Cumpliendo un compromiso (EBA XV)
El entrenamiento
Jana se dirigió hacia la puerta, en el salón su marido y
Mohad hablaban seguramente sobre ella y sus habilidades.
Volvió a sonar el timbre. Jana aceleró el paso hacia la
puerta.
La abrió y contemplo a dos hombres bastante fornidos,
vestidos de sport. Estos se sorprendieron al ver su atuendo, pero se miraron
como aprobándolo. A Jana no le dio tiempo a reaccionar cuando ambos hombres la
sujetaron fuertemente por los brazos y mientras le ponían cinta adhesiva en la
boca, la cargaban entre ambos y en un momento se vio introducida en una pequeña
furgoneta, que arrancó veloz.
Mientras trataba de reaccionar sintió sus muñecas y tobillos
esposados entre si a su espalda, obligándola a una postura difícil, y que dejaba
tanto sus tetas como sus sexo y culo a disposición de los dos hombres.
Pero estos pasaron de ella y tras arrinconarla en un lado de
la furgoneta encendieron un cigarro mientras hablaban en un idioma extraño.
La camioneta se detuvo tras un largo tiempo de marcha y la
puerta trasera se abrió, entonces los dos hombres engancharon los tobillos y
muñecas de Jana a una barra metálica y como un animal, suspendida sobre la barra
la transportaron a través de un bosque hasta una cabaña de madera de aspecto
lúgubre y abandonado.
No sabia donde estaba, como tampoco sabía el compromiso que
Hans y su marido habían contraído con su nuevo amo: Un entrenamiento sin
reservas.
El interior de la cabaña de una sola habitación era
totalmente de piedra y hacia bastante frío.
Colocaron la barra sobre dos postes en el centro de la
habitación, en la que tan solo había una chimenea en un extremo, apagada, y al
ponerme suspendida boca abajo atada por mis tobillos y muñecas como una res,
vi bajo mi cuerpo una especie de hogar con un reborde de piedra también
alrededor. En su interior unos pequeños y delgado troncos y ramas secas algunas
otra aún verdes.
Los hombres salieron de la estancia y me dejaron allí.
Pasaron varios minutos que a mí se me hicieron muy largos.
De pronto por una puerta disimulada en la pared a mi derecha,
apareció una mujer de unos 50 años, no muy alta, que lucía una máscara que le
tapaba la parte superior del rostro, dejando ver unos ojos negros y profundos.
"Bueno, bueno" dijo sonriendo mientras se acercaba "¿Qué
tenemos aquí?". Se acerco y me pasó sus frías manos pro la espalda, las nalgas,
metió un par de dedos de una d sus manos en mi sexo y luego en mi ano.
"Una putita para domar" dijo con vehemencia. Dio varias
vueltas a mí alrededor, después fue a un rincón de la sala y tomo una especie de
antorcha untada de brea en la punta, se puso ante mí y despacio mirándome a los
ojos, la prendió con un mechero. Entonces la dejo sobre las ramas y troncos.
"Creo que empezaremos por dorarte un poco" dijo riendo. Se
acerco y me coloco una mordaza con una bola roja en la boca, sustituyendo la
cinta adhesiva que arrancó sin ningún cuidado haciéndome gritar de dolor.
Las ramas empezaron a arder provocando una humareda que pensé
que me asfixiaría, ella se coloco una máscara para respirar y dio varias vueltas
a mi alrededor.
Note como el frío daba paso a un confortable calor, pero el
humo hacia llorar mis ojos y mi nariz pronto se irrito con el humo y me costaba
respirar. De pronto oí restallar un látigo contra la piedra del suelo y unos
segundos después su acerado cuero cruzar mi espalda.
Durante unos minutos fue rodeándome azotando sin piedad mi
cuerpo, las nalgas, la espalda, el látigo se enrollaba en mi cuerpo y alcanzaba
también mis pechos que en unos segundos se pusieron de color púrpura, como
imagino estaría mi cuerpo y me dolían con cada latigazo.
Me dolía la espalda, y el cuerpo de la postura, trataba de
mantener levantada la cabeza para no ahogarme con el humo que salía de las ramas
y troncos, con lo cual mi cuello me dolía por la tensión, la tos me ahogaba con
la mordaza puesta y mi boca ya babeaba tratando de respirar y tragar saliva algo
difícil por la mordaza.
La piel me ardía y note un olor como de carne quemada, mi
carne quemada, sentí terror, pero la mujer tenía muy bien calculados los
tiempos, cuando creyó oportuno dejo de azotarme y pasó sus manos ya no tan frías
sobre mi caldeado cuerpo.
"Bien, bien… buena chica" dijo recreándose en algunas zonas
quizá las mas castigadas que me dolían a rabiar y pellizcándolas, añadiendo un
nuevo dolor a mi sufrimiento.
Dio un silbido y note que entraban los hombres, les dijo algo
en un idioma extraño y estos cogieron con unos guantes la barra que debía estar
ya muy caliente pues al moverla note como una especie de quemaduras en mis
muñecas y tobillos al rozar la barra, y me levantaron.
