y las apretaba hasta
ahogarlas, su uniforme blanco irradiaba luz a sus negros ojos, tarde fue al no
poder esquivar su mirada de sirena que cautivaba a hombres y los sellaba con la
savia de sus labios color rojo veneno. Imprevistamente observo que en su mano
tenía un cigarrillo sin prender, la relacionaba con dinamita en busca de chispa.
Hola, dijo él, un hola seco resonó en las paredes.
deseas fuego, exclamó en tono burdo.
No fumo, respondió la manceba con un tono de cortesana.
Entonces por qué tienes uno en tu mano? reclamo el inocente
hombre.
Lo hago porque el deseo es menos fuerte si lo tengo cerca.
Nunca había oído tal técnica para dejar de fumar.
Es que yo no deseo dejar de fumar, es más excitante si tienes
el pecado frente a ti y lo devoras primero con la mente antes de mojar tus
sentidos en él.
Nunca lo había visto de tal manera.
La espera puede tener más suspenso que el acto mismo.
Mi nombre es Raúl, y el tuyo?
No te lo puedo decir, nunca digo el fin antes del principio.
La expectativa es más grande así.
Sonrió ella en acento artero, y desvelo la ternura que
encerraba sus taimados labios.
Me acompañas por un café, dijo ella a su victima. Él asistió
con su cabeza, mientras el daba unos pasos para alcanzarla miró su figura de
guitarra sus curvas que mareaban los sentidos, y el sonido de sus tacos que se
clavaban como agujas en el corazón herido de Raúl. Porque estás aquí? pregunto
ella, mi madre esta siendo operada, respondió él, - no quería arruinar el
momento, sabía que no habría tenido oportunidad al decir que era casado- es una
operación de rutina se retracto Raúl. Tomaron cada uno un café de la máquina y
luego trataron de hablar al mismo tiempo, ambos se rieron. Necesito un poco de
aire fresco, dijo la sensual enfermera, estoy de acuerdo respondió Raúl. Tomaron
el ascensor marcando el último piso en donde había un pequeño mirador. Se
instalaron en un pequeño mueble que dejaba una vista a la ruidosa ciudad. Y que
hay de tu novio? curioseo Raúl. Acabe hace poco una relación que no funcionó muy
bien y prefiero no hablar de aquella aclaro la musa. Dime a que te dedicas
inquirió ella. A conquistar mujeres hermosas en el último piso de un hospital
respondió en tono burlón Raúl. Ella sonrió y dijo pues hoy debe ser tu día
libre, asistió ella con una sonrisa libertina, mientras se llevaba a la boca el
tabaco que había estado en su mano. Raúl extendió fuego de su mano y al
acercarse a ella sintió como la energía del mundo circulaba entre su cuerpo.
Miraba como sus labios rozaban la piel inerte del cigarrillo y pensaba que tal
vez ser infiel con un pecado tan hermoso no sería pecado, pues el cielo le daría
un salvoconducto ante tal suceso, su cuerpo debe haberse fundido en el calor del
infierno en un molde de estrellas y con cometas de sumideros. ¡Deseas! fue la
voz que lo arrastro a la realidad, observaba su mano extendida con el tabaco
humeando, parecía que la luna celosa de su bellaza quemaba su cuerpo con sus
rayos.
Tengo miedo –respondió Raúl-
Miedo de que? –Expresó el espejismo-
De que el veneno que deja tus labios toque los míos y caiga
presa de una realidad alterna y me convierta en tu esclavo por el resto de mi
vida.
Ella se acerco a él como fiera ante una presa mansa y lo beso
sin cerrar sus ojos para que se reflejaran en los de Raúl, él la abrazo junto
con los fucilazos de la luna y estrecho su cintura como queriendo exprimir su
miel, los cuerpos deseaban tocarse y el deseo quemaba la ropa, quemaba, rápido
el extintor del amor libero sus cuerpos de lo banal. Sus manos exploraban
montañas y selvas, y la savia del veneno mortal infectaba los sentidos, la
lengua fue la primera víctima extendió sus piernas largas y luego las flexionó
para poder empotrar la cabeza en sus muslos y lamer las llamas de la entrada a
la pasión, el siguiente sentido enfermo fue sus manos que parecían buscar
imperfecciones por todo su cuerpo, estúpida tarea, memorizaban cada pliegue cada
poro de su piel que se abría para expulsar el veneno que producía, sus ojos
delataban placer igual que sus pezones rosados, mi lengua se introdujo en su
ombligo el centro de su cuerpo donde se une los lazos de la vida. Fue culminante
cuando penetró su cuerpo de ninfa cuando quedaron unidos más allá de tapujos y
miedos ante la vida, ante la existencia misma, ante la cotidianidad de los
acontecimientos, fue un momento en donde estuvo ausente lo falaz y el amor
acompañado de deseo, reinó en el mítico planeta tierra.
El gran reloj del hospital marcaba las 04:30 a.m. Raúl miraba
la colilla de tabaco en su mano que aún tenía color carmín, y recordaba, antes
de desaparecer entre la neblina de las historias de la ciudad, con una lágrima
en sus ojos, las últimas palabras que pronunció su amada al preguntarle otra vez
por su nombre: llámame –cadáver exquisito- como el de tu esposa.
FIN