Si bien la mañana siguiente transcurrió con normalidad, yo me
sentía en una nube. Por fin el cuerpo en un primer momento inalcanzable de Carol
había sido mío. Aún dando cuenta de las maravillas que ofrecía Mónica, llevaba
unos cuantos días turbado, desde la invitación al cumpleaños, pensando que el
calentón in crescendo que iba apoderándose de mí día tras día, lo mismo se
podría ver truncado por cualquier imprevisto, incluido el caso de que Carol, o
su novio, se lo hubiesen pensado mejor. Pero el pasional polvo que había echado
con esta última disipó cualquier duda sobre su disposición. Y pese a las
continuas provocaciones y a las más íntimas confesiones que había llegado a
hacerme, aquella mañana, las palabras cargadas de dobles sentidos con Carol
dieron paso a un juego de miradas, de sonrisas y de silencio entre ambos.
Pudiera decirse que compartíamos un secreto, o una escena en una ducha que no
tenía por qué importarle a nadie. Llegada la hora del café me propuso ella misma
llamar a Mónica para proponerle cuanto antes el fin de semana en la casa rural.
Nunca la llamaba desde el trabajo, así que se extrañó un poco de ver mi número
en su móvil cuando me cogió el teléfono. Nada importante, sólo proponía que me
viniese a buscar al trabajo, si sus un tanto olvidadas oposiciones se lo
permitían, para comer algo por el centro y pasear un buen rato. Unas horas más
tarde, Carol se pegaba a mí como una lapa para, al salir del trabajo, ver y
conocer a la mujer con la que me compartía, según sus palabras. Allí estaba
Mónica, preciosa, con unos vaqueros de talle bajo, que dejaban
ver su ombligo, una camiseta roja bien ceñida y
unas gafas de sol protegiendo unos ojos que me veían salir del edificio
acompañado de una compañera del trabajo. Como saludo, un casto piquito en los
labios.
- Hola, soy Carol, compañera de Javi. Eres Mónica, ¿verdad?
-se apresuró a decir Carol con una sonrisa de lo más cordial.
- Sí -fue la contestación, compensando Mónica la parquedad de
la respuesta con otra sonrisa igualmente sincera.
- Por fin te conozco, no sabes la de veces que he oído a este
hablar de ti -volvió a la carga Carol, mientras me dedicaba una mirada. Pensaba
que iba a empezar con cumplidos que quizá a otra persona le resultarían incluso
molestos, aunque ese no era el caso de Mónica, no resultaba una persona
especialmente fría a la hora de conocer a alguien...
- Espero que por su bien no sean críticas lo que escuches...
La conversación no duró más de lo estrictamente necesario. Yo
le seguí el juego, los tres nos reímos y antes de que nos disculpásemos por
hacer mutis por el foro, se adelantó Carol, que fingía una súbita prisa- tengo
cosas que hacer- para desaparecer hacia el lugar en el que tenía aparcado el
coche. Cuando tras el pertinente "hasta luego" nos llevaba por caminos opuestos,
se dio la vuelta para decirnos algo sin dejar de andar, por lo que no cabía
respuesta u objeción posible por nuestra parte.
- No te olvides de decirle lo del fin de semana....
- ¿Qué es eso del fin de semana? -me preguntó Mónica con un
tono que no escondía curiosidad.
- ¡Ah! -dije fingiendo despiste- luego te lo cuento, que me
muero de hambre. ¿Dónde quieres que vayamos a comer?
La elección del lugar y mis sinceros comentarios sobre lo
guapa que estaba desplazaron de la conversación por unos momentos el tema de la
invitación del fin de semana. Media hora más tarde, nada más tomarnos nota el
camarero de un tranquilo restaurante en el que habíamos decidido comer, Mónica
volvió a mostrar interés acerca de la misteriosa frase de Carol.
- Resulta que el finde que viene es su cumpleaños, y para
celebrarlo ha alquilado con su novio una casa rural en la sierra que por lo
visto es la leche. Me ha preguntado que qué iba a hacer yo, porque la casa creo
que es bastante grande y tiene tres habitaciones, y como el precio es el mismo,
ha dicho que si queríamos apuntarnos al plan -comenté intentando no mostrar
demasiado interés.
- ¿Y no tiene amigas o alguna compañera con la que tenga más
confianza para invitarlas a ellas? -dijo Mónica con extrañeza, cosa que hizo
tambalearse mis esperanzas por pasar allí el cumpleaños.
- Pues no lo se, pero el caso es que dice que es una pasada y
que es ideal para ir en pareja, que es muy romántico el paisaje y los detalles
de la casa, y como no paro de hablar de ti... -dije con una sonrisa tierna,
haciéndole ver que el comentario que le había hecho Carol era cierto.
- Mira que eres bobo -dijo sonriendo y acercándome una mano
para acariciarme la cara.
- Pero le he dicho que lo tenía que hablar contigo...
- Y qué, ¿será un plan tranquilito en plan parejitas o habrá
alcohol, sexo y rock and roll? -dijo con ironía sin perder la sonrisa.
- Pues no se si habrá alcohol ni la música que sonará, pero
cuenta con lo del sexo -fue mi respuesta, con una sonrisa y una voz que se
alejaban de la ternura para sonar mucho más sugerentes. La frase había quedado
bien, aparentemente el sexo iba a ser una cosa de los dos, aunque una pequeña
parte de mí me decía que a lo mejor Mónica entendía mis palabras como esperaba
que se cumpliesen. No habría forma de saberlo si no aceptaba la proposición.
- Así que el sitio es romántico -me contestó, mientras echaba
su cuerpo hacia atrás, retirándome la mano de la cara. La misma sonrisa
sugerente se dibujó en sus labios. No me hizo falta escuchar una sola palabra
más para saber que Mónica aceptaba la invitación. Al estirarse hacia atrás, sus
dos soberbios pezones se marcaron descaradamente a través
de la ajustada camiseta. Había visto esa misma cara y esa misma reacción poco
antes de lanzarnos a follar como locos en las ocasiones en las que
habíamos podido hacerlo-. Bueno, habrá que comprobarlo -prosiguió, recuperando
la compostura y acercándose a mí, bajando la voz para evitar ser oída por el
resto de clientes del restaurante-, aunque no sabía que tuvieses tanta confianza
con ella, o ella contigo... seguro que a uno de los dos le pueden las ganas para
follar juntos.
Bajo una ironía que casi rozaba la burla, había en su voz
algo que supuse como un desafío. Así que tuve que contestarle en el mismo tono.
- Por mi parte sólo si participas tú, a fin de cuentas es la
fantasía de la práctica totalidad de los hombres.
- No se yo... mucho tendrías que convencerme -dijo Mónica de
forma sensual y coqueta. Sin saber cómo proseguir la conversación, la miré de
forma sugerente e inclinándome hacia ella comencé a acariciarle inocentemente el
brazo, que fuese consciente de que iba a hacer todo lo posible para que, aún en
ese tono en el que nada parecía serio, no tuviese demasiados reparos. En fin,
parecía claro que iríamos los dos a la casa rural, pero tampoco era cuestión de
forzar la máquina y darle mil vueltas al asunto para intentar convencerla nada
más aceptar la invitación. Cuando daba por zanjado el asunto del fin de semana,
Mónica, aceptando de buen grado mis inocentes caricias, me devolvió la sensual
mirada-. Además, a lo mejor prefiero mirar y dejaros hacer.
Esta vez el tono resultó más serio, y su mirada más
penetrante. De cómo conseguí derivar por fin la conversación por otros
derroteros, sólo decir que me costó bastante, pues las últimas palabras de
Mónica resonaban en mi cabeza como un eco perverso del que quería conocer
detalles, sólo que en otro momento y en otro lugar en el que una desmesurada
reacción de mi cuerpo ante la excitación que me estaba produciendo resultase
menos vergonzante. Después de comer salimos a la calle y decidimos ir al parque
de El Retiro a pasear y abandonarnos a la modorra de la sobremesa tumbados sobre
la hierba bajo la sombra de los árboles.
- Así que a mi niña le gusta el rollo voayeur -la dije,
después de compartir unos instantes de besos y tranquilas caricias, recuperando
la conversación del restaurante.
- ¿A ti no? -me contestó- ¿Acaso no te gustó el verme
mientras te tenía el otro día atado?
- Ya sabes la respuesta, pero si no me llegas a desatar, o me
rompo los brazos o destrozo el cabecero de tu cama. Pero no sabía que en una
situación así preferirías sólo mirar -dije divertido, como tomándome a broma el
comentario-...
- ¿No lo crees? -dijo abandonando la ironía de su tono. Una
nueva sonrisa por mi parte, ya que pensaba que todo era parte del mismo juego
con el que le había propuesto lo del trío entre ella, Carol y yo, cambió su
rostro, de la seriedad a la condescendencia- Digamos que tendría las mismas
ganas de mirar que tú de follarte a tu compañera.
Aunque su frase terminó con una carcajada compartida entre
los dos, no tenía claro hacia dónde quería llegar. Cuando las risas terminaron
la curiosidad me podía ante la faceta de voayeur de Mónica, quizá fuese cierto
que la práctica de mirar la excitase bastante.
- ¿Ya lo has hecho antes? -le pregunté serio.
- ¿El qué? - inquirió inocentemente.
- Mirar.
Parecía azorada no tanto por el interés sino por el tono.
Tras unos segundos en los que parecía buscar las palabras exactas, mientras sus
dedos jugueteaban con las briznas de hierba, su dulce voz volvió a romper el
silencio.
- No se si debería contarte esto, básicamente porque afecta a
terceras personas, pero bueno, por una parte me gustaría que lo supieses.
Acercó su cuerpo al mío, recostándose de costado, a pocos
centímetros de mí.
- Digamos que una fantasía para ti es hacértelo con dos tías.
Hace tiempo que para mí era lo que dices, mirar, bueno, mirar y quizás también
participar, no se si aparte de esa tú habrás cumplido alguna -por mi sonrisa
comprendió que sí, el haber eyaculado en su boca-. El caso es que hace tiempo
pude cumplir las dos, quiero decir, mirar y participar, con una pareja, me
refiero.
Aunque me encantaba su sinceridad, sentí una punzada por
creerme un tanto ingenuo y totalmente falto de experiencias sexuales. A Carol,
su novio y su prima se les añadía Mónica a la lista de los tríos. Lo que me
había perdido y lo que me hubiese gustado pertenecer hacía muchísimo tiempo a
ese selecto club, aunque un horizonte de esperanza se me abría si los
acontecimientos seguían desarrollándose como lo habían hecho hasta el momento.
Además, pensé, no creo que mucha más gente de la que conozco hubiese probado las
mieles de compartir pareja con un tercero...
- Hace un año más o menos -prosiguió Mónica- Sofía salía con
un chico, Óscar se llamaba, muy majo por cierto. Resulta
que solía quedar con él los viernes,
y los sábados los pasaba con Ángela y conmigo de copas o bailando en alguna
discoteca. A Ángela y a mí nos parecía perfecto, ya que el chico no la
monopolizaba y podíamos seguir viéndonos y salir todos los fines de semana.
Bueno, pues un sábado íbamos a quedar las tres pero Ángela al final no pudo, así
que salí de casa para buscar a Sofía, como solía hacer, para salir las dos
solas. Lo estábamos pasando realmente bien, y en un momento de la noche en el
que cambiamos de garito, nos encontramos con su novio, que decidió quedarse con
nosotras porque uno a uno sus amigos se habían ido a casa. No me gusta nada ir
de sujeta velas, en alguna ocasión parecida terminaba por irme a casa sola y
dejar a los tórtolos solos; pero esa noche resulta que me quedaba a dormir en
casa de Sofía que estaba sola, y además me lo estaba pasando genial, y los
gestos de cariño entre ella y el chico se reducían al mínimo para no hacerme
sentir incómoda. Los tres hablábamos, reíamos y bailábamos. Y llegada una hora
de la noche decidimos recogernos. El chico nos acercó a casa, y no sabía bien
cómo despedirse de Sofía sin hacerme sentir incómoda; decidí dejarles un poco de
intimidad y me retiré unos metros. Era una sensación extraña, en el silencio que
reinaba en la calle a esas horas escuchaba susurros, el sonido húmedo de los
besos y la risa de los dos. Al cabo de unos minutos, la voz de Sofía me llamaba.
Mónica ven, decía. Cuando creía que la noche había llegado a su fin, los
tórtolos seguían abrazados, mirándome divertidos. Ella me dijo que habían
decidido tomar la última en su casa. Estaba un poco extrañada, pero no tenía
alternativa, así que subimos los tres. Y terminó pasando lo que pasó.
Parecía que allí había terminado el relato y que Mónica no
iba a entrar en detalles de lo que ocurrió después, que por otra parte me
parecía lógico, pero mi curiosidad y el nivel de excitación al que me estaba
llevando me hicieron pedirle que siguiese el relato de aquella noche.
Y no fue de forma directa, a esa alturas ya sabía cómo hacer que Mónica saciase
mi curiosidad cuando parecía que me daba por satisfecho con la confesión hecha
hasta el momento. Al silencio que le siguió el supuesto fin de la historia le
siguieron las tres últimas palabras que acababa de pronunciar.
- ... lo que pasó -repetí despacio y
distraído, como haciéndome perfectamente a la idea de lo que ocurrió. Mónica
dejó de juguetear con una nueva brizna de hierba para mirarme. Había dejado la
confesión a medias, no hacía falta imaginación para suponer lo que le siguió en
el piso de su amiga, y el tono y la naturalidad de mis palabras la hicieron ver
que me estaba montando una película en la cabeza.
- Quieres que te lo cuente todo, ¿no? -dijo
sonriendo y dejándome sorprendido por la capacidad que demostraba al seguir los
tortuosos caminos que trazaba en mi mente, calculando palabras, tonos y hasta
estados de ánimo, cuando ya me tenía cogida la medida desde hacía tiempo.
- Todo -respondí, acompañando la sonrisa que
le devolvía con una mirada no exenta de morbo.
- Ya sabía yo que no te ibas a conformar con
menos. Eso sí, ten cuidado que no tenemos toda la tarde para que se te baje esto
-dijo colocando con disimulo una mano en mi paquete y cerrándola alrededor de mi
polla, que no había dejado de demostrar el estado de excitación que me habían
producido sus palabras y las conjeturas que por fin iban a materializarse al
contarme Mónica los detalles de aquella noche. Volvimos a acomodarnos, y
desviando de la conversación los problemas que iba a tener al levantarme,
Mónica, tras preguntarme por dónde se había quedado, prosiguió con el relato con
la misma seriedad y nivel de detalles que había demostrado hasta el momento.
- Pues como te decía, subimos los tres a su
casa. Nada más entrar Sofía enfiló hacia el baño y decidí acompañarla porque yo
también me estaba meando, y dejamos a Óscar en el salón, preparando unas copas.
Aprovechando que estábamos solas, le comenté que no me importaba irme a dormir a
mi casa para dejarlos solos, en fin, sus padres no se iban fuera todos los fines
de semana y podían aprovechar para pasar toda la noche juntos. Sofía me dijo que
no, que había dicho que pasaríamos las dos la noche juntas en casa y que no se
hablaba más, y que si en algún momento me sentía en una situación embarazosa
antes le decía a Óscar que se fuese. Yo me negué, alegaba que la que sobraba era
yo, pero Sofía es un cielo e insistió, así que le dije que me lo había pasado
genial esa noche y que pensaba seguir haciéndolo, por lo menos para que no
estuviese pendiente en todo momento de mí para ver si me sentía incómoda o
desplazada. Cuando volvimos al salón nos esperaban sendas copas y Óscar, que
miraba sin perder ojo la televisión. En la pantalla dos tíos se estaban follando
a una rubia operadísima, uno por delante y otro por detrás. Maravillas del canal
digital. Sofía instó a Óscar a que cambiase de canal mientras nos sentábamos,
ella al lado de él en el sofá y yo sola en un sillón contiguo. Él decía que un
ratito más, y ella que nada, que cambiase, mientras intentaba quitarle el mando
a distancia. "No, déjala", dije. Primero me miró Sofía, un tanto sorprendida, y
luego Óscar, agradecido, pensando en un primer momento que iba a poder disfrutar
viendo la peli, aunque seguro que pensaba algo más.
Una sonrisa en la que se podía distinguir
algo distinto al cariz que le daba el puntillo de alcohol a mi voz y mi mirada
fue la respuesta a la extrañada expresión que mostraba el rostro de Sofía. Óscar
por su parte había vuelto la vista hacia la televisión. Ella me devolvió la
misteriosa sonrisa, y al sonido de los gemidos de la actriz de la película porno
se unió el crujir del cuero del sofá y del sillón mientras las dos nos
acomodábamos, cada una en su sitio. Óscar estaba sentado al borde del sofá, con
el cuerpo echado hacia alante, expectante ante las proezas del trío que aparecía
en la televisión. Sofía también estaba sentada al borde del sofá, pero echada
hacia atrás, prácticamente tumbada y cómoda, como yo, que me había recostado, de
lado, con una pierna en el suelo y la otra apoyada en el brazo del sillón. El
único sonido que eclipsaba el protagonismo de los gemidos era el ruido de los
hielos de las copas a cada trago. La verdad es que me estaba poniendo
cachondísima, por un lado por la película, por cómo se follaban los dos tipos a
la rubia, y por otro por el propio morbo de la situación, con mi mejor amiga y
su novio, en fin, no suele ser habitual... sopesando ese mismo morbo, mis ojos
comenzaron a ir de la pantalla al sofá, está claro que Óscar participaba de la
excitación al no pestañear apenas frente a la televisión, pero lo que quería
comprobar es que Sofía, más allá de lo que mostraba la película, empezaba a
notar el mismo cosquilleo en el bajo vientre que tenía yo. En una de esas
miradas nuestros ojos se encontraron, y ya no volvieron a la pantalla. Su chico,
en medio del campo visual, al estar sentado al borde del sofá y Sofía casi
tumbada, no se interponía entre nosotras dos, y no sabría decir si fue ella o si
fui yo quien, con una sonrisa cómplice, dejó claro que la situación sólo podría
mejorar de una forma. Sin dejar de mirarme comenzó a acariciarle la espalda. Él
recibió el gesto mirándola una fracción de segundo, agradeciendo sus caricias
con una sonrisa inocente y tierna. Pero la cara de Sofía no tenía en ese momento
nada de inocente ni de tierno, y sus manos continuaron recorriendo la espalda y
el cuello, bajaron para seguir por sus muslos y detenerse en el abultado
paquete. Óscar pegó un pequeño respingo y miró en mi dirección con cierta
vergüenza para ver si lo había visto. Mi cara, un perverso calco de la de su
novia le bastaron para confirmarlo. Casi sin tiempo para impedírselo Sofía le
agarró una mano y se la puso en su entrepierna, apretándola contra sí e
intentando moverla arriba y abajo. En ese momento un gemido suyo acompañó a los
de la película. El pobre chico no sabía qué hacer, su mirada delataba que el
comportamiento de su chica, conmigo delante, le tenía desconcertado. Volvió sus
ojos de nuevo hacia Sofía, que además de intentar masturbarse con la mano de su
novio se acariciaba los pechos por encima de la camiseta con la otra mano.
"Coño, Sofía, que está aquí Mónica" -dijo preocupado, haciéndola entender lo
embarazoso de la situación al estar yo delante, como si no lo supiese. Como
respuesta Sofía, sin contemplaciones, le pidió que se la follase. De nuevo
volvió a mirarme con asombro, con extrañeza, tratando de imaginar lo que pensaba
yo de la situación.
"Como no te la folles me la follo yo" -le
espeté. Pero no le quedó tiempo para sopesar esa misma opción, Sofía se levantó
y se sentó a horcajadas sobre él. Comenzaron a besarse y por fin comencé a
acariciarme por encima del pantalón. En un instante la camiseta y el sujetador
de Sofía estaban en el suelo. Supongo que te habrás fijado en sus tetas, por lo
menos el día en que nos conocimos tú y yo; pues imagínatelas con la cabeza del
chico entre medias, que las chupaba, las acariciaba, las mordía, haciendo que
los gemidos de la televisión pasasen a un segundo plano en intensidad. Mientras
tanto ella le acariciaba el paquete, hasta que, sin dejar que su novio le
castigase los enormes pezones, logró desabrocharle los botones de la bragueta.
Mónica se incorporó, se quitó rápidamente los
pantalones y las bragas, quedándose completamente desnuda. Entonces se agachó a
sus pies y tiró de los pantalones de Óscar hasta que la polla de este salió como
un resorte. De uno de los bolsillos del pantalón de éste sacó su cartera, para
coger un condón que el precavido chico llevaba siempre encima y lo dejó encima
del sofá. El pene oscilaba erecto de lado a lado, frente a la cara de Sofía, y
ésta, sujetándola con una mano comenzó a chupársela. Mientras la cabeza de su
novia subía y bajaba en su entrepierna, su mirada abandonó todo interés por la
película. Me miraba a mí, expectante. No se si lo que pensaba era en que me
uniese a Sofía, pero en ese momento lo que me apetecía a mí hacer era mirar,
aunque por si tenia curiosidad decidí seguir masturbándome también sin ropa. Más
que decirle que no dejase de mirarme me apetecía ordenárselo, pero no hacía
falta, sus ojos me dejaban ver que así lo haría. Me levanté despacio, y al notar
el movimiento Sofía paró y me miró. "Sigue" le dije, y ella obedeció.
Lentamente, y sin dejar de mirar a Óscar me fui desabotonando la camisa hasta
queda en sujetador. Después me quité los zapatos, desabroché los botones del
pantalón, me dí la vuelta y me los fui bajando despacio, sacando el culo hacia
afuera, para que él lo viera, las dos nalgas separadas por el diminuto cordón de
tela del tanga. Manteniendo mis piernas erguidas, sin doblarlas, fui bajando
hasta que la cabeza me quedó a la altura de las rodillas, me deshice del
pantalón y, sujetando con los dedos de las manos los bordes del tanga, lo fui
bajando despacio. El gemido de Óscar cuando lo hice demostraba que el placer que
obtenía con la boca de su novia llevaba ahora implícito el deseo por hacerme
partícipe de la escena, la visión de mi culo y de mi rajita desde atrás,
rezumando excitación, parecía tenerle hipnotizado por la cara que ponía, y que
podía ver perfectamente boca abajo entre mis piernas. Cuando me dí la vuelta y
avancé hacia ellos, mi sujetador pasó a formar parte del desordenado grupo de
ropa sobre el suelo.
Me puse justamente detrás de Sofía, que
seguía arrodillada entre las piernas del chico, que al tenerme al alcance estiró
los brazos para acariciarme los pechos; lo hizo con suavidad, no con la
violencia que yo esperaba, pasando los dedos por cada pliegue y poniéndome los
pezones más duros de lo que ya estaban. Me separé tan sólo unos centímetros,
todavía no quería participar del todo, quería disfrutar de lo que estaba viendo,
y estando segura de que por unos centímetros las manos de Óscar no llegaban a
tocarme empecé a masturbarme, siguiendo el mismo ritmo del movimiento de la
cabeza de Sofía. Al cabo de un momento ya no me acariciaba, directamente mis
propios dedos profanaban mi sexo, entrando y saliendo con parsimonia, provocando
en el chico una respiración cada vez más agitada al contemplarme a menos de un
metro de distancia. Me encantaba verle así, pero quería más, quería verles
follar. En la misma posición en la que estaba me agaché, pegándome a la espalda
de Sofía; el movimiento de su cuerpo en la mamada se reproducía en el mío, con
mis pezones y mi vientre restregándose en su espalda y en su culo. Quise pegarme
a ella aún más, para hacer más intenso el roce de nuestros cuerpo, así que
deslicé mis manos hacia adelante y la agarré por las tetas. En el ruido húmedo
de su boca abarcando la polla de su novio comenzaron a aflorar gemidos, que
aumentaban en intensidad según mis manos apretaban, buscando los grandes
pezones, para apretarlos, para que, al hacerla gozar, su cuerpo se moviese más y
le imprimiese idéntica cadencia al mío. Pero como decía, quería verlos follar,
así que tiré de Sofía hacia atrás hasta que la polla de Óscar salió de su boca
con un sonido de ventosa.
Ella se recomponía, respiraba agitadamente,
sujetándose a los muslos de él para sujetarse y no caer encima de mí. El hecho
de que me levantara le hizo pensar que quería mi turno, y aunque todavía era
pronto, no pude sucumbir a la tentación de agarrarle la polla, hinchada y dura,
mojada por la saliva de Sofía. Sosteniéndola con fuerza tiré hacia abajo para
dejar completamente al descubierto el capullo, y volví a subir apretándola
contra mi mano. Acto seguido, y con toda la lascivia que pude demostrar, me
llevé la mano a la boca para saborear la mezcla de la saliva de ella y la
humedad de él. Ayudé a Sofía a levantarse, y antes de que siquiera pudiese
imaginarse quién iba a seguir con su chico, tiré de las rodillas de éste para
que quedase más tumbado sobre el sofá, sujeté una pierna de ella y la coloqué a
un lado; ella supo cómo colocar la otra por sí misma. Sujetando nuevamente la
enhiesta polla coloqué el condón y la fui dirigiendo hacia el coño de mi amiga,
y cuando tuvo la punta dentro me recosté a su lado para verlos más de cerca.
Tras unos lentos movimientos, el ritmo comenzó a acelerarse. El movimiento, esta
vez de Óscar, al que me pegué, de su pubis contra el de su novia me facilitaba
seguir su ritmo para masturbarme; mis dedos entraban y salían de mi coño como la
polla de él en el de Sofía.
Nuestros ojos se encontraron. En las dos
latía la lujuria y el placer, obtenido de distinta forma pero compartiendo
intensidad, si mis movimientos eran más rápidos ella echaba las caderas hacia
atrás y hacia adelante con mayor velocidad para alcanzarme. Nunca antes la había
visto practicar sexo, bueno, ni a ella ni a nadie con su pareja, mis relaciones
y mi experiencia hasta el momento sólo jugaban a dos y no a tres bandas. La
había visto desnuda decenas de veces: en las duchas del gimnasio, en su casa o
en la mía mientras nos cambiábamos, en la playa... pero aquello era distinto, me
parecía espectacular, increíble, y eso que nunca me han atraído las tías. Era su
expresión, su cara, sus movimientos, casi la rabia por obtener placer. Y
entonces comencé a ayudarla a obtener más, y mis manos dejaron mi sexo para
acariciar su cuello, sus enormes tetas, las nalgas, su vientre, bajando hasta el
coño que perforaba la polla de Óscar, ayudando con la yema de los dedos las
acometidas de él... y como compensación recibí su mano, que buscaba mi
entrepierna, que conocía los recónditos lugares que recibían con más agrado las
caricias, pues como me había dicho en más de una vez, solía masturbarse con casi
bastante más frecuencia con la que yo lo hacía. Un largo y grave gemido anunció
que se corría, mientras él aguantaba. Ya no movía las caderas, se quedó un
momento quieta, con la respiración agitada, que le hacía subir y bajar el pecho
de forma exagerada. Su mano también se detuvo, así que seguí con la mía, yo
también quería correrme, pero ella no me dejó, sujetándome el brazo se incorporó
y el sexo de Óscar salió de su interior con el mismo chasquido húmedo con el que
había salido minutos antes de su boca.