El aire entro por mis narices y por un momento pude respirar
mientras los hombres me apartaban del fuego. Mientras ellos sujetaban la barra
la mujer soltó mis ataduras y caí de bruces al suelo, sintiendo un gran dolor,
pero una especie d alivio al reposar mi cuerpo sobe le frío suelo de piedra.
Escuche un chasquido sobre mi cabeza y luego un ruido
mecánico. De reojo vi una soga con una anilla al final que descendía del techo.
Uno de los hombres me arrastro unos metros por el frío suelo y después tomo el
extremo de la soga y lo unió a mis ataduras d los tobillos. Ceso el ruido
mecánico, mientras la mujer se acercaba a mí. Me di cuenta entonces que calzaba
unas botas de cuero hasta la rodilla, y que solo llevaba un tanga negro de cuero
y un sujetador del mismo material, que contenía un abundante aunque
proporcionado pecho.
Se acerco a mi cara apoyada de lado en el suelo.
"Además es guapa la condenada" dijo como comentándolo con los
hombres, "pero a mí la belleza no me agrada, no me gusta que me hagan la
competencia, y tal vez tratemos de cambiar un poco ese rostro de querubín", dijo
mientras colocaba su bota sobre mi cara con el fino tacón ante mis ojos.
Fue presionando la bota sobre mi carrillo derecho mientras
note como mis piernas empezaban a subir acompañadas por el ruido mecánico. Hubo
un momento en que mi cuello empezó a elevarse pero mi cara presionada por su
bota no podía hacerlo provocándome un agudo dolor en el cuello. Cuando pensé que
mi cabeza se arrancaría o mi cuello se rompería, el ruido ceso y quedé
suspendida del techo con mi cara apoyada en el suelo sujeta por la bota de la
mujer.
"Bueno pequeña zorra, presta atención, mi nombre en Svetlana"
dijo presionando aún más la bota, "aunque tú me llamaras MISTRESS SVETLANA"
nombre que pronuncio remarcando bien las palabras y en un tono mayor, "cuando
termine contigo estarás lista para aguantar lo que te echen sin rechistar,
aunque a algunos de mis clientes, les gusta escuchar vuestros gritos, suplicas y
oíros implorar, otros prefieren solo que gimáis o gruñáis como cerdas, y otros
no oír ni un sonido emitido por vuestras sucias bocas" presiono con más fuerza
"¡¿ENTENDIDO?!".
Yo no dije nada y su bota siguió aumentando su presión ya
insoportable "¡gruñe en señal de afirmación y mueve la cabeza, zorra!" volvió a
gritar mientras presionaba. Emití un gruñido que no aprecio satisfacerla "¡MAS
ALTO PUTA!" gruñí con todas mis fuerza tratando de decir si con la mordaza
"¡PERO MUEVE LA CABEZA ZORRA" así lo hice y note como mi mejilla pegada al suelo
se arañaba con el suelo "¡MUÉVELA MAS GUARRA!" volvió a gritar mientras seguía
aumentando la presión por el otro lado. Así lo hice varias veces y note mi piel
arañada por la arenilla del suelo.
"¡BIEN, BUENA CHICA, APRENDES RÁPIDO…!" hizo una pausa
"¡SIGAMOS!" oí el silbido del látigo y mi espalda y culo fue alcanzado por el
mismo haciéndome gruñir de dolor.
"¡QUIERO QUE SIGAS GRUÑENDO Y MOVIENDO LA CABEZA EN CADA
LATIGAZO!" el dolor era insoportable, el de cada latigazo, el del cuello, la
presión d su bota en mi mejilla y con cada movimiento los arañazos de mi otra
mejilla me dolían aún más.
"¡ESTAS SIENDO BUENA CHICA, TE DAREMOS UN POCO DE PLACER!"
grito, entonces note como uno de los hombres me separaba las piernas y en un
segundo su enorme polla taladraba sin contemplaciones mi culo… "¡¿ENTRA BIEN,
DIETER?!" pregunto al hombre que contesto en su idioma.
"¡UN CULO QUE YA NO SE CERRARA PUTA!" volvió a gritar la
mujer mientras seguía azotándome. La tortura duro unos minutos interminables,
mientras el hombre seguía empujando, ella azotaba todo mi cuerpo sin piedad y su
bota presionaba mi cara contra el suelo, yo gruñía, lloraba, gemía, me agitaba,
la tortura era insoportable.
Notaba arder mi culo, mis ojos enrojecidos me escocían
mientras veía su tacón delante de ellos, la cara me ardía, babeaba, mi aguante
empezaba a llegar a su límite. Quería desmayarme, pero no podía, el dolor al
revés me excitaba y tonificaba más.
Hans me dijo una vez que "cuando fuera capaz de aguantar una
tortura sin desmayarme estaría en el camino de ser una perfecta y puta sumisa,
una auténtica esclava..." creo que el umbral estaba llegando. Notaba que algunas
de las señales del látigo ya eran verdugones enrojecidos y otras ya sangraban,
me imaginaba desde fuera, suspendida, dolorida, sangrando, todo un espectáculo
para aquella despiadada MISTRESS y sus secuaces.
Pero me temía que aquello era sólo el principio.