Ayudando a su novio a levantarse y separando
una de mis piernas le dijo "Fóllatela". Óscar se colocó entre mis piernas,
cogiéndome por el culo me levantó unos centímetros y sin dificultad su polla
entro en mi interior. Y me corrí. Solamente había entrado, ni siquiera había
salido de mi interior y todo el morbo y la excitación acumulados explotaron de
golpe tan pronto como la barrera de mi sexo sucumbió, apenas por unos
centímetros, al deseo de su novio. Y todo en menos de un segundo, porque después
su sexo volvió a fundirse con el mío, y volvió a aparecer de entre mis húmedos
labios, y volvió a desaparecer. Óscar le puso ganas y comenzó a follarme con un
ritmo mucho más rápido respecto al que le había imprimido a Sofía, ayudado por
la posición y por la verdadera fantasía que estaba cumpliendo al montárselo con
la mejor amiga de su novia. Mis gemidos se convirtieron en gritos cuando, en
pleno éxtasis, al movimiento de las caderas de Óscar se unieron sus manos en mis
pechos y las de Sofía desde abajo, que comenzó primero a acariciarme, después a
morderme y finalmente azoarme el culo. Y entre ese torrente de sensaciones el
chico se corrió, noté cómo inundaba el condón que tenía puesto, cómo engordaba
en mi interior. Y no fui capaz de discernir sus gritos de los míos o de los que
seguían sonando en la televisión, cualquiera que fuese la escena que en ese
momento estuviese teniendo lugar, a fin de cuentas ni me importaba ni creía que
pudiese compararse a lo que acabábamos de hacer. Cuando por fin me levanté el
miembro de Óscar yació flácido entre sus piernas. Con cuidado, Sofía le fue
retirando el condón, intentando que ni una gota de su leche cayese del interior.
Lo estiró, se lo colocó en la boca y echó el cuello hacia atrás. Las gotas del
espeso esperma discurrieron lentamente por el condón hasta sus labios. Sin haber
terminado con el contenido tragó. Me ofreció lo que quedaba y la imité. Y fin de
la historia.
En ningún momento interrumpí a Mónica en el
relato de la historia. En el silencio que le siguió volvieron a cobrar
protagonismo los ruidos del parque, los pájaros, los niños jugando, la música de
un quiosco de helados cercano... y en su mirada una mezcla de satisfacción,
porque sabía que me había encantado no solo la historia sino también el grado de
detalle del que me la había hecho partícipe, y de curiosidad por esperar mi
respuesta. Sabía asimismo que no sentía celos del tal Óscar, y que si los fingía
tan sólo sería para sustituir a éste y conocer a fondo también a su amiga Sofía.
O a Carol. Del mismo modo que vio previsible mi interés por los detalles de la
historia me mostró que si me la había contado era para encontrar la excusa que
me permitiese cumplir la fantasía de hacérmelo con ella y con Carol. A fin de
cuentas sólo se trataba de experimentar en ese campo, y ella tampoco iba a
quedar al margen. Yo me justifiqué, no le mentí a la hora de decirle que quería
hacérmelo con mi compañera, si bien obvié que ya lo había hecho, por lo menos
hasta que encontrase el modo y la situación adecuados. Fingí desconocer el
verdadero interés sexual que tenía la escapada a la casa rural, diciendo que lo
mismo allí no pasaba nada, pero Mónica ya me conocía lo suficiente como para
notar que eso no estaba tan claro.
Cuando reuní la suficiente fuerza y entereza
como para controlar la tremenda erección que me había producido el relato de la
historia nos levantamos. Acompañé a Mónica a su casa y maldije que estuviesen
sus padres, y los míos en mi casa, y que era tarde para buscar alivio en el
coche en cualquier apartado rincón. Tuve que autocomplacerme en casa, y
consideré que aquél era el último orgasmo antes del fin de semana. Había que
llegar con fuerzas.
El día siguiente discurrió con normalidad,
Carol recibió con entusiasmo la disponibilidad de Mónica para el fin de semana y
continuó el habitual juego de miradas que exigían por mi parte un autocontrol
enorme para evitar masturbarme por lo menos a cada comentario sobre el
cumpleaños. Dediqué la tarde a descansar pues Mónica quería estudiar un poco y
avanzar en el temario de las oposiciones. A la mañana siguiente Carol me dio
todos los detalles sobre cómo llegar a la casa rural, aunque finalmente
decidimos ir los cuatro en un sólo coche, el de Carlos. Cada vez quedaba menos,
sólo pensaba en las horas que restaban, incluso por la tarde, dedicada a hacer
compras con Mónica, calculaba las horas que quedaban hasta que llegase el
anhelado sábado. Y por fin llegó el día.
continuará